Nunca continúo one-shots, pero este en particular daba para más y, como si eso no fuera poco, es la primera vez que casi los veinte reviews que recibo son pedidos de continuación ¯\_(ツ)_/¯ Así que acá ta.

Beta: ladyaqua198


Se podría haber dicho que era una noche tranquila, por lo menos para los estándares parisinos. La luna ya se había asentado en la bóveda celeste como la única reina hacía unas horas. Los autos iban y venían, los turistas ya empezaban a regresar a sus hoteles luego de un largo día de excursiones, así como los ciudadanos volvían a sus hogares. Hasta los delincuentes parecían haber decidido tomar un descanso de sus fechorías, ya que Ladybug no había encontrado a ninguno en lo que llevaba de patrullaje.

¿Sinceramente? Sinceramente Ladybug había esperado dar con algún ratero o ladrón para poder darle caza y así despejar su mente, mantener alejados sus otros pensamientos, más específicamente los recuerdos de todo aquello que le había confiado a Adrien Agreste. Durante horas había saltado de techo en techo, de edificio en edificio, buscando sin cesar. Mas no. Aparentemente los malhechores habían decidido complicarle la vida de otra forma.

Salvando los pensamientos de la superheroína, quien se hallaba contemplando su ciudad desde lo alto de un centro comercial, todo estaba en paz. Bueno, hasta que sin previo aviso una mano negra se posó sobre el hombro de Ladybug. Ésta dejó escapar un chillido agudo que atravesó la noche y que podría haber alertado a un tercio de la población parisina.

—¡Lo siento, lo siento! ¡No fue mi intención asustarte!

—¿¡Pero qué estabas pensando, idio…

Ladybug precisó unos segundos para caer en la cuenta de quién tenía enfrente. Tardó bastante más de lo que le hubiera gustado admitir. Chat Noir había dejado atrás cualquier rastro de su adolescencia: con su altura y sus hombros anchos ahora era todo un hombre. No obstante, no parecía que mucho más hubiera cambiado.

—Sólo para corroborar —dijo ella finalmente—: no eres un fantasma, ¿verdad?

—No, estoy bastante vivo y, como has visto, soy bastante tangible también, milady —le sonrió. Ladybug no había reparado en lo mucho que había añorado ese apodo hasta ese momento—. Es bueno verte después de tanto tiempo. Espero que me hayas extrañado.

Ella suspiró. No, definitivamente algunas cosas no cambiaban.

—Por supuesto que te he extrañado, gato bobo. Pero en este momento no sé si abrazarte o darte una patada voladora en la cara.

—Lo primero me encantaría y lo segundo sé que me lo merezco —asintió—. Sin embargo, me imagino que tendrás una o dos preguntas para hacerme. Así que, si te parece bien, ¿por qué no vamos a hablar a algún lado?

—¿Qué tiene de malo hablar aquí, Chat? —preguntó Ladybug, quien deseaba resolver unos cuantos misterios lo más pronto posible—. Estamos solos y nadie puede interrumpirnos.

—Es cierto, pero, verás —Se rascó la cabeza—, le prometí a mi kwami que podría ver a la tuya, y, además… ¿No te parece que ya es hora de que nos digamos quienes somos tras la máscara?

Ladybug lo miró dubitativa. Le llamó la atención el hecho de que su compañero llevara la conversación con tanto apremio al tema de sus identidades. No era así como se había imaginado el esperado reencuentro. Por un lado, claro, claro que quería saber quién era Chat Noir; pero, por el otro…

—Le Papillon ya no es un problema —dijo él, adelantándose a sus pensamientos—. Lo juro por mi honor de gato.

—No lo sé, Chat. No es que dude de tu palabra, pero…

Chat Noir suspiró reacio, como quien no quiere recurrir a medidas drásticas.

—Está bien, pongámoslo de la siguiente manera: no sólo ya no tiene sentido seguir ocultándonos quienes somos el uno del otro porque Le Papillon ya está fuera de juego, sino porque, bueno… —Se encogió de hombros—. Sé que eres tú, Marinette.

