Bueno, esto es digno de un récord mundial Guinness (?), por haber publicado dos capítulos de mi historia en un mismo día. Nunca lo había hecho, jajajaja, pero en esta ocasión me di ese lujo, ya que he estado escribiendo este fic desde hace varios días.

El tercer capítulo está en progreso, así que estará disponible en los próximos días. Sin más preámbulos, la continuación.


Kung Lao fue recibido en el amplió salón del palacio. En cuanto llegó, Kitana pidió que nos retiráramos. Yo fui la última en salir. Cerré las grandes puertas que dividían el salón de las otras cámaras.

Mientras tanto, en el interior, Kitana se hallaba sentada en un sitial, que estaba en el fondo del salón. Kung Lao estaba en el otro extremo, sintiendo una profunda intriga, al ignorar el motivo por el que lo había citado.

—¿En qué puedo servirte? —preguntó.

—En vista de que Liu Kang me ha negado el derecho de saber sobre la peligrosa situación en la que posiblemente estemos envueltos, me veo obligada a tomar otras medidas, que sé que van en contra de mi compromiso de no entrometerme en sus asuntos militares —le hizo una seña, indicándole que tome asiento en una silla cercana a él, sin embargo, prefirió quedarse de pie—. ¿Qué clase de conspiración hay en nuestra contra?

Un pequeño ruido salió de la garganta del guerrero, sobresaltado por la pregunta.

—No sé de qué me estás hablando —agachó la cabeza con nerviosismo, que sabía ocultar muy bien.

—No te molestes en negarlo, porque Jade escuchó esa palabra de tu propia voz —respondió con un tono molesto. Sabía que él también se rehusaría a hablar al respecto.

—Este no es momento para interrogatorios. Varios hombres están esperando mi orden para acudir a una importante misión…

Kitana se levantó de su asiento y caminó hasta él. Las mentiras estaban comenzando a impacientarla.

—¡De ti depende que tan rápido puedes salir de aquí! —hundió sus uñas en sus hombros, implorando su respuesta—. ¡Sólo dime qué pasa, por favor!

Clavó su mirada suplicante en la de él. Se sentía angustiado, pues estaba en el predicamento de conservar la lealtad hacia Liu Kang o ceder ante la presión de Kitana.

—Fue una confusión —respondió, sin atreverse a decir la verdad.

Kitana estaba tan cerca de él, que no apartaba la mirada de la suya. De pronto, se olvidó por un momento del problema, y se dejó llevar por la profundidad de los ojos del guerrero. Su rostro preocupado, lentamente se transformó en uno sereno. Sus uñas soltaron lentamente la piel de sus hombros, y a cambió sus manos le dieron unas sutiles caricias, de las cuales ella no tenía control, pues estaba perdida en su mirada, sin darse cuenta de lo que hacía.

Él estaba inmóvil. La sutileza con la que Kitana lo miraba y lo tocaba lo confundía. Pensó que tal vez su actitud se debía a que buscaba una manera más amable de convencerlo para que confiese.

Con lentitud, acercó su rostro al de él, sin notar hasta donde estaba yendo. Contrario a Kung Lao, que, desconcertado, alejaba su rostro al mismo ritmo que ella lo acercaba.

De repente, abrí la puerta, casi de golpe, encontrándome con esa extraña escena. Inmediatamente, Kitana lo soltó y se alejaron el uno del otro.

—Lo siento Kitana, los soldados están esperando a Kung Lao y me han dicho que no pueden perder más tiempo —dije, incómoda, por haber entrado en tan desafortunado momento.

—No hay problema, Jade —tenía la mano en su pecho y respiraba agitadamente. Se veía sumamente avergonzada, ni siquiera se atrevió a verme a los ojos.

Kung Lao lucía muy molesto. Volteó a verla. Al parecer quería hablar, pero finalmente se salió del salón sin decir nada. Esperé a que él se fuera, e impaciente me dirigí a Kitana.

—¡Por los Dioses!, ¿trataste de… ? —dije en voz baja, para evitar ser escuchada por alguien.

—¡Qué tonterías dices! —interrumpió—. Sólo intentaba convencerlo de que me dijera la verdad. Pero no tuve éxito.

