2.- Nubes.

La cara del rubio más mimado de Hogwarts era todo un poema. La situación se le antojaba totalmente absurda, y la pequeña bruja que tenía al frente pareció notarlo, ya que enarcó una ceja platinada, haciendo énfasis a su pregunta anterior.

— Eso es descabellado. Las nubes ni siquiera conocen el concepto de "forma".

— ¿Cómo estás tan seguro? ¿Has hablado con ellas?

La joven de largos cabellos enmarañados centró su curiosidad en el chico frente a ella; no despegaba su aguda mirada de los orbes contrarios, pese a que estos intentaran desviarse hacia los matorrales que les rodeaban. El dueño de estos estaba visiblemente incómodo. Tan incómodo, que Luna pensó que podría tocar sus emociones.

— No…ellas no hablan.

— ¿Has intentado hablarles? ¿Cómo sabes que son "ellas", y no "ellos"?

— No…yo…si fueran ellos, no serían "Las nubes" sino "los nubos" Agh… ¡Demonios!

A Draco le daba la impresión de que Luna era una niña; poseía una exorbitante inocencia y una insana curiosidad a partes iguales. No le cabía en la cabeza la respuesta que había dado ante la incongruente interrogante de la chica. ¿Nubos? ¿De dónde lo había sacado? ¡Por el amor de Merlín! Apenas llevaba cinco minutos hablando con esa rareza, y ya estaba perdiendo la cabeza.

Luna se balanceaba dulcemente sobre los pies, de un lado a otro. En algún punto, volvió a levantar la cabeza hacia el cielo, y ahora saludaba a las nubes. Al percatarse se esto, Draco puso los ojos en blanco, y recordaba porqué estaba ahí, en esa situación tan anormal. Se descolgó la mochila del hombro, volviéndose a ganar la atención de la menor. Ante su atenta mirada, abrió el cierre, y sacó con una mano ambas zapatillas color sandía… ¡Y vaya que Luna no mentía! De su mochila salía un olor fresco, que le recordaba a verano y calor, pese a que se encontraban en invierno, y los gélidos vientos se azotaran ferozmente contra las ramas desnudas de los árboles. Tendió las zapatillas a su propietaria, quién se lanzó a abrazar a sus zapatos.

— ¡Regresaron!

El heredero de los Malfoy se sentía extraño. Por alguna razón, pequeña una fuerza invisible, incluso intuición, había rescatado aquellos zapatitos, de manera desinteresada, con la única excusa de cumplir a su honorable palabra; palabra que había dado a la lunática del colegio, esa que poseía las pupilas más profundas que alguna vez pudiera ver, dándole el aspecto de una eterna niña. Se mantuvo callado mientras, aterrado, reconocía un sentimiento que se le instalaba en el pecho. Regocijo, por ayudarle. Y es que, si él no obtenía ningún bien a cambio, ¿por qué lo haría? Volteó a ambos lados, asegurándose por quintaba vez que no hubiera mirones alrededor. Él tenía un renombre qué cuidar, y no iba dejar que su fugaz buena acción lo mancillara. De sus pensamientos lo sacó una vocecita etérea, tan pura como su dueña.

— Gracias. Por rescatarlos de los nargles.

— Ya.

La sonrisa que había brotado de la rubia podría ser catalogada como adorable. Draco echó una rápida mirada a su entorno; era una especie de jardinera, que rodeaba un árbol escuálido y medio seco. Había un denso pasto bajo sus pies, y los matorrales que rodeaban todo estaban muy tupidos como para ser invierno. Si ponía más atención al suelo, podía divisar hileras de hongos diminutos, y macetas de margaritas escondidas entre los arbustos. Enarcó una ceja, y Luna, que se había dado cuenta de sus miraditas furtivas, comenzó con una explicación.

— A veces vengo aquí. Pocos alumnos frecuentan las jardineras, a menos de que sean parejitas. Pero nadie quiere a esta en especial, no sé por qué. Ese árbol de ahí —Señaló con la cabeza al árbol reseco, que apenas y era un poco más alto que la rubia. — se llama Dawa, porque nació un lunes. Lo recogí y lo planté aquí, por eso es tan pequeño. —Sin avisar, dio pequeños saltitos rumbo a los hongos que crecían de manera ordenada. Draco ya imaginaba quién los había puesto ahí.— Estos hongos también los he puesto yo. Y las margaritas. ¿Te gustan las flores?

No. Pensó el muchacho. Pero no quería ser tan borde con la entusiasmada niñata. Se notaba que no tenía a nadie más con quién hablar de hongos y árboles con nombres extraños. Puso una mueca y dio media vuelta, dispuesto a salir de ahí antes de que Luna comenzara también a contarle su vida entera, cosa que le importaba menos que un elfo doméstico. Ya salía de la pared de arbustos verde, cuando una vocecita le llegó del otro lado.

— Gracias, Draco Malfoy. Hasta luego.

Hasta luego mis polainas, pensó. Se escabulló dentro del castillo, agradeciendo a la baja temperatura por proporcionarle discreción, al obligar a la mayoría de alumnos permanecer en las comodidades del castillo. Así nadie podría peguntarse qué era lo que estaba haciendo, en medio del invierno, saliendo de un arbusto y con cara de haber visto a Merlín danzando hip hop en tanga.

Regresó a su sala común, dispuesto a olvidarse del incidente. Después de todo, no creía que la lunática esa fuera una chismosa, y que contara a todo el mundo que el grandioso Draco Malfoy había "rescatado" a sus zapatos de los "marglos" esos.

Mientras jugaba una partida de ajedrez mágico con Blaise Zabini, se encontró debatiendo fuertemente si las nubes tenían un género específico, o si se podía hablar con ellas, de manera inconsciente. Nunca se lo había planteado, y nunca lo hubiera hecho de no ser por Luna. Y nunca lo admitiría, pero de cierto modo, un gusanillo de orgullo caminaba a través de su pecho, cuando recordaba los "gracias" de parte de la bruja.

— Draco, amigo. ¿Qué ocurre? Pareciera que traes la cabeza en las nubes.

Draco frunció el ceño y tamborileó los dedos contra la mesa, enfurruñado. Dijo una coordenada bien planeada, moviendo a su reina por el tablero, y realmente disfrutó el momento en que esta destruía sin remordimientos al rey negro de su amigo. Jaque mate.

— Y aun así, soy mejor que tú en el ajedrez.

Draco se pavoneó con arrogancia, disfrutando de la mueca maltrecha de Zabini. En el fondo le preocupaba que la chica Lovegood comenzara a hacer estragos en su bien ordenada cabeza. Pero eso, claro, nadie debía de sospecharlo, mucho menos saberlo.