CAPÍTULO II

UN CAMBIO DE VIDA

Ni los insistentes ruegos de sus amigos ni la imperiosa voz de la tía Elroy consiguieron convencer a Candy para que se quedase en la gran casa de los Andley. Había tomado la decisión de empezar una nueva vida en solitario, y no pensaba dar marcha atrás, se mantendría firme ante la oposición de la familia. Su pequeño departamento todavía estaba libre, así que podría alquilarlo y trasladarse allí. Estaría mucho más cerca del hospital... y de Adam. Recogió su escaso equipaje, lo empaquetó todo en un coche que ella misma había escogido en las cocheras para su uso personal, y se fue.

Durante el camino, fue repasando mentalmente todo lo que tendría que hacer ese día. Antes de nada, visitar a los abogados que se encargaban de ayudarla en el difícil manejo de la economía Andley. Recordaba bien la primera vez que había visto a los hermanos Broderick: cuatro ancianos hombres, de barba blanca, y tembloroso caminar, que sumaban entre todos 300 años de sabiduría. Ellos, junto con Archie y George, habían descargado de sus hombros la pesada tarea de dirigir los negocios familiares para que pudiera dedicarse a la enfermería, su verdadera vocación. Tan sólo la requerían cuando su firma, como cabeza de familia, se hacía imprescindible para realizar ciertas transacciones.

Después, se dirigiría al bloque de departamentos, alquilaría su antigua casa, trataría de limpiarla un poco, y más tarde se dirigiría al hospital. Tenía muchas ganas de verlo: había puesto todas sus ilusiones en la construcción de este centro y deseaba comenzar a trabajar lo más pronto posible.

No se sentiría sola: Adam trabajaría con ella... y además estaba Patty. Había solicitado el ingreso en la escuela de enfermeras del Saint Albert, dicho ingreso había sido concedido. Ella le había comentado que en hospital se esperaba de un momento a otro la llegada de la directora, que aún no era conocida. Candy le había rogado que no se difundiese todavía entre la plantilla del hospital la noticia de su llegada: quería conocerlo sin que la gente supiera cuál era en realidad su cargo...

-¡Mire por dónde va!

Candy frenó bruscamente el vehículo. Estaba tan enfrascada haciendo los planes para ese día que había olvidado por completo que estaba circulando por una calle con un intenso tráfico.

-¡Señorita! ¡La carretera no es sólo suya!

-¡Discúlpenme!

Candy apretó el volante con sus manos. El policía que controlaba el tráfico la observaba fijamente.

"Deberías darte cuenta de que no estás circulando por una montaña entre árboles y cabras. ¡Esto es una ciudad y está lleno de gente!", pensó para sí misma, mientras esperaba a que el guardia le diera luz verde para continuar.

Cuando el agente le indicó que pasara, Candy le dirigió una sonrisa avergonzada. Éste le hizo una señal con la mano indicando que tuviese más cuidado. Suspiró aliviada. "Me he librado de una multa por muy poco...".

Un momento después, se encontraba estacionada frente al bufete de los Broderick, situado en un alto y regio edificio en el mismo corazón de Chicago. Esperó a que el portero le abriera la puerta y, decidida a acabar con aquello cuanto antes, caminó rápidamente hacia los ascensores, indicando al encargado el piso al que deseaba subir.

Llamó a la puerta, y fue recibida por una agradable mujer de mediana edad y cabello plateado: Louis Broderick, hermana de los abogados Broderick y que actuaba como secretaria de éstos.

-¡Oh, bienvenida, señora Andley! La estábamos esperando. Apenas la reconocía. La encuentro algo diferente.

En efecto, casi no reconocía a la joven que tenía enfrente. Había abandonado sus habituales coletas por un solo moño recogido en la parte alta de su cabeza, haciendo que su cabello rubio cayera en cascada sobre sus hombros. Lucía un sencillo y largo vestido marrón oscuro, y una boina del mismo color con una pluma verde coronaba su cabeza. Llevaba la una capa plegada en su brazo derecho. Louis recordaba a Candy casi como una niña, pero esta imagen había desaparecido para dar paso a una mujer joven de espléndida belleza. Silenciosamente, conducida a través de un largo pasillo hasta la sala donde la esperaban los Broderick, Archie y George.