—¿Cuál verdad?

—Lamento decir esto, Jade, pero no pude evitar preguntarle a Kung Lao sobre la conversación que escuchaste en la noche.

—¡Kitana! —exclamé irritada, pues seguramente Kung Lao y Liu Kang se enfadarían conmigo por mi indiscreción.

—No tienes de qué preocuparte. No quisieron decir nada, así que si te reclaman, se estarían delatando ellos mismos.

Sus palabras no me convencieron para nada. Seguramente Liu Kang me perdería la confianza, y eso me causaría mucho pesar.

—Creo que necesito descansar; me duele la cabeza —se tocó las sienes y salió del salón, dejándome con una mezcla de sentimientos que no podría describir.


Atormentada por la tristeza, la ira y la confusión, Kitana decidió evadir su realidad, tratando de dormirse, sin importarle que ya era más del medio día. Apenas su cabeza tocó la almohada, suspiró con nostalgia y cerró los ojos.

De pronto se vio en un hermoso campo lleno de cerezos, que miraba con una gran sonrisa, mientras tocaba las flores que pendían del más cercano a ella. El lugar estaba iluminado por una luz amarilla vibrante, al estar el atardecer en su plenitud. En sus sueños visualizó a Liu Kang, de pie en el lejano firmamento. Dio una dulce carcajada de alegría por verlo. Sacudió su mano, saludándolo, intentando llamar su atención.

Comenzó a correr para ir con él, gritando su nombre, con su voz resonando por todo el campo. Liu Kang giró su cabeza hacia ella. Volvió a saludarlo desde lejos, al ver que ya había notado su presencia. Pero, extrañamente, él se dio la vuelta, como si no hubiera visto a nadie, y comenzó caminar, alejándose lentamente.

La sonrisa de Kitana desapareció, pero no detuvo su andar. Por el contrario, aceleró el paso.

—¡Liu Kang! —gritó, desconcertada, pues no entendía por qué la había ignorado.

Corría tan rápido como podía; sin embargo él se alejaba más a cada paso. Tan sólo lo veía de espaldas, indiferente a su clamor.

—¡Liu Kang! —volvió a gritar con todas sus fuerzas, como un absurdo intento de detenerlo.

De pronto, mientras corría desesperada, el fugaz espejismo de unos bellos ojos color caoba le impidió verlo por breves segundos. Emitió un quejido al ver esa imagen proyectada ante sus ojos; sin embargo, no dejó de correr.

—¡Espera! —imploró, viendo que, pese a sus esfuerzos para hacerlo parar, él seguía adelante, sin mirar atrás siquiera por un momento.

Nuevamente vio el espejismo de esa intensa y enigmática mirada, disipándose en un segundo, causando que se estremeciera. No eran los dulces, y a la vez fieros, ojos de Liu Kang; preguntándose, entonces, de quién serían.

Al ver que la silueta de Liu Kang estaba por desaparecer en la lejanía del horizonte, estiró su brazo, deseando alcanzarlo.

El delirio de los ojos asaltó su vista otra vez; sin embargo, en esa ocasión, no despareció del todo. La imagen era intermitente, desvaneciéndose y apareciendo al ritmo de los latidos del agitado corazón de Kitana.

Su respiración se aceleró y comenzó a jadear, como si fuera a colapsar. Su pulso era cada vez más rápido y el intrigante delirio se negaba a abandonarla. Cuando sintió que su corazón estaba a punto de estallar, finalmente vio un nuevo espejismo, en el que visualizó al portador de esa cautivante mirada que invadió su vista durante todo ese tiempo: Kung Lao.

Enseguida, se le fue el aliento, susurró algo inentendible, y sintió una fuerte explosión dentro de su pecho.


Abrió los ojos de golpe, e inhaló aire de manera brusca. Aquella experiencia fue un angustiante sueño, que olvidó en cuanto abrió los ojos. Enseguida, un aterrador rostro apareció de súbito frente a ella, observándola mientras yacía recostada en la cama. Dio un grito a causa de la desagradable sorpresa de ver a esa horrible creatura, con colmillos afilados como lanzas incrustadas en sus mandíbulas: era un guerrero Tarkatano.

