Septiembre I
O
El de conocerse de nuevo
I
–Vamos Canuto –le impacientó su amigo–. ¿Por qué contigo siempre hay que llegar tarde?
James, iba de arriba para abajo intentando hacer su baúl, tarea imposible ya que su habitación representaba el caos. Un caos extremadamente caótico. Ropa sucia que se amontonaba en los rincones, calcetines en estado de descomposición por todo el suelo, y restos de cenas, comidas, y saqueadas a la nevera en mitad de la noche, que los declaraban culpables –a Sirius y a James– ante la desaparición, de tanto, la vajilla como de la comida en la cocina.
–Vale, me rindo –dijo al fin y se desplomó sobre su cama. Sirius se incorporó de la misma y lo miró con una sonrisa maliciosa, hacía rato que se había dedicado a observar a su amigo mientras él se limitaba a espatarrarse sobre el colchón.
–Ya era hora –le contestó, estirando los músculos de la espalda y el cuello–. A veces realmente me pregunto si de verdad eres muggle o qué.
–¿Adónde quieres llegar a parar? –James se había incorporado, y lo miraba expectante, casi indignándose por sus palabras.
–Muy sencillo –el chico ensanchó aún más su sonrisa y le guiñó un ojo–. Aprende del maestro.
Sirius cogió su varita de debajo de la almohada, y se puso de pie sobre la cama, y cual director de orquesta se tratase, comenzó a mover la muñeca, murmurando diversos hechizos a la vez, los cuales en más de una ocasión había escuchado de la boca de su madre y padre. Todo lo que a James le había parecido que conjuntaba el caos, volvía a su sitio, colocándose en orden, saliendo a veces, por la puerta, e incluso por la ventana, para volver a su lugar correspondiente.
–Yo creo sinceramente que soy maravilloso, ¿y tú? –dijo, al fin cuando hubo acabado, saltando de la cama, elogiándose a sí mismo, revolviéndose el pelo y mirándole de forma arrebatadora.
–Yo creo que eres imbécil, con todas las letras –bufó socarronamente, sin poder evitar que se le escapara una risa.
–Y yo creo que estás celoso de mis encantos –sonrió Sirius de nuevo, mientras sustituía el pijama por ropa de calle, dispuestos a enfrentarse al Londres Muggle si hiciera falta.
James por su parte revisó su baúl y comprobó con un interés especial que entre sus pertenencias se encontraran una capa y un mapa determinados. Ambos satisfechos de su despertar se apresuraron como siempre y muy al pesar de la señora Potter, por las escaleras y corrieron a sentarse en la cocina donde les esperaba un suculento desayuno que por sus caras deseosas se pronosticaba a punto de desaparecer.
Mientras deglutían todo tipo de pastas James alzó la cabeza sobre el hombro y se fijó en la primera plana del periódico que su padre había dejado olvidado de cualquier manera sobre la mesa. En ella se apreciaban diversos funcionarios del ministerio dándose la mano los unos a los otros, muy sonrientes que escondían un titular algo más deplorable. Se acordaba la aplicación de unas nuevas diversas leyes más restrictivas, en contra del movimiento pro-nacidos de muggle, que pretendía en el fondo apaliar y contener la situación tan inestable que se estaba dando, y en muchos aspectos insostenible, entre los simpatizantes del movimiento y las aristocracias familiares más antiguas.
–Mi querida madre estará encantada –comentó Sirius escondiendo una sonrisa tras haber leído lo que a James le había llamado la atención. Él respondió con otra sonrisa, perversa, ladina, que les aseguraba a los dos lo mucho que ese último año se iban a divertir.
II
La habitación, a pesar de estar a oscuras, era de un color rosa pálido, muy femenino y aniñado, un color que tenía poco que ver con la joven que dormía espatarrada bajo las sábanas desordenadas. En las paredes colgaban posters de diversas jugadoras del Arpías de Holyheads, con fondo verde y amarillo chillón que contrastaba con la palidez de la pared.
A pesar de que no había sonado el despertador, Nicole Williams prefería levantarse antes de que nadie pudiera perturbarle el sueño. Por otro lado, tampoco podía negar que se moría por volver a Hogwarts pues las vacaciones en casa habían sido una calamidad, creía poder estallar si escuchaba a su madrastra gritarle de nuevo o incluso los llantos de su hermana.
En un ágil movimiento se alejó de la cama y lanzó el despertador sobre el colchón, haciendo que se apagara al instante. Se estiró moviendo el cuello, la espalda y los brazos y se encaminó hacia el pasillo, dispuesta a empezar el día con un contundente desayuno. Antes de llegar a bajar las espaleras, aporreó con fuerza desmesurada la puerta de su derecha que escondía el cuarto de su hermano.
