Disclaimer: Yu Gi Oh! y sus personajes no me pertenecen. Son creación de Kazuki Takahashi.
- Capítulo 2 -
"Signos"
Hacía tanto tiempo que no contemplaba un espectáculo tan maravilloso como el que, esa quieta noche de brisa cálida, la inmensidad del cielo le ofrecía a la humanidad. Parecía como si el universo entero pudiese ser visto a través de la eterna oscuridad estrellada que se alzaba sobre todo lo existente, liberando secretos en cada ruta que trazaban millones de pequeñas esferas celestes, a incalculables años luz de distancia de la Tierra. La playa estaba iluminada únicamente por el reflejo de la luz estelar sobre la densa superficie del océano que acariciaba, con sus olas, la arena fina y blanquecina, con el amor de la mano de una madre que acaricia el suave rostro de su único retoño.
Era una noche sin luna, en un lugar desconocido. Sin embargo, había algo de familiar en las oscuras y grandes siluetas piramidales que lograba distinguir en la costa, allá, mucho más lejos de donde se encontraba. Dirigió su vista hacia abajo y halló sus pies descalzos, cubiertos de cuando en cuando, por el oleaje que rugía en sus oídos, lleno espuma blanca y brillante. Se encontraba caminando lentamente por la costa y había alguien a su lado. Era una presencia suave, silenciosa y femenina. Sin saber por qué, tuvo el impulso de mirar hacia una de sus manos y se dio cuenta de que cogía otra pálida y pequeña. Su dueña caminaba junto a él; lo supo por el delicado movimiento de sus diminutos pies, también descalzos, sobre la arena. Quiso saber cómo era su rostro. Vio su hermoso y fino perfil, parcialmente oculto por lacios cabellos castaños que se agitaban, livianos, con el viento que, de pronto, se hizo frío... muy frío.
Ella detuvo su marcha y se ubicó frente a él. Tenía la mirada en sus pies y él quiso saber si acaso estaba triste. Como no obtuvo respuesta alguna, decidió llevar un dedo índice hacia la barbilla de la chica para levantarla con delicadeza y poder buscar, en sus pupilas, el destello de algún sentir oculto.
Entonces, el ruido de las olas pareció anidarse en los brillantes ojos de profundo azul que parpadearon para dedicarle una enorme y bella sonrisa. Sin saber por qué, un gran nudo subió hasta su garganta y el pecho se le contrajo en un agudo espasmo de angustia.
—Quiero ir a dar un paseo—dijo la joven abriendo sus dos zafiros y clavándolos en su vista, como si con eso le diera énfasis a sus, aparentemente, insubstanciales palabras.
Y sin explicación alguna, sus brazos perdieron la fuerza para impedir que se girara y comenzara a dar pasos lánguidos hacia el sitio en donde rompían, ya con furia, las olas del cada vez más negro océano.
Más negro que la noche estrellada que parecía caer vertiginosamente sobre la gran masa de agua densa agitada por el viento.
La vio internarse en el mar con mansedumbre, inmune ante los inaudibles y desesperados llamados que él intentaba dar desde lejos, sin antes detenerse y girar su cabeza para dedicarle otra enorme y bella sonrisa bañada de cristalinas e incesantes lágrimas.
Su impulso por correr a alcanzarla se había atrapado entre los músculos agarrotados e inmóviles de sus piernas y brazos. De su boca no salía ninguna clase de sonido, aun cuando toda la fuerza de sus congelados pulmones gritaba el nombre de su novia hasta el desgarro. Justo cuando sentía que iba a volverse loco de dolor, unas manos que parecían ser oscuros ganchos endiablados lo jalaron hacia atrás con brusquedad.
De pronto, el cielo estrellado y el rugido del negro océano desaparecieron de súbito para dar paso a un fúnebre cántico religioso en una lengua que él conocía muy bien y de la cual no quería acordarse. Las voces parecían rodearlo y encerrarse en un espacio tenuemente iluminado por la luz mortecina que emanaba de seis antorchas; tres a la izquierda y tres a la derecha. Entonces notó cómo sus vértebras se hundían en lo que parecía ser una superficie de madera húmeda y viscosa. No podía moverse: sentía el frío metal de lo que intuía podían ser grilletes estrangulando sus muñecas y tobillos. Tomó consciencia de un espantoso entumecimiento en los músculos de sus brazos y cayó en la cuenta de que se hallaban dispuestos en cruz sobre la especie de tabla. Sintió náuseas y su cuerpo dolía con sólo respirar. Pesadamente, levantó su cabeza y se encontró con la pasmosa visión de su propio torso bañado en sangre y sudor. Un resoplido, como la respiración furiosa de una bestia, hizo que moviera sus ojos hacia su lado derecho. Allí, inquietantemente inmóvil, se encontraba un ser de características humanoides con una oscura y peluda cabeza de perro: era el mismo dios Anubis hecho carne y sangre que estaba a su lado, observándolo amenazadoramente desde el horror de su altura y de sus inescrutables ojos negros. En sus huesudas e incomprensibles manos de dedos engarfiados portaba una daga de oro. Al lado izquierdo del sarcófago, se encontraba un personaje que parecía ser Osiris con su balanza. Por último, a sus pies, en la oscuridad, estaban Seth —vestido de sumo sacerdote— y su padre. Este último parecía estar paralizado, como si hubiese visto al mismo demonio.
—Ya no más... por favor... —se encontró diciendo—. Padre, ¿qué... está sucediendo...?
No hubo respuesta.
Vio aparecer por el borde del sarcófago, a dos sirvientes. Uno de ellos fue a ubicarse a la altura de su cabeza. Era alto, delgado y tenía los ojos pequeños y negros, como dos habichuelas enterradas en un rostro endurecido por una inexpresividad perpetua. Con sus grandes y oscuras manos, se recargó sobre sus antebrazos, como si fuera a enterrarlos en la madera. El segundo, más bajo, pelado y regordete (semejante a un Buda), hizo uso de su descomunal fuerza ejerciendo presión sobre sus tobillos engrillados.
Seth se acercó, impávido, por el lado izquierdo y tomó lugar junto a Osiris, en tanto que Aknamkanon se ubicó al lado contrario, algunos pasos más atrás de donde la horrible bestia con cabeza de perro emitía unos escalofriantes sonidos inarticulados y alzaba, con una de sus indescriptibles manos, la daga dorada de agudo filo.
Esta vez, sus gritos eran completamente audibles, pero ignorados por todos los presentes. El canto se hizo más intenso, y las macilentas luces parecían enfocarse en la daga que bajaba directamente hacia su pecho, enterrándose sin piedad en sus carnes, describiendo un pavoroso y sangriento camino hacia su zona abdominal, provocándole un dolor de proporciones inimaginables. Podía sentir, con absoluta claridad, su piel, músculos y tendones cediendo ante el filo de la navaja. Luego de unos atroces instantes, el dios retiró su daga únicamente para volver a enterrarla donde había iniciado el profundo corte, pero esta vez... No. No podía con ello. Era tan intenso que su cerebro no era capaz de procesarlo. Sólo percibió el olor a hueso quemado y el movimiento de la daga en su pecho cual serrucho partiendo madera.
Sus pulmones comenzaron a colapsar debido al intenso sufrimiento, y su garganta empezó a ejercer un enorme esfuerzo por sacar de sí un aterrador grito de auxilio, no sin antes oír las palabras lejanas de una fuente desconocida:
Este es el dolor de todos aquellos que sucumbieron en el horror, a causa de la oscuridad de tu corazón. Que el sufrimiento de tu carne redima tu alma para que tu corazón sea digno de amor.
—¡AY, POR TODOS LOS CIELOS! —chilló Yugi asustado, cayéndose estrepitosamente de la cama al oír semejante alarido que provenía de al lado.
