—CEDER O CAER—
POR ZURY HIMURA
Disclaimer: Los personajes no son míos, por otro lado la historia lo es.
gracias por todo
"Los rumores cuentan que en la época en la que chocaban las espadas, escuchándose como truenos en el cielo y derramando la sangre de los enemigos que salpicaba los rostros de los guerreros más temidos de aquel tiempo, nació un artesano… Shaku Arai, quien fue reconocido por todo Japón por sus ingeniosas y magnificas habilidades para crear las espadas más letales. Armas que eran usadas para crear ríos de sangre..."
Capitulo 2
I
Solo había probado bocado en dos ocasiones durante su viaje y se las había arreglado para recoger frutos de los árboles mientras todos los demás se distraían en sus paradas para descansar. Tenía que idearse formas para ocultarlas ya que Misao, la líder del ejército, se encargaba de hacerle la vida infeliz al tirarle y pisotearle los alimentos que le encontraba entre las ropas.
Había caminado más de dos días y sus pies no daban para más, la tierra estaba muy caliente y el aire muy húmedo para caminar de aquella forma tan desconsiderada. Los soldados del rey oscurocabalgaban cómodamente junto a él mientras ella caminaba halada y amarrada del último caballo… sin jinete. Era un mero recordatorio de lo que él quería para ella… sufrimiento.
—Maldito Battousai —murmuró la reina al observarlo verter agua fresca sobre su cabeza mientras ella agonizaba por una sola gota, para calmar su sed.
El hombre ladeó su rostro hacia ella, recorriéndola de pies a cabeza con una sonrisa que le decía un sinfín de pensamientos que no eran necesarios repetir en voz alta. Kaoru lo ignoró, y en lugar de correr y echarse en sus brazos como lo había hecho en el pasado para satisfacer las ganas de él, siguió a su caballo blanco que había decidido ir a buscar de comer a otra parte del campo.
No entendía como se había llegado a enamorar de aquel ser tan ruin y arrogante. Desde la batalla, él se rehusaba a mirarla e incluso a hablar con ella. La última vez que se había aventurado a desafiar sus órdenes había terminado en el piso con Misao sobre ella y una kunai amenazante sobre su cara. Aunque después de aquello, el rey había ordenado a su subordinada omitir la violencia contra «la Reina celeste, burlándose con un gesto de disgusto y enfado mientras la miraba.
Agitada, llegó hasta donde estaba su caballo. Se sentía despojada de lo único que le recordaba a su inocencia pérdida y ese animal era lo único que le quedaba y le recordaba su vieja vida. Su tesoro había sido dispersado y su palacio estaba siendo resguardado por un grupo especial del ejército oscuro quienes por su vasta experiencia como hitokiris de la noche había sido llamados 'Sombras'. Los cuales hacían tanto para Aoshi como a su pueblo imposible de volver.
Miró decaída y desolada el espacio vacío entre el cinturón de sus caderas. Las únicas espadas que había apreciado, las que habían sido obsequios de su madre y el más grande tesoro de su reino. Aquellas armas que… por su propia estupidez e ingenuidad había perdido al distribuirlas como símbolo de paz. Enfurecida, se maldijo profundamente y empuñó sus manos enterrando sus uñas con fuerza hasta sacar sangre de su piel.
—Tks, tks, tks…
Escuchó un chasqueo detrás suyo y se percató de la identidad del sujeto por el tono de burla en su voz. Suspiro profundo y guardó silencio mientras aflojaba su mano, dejando que la sangre liberada recorriera su palma abierta. Ansiosa, cerró los ojos al sentir la ráfaga de aire, estrellándose contra su rostro y moviendo suavemente la tela de su falda antes de percatarse de la cálida presencia sobre su piel.
—Eres una criatura muy salvaje e impulsiva, Kaoru —confesó la ronca y sensual voz de Battousai, liberando una ligera bocanada de aire cálido contra su esbelto cuello.
Su cuerpo entero se estremeció en expectación al sentir las manos del rey oscuro envolviendo su cintura por detrás. Nerviosa, se revolvió entre su abrazo sugestivo al sentir sus suaves labios rozando apenas la base de su nuca.
—Déjame en paz, no te he permitido tocarme —lo rechazó la mujer al salir corriendo de entre sus brazos. No entendía por qué su cuerpo le gritaba, le exigía regresar a su lado y disfrutar de aquellas caricias a pesar del macabro espectáculo que Battousai había protagonizado con los cadáveres de su querido pueblo frente a su castillo.
El rey se echó a reír. Si algo le había llamado la atención de aquella mujer era su forma temeraria de hacerle frente sin temor. Aquella mujer no se amedrentaba al saber que de un rápido movimiento de su muñeca él podía degollarla sin miramientos.
—Querida, no necesito tu permiso… —El de cabello de sangre se acercó desafiante. Con su barbilla en alto y con una sonrisa de satisfacción en su boca caminó con elegancia en su dirección.
Kaoru lo miró atentamente, como si estuviera hipnotizada por su reflejo en el aire y se tratara de un espejismo vuelto realidad de una de sus fantasías. Él era bello, sus cabellos de fuego revoloteaban en el aire, danzando horizontalmente como largos listones de seda color escarlata. Sus facciones estaban relajadas las cuales acentuaban aún más la suavidad y perfección de su piel. Sus ojos asesinos destellaban con fuerza, como lagos de magma despidiendo vapor caliente que la quemaba a distancia. Su caminar, a pesar de ser pasivo y sutil, era ligero y firme, como si se tratara de un dios caminando sobre el aire.
— Déjame ver tu herida —exigió Battousai, parando a solo centímetros de ella.
Kaoru escondió su mano lejos de aquel bastardo que osaba dirigirse hacia ella de una manera tan informal. No necesitaba su ayuda, ni siquiera su lástima, el momento para ayudarla había pasado y él lo había desperdiciado.
—Ya te dije que no… —calló Kaoru al sentir un calloso dedo pulgar y uno índice comprimiendo sus mejillas y atrayéndola hacia él.
—Me tienes miedo… —aseguróel de la cabellera de fuego y con la otra mano forcejeó hasta atraer la mano femenina hasta su vista—… y eres tú la que se hiere a sí misma —dijo sonriendo de medio lado.
El espadachín bajó la vista sin soltar a la mujer. La empujó con su cuerpo hasta colocarla contra el árbol más cercano y fascinado, arrastró la punta de su nariz por la línea de su mandíbula, susurrando contra su cuello y respirando su fragancia—. No toleraré… que te vuelvas a lastimar….
Kaoru cerró los ojos al sentir sus tersos labios sobre su piel, susurrando y musitando palabras que por la excitación no logró entender. Su corazón comenzaba a palpitar con fuerza y sus labios comenzaban a debatir contra la razón de no besarlo.
—Mírame… —le ordenó Battousai sutilmente y con una oscura fonación. Cuidadoso, aplicó un poco de fuerza en el agarre de su rostro obligándola a mirar lo que estaba a punto de hacer.
Él inclinó su rostro después de contemplar sus gemas índigo asomarse detrás de sus parpados. Suavemente, abrió la palma de la mano femenina y poso un casto beso dentro de ella. Luego arrastró su lengua, limpiando el rastro de sangre de su herida. Alzó la mirada, prestando suma atención para no perder un solo espasmo de los labios rosados de la reina celeste.
El cuerpo de la pelinegra respondía, le pertenecía y ella lo sabía. Tenía que alejarse de él, lo había prometido al verlo destajar a su fiel ejército y a sus aldeanos. El dolor que había sentido al enterarse de su pacto roto y la muerte de aquellos inocentes que sirvieron solo para satisfacer las pataletas de un asesino arrogante.
Huir era lo que su corazón había rechazado mientras que la razón le decía que podía golpearlo para escapar. Pero entonces, ¿por qué sus pies no se movían? ¿Por qué estaba ahí observándolo y degustando de su tacto…?
Impulso su cabeza hacia atrás, confiada de que nada le pasaría y zafándose de sus manos empujo su pecho con todas sus fuerzas.
—¡Te dije que nunca más volvieras a tocarme! —Le recordó Kaoru, ocultando su debilidad por él detrás de su orgullo.
Enfurecido, encerró su garganta con una de sus manos y presionó el fino cuerpo contra el grueso tronco—. Y yo te recuerdo, mi señora, que eres mía… y contigo puedo hacer lo que me venga en gana —gruñó, venciendo su rostro entre la cuenca del cuello perfumado a jazmín—. Se obediente y déjate de idioteces.
Sus ojos azules, los cuales él muchas veces había halagado por su color, se cristalizaron. Dicho efecto lo hizo retroceder un paso hacia atrás.
Ella no le daría el gusto de verla llorar, ella era fuerte, era una reina y él un infame asesino.
Battousai desenfundó su katana, como si leyera lo que pensaba, y sonriendo lanzó un sablazo contra el árbol en el que estaban recargados, partiéndolo en dos. Después tomó su barbilla y sonrió.
—Quedó claro al parecer —dijo el sanguinario hombre al ver su expresión horrorizada—. Ahora muévete y camina.
Kaoru obedeció sin objeción alguna. Tomó su caballo y siguió el camino regreso a la caravana.
Al llegar, giró su rostro al sentirse observada. La jefa del ejército oscuro la estudiaba enfurruñada. Sabía que no le caía nada bien a Misao y más cuando se trataba de su amo y señor. Digna, Kaoru remangó su largo vestido verde y alzó la barbilla para seguir caminando. No se dejaría asustar por una joven figura como ella, ni mucho menos alguien que había jugado con el corazón de uno muy querido por ella.
II
Su cabellera escarlata volaba en el aire conforme al rápido paso de su caballo. Sus facciones se mantenían férreas a pesar del vino que había ingerido antes de echarse andar. Estaba enfurecido y encolerizado con la mujer que caminaba al final de la caravana.
Era tan insolente y rebelde que no se parecía para nada a una reina delicada y soberana. Al menos no a las que había tenido en su cama. A las que había usado y desechado cuando al fin había obtenido lo que esperaba. Rio entretenido, todas aquellas zorras solo le habían servido para conseguir sus reinos, habían sido un acceso fácil con su urgente necesidad de tener a alguien como él en la cama.
Sin embargo, con la reina celeste todo cambiaba. Se sentía estúpido, manejado y débil. Odiaba a las personas débiles, ellos eran los primeros que habían sido atravesados por el filo de su espada, sin embargo con ella…él se adiestraba. Se volvía ciego y loco con el cuerpo de aquella mujer. Se sentía su dueño y su cuerpo la reconocía como su dueña también.
Ahí, ahí era donde él había perdido. Había sido capaz de proponerle unir sus reinos, cayendo a sus pies… tal y como lo habían hecho sus víctimas en el pasado. Pero no había aceptado y ahora él respiraba en paz por esa decisión… pero entonces, la imagen de Enishi Yukishiro y su padre el rey Kamiya, le venían a la mente cada vez que se preguntaba el porqué Kaoru no había aceptado la unión a pesar de sus innumerables ofrecimientos.
Luego de meditar siempre llegaba a la misma conclusión: la sangre de aquella insensata debía de haber corrido por el filo de su espada desde un principio, pero su curiosidad de hombre lo había hecho débil. La muerte de sus padres y la sangre de ellos había sido derramada por el inútil del Rey Kamiya. Su satisfacción de venganza nunca se había despertado en su totalidad hasta esos momentos. Quería verla llorar, quería verla sufrir y rogar por él. Solo la sangre de esa mujer sería derramada por él y por nadie más. Nadie tomaría su vida más que él, ni siquiera ella misma.
Pagaría por hacerlo vulnerable, por comprometerse con otro hombre que no era él, y por los crímenes de su padre… con su propia sangre.
—Hijo, hijo… —Escuchó una voz femenina quebrantada, adentrándose entre la oscuridad de su cuarto.
—¿Mami? —preguntó el pequeño niño de cabello mientras encendía una vela para poder atender a su madre.
—¡No! No te muevas, no enciendas nada, no me veas así… —La mujer lloró y se acercó lentamente hacia su cama.
El infante de cabello escarlata no entendía que era lo que pasaba o por qué la voz de su madre se escuchaba tan débil.
—Mami… tengo miedo —confesó al ver la sombra de su madre tambalearse entre las penumbras de aquella noche.
—Mi niño, jugaremos un juego… —propuso la madre, siendo interrumpida en breve por gritos de dolor y metales chocando a lo lejos.
—¿Mami? ¿Dónde está papi? —Las pequeñas manitas se aferraron fuertemente a sus cobijas para luego echarlas al piso y correr hacia la débil figura de su madre—. Mami… le temo a la oscuridad, te ves tan débil en ella... —sollozó.
—Amorcito, no tienes por qué temer… La oscuridad esconde lo que no quieres que los otros vean de ti —le aseguró la madre recibiéndolo en sus brazos—. Ahora, quiero que te quedes quieto bajo mi kimono y mis abrazos. Pase lo que pase no te muevas… sin importar que sea lo que veas.
—Pero… no quiero jugar ahora, quiero que me abraces… Mami, estas empapada, tienes que cambiarte tu ropa, estás helada —pronunció el niño con preocupación—. Papi y yo sufrimos al verte enferma, no te enfermes ….—suplicó el pequeño y abrazó con fuerza renovada el húmedo cuerpo de su madre mientras que ella lo cubría con esmero con su enorme kimono.
—La perra ha entrado aquí, rey Celeste —reveló una voz afuera de la habitación.
—Estaba deliciosa pero ya no la necesito. Además, está muriendo desangrada. Solo quiero confirmar que el tesoro por el qué hemos venido está a salvo… —solicitó el Rey a su subordinado.
—Tienen un mocoso, ¿qué haremos con él?
—El bastardo no me importa, déjalo solo y que muera de hambre, que salga a cazar y que sea devorado por los lobos —dijo su majestad sin ninguna consideración—. Entra.
—Mami…
—Shhh… Se fuerte y después de hoy nunca más te escondas. Ya sea en la luz o en la oscuridad… muéstrales tu valor, porque yo soy tu madre y una madre nunca deja de amar a un hijo a pesar de lo que escoja… Y yo te amo, así que vive.
—Pero mami, soy solo un niño, soy débil —soltó el pequeño entre sollozos—. Ya no quiero jugar, Mami…
—No lo eres, mi cielo, eso solo está en tu cabecita. Puedes ser tan poderoso como te lo propongas o tan débil como te conformes. Todo está en la mente humana. Si piensas que eres débil, eso les demostrarás a los demás y ellos te abusaran. Pero si quieres ser fuerte no tienes que esperar a que alguien lo reconozca para que tú te lo creas, tú eres el que tienes que decírselos… tienes que confiar en tu humanidad.
El pequeño talló su mejilla contra el pecho de su madre, tenía que ser fuerte como ella se lo decía, ¡quería ser fuerte!
De pronto y como si le estuvieran arrebatando el alma, sintió el cálido cuerpo de su madre desprenderse de él. La observó a través del largo kimono encima suyo, conteniendo las ganas de salir corriendo a su lado. Paró al recordar las palabras de su madre y se quedó quieto contemplando los ojos dorados de su madre que destellaban en la oscuridad.
—Con que aquí estabas… zorra del reino de Luz —se burló el monarca, poniendo un faro de luz en el suelo y arrastrando consigo el cuerpo de la reina. Él sostenía del largo cabello a su madre con su mano izquierda mientras que con la otra mano desenfundaba su espada.
Los ojos dorados del niño se inundaron de lágrimas al ver la mirada de su madre por uno de los cortes de la prenda. Se le rompía el corazón en mil pedazos al sentir la disimulada vista de la mujer sobre el kimono; al parecer ella quería asegurarse de que su pequeño cumpliera su palabra y se quedara en su escondite.
¿Que debía hacer? Él quería a su mami y la quería viva, pero ella… ella le había dado una orden y él quería que ella se sintiera orgullosa.
La mujer negó con su cabeza débilmente, confirmándole, adivinando lo que el pequeño pensaba.
—Quería jugar contigo un poco más, pero ahora tengo lo que necesito de tu estúpido reino. Tengo las espadas así que ya no me serás de utilidad —reveló el soberano rey, enterrando una pequeña espada dorada en el vientre de la mujer y arrancando gritos de dolor de los delicados labios de la gobernadora—. ¿Qué se siente ser cortada con tu propio tesoro? ¡Dime! ¡¿Qué se siente?! —El hombre se carcajeó y arrastró la wakizashi dorada a lo largo del esbelto cuerpo. Después, al llegar a su fino y blanco cuello giró su espada, separándolo del resto de su organismo en un corte.
Rio e ignoró las pequeñas manitas desesperadas que se habían aferrado a sus pantaloncillos suplicando entre lágrimas y gritos desgarradores por la vida de la única mujer a la que amaba.
—¡NO! —se lamentó el pequeño, pateando sin misericordia las piernas del adulto con el fin de liberar a su madre de aquel ser ruin—. ¡No toques a mi mami, suelta a mi mami…! ¡Dame a mi mami…! por favor —lloró mientras rogaba.
El rey inescrupuloso lo jalo del cuello de su camisón hasta levantarlo en el aire. Sin piedad, lo golpeó en el rostro—. Tu mami y tú —se bofó y luego lo empujó contra la pared, arrojando en seguida el cuerpo sin vida de su madre a sus pequeños pies descalzos.
—Ahí está tu mami… —rio el rey celeste.
Sus puños apretaron las riendas de su caballo, volviendo sus manos aún más pálidas del color natural de su piel. Recordar aquel suceso le hacía hervir aún más la sangre, se le retorcía el estómago de tan solo pensar que había hecho suya a la hija de aquel mal nacido. Se sentía asqueroso de sí mismo y disgustado con ella… pero para su desgracia sentía cosas por ella y eso podía más que cualquier otro sentimiento.
En seguida paró, ordenándole a su caballo ir al final de la fila de la caravana a donde aquella mujer estaba. Tenía que verle la cara y recordarse a sí mismo que ella era un mero objeto con el que podía jugar entre sus sabanas o hasta en el mismo camino pedregoso y hacerla suya. Lo haría con el propósito de que el rey celeste se retorciera de indignación e impotencia en su tumba o al menos eso era lo que él se repetía. Vería a su hija pagar con lágrimas y dolor… y cuando él se aburriera de ese juego, la torturaría hasta que ella misma suplicara, arrastrándose en el piso por su piedad o su propia muerte.
Misao decidió seguirlo con curiosidad al observarlo cabalgar en dirección contraria. Se sentía con la obligación de recordarle a su señor los motivos de aquella guerra que habían iniciado. Por otra parte, ella odiaba a la Reina celeste, era una inútil y frágil mujer que solo hacía a su rey un promiscuo y desobligado enamorado.
Así que su deber era resguardar los planes de venganza y seguir a lado del hombre más temible, el más fuerte, deseado y el más despiadado, hasta culminar con todo. Porque así era el hombre que ella admiraba y las metas a las que ella aspiraba, él, su ejemplo a seguir y el único al que ella se doblegaría en su miserable vida.
Battousai esperaba encontrarse a la mujer de mirada azulada tendida en el piso, rogando por agua o por cabalgar en su caballo. Pero al llegar al final de la fila, lo que se encontró fue a un caballo caminando tranquilamente sin nadie siguiéndole. Las cuerdas estaban rotas y al juzgar por las huellas de lodo tras el caballo hacía tiempo que la mujer ya no les seguía.
Rugió y bajó de su caballo maldiciendo a la tierra y a todos a su alrededor. Cogió las cuerdas entre sus manos estudiando la limpieza en el corte. Eso había sido provocado por una daga o algún objeto cortante. Alguien le había ayudado y cuando encontrara a ese alguien acabaría degollado.
—¿Mi señor, que es lo que pasa? —Misao se bajó de su caballo y camino hacia su majestad.
—¡Paren! —demandó en un grito el de cabellera flameante, desenvainando su espada en el acto.
Todos sus soldados pararon y le miraron consternados. Sabían que cuando Battousai desenvainaba alguien moría.
—¡Quiero que todos ustedes, bola de bastardos, encuentren a la Reyna celeste! Si no lo hacen en una hora yo mismo me encargaré de separar sus cabezas y enviarlas de regalo a sus familias… —amenazó con su destellante mirada asesina.
—Mi señor, creo que lo que paso es lo mejor para todos —aseguró Misao, acercándose a la imponente figura del hombre de la katana dorada—. Si la dejamos aquí, será devorada por las bestias del bosque. Además estamos por llegar al castillo, no tiene caso que perdamos más tiempo, podemos planear lo qu… —La superior del ejército oscuro calló al sentir el filo de la cuchilla sobre su garganta.
—No recuerdo haber pedido la opinión de nadie —El rey oscuro se acercó y acarició los flequillos negros de su capitana cono gentileza—. Solo satisfáceme como siempre, Misao… y calla…
La mujer de mirada esmeralda asintió, haciendo caso omiso a la actitud amenazante de la autoridad del reino oscuro. Ya estaba acostumbrada a esa actitud, era algo que le llamaba la atención de él, nunca se intimidaba y mucho menos por algo que le gustaba.
Battousai sonrió de medio lado. Amaba jugar y cazar… y si la dichosa Reina de los cielos quería jugar al «gato y al ratón» entonces jugaría y sería él el que la encontraría. Y una vez que lo hiciera le arrebataría las ganas de alejarse de él sin su consentimiento. O… tal vez, después de todo lo que le haría no le quedaría ganas de volver a caminar.
Decidido, escogió uno de los diferentes caminos que se extendían frente a él. Y, con la sonrisa de malicia y llena de perversidad uso su alta velocidad para ganar ventaja.
—Cuando te encuentre Kaoru, te haré gritar y llorar —susurró para sí mismo, entrecerrando la mirada—. Y esa actitud rebelde que me encanta de ti podremos enfocarla y usarla… de diferente manera… —sonrió y aceleró su paso considerablemente mientras corría por el camino.
Estaba listo para cazar el motivo de sus deseos.
Continuará….
Notas de autora:
