Capítulo 2: La Misión.

La taberna "El Cerdo Feliz" estaba en esa mañana extrañamente tranquila. En el interior solo habían tres personas, aunque a esa hora ya eran muchas.

Una de ellas era el tabernero. Las otras dos eran una pareja.

Luis rió cuando Irene, la bruja que salvó la otra noche, le contó cierto encontronazo con unos gnomos.

-Si te digo la verdad, conozco a uno que sabe mucho sobre gnomos. -Dijo mientras se bebía una jarra llena de leche. -Se pasa la vida en un bosque encantado.

-Anda. ¿En serio? -Dijo la bruja mientras bebía de su vaso de leche. -Es muy peligroso vivir en tales lugares.

Luis volvió a reir, pero fue golpeado con un bastón en la cabeza. Al girarse, se encontró con la cara enfadada de Proserpina.

-Será posible, haciendo este escándalo nada más empezar la mañana. -Dijo ella mientras se sentaba al lado del espadachín. -Haz el favor de reirte como las personas normales, Luis.

-No me habrás pegado con el bastón... ¿Verdad? -Dijo repentinamente muy serio Luis.

-Si. ¿Por qué? -Proserpina se apartó instintivamente.

Luis miró muy seriamente a la bruja, y dijo.

-No me pegues con el bastón nunca más... sabes que es muy peligroso.

-Bah, será para tí, chico, porque para casi nadie es peligroso. -Contestó Proserpina.

Al terminar, se escuchó como se abría la puerta y un grito asustó a Irene y a Proserpina, e hizo que Luis se levantó y secundó el grito.

-¡Cerveza! -Gritó el espadachín mirando al recién llegado.

-¡Cerveza! -Secundó Lojirrian con los brazos levantados.

-¡¡Cerveza!! -Gritaron los dos al unísono mientras se abrazaban.

-¿Quienes sois? -Preguntó Irene cohibida a Proserpina.

-Oh, yo soy Proserpina, apodada "Brujilda". -Contestó con una sonrisa la bruja. -Veo que tú también estas como yo.

-¿Eres...? -Pero no terminó de decir la frase, porque Lojirrian se había sentado al lado de Irene y la miraba. -¿Qué... qué quieres?

-Joder, tía, estás más buena que mi Diosa de la Guerra. -Dijo el rubio mientras ponía los pies encima de la mesa, y miró a la bruja. -Coño, Proserpina. ¿Qué haces tú aquí?

-¿Que no leíste entera la misiva? -Dijo ella bastante molesta.

-Bueno, sabes que no se leer vuestra lengua muy bien, así que estaba esperando encontrarme con el elfito cabrón para que me tradujera esos garabatos que usáis como escritura.

-¿Elfito... cabrón...? -Preguntó a Luis Irene.

-Oh, es otro tío que tiene que venir. Se llama Vicente, pero Lojirrian le llama "Elfito Cabrón" de vez en cuando. -Dijo Luis con una sonrisa. Después, agarró a Irene de los hombros y la acercó a él. -Aún faltan por llegar, así que puedes quedarte con nosotros.

Fuera de la ciudad, en las murallas, estaba sentado en el suelo pedroso un hombre con un perro al lado, y una yegua atada a su mano. Soltaba insultos a todos aquellos que se le acercaban, y se veía realmente molesto. En la puerta habían dos soldados que hablaban tranquilamente.

-Cabrones de mierda hijos de satanás... -Decía Elsubnor mientras se rascaba la barba. -No es culpa mía que vuestro capitán sea alérgico a mi perro, diablos.

-Cállate, escoria. ¿Cómo te atreves a hablarnos así? -Soltó el soldado más cercano al cazador.

-Hablo como me sale de la punta del nabo. ¿Vale? -Dijo Elsubnor levantándose y encarándose al soldado amenazantemente. -Tú no eres nadie como para decirme como tengo que hablar, niño estúpido.

-Como te atreves...

El soldado sacó su espada, y Elsubnor le esperó allí donde estaba, con la mirada fija en él. El joven soldado se le acercó y cuando fue a levantar la espada, se detubo y miró detrás del cazador. Guardó rápidamente la espada y se apartó.

-¿Ya está? Cuanto ruido y que pocas nueces... -Dijo Elsubnor mientras comenzaba a reirse, pero algo le golpeó en la cabeza.

Al girarse, se encontró con dos personas, un hombre y una mujer, montados en un solo caballo. El cazador miró el atuendo de ambos. Eran caros, es decir, que eran nobles o, por así decirlo, también podrían ser burgueses, pero de alta cuna de todos modos. El hombre, de cabellos castaños largos, se dirigió a Elsubnor con voz tranquila.