Aquella sala siempre había intimidado a Candy: los grandes sillones de piel, los muebles centenarios y la cargada atmósfera le traían malos recuerdos a su memoria. Recordaba los días que siguieron a los funerales de Albert, la lectura de su testamento, y la pugna de la tía Elroy y los Legan para desheredarla, pretextando que no era un miembro sanguíneo de la familia, sino adoptado. Los abogados se habían mantenido firmes en ese respecto, obedeciendo las últimas voluntades de Albert: Candy era un miembro más de la familia, adoptada legalmente, y como tal, tenía ciertos derechos y obligaciones. Y no debían olvidar que era la esposa legal del heredero de los Andley, por lo que la fortuna familiar pasaba ahora a sus manos. Albert había cambiado su testamento una semana después de contraer matrimonio con Candy... Aquel entonces, la tía Elroy había dudó por su propia seguridad. Temía que, en represalia, Candy recortase o anulase la pensión que ella recibía por órdenes del cabeza de familia. Pero ésta no lo había hecho. Había mantenido los negocios de los Andley tal y como estaban cuando Albert estaba a su cargo, con una ligera variación. Había abierto una cuenta en un banco a nombre del Hogar de Pony en la que mensualmente se ingresaba una pequeña cantidad de dinero. Con éste, la señorita Pony y la Hermana María habían hecho frente a varios arreglos en el tejado del edificio y comprado muebles y ropa nueva para los niños. Candy había insistido además para
que instalaran una línea de teléfono para que la avisaran si algún día necesitaban algo con urgencia. Ellas agradecían esta ayuda por parte de aquella muchacha que habían criado desde que era un bebé: las bocas que alimentar eran muchas, y el dinero siempre escaseaba.

- Bienvenida, señora Andley - respondieron ceremoniosamente al unísono los hermanos Broderick ante la aparición de Candy. George la saludó cortésmente y Archie le guiñó un ojo. Ésta se sentó en un gran sillón de piel y esperó.

Casi inmediatamente, los abogados comenzaron a exponer a Candy el estado de cuentas de la familia Andley, colocando un gran fajo de papeles ante ella. Casi en ese mismo momento, se sintió abrumada por la situación. Se acordaba de la primera vez que los Broderick le habían expuesto la misma situación, poco tiempo después de morir Albert. La enorme cantidad de ceros la había dejado anonadada. Sabía que la familia Andley era rica, pero no podía imaginarse hasta qué punto lo era realmente. La gran casa de Chicago, la mansión de Lakewood, la villa en Escocia, una villa en la playa, algunas cabañas en las montañas, varios yates, coches, avionetas, edificios en Chicago, bancos, fábricas, empresas....Todo esto desfilaba ante los sorprendidos ojos de Candy expuesto por cuatro hombres que hablaban de tal magnitud de dinero con una sencillez pasmosa.

Pasó parte de la mañana firmando papeles, redactando documentos y aprobando nuevas compras y ventas en el patrimonio familiar. Los negocios de la familia iban en aumento; la tía Elroy estaría feliz. Cuando consultó su reloj, éste apenas marcaba las once y cuarto de la mañana. Ante la indicación de los abogados de que ya habían terminado, Candy se dispuso a irse rápidamente, no sin antes despedirse de George, y recordar a Archie que la fueran a visitar todas las veces que desearan... Tenía ganas de abandonar aquel despacho.

Candy condujo el coche esta vez con los ojos muy abiertos; tenía miedo de provocar alguna catástrofe circulatoria. En menos de cinco minutos estaba aparcando frente al edificio de apartamentos. Dirigió su mirada hacia las ventanas. Su departamento estaba cerrado, pero las ventanas de Adam estaban abiertas. Tal vez estuviera en casa.

Candy pagó a la casera el alquiler de la casa, recibió sus llaves y subió hasta su departamento, no sin antes preguntar por Adam. La casera le indicó que el joven había salido.

Dentro, nada había cambiado...salvo una gruesa capa de polvo que cubría el suelo. Otra vez en casa...su primer hogar...el que había compartido con Albert. Había mucho que limpiar, así que, sin esperar más, sacó un delantal viejo de la maleta, se quitó la boina y cubrió la cabeza con un pañuelo, y se dispuso a devolver el brillo al grisáceo piso. Abrió las ventanas y comenzó a barrer, levantando una enorme polvareda.

- "¿Qué está haciendo usted aquí, señorita?" - preguntó al cabo de un rato una voz sus espaldas.

- "Puede verlo usted mismo, caballero" - le respondió Candy sonriente, en un "casi" perfecto español, mientras se daba la vuelta hacia la entrada de la casa. Adam se apoyaba con los brazos cruzados contra el dintel de la puerta. ¡Qué alegría volver a verlo! Éste se acercó a Candy, la levantó en brazos y le dio un fuerte abrazo.

-¡Ya era hora de que vinieras! - dijo, abrazándola efusivamente.

- Sí, llegué ayer, pero no pude librarme de mis compromisos familiares hasta hoy. Te he echado de menos. ¡Renacer de la Sierra no es lo mismo sin ti!

Adam sonrió. Candy le devolvió la sonrisa. Adam era para ella como el hermano que nunca había tenido, el que le había ayudado a recobrar la alegría tras la muerte de Albert. Siempre habían colaborado juntos los tres en plena armonía, y ahora que Albert no estaba, era con Adam con quien trabajaba, y al que confiaba sus secretos. Éste era un médico joven, recién licenciado, cirujano de especialidad, hijo de un emigrante inglés y una española afincados al norte de México. Había sido destinado de Monterrey, su ciudad natal, a Renacer de la Sierra, un pequeño pueblito en las montañas mexicanas, cercano a San Antonio de las Alazanas. Poco tiempo después habían llegado Albert y Candy, como recién formado matrimonio, y entre los tres se había formado un ambiente de real camaradería. Compartían trabajo y tiempo libre y siempre se les veían juntos. Adam se encargó de que Candy aprendiese los rudimentos del castellano para que pudiera comunicarse con los habitantes del pueblo, aunque al final, sólo consiguió que hablase una extraña mezcla de mexicano y español, hecho por el cual muchos internos y pacientes se mofaban cariñosamente de ella. Tras la muerte de Albert, Candy volvió a refugiarse en aquellas brumosas montañas, y continuó su trabajo con Adam. Había sido muy comentada su relación entre los miembros del pequeño hospital: muchos creían que la relación médico - enfermera iba más allá de la simple amistad... pero se equivocaban. Candy veía a Adam como un pariente muy cercano, y éste veía a Candy como a una hermana pequeña que debía cuidar. Incluso habían comentado entre ellos los cotilleos en los cuales ellos eran los
protagonistas. Siempre acababan muertos de risa por el error de los demás...pero nunca lo desmintieron. "Que los demás piensen lo que quieran, la verdad sólo la sabemos nosotros", concluían entre carcajadas.

Adam ayudó a Candy a subir las cajas y maletas hasta su departamento. No se sorprendía de que, una de las mayores fortunas de América, viviera en un departamento alquilado y con escaso equipaje. Conocía demasiado bien a Candy.

- Esto está muy sucio. ¿Te ayudo a limpiarlo?

- Si quieres...

Sin pensárselo dos veces, Adam atrapó un viejo mandil de la maleta de Candy, y se puso a barrer el suelo con energía. Levantaba mucho más polvo del que recogía, pero a Candy no le importaba. Sabía que lo hacía de corazón, y con eso le bastaba. Durante un buen rato, Adam acribilló literalmente a Candy con preguntas acerca de los enfermos que había dejado en México. Candy le respondía con gusto. Adam entró en el pequeño dormitorio, dispuesto a asearlo.

- ¿Así que es aquí donde Albert y tú comenzaron?

- Sí, cuando Albert sufrió amnesia y me lo traje conmigo para cuidarlo. Yo dormía en la litera de arriba, y él, en la de abajo. Era muy divertido- dijo Candy, señalando a las dos camitas.

Adam se ocupó del suelo, y Candy trató de quitar aquella espesa capa de polvo que los años habían dejado sobre los muebles. Al cabo de un rato, mientras Candy estaba atareada limpiando el escritorio, Adam le llamó la atención sobre algo que había encontrado bajo las literas.

- ¿Qué es?- dijo, dándose la vuelta. Adam sostenía entre sus manos un fajo con viejas revistas y recortes de periódico.

Candy se sorprendió. No se imaginaba que las noticias que Albert y ella habían guardado sobre Terry siguiesen allí, bajo la cama, tal como ellos lo habían dejado hacía ya algún tiempo. Adam vio la sorpresa reflejada en sus ojos.

- Hablan sobre un tal.... Terry Grandchester. Trae escrito que es un actor. ¿Qué hago con ellos?

- D...déjalos donde están. Ahí no me molestan - Candy dudó un momento entre destruirlos o conservarlos. Conservaba hacia Terry un afecto muy especial, una mezcla de cariño y dolor, que guardaría durante el resto de su vida Decidió conservarlos.

Adam los colocó otra vez en su sitio. "¿De qué conozco yo este nombre? A pesar de que me resulta familiar, ahora no recuerdo dónde lo he oído"- pensó Adam. Prefirió no preguntarle nada a Candy sobre el tema; había visto su reacción y temía ponerla en un compromiso.

Cuando llegó la hora de comer, Candy reparó en que no había traído consigo nada que llevarse a la boca. Así que, se despidió de Adam, que regresó a su departamento, cogió su capa y su boina y se fue corriendo hacia el mercado.

Aunque ya no era hora de compra, el mercado era todavía un hervidero de gente, comprando, vendiendo, cambiando, o simplemente observando los productos que allí se ofrecían. Las cestas aún estaban repletas de manzanas, naranjas, huevos, patatas, verduras, gallinas... Candy no sabía por dónde empezar y estuvo mirando durante un buen rato. Finalmente se decidió por una docena de huevos, dos kilos de patatas y una lechuga. "También necesito carne", se recordó a sí misma. Entró en una pequeña tienda y salió de ella con un par de filetes, una libra de mantequilla, otra de café, un paquete de cacao, sal, azúcar y una hogaza de pan. De vuelta a casa, fue repasando mentalmente sus compras. "Veamos, creo que no me falta nada. Sólo una botella de leche. Espero que Adam la haya comprado hoy y pueda compartirla conmigo. Debería haber comprado también algo de jabón y...". Sintió que una mano infantil le tiraba de la falda.

- Señora, le regalo un perro. ¿No le gustaría tener uno?

El niño aparentaba tener apenas 7 años. Estaba sentado en el borde de la acera, la cara sucia y la ropa rota. A su lado, en una pequeña caja de cartón, había dos cachorritos negros como el carbón.

-¿Cómo dices?

- Que le regalo un perrito. Mi perra Zara ha tenido cachorros, y mi padre me ha ordenado que me deshaga de ellos. Él quería matarlos, pero yo le he dicho que quería regalarlos. Hay mucha gente buena en este mundo a la que le gustan los perros. - dijo, con toda la dignidad que un niño de corta pueda tener.

- Pero es que... - Candy recordó que su trabajo como enfermera la iba a mantener ocupada casi todo el día. Por otro lado, la idea de una mascota la agradaba. Así no sentiría tan sola. Puppet, la mofeta de Albert, había muerto al año de que llegaran a México. Fue la primera vez que vio llorar a Albert. Ella también había sentido su muerte: la quería mucho. Pero ahora, con este nuevo trabajo...

- Por favor, señora. Si no, mi padre los matará...

Candy miró a la cara compungida del niño y luego a la caja. Candy posó en el suelo las bolsas, y se puso de cuclillas ante ella. Uno de los cachorros se había puesto en pie y trataba de escaparse de aquella prisión de cartón. Candy lo cogió entre sus manos y lo elevó hasta tenerlo a la altura de su cara. El perrito movía el rabo alegremente, parecía sonreír y decirle "llévame contigo". "¡Qué gracioso es! Pero no debería...".

- ¡Ya verá qué cariñoso es! Y no va a crecer demasiado, no será ninguna molestia para usted, se lo prometo. Y seguro que a sus hijos les gustará jugar con él.

Una sonrisa triste se dibujó en el rostro de Candy. "¿Hijos? No, yo no tengo hijos, y ni siquiera sé si podré tenerlos algún día". Tras el aborto, los médicos le habían dicho que no estaban seguros de que pudiera concebir alguna vez, no sabían en qué estado había quedado su útero. Para ella había sido un gran golpe: perder a Albert y al hijo que esperaban, y quedarse estéril habían sido unos sucesos que había logrado superar a base de tesón y coraje.

Mientras tanto, una anciana se acercó hasta el niño, le preguntó por los perros y se llevó el que quedaba en la caja para sus nietos más pequeños.

Candy, aún con el cachorro en la mano, volvió a mirar al niño, al perrito, y se decidió.

- Está bien, me lo llevo. ¿Cuánto dices que me cobras por él?

- ¡Oh! Nada, señora, de verdad. Yo me conformo con que lo cuide y lo trate con cariño.

- ¿Cómo te llamas, muchacho?

- Me llamo Josh y tengo 8 años, señora.

- Y dime, Josh, ¿tienes más hermanos?

- Sí señora, tengo dos hermanos y una hermana.

- ¿Tienes hambre?

- S...sí - balbuceó el niño.

- Pues mira, Josh, como no me quieres cobrar, yo te ofrezco mis bolsas a cambio del perrito. ¿Qué opinas?

- ¡Oh, no! No puedo aceptarlo. Es demasiado. Yo no...

- Vamos, Josh. Tienes 8 años. Eres ya un hombre, ¿no es cierto? Pues los hombres hacen negocios entre ellos. Yo te ofrezco este negocio. Qué me dices, ¿aceptas el trato?- dijo Candy, apelando a su orgullo infantil, mientras le tendía la mano derecha.

El niño sonrió ampliamente, al sentirse tratado como un adulto. Tomó la mano de Candy diciendo:

- Encantado de hacer negocios con usted, señora.

Adam la estaba esperando asomado a la ventana cuando la vio llegar a lo lejos. No parecía traer ninguna bolsa, sólo un pequeño bulto que ocultaba debajo de su capa. Intrigado, esperó a la puerta de su departamento mientras Candy subía las escaleras. Una sonrisa traviesa bailaba en su rostro mientras remontaba los últimos escalones.

- Y bien, ¿dónde está tu compra?

Candy sacó al perrito y se lo mostró.

- Es una historia muy larga. Te la cuento mientras me invitas a comer algo en tu casa, ¿de acuerdo? ¡Me he quedado sin dinero!

-Candy, ¡tú nunca cambiarás!

Adam preparó una comida ligera a Candy en su departamento mientras ésta trataba de que el cachorrito tomara algo de leche.

- ¿Cómo lo vas a llamar?

- Aún no lo sé. Cuando me levanté esta mañana, lo último que hubiera pensado es que tendría un perro y que debería bautizarlo. ¿Se te ocurre algún nombre?

- No...

Comieron rápido y en silencio; el turno de tarde en el hospital comenzaba en apenas media hora y Candy no quería llegar tarde en su primer día de trabajo. Antes de marchar, dejó a su dormida mascota en su departamento, envuelto en una manta, y a su lado, un platito con leche para que comiese en caso de que se despertara. "Pero no creo que se despierte. Es muy pequeño aún. Los cachorros suelen dormir casi todo el día". Cerró la puerta con suavidad, y en compañía de Adam, se dirigió al hospital. Adam le recordó durante el camino que su identidad era todavía una incógnita para todo el equipo médico.

El Saint Albert Hospital estaba apenas a 10 minutos de su casa. Se maravilló al verlo. Era un gran edificio blanco, de cuatro plantas, que había sido inaugurado recientemente. En la entrada principal se elevaba una pequeña torre en la que se había colocado un reloj, que marcaba las horas con un suave sonido de campana, para que no molestase a los enfermos. Estaba rodeado de un gran jardín, y tenía un gran patio central, donde los pacientes podían pasear con tranquilidad en compañía de sus familiares. En el ala trasera del edificio se hallaba ubicada la zona para los heridos de guerra. Adam le había comentado que éstos llegaban por tren, y luego eran trasladados hasta el hospital en ambulancias. Tan sólo los más graves permanecían
ingresados: principalmente los mutilados. En la actualidad, eran unos 50 los heridos que esperaban en el hospital por una pierna o brazo artificial. "Dios mío, son tantos... Demasiados los inocentes sacrificados, demasiadas viudas, demasiados huérfanos...", había pensado ella. La guerra ya había finalizado, pero las pérdidas humanas habían sido demasiado elevadas.

-También ha llegado Bryan, por si no lo sabías.

Bryan Harris había sido una de las últimas adquisiciones del hospital. Había llegado destinado de Philadelphia a Renacer de la Sierra hacía apenas un año, herido de guerra, con la intención de reponerse y continuar con su trabajo como médico e investigador. De paciente había pasado a formar parte de la pequeña plantilla del hospital mexicano, y ante la vuelta a América de Adam y Candy, había decidido volver con ellos. Alto y de cabello negro, su andar lento e inseguro y sus famosos despistes le habían valido el sobrenombre de "el doctor chiflado", pero aceptaba con gusto aquel apodo. Sabía que cuando sus compañeros se referían a él de esta forma, lo hacían con cariño. En Chicago, sólo Candy y Adam conocían su secreto, las horribles cicatrices que la guerra había dejado marcadas en su piel...

Franquearon la gran verja de entrada y se dirigieron al almacén para recoger el uniforme de Candy, y luego hacia la zona donde habían instalado las taquillas para enfermeras y médicos. Adam se despidió y Candy entró en la sala de descanso. Cuatro personas se hallaban dentro en ese momento.

- ¡Hola!- saludó Candy tímidamente.

- Pasa, pasa - le contestó una enfermera morena - ¿eres nueva aquí?

- Sí, hoy comienzo a trabajar.

- Yo soy Betty, y ellas son Ronda, Rose y Martha- dijo, señalando a cada una.

- Bienvenida - le contestaron todas al unísono.

- Muchas gracias. Yo soy Candy White, pero podéis llamarme Candy.

- ¿Ya has pasado por el despacho de la supervisora Smith?

- Pues... no.

- Tienes que pasar por allí para que te asigne un puesto y una taquilla. Todas hemos pasado por ese despacho antes de empezar. No te asustes, es bastante severa, pero en el fondo tiene buen corazón. Mientras la directora no esté aquí, ella es la que se encarga del tema de las contrataciones.

- Dicen que es la única que conoce a la directora en persona - comentó Martha aprovechando que había surgido el tema.

- ¿Ah, sí?- Candy nunca había hablado en persona con la señora Smith, tan sólo una vez a través del teléfono. Esto parecía interesante.

- Aquí nadie conoce a la directora. Es la dueña del hospital. He oído decir que es viuda y muy rica, de unos 40 años...

- Debe ser una persona excéntrica. ¡Mira que construirse un hospital! - sentenció Ronda.

- ¿Por qué dices eso? - preguntó Candy, mientras se cambiaba de ropa en el baño de la sala de enfermeras.

- Si yo fuera millonaria, me construiría una gran casa, con piscina y criados, en vez de un hospital.

- No digas eso, Ronda. Este hospital es benéfico, recuérdalo. Aquí no se cobra a nadie por la atención, la estancia o las medicinas. Es una suerte de que se haya construido para poder ayudar a la gente que no puede pagarse un médico. Y están haciendo una gran labor en la zona de los heridos de guerra. Sin este dinero, la mayoría de los soldados no podrían curarse - le cortó Betty.

- Ya lo sé...

Mientras tanto, Candy salió del baño con el uniforme puesto. Llevaba su ropa colgada del brazo. Martha reparó en el color oscuro de su vestido.

- Candy, ¿por qué llevas luto?

- Hace poco que se murió un familiar muy querido para mí...

- Lo siento.

- No importa.

- Te acompañamos hasta el despacho de la supervisora Smith.

- Muchas gracias.

- Espero que podamos ser amigas. ¿Verdad, chicas?- dijo Ronda. Las demás asintieron.

- Yo también lo espero.

- Bien, debemos volver a nuestros puestos. Se ha terminado el descanso. ¡Suerte con Smith!

Las tres jóvenes desaparecieron por el pasillo, dejando a Candy sola ante el despacho de la supervisora. "¿Conque viuda, excéntrica y de 40 años? Esto va a ser divertido", pensó. Llamó con los nudillos a la puerta del despacho. Una voz le indicó que entrara.

Ante esta indicación, Candy abrió la puerta y penetró en la estancia. Era pequeña, y al fondo se hallaba sentada, ante una mesa, la supervisora Smith. Le recordó inmediatamente a la Hermana Grace; tenía un aspecto bastante varonil, de pronunciadas cejas y rígido semblante. Le indicó una silla, y esperó a que Candy se sentase para comenzar a hablar.

- Por su uniforme, deduzco que usted trabaja aquí.

- Esa es mi intención, señora.

- Nada de señora. Aquí, para ustedes soy la supervisora Smith, ¿entendido? - le dijo, en un tono seco brusco.

- Si, supervisora Smith - contestó Candy, conteniendo las ganas de reír.

- Y dígame, joven, ¿quién le recomienda?

- Adam Martin - mintió. Fue la primera persona que se le vino a la mente.

- Sí, lo recuerdo - dijo pensativamente la supervisora, mientras se frotaba el mentón - llegó aquí recomendado por la directora.

- Eso me ha dicho, supervisora Smith. ¿Conoce usted a la directora?

- ¿Por qué me pregunta eso?

- Se rumorea por los pasillos que es usted la única que la conoce...

Smith hinchó orgullosamente el pecho, como si de un pavo real se tratase, y carraspeó ligeramente:

- Bueno, suelo tratar bastante con ella. Es una mujer muy ocupada, como puede suponer, y ha delegado en mí absolutamente todas sus obligaciones hasta el momento de su llegada. Podría decirse que soy...... su brazo derecho.

"¿Ah, sí? Lo único que recuerdo es haberle dicho es que vigilara el hospital hasta que yo llegase", pensó Candy.

- Sí, la señora Andley confía en mí. Eso me ha dicho más de una vez.

"¿Eh? ¿Pero qué está diciendo esta mujer?" ¡Si sólo he hablado con ella una vez por teléfono! Debería despedirla, pero la verdad es que ha llevado bastante bien las riendas del hospital hasta ahora."

- Bueno, señorita, no perdamos más el tiempo. Me imagino que tendrá titulación, ¿no?

- Si, supervisora Smith, obtuve mi diploma de enfermera hace unos cuatro años. Durante este tiempo he estado ejerciendo en varios hospitales.

- Está bien. No me gusta admitir miembros que están recomendados por personal del hospital. - gruñó- Pero la admitiré, de todos modos. - Se volvió hacia su archivador, lo abrió y sacó una hoja de papel. - Por norma, suelo hacer una ficha cada vez que hay un empleado nuevo, aparte de las fichas que existen en la administración. Así, puedo tener a mano su dirección en caso de que ocurra una emergencia. Convendrá conmigo que es una buena idea - dijo, esperando aprobación por parte de Candy.

- No se la discuto, supervisora Smith.

-¿Me dice su nombre, por favor?

- Candice White Andley - dijo Candy lentamente, mientras observaba divertida la reacción de la enfermera.

Ésta, al oír el nombre, pareció recibir un fuerte golpe en el estómago. En efecto, su pluma se rompió, apoyó las manos en el escritorio, y su cara se volvió blanca como el papel.

- Pero...no...¿Por qué no...?- balbuceó.

Candy se levantó de la silla, colocó ambas manos sobre la mesa y se apoyó, para recalcar:

- Pero usted puede llamarme Candy, si lo prefiere...

La supervisora se reclinó en su silla; tenía la impresión de que le habían echado un cubo de agua fría por la cabeza. No había tratado como debía a la dueña del hospital, y lo que era peor, la había mentido. Su puesto laboral quedaba sentenciado desde ese mismo instante.

Pero en vez de eso, Candy comentó:

- No se preocupe por su puesto de trabajo, prefiero obviar este bochornoso suceso. Me ha impresionado su forma de llevar el centro durante mi ausencia, así que le daré otra oportunidad. Ahora, le rogaría que me comentase varias cosas acerca de su funcionamiento, y que reuniese a los empleados para poder presentarme ante ellos, si no es mucha molestia.

- Sí, señora - contestó la supervisora, algo más aliviada.

- Y otra cosa más. La próxima vez que hable conmigo, por favor, hágamelo saber. Mi memoria ha comenzado a fallar, o no recuerdo conocerla y que le haya dicho que es mi brazo derecho...

- Sí, señora.

Una hora más tarde, había una gran agitación en todo el hospital. Se había corrido la voz de que la directora por fin había llegado, y que se iba a presentar ante la plantilla. Se había convocado en el salón de actos a todo el personal que pudiese abandonar su puesto durante unos momentos, para que les diera un pequeño discurso. También estaban allí las estudiantes de enfermería. Patty, como una estudiante más, se había sentado en uno de los primeros asientos.

Betty, Rose, Martha y Ronda miraron a su alrededor. No había rastro de la nueva enfermera.

- ¿Habéis visto a Candy?

- No, y se va a perder el discurso.

- Te apuesto a que la directora tiene más de cuarenta años - dijo Ronda.

- Te digo que tiene menos, me la imagino algo más joven - contestó Martha.

- ¡Callaos! De todos modos, hoy saldremos todos de dudas - replicó Betty.

- ¡Mirad en la puerta de entrada! Acaba de entrar el médico nuevo.

- ¡Es tan guapo!- contestaron casi a la vez.

-¿Cómo dices que se llama?

- Adam.

Éste, con su bata blanca, estaba apoyado en la pared trasera de la sala. Conocía los rumores sobre Candy, y aventuraba que esto iba a ser todo un espectáculo.

En ese momento, apareció la supervisora en el escenario. Estaba más seria que de costumbre y parecía pálida. Se hizo el silencio.

- Como todos ustedes ya sabrán, esta tarde ha llegado la directora del hospital para tomar posesión de su cargo. Les ha convocado aquí porque desea dirigirles unas palabras antes de comenzar a trabajar. Les presento a la señora Candice White Andley - pronunció estas últimas palabras mientras se retiraba a una esquina.

Todas las miradas se dirigieron a la puerta que daba al escenario. Se veía movimiento, y de pronto, surgieron de entre la oscuridad dos botas blancas, un uniforme blanco de enfermera...y una larga melena rubia. Ronda pensó que debería tragársela la tierra en ese mismo instante. ¡Era Candy! Las demás le dieron unas palmaditas en la espalda, entre risas:

- ¡Ronda, te has metido en un buen lío!

- Shhhhhh......

Candy comenzó a hablar, lenta y pausadamente:

- Hola a todos. Muchas gracias por haber acudido a mi convocatoria. Tal como la señora Smith ha dicho, mi nombre es Candice White Andley, pero pueden llamarme Candy. Todavía no estoy al corriente de todas las cosas que ocurren en el hospital, así que les agradecería mucho si me ayudasen a ponerme al día. Mi trabajo aquí va a consistir principalmente en trabajar como enfermera, y de las labores administrativas.
La señora Smith va a seguir ocupándose de la gestión del hospital como hasta ahora. Espero ser un compañero más entre ustedes, y que todos se encuentren cómodos en el Saint Albert. Si tienen alguna queja o duda, no duden en preguntármelo, y trataré de resolverla lo más rápidamente posible. Muchas gracias por escucharme. Pueden volver a su trabajo.

El discurso de Candy había sido corto y discreto, pero muy preciso. Saludó a Patty y a Adam con la mano desde el escenario mientras se retiraban hacia sus obligaciones, y ella misma bajó de la tarima. Decidió darse una vuelta por el hospital, para conocerlo mejor. La enfermera Smith se ofreció para hacerle de guía, pero Candy la rechazó. Prefería ir sola.

Recorrió maravillada los pasillos, visitando la cocina, la lavandería, los comedores, la biblioteca, la farmacia, las aulas de las estudiantes; Comprobó las estructuras de las salidas de emergencias, el diseño de los quirófanos... Los médicos se la quedaban mirando y la saludaban. Candy correspondía amablemente a sus bienvenidas y preguntas. Finalmente, llegó hasta el extremo de un pasillo, y se asomó a la ventana. Ante ella se levantaba el hala de los heridos de guerra, con sus propias consultas, quirófanos y salas de rehabilitación. El personal que en ella trabajaba era especializado: ella lo había pedido así expresamente. Oyó un murmullo a sus espaldas y se giró. Eran Ronda, Martha, Betty y Rose, con la cabeza baja. Ronda parecía
especialmente avergonzada.

- Señora Andley, siento mucho todo lo que le dije antes en la sala de descanso - dijo ésta, sin levantar la vista. Candy sonrió.

- ¿Cómo que señora Andley? ¿No habíamos quedado en que yo me llamo Candy?

- Sí... pero no sabíamos que usted era...

- Vamos, vamos - dijo Candy, haciendo un gesto con las manos para quitarle importancia a la situación. - No me importa. Nadie sabía de mí antes de llegar. Un médico y una estudiante amigos míos, ya me habían puesto sobre aviso de todo. Así que, por favor, no me tratéis de usted.

Ronda levantó la cabeza.

- Muchas gracias, seño...este... Candy...

- Y ahora, si podéis hacerme un pequeño favor...

- Por supuesto. ¿De qué se trata?

- Si me acompañáis hasta mi despacho.... ¡Me he perdido!

- ¡No faltaba más!

