Capítulo dos: ¿Qué saben de amor las polillas?
Arthur Kirkland deseaba expresar, deseaba ser expresivo. Era incapaz de hallar consuelo en el silencio, y por ello, se mantenía continuamente ocupado. Describía cada pequeña emoción que sintiera recorrer su cuerpo o el de otras personas, y lo hacía con un fervor casi excesivo, tragando con avidez las palabras que no pronunciaba, sino escribía devotamente. Se sentía ajeno a su cuerpo, y por esa razón trataba, con pavorosa desesperación, de acercarse a él lo más posible.
Llevaba hasta el extremo sus reacciones. Las meditaba con calma, acompañado por el repiquetear de sus pasos seguros y cadenciosos. Pensaba qué responder, cómo, modulaba el tono de su voz y el de sus gestos: elegía la altura óptima hasta la que elevar sus manos, la suavidad con la que moverlas o girarlas en el aire... Para Arthur Kirkland no existía mayor elegancia que aquella que retrataba la sobriedad de estilo de una persona educada.
Era escritor. Si bien deseaba publicar grandes novelas, a la par de ejemplares como El honor perdido de Katharina Blum, o La muerte de Iván Ilitch; era consciente de que para ello era necesaria una sensibilidad que él, muy tristemente, no poseía. Escribía artículos sobre temas muy diversos para un modesto periódico de tirada nacional, lo cual le sumía en una nublosa tormenta de placidez y egotismo: alguien debía leer sus palabras, alguien debía asentir ante lo que narrara... Alguien debía considerarlo escritor. Aunque Arthur Kirkland se presentara a sí mismo como escritor en ciernes y en acto, su sustento se lo daba una empresa norteamericana afincada en Nueva York, con sucursales a lo ancho y largo del mundo, para la que trabajaba corrigiendo textos. Este último detalle lo desconocía todo el mundo –salvo él mismo, aquéllos que lo habían empleado y tres compañeros de equipo con los que compartía extenuantes horas de trabajo–, y Arthur Kirkland se alegraba de que así fuera.
A finales de otoño de su vigésimo año, un compañero de la sucursal madrileña, lo invitó a una exposición en una galería regentada por un conocido de éste. Al principio, Arthur pensó en negarse, sin embargo, y tras sopesarlo, llegó a la conclusión de que dicha exposición podía ser un buen artículo sobre el que escribir en el periódico.
-El artista es todavía desconocido – advirtió Kiku Honda –. Pero el dueño de la galería, Feliciano Vargas, insiste en que posee una forma maravillosa de ver el mundo.
"Sensibilidad", pensó Arthur Kirkland sintiendo despertar en su interior un ramo sobrecogedor y sorprendente de celos y desprecio hacia un pintor del que ignoraba incluso el nombre. Al percatarse de ésto, abrió la boca en un intento de soterrar las funestas emociones que lo embargaban, y resolvió preguntarle a Kiku Honda el nombre del artista. Su compañero, con una sonrisa amable estirándosele en el rostro, respondió:
Si no recuerdo mal, su nombre era... ¿Antonio Fernández Carriedo?
El tono de duda con el que contestó Kiku Honda despertó un flujo intenso e inesperado de ternura en Arthur Kirkland, lo que relajó la dureza de sus rasgos tensos y celosos.
-¿Entonces? – Murmuró Kiku Honda –. ¿Vendrá?
-Iré – dijo Arthur Kirkland.
Kiku Honda había sido especialmente puntual aquel día. Arthur Kirkland lo notó ansioso e impaciente. "Guarda mucha estima a las palabras de Feliciano Vargas", pensó. "Está deseando ver aquéllo de lo que tan bien le hablaron y ello se refleja de manera tan cristalina que hasta resulta gracioso."
Procuró reprimir la risa que pugnaba por escapar de su garganta, y si bien lo logró, fue incapaz de contener el tono jocundo y parcialmente malicioso con el que saludó a Kiku Honda.
-Pareciera que recoge usted a la mujer que ama, Honda, y no a un amigo. Tiembla tanto que hasta me siento mal por no ser su enamorado.
Las mejillas redondas de Kiku Honda se tiñeron de carmín, y Arthur Kirkland estalló en una risa estruendosa que avergonzó aún más al verecundo joven.
Calmados los ánimos, tomaron un taxi hasta la galería Mundum adumbrant, y, una vez allí, fueron contagiados por el ambiente animado y bullicioso que desprendía el lugar. Se dirigieron a la entrada, donde un desenvuelto hombre de ojos de color avellana los saludó con efusión, insistiendo particularmente en Arthur, al que incluso abrazó. Arthur Kirkland lo identificó como Feliciano Vargas. Lo imaginaba más joven, mas lo cierto es que parecía superar la cincuentena, y eso lo convenció de su experiencia y profesionalidad. De pronto, ardía en deseos de admirar la obra del tal Antonio Fernández, cosa que Kiku Honda advirtió con asombro.