La susodicha se paralizó ante la mención de su nombre, su rostro se transformó en un monumento al desconcierto. Poco a poco empezó a balbucear sílabas inconexas, cosa que a Chat Noir le recordó aquellos días de la Collège. Unos segundos después, Ladybug pudo por fin articular su pregunta:

—¿¡Adrien te dijo!?

—Mmnno, no exactamente —canturreó Chat Noir, poniendo los brazos tras la espalda para darse aires inocentones—. Más bien, me dijiste.

—Pero si yo sólo se lo conté a Adr- Oh. Ooooh, no.

Chat Noir se limitó a sonreír estúpidamente y a asentir como si tuviera un resorte por cuello.

—Adrien Agreste a su servicio, milady —E hizo una reverencia para acompañar sus palabras.

Ladybug se llevó las manos a la cara, inconscientemente tratando de ocultar su vergüenza. Poco a poco fue encogiéndose hasta quedar a cuclillas. Al ver que aparentemente no diría nada pronto, Chat Noir se sentó frente a ella, dejando escapar una risita. No con intenciones de burlarse de ella; muy por el contrario, Ladybug lo enternecía como nadie podía hacerlo.

—¿Marinette? ¿Sigues ahí?

Ella apenas entreabrió los dedos para poder mirarlo.

—Adrien, lamento mucho lo del otro día. En serio, lo siento. Bebí un poco de más, y…

—¿Bromeas, Marinette? —volvió a reír él—. Si no hubiera sido por aquello, no estaríamos teniendo esta conversación ahora. Yo no estaría aquí ahora. En todo caso, creo que te invitaré a beber más seguido.

—Ja, ja —rió ella con sarcasmo, ahora cruzándose de brazos—, muy gracioso, gatito. Desafortunadamente para ti, he decidido alejar el alcohol de mi vida para siempre. Es decir, imagínate si le hubiera revelado mi identidad a alguien más…

—Oye —la interrumpió con tono tranquilizador—, basta de «¿Qué pasaría?» y «¿Que hubiera pasado si?», Marinette. Ya hemos tenido más que suficiente de esas variantes de ese tipo preguntas. Ahora somos tú y yo, y eso es todo lo que importa. Hostigarte no te llevará a ningún lado. ¿De acuerdo?

Ladybug no pudo evitar sonreírle y contagiarse de su serenidad. Tanto como Adrien o como Chat Noir, él siempre había sabido encontrar las palabras justas en el momento indicado.

—De acuerdo.

—Y ahora, si te parece bien, ¿qué tal si me das ese abrazo? Sé que nos vendría bien a los dos.

Susurrando un «gato tonto», Ladybug lo rodeó con fuerza, y él hizo lo mismo.

—Sabes que no bien no separemos te daré esa bien merecida patada también, ¿no?

—Estoy listo para aceptar mi destino, Bugaboo.

Y Ladybug, como la mujer de palabra que era, cumplió con su amenaza. Aunque sí se apiadó de él y, en vez de patearle la cara, lo hizo en la rodilla.

Se pusieron en marcha hacia el departamento de Marinette que, afortunadamente, no quedaba muy lejos. Entre salto y salto por la ciudad, se oyó a algún que otro transeúnte sorprenderse por ver a Chat Noir por primera vez en tanto tiempo. Éste, con la fanfarronería que lo caracterizaba cuando llevaba el traje, los saludaba con efusión. Ladybug sonrió para sí misma: ya se podía imaginar la cara de Alya cuando se enterase que Chat Noir había vuelto.

A la hora de mudarse, Marinette había elegido estratégicamente un lugar del cual podría entrar y salir como Ladybug desapercibida, sin levantar sospechas de sus vecinos. Lo último que necesitaba en su atareada vida era que París se enterara de su identidad. Por ello se había decidido por un edificio cuya parte trasera daba a otros que no tenían ventanas en su dirección; era el escondite perfecto.

