El soberano de Nejet
La luna brilló en tono naranja cuando el llanto del recién nacido resonó por los pasillos del palacio. Después, uno de los sirvientes fue rápidamente hasta el salón principal, donde el faraón Aknamkanon se encontraba en su trono, rodeado de sus sacerdotes y su hermano Aknadín, el sumo sacerdote de la corte.
-Es un varón- anunció el sirviente después de haber hecho una reverencia ante el rey para añadir después algo que Aknamkanon y el resto de los presentes esperaban oír-. La reina Bajet murió.
El faraón cerró los ojos como única muestra de congoja ante las palabras de aquel hombre. Sabía que los médicos que fueron traídos desde Eleitias habían hecho todo lo que estaba en sus manos para evitar lo peor. Pero no hablo sido suficiente. Bajet había heredado de su clan, además de su mirada violácea, ese orgullo innato que los distinguió desde que habían llegado a Eleitias y el reino de Nejet. Fue una hábil hechicera mientras vivió, pero en el fondo, su cuerpo no gozaba de la misma fortaleza de su carácter.
Aknamkanon y Aknadín también mostraban en sus ojos la herencia del pueblo de sabios, así como las fallecidas Nefer y Merit, hermana y madre respectivamente del actual faraón y su hermano gemelo. Benakon y Merit sin saberlo, fueron los Iniciadores de un nuevo legado en el que a partir de entonces, los soberanos de Nejet tenían como principal característica el tono violeta en sus ojos, nacidos así todos como hechiceros. El hijo de Bajet y Aknamkanon, que nació aquella noche, también mostró en su mirada que iba a ser capaz en un futuro no muy lejano, de crear cualquier tipo de hechizo e incluso posiblemente, invocar a un Espíritu de Monstruo antes de los diez años de edad, una hazaña que ningún faraón había hecho hasta entonces.
-Mi hijo- comenzó a decir el faraón, mientras se ponía de pie y era seguido por su hermano-. ¿Dónde está?
-Siamun ha llevado al príncipe a los aposentos destinados al príncipe, Alteza- respondió de inmediato el sirviente.
-Retírate. Iré a verlo ahora.
Aknamkanon abandonó la cámara ante la vista de su silenciosa gente y su hermano, el cual, decidió dejarlo solo. Quizás era lo mejor. El nacimiento del primogénito y la muerte de la reina mantenían a su hermano mayor en un estado casi irreconocible para él, pero totalmente comprensible. Aknadín mismo no hubiera sabido cómo actuar si su esposa Dait o su hijo Seto le fueran arrebatados. Aknamkanon le recordaba vagamente a su padre Benakon, el implacable rey que mostró fortaleza para hacer de sus hijos unos hombres de los cuales pudiera sentirse orgulloso.
-Que los dioses te guíen, hermano mío- murmuró mientras veía a Aknamkanon alejarse-. Y que tu hijo haga resplandecer tu corazón...
O-O
Los aposentos destinados al recién nacido príncipe, al igual que los del faraón, se encontraban orientados hacia el norte del palacio, además de contar con un balcón desde donde podía contemplarse el atardecer y por las noches, parte de la Vía Láctea.
Y esa noche en especial, la luna trataba de adentrar su pálida luz hasta donde se encontraba el lecho en el que un niño pequeño, envuelto en paños de lino blanco y con las manos vueltas temblorosos y pequeños puños, sollozaba.
Al lado del infante, de pie, se encontraba el mayordomo real.
Siamun había llegado muchos años atrás al palacio real desde Eleitias. Bajo el servicio de Benakon y Dumrha, había visto crecer a los príncipes para luego presenciar también la ascensión al trono de Aknamkanon.
Como no existía una mujer de la familia real a la cual Aknamkanon podía desposar para consolidar su poder, Siamun, que estaba al tanto de la descendencia de los hijos de Nimet, recordó que el primogénito del antiguo y amado escriba, Naut, había tenido cuatro hijos de los cuales, Bajet había sido la única mujer. Posiblemente, la última descendiente directa de la familia real.
El niño que ahora había dejado de sollozar y dormía delante de Siamun, se enfrentaría a un dilema cuando subiera al trono. Aknamkanon se mostraba renuente a volver a buscar una compañera y sin una princesa con la cual consolidar su poder, el príncipe se vería obligado a buscar esposa en otro reino apartado. Se casaría con alguna princesa o reina con la que se fortalecería el reino de Nejet si ambas tierras se unían. Posiblemente, sería algo positivo para el reino, pero sería probable que para entonces, el príncipe ya hubiera elegido a su compañera y si era como su padre Aknamkanon, cuyos sentimientos sólo pertenecían a una sola mujer, entonces...
Pero faltaban muchos años para aquello. El príncipe tenía poco más de una hora de vida y Siamun se prometió que, mientras se le permitiera seguir viviendo, seguiría ejerciendo su cargo de mayordomo real, tanto para Aknamkanon como para el príncipe.
-Tu nombre, pequeño príncipe, es el que ahora tu padre elegirá...
¿Bajet había elegido un nombre para su hijo? De ser así, Siamun no lo había sabido. El faraón tampoco había expresado sus posibles elecciones para el nombre de su hijo. Sin embargo, ello no quería decir que no lo hubiera elegido ya.
Y mientras Siamun de nueva cuenta pasaba la vista sobre el príncipe dormido, pensando en algunos nombres de antiguos reyes de Nejet -Abidos le parecía un poco más conveniente por haber sido el rey que recibió y ayudó al clan de los Ishtar-, el faraón cruzó el umbral de la entrada de la cámara silenciosamente, hasta quedar de pie ante el lecho de su hijo, el cual aun dormía.