Sacó unas cuchillas de sus brazos, y emitió una risilla, deleitado por su plan de hacerla trizas. Kitana, haciendo contacto visual con él, y tratando de que no se diera cuenta de lo que hacía, metió lentamente su mano debajo de la almohada, para tomar uno de sus abanicos, que siempre ponía ahí antes de dormir.

Cuando el tarkatano iba a clavarle la cuchilla, Kitana, de un veloz movimiento, sacó el abanico y le rebanó la garganta, haciendo que cayera una cascada de sangre sobre ella. El enemigo emitió un quejido, con las manos sobre su garganta, y después se desplomó sin vida, encima de ella.

Sintió repulsión al tener el cuerpo de su atacante aplastándola. Lo sujetó y lo tiró al suelo, con una expresión de asco. Rápidamente se levantó de la cama, y tomó el otro abanico oculto debajo de la almohada. Estaba segura de que ese no era el único invasor.

En cuanto salió de su cámara, vio a tres tarkatanos aproximándose a ella, con las cuchillas de sus brazos listas para asesinar. No fue difícil exterminarlos, lanzó sus abanicos al mismo tiempo, clavando cada uno en el cuerpo de dos tarkatanos, quienes cayeron abatidos de inmediato. Sujetó al restante, le torció el brazo, e hizo tal movimiento que logró que la cabeza del tarkatano fuera cercenada por su propia cuchilla.

Arrancó los abanicos de los cadáveres y corrió a buscarme. Me encontró en mi cámara, mirando a dos enemigos abatidos, que me habían atacado brutalmente.

—Son demasiados —dije jadeando, sintiendo como una gota de sangre se resbalaba en mi frente. Necesitaba decirle lo que pude saber sobre esa invasión—. Están saqueando el palacio. ¡Vienen por Liu Kang!

Abrió los ojos muy grandes, aterrada de pensar que el blanco de los invasores era su amado.

—¡¿Y los soldados?!

—Supe que se han ido con Kung Lao a una misión que les encomendó Liu Kang.

Me miró preocupada, ya que estábamos solas, rodeadas de sanguinarios monstruos que destruían todo lo que veían.

—Kitana, ¡¿que vamos a hacer?! —le pregunté angustiada, después de escuchar los gruñidos de los enemigos cada vez más cerca.

Se agachó para levantar mi bastón, que había dejado caer por la fatiga, y me lo entregó, tomando mi mano, haciendo que me aferrara a él.

—No tenemos otra opción —me incitó a intentar detenerlos nosotras solas—. Tenemos que luchar.

Sería muy difícil acabar con esa plaga sin ayuda. Yo sabía que no lo lograríamos, pero no podía negarme. Sin más remedio, asentí y entonces fuimos a buscarlos.

Al salir de mi cámara, nos topamos con un grupo de tarkatanos, con las hojas de sus brazos levantadas. Comenzamos a atacarlos, evadiendo sus golpes y repartiendo los nuestros. Pensé que nunca más volvería a usar mi bastón, y en ese momento me pareció curioso verme deteniendo las cuchillas de los invasores con él, cuando minutos atrás bordaba un pañuelo de seda, sentada frente a la ventana de mi cámara.

Dos tarkatanos me atacaron al mismo tiempo, pero no fue tan difícil deshacerme de ellos. Estirando mi pierna lo más que pude, le clavé el tacón de mi calzado en la garganta a uno, a la vez que le hacía trizas el cráneo, con un fuerte golpe de mi bastón, al otro.

Mientras tanto, Kitana repartía patadas y tajadas con sus abanicos, sin clemencia. De un sólo movimiento, logró decapitar a dos enemigos, con cada uno de sus abanicos. Un tercero se acercó a ella, pero cerró sus abanicos y de inmediato se los clavó en los ojos. El monstruo se los cubrió, rugiendo a causa del intenso dolor, el cual cesó cuando uno de los abanicos penetró en su pecho, privándolo de la vida al instante.

Kitana le dio una patada al cuerpo inerte —que seguía de pie, a pesar de estar muerto—, para separarlo de su elegante arma, aún enterrada en él. Logramos exterminarlos, pero afuera había muchos más.