Las cuatro acompañaron a Candy hasta el despacho principal, hablando animadamente. De camino, Candy comentó:

- Por cierto, cumpliré 22 años dentro de cuatro meses, todavía estoy lejos de los 40...

Ronda sonrió. Intuía que iban a ser buenas compañeras.

Candy se encontraba sola en su despacho. Era amplio y blanco, con el suelo forrado de madera, y un gran ventanal que daba a la entrada principal, haciendo que la estancia se inundara de luz. Una gran alfombra de lana cubría el piso. El mobiliario constaba de un gran escritorio de nogal, un sillón giratorio, una pequeña mesa auxiliar que sostenía una máquina de escribir y varios archivadores. Frente al escritorio había dos sillas con el asiento de terciopelo verde. En una pared habían colocado un sofá del mismo color, y en la pared opuesta habían construido una chimenea. Alguien se había preocupado de que el fuego estuviese encendido en ese momento. Al fondo, se adivinaba una puerta que conducía al baño privado del despacho.

Pero lo que más le llamó la atención fue el retrato que colgaba detrás del escritorio. Era una imagen de Albert de medio cuerpo, pintada poco después de su boda. Llevaba el uniforme escocés de gala de los Andley. Una expresión feliz iluminaba su cara. Parecía tan real...como si fuera a salirse en cualquier momento del cuadro para darle un beso... Candy avanzó, apartó el sillón y se sentó negligentemente sobre la mesa.

- Ya ves Albert, hemos cumplido nuestro sueño. El hospital ya funciona. Me gustaría que estuvieras aquí para verlo.

Candy se dirigía al cuadro. A veces, tenía la sensación de que Albert estaba con ella, y este sentimiento llenaba su corazón de paz y serenidad. Albert todavía vivía en ella, sentía su presencia invisible reconfortándola y dándole ánimos.

No supo cuánto tiempo estuvo mirando la imagen; tal vez media hora o más, pero la campana del hospital le indicó que era hora de que comenzase a leer y ordenar las cartas y documentos que se agolpaban sobre la mesa. Suspiró. Por ese día, el trabajo de enfermera debería esperar...

Era ya de noche cuando Adam y Candy regresaron a casa. Comentaban todo lo que había sucedido ese día: lo ocurrido con la directora, y sobre todo, la pequeña escena con las enfermeras. Adam se reía con agrado.

- ¿Así que 40 años? Pues no los aparentas. La verdad es que te conservas muy bien. Yo te hacía la mitad, menos...

- ¡Adam! No te burles de mí. Conoces bien la edad que tengo.

- Era broma, mujer.

Candy se sentía exhausta y subió lentamente las escaleras. Adam se despidió de ella, recordándole que al día siguiente debería comprar algo de comer antes de volver al hospital. La joven asintió, viendo como éste entraba en su departamento. Ella se dispuso a hacer lo mismo. Recordó al perrito. Probablemente seguiría dormido, así que abrió la puerta despacio y encendió la luz.

Adam oyó el grito enfadado de Candy y acudió a su casa. Ésta se hallaba en mitad de la sala, con los brazos en jarras. El animalito se había despertado, y se había entretenido bañándose en el plato de la leche, dejando después sus huellas delatoras por toda la casa. Ahora se hallaba escondido bajo el sofá, temblando de miedo al ver el enfado de su nueva dueña. Adam soltó una gran carcajada:

- Me parece que vas a tener que limpiar el suelo de nuevo... - dijo, y después se retiró a su departamento, sin poder dejar de reír. Candy lo reñía.

- ¿Has visto lo que has hecho? Ahora tendré que fregar de nuevo, con lo cansada que estoy. ¡Eres un granuja!

Ante sus palabras, el can salió de su escondite, con ojos tristes que parecían suplicar perdón. Candy lo cogió entre sus brazos. "Yo también me metía en líos cuando era pequeña y estaba en el Hogar de Pony. En realidad, no puedo reprocharte nada". Sintió unos húmedos lametones en la cara.

Colocó al animal envuelto sobre su cama, mientras volvía a armarse con una fregona para limpiar aquel desastre. Una vez acabado, se desvistió, posó su ropa en una silla y se puso el camisón. Cogió la manta con aquel bulto peludo y lo depositó a los pies de la litera. Se metió entre las sábanas; estaba agotada. Cuando estaba a punto de quedarse dormida, sintió unos suaves aullidos: el cachorro estaba llorando. Se sentó y cogió al perrito entre sus brazos.

- ¿Qué voy a hacer contigo? - dijo suavemente, mientras lo acunaba. Había dejado de aullar y la miraba fijamente.

- Eres un pequeño bribón, un pícaro.

El animalito movió la cola alegremente.

- ¿Te gusta? A partir de ahora te llamaré así: Pícaro...

Candy lo colocó a su lado y volvió a meterse entre las mantas. Pícaro buscó el calor de su ama, y apoyó la cabeza en la almohada, muy cerca de la suya. En menos de un minuto, ambos estaban profundamente dormidos.

Continuará……