No perdió tiempo en preguntar qué ocurría. Únicamente, el chico gateó a toda velocidad por el suelo hasta llegar a la cama de su amigo que se encontraba de espaldas, sudando a mares, retorciéndose, estrujando la sábana con toda la fuerza que sus largas manos le permitían, mientras gritaba desgarradoramente. Todo indicaba que aún estaba atrapado en esa pesadilla y que había que sacarlo de ella de inmediato.
Yugi se sentó rápidamente junto al que consideraba su hermano, y lo sacudió firmemente por los hombros.
—¡Despierta, mou hitori no boku, despierta! ¡Tienes que despertar, es una pesadilla! ¡Por favor, amigo, hazlo!
El muchacho egipcio abrió los ojos de golpe ante el grito desesperado de Yugi. Sus pupilas desorbitadas no captaron nada más que la oscuridad del techo y su mente, en completo shock, no alcanzaba a reconocer el lugar en donde estaba. Su amigo lo captó enseguida y tomó el rostro de su amigo con sus manos.
—¡Mou hitori no boku, mírame, mírame!
Fue entonces cuando Atem fue capaz de dirigir su vista hacia el rostro angustiado de su amigo que lo miraba de hito en hito, asustado. No podía respirar y temblaba violentamente. Su aibou, pareció darse cuenta de ello y lo ayudó a sentarse en la cama. Ubicó ambas manos sobre los hombros del joven para sostenerlo y tratar de calmarlo.
—Tranquilo, calma... Respira con calma... Tranquilo. Estás aquí, en mi cuarto, en mi casa... Todo está bien...
—Aibou...—logró decir.
—Sí, sí, sí, soy yo...—le dijo cariñosamente el menor de los Muto, esbozando una leve sonrisa—. Tuviste una pesadilla... Sólo eso.
Jadeante, sudoroso y aún en shock, se inclinó hacia adelante y enterró la cabeza entre sus manos, hundiendo los dedos en sus cabellos, murmurando un "Oh, Ra..."con su voz quebrada por el terror y la angustia.
Yugi lo miró apenado y frotó uno de sus brazos para tratar de reconfortarlo. Sabía que su reservado amigo no le contaría nada por el momento, así es que se mantuvo en silencio frente a él hasta asegurarse de que todo estuviera bien.
¿Qué cosa tan atroz habría soñado esta vez? Desde que Atem había "regresado", sus pesadillas eran cada vez más recurrentes y aterradoras, a juzgar por el efecto que causaban en el joven faraón... pero nunca como la que acababa de tener. El joven podía asegurar que jamás lo había visto así en toda su vida. ¿Tendría que ver Anzu con todo eso? Como no llamó para avisar que había llegado a la casa de su tía, Atem estuvo gran parte de la noche intentando contactarse con ella mediante llamadas y mensajes de texto. Incluso le dio unas cuantas llamadas a su madre, pero en ningún caso obtuvo respuesta. Considerando la cantidad de horas que tomaba cubrir la distancia entre la ciudad donde vivía la hermana de la Sra. Mazaki y Ciudad Dominó, la castaña debió haber llegado a su destino alrededor de las 21:00 horas. Yugi dio un cuidadoso vistazo al reloj de su mesa de noche, sin que Atem lo notara: eran las 3:33 de la madrugada. "¡Maldición, Anzu! ¿Dónde rayos estás? ¡Te dije que no olvidaras llamar a mou hitori no boku cuando llegaras!", pensó el tricolor con cierta bronca hacia su amiga.
¿Qué tal si le había pasado algo? ¿Qué tal si había tenido un accidente o se había volcado por ahí? Sabía que a Anzu le gustaba acelerar un poco más de la cuenta de vez en cuando, cuando las condiciones para hacerlo se presentaban —pavimento seco, en buen estado, línea recta, etc—, pero nunca había tenido un accidente. Y, a juzgar por lo deteriorada que estaba su salud en este último tiempo, quizás su estado le había jugado una mala pasada. Pero las malas noticias vuelan, decía el abuelo. Además, la Sra. Mazaki o su hermana se habrían contactado con cualquiera de los Muto antes... ¿Qué podría andar mal? ¿Y si tan sólo se le olvidó hacerlo?
—Aibou...
—¡Cielos! —saltó Yugi. La voz de su amigo lo había sacado de golpe de sus pensamientos.
Atem descansaba sus codos sobre sus rodillas flexionadas debajo de las sábanas, y apoyaba su cabeza en una de sus manos, cuyos dedos se encontraban aún enterrados en su cabello. La luz de la Luna que se colaba en la habitación desde la ventana iluminaba parte de su brazo derecho, describiendo el camino que seguía su musculatura definida y fibrosa. Levantó la vista de su regazo y miró a su —ahora, muy crecido— amigo, dejando escapar una risa corta pero genuina, enternecido por su reacción.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó Yugi, con inquietud.
—Sí... Estoy bien... —mintió el antiguo monarca, con una sonrisa incompleta—. ¿Me dejas pasar? Necesito mojarme la cara.
—Claro... —asintió el joven, haciéndose a un lado para dejarle el camino libre a su "hermano", notando de reojo que su rostro oculto por sus gruesas mechas rubias lucía evidentemente demacrado.
Vio cómo se encaminaba, arrastrando los pies, hacia la salida de la habitación, en dirección al baño. Miró su espalda ancha y atlética, usualmente recta y tensa, ahora inclinada hacia adelante, como si llevara a cuestas una carga gigantesca desde los albores de los tiempos. No entendía cómo una sola persona podía haber llevado el enorme peso del destino de la Humanidad entera sobre sus hombros por tanto tiempo... ni tampoco cómo lograba resistir tanto sufrimiento emocional y físico. Estaba harto del estigma de su pasado, le había dicho a Yugi una vez; estaba cansado de lidiar con algo que ya no era y de ser juzgado por las cosas que hizo o no hizo tanto tiempo atrás. Quería una vida junto a Anzu; casarse con ella, ver nacer y crecer a los hijos que ambos tuviesen y morir de una vez y para siempre, con la convicción de haber cumplido su segunda y última misión: ser feliz en vida.
Pero tal parece que las cosas no iban a ser tan fáciles para ambos. "De todos modos, la vida nunca es fácil para nadie", pensó Yugi con la mirada perdida en el espacio entre la puerta y la pared, por donde su amigo había desaparecido.
En tanto, Atem se hallaba con su espalda apoyada en la pared del baño, sentado en suelo, con la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados. Gotas de sudor y agua brillaban por toda su piel y cabello, como si fueran diminutos diamantes titilando a la luz amarillenta de la lámpara del techo. Había vomitado recién y le dolía cada parte de su cuerpo, en especial la zona del pecho. Se sentía mareado, débil, sin fuerzas para levantarse de ahí e irse a su cama. Sabía que todo era producto del tremendo estrés generado por el condenado sueño, del que ni siquiera quería acordarse en detalle; cada vez que un recuerdo acechaba con perturbar su mente, trataba de bloquearlo con toda la energía mental de la que disponía en ese momento. Sabía, además, que había algo críptico en los dos sueños que había tenido, que todo merecía un análisis más profundo y detallado, pero no deseaba hacer nada semejante en esos instantes; sólo quería estar tranquilo y que todas las pesadillas cesaran de una vez por todas. Sólo quería estar junto a Anzu. No saber nada de ella lo tenía con el cuerpo en constante tensión y la mente inquieta. Lo único que deseaba con anhelo era poder estrecharla entre sus brazos, sentir su aroma único, besar sus labios de miel y hacerle el amor hasta el cansancio...
Suspiró pesadamente. El malestar no se dignaba a irse y no quería regresar a su habitación en semejantes condiciones: su "hermano" se preocuparía de sobra y se enterarían su abuelo y su "madre". Y eso era algo que deseaba evitar como fuese. Pero las náuseas volvieron a subir desde su estómago, como una desagradable ola gigante de líquido y dolor. Trató de contenerlas respirando profundamente unas cuantas veces, pero la urgencia se volvió insoportable. Se movió con laxitud desde su posición y se arrastró hasta el inodoro, para devolver todo lo que su cuerpo no quería en su interior, que ya casi no era nada. Cuando los espasmos lo dejaron en paz, decidió continuar aferrado con ambas manos a la pieza de loza, temblando de frío.