—¡Lina! —exclamó al aire, cuando recordó a la servidumbre en peligro— ¡Jade, ve a buscar a las sirvientas!

—Pero, Kitana… —me rehusé a seguir su indicación, pues yo quería seguir luchando con ella.

—¡Ahora! —interrumpió con molestia.

No me quedó de otra, y, en contra de mi voluntad fui a intentar ayudar a las mujeres de servicio.

Mientras tanto, Kitana corrió hasta donde estaba la mayor concentración de tarkatanos. Por primera vez agradeció que Liu Kang no estuviera en el palacio, ya que los invasores no estarían conformes hasta asesinarlo.

Se armó de valor y se lanzó al patio, llamando la atención de los salvajes guerreros, logrando que todos corrieran hacia ella, con sus afilados colmillos expuestos y las cuchillas de sus extremidades deslumbrando su vista por el intenso brillo del sol de la tarde.

Agitó sus abanicos, logrando crear una onda, que elevó a varios tarkatanos, dejándolos suspendidos en el aire por algunos segundos. Cayeron aturdidos y quejándose de dolor, pero a los restantes poco les intimidó ese ataque y se acercaron a ella. Se agachaba y respondía a las agresiones con cortes de sus abanicos, que desmembraban y tasajeaban a incontables adversarios.

Pero para su desgracia, uno de ellos logró atravesar los abanicos con sus cuchillas, arrancándolos de sus manos. El tarkatano los tomó y los arrojó al lago, ante la mirada iracunda de Kitana. Lentamente se sumergieron en las profundas aguas, dejándola desarmada. De pronto sintió unas ásperas manos sujetando rudamente sus brazos detrás de ella, para impedirle moverse. Le dio una patada en las piernas, que la hizo ponerse de rodillas.

Intentó resistirse a su sometimiento, pero fue en vano. El tarkatano que la desarmó se acercó a ella y le puso las manos en el cuello para asfixiarla.

Sintiendo las filosas garras del enemigo encajándose en su piel, y tratando de inhalar aire, sin tener éxito, se movía con fuerza para tratar de liberarse. Empezó a sentirse débil a causa de la asfixia. Cada vez que hacía el más mínimo movimiento, las manos del monstruo oprimían su garganta con más fuerza.

Con la visión borrosa, a punto de perder la conciencia, movió los ojos, mirando a su alrededor, con la esperanza de verme yendo a salvarle la vida. Pero lo único que vio fueron tarkatanos que destruían y saqueaban todo a su paso.

Pensó que su vida iba a terminarse y no pudo evitar derramar una lágrima de dolor por morir, habiendo siendo tan infeliz los últimos años. Le vino a su mente el rostro de Liu Kang. Al pensar en él, más lágrimas brotaron de sus ojos.

"Seguro estarás más feliz con mi muerte", pensó, "Ya serás libre".

De pronto, cuando el tarkatano iba a estrujar su cuello con más fuerza para acabarla de una vez, este emitió un fuerte grito de dolor, soltando a Kitana de inmediato. Su cabeza se desprendió y su cuerpo se desplomó de manera estrepitosa.

Al caer el cuerpo, Kitana vio a un hombre que había atacado a su enemigo por la espalda, logrando salvarle la vida.

—Kung Lao… —susurró ella, jadeante, intentando recuperar el aliento del que fue privada instantes atrás.

Él se colocó su sombrero, con el filoso borde cubierto de la sangre del tarkatano que decapitó, y se agachó.

—¿Estás bien? —le preguntó, agitado.

Ella estaba muy débil, no podía ni siquiera responderle. Sólo se tocaba la garganta, tosiendo y jadeando. Kung Lao miró hacia atrás. Sus soldados estaban luchando contra los tarkatanos, tratando de mantenerlos a raya. Después se percató de que algunos iban hacia él. Al ver que Kitana estaba rodeada de peligro y que se encontraba muy mal, al grado de que ni siquiera podía levantarse, la cargó y trató de llevarla a un lugar seguro.

Varios guerreros del Outworld se acercaron a él. Mientras corría para huir de ese peligroso escenario, esquivaba los ataques y los respondía dando tajos con su sombrero, con una sola mano, pues con la otra tenía cargada a Kitana. Ella, muy débil y asustada, le rodeó el cuello fuertemente con sus brazos, para evitar caer.