-Mi hermano mayor es un gran admirador del señor Fernández – decía Feliciano Vargas, con la mirada clavada en Arthur Kirkland –, aunque eso nunca se lo escucharán decir a él.
Arthur Kirkland se descubrió riendo. Algo había en esa velada que lo hacía inmensamente feliz. No podía explicar a qué se debía la dicha que lo embargaba tan furiosamente, no obstante, tal era su fuerza que se sentía perder la consciencia, abandonarse a un estado de pletórica incomprensión y desconcierto.
Se oyeron pasos en la escalinata exterior del edificio, y Feliciano Vargas los despidió a fin de saludar a los nuevos visitantes, deseándoles disfrute y turbación a partes iguales. Arthur Kirkland apuró el paso, dejando atrás a Kiku Honda, y se internó en la primera sala que vio aparecer en el ancho pasillo.
Ante la primera obra en la que posó la mirada, Arthur Kirkland contuvo el aliento. El corazón le martilleaba fieramente en el pecho, y no supo hallar palabra alguna que definiera el descontrolado estado de angustia atroz que le había provocado la sola visión de las desesperadas pinceladas que esparcían color por todo el lienzo. Había un hombre sentado en un banco pútrido, en lo que se presuponía era un parque por la noche. Tenía la mirada revuelta, y Arthur Kirkland pensó que estaba ante un hombre degenerado, depravado y cruel. Sostenía en sus manos seniles una muñeca desnuda, cuya cabeza yacía en la hierba mustia, a los pies del anciano. Leyó el título: El abuelo enfermo, y pensó que esas palabras solamente las diría un niño. Se extendió por su cuerpo el horror, y creyó comprender una realidad detestable y execrable. Apartó la mirada y vio a Kiku Honda parado a su lado. Se fijó en su rostro y supo que no había errado: había en ese cuadro una brutalidad indefectiblemente animal, una obsesiva locura que había logrado mancillar la pureza de la infancia. Esa cabeza arrancada resonaba como un grito desgarrador en medio del silencio.
Se movió, abandonando la atracción obscena que rodeaba al Abuelo enfermo. Cuadro por cuadro, Arthur Kirkland fue mortalmente herido. Había tantísima potencia, tantísima humanidad en cada una de las obras de Antonio Fernández, que el deleite ocasionado por estar presente en ese momento en esa galería, rebasaba su pecho y anegaba de lágrimas su rostro.
Se sumió en la expresión ajena. Y entonces lo supo: él no podía ser expresivo, pues hasta esa noche, él, Arthur Kirkland, no había conocido la opulencia desmedida de la emoción humana.
Con este pensamiento en mente se enfrentó al último cuadro de la exposición. El llanto cesó de súbito, y la confusión, el aturdimiento y la perturbación lo asaltaron, desorientándolo.
Tamaña fue su sorpresa al encontrarse a sí mismo retratado en un lienzo de 195 x 130 centímetros. Arthur Kirkland ahogó un grito, extasiado ante el cuadro. Los colores eran hermosos, una mezcla sencilla y suave de tonos cálidos. La pincelada prieta había tenido gran consideración con el detalle, y estaba tan bien trabajado que Arthur Kirkland, en vez de atemorizarse, se sintió halagado. Leyó el título: Azucena del desierto, y fue ése el instante en el cual el sentido común regresó a él y pudo sentir miedo. También fue ése el instante en el cual Antonio Fernández Carriedo reparó en Arthur Kirkland. Lo vio observando anonadado su cuadro, y sin pensarlo, abandonó la conversación que mantenía con un austríaco interesado en hacerse con la colección entera, y, agarrando de un brazo el cuerpo del rubio, lo giró a fin de que lo encarase.
Era él. Era la acepción del adjetivo "bello". Antonio Fernández no pudo contener la emoción en su voz, que se rompió cuando él pronunció una sola palabra, que heló a Arthur Kirkland.
-Arthur...
Su nombre.
Éste es el primer fic que escribo... Y lo cierto es que estoy tan sumamente nerviosa que ni siquiera puedo pensar en con qué palabras rellenar este espacio.
La idea para esto llegó cuando me senté delante del portátil y me dije: "Quiero leer un fic SpUk". Jamás habría pensado en escribirlo yo misma, pues considero que disto mucho de la emoción necesaria para escribir. Pero, al final, decidí hacerlo, por diversión y porque quiero contribuir al fandom.
El dibujo de la portada también es mío. Y la razón por la cual ahora les cuento esto es una: he recibido un review.
Muchas gracias, Zenithia. Recibir sus palabras me he hecho increíblemente feliz, pues no esperaba que nadie lo hiciera..., que nadie se tomara la molestia de hacerlo. Sinceramente, muchas gracias.