-Gracias por adelantarte, Elsubnor. ¿Sabes como llegar ya a la taberna que nos contaron?

El cazador miró extrañado al joven montado, y se dio cuenta de lo que ocurría. Sonrió, y habló con él.

-Bueno, podría haberlo hecho, señor, pero estos dos estúpidos me han negado la entrada porque son alérgicos a los perros.

-Pobre Alf. -Dijo la dama detrás del joven. Llevaba sus cabellos cobrizos sueltos y con una suntuosa diadema en la cabeza. -¿Por eso no te dejaron entrar?

-Así es, señorita mía. -Dijo el cazador sin parar de sonreir, y ayudó a la chica a bajar del caballo. El joven descabalgó al lado de ambos. -Así que de momento no se como llegar hasta la taberna con sus nobles amigos.

El joven, con tranquilidad, se acercó a los soldados, los cuales estaban más estirados que una tabla de molino. Elsubnor agarró las riendas del caballo del noble y las suyas propias, y junto a la dama, se acercaron detrás del hombre.

-Vamos a pasar. ¿Tenemos permiso? -Preguntó la noble dama a los soldados.

-Por... por supuesto, señora. No hay ningún problema, ninguno. -Dijo apresuradamente el que parecía tener más edad.

Los tres, seguidos de los dos equinos y del perro blanco, pasaron las puertas. El perro, cuando estuvo a su lado, se quedó mirando al más joven y comenzó a ladrar.

-¡Alf, ven aquí! -Gritó Elsubnor girándose.

-¡Guau, guau, guau¡Joder, ya voy macho!

Los soldados se quedaron pasmados al oír hablar al perro. ¿Acaso no sería brujería? No, debían habérselo imaginado.

Cuando se hubieron alejado lo suficiente, los tres comenzaron a reir a carcajada limpia. El joven noble se sentó en un barril, mientras que la dama se apoyaba en la pared de la casa más cercana. Elsubnor se agarraba con ganas a las crines de su Ensalada de Patatas.

-Pero... ¿A quién coño se le podría ocurrir esto? -Dijo el cazador mientras se incorporaba un poco, mirando a sus dos acompañantes.

-Fue idea de Pipa. -Dijo el joven mientras se despeinaba un poco. -Dijo que tenía muchas ganas de ayudarte, y si podíamos hacer un juego.

-¿Ah sí¿Querías ayudarme, Pipa? -Preguntó maravillado Elsubnor.

-Claro, eres mi amigo. -Dijo coqueta Pipa mientras se quitaba el traje de noble, y lo guardaba en su zurrón, dejando ver su atuendo de juglar. -Aunque si no hubiera sido por Vicente no podría haberme hecho pasar por noble.

-Bah, no hay problema. -Dijo Vicente mientras se levantaba del suelo y agarraba las riendas de su propio caballo.

-Bueno, como comprenderás, no te lo voy a agradecer igual que como se lo agradecería a Pipa. ¿Verdad? -Dijo Elsubnor agarrando con la mano el trasero de Pipa.

-¡Oye, suelta eso, que no es tuyo! -Dijo la juglar mientras le arreaba en la cabeza con una pandereta.

Los tres encaminaron sus pasos en dirección al centro de la ciudad, y allí se encontraron con el mercado. Dicho lugar estaba justo en la plaza de la ciudad, y allí habían decidido que una vez a la semana, los tenderos hicieran sus ventas allí en vez de estar fuera de la ciudad. También era un pequeño nido de ladrones y prostitutas, que veían en tales días un momento perfecto para poder ganarse unas perras.

Las tres personas, las dos monturas y el perro entraron de lleno en el mercado, y Elsubnor agarró de la oreja a un crío que pasaba cerca.

-Oye, niño. ¿Sabes donde queda la taberna "El Cerdo Feliz"?

-Ay, suéltame, viejo. -Dijo el niño mientras se revolvía.

-¿¡Viejo¡Viejo lo será tu quinto padre, estúpido! -Agarró al niño y le dio una bofetada, y después le miró de nuevo. -Ahora dime donde está "El Cerdo Feliz".

El niño miró desafiante a Elsubnor, con la marca en la cara de los cinco dedos y aguantándose las lágrimas, y señaló hacia un callejón.

-Vale, ahora corre con tu mamaíta, estúpido. -Elsubnor soltó de golpe al niño tirándolo al suelo.