Una vez en casa y seguida de cerca por su compañero, buscó el interruptor de luz y la habitación se iluminó, mostrando así un apartamento pequeño pero acogedor. Sin siquiera decirse nada, ambos deshicieron sus respectivas transformaciones.

Adrien amagó a decir algo, mas fue interrumpido por la estridente voz de Tikki:

—¡Tú! —dirigió su furia como un dragón que escupe fuego al que Marinette supuso que era el kwami del gato negro—. ¿¡Acaso tienes idea de lo preocupada que estaba, Plagg!?

—Tikki, espera —dijo, levantando sus patitas, como queriendo contener la bronca que la kwami estaba a punto de echarle encima—, puedo expli-

Sin dejarlo terminar y emitiendo lo que pareció un grito de guerra, Tikki arremetió en su dirección. Adrien y Marinette los observaron volar de aquí a allá en una errática persecución, atravesando los muebles y decoraciones del departamento.

—Es probable que esta haya sido tu última transformación —comentó Marinette cuando los vio atravesar la ventana y desaparecer en la noche.

—Más que probable —coincidió Adrien. A continuación una sonrisita burlona se formó en su rostro—. A propósito de nada, Marinette, te ves fantástica.

La susodicha levantó una ceja ante el comentario. Miró lo que llevaba puesto: una playera que había visto mejores días y unos pantalones deportivos que tenían un agujero sobre la rodilla como condecoración por haber sobrevivido hasta ese momento. Ambas prendas, las manos y los pies descalzos de Marinette estaban manchados de azul. Recordó entonces que, antes de salir a patrullar, había estado tiñendo algunas telas. Adrien, muy por el contrario, se veía fantástico como siempre con su pantalón de jean y su playera verde oscuro.

—Oh, ya calla, gatito. ¿Quieres un té o algo para beber?

—Mientras no sea azul, un té me vendría bien.

Marinette le dio un puñetazo juguetón en el hombro, le dijo que se pusiera cómodo y se dirigió a la cocina. Adrien se sentó sobre el sofá a esperarla. A los pocos minutos, la dueña de casa volvió con dos tazas humeantes que colocó entre ambos sobre una mesita ratona.

—Cuéntamelo todo —dijo sin más preámbulo al sentarse frente a él.

Adrien suspiró. Mientras exhalaba, parecía estar terminando de acomodar sus ideas. Entonces le explicó su situación a Marinette: cómo había descubierto que su padre había resultado ser el archienemigo de ambos, sus motivaciones, la famosa discusión que habían tenido, la decisión de mudarse fuera de París. En el entretanto, Marinette lo escuchó atenta, a veces preguntando por algún que otro detalle que le parecía de relevancia.

—…Entonces, ¿tu padre era Le Papillon? —preguntó cuando Adrien había acabado de hablar.

—Exactamente.

—Y tu madre está en una suerte de ataúd de cristal en un estado criogénico. O algo así.

—O algo así, sí.

—Y cuando descubriste todo esto, te quedaste con el Miraculous de la mariposa y se mudaron a las afueras de la ciudad.

—En efecto. Y el del pavo real también.

—En vez de contármelo, claro —dijo, algo dolida.

—No… no estaba en un estado emocional lo suficientemente lúcido como para poder actuar con lógica.

Marinette se echó hacia atrás sobre su sillón al mismo tiempo que se pasaba las manos por el rostro. Como si la ebria confesión de la semana anterior hubiera sido poco, ahora tenía que incorporar todo un océano de información. Trató de ver el lado positivo: por lo menos sabía qué había pasado con su compañero. Esa era una verdadera carga de la cual se había deshecho. Mas algunas cosas todavía eran un misterio para ella. Empezó por preguntar lo más importante:

—¿Por qué no me dijiste nada, Adrien?

—Ni yo estoy del todo seguro. Creo que… Creo que parte de mí sentía vergüenza.

—¿Vergüenza? ¿Pero por qué?

Adrien, cruzado de brazos, desvió la mirada al piso y se encogió de hombros.

—Es muy fácil sentirse un imbécil cuando te enteras que has vivido todo este tiempo con tu enemigo bajo el mismo techo. Es decir, ¿cómo no lo había visto antes?

—Adrien, tu padre se convirtió a sí mismo en un akuma para despistarnos. Ambos lo descartamos por esa misma razón —insistió—. A nadie se le ocurriría pensar que su propio padre podría ser Le Papillon. Debiste haberme dicho…

—Marinette, acabo de decirte que me sentía avergonzado —dijo Adrien con brusquedad—. No actué racionalmente, ¿de acuerdo? Además, fuiste tú misma quien prefería que nuestras identidades permanecieran ocultas, ¿lo recuerdas? Si te contaba todo, inevitablemente tendría que revelarte mi identidad —le reprochó.

—¡Eso era una medida para protegernos en caso de que Le Papillon nos akumatizara! —dijo Marinette elevando la voz—. ¡Podríamos haber hablado tranquilamente cuando él estuvo fuera del panorama! ¿Sabes lo que fue para mí que desaparecieras sin decirme nada, sin dejar rastro? ¿Las veces que me he desvelado buscándote por todas partes? ¿La enorme desesperación que sentía día a día, imaginándome qué podría haberte pasado?

—¡Pues lo siento, Marinette! —Se puso de pie—. ¡Lamento haber sentido que mi mundo se venía abajo y no poder reaccionar de la manera que te hubiera gustado!

—¡No estoy juzgando tu reacción, Adrien! —Se paró también—. No puedo imaginarme lo que sentiste todo este tiempo. No hay manera en la que pueda ponerme en tus zapatos. ¡Pero también habría sido bueno que pensaras un poco en mí!

Adrien volvió a cruzarse de brazos sin mirarla y no dijo nada más. Marinette se lo quedó viendo con el ceño fruncido y negó con la cabeza.

—Voy a preparar más té.

Tomó las tazas y se dirigió a la cocina. Necesitaba poner un espacio entre los dos, por más pequeño que fuera.

Mientras el agua se calentaba, su cabeza trataba de asimilar lo que había ocurrido a kilómetros por hora. Pensó que en cualquier momento le saldrían chispas y humo. Siempre se había hecho la idea de que el reencuentro con Chat Noir no sería meramente flores y colores; mas jamás había imaginado que acabaría casi a los gritos con Adrien Agreste.

Era cierto lo que le había dicho: no lo estaba juzgando por su reacción, de verdad que no lo había hecho. Enterarse que la persona que te había traído al mundo para quererte y protegerte era, en realidad, un villano que había aterrorizado a tu cuidad durante años no podía ser nada fácil. El dolor de Adrien debía de ser inconmensurable. Estaba segura. Se imaginó que, en su lugar, ella también habría sentido algo de vergüenza. No podía ponerse en su lugar, ya que no había nada más opuesto a Gabriel Agreste que sus propios padres; pero aún así…

—¿Sabes? Cuando la otra noche te dije que Chat Noir pensaba en ti todo el tiempo no era mentira.

Marinette se volteó para encontrar a Adrien apoyado de espaldas contra el umbral.

—De verdad creo que no ha habido día en el que no haya pensado en ti —continuó—. Tienes razón, debí hablar contigo. Lo siento.

—Yo lamento haberte gritado.

Se acercó a él y lo abrazó. Adrien la rodeó con fuerza, como temiendo que, si la soltaba aunque fuera un poco, volvería a perderla. Poco después de que él apoyara la cabeza sobre el hombro de Marinette, ella lo oyó llorar. Sin decir nada, lo dejó descargarse. Ella era la única persona a la que podía confiarle absolutamente todo, y Marinette sabía muy bien cómo se sentía no poder hablar sobre lo que le ocurría. Se necesitaban el uno al otro.

Cuando los sollozos de Adrien se calmaron, Marinette se separó apenas de él para acariciarle una mejilla y besarle la otra.