Unos cuantos golpes se dejaron oír detrás de la puerta, seguidos de la voz alarmada de Yugi.
—¡Mou hitori no boku! ¡Abre la puerta! ¡Tu celular está sonando! ¡Y más vale que contestes!
Tras continuar por el desvío anticipado por un gigantesco letrero verde dispuesto a un costado de la berma, que anunciaba la dirección en la cual había que ir para llegar a la ciudad de los cerezos en flor, Anzu fue testigo de una de las vistas más espectaculares que sus ojos habían presenciado en todos los meses que llevaba viajando una y otra vez hacia ese lugar. Desde lo alto del cerro por el cual bajaba la ruta que daba hacia el centro de la ciudad, un verdadero manto dorado cubría todas las superficies de casas, edificios y templos, como si el sol viniese a morir en las techumbres de las antiguas construcciones y en las cabezas de sus mismos moradores. Aquí y allá, suaves y pequeños cúmulos de color rosa, con matices de un tono anaranjado muy saturado, parecían florecer desde los apenas visibles espacios —calles— de aparente silencio, distribuidos con uniformidad en el gran tejido urbano que parecía palpitar bajo el sol del ocaso con una intrínseca e inusitada vitalidad.
La armoniosa cuadrícula salpicada de infinitas pagodas, luces artificiales y uno que otro edificio de mediana altura, se extendía hacia el infinito para diluirse en la inmensidad del océano azul, cuya superficie recibía el eco lumínico del disco anaranjado parcialmente oculto por nubes rosa y azul, que había comenzado su solemne descenso, como si se tratara de la marcha lenta y sagrada de una reina hacia sus íntimos aposentos. No había que aguardar demasiado para que la luna bajara a relatar, desde las alturas del universo y de su calmo y distante silencio femenino, miles de historias de bucólicos romances de otras épocas, cuando la pasión de los amantes se tejía en reuniones secretas en la oscuridad de un bosque y en poemas de fina letra cursiva y apretada, escritos con tinta negra, a la luz de las velas.
Ya internada en una de las calles principales de la ciudad, Anzu sintió la repentina necesidad de disminuir el volumen de la música, y bajar el vidrio del auto para escuchar el sonido de la ciudad: voces humanas y ruidos de vehículos atenuados por el profundo y grave eco de las campanas del templo principal, ubicado en la cumbre de un acantilado que hundía sus pies rocosos en la costa del extremo derecho de la urbe. Quiso detener su marcha en algún lugar de la acera, para cerrar los ojos y entregarse a esa música solemne acompasada por una cálida brisa marina, cuyo olor dulce a cerezos en flor subía hasta sus narices y la transportaba a un estado de paz y tranquilidad que había perdido en medio de dolores del alma. Sin embargo, temía quedarse dormida en plena calle, aun cuando estuviese dentro de su vehículo; tarde o temprano, algún policía —que escasos eran— le golpearía el vidrio para consultarle qué demonios hacía allí antes de sacarle una multa... o, quizás, su madre comenzaría a llamarla y, de ese modo, agregaría una preocupación más a su corazón que pasaba por un lento proceso de recomposición.
Siguió, entonces, por una avenida repleta de comerciantes que guardaban su mercancía y dobló por una esquina. Eran pasadas las nueve de la noche y sus ansias por tumbarse en la cama que su tía armaba para ella, en una pequeña y acogedora habitación que daba hacia el balcón del segundo piso, aumentaban a cada minuto. Quería abrazar a su madre y a su tía, ducharse y tomarse un exquisito café de grano, antes de cerrarle las puertas al mundo y arrojarse en el mar de cobertores y almohadas con olor a suavizante.
Continuó doblando esquinas y avanzando por callejuelas con poco tránsito, hasta tomar una calle principal que conducía al puerto. Allí, giró hacia la izquierda y enfiló por un camino de ripio que se abría paso entre una espesa vegetación compuesta por enormes y antiguos árboles que configuraban un bosque completamente cercado, a pedido de las autoridades de la ciudad, con el fin de preservar el patrimonio del cual todos y cada uno de sus habitantes se sentía profundamente orgulloso.
Eran cerca de las nueve y media de la noche cuando divisó, anclado al tronco de un árbol, un letrero de madera con letras blancas y rojas, en donde se leía "Se venden cerezas"; al lado de dicha leyenda, se apreciaba una gruesa flecha de color verde que indicaba que, si se quería comprar, había que adentrarse hacia la derecha por un estrecho sendero de tierra en regular estado. Aunque Anzu no iba, precisamente, a comprar cerezas señalizó hacia la dirección propuesta y le dio una marcha baja al vehículo, para internarse en medio del angosto camino. Cada dos troncos, un farol LED solar brillaba en la rama de un árbol, de manera que el sendero lucía más o menos iluminado y acogedor para transitar.
Después de unos minutos de silenciosa marcha, la silueta de una hermosa casa tipo chalet de dos pisos se alzaba en un claro del bosque que daba directamente hacia la playa. En el primer piso, se advertían algunas ventanas iluminadas; en el segundo, el balcón que tan bien recordaba Anzu, estaba completamente adornado con pequeñas luces de múltiples colores.
Estacionó el auto a un costado de la casa. Sacó sus llaves, puso freno de mano, apagó las luces y sacó su teléfono del porta-celular, así como su amado bolso café. Abrió la puerta y sólo en ese momento notó que la puerta de entrada de la casa estaba abierta y que desde ella salía un conocido ritmo setentero saliendo de lo que, seguramente, debía ser un equipo de sonido.
"It was 9:29, 9:29 back street big city.
The sun was going down, there was music all around
It felt so right.
It was one of those nights, one of those nights when
you feel the world stop turnin', you were standing
There, there was music in the air. I should have been
Away, but I knew I'd have to stay.
Last train to London, just headin' out,
Last train to London, just leavin' town.
But I really want tonight to last forever
I really wanna be with you,
Let the music play on down the line tonight."
En el porche, que repetía el mismo encantador y original patrón de iluminación que decoraba las barandas del balcón del piso superior, una escultural mujer de unos cuarenta y cinco años, vestida de short y sweater café, con su cabello castaño recogido en una coleta alta en desorden, se contoneaba sutilmente al son de la música, sosteniendo un cigarrillo en su mano derecha, mientras parecía servir vino en copas de vidrio dispuestas sobre una mesa de camping redonda. Se encontraba de espaldas a la visión de Anzu, así es que no vio venir a la muchacha que se acercaba, silenciosa y sonriente, por la escalera de cuatro peldaños que conducía a la entrada del cobertizo.
—Ehm... Hola, tía —saludó Anzu elevando un poco su voz detrás de la mujer que, de golpe, se giró sorprendida.
Una tremenda sonrisa iluminó su rostro de ojos marrón y nariz algo aguileña.
—¡OH, CARIÑO, VEN ACÁ! —chilló la mujer presa de una emoción y alegría radiantes. Anzu parecía ahogarse entre sus brazos, pero no le importó—. ¡PERO QUÉ GUSTO VERTE! ¡Mírate nada más: pero qué flaquita estás! ¿Demasiada intimidad con tu noviecito griego, eh?
—Es egipcio, tía...
—¡Bah! Egipcio, francés, chino, esquimal... ¡Con lo guapo que está, da lo mismo! ¡Yo, a estas alturas, ya habría tenido unos cuantos críos con él! —se carcajeó dándose cuenta de la incomodidad de su sobrina.
—Tía Misato; tiene 18 años... —volvió a puntualizar Anzu, ya liberada de los amorosos brazos de su extrovertida tía, roja como un tomate.
—¡Qué importa! A buey viejo, pasto tierno, hija, pero tú ya te me adelantaste —sentenció Misato guiñando el ojo. Anzu la miró perpleja. —.¡Ja,ja,ja,ja! ¡Es broma, hermosa! ¡Ven acá otra vez, querida! —volvió a exclamar mientras, una vez más, tendía sus largos y bronceados brazos en torno a la única sobrina que tenía, cuidando de no quemar su pelo con el cigarrillo que aún sostenía en su mano.
Por la puerta de entrada, una mujer de una edad y cuerpo semejante al de su tía, de cabello castaño muy oscuro recogido en dos coletas bajas, ojos azules y nariz perfecta, se aproximaba a la escena con un plato de cubos de queso en la mano derecha, que dejó sobre la mesa antes de acercarse a darle un apretado y amoroso abrazo a su hija, quien le correspondió del mismo modo, cerrando los ojos de alegría.
—¡Anzu, cariño...! —le dijo en un tono algo más bajo que el chillar de su hermana, quien observaba contenta la escena empinando su copa de vino—. ¡Qué alivio que hayas llegado sana y salva! ¿Tuviste buen viaje?
—Sí, mamá... No hubo mayor problema—prefirió decir Anzu. Luego preguntó, sonriendo—: ¿Qué celebramos?
—¡El estar juntas, vivas y regias, cariño! —exclamó Misato con alegría—. ¿No es así, Ayumi?
—¡Claro que sí! —contestó alegremente la Sra. Mazaki, riendo—. Toma, mi bebé, debes tener hambre —volvió a decir encajando dentro de la boca de su hija un pedazo de queso. Anzu sintió que sus glándulas salivales estallaban de placer al sentir el sabor ácido y la incomparable textura cremosa del pequeño bocado amarillo ocre. Sólo entonces cayó en la cuenta de que, desde aquella mitad de sándwich de queso que había probado de mala gana en la estación de servicio horas atrás, no había comido absolutamente nada. Durante el resto del viaje, sus breves paradas en otros servi-centros habían sido destinadas únicamente para refrescarse la cara e ir al baño.
Misato entró a la casa a bajarle el volumen a la música e ir a buscar un vaso de jugo de cerezas, que entregó, alegre, a su sobrina.
—Prueba esto, querida. Lo hice yo mismita. Después te daré toda la cerveza que pidas, pero me late que necesitas algo de calorías...
—Se lo agradezco mucho, tía —asintió Anzu, educadamente, recibiendo el enorme vaso cilíndrico lleno hasta el borde de un líquido rojo oscuro, que no dudó en probar. Una vez que dio el primer sorbo, no pudo parar de beber hasta, por lo menos, la mitad del contenido.
También tenía sed.
—Wow, wow, wow, de acuerdo... Hay que alimentar a tu hija, Ayumi, si hasta le han vuelto un poco los colores al rostro con lo que ha probado... ¿Qué tal si nos sentamos a comer de una vez por todas? Iré a traer un poco de cerveza y nos devoraremos todo lo que hay en la mesa.
Anzu desvió su vista del vaso hacia su izquierda y encontró, allí, una cena preparada. Ayumi le dio un beso en la frente a su hija, le indicó que se sentara y cogió una copa de vino. La castaña sonrió y se dejó caer en una de las sillas blancas con cojines rojos dispuestas alrededor de la mesa y dejó su bolso sobre el respaldo.
—Dame eso, hija —pidió Ayumi, amablemente, haciéndole un gesto con la mano izquierda a la aludida para que se lo entregara, mientras sostenía el vino con la derecha. La ex-bailarina descolgó el bolso y se lo entregó con simpleza, sin notar la vibración saliendo de uno de los bolsillos del exterior. Su madre tampoco lo notó y se limitó a depositar el artículo sobre un asiento cuadrado sin respaldo —de esos que también sirven de baúl para guardar chucherías— adornado, en su parte superior, con un cojín verde, que se encontraba a su lado derecho.
—Lamento tanto que hayas hecho este viaje tan largo por mí otra vez, hija... —comenzó Ayumi—. ¿Me creerás que, una vez más, no encontré ningún maldito pasaje de bus de vuelta a Dominó? Y eso que fui al terminal ayer...
—Quizás debas comprar los pasajes de ida y vuelta el día viernes en la tarde, después que salgas del trabajo, o bien yo puedo comprártelos en la semana, mamá... No habría problema —sugirió Anzu mientras cogía otro pedazo de orgásmico queso con un tenedor y se lo echaba a la boca.
—Nah... No quiero que te eches más carga encima de la que ya tienes, cariño. Ya tienes suficiente con tu último año de escuela y el Burger...
—Son sólo jornadas esporádicas...
—No sé cómo lo haces, hija; yo, a tu edad, a duras penas podía con los estudios. Pero con lo de comprar los pasajes antes tienes mucha razón... Lo que ocurre es que me he puesto algo cabeza hueca últimamente y siempre lo olvido.
Anzu no sabía por qué rayos eso le sonaba tan familiar.
—Bueno, está el internet también... —sonrió.
—Sí, sí, lo sé... Es todo por andar en las nubes, hija. Pero, ¿sabes? Haré lo siguiente —aseveró con no cierta gracia elevando el dedo índice derecho—: pondré una alarma en el celular, haré un círculo rojo en el calendario de la oficina y el de la casa... ¡El que está en la cocina es excelente! También me escribiré a mí misma una nota y la pegaré en la puerta del refrigerador... Así será imposible que se me olvide.
—Mamá, creo que la vez pasada hiciste algo semejante... —rió Anzu.
Ayumi se rascó la cabeza y asintió apenada.
—Bueno, gracias a Dios te tengo a ti... Pero ya no quiero que estos viajes interfieran con tus estudios. ¿Tienes tarea para el lunes?
—Sólo un ensayo, pero ya lo tengo avanzado. Si no hay mucho que hacer, para mí no es problema venir por ti; me agrada viajar —concluyó la castaña con una sonrisa, agarrando el vaso de jugo para acabárselo de un solo sorbo.
Ayumi la contempló en silencio, con un dejo de nostalgia en su rostro pálido. Comprendía el cambio que se había operado en su hija, ante sus propias narices, sin que perdiera su esencia; entendía su decisión de dejar la danza en modo stand by, simplemente porque su corazón le pedía expresarse mediante otros lenguajes, como la música. Sabía que soñaba con formar una banda con algunos chicos de la escuela y que no deseaba contárselo a nadie, para evitar tener que dar explicaciones en relación al cambio de prioridades: la danza continuaba siendo unas de sus pasiones, pero ya no la única. La vida abre caminos nuevos y, con ellos, modos alternativos de comprenderse a sí mismo. Eso era algo que la misma Ayumi había entendido hace un tiempo. Formada al alero de una estricta academia de danza, premiada innumerables veces por su espléndida actuación, con un montón de viajes y giras en su haber junto a grupos de baile y aplaudidas perfomances en solitario, halló en la pintura una verdadera prolongación de su ser inquieto y expresivo. Y quien le había mostrado el camino de las artes no fue otro que el padre de Anzu quien, además, se encargó de inculcarle a su pequeña hija uno de los modos más complejos de entender el mundo. Así es que no era raro que en la casa de los Mazaki, durante los años en los que la familia fue feliz, se oyera música a diario, se leyera algo por las noches o Ayumi le enseñara a la pequeña Anzu el comunicar, el relatar, el soñar y el pensar a través del cuerpo. No era extraño, tampoco, ir pasando por uno de los pasillos de la casa y tropezar con libros polvorientos o bastidores que su padre preparaba para, definir en ellos, todo un mundo concebido en su mente.
Takeshi Mazaki se había recibido de la Escuela de Medicina de la Ciudad Dominó aún joven. Destacado tanto por su inteligencia como por su evidente falta de habilidades sociales —que le generaba problemas para adaptarse a los cánones jerárquicos que su rubro exigía—, jamás abandonó las artes. Cada vez que acudía a un congreso de Medicina a algún otro país, se las arreglaba para encontrar tiempo para enfrascarse en una de sus más secretas obsesiones: la búsqueda de un rostro y cuerpo femenino en particular, que sólo él podría reconocer. Las características que debían reunir este rostro y cuerpo eran posibles de definir únicamente a partir de su propia subjetividad, de su propio anhelo por deslumbrarse ante la belleza del dolor del alma oculta en ojos sinceros, y pasión por el amor en una sonrisa amplia, en gestos ágiles, en ansias por asir la vida entre manos largas y abstractas... De modo que Takeshi solía pasar horas y horas contemplando, discretamente, desde una banca de algún parque francés o un paseo nocturno por Barcelona, mujeres. Tantas, infinitas mujeres. Pero la búsqueda imposible de Mazaki no debía comprenderse desde el morbo y la mera concupiscencia que motiva a la mayoría de los hombres a seguir a una fémina con los ojos del cuerpo. Takeshi buscaba a su mujer cual flâneur nacido de las letras de Baudelaire, con los ojos del alma, sumido en la hiperestesia del observar, a través de un deambular por calles europeas de nombre desconocido, una angustiante y eterna búsqueda que, por sí misma, ya era un completo placer para el joven castaño de deslumbrantes ojos celestes.
Fue, entonces, mientras se encontraba asistiendo a un congreso en Viena que el hombre decidió ocupar una noche libre de estudios e investigaciones —acerca de nuevas formas de abordar la semiología psiquiátrica—, para asistir a una gala de danza de la cual prácticamente toda la ciudad hablaba. Nunca se interesó demasiado por contemplar espectáculos en donde lo medular era la expresión corporal de un mensaje, pero cuando leyó en el cartel de propaganda que la interpretación de los bailarines era un verdadero placer para el ojo y el alma, se aventuró a comprar un boleto y desconectarse de su búsqueda. Takeshi sabía que todo conocimiento está al alcance de cualquier persona y si existe alguna posibilidad de exponerse directamente a ello, no había que reparar en dudas.
Eligió un asiento en primera fila. Llevó un cuaderno de bocetos y un lápiz, como todo artista que se nutre de visualidades cotidianas. El espectáculo comenzó de modo lento, algo confuso. Ya casi estaba perdiendo interés completo en seguirle la pista hasta que la vio: su mujer. Desde que puso sus ojos en la visión de la delgada silueta femenina vestida de blanco, en medio de un escenario de oscuridades inciertas, iluminada dramáticamente en sus contornos, como si la luz de los focos describiera un trazo ágil y único desde su nariz hasta sus pies con una incomparable belleza gráfica y, a la vez, espacial, Takeshi decidió que su búsqueda había terminado.
Con el corazón en la mano y la ansiedad aflorando por sus ojos, se las arregló para ubicarse en el sitio mediante el cual los bailarines salían. Espero largos instantes —para él, eternos— hasta que logró divisarla a ella, en medio de una molesta muchedumbre de fotógrafos, asistentes y managers. Y como la vida tiene su propio y misterioso modo de funcionar, Ayumi se quedó atrás del resto a causa de que le molestaba uno de sus brillantes zapatos atados a su pierna con tiras de seda. Takeshi se acercó a ella, con la timidez propia de un joven brillante con muchas ideas en la cabeza y pocas palabras, y le ofreció ayuda.
Entonces, Ayumi se quedó mirando el dentro de esos ojos de belleza tan inusual por segundos que le parecieron tan largos como la distancia que había entre su mente deslumbrada y su propio entorno. Hacía frío en la ciudad italiana, y la voz de ese chico de lisa melena castaña hasta la barbilla la encerró en una habitación de calidez humana y trato afable que no hallaba en el mundo del espectáculo y de la competencia. No hubo mucho que decir; el uno se buscó al otro por tanto tiempo que al día siguiente ya paseaban juntos por calles de historia y arte, hablando un idioma desconocido por el resto de la gente. Un idioma que ambos habían inventado cada uno por su cuenta y que, sólo ahora, adquiría coherencia al ser compartido.
Anzu nació dos años después que Takeshi y Ayumi contrajeran matrimonio y se establecieran en Ciudad Dominó. Compraron una casa grande de dos pisos e iniciaron una vida tranquila. Sin embargo, las excesivas pasiones de Takeshi terminaron materializándose en la infidelidad. Cuando Anzu estaba finalizando la primaria, fue testigo del progresivo deterioro de la relación entre sus padres. Almorzar en casa significaba estar a la espera de que cualquier comentario emitido por Ayumi fuese refutado —a base de insultos e, incluso, golpes — con brutal hostilidad por parte de un irritable Takeshi que no podía controlar su pasión por otra mujer. Y ello, a sabiendas de estar dejando a la que alguna vez fue su mujer, la musa que buscó por tanto tiempo, y a su pequeña hija, quien había comenzado a convencerse de la falsedad de los relatos de romance que su madre le leía de los libros que sacaba de la repisa más alta de la biblioteca. Para la pequeña Anzu, la idea de que el amor entre los padres tiene un límite fijado por el nacimiento del rencor y del silencio fue el amargo beso que la despertó del más maravilloso de los sueños.
Era en esos tiempos en los que Anzu pasaba en la casa de Yugi con mayor frecuencia, porque no quería ir a su propio hogar a comer. Entonces, la Sra. Muto tenía la precaución de cocinar un poco más y apartar una pequeña porción para la amiguita de su hijo. Y así, cada tarde.
Luego de un tiempo y ya con doce años, la alta y flacuchenta Anzu se subía en la rama de uno de los árboles de la primaria a la cual asistía con su pequeño amigo tricolor y desde ahí le gritaba, al tiempo que le arrojaba frutos en la cabeza—que podían ser naranjas, cerezas, peras o manzanas, dependiendo del árbol de turno—, en respuesta a las inocentes y dulces propuestas de matrimonio del chico Muto:
—¡Yo jamás me casaré con ningún hombre! —declaraba, alzando el puño—. ¡Yo quiero ir a América a estudiar danza y no volver a este país nunca! ¡Si vuelves a decirme semejante tontería, ya no seré más tu amiga!
Entonces, se ponía de pie sobre la rama con cierta dificultad y colocaba la palma de una de sus manos sobre su pecho, mientras Yugi la miraba desde abajo, atento en caso de que tuviera que atraparla si caía.
—¡Yo, Anzu Mazaki —gritoneaba desde lo alto— juro solemnemente, por la Ciudad Dominó y la nación entera, sobre esta rama y este árbol, que jamás contraeré matrimonio con chico alguno, ni tampoco tendré hijos, aunque mi corazón así lo quiera!
Y, como broche de oro, le asestaba un naranjo —o lo que fuera— en la cabeza de su pequeño amigo, así no le diesen más ganas de proponerle matrimonio otra vez.
La última vez que Anzu juró no casarse ni tener hijos nunca, sin hacer uso de un árbol ni de frutos, ocurrió dos semanas antes, en la secundaria, durante el almuerzo, en presencia de todo el grupo de amigos.
Incluyendo su novio.
Lo hizo justo después de que Jonouchi comentó que se había salvado de una tunda de aquellas por hacer añicos, accidentalmente, uno de los tableros de baloncesto del gimnasio, al tratar de hacer una "clavada fenomenal estilo estadounidense", a causa de que el profesor de deporte andaba distraído y a mal traer porque su mujer lo había dejado por otro hombre.
—Eso es lo que suele ocurrir con todos los matrimonios, Jono —había dicho Anzu con una especial frialdad y seguridad que a nadie le fue indiferente—. Ninguno está hecho para durar para siempre. El amor tiene un límite. Por eso juro que no me casaré jamás con nadie.
—¿Ah, sí? ¿Entonces por qué carajos aceptaste tener novio? —le había soltado sin ton ni son el rubio, mientras aún tenía comida en la boca.
—Jono... —había intervenido Atem, serio, tratando de impedir lo que se sentía venir.
Acto seguido, el grupo de amigos escuchó dos puños golpear con furia la superficie de la mesa, al tiempo que su dueña se paraba de ella bruscamente, echando hacia atrás con violencia la silla en donde había estado sentada.
—Vete... a la mierda... Katsuya... —rugió, cabizbaja, entre dientes con una lentitud que sólo denotaba ira, para luego alejarse corriendo de la mesa. Unos cubiertos fueron a dar suelo por accidente.
El rubio se ganó una mirada de desaprobación por parte de todos los presentes, a excepción de Atem que había comenzado a trepar silenciosa y ágilmente por sobre la silla que, momentos antes, estaba siendo ocupada por su novia, con la idea de ir tras ella.
—¡Tú y tu bocota! —le gritoneó Rebecca al pobre rubio. Yugi sólo miraba su plato de comida.
—Lo siento mucho... —había dicho Katsuya, en respuesta, sinceramente afligido.
—Lo bueno es que el faraón ya va camino a calmar la furia de Cleopatra —creyó puntualizar sabiamente Honda, con su dedo índice en alto.
Una vez que el resto le dio una mirada amenazadora, decidió mantener la boca bien cerrada y, así, no echar más leña al fuego.
Lo había vuelto a jurar.
—¿Qué piensas, cariño? —inquirió curiosa su tía que, por fin, llegaba de la cocina con una caja con seis cervezas. Le dio una mirada interrogativa a Ayumi, quien se encogió de hombros de modo simple.
Anzu se sonrojó furiosamente, creyendo que había permanecido ausente durante demasiado tiempo, aunque en realidad habían sido sólo segundos.
—N-nada tía, nada... Es sólo que... Estoy cansada y tengo algo de hambre... Y sed —agregó con algo de timidez.
Misato se sentó junto a las dos mujeres para abrir las cervezas más cómodamente.
—Nada que no se arregle con una buena comida, bebida y conversación, ¿no? —dijo sonriente, entregándole una botella a Anzu y otra a su hermana—. Luego, te vas a dormir a tu cama y no despiertas hasta que te dé la gana...
—Me temo que no podré quedarme el día de mañana, tía; el lunes debo entregar tarea y mamá debe trabajar...
—Lo sé, querida, lo sé... Pero no es como que se irán tan temprano, ¿o sí?
—Más o menos a las nueve —agregó Ayumi, presta a introducir en su boca unas cuantas papas fritas.
—¡Entonces no hay problema, tenemos un par de horas! ¡Vamos, linda, disfrutemos el momento!
Disfrutar el momento.
Anzu sonrió ampliamente y accedió a juntar los bordes de las cervezas que cada una de las mujeres portaba en sus manos.
—Por las mujeres y su libertad —dijo Ayumi.
—Por el sexo, las drogas y el rock and roll —canturreó Misato.
—... por nosotras —concluyó Anzu—. Y el presente.
—¡Una para todas y todas para una! —gritaron al unísono las tres mujeres, alzando sus cervezas y tomando un largo sorbo a salud del grupo, para luego romper en carcajadas y comenzar una animada conversación.
El ruido de las olas se hacía presente de vez en cuando en la alegre reunión y se mezclaba con la música a bajo volumen que el grupo escuchaba desde el equipo de sonido ubicado dentro de la casa. Eventualmente, Misato o Ayumi corrían a darle más decibeles a alguna canción que, por alguna razón anecdótica o por simple gusto, les agradaba oír. Entonces comenzaban a cantar, mientras la comida de la mesa se acababa, sus mejillas enrojecían progresivamente por la carga de alcohol que continuaban ingiriendo sin parar y el cenicero amenazaba con explotar de colillas.
A Anzu no le gustaba el tabaco, pero tenía presente la sensación producida por las pocas veces que fumó hierba con Mai. Dicen que cuando el cuerpo pide hay que darle, y en esos momentos parece que sí lo necesitaba. Sin embargo, ahora, sentía que sólo era capaz de aceptar una probada de un cigarrillo preparado por su misma tía. Sabía que estaba bajo los efectos del alcohol, pero estaba tan a gusto con sus dos únicos familiares cercanos que no pudo dejar de considerarlo.
Misato trabajaba en el negocio de la cereza, administraba un hostal en el centro de la ciudad, tenía un hijo que estudiaba para ser abogado en el extranjero, era soltera y poseía un negocio de venta de aceite de cannabis en su propia casa. De modo que poseía hierba de la más pura, rica en CBD y THC, y que ella misma, junto a sus asistentes, se encargaba de procesarla. Había que ver qué bien le iba en ese negocio...
La mujer terminó de depositar, con sumo cuidado, el material en el papel destinado para su uso. Lo enrolló y le ofreció uno a Ayumi, la que aceptó gustosa. Luego, le tendió otro a Anzu, quien lo rechazó en un inicio, pero terminó tomando entre sus dedos con cierta reserva.
—¿Ya has fumado antes, cariño? —quiso saber Misato.
—Algo... —dijo, mejor, Anzu.
—Entonces sólo prueba de a poco. No quiero que te pase nada, ¿vale?
—Está bien...
Fue entonces, cuando la voz de un cantante que Ayumi solía adorar volvió a la vida desde los parlantes de la radio.
—¡AY, NO, MI JIM! ¡POR DIOS, HAZME EL AMOR DESDE LA TUMBA! —gritó Ayumi olvidándose de la presencia de su hija, presa de una total emoción, mientras Misato no la pasaba nada de mal, burlándose de la reacción de su hermana.
—¡Siempre estuviste loca por este tipo! —exclamaba Misato, entre risotadas—. ¿Te acuerdas cuando decías que soñabas con bailarle desnuda en una fogata?
—¿De qué hablas? ¡Claro que lo hice, Misato!
—¡En tus sueños!
—¡En el puto Woodstock!
—¡De tus sueños! Ni siquiera habías nacido.
—¡Hey, es verdad!
—¡Seguro!
—¡Las pelotas, es cierto!
Anzu no paraba de reírse desde un sofá tipo columpio que Misato tenía junto al pequeño comedor que había instalado para la cena y el "jolgorio". Tenía el cigarrillo en los dedos, y una sensación de liviandad en sus músculos tan intensa que podía jurar que volaría por los aires de la ciudad de los cerezos en flor. De pronto, fue presa de unas brutales ganas de ir a contemplar el mar más de cerca y se levantó de su asiento para comenzó a caminar.
—¿Adónde vas, hija? —quiso saber su madre, aún atrapada en las risas.
La luna se hallaba en lo alto y repentinamente comenzó a hacer algo de frío. Anzu se colocó su sweater rosa oscuro tamaño gigante y se cruzó de brazos, aún con el porro entre sus dedos.
—Quiero ir a dar un paseo... —contestó de modo algo ausente, mientras bajaba las escaleras del porche.
—¡Donde mis ojos te vean! —gritó, finalmente, Ayumi, quien se acercó junto a Misato al borde de la baranda para seguir, atentamente, con la mirada, a la castaña.
Anzu podía sentir que su madre y su tía no le quitaban la vista de encima mientras caminaba, pero decidió que aquello no le molestaría en absoluto. Comenzó a andar por las arenas frías de la playa, sintiendo la helada brisa marina en sus pies, bloqueada por su sweater y pantalones ajustados de mezclilla. La sensación de liviandad, aunque completamente inducida, era tan espectacular que sintió unos enormes deseos de girar de pie por la arena con los brazos abiertos en cruz, mientras se entregaba al cosquilleo constante de sus mechones castaños agitados por el viento, sobre sus mejillas, frente y ojos. Rió de la nada, y cuando pensó que perdería el equilibrio, se detuvo en seco con la vista pegada en la luna, que le pareció más grande y bella que de costumbre. Allá, lejos, en el extremo izquierdo de la costa, unas formas que le parecieron semejantes a pirámides, se alzaban confusas al borde de los acantilados. Ignoraba qué serían realmente, pero su aspecto perdido en la noche le recordaba, vagamente, el Egipto que alguna vez visitó. Un leve dolor cuya procedencia no supo identificar se instaló en su pecho y decidió bloquearlo avanzando hasta la costa, hasta comenzar a hundir sus piernas en la espuma salada de las olas del negro océano agitado.
Fue entonces cuando, un inexplicable terror a algo que no podía nombrar, paralizó sus músculos de una forma tan súbita que le impidió dar, siquiera, un sólo paso más. Extrañada, arrojó el cigarrillo al mar, y contempló las olas como si esperara a que algo ocurriese. De pronto, sintió que alguien corría hacia ella. Se giró lentamente hacia atrás, con un extraño escalofrío recorriendo por su piel: era su madre que venía gritando algo, con su celular en la mano.
—¡Anzu! ¡Hija! —alcanzó a exclamar antes de llegar al lado de su castaña y tomarla del brazo de modo apresurado, mientras jadeaba, cansada. No esperó a que su hija preguntara y le dijo alarmada—: ¡Tu novio te ha estado tratando de ubicar desde hace horas! ¡Incluso me ha llamado a mí! —. Encendió la pantalla de su móvil con el objetivo de que la bailarina mirara el nombre de quien había estado intentando establecer contacto con su madre.
Anzu no tenía nada que explicarle a Ayumi acerca de Artículos del Milenio, Rompecabezas, duelos, posesiones, Egipto y extrañas resurrecciones. Ella sabía perfectamente quién era el novio de su hija y la única persona de la Tierra (además del abuelo y la madre de Yugi) que no formaba parte de su grupo de amigos que lo sabía todo. Y con todo, había que referirse a absolutamente todo. Desde el inicio.
Una sensación de desmayo y de que algo andaría muy mal reemplazó todo el efecto ocasionado por unas cuantas probadas de hierba pura. Miró a su madre sin decir palabra alguna y se dejó arrastrar por ella de regreso al porche.
—Toma —dijo su madre con voz inquieta, una vez allí, entregándole el bolso. Misato se encontraba en la cocina —. Llámalo desde arriba, desde tu balcón; ahí hay mejor señal... ¡Cómo pudiste olvidar...!
Anzu no quiso escuchar más. Sabía que Ayumi estimaba a Atem porque tenía claro de qué persona se trataba, independiente de todo lo ocurrido con su partida y de sus increíbles orígenes. Así es que no esperó a oír reproches y se lanzó escalera arriba en dirección a la pieza que ocupaba con frecuencia en esa casa.
Dio un portazo, y agarró su bolso por la base para sacudirlo sobre la cama, como una posesa, haciendo que cayera todo el contenido sobre el cobertor con olor a suavizante y cerezas. No podía recordar dónde demonios había dejado su celular.
"¿Lo olvidé en alguna estación de servicio? ¿Se me cayó por ahí? ¡Con un demonio!", pensó.
Estaba comenzando a desesperarse cuando, de pronto, el maravilloso brillo del borde de su móvil apareció ante sus ojos llenos de lágrimas. Con horror, se dio cuenta de que tenía una gran cantidad de mensajes de texto y llamadas con el nombre de su novio. Miró la hora en la pantalla: las 3:45 de la madrugada. "¡Oh, por Dios, por Dios! ¡Eres una cabeza hueca!", se dijo mentalmente. Con un dedo tembloroso, deslizó la superficie brillante para marcar el número que le revolvía el estómago.
Escuchó el sonido de marcación telefónica con un nudo en la garganta, mientras se desplazaba sobre el piso de madera de la habitación en dirección a la ventana que daba al balcón de las luces de colores. La abrió y salió, para aproximarse a la baranda y apoyar sus codos sobre ella.
Pasaron diez, quince, veinte segundos sin que nadie le contestara el llamado. Su pecho comenzaba a contraerse en un espasmo de angustia al pensar en la posibilidad de que algo malo le hubiese ocurrido o, peor aún, que se hubiese molestado tanto que no quisiera hablarle. Y provocar el enojo del que había sido rey no era cualquier cosa. Pero tampoco era una persona temperamental; todo lo hacía con un objetivo. "¿Y si simplemente está durmiendo?", terminó por pensar Anzu al borde del colapso cuando el sonido de marcado cesó abruptamente.
Habían contestado.
Y, repentinamente, se le cerró la garganta.
Un breve silencio al otro lado anticipó el sonido de una voz que claramente conocía, pero que le recordó momentos increíblemente desagradables.
Como cuando Yugi fue enviado al mundo de las Tinieblas a causa de un grave error.
—... ¿Anzu?
La castaña emitió un gemido angustiado de la nada.
Mierda.
El joven volvió a hablar.
—¿Hola?
Había algo extraño en su voz. "No, no… Todo está bien; solo tiene sueño", pensó la castaña. Entonces, se decidió a soltar un torrente de palabras que parecían salir de cualquier lado menos de su mente.
—Atem, amor... ¡Oh, Dios! Lo siento tanto... ¡Por favor, perdóname! —Se lanzó, atropellándose en sus propias palabras—. ¡Lo siento, cariño! U-una vez que llegué... ¡Llegué tan cansada!.. Una vez que llegué, olvidé sacar el celular de mi bolso... Si no hubiese sido por mi mamá no habría sabido que me llamaste tantas veces... De verdad lo siento, amor, debí haberte llamado cuando... —Por fortuna, se dio cuenta de que iba a delatar a Yugi y su mensaje, antes de continuar hablando, de modo que terminó su lluvia de palabras con dos tímidas palabras— ...cuando llegué...
Silencio. Un pesado y largo silencio. Luego, un profundo suspiro se escuchó del otro lado del auricular. Anzu podía imaginarlo adoptando uno de sus famosos gestos corporales que denotaban una evidente frustración.
Y no se equivocaba en absoluto. Atem había logrado ponerse de pie de donde se encontraba ante la insistencia de Yugi, para luego tomar el móvil y dirigirse, evitando caer a causa del malestar que tenía, hacia el cuarto en donde Sugoroku tenía algunas chucherías; algo así como "la pieza en donde se guarda todo". El joven se hallaba sentado en el suelo de la habitación, con ambos codos apoyados en sus rodillas. Tal como imaginaba Anzu, una de sus manos sostenía su celular y la otra se hallaba cubriendo su rostro, bajo el flequillo.
El silencio continuaba.
—¿Atem? —se atrevió a preguntar la chica.
—Por todos los cielos, Anzu... No vuelvas a hacerme esto...
—Lo siento tanto...
—No sabía nada de ti, Anzu... Nada.
La joven miró la luna que antes la había parecido tan hermosa, en busca de algo que decir. ¿Qué excusa podía darle? ¿Decirle la verdad o, simplemente, quedarse callada? ¿Dónde estaban sus agallas? No halló ninguna sola palabra; se había bloqueado. No podía con su tono serio y frío. No ahora que eran novios.
Estaba a punto de soltar el llanto. Sin poder ocultarlo, liberó un sollozo leve que fue inmediatamente captado por Atem.
—Sé que lo sientes, amor...—le dijo de modo más dulce—. No quiero que llores... Sólo te pido que no vuelvas a preocuparme así... Eres mi vida... y cuando no estoy allí para cuidarte, sólo deseo que me hagas saber que estás bien... y así quedarme tranquilo...
—Cielos... —sollozó la chica. Su débil estado de salud le provocaba una labilidad emocional increíblemente difícil de controlar. Avergonzada y, a la vez, furiosa por sentirse así de vulnerable, se secaba sus lágrimas con el reverso de su mano, sintiendo que iba a explotar de pena en un solo segundo.
—Anzu... Anzu, amor, no llores. No es... —se detuvo el joven, como si buscara volver sobre sus pensamientos para decir las palabras adecuadas—. No lo hagas... Tranquila...
—Odio tu tono de Yami Yugi... —volvió a sollozar la chica de modo algo infantil, pasándose, ahora, la manga del sweater por los ojos. En realidad, le encantaba la voz segura y firme de su hombre cuando estaba en pleno duelo, pero no dirigida a ella. Se dio cuenta de que el borde de su prenda estaba llena de arena y sacudió su muñeca al viento.
Atem sonrió para sí mismo.
Amaba a esa mujer con locura.
—Está bien, lo siento... Es sólo que... —. Sus palabras fueron cortadas por la aparición súbita y extraña de un dolor de tipo punzante, agudo, como el de una lesión cortante que hubiese alcanzado capas musculares profundas, en la zona de su pecho y parte de su abdomen... otra vez. Se llevó la mano al sitio y contuvo el aliento unos segundos, para luego soltarlo con la mayor suavidad posible. Anzu quedó a la expectativa de que continuara su frase, pero se dio cuenta del cambio en la respiración de su joven novio y frunció el ceño, inquieta.
—¿Q-qué sucede?
—Nada... Estoy bien...
—No te creo.
—Descuida, no es nada.
—No lo sé... Suena a que algo te duele...
—No sucede nada.
—Te conozco, Atem.
¿Qué decirle a la mujer que se dio cuenta de su existencia cuando nadie se percataba de que había otro yo dentro del cuerpo de Yugi Muto? ¿Qué decirle para convencerla de que no había nada de qué preocuparse? Anzu no podía enterarse de lo que acababa de ocurrir; no ahora, ni menos por teléfono. Así como ella lo conocía a él, él también podía asegurar con certeza de que si le contaba todo lo que había soñado hace un par de horas —y en otras tantas ocasiones— permanecería despierta todo lo que quedaba de la madrugada sin poder pegar un solo ojo y consideraría retornar a Ciudad Dominó en ese mismo instante, sin respetar ningún límite de velocidad. Aunque más madura, y debilitada emocional y físicamente, Anzu seguía siendo Anzu: la chica que ponía pasión en todo lo que hacía y no dudaba en hacer cualquier cosa en beneficio de sus seres amados.
El dolor no cedía, pero debía hacer hasta lo imposible por evitar que la mujer más hermosa de todos los tiempos, a sus ojos, no se diera cuenta. Apoyó la cabeza contra la pared y cerró los ojos con fuerza.
—Estoy bien... No hay nada de qué preocuparse. Ve a dormir; es tarde y en unas horas más debes volver.
La ex-bailarina miró hacia abajo, donde sus uñas retiraban algo de pintura vieja de la superficie de madera de la barandilla. Se sentía culpable por haberlo preocupado más de la cuenta; por conducir sin precaución; por fumar hierba y, sobre todo, por querer iniciar una investigación sobre su posible pasado de incestos y promiscuidad... ¿Acaso todo ello importaba ahora? No podía evitar pensaren que sí. No quería mentiras en su vida; no más. No quería vivir, otra vez, la misma sensación que su corazón de niña padeció el día en que vio a su padre cerrando la puerta violentamente, dejando atrás a su madre con el desgarro de la pena en su rostro, ojos y brazos que intentaban evitar que sus infantiles ojos azules vieran la última escena del teatro de lo falso.
Dio un suspiro al viento y decidió seguirle la corriente a su amado duelista. Sabía que algo andaba mal en él, pero no le insistiría. No vía telefónica.
—Está bien... Iré a dormir un par de horas... Te amo.
—Y yo a ti, Anzu... No sabes cuánto…
De repente, se sintió la mujer más afortunada de la condenada Tierra; la "puta ama". ¿Había alguien más que hubiese tenido el privilegio de conocer el lado sensible y amante del gran faraón? Ja. Nadie. Hasta donde ella sabía.
—Te escribiré cuando salga de aquí y te llamaré cuando llegue a Dominó. No lo olvidaré. Te lo prometo.
—Gracias... Descansa.
Era demasiado dulce.
—Tú también, amor.
Podía no ser verdad.
—Adiós.
—Adiós.
Cómo deseaba que lo fuera.
Una verdadera borrachera de sueño se apoderó del cuerpo de Anzu, como si acabara de liberarse de una carga pesada. Una desagradable sensación de incertidumbre y confusión se instaló en el centro de su pecho y suspiró con pesadumbre. Miró hacia donde se encontraba el primer piso, y notó que las luces estaban apagadas; dedujo que su madre y su tía se habían ido, ya, a dormir. Miró al cielo: la luna estaba en lo alto, pequeña, aterradora, observándola con selenita cizaña, como en sus sueños infantiles. Sintió frío y se abrazó a sí misma. Nada podría hacer desde allí. Definitivamente, el faraón le ocultaba algo y, con toda seguridad, no era nada bueno. Pero, ¿qué podría hacer desde allí? ¿Tomar el auto y volar a Dominó? Sí, era una opción. Una descabellada e impracticable opción. Le había costado un mundo construir la actual estructura de su propio orgullo a base de llanto y alcohol. Aceptaba el hecho de que aún estaba hecha mierda —como diría Mai—, pero no terminaría de hacerse añicos en la ruta a causa de la desesperación por hundir una daga verbal en el corazón del rey de sus delirios y sacar, a tirabuzón, lo que fuese que ocultase. No. Esperaría. Mordería la almohada, su ropa, sus propias uñas o lo que fuese, pero no. No iba a arriesgarse a morir en la ruta, ahora que la razón para su existir se encontraba con ella, en su mismo mundo, en su misma época; en su misma vida.
Se alejó del balcón y cerró la ventana tipo puerta detrás de ella. Dejó su celular sobre la mesa de noche y corrió hacia atrás la ropa de cama. No tuvo necesidad de encender la luz: el brillo lunar producía una agradable y relajante penumbra en la estancia, de modo que pudo dar con los objetos que necesitaba. Se sentó sobre el colchón y se quitó los pantalones. Tomó, nuevamente, su celular y programó la alarma: despertaría a las ocho en punto; podría dormir unas cuatro horas, a lo menos. Con los ojos a medio cerrar, depositó el móvil al lado de la lámpara de Buda que adornaba la pequeña mesa cuadrada y se tapó hasta la nariz, dejándose envolver por el cansancio, el olor a suavizante y su mente que comenzaba a cerrarle las puertas al Mundo de los Vivos.
N/A:
Mmm... Esto me huele a que las cosas van a complicarse en grande. ¡Qué sueño tan horrible el de Atem! Traté de que la escena fuese lo más terrible posible. Mención especial a la literatura de H.P. Lovecraft, escritor estadounidense de ficción y terror. Cuando era más joven, me engullí muchos libritos suyos. Me volví fanática de su modo agudo y sensible de describir pasmosas escenas de horror... La forma en que relata los aullidos de Cthulhu en "El horror de Dunwich" quedó en mi memoria por muchos años. Y, ahora, que me volví una "disque" escritora de fics, no pude evitar sacar a flote su influencia. ¡Grande Lovecraft!
Para finalizar, y ya no aburrirlos más, algunas aclaracioncillas ;):
1. La canción a la que hago referencia cuando Anzu llega a la casa de su tía corresponde a "Last Train to London", de Electric Light Orchestra.
2. El término flâneur se relaciona con una figura literaria empleada en la poesía de Charles Baudelaire, francés que fue considerado parte de los poetas malditos durante el siglo XIX. La figura hace referencia a aquel que encuentra en el acto de vagar por la ciudad, un placer estético. Aquel que camina por las calles de una ciudad, observando, respirando y padeciendo lo urbano. Es un término muy usado en Teoría del Arte. Y es precioso.
3. El famoso "Jim" del cual habla Misato no es nadie más que el cantante, poeta y compositor Jim Morrison, cara visible del grupo The Doors. Hay una película de Oliver Stone, protagonizada por Val Kilmer, que habla de su vida como artista e incluye una escena especulativa de su misterioso fallecimiento. Gran banda de puros temazos y tremenda película.
En fin, eso es todo por ahora. Están cordialmente invitados a generar feedback a través de un review, MP o lo que gusten ^_^
Un abrazo,
Liz