Pipa y Vicente miraron como el cazador se marchaba, y la juglar se agachó al lado del niño y comenzó a acariciarle la cabeza.

-Vamos, vamos. Los hombres de verdad no lloran. -Dijo mientras Vicente se agachaba para ayudar al niño.

Este miró a la juglar y después al joven con los ojos llenos de lágrimas, y después dijo.

-No estoy llorando. -Rápidamente, se secó las lágrimas con la manga.

-Claro que no. -Dijo Vicente, y le abrió la mano al niño con una de las suyas, y con la otra le dejaba cinco monedas de plata. -Toma, porque los hombres se ayudan entre ellos. ¿No?

El niño miró las cinco monedas y, con una sonrisa, se fue corriendo, mientras Vicente ayudaba a Pipa a levantarse.

-Nunca pensé que tú, el ladronzuelo conocido como "Elfito Cabrón", fuera a darle dinero de su bolsillo a un niño. -Dijo la juglar mientras se encaminaban hacia la posada.

-¿Cómo, de mi bolsillo? Anda ya. -Vicente abrió su zurrón y sacó una bolsa de cuero negro que tintineaba. -Si esta es la bolsa de Elsubnor.

La juglar dejó escapar una carcajada y ambos se encaminaron hacia la taberna. Cuando la vieron, se encontraron con que el cazador había entrado ya y había soltado un grito, el cual fue secundado desde el interior. El perro entró junto al amo, y la puerta se cerró.

Pipa y el ladrón llegaron hasta la puerta del "Cerdo Feliz" y la abrieron. Al entrar, se encontraron con una sola mesa ocupada, de la cual salían los gritos.

-¡Eh, tú, devuélveme mi pechuga!

-¡Pero si era mía, mendrugo!

-¡Mira que le pego a tu perraco con el bastón de la Proser, estás avisado!

-¡No te atreverás!

-¡¿Que demonios pasa con mi bastón?!

-¡JAJAJAJAJAJAJAJA!

-¡Y tú calla, escandaloso¡Esa risa maquiavélica tuya me da dolor de cabeza!

-¡Me importan tres poyas lo que te duela, tonta!

-¡Como me calientes...!

-¡¿Qué¡¿Me vas a sacar la regla?!

Ante dicho comentario, toda la mesa exceptuando a la mujer referida estalló en risas, mientras que ella asió con fuerza su bastón y se levantó con intención de sentarse en otra mesa cuando llegaron Pipa y Vicente. Al verlos, el resto comenzó a saludarles.

-¡Coño, el elfito y la pipa de girasol! -Dijo Lojirrian.

-No me llames pipa de girasol, Lojirrian, porque si no, no jugaremos a las abejas. -Dijo la interpelada sentándose al lado de Luis.

-¿Y tú como vas, Vicente?

-Bueh... he tenido que dejar a la familia de nuevo. Espero que no sea mucho tiempo. -Dijo el ladrón sentándose al lado de Lojirrian mientras este le pasaba una jarra de cerveza.

-Ostia, es verdad, que tú tenías familia. -Dijo Elsubnor sorbiendo de su bebida. -¿Cómo le va a la jamona de tu esposa?

-Oye, más respeto por mi esposa. -Dijo Vicente. -Y está bien, aunque tendríais que haber visto al mensajero cuando Azalea le gritaba que se callara. Estube a punto de morir de risa.

Ante tal comentario, Lojirrian y Luis rieron fuerte, pues recordaron el día en que conocieron a la mujer de Vicente. Aquel día, Vicente y Azalea estaban viajando hacia la masía donde iban a vivir, pues aún no estaban casados. Lojirrian, Luis y Elsubnor estaban juntos, cerca de las tierras de Montecalvo, y se encontraron con la pareja. Como era de esperarse, Elsubnor no se hizo de rogar e intentó cortejar a Azalea.

-Será posible, que mala ostia tiene tu mujer... -Dijo este mientras seguía bebiendo de su jarra.

-Si no le hubieras tocado el culo no tendrías ahora marcas de latigazos en la espalda. -Dijo Vicente mientras se giraba a Lojirrian. -Oye. ¿Has leído toda la carta?

-Sabes que no se leer vuestros garabatos. -Dijo el guerrero mientras sacaba el arrugado pergamino de... algún sitio.

-Bueno, pues dice... que tenemos que matar a un montón de personas. -Dijo pensando el ladrón.

-¡¿En serio?! -Dijo Lojirrian con un brillo en los ojos.

-Si... En serio. -Dijo Vicente mientras intentaba cambiar de tema. -Y... ¿Cómo os ha ido a vosotros?

-Follando con ninfas y pueblerinas, como siempre. -Dijo Elsubnor mientras agarraba la pechuga que Proserpina había dejado abandonada en la mesa. -Y cagándome en los muertos de los putos gnomos. Cabrones... el otro día me pusieron piedras en las calzas mientras dormía, y aún tengo el culo hecho polvo.

-Bah, al menos has mojado con ninfas. -Dijo Lojirrian mientras mordía un muslo de carne bastante grande. -Yo he estao en la frontera con Francia. ¿Recuerdas donde digo, Luis?

-Oh. ¿En ese sitio de mala muerte? -Preguntó el interpelado.

-Si, ahí. Joder, las tías están bien buenas, pero te cobran un ojo de la cara por echar un polvo. -Mientras se rascaba la barba, miraba a Pipa. -¿Y tú donde has estado, guapísima?

La juglar se estiró cuan ancha era y miró al grupo.

-Bueno... estube en Navarra, ahí, con un grupo de juglares que conocía. Habían varios niños bonitos, pero uno me ofreció una buena suma para ir a cantar a casa de su padre.

-Y acabaste en su cama. -Dijo Proserpina de fondo.

-Y acabé en su cama. -Dijo Pipa, y girándose a la bruja, dijo. -Yo no tengo miedo de decir con quién me he acostado, no como otras chicas. -Se volvió a girar y agarró una jarra de cerveza. -Me lo pasé bien, hasta que llegó la misiva del Rey. Aunque veo que no a todos nos ha fastidiado. ¿No Luis?

El espadachín dejó de beber de su jarra y preguntó.

-¿Por qué lo dices?

-Hombre, viéndote, yo diría que estar en la ciudad te ha servido de mucho.

Todos miraron a Luis, y asintieron. El espadachín estaba con la mano derecha agarrando la jarra de barro, y con la izquierda agarrando el hombro de la chica rubia.

-¿Quién es? -Preguntó suavemente Elsubnor.

-¿Ella? Es Irene, una chica que conocí ayer. -Dijo como si fuera la cosa más natural del mundo.

-Ya... claro... -Dijo Pipa, y poniendo morros, se acercó un poco a Vicente y dijo en voz baja, pero lo suficientemente fuerte para que se oyera. -Me ha cambiado por otra. ¿Te lo puedes creer?

-Yo no he cambiado a nadie. -Dijo dolido Luis.

-Creo que falta alguien de decir algo. -Dijo Elsubnor, y se giró a Proserpina. -Oye, Proser. ¿Que has hecho tú este tiempo?

La bruja, sentada en otra mesa, se giró y lo miró.

-Pues he estado en...

-Ah. ¿Si? Que interesante. -Dijo Elsubnor y se giró de nuevo al grupo. -¿Qué creéis que querrá Pedrito?

-Oye. ¿No preguntaste lo que había hecho este tiempo? -Dijo levantándose enfadada Proserpina.

-Si, y ya lo dijiste. ¿No? -Dijo aburrido el cazador.

-Serás cabrón... -Dijo ella mientras se levantaba.

Pero en ese momento la puerta de la taberna se abrió y se callaron todos, girándose hacia el recién llegado. Era un tipo alto, con una coraza con el sello de Aragón en el pecho, y un casco en la cabeza. Tenía una fondosa barba castaña, y una espada en el cinto. Se acercó lentamente hacia la mesa.

-Irene, mejor será que te vayas. -Dijo Luis soltando a la bruja mientras se levantaba. -¿Sois...?

-Caballero de su majestad. Vengo a buscaros. -Dijo con una voz neutra y sobria el hombre.

Lojirrian se levantó y sacó su espadón de su espalda, al momento en que el guerrero se ponía en guardia.

-Vamos a ver. ¿Eres tú el mensajero? -Dijo el bárbaro apoyando la punta de la espada en el suelo.

-Así es, señor. Vengo a buscar a las siguientes personas. -Con ademanes lentos, y sin dejar de estar en guardia, sacó un pequeño pergamino y comenzó a leer. -El Barón Guerrero Lojirrian Storm, de las tierras del norte. El Espadachín Luis López. La Juglar conocida como "Pipa". El Conde Vicente Montecalvo. La Alquimista Proserpina Zona. El Cazador Elsubnor Maleste. -Mirando al grupo, dijo. -¿Sois ustedes?

-Si, lo somos. -Dijo Vicente con voz sobria, y le pegó un codazo a Lojirrian mientras se levantaba. -Guarda la