-Alteza -saludó Siamun de inmediato, con una reverencia-. He aquí a su primogénito.
Contemplaba Aknamkanon a su hijo, aun en silencio. Como si el tiempo se hubiera detenido, el faraón visualizó de pronto que las manos del infante dejaban de temblar y el minúsculo pecho detuviera su movimiento de arriba hacia abajo. Que repentinamente, la tela blanca que cubría el pequeño cuerpo del príncipe se teñía de rojo y jamás pudiera oír ni la voz ni el llanto de su hijo...
Parpadeó, como si despertara de nuevo. Agradeciendo que el tiempo siguiera su curso y aun más cuando en ese momento, el príncipe abrió un poco sus ojos y de nueva cuenta, soltara el llanto.
-Calma, hijo mío...
El faraón extendió los brazos cuando inclinó su cuerpo frente al lecho de su hijo. Esa calma que le transmitió al príncipe cuando lo acercó a su pecho, fue recíproca; como si ambos tuvieran la certeza de que aquella espantosa visión de un momento antes nunca se haría realidad.
Unos instantes después, el faraón volvió a colocar a su hijo entre las mullidas telas. Tranquilo de nuevo, el príncipe volvió a dormir.
-Alteza- habló Siamun, lamentando quizás tener que interrumpir al rey mientras aquel veía dormir a su hijo-. Al amanecer será el ritual de la reina Bajet. He ordenado a los Cuidadores que dispongan lo necesario para la ceremonia. En este momento, seguramente, dará inicio...
-Bien, Siamun -respondió el faraón, aun sin apartar la mirada del príncipe-. Bajet podrá conocer y cuidar a su hijo, así como mi madre y mi hermana cuidan de Aknadín y de mí en compañía de mi padre... Desde el más allá, el príncipe es bendecido, así como aquí, entre los vivos... Un conciliador de dos mundos. El elegido para reinar después de mi muerte, príncipe Atem.
Siamun escuchó aquellas palabras. Aquel nombre que el faraón acababa de pronunciar, el mayordomo real lo había leído como el nombre de uno de los dioses de Nejet. En los rituales funerarios, se le pedía entre rezos a ese dios que llenara de conocimiento a las almas y saber cuando estuvieran en presencia de otros dioses. Si, tal vez como un conciliador...
-Atem- dijo Siamun, atrayendo por fin la mirada del faraón-. El príncipe de Nejet.
Dos. Tres pasos. Alto.
Risas agudas que trataban de apaciguar entre sus pequeñas manos los terminaba delatando y Mahad sabía exactamente en cuáles de los jarrones vacíos estaban ocultos. Debía encontrarlos, en especial al príncipe, pues si al faraón se le ocurría de pronto llamar a su hijo, sería a él la primera persona a la que demandaría respuestas.
Aunque era algunos años mayor que el príncipe, era poseedor de una magnifica y poderosa magia, la cuál le había valido la separación de su familia y la entrada al palacio real, donde era aprendiz de hechicero, en concreto, discípulo de Siamun. También recibía amplias y valiosas enseñanzas departe del sumo sacerdote Aknadín y así conocer aquellos Espíritus confinados en lápidas de piedra y a su vez, hacer lo mismo cuando llegara el momento de convocar al propio. Por partida doble, Mahad aprendía la magia del clan de los Ishtar y de los sacerdotes de Nejet. A su lado, otro niño de nombre Seto más o menos de su edad, hijo de Aknadín, también recibía el mismo conocimiento. Sin embargo, con el hijo del sacerdote no llevaba la misma familiaridad que con el príncipe mismo. Atem, de un espíritu noble, no notaba la diferencia entre unos y otros a la hora de medir las riquezas o el poder. Mahad era su amigo, al igual que Mana, la hija de uno de los sacerdotes de la corte. El tiempo diría si esa nobleza continuaría en su carácter cuando tuviera la edad suficiente para gobernar el reino de Nejet.
-Cállate -murmuró la voz de un niño, con un tono preocupado-. Nos va a encontrar...
Otras risillas resonaron en el jarrón de al lado de donde había venido la queja.
-Perdón... -respondió luego la voz de una niña.
El primero iba a volver a responderle, pero en ambos jarrones, los nudillos de Mahad chocaron delicadamente dos veces rápidas.
-Salgan por favor- dijo Mahad desde afuera, contemplando los jarrones de barro.
El juego había terminado. Una risa corta y un suspiro de decepción se escucharon desde dentro de los jarrones. Después, Mana salió primero, asomando lentamente su cabeza. Instantes después, el príncipe hizo lo mismo y ambos salieron por fin de sus escondites.
-Mahad, esta vez tardaste más para encontrarnos -señaló Mana con una amplia sonrisa-. No creo que nos encuentres de nuevo mañana...
-Los encontraré siempre, es mi deber -respondió Mahad. Pese a su corta edad, el discípulo de Siamun mostraba la solemnidad en sus palabras, propias de alguien mayor.
-Volvamos al palacio -dijo ahora el príncipe, mirando a sus amigos-. Quiero ir con mi padre.
Mahad y Mana asintieron. Donde se encontraban, cerca de una amplia cámara que fungía como cocina, localizada al lado de uno de los grandes jardines del palacio, recorrieron los pasillos casi corriendo, animados todavía por los juegos de momentos atrás, además de que las energías aun no los abandonaban. Mana tenía cinco años de edad, el príncipe seis años y Mahad once.
O-O
-Entonces, ¿qué es lo que sugieren las personas de Nervo?
-Pues, que sus hombres sean los encargados de transportar el agua que les hace falta. La corriente del río ha bajado. Las cosechas podrían perderse.
-Ya veo...
