Autor: Gracias por los reviews, por los favoritos, por las alarmas y por leer, esta historia será corta, muy corta, realmente iba a ser un one-shot para mi otra historia "Canciones para Hermione", pero la idea era demasiado larga o buena o diferente y lo hice como un long-fic cortito. Ya voy por el quinto capítulo y juro que no he abandonado el resto de mis historias, estan en hiatus por falta de musas, pero en serio, gracias por leerme, por comentarme y en fin…Gracias.
Espero que les guste este nuevo capítulo
Capítulo II. – Being muggles.
Habían tardado tres meses en conseguir una vida medianamente normal, la casa estaba arreglada, los pagos domiciliados, y Gringotts seguía sin dar ni una sola noticia.
-Supongo que nadie querrá Malfoy Manor – Era la respuesta de Draco – No te preocupes, Hermione.
Incluso se llamaban por su nombre de pila, claro que era muy extraño para los vecinos ver a dos compañeros de casa llamarse por su apellido, y los vecinos eran muy cotillas. Poco después de darse cuenta de que todo el barrio era familiar, con familias con niños pequeños…Bueno, tenían que ser cuidadosos.
-Nada de volar con escoba, nada de usar magia fuera de la casa y no se puede usar dentro sin haberte asegurado de correr las cortinas – Habían puesto las normas por algo y las respetaban. – Y nada de referirte a ellos como muggles.
Se habían sacado las licencias de conducir, Draco lo había cogido bastante rápido y Hermione creía que realmente era porque odiaba los autobuses, desde el primer viaje después de verse atrapado entre tanta gente. No, al señor Malfoy le gustaba demasiado ir el solo, y aunque Granger prefiriese ir en coche a todas partes, el iba en motocicleta, porque era demasiado guay para un coche.
La convivencia en sí era algo extraño y agradable, no había demasiados comentarios ácidos o dañinos, normalmente Draco trabajaba de nueve a cinco y ella ocho a dos, él como policía y ella como bibliotecaria en un instituto de Londres. Eran, dentro de lo que cabe, normales. No había demasiada magia a no ser que alguno tuviese prisa, entonces se aparecían un par de veces por todo el país y en cinco minutos estaban en sus trabajos. Se habían acostumbrado a la tranquilidad y la vida muggle, hasta tenían sus propias costumbres.
En el fondo, Hermione todavía esperaba el Profeta cada mañana, o ver una lechuza acercarse a la casa con una carta de sus amigos, o escuchar el "crack" de la aparición y ver que Harry y Ron la venían a buscar. Luego se giraba y veía a Draco sentado en la mesa, con ella, y sonreía.
-¿De que te ríes, Gryffindor?
-De tu cara de serpiente, Malfoy.
-Pues esta cara de serpiente, como tu la llamas, este domingo dejará que seas tu quien pode el césped.
Jadeó. Esa era una de sus costumbres, los domingos él podaba el césped, ella regaba las flores del jardín delantero y preparaba algún postre que comían en el trasero, después de trabajar toda la tarde. Luego se ponían a limpiar el coche o la moto, si hacía falta y se daban un baño. Acababan el día con una película, tirados en los sillones. Eran como una pareja, en opinión de Hermione.
Y a diferencia del domingo, el sábado no se veían sino en el desayuno, ella iba a la biblioteca de Londres desde las doce de la mañana, el se iba a algún pub con los compañeros del trabajo, hasta las doce de la noche.
Pero sin duda alguna, lo más sorprendente era que compartiesen cama. Ninguno supo como empezó todo realmente, estaban simplemente un domingo más, después de terminar de lavar el coche de Hermione, tumbados en el salón, la película tenía cierto morbo, para ambos, muchas escenas de sexo, amor, pero predominaba la lujuria. Y en un momento dado, estaban besándose, no hacía ni dos meses que vivían juntos, pero ya se conocían de mucho antes, vamos que si se conocían, y ese día dieron un paso más en eso de conocerse.
Hermione metió las manos por la camisa del rubio, subiendo por su espalda, mientras sus labios se enredaban, Draco tampoco se quedaba atrás, desabrochando la camiseta de la chica, dejando cada vez más piel expuesta, yendo luego a por los pantalones vaqueros. Se separaron para recuperar el aliento y volvieron a besarse. Ninguno recordaría al día siguiente como llegaron a la habitación, pero se podían hacer una idea por el camino de ropa.
-Esto no debería haber pasado – Se lamentaba la joven castaña, tapando su desnudez con la sábana – No debería haber pasado.
-Pasó y no me digas que no disfrutaste – Draco enredaba sus dedos entre los rizos alocados de la chica – Venga, acuéstate otra vez, deja de lamentarte.
-No, soy la única que ve esto como es, un error.
-Granger, acuéstate y mírame. – Si no quería, Hermione lo oculto muy bien al obedecerla – Vivimos juntos en esta casa, no tenemos amigos de nuestra vida pasada y no sé tú, pero yo no suelo vivir mucho tiempo sin sexo. Esto solo puede ser un gran acierto, sexo ocasional, somos amigos ahora no.
-Estamos intentando ser muggles, y voy a decirte algo sobre los muggles, el sexo sin complicaciones no existe, solo existe el sexo problemático y todavía más problemático.
-Siendo muggles o siendo magos, Hermione, ¿tú me quieres?
-Te aprecio, si.
-Hermione. – La nombrada lo miró, estaba serio, muy pocas veces lo había visto serio. – Te quiero. Eres mi compañera, no me has juzgado por ser un Mortífago, te has quedado a mi lado, y sé que no es porque no tienes a donde ir en este mundo. Podrías haberte ido con tus padres, pero te has quedado. Y el porqué me da igual.
Ella no contestó de buenas a primeras, se quedo mirándolo y luego lo besó, no podía decirle que lo quería, no era verdad, lo apreciaba, y suponía que con el tiempo, el resto llegaría de algún modo.
-Tonto Slytherin.
-Gryffindor cabezota.
Y desde entonces habían empezado una relación de amigos con derecho a roce que de vez en cuando actuaban como pareja. Un título muy exclusivo de ellos dos. Había cosas que ignoraban, vivían en su pequeño mundo idílico, solo ellos dos, vidas secretas. Draco ignoraba las miradas de desesperanza que ponía Hermione cuando miraba por la ventana de la cocina, mientras desayunaban o cenaban, esperando ver algo que no aparecería.
Incluso si no las soportaba, porque sabía que esperar por un periódico con fotos que se movían, o por unos amigos que sabía no aparecería, era algo inútil. No podía decírselo así y dos semanas después de la primera sesión de sexo, bajo un poderoso glamour, se dirigió al Caldero Chorreante y dio una vuelta por el Callejón Diagon. No hizo compras, miró los escaparates, todavía fulgurando con la victoria de Harry Potter sobre "El-que-no-debe-ser-nombrado", pero se aseguro de llevarse una copia del Profeta para Hermione.
En su casa, mientras miraban el periódico, juntos mientras se reían de los anuncios de Sortilegios Weasley y algunas cosas más, se dieron cuenta de algo: No echaban de menos el mundo mágico, les gustaba ser muggles. La vida era mucho menos complicada para ellos siendo muggles.