Por fortuna los soldados del Earthrealm estaban logrando controlar a los monstruos, lo que le permitió a Kung Lao adentrarse al palacio y poner a Kitana a salvo. Se dirigió a un sótano con poca iluminación, y la depositó suavemente en el piso.

—Aquí estarás bien. Sólo espera a que regrese por ti, ¿sí? —dijo, levantándole suavemente el mentón con su mano, para asegurarse de que lo estaba escuchando. Estaba en cuclillas. No podía ver bien a causa de la oscuridad del lugar, pero pudo percibir que asintió, emitiendo un ligero quejido que indicaba que estaba de acuerdo—. No hagas ruido —advirtió, y sin perder más tiempo regresó a la batalla.

Kitana escuchó la puerta cerrarse. Estaba agradecida de seguir viva, después de que instantes atrás creyó que todo se había acabado. Pensó en Kung Lao; en ese milagroso momento en el que apareció para devolverle el aliento. Luego pensó en su silueta, que con dificultad pudo ver, a causa de la oscuridad del sótano. Entre el dolor y la debilidad, esbozó una sonrisa, frotando suavemente su propio mentón, recordando el momento en el que Kung Lao se lo tocó con dulce sutileza.

Recargó la cabeza en la pared, sin dejar de pensar en él y en su acto heroico. Dejó ir un suspiro, seguido por una sonrisa, débil, pero aún más amplia. Segundos después, sus fuerzas la abandonaron y perdió el conocimiento.


Al fin el peligro había pasado. Los soldados del Earthrealm lograron eliminar a la gran mayoría de los tarkatanos. Algunos otros fueron encerrados en las celdas del calabozo del palacio, a la espera de un interrogatorio.

Mientras tanto, Kitana yacía inconsciente en la cama de su cámara. Mi preocupación fue mucha, pues pasaron las horas y no volvía en sí. Finalmente abrió los ojos, devolviéndome la paz.

—¡Despertaste! —exclamé aliviada—. ¿Cómo estás? —tomé su mano y me senté en la cama.

—Me siento… mareada —colocó su mano libre en la cabeza. Después pareció recordar algo, y repentinamente se sentó en la cama—. ¡¿Y Liu Kang?!

—Tranquila, no ha llegado—. La empujé suavemente, incitándola a que se recostara de nuevo—. No quiero ni pensar en su reacción cuando vea los destrozos que hicieron los tarkatanos. Pero eso no importa; estoy segura de que se conformará con saber que estás bien.

Respiró profundo, aliviada de que Liu Kang no haya sido atacado.

—Kung Lao ha intentado localizarlo, pero no ha tenido éxito.

Noté que de repente esbozó una ligera sonrisa. Me pareció extraño, pues segundos antes estaba preocupada.

—¿Qué es gracioso? —pregunté, arqueando una ceja, a causa de mi curiosidad. Guardó silencio por algunos segundos y amplió su bella sonrisa.

—Kung Lao me salvó la vida —veía al techo, con la mirada brillante y perdida, al estar recordando.

—Sí, cuando pasó el peligro me llevó a donde estabas oculta y te encontramos tendida en el suelo. Vaya susto que nos diste —crucé los brazos, acordándome de la terrible angustia que sentí en ese momento.

—Creí que moriría y de pronto… él estaba ahí…, protegiéndome —ignoró mi comentario, y más bien siguió recordando el instante en el que fue rescatada por Kung Lao.

No pude evitar verla con extrañeza, pues el tono con el que relató su recuerdo me pareció… desconcertante.

—Lina y las demás sirvientas salieron ilesas —intenté cambiar el tema, al notar cierta "anormalidad" con ella, misma que yo no quería fomentar—. Estaban muy asustadas, pero no les pasó nada. Le diré a Lina que te preparé una infusión. Ella también la necesita.

Desde ese momento en adelante, la actitud de Kitana se tornó extraña y confusa. Tuve una ligera sospecha, que de inmediato deseché, pues tal corazonada me pareció muy descabellada. Por el bien de la relación de Kitana y Liu Kang, tenía que ser sólo eso: una absurda sospecha.