—Ve a enjuagarte la cara. Yo te espero con el té listo, ¿sí?

Adrien le sonrió y asintió. Verlo con la carita hinchada y con los ojos apenas rojos le partió el alma a Marinette.

Lo dejó ir e hizo lo que le había prometido. Preparó las infusiones y las llevó al balconcito de su apartamento. Algo de aire fresco le vendría bien a Adrien.

—¿Mejor? —le preguntó cuando lo oyó acercarse.

—Mucho mejor.

Marinette le tendió su taza, y Adrien le dio las gracias. Bebieron unos sorbos en silencio.

—Adrien, ¿puedo hacerte una pregunta?

—Dispara.

—¿Qué pasó con tu padre? Es decir, me imagino que tu relación con él…

—Vivimos bajo el mismo techo, pero casi no nos dirigimos la palabra —le respondió Adrien, captando la idea—. Cada tanto me envía algún correo electrónico cuando tengo que ir a una sesión de fotos o algo, pero no pasa más de eso.

—Ya veo —asintió Marinette, apoyándose contra el barandal del balconcito.

A decir verdad, Gabriel Agreste le daba pena. No que justificara el daño que le había causado a París y a sus habitantes; pero parte de ella podía empatizar con él. Después de haber creído que había perdido a Chat Noir para siempre, se preguntó si ella también no sería capaz de tomar medidas extremas para tratar de recuperar a un ser querido.

Quizá luego hablaría con el Maestro Fu para tratar de encontrar una manera de salvar a Emilie Agreste. Ahora que lo pensaba, Adrien también debía devolver los Miraculous de la mariposa y del pavo real. No dijo nada, sin embargo. Ya habían hablado demasiado sobre sus problemas por un día.

—¿Puedo yo hacerte una pregunta ahora, Marinette?

—Claro.

—¿Crees que todavía tienes un pañal usado en la cabeza?

—¿¡Discúlpame!? —dijo.

Adrien rió con suavidad y se apoyó junto a ella para empujarla juguetonamente con el hombro.

—Eso fue lo que me dijiste la otra vez, ¿no lo recuerdas? Antes de irnos del departamento de Nino y Alya. Cuando te comenté que alguien, es decir, tú, me había rechazado hacía un tiempo, me preguntaste si esa chica tenía un pañal usado en la cabeza —Le regaló una sonrisa casi depredadora—. Por ello te pregunto: ¿todavía lo tienes?

—En mi defensa e irónicamente —declaró Marinette haciéndose la ofendida para que Adrien no notara sus nervios—, tú mismo fuiste la razón por la cual te rechacé.

Tarde cayó en la cuenta de que acababa de confesársele. Si posible, la sonrisa de Adrien se ensanchó.

—¡Lo sabía! —festejó, dejando su taza sobre una mesita que había en el balcón—. ¡Sabía que me habías dicho que te gustaba cuando estábamos en el ascensor!

—Vete al infierno, Agreste.

—¿No querrás decir al purgatorio?

Marinette emitió un quejido de agotamiento mientras Adrien reía como un estúpido ante su propio chiste.

—Admito que me va a llevar un tiempo hasta que me acostumbre a oír a Adrien Agreste decir los mismos chistes que Chat Noir.

—¿Bromeas? ¿Qué crees que me pasó a mí cuando de la nada me tiraste la bomba de que tú eras Ladybug? Doy gracias que estabas bastante achispada, Marinette, porque apenas si pude mantener la compostura cuando dijiste.

Luego de dejar escapar una risita, Marinette terminó su té y dejó su taza junto a la de su compañero. Adrien se apoyó de espaldas al barandal para mirarla.

—Así que, bueno —carraspeó—, acabamos de hablar de nuestros sentimientos en tiempo pasado, lo cual tiene sentido porque es la primera vez en mucho tiempo que nos vemos, pero… ¿Crees que haya chances de que pueda pedirte una cita a futuro?

—¿O-oh?

—Ya sabes, tú, yo, un bar quizás… Aunque claro, teniendo en cuenta lo que pasó en lo de Nino y Alya, beber alcohol no será obligatorio, lo prometo.

Al mismo tiempo que Adrien le guiñaba un ojo, Marinette dejó escapar otro gruñido.

Ella decidió, entonces, que ya había tenido suficiente. Entre el estrés de la universidad, el de tener que ayudar a sus padres, el de cumplir su deber como heroína, el ahora tener que lidiar con Adrien Agreste seduciéndola con sus juegos de palabras horriblemente forzados (era claro que había perdido la práctica) y el cansancio general que tenía, ya había tenido suficiente.

—Siempre fuiste insufrible y hoy lo eres más que nunca, ¿sabías?

No eran las palabras más románticas para decir antes de tomar a alguien violentamente por el cuello de la playera y besarlo, pero, ey, la paciencia de Marinette ya había desaparecido casi por completo. Además, a Adrien no pareció importarle. Muy por el contrario.

Luego de enredarse el uno con el otro bajo la noche parisina, Marinette decidió que este era el peor beso que había dado y recibido en su vida. Era cierto: el beso estaba cargado de una impaciencia y de un salvajismo adolescente, producto de la frustración que ambos habían acumulado con el paso de los años. Era baboso y descuidado. Por experiencia sabía que podía hacerlo mucho mejor. Y, a pesar de todo ello, le importó un bledo.

Sólo pasado un tiempo el beso se volvió menos frenético y más adulto, más maduro. Como si ambos hubieran entendido que ninguno de los dos se iría a ninguna parte; no había por qué desesperarse.

—¿El viernes por la noche está bien?

—El viernes por la noche está perfecto, Marinette. Antes también, incluso.

—Olvídalo. Tengo demasiado que hacer durante la semana. Pero —Le sonrió pícara— qué bueno que cuento contigo, porque ahora podrás compensarme por todo el patrullaje que he hecho yo solita hasta ahora. Además —Le dio una palmadita en el hombro—, a los parisinos les alegrará verte y saber que estás bien. De seguro que el Ladyblog estará explotando en estos momentos con la noticias de que Chat Noir ha vuelto.

—Eso siempre y cuando tu kwami no haya asesinado al mío.

—No creo que haya tenido de verdad intenciones de matarlo, pero ahora empiezo a dudar —dijo, desviando la mirada a la noche. Había pasado mucho tiempo desde que Plagg y Tikki habían desaparecido—. ¿Cómo te ves usando el traje de Ladybug sino?

—De seguro me queda fabugloso.

Marinette dejó escapar un último quejido a modo de protesta, aunque esta vez se permitió mezclarlo con una risa. Adrien, sintiéndose victorioso por esta misma razón, le besó la mejilla. Tenían toda la noche para seguir llenándola de chistes pésimos y gruñidos quejosos. Por lo menos hasta que sus kwamis regresaran.

[...]

—¿Podemos volver ya? Me estoy aburriendo aquí fuera.

—Démosle algo más de privacidad, Plagg. Se lo merecen después de tanto tiempo.

—Hablas de darle espacio a ellos, ¡pero nunca piensas en nosotros! —se quejó él, cruzándose de brazos—. Siempre haces lo mismo, no importa quienes sean nuestros elegidos.

Tikki sólo elevó la vista y negó con la cabeza. A esta altura ya debería estar acostumbrada a los berrinchitos de su contraparte, no obstante, Plagg lograba molestarla sin falta de alguna forma u otra.

Afortunadamente para ella, el haberlo conocido desde hacía eones le había ayudado a encontrar herramientas para poder lidiar con él. Se decidió por la más poderosa que tenía: dar el brazo a torcer.

—Tienes razón, Plagg, cuánto lo siento —Y sin darle tiempo para reaccionar, le besó la mejilla.

Satisfecha, lo vio descender paralizado ante la sorpresa, a falta de que Plagg no podía derretirse literalmente. Eso les ganaría una hora o dos a Adrien y a Marinette.


¡Gracias por leer! c: