Bethlem Royal Hospital
Capítulo 2. La vida sigue
—Maldito bastardo —la rabia se apoderó de John y le saltó al cuello—. Fuiste tú —ambos cayeron con un golpe seco, rodeado de murmullos pero sin ninguna ayuda. Enfermería estaba en el otro extremo de la estancia.
Sherlock ni siquiera se movía. Su cuerpo sufría una mezcla de apatía y culpa. Incluso el golpe de John en la mandíbula lo tomó de buen grado, sintiéndose merecedor de ése y muchos más.
Enfermería por fin se dio cuenta del desastre. Ávidos, aunque tarde, los separaron entre varios. Hicieron falta más de dos personas para impedir que John siguiera encima de Sherlock.
Estaba fuera de sí. Toda la energía que le faltaba a uno le sobraba al otro. Tanto, que tuvieron que sedarle y encerrarlo en su habitación. Sherlock lo vio todo con un grado de culpa cada vez mayor. Su depresión iba en aumento y, a ese paso, caería en un pozo de difícil acceso. Sin importarle, fue arrastrando los pies hasta una tumbona vacía de la zona de descanso. Se dejó caer en ella y se durmió.
Mientras tanto, a varios kilómetros del recinto, Mycroft yacía preocupado por su hermano y por el doctor Watson. Cada uno se fustigaba de una manera y, de alguna u otra forma, se sentía responsable del fin último. John no le veía sentido a la vida por la muerte de su esposa y un bebé no nacido. Sherlock obviaba la suya por el alejamiento de John. Y, mientras tanto, Mycroft sufría por ambos.
Incluso aquello que le hacía bien, alguien con quien nunca de los nunca pensó tener una relación tan cercana, le hacía sentir desdichado por el síndrome del superviviente.
—No puedes condenarte por todo.
—No es tu problema, Greg.
Duras palabras para un amigo. El DI se había vuelto más cercano desde que John empezó a dar señales de no encontrarse capaz de seguir con su vida en soledad. Mycroft le había dado la orden directa de vigilarlo como alguien próximo que era al doctor, y no como él, que ahuyentaba a quien se acercaba.
Cuando John fue internado, Greg siguió informando sobre Sherlock, con quien Mycroft tampoco tenía una relación muy cordial. Al ingresar a este último, Lestrade y Mycroft ya se habían acostumbrado a la compañía. Por ello, cada tarde, lloviera o hiciera sol, Gregory Lestrade se desplazaba hasta la mansión de Mycroft Holmes. Allí, en la tranquilidad que estar lejos del centro proporciona, hablaban de la vida.
Pocas personas lograban establecer una conversación con Mycroft y, menos aún, eran invitadas a su casa. Eso era un dato a tener en cuenta para Greg, que no acostumbraba a salir de la ciudad para acabar en casa ajena y menos, hablando con un político.
Al margen de la charla campestre, el día también pasaba en la residencia psiquiátrica. La hora del almuerzo llegó y Sherlock, no variando su línea de vida, rehusó comer. El problema es que debía comer o la siguiente comida sería intravenosa. No tenía ninguna enfermedad que le impidiera la ingesta. No tenía escapatoria.
En su habitación, John ya despierto, golpeaba la puerta sentado en el suelo, cansado de la tardanza de la atención. Con tanto trabajo, al fin pudieron llegar a él y dejarlo salir para el almuerzo.
John volvió al pasillo donde se había encontrado con Sherlock. El susodicho no estaba en él, sino discutiendo con un enfermero. Por las palabras que alcanzaba a escuchar, le habían perdonado el desayuno, pero el almuerzo era demasiado. Sherlock seguía tan cabezota con la comida como siempre.
El doctor Watson se hallaba en una tesitura: ayudarle o no ayudarle. La primera opción mantendría a Sherlock por allí, cerca de él, sin agujas en los brazos. La segunda lo alejaría y se llevaría su único contacto con la realidad.
Egoísta o no, John tenía que elegir.