El príncipe había detenido su paso al ir acercándose a una de las cámaras interiores del palacio, donde su padre y algunos hombres de su corte se reunían para compartir noticias del reino. La mayoría del tiempo estaba ocupado y no podía poner atención a su hijo, al cual no le quedaba más remedio que retirarse en compañía de Mahad y Mana, aunque si decidía quedarse, era para quedarse en silencio al lado de su padre y prestando atención a todas las palabras de los presentes.
Esta vez, la corte volvía a deliberar soluciones para la región de Nervo. Esa zona era conocida principalmente por sus cosechas de cebada. Una sequía había hecho que la corriente del Nilo bajara su nivel habitual, peligrando que todo el esfuerzo de los campesinos se perdiera. Un problema menor, considerando que en el pasado habían enfrentado el mismo problema.
La fuerza humana de entre unos y otros de los habitantes del reino habían comenzado a moverse hasta entonces, sin embargo, como la corriente del agua había bajado, otros habitantes de esas aguas imposibilitaba el ritmo de trabajo. Los caimanes habían decidido aglomerarse poco a poco. Como señores del agua que eran, no debían ser molestados. Sin embargo, las cosechas se perderían...
Era evidente que el faraón Aknamkanon y su corte estaban pensando en otras soluciones. Y que el príncipe debía retirarse.
Se dio la vuelta, seguido de Mahad y posteriormente de Mana. Habían decidido dejar que aquellos adultos siguieran pensando en una manera de ayudar a la gente de Nervo. Pero poco a poco, el príncipe había comenzado a entender el peso de su presencia en el palacio. No solamente el hecho de la total obediencia de los demás hacia su persona, sino que también, que por su parte, debía comenzar a repartir soluciones.
Hizo que sus amigos lo siguieran de vuelta hasta un jardín del palacio y una vez ahí, tomó asiento a la sombra de uno de los arboles y sobre una loza de piedra. Con Mana a su izquierda y Mahad a su derecha, el príncipe pensó mucho en el problema que había en Nervo. Sus amigos entendieron la preocupación de inmediato, pues era la misma que la cámara de la corte se seguía discutiendo.
O-O
Siamun se había percatado de la presencia del príncipe y sus pequeños acompañantes. Después de que otro de los hombres que fungía como concejal expusiera otra idea, el mayordomo real abandonó la cámara lentamente. Algo le decía que el príncipe quizás tenía algo qué decir. No precisamente acerca de lo que se discutía en la corte, aunque a veces, la sencillez de los niños a problemas complejos lo había sorprendido en más de una ocasión. Sobre todo con el actual príncipe. No solamente era dueño de una gran cantidad de energía vital comparable a la de Mahad, sino que además, comprendía rápidamente lo que acontecía a su alrededor. Incluso sabía cómo y de qué manera podrían ser invocados los Espíritus de Monstruo de sus lápidas. No tenía aun la energía necesaria para invocar alguno, pero era probable que no fuera por mucho tiempo.
Caminó por los pasillos del palacio y guiado por una repentina ráfaga de viento venida desde el exterior de los jardines, Siamun intuyó que ahí era donde el príncipe y sus compañeros se encontraban. Y no se equivocó.
Los hayó todavía sentados en la loza, resguardados en la sobra del mismo árbol.
Iba a aproximarse a ellos, pero una nueva ventisca interrumpió su marcha. Ellos habían provocado esa ráfaga y la anterior. El viento estaba cargado de algo inexplicable. Sin embargo, los niños sonreían, al parecer, sin darse cuenta de aquello que Siamun veía. Los tres parecían tener una conversación alegre. Al mayordomo le pareció oír que decían "agua" una y otra vez.
Algunos instantes más pasaron. Vio cómo de pronto el príncipe, Mahad y Mana volvían a estar de pie. Fue entonces que los niños se dieron cuenta de la presencia de Siamun.
Con la misma alegría que instantes antes, los tres se acercaron al mayordomo real.
-Príncipe, creo que es hora de que Mahad y usted vengan conmigo. Deben seguir aprendiendo sobre la magia.
-¿Y yo? ¿También voy con ustedes? -preguntó Mana, con una sonrisa esperanzadora.
-No. Deberás ir con tu madre, ya haz jugado mucho y también tienes deberes.
Mana hizo un gesto de desacuerdo, pero obedeció. Dichos deberes a los que se refería Siamun eran aprender de su madre todas las costumbres y educación de una mujer noble. Salvo por la única mujer sacerdote de la corte, llamada Theneira, ninguna otra mujer de Nejet aprendía la magia a menos que pertenecieran a la familia real o perteneciera a la nobleza antigua. Theneira había ganado su lugar en la corte gracias a su magia. Heredera de muchos siglos de conocimientos al lado de la familia real de Nejet, tenía también una hija llamada Isis, la cual tenía la misma edad que Mahad. La madre se encargaba también de la educación de su hija, aunque también había pensado en enviarla al reino de Menftu.
Mientras tanto, de vuelta al presente, Mahad y el príncipe siguieron a Siamun, donde instantes después, se reunió también Seto. Aknadín se encontraba también en la corte, al lado de su hermano. Por ese día, Siamun daría clases también al hijo del sumo sacerdote.
O-O
A la primera hora de la mañana siguiente, un hombre de Nervo llegó al palacio. Las cosechas se salvarían después de todo sin la necesidad de molestar a los señores del agua.
En la tarde el día anterior, había fluido el agua de un manantial que había reabastecido los pozos y por ende, los campesinos de inmediato se pusieron a trabajar sobre sus sembradíos.
-Los señores del agua nos recompensaron por no perturbarlos -aseguró el hombre de Nervo con felicidad ante el mayordomo real, el cuál llevó la noticia al faraón después.
El faraón se alegró por saber aquella maravilla. Sin duda, algo divino había interferido. Siamun, sin embargo, creía que aquella obra había sido causada por una persona. Tres en concreto.
Sin duda, Mana también era poseedora de una magia espléndida. Quizás si hablaba con el faraón y le exponía su idea de incluir a Mana como su discípula también, el rey comprendería. El padre de Mana, fiel a la tradición, no había enseñado nada de la magia a su hija por el decreto real.
Se perdería una gran hechicera si eso no cambiaba.
Redimir la fama de un lugar no era una tarea sencilla. Bauk lo supo cuando llegó a Kul Elna cuando buscaba refugio de la gente que traicionó en Eleitias.
La gente de ese lugar odiaba al reino de Nejet y a su gobernante. Al igual que en Eleitias, Kul Elna se hallaba apartado del reino, más sin embargo, el entonces faraón Abidos no tenía el menor interés de proclamar a aquella tierra como parte de su reino. Benakon también mantuvo su distancia, sin embargo, había sido un habitante de Kul Elna quien había logrado dar muerte a la reina y la princesa, llevándose además, la vida de más personas inocentes.
¿Por qué había tanto odio departe de esa gente hacia Nejet? Bauk descubrió que no solamente el odio era dirigido hacia Nejet, sino a todas las comarcas en general que tuvieran igual poder que el reino del faraón Abidos. Eran exiliados, gente que por elección, habían preferido dedicar su vida al robo o asesinato y que en su mayoría, en sus tierras natales eran buscado para ejecutarlos.
Gente mala, por excelencia. Aun así, Bauk parecía ser el único que poseía un Espíritu de Monstruo. Había ejercido su deber como escriba dentro del clan Ishtar mientras perteneció a ellos, pero también estaba decidido a ser hechicero. Jamás había olvidado el hechizo que había leído del Libro de Hechizos antiguo. No tenía los recursos ni el poder para llevarlo acabo, pero comprendió que si ponía el empeño suficiente, posiblemente podría hacer que aquel hechizo resultara exitoso y que de una vez por todas, el Libro de Hechizos del Milenio fuera suyo.
El tiempo pasó y gracias a sus aliados de Kul Elna pudo hacer un viaje a Nejet. De ahí, su gente fue a Eleitias, sólo para enterarse después que Dunrha se había ido. Eso solo significaba una cosa: que el Libro de Hechizos se encontraba en el palacio real, una fortaleza que a su vez, era custodiada por los hechiceros más poderosos de Nejet, incluido el faraón Benakon.
Mandar a crear el veneno que mató a Merit y Nefer no ayudó en mucho, pues como idea principal de Bauk era que toda la familia real muriera. Benakon había sobrevivido, al igual que sus hijos. Y era seguro -y como comprobó después- que desde la muerte de su esposa y su hija, había redoblado la vigilancia y que los príncipes serían mejores hechiceros que su padre o los homónimos de Eleitias, sin mencionar a aquel joven que debía tomar el trono de Nejet.
Bauk estaba desesperado. La juventud se le iba y no había logrado ni acercarse un poco al palacio. Por tal, enseñó a su hijo Ajti todo lo que sabía, incluyendo aquel hechizo memorizado. Sin embargo, pese a que había salido de Egipto una vez para retomar el rumbo a Marak y buscar los pergaminos sepultados, fue algo que no relató a su hijo. De esa expedición sólo consiguió un fracaso, pues no solo no encontró huellas de donde estaba la antigua biblioteca, sino que además, los documentos enterrados ya habían sido sacados. Bauk a penas había tenido once años cuando su clan abandonó Marak, pero recordaba claramente cada una de las imágenes y caminos hasta ese lugar. El rey Inha ya había muerto y su sucesor y posteriores descendientes, habían olvidado la orden de matar a los Ishtar. Bauk regresó a Nejet, con la vaga certeza de que los papiros y tablillas sepultados, habían sido sacados no muchas años antes que su llegada. En otras palabras, volvían a estar bajo el resguardo de su antiguo clan, en Eleitias.
Conforme pasaba el tiempo, Ajti, su único hijo, llegó a sus propias conclusiones, además de mostrar el doble de interés en la magia, hizo un gran descubrimiento que no reveló a su padre, sino a su vez, a su propio hijo Bakura.
El antiguo escriba de los Ishtar conoció a su nieto antes de morir. Pero nunca olvidó ni hizo que sus descendientes olvidaran la razón de su existencia: tomar el libro antiguo. Ajti y Bakura entonces, estaban decididos a triunfar en lo que su antepasado había fracasado.
Cuando el joven Bakura alcanzó la edad de los diecinueve años, en compañía de su padre, se dirigieron a Nejet.
El plan comenzaba con el príncipe de aquel reino.
En menos de tres días, según sus cálculos, el libro, el palacio y el reino, serían suyos.
Cruzó el pasadizo con ayuda de su magia. Aunque la oscuridad era profunda, veía claramente gracias a los rayos de la luna. La fría brisa venida desde el desierto descubrió su cabeza de la túnica que lo cubría. Pero no había peligro. Se hallaba completamente solo, además de que su Espíritu de Monstruo, el cual no había querido aun sellarlo en una plancha de piedra, le advertía cuando uno de los guardias se aproximaba.
Cerró la placa de roca, también con su magia, empujándola lentamente. Cuando la pieza encajó con un ligero deslizamiento y un leve golpe, otra corriente de aire revolvió la arena de alrededor, creando el natural camuflaje que aquella salida secreta, al ras de la muralla, necesitaba para no ser descubierta. Del otro lado, sumergido en una oscuridad más profunda, el joven se cubrió de nuevo la cabeza con la tela y avanzó cauteloso.
El pasadizo terminaba en la orilla de uno de los jardines. De igual manera, necesitaba mover con ayuda de su magia otra placa de roca. Estaba agotado, pero si quería salirse con la suya otra noche más, debía reunir lo que le quedaba de su energía y no dejar huellas.
Una vez que la placa de roca se deslizó, su Espíritu de Monstruo avanzó primero y cuando abandonó el pasadizo para cerrarlo nuevamente, observó que la luz de la luna en el jardín era más brillante. Debía prevenirse, avanzar con más cautela, no hacer el menor ruido, ir caminando con la sombra de la muralla, llegar hasta el palacio, ganar camino hasta los pasillos norte y finalmente...
Mientras pensaba todo eso, con la mirada al frente, no se dio cuenta de que su Espíritu de Monstruo se había detenido bajo sus pies. Casi pierde el equilibrio cuando sus piernas y el pequeño y redondo cuerpo de la criatura chocaron.
-Kuriboh... ¿Qué haces?... Avanza... -le susurró al bajar una de sus manos y tocar la superficie aterciopelada del Espíritu.
No obtuvo respuesta -una gesticulación vocal aguda-, pero eso era natural. Después de haberlo invocado, antes de entrar al palacio por medio del túnel secreto, le había advertido que debía ser silencioso. Y que si veía a alguien que pudiera descubrirlos, no emitiera sonidos, sino que se quedara quieto frente a él, ya que no le perdería de vista y vería "la señal".
El joven recordó la orden que había dado al Espíritu. Aun en ese alto, dirigió la vista a donde la criatura miraba.
Esperó encontrarse con alguno de los guardias, pero no fue así. Una de las antorchas sujetas a los pilares del palacio, proyectaba sobre el suelo las sombras de los jarrones decorativos con un largo casi de un humano, pero decapitado.
No había nadie.
-Las sombras no son personas, Kuriboh... Avanza...
La criatura dudó unos instantes, pero obedeció a su amo. Por las penumbras del jardín, llegaron por fin a un pasillo del palacio. Todo seguía en silencio. El cansancio tampoco ayudaba a averiguar si de verdad se hallaban en completa soledad.
El joven y su Espíritu comenzaban a moverse por el pasillo, hasta que su marcha fue interrumpida por una voz que venía desde el jardín que acababan de pasar y que se fue aproximando.
-Fue impresionante, Alteza. Pero sea más cuidadoso cuando Kuriboh lo advierta. Tiene razón cuando ve algo.
-Mahad...-dijo el príncipe, girando su rostro hacia el hechicero con un gesto más tranquilo.
O-O
La túnica que rodeaba su cuerpo momentos antes, se transformó en capa, dejando ver un traje sencillo y blanco. No llevaba sus adornos de oro puestos ni su corona, los cuales dejaba en seguro resguardo en su cámara. Sin tanta opulencia sobre sí, podía pasar como un pueblerino más de Nejet.
-Alteza -comenzó a hablar Mahad, mientras ambos avanzaban por los pasillos del palacio-. Estoy preocupado por usted...
Atem no respondió ni volvió la vista al hechicero. Aunque se alegraba de que su compañero de juegos de la infancia hubiera sido quien lo recibiera en el palacio esa noche, Mahad era el único que sabía de esas "escabullidas nocturnas". Una vez que la mayoría de la corte se retiraban a sus aposentos, el príncipe también hacia lo propio, pero casi a la media noche, abandonaba su cámara y posteriormente el palacio, por medio de aquel pasadizo creado por él. Iba al pueblo.
Mahad había insistido muchas veces en acompañarlo para protegerlo, como era su deber, pero también sabía que Atem sabía defenderse. No solamente con magia o con Espíritus. Era diestro en el uso de su espada, superando por mucho a los soldados del palacio. Esa noche y como siempre en cada excursión furtiva, llevaba dicha arma ceñida a su cintura por una gruesa cuerda de cuero.
-Me preocupa que en durante su ausencia, lejos de la protección de algunos de los soldados del palacio, usted se vea rodeado de gente que sepa quién es usted en realidad y sus intenciones sean perjudiciales...
-Mahad, te aseguro que no tienes de qué preocuparte -respondió el príncipe, con media sonrisa-. No hago otra cosa que lo mismo que aquí: invocar Espíritus. Allá me enfrento a personas que no saben quién soy y por ello me exigen lo mejor de mí. No es que aquí las invocaciones sean menos efectivas, pero sospecho que por ser quien soy me permiten tener ventaja. ¿Qué clase de heredero al trono soy si no sé defenderme?
Aunque dicha conversación ya la habían tenido la primera vez que Atem se aventuró fuera del palacio, Mahad seguía insistiendo para que el joven no volviera a abandonar el recinto real. Además, el hechicero se sentía culpable: había sido por su culpa que el príncipe había terminado descubriendo a aquella gente del pueblo que, sin ser hechiceros, sabían invocar Espíritus de Monstruo.
O-O
Los nobles -incluyendo a la familia real- no podían abandonar el palacio. El faraón y su corte, si así lo querían, podían hacerlo, siempre y cuando se tratara de una situación bélica o algún ritual, tales como la construcción de una nueva mastaba alineada con alguna constelación o el ritual funerario en sí de algún noble. Por ello, era común que muchos ciudadanos del reino no conociera en persona a la gente de la corte o al propio faraón.
Mahad vivió de niño en el pueblo. Había nacido en una familia de molineros, los cuales, también preparaban pan. Como Nejet estaba localizado en uno de los valles más fructíferos del Nilo, era común ver que el trigo y otras semillas nutritivas eran cosechadas por los campesinos y posteriormente trabajadas por los molineros y panaderos.
El pueblo, en su mayoría, se alimentaba de pan. Había veces que la tarea para los padres de Mahad se hacía muy pesada, pero en cuanto el entonces niño comenzó a andar y decir sus primeras palabras, quizás de manera inconsciente, quiso colaborar. Con ayuda de su magia, movía las pesadas piedras en las que se molían las semillas para luego manipular los instrumentos sobre las superficies lizas y mientras Mahad pensaba que todo eso se trataba más que de un simple juego, los padres del joven estaban desconcertados. Les costó mucho aprender a acostumbrarse a que su hijo tenía la capacidad de manipular objetos. Que sólo con reír lograra encender fuego. Querían a su hijo, pero el temor era más grande. También si más personas del pueblo llegaban a enterarse de las habilidades del niño, podía influir temor. Y la gente que teme, según habían visto y comprobado, tiende a eliminar la amenaza.
Cuando Mahad cumplió cuatro años, los rumores en torno a él comenzaron. A pesar de que era aconsejado por sus progenitores en que no debía mostrar sus habilidades al resto de la gente, había situaciones en las que se salía de control, como el hecho de que en medio de un simple juego, pudiera crearse un poderoso viento o que Mahad supiera dónde se encontraban cada una de las cosas que sus amigos perdían.
En uno de esos días, en los que había decidido no meterse en más problemas a petición de sus padres, conoció a Jono, un niño de su edad. Y no solamente eso; Jono supo entender y seguir cada una de las acciones de Mahad. Por primera vez, Mahad se sentía comprendido, pues aquel otro niño también era como él.
Jono y sus padres no vivían en Nejet, sino en Avar, una región no muy apartada de ahí. El padre de Jono era comerciante y acostumbraba llevar a su hijo a sus viajes. Esa vez, habían decidido adquirir pan en la casa donde Mahad vivía.
Las visitas se hicieron frecuentes. Jono y Mahad habían logrado ser amigos. El padre de Jono, al parecer, tomaba a bien las habilidades de su hijo y Mahad, por otro lado, parecía que temía de sí mismo, pero cuando se reunía con Jono, los temores desaparecían.
Fue ahí cuando Jono invitó a Mahad a su hogar en Avar. Mahad aceptó ir y lo que encontró ahí fue sorprendente.
Jono no estaba solo. Muchas personas sabían hacer eso que Mahad podía hacer. Era su forma de vida. Además, para terminar de impresionarlo, vio que algunas de esas personas podían llamar a seres increíbles y fuertes. Aunque algunas de esas criaturas le inspiraban temor, Mahad tenía la certeza de que ninguno le lastimaría. Y así era. A pesar de que luchaban entre ellos, vio que no se hacían daño. Al menos no veía sangre ni escuchaba gritos y eso era bueno.
Cuando Mahad volvió a Nejet, Jono y su padre y varias personas más, le hicieron prometer a Mahad que no diría algo de lo que vio en ese lugar, sin embargo, era bienvenido a volver.
Mahad lo prometió y no le reveló a sus padres sus descubrimientos. Sin embargo, la vida del niño cambiaría súbitamente. Como después de su visita a Avar, semanas después, Mahad no había vuelto a ver a Jono, el joven se comenzó a sentir molesto, como si estuviera enjaulado, en medio de prohibiciones que no delataran la naturaleza de su ser. Sin pensar en las consecuencias, y delante de varios desconocidos, Mahad hizo levitar rocas y moverlas sin ningún esfuerzo.
Horas después, casi al ocaso, la guardia del faraón llegó fuera de su casa. Algunos de los testigos había ido al palacio real a avisar sobre ese hecho. Sin oponer mucha resistencia, e incluso como si esperaran a que aquello sucediera, los padres de Mahad entregaron a su hijo a la guardia.
Una vez en el palacio, Mahad no fue encerrado como esperaba que hicieran por haber oído ese tipo de historias de entre la gente. Fue llevado a una cámara amueblada sencillamente, con una cama y una mesa y algunas sillas. Ahí, pasó algunos largos minutos a solas, hasta que un hombre entró. Por la elegancia y opulencia de sus ropas, Mahad supo que se trataba de alguien importante. El hombre le indicó que le siguiera y luego de recorrer largos pasillos, llegaron hasta una cámara muy amplia, donde supo, se encontraba el faraón. No fue mucho lo que el rey de Nejet le dijo, solamente que quería que desde hoy viviera en el palacio y aprendiera a usar sus habilidades para el bien del reino.
Luego del nacimiento del príncipe y posteriormente de Mana, Mahad descubrió que ellos tenían esas habilidades, haciéndolos grandes amigos, aunque Mahad tenía la labor -encomendada por el propio faraón a él- de proteger al príncipe.
Cuando el tiempo pasó, a pesar de su promesa que hizo de niño, Mahad contó a Atem de la existencia de la gente de Avar y de ese niño Jono que nunca más había vuelto a ver.
Motivado por su espíritu inquieto y un tanto deseoso de explorar Nejet más allá de las murallas del palacio, Atem, después de convencer a Mahad, abandonó el palacio por unas horas junto a su amigo. El éxito de su salida había hecho que Mahad recordara el camino a Avar, donde uno entre los pobladores, lo reconoció.
Jono ni el resto de los habitantes de Avar sabían que quien se encontraba al lado de Mahad era el heredero al trono. Atem, ante la sorpresa de su amigo, se presentó a sí mismo como Sethir, hermano menor de Mahad.
A partir de entonces, el príncipe, bajo su falsa identidad, fue invitado a asistir a los combates que se realizaban. Además, si bien años y siglos atrás, las personas en general que poseían un Espíritu de Monstruo no sabían nombrarlos, ahora los nombres comenzaban a surgir, no sólo entre los hechiceros de Nejet o Eleitias, sino también en Avar. Kuriboh y Feral Imp eran los Espíritus insignia de Atem, además de que estando en el palacio, podía invocar a más criaturas de las lápidas, pero si lo hacía, la desestabilidad mágica que se crearía haría que todos los sacerdotes y su padre terminaran por enterarse de la gente de Avar. Debía conformarse pues, con los Espíritus que naturalmente se habían liberado. Aunque para Jono y su gente, era sorprendente ver que una persona poseyera dos Espíritus de Monstruo y no uno como era común.
A petición de Atem, Mahad no había vuelto a acompañarle en sus últimas salidas. Si por algún motivo, el príncipe era requerido por alguien de la corte o su padre en medio de la noche, Mahad podría crear una coartada que alertaría y daría tiempo a Atem para volver de inmediato al palacio. El príncipe hacía el recorrido desde Avar a su hogar a caballo, dejando a este último bajo el resguardo de un pueblerino cuya casa era de las más cercanas al palacio. Atem había comprado el caballos por su medios lejos del palacio real, por lo que no faltaría alguna de las bestias donde descansaban y así, habría menos pruebas de sus salidas.
Aunque no todo salía como esperaban. Atem iba a Avar dos o tres veces por semana. Volvía exhausto a pocas horas antes del amanecer, pero feliz. Sin embargo, en el día, la falta de sueño hacía que su concentración no estuviera con quienes estaban con él en la jornada. Y para temor del príncipe y Mahad, Siamun, el Mayordomo Real de la corte, les parecía que comenzaba a sospechar.
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-Mahad, será mi culpa si alguna de tus preocupaciones se hacen realidad o incluso si Siamun termina descubriéndome. Yo soy quien toma las decisiones y si elegí poner mi vida en peligro, tú no eres culpable -dijo el príncipe, con la esperanza de que su amigo se deshiciera de todos esos pensamientos negativos.
-No será así, Alteza. No deseo que nada malo le ocurra, pero creo que debe detenerse. Por su bien y la tranquilidad de su padre, se lo pido.
La angustia de Mahad no pararía hasta que el príncipe hiciera esa promesa. Pero Atem, por ahora, no quería terminar sus visitas a Avar.
Devolviéndole a Mahad una última mirada seria antes de introducirse en su cámara, Atem respondió:
-Todo se acabará, Mahad... Pero no ahora.
Solo en el pasillo, momentos después, Mahad volvía a su dormitorio. Antes de dormir lo poco que quedaba de la noche, deseó fervientemente que el príncipe cambiara de parecer. No sabía si el presentimiento de algo fatídico era otra habilidad suya, pero lo sentía. Era como si algo golpeara levemente sus sentidos, como una advertencia.
De algún modo, debía convencer a Atem de no volver a salir del palacio.
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Pero no solamente era del Mayordomo Real, el faraón o de los sacerdotes de la corte de quienes Atem debía cuidar guardar el secreto.
Mana, aunque solícita y accesible con su carácter siempre alegre, era ignorante de que Atem salía del palacio. Quizás notaba el agotamiento que el príncipe denotaba levemente al día siguiente, pero no le daba demasiada importancia si él se mostraba como siempre con ella y practicaban un poco de magia en los jardines en compañía de Mahad, el cual, por aquellos días, estaba a poco de convertirse en uno de los sacerdotes, reemplazando a alguno de la actual corte del faraón.
Por otro lado, Isis, la hija de la sacerdotisa Theneira, también estaba lista para reemplazar a su madre en aquel importante cargo en cuanto volviera de su viaje al reino vecino de Menftu. El padre de Mana, igualmente, muy pronto sería reemplazado por Seto, el hijo del Sumo Sacerdote.
Eso significaba -como era sabido por todos- que Seto pertenecía a la familia real de Nejet, pero a diferencia del hijo de Aknamkanon y su padre mismo, Seto no mostraba la herencia mágica en el color de sus ojos. Oficialmente, según la tradición, cuando Atem subiera al trono, Seto se convertiría en el nuevo príncipe, título que perdería en cuanto naciera el primogénito de Atem -siempre y cuando fuera un varón, de lo contrario, Seto estaría en su legitimo derecho en que dicha princesa podría transformarse en su propia esposa o en la de su primogénito, siendo este, el verdadero sucesor del trono-. Sin embargo, el actual rey de Nejet seguía gozando de buena salud y todo aquello se veía lejano.
Seto y Atem llevaban una relación algo distante. Mientras el príncipe crecía en compañía de sus amigos, su magia parecía fortalecerse, sin embargo, aunque Seto había nacido con herencia mágica como él, gradualmente, conforme los años pasaban, notaba con angustia que su talento se iba perdiendo. Ello le obligaba a seguir esforzándose más del doble que cualquier hechicero común de la corte o de Eleitias.
Aknadín parecía que tampoco comprendía ese hecho. Eran inevitables las comparaciones entre Atem y Seto, pero el Sumo Sacerdote también observaba a Mahad, el cual parecía que el simple azar había hecho que naciera con un gran poder mágico. Y Mana, hija de una noble sin magia y un sacerdote -un hechicero de Eleitias-, denotaba que su talento, aunque no tan elevado como el del príncipe y Mahad, era constante y podía ir en crecimiento. Mana no había heredado el color de ojos característico de los hechiceros Ishtar al igual que Seto -antes bien, eran de un tono esmeralda-, quizás dando como conclusión que ese factor hereditario no tenía nada que ver con la magia.
Sin embargo, quizás como último recurso para con su hijo, Aknadín resolvió revelarle sus conocimientos, incluyendo aquellos que había en el Libro de Hechizos del Milenio.
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Cuando joven, Aknadín había conseguido que Dumrha lo volviera su sucesor. Y en su ardua y pesada labor, Dumrha hizo que Aknadín aprendiera el lenguaje en el que el libro antiguo estaba escrito. Sin embargo, pese a que poco a poco el entonces muchacho fue comprendiendo el dialecto escrito, el último guardián del libro antiguo hizo que su discípulo lo aprendiera sin ver el libro.
Cuando Dumrha murió, Aknadín se convirtió en el nuevo guardián y fue entonces cuando pudo recorrer con libertad todas las páginas del libro.
La sorpresa de Aknadín fue mayúscula cuando comprobó de que la lectura le parecía tremendamente complicada. Entendía los signos, tal y como su maestro le había enseñado, pero todo el conjunto de textos y líneas en sí, parecían carecer de sentido.
¿Qué significaba todo aquello? Posiblemente, que al joven hijo de Benakon le hacía falta mucha práctica. Pese a sus frecuentes viajes a Eleitias, Aknadín supo que por precaución al intento fallido de traidores para robar el libro, Dumrha había sido el único y último de los Ishtar que sabía el contenido del libro antiguo. Hubo otros escribas que sabían leerlo, pero ni siquiera los reyes de Nejer de aquellos días, habían sabido que el hermano de la reina, Naut, a petición de Dumrha y acuerdo general del clan, habían lanzado un hechizo a los escribas que sabían leer el libro, haciendo que olvidaran por completo el dialecto de sus páginas.
Siendo así, Aknadín no recibiría ayuda de Eleitias. Siamun tampoco sabía el lenguaje en el que el libro estaba escrito, pero tampoco ofreció su ayuda al príncipe.
Cuando los años pasaron, Aknadín fue haciendo avances, pero algo lentos. No le exasperaba el ritmo de su trabajo y antes bien le parecía interesante cada descubrimiento por pequeño que fuese. Por ejemplo, el texto con el que iniciaba la primera página, para lo que Bauk fue una advertencia, para Aknadín fue una especie de introducción, donde se añadían las bellezas y virtudes del mundo.
En la actualidad, Atem, el faraón y los sacerdotes, sabían de la existencia del libro antiguo. Como Aknamkanon no había aprendido el lenguaje del libro como su hermano, aunque nadie lo dijera en voz alta, casi parecía que todos en la corte esperaran a que fuera el hijo del faraón el nuevo protector del libro.
Y Akandín habría accedido a enseñar al hijo de su hermano con cada detalle el lenguaje del libro, pero en su perspectiva, si Atem y Seto estuvieran en una báscula como la que usaba uno de sus dioses sagrados y el peso mayor decidiera quién sería el nuevo guardián, Seto ganaría por mucho al príncipe.
No era correcto que pensara ese tipo de cosas y Aknadín llegaba a sentirse culpable, pero otras veces pensaba que, como no había una mujer de la familia real que consolidara el poder de Atem cuando este subiera al trono, las probabilidades de que Seto fuera el nuevo rey eran iguales si su hijo tomaba como esposa a una reina, porque eso era exactamente lo que Atem debía hacer.
Theneira había enviado a Isis a Menftu, de donde ella era originaria. La sacerdotisa fungía como una especie de embajadora moderna en Nejet, pues en su pueblo Theneira pertenecía a la familia real. Isis y ella conservaban los ojos de color azul como prueba de ello y según las últimas noticias de Menftu, la princesa Kisara era una fuerte candidata a ser la reina de Nejet y así, unir ambos pueblos y proclamar una nación más fuerte todavía.
Aknadín no se equivocaba al pensar que si Seto aprendía la magia del Libro de Hechizos del Milenio y conseguía que aquella princesa se convirtiera en la esposa de su hijo, tendría los elementos suficientes para hacer que Atem perdiera el derecho al trono.
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Seto ambicionaba únicamente seguir conservando su talento y no defraudar de alguna forma el cargo de sacerdote que pronto ocuparía. Sabía incluso invocar a un Espíritu de Monstruo, pero si iba perdiendo su magia como sospechaba, pronto no podría ni siquiera hacer ni un simple hechizo. Y si así era el caso, ya no sería sacerdote.
Ignorante del descabellado plan que su padre iba forjando secretamente, Seto aprendió el idioma del libro antiguo.
El joven hijo de Aknadín, sin embargo, no guardaba algún tipo de resentimiento o envidia a Atem. Sin embargo, al igual que Mahad y el desconocimiento general de la corte -incluido Aknadín-, sabía que el príncipe salía del palacio. No lo había visto con sus propios ojos, pero una de las habilidades de Seto era que cuando tocaba algo que pertenecía a una persona, sabía dónde y cuándo había sido la última vez que ese objeto había sido usado.
Atem no tenía conocimiento de ese talento de Seto, por lo que al tocar aquel una de las armas que el príncipe usaba habitualmente, supo que aquella espada era ceñida a la cintura para protección de la ida y vuelta de viajoes nocturnos desde Avar al palacio o viceversa. Por empatía, quizás, hacia el príncipe -ya que él mismo no podía tampoco salir del palacio-, Seto había guardado el secreto.
Aknadín podía bloquear esa habilidad de su hijo sobre sí y había ordenado a Seto que no dijera a nadie de su talento.
Sin embargo, pese a que abundaban todo tipo de talentos y habilidades en la corte real, ninguno supo prever claramente la tormenta que se iba a aproximar y que en efecto, comenzaría con el príncipe.
¡Hola de nuevo!
Perdón por la tardanza y gracias por sus comentarios y nuevamente, deseando que siga siendo de su gusto esta historia :D
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