Como buena representación de la típica familia inglesa de clase media, en la mesa estaba dispuesto el desayuno y sentados estaban su padre, y su madrastra. Muy cerca de la última se encontraba la pequeña Erika, aporreando con un tenedor el plato al que no llegaba, a pesar de los innumerables cojines en los que estaba apoyada.
Nadie la saludó, nadie se inmutó de su llegada a la cocina, y ella hizo otro tanto. El único sonido que se apreciaba era el roce de las páginas al girarse del periódico que su padre leía entretenido, el golpeteo de Erika sobre la mesa y los sorbos al café caliente de su madrastra. La imagen que daban muy lejos se encontraba de la realidad, pues donde había paz se ocultaba la desesperación.
Nicole y su hermano eran huérfanos de madre desde hacía más tiempo del que Nicole pudiera recordar. Podría decirse que había olvidado su cara, a pesar de las fotografías que aún estaban presentes en rincones de la casa y bien escondidas en el corazón de su padre; porque si de algo estaba segura era de que su padre sólo había querido a una mujer y ella no era Amanda, la que se revolvía en su asiento, la que de un manotazo le agarraba el tenedor a la pequeña Erika y a la que había convertido en su madrastra.
Sin embargo hacía tiempo que su padre se había apagado, eso sí lo había notado. Ya no le hablaba de su madre, ni a ella ni a su hermano; ya no les hablaba de la increíble Edna Leveque que una vez le había enseñado a él los intrincados de la magia y a chapurrear lo poco que había aprendido de francés. Porque si una cosa estaba clara era que tanto ella como su hermano habían heredado la maravilla de la sangre en sus venas.
El silencio se vio interrumpido por los pasos pesados de su hermano sobre el parqué, Nicole se volvió y le miró, a pesar de estar levantado su cara decía lo contrario. Sus facciones masculinas hacía tiempo que habían dejado de reflejar a un chaval ingenuo e imberbe, se había convertido en el guaperas que siempre se le había augurado. Siempre habían tenido buena relación, aunque quizás no sobrepasaba los límites de la fraternidad, pues no era raro verlos pelear en cualquier momento del día.
El chico se sentó a su lado sin apenas pronunciar un murmullo y para Nicole fue la gota que colmó el vaso.
–¿No piensas decirme nada? –Dijo Nicole, mirando fijamente a los ojos de su padre, casi hirviendo de rabia–. Hoy me marcho papá.
Su padre alzó la cabeza por primera vez en toda la mañana, sus hermanos y madrastra contemplaban la escena estupefactos. Su padre abrió la boca para decirle algo, una palabras que pondrían en marcha una tremenda discusión, que desencadenaría a su vez los chillidos de Erika y la desesperación de Amanda.
–Vámonos mocosa –dijo de pronto su hermano a su lado–, o sino tendremos que oler tu apestoso culo el resto del año también.
Nicole no apartó la mirada sin embargo y se limitó a seguir a su hermano por las escaleras. Antes de llegar a su cuarto y alcanzar su baúl, su hermano la cogió del brazo y la envolvió en un abrazo que les estrujaba el cuello pero que sin embargo le hizo olvidar la contienda sufrida momentos antes.
–No te preocupes –le dijo–, sólo no me eches de menos.
–Gracias –le dijo escondiendo la sonrisa en su pecho–, Elliott.
III
–Estoy muy orgullosa de ti, y tu padre, donde quiera Dios que esté, también lo está –no paraba de repetirle. Una canción que se había vuelto un tormento que le acosaba día y noche, al levantarse, antes de dormir, sufriendo bajo los influjos de la luna llena.
Contempló a su madre pulular por la cocina mientras el café hervía en la cafetera a punto de rebosar. Remus Lupin se levantó de su asiento y apagó el fogón bajo la cafetera obviando la credulidad de su madre, que al darse cuenta del descuido se llevó una mano a la cabeza y rio tontamente mientras soltaba el aire a borbotones de la boca y negaba con la cabeza. Se volvió hacia los armarios de la cocina en busca de dos tazas donde verter el café, pero su hijo se le adelantó: movió la muñeca apretando con delicadeza la varita y dos piezas de la vajilla se colocaron sobre la mesa.
La señora Lupin miró a su hijo a los ojos y no pudo evitar el mar de lágrimas que le cubrió las retinas; todo le hacía recordar demasiado.
–Mamá –Remus se adelantó unos pasos y alcanzó a rodear los hombros de su madre, ella escondió la cabeza en el hueco del cuello y mojándole con lágrimas tontas parte de la camiseta. Sintió las ásperas manos de su hijo recorrerle la espalda.
Hipó y escondió las lágrimas, separándose de los brazos protectores de su hijo, pero volvió a mirarle con los ojos brillantes y esta vez sonrió.
–Cada vez estás más mayor –se explicó– y tu madre se pone melancólica.
–Mamá –remugó Remus incómodo de tanta atención.
–Prométeme que serás un buen chico este año Rem –le pidió mientras se volvía a la encimera, ahora sí, vertiendo el café en las tazas.
–Soy un buen chico siempre –contestó el rubio sonriendo sentándose en la mesa mientras su madre le servía el café.
–Entonces prométeme que no serás tan buen chico como James, Sirius y Pete –replicó su madre con una sonrisa y mirada entendedoras. Él se limitó a sonreír escondiendo algo de malicia en sus palabras siguientes.
–Te lo prometo –contestó.
Su madre volvió a sonreír y esta vez no le dijo lo que siempre le decía y se guardó para sí que cada vez se parecía más y más a su padre.
IV
Dormía sobre el colchón como si la vida le fuera en ello, sus ronquidos franqueaban la almohada y se perdían entre las paredes de la habitación. Su cuerpo se había pegado a la cama y enredado en las sábanas, llegando casi a hundirse pues los músculos de Peter Pettigrew estaban a punto de perecer. Su padre le había machacado durante todo el verano, haciéndole trabajar duro en la tienda que el Señor Pettigrew poseía en una de las travesías del Callejón Diagon.
–Pete, cielo mío –volvía a llamarle la voz de su madre desde detrás de la puerta como si de un cántico se tratara–. Papá tiene que llegar pronto al trabajo.
Peter Pettigrew soltó un gruñido que su madre no escuchó, pues había sido sofocado por la almohada. A pesar de todo, consiguió erguirse y atisbar entrecerrando los ojos, el ambiente lúgubre de su habitación. La cama al lado de la suya estaba cogiendo polvo y seguía estando intacta desde la última vez que su propietario durmiera sobre ella, hacía ya varios años.
Con movimientos más bien torpes, como resultado de su cuerpo cansado y aún bastante dormido se vistió y metió el resto de la ropa que pudiera quedar esparcida por el suelo y que pudiera necesitar en Hogwarts dentro de su destartalado baúl. Cargado del mismo, se apresuró a bajar las escaleras hasta la cocina donde su madre le había empaquetado el almuerzo. La besó en la mejilla y evitó su mirada perdida y enseguida salió a la trastienda donde pudo ver a su padre hablar con uno de los tantos proveedores que pasaban por la tienda.
–Ya era hora –dijo con voz ronca su padre cuando se hubo despedido del caballero mientras se acercaba y miraba su reloj de muñeca con el ceño fruncido–, hoy volveré a abrir tarde, como siempre.
–Lo siento –Peter bajó la cabeza y dejó el baúl tras el mostrador.
Siguió a su padre hasta la entrada y como ya tenía por rutina y costumbre, se encargó de abrir las persianas y colocar de nuevo los expositores. En cuanto el cartel que anunciaba que la tienda estaba abierta, varios clientes se adentraron en el recinto para realizar las primeras compras del día.
Peter vio de lejos como su padre atendía a los diversos clientes mientras él acababa con sus tareas de reposición de las estanterías. Miró el reloj sobre su cabeza y comprobó que tenía que marcharse enseguida si no quería quedarse en Londres el resto del curso escolar, así que se acercó de nuevo el mostrador e hizo levitar el baúl para evitar tener que cargar con él.
Su padre no fingió verle marchar, tan siquiera dedicarle una sonrisa lejana y no digamos un abrazo paternal ni unas sabias y consoladoras palabras. Peter bufó mientras salía a la calle porque otro año pasaba y otro año su padre seguía sin estar un ápice orgulloso de él.
No pudo evitar acordarse de las palabras que le dedicara en la cena de la noche anterior: «Conviértete en un hombre Peter, porque no sabes cuánto nos has decepcionado a mí y a tu madre.»
V
Charlène O'Connor tenía una vida maravillosa, podría decirse. Vivía a las afueras de Norwich, en un núcleo residencial donde habitaban gran cantidad de magos y magas prestigiosos. Residían a las afueras del núcleo, lejos de las calles más concurridas y vivían apartados, conducidos a sus casas por caminos estrechos y mal comunicados, totalmente alejados de cualquier muggle que pudiera interponerse.
Vivía en una casa grande, con un gran jardín que la rodeaba muy bien cuidado y recortado, tanto que parecía situarse bajo una eterna primavera que lo hacía lucir espléndido cada día del año. A pesar de la inmensidad de la finca en ella solo residían ella, sus padres y su hermana.
Por ambos lados, tanto el materno como el paterno, provenía de familias ricas, antiguas y sobre todo puras. Se había criado en el seno de una familia donde lo más importante siempre habían sido las apariencias y el prestigio de la cuna. Sin embargo sus amistades ya desde bien temprano le habían enseñado un camino bastante distinto al que desde nacimiento se le había impuesto, si bien era cierto que sus padres no eran considerados fanáticos de la sangre a pesar de ser seguidores de las normas más arcaicas.
Su hermana, un año más pequeña, había nacido en Irlanda durante una visita a sus abuelos paternos. Ya desde aquel momento su abuela la acaparó haciendo de ella su favorita, escogiendo su nombre y colmándola de elogios y regalos en los años venideros. Una relación fría y calculadora que se iría desarrollando con los años, sustentada por la falta de interés de Charlène hacia todos los aspectos que su abuela iba inculcando a la pequeña Ciara.
Crecieron siendo pues bastante diferentes, sin llegar a lo opuesto. Una había crecido libre, ajena a los quehaceres familiares, más responsable hacia el futuro incierto mientras que la otra había sido presionada con las normas y había sido educada para la vida familiar para respetar los arcaísmos sociales.
Y a pesar de sus diferencias eran hermanas, que compartían la sangre y un amor fraternal incalculable, que iba más allá de las trifulcas y peleas cotidianas.
Estaban a punto de cruzar el andén que tenía que llevarlas de vuelta a Hogwarts, aunque para una de ellas sería la última vez. Iban solas, casi cogidas de la mano, ajenas a los mirones que pudieran contemplarlas, ajenas a los rumores en sus orejas, ajenas al hiel que desprendían, pero que no era nada más que la tristeza oculta de no tener nada más que la otra en quién poder contar.
VI
Lily se encontraba sentada en la cama, leyendo su diario, y todos aquellos recuerdos la invadían. Le venían a la mente las primeras imágenes que recibió la primera vez que vio el castillo de Hogwarts desde un bote, con un Severus Snape soñador a su lado.
No pudo evitar pensar en cómo cambiaban las personas, y en cómo la gente dejaba de ser lo que una vez habían sido. Se preguntaba si quizás ella había cambiado tanto como lo había hecho Severus.
Tampoco pudo evitar una punzada de remordimientos al pensar en todo lo que había significado para ella su relación con él, y en cómo cada día que pasaba lo echaba, más y más de menos, saber que tenía a alguien que la apoyaría incondicionalmente. Pero también sabía que, pese a que le era inevitable añorar la relación y al chico, ese chico tampoco era el mismo que una vez había sido, así que era imposible, que nada, absolutamente nada, fuera a ser como antes.
Recogió las dos fotografías que se le habían caído al suelo, procedentes del diario, y las acarició instintivamente, recordándolo nítidamente todo.
En la primera se podían ver a tres chicas felices y sonrientes, amigas incondicionales, hasta el más final de los finales. La primera de todas, Nicole Williams –de pelo rizado, moreno y corto sobre los hombros, extrovertida, loca y leal como la que más– en la foto sonreía mientras le pasaba el brazo sobre el hombro de ella, a su lado se encontraba Charlène O'Connor –cabello largo, lacio y de un rubio pajizo, con una sonrisa que enamora, una mirada clara y piel suave, blanca como la nieve peligrosamente guapa y orgullosa–.
La siguiente fotografía pertenecía a su curso de Gryffindor. En ella se apreciaban a las mismas chicas, todas sonrientes, junto con sus compañeras de habitación Mary McDonald y Sarah Abbott. Además, entre ellas se encontraban los famosos y aclamados Merodeadores; Peter Pettigrew, Remus Lupin, Sirius Black y James Potter, los cuatro con sonrisas arrebatadoras y cómplices.
Se sonrió a sí misma, pensando en que físicamente, desde luego todos habían cambiado mucho, pero, y pese a que se daría cuenta de que estaba equivocada más tarde, quizás los chicos que le devolvían esas sonrisas y miradas en las fotografías no habían cambiado demasiado con los años, ya que seguían siendo los mismos de siempre.
Miró con una cierta nostalgia extraña lo que dejaba atrás en ese verano tan especial para ella, y se encaminó cómo ya tenía por costumbre, a la estación de Kings Cross para viajar a su amado Hogwarts, convencida de que se encontraría lo mismo de siempre.
Pero desde luego no pasaría, porque aunque hubieran o no cambiado los demás, ella seguro lo había hecho.
editado
13.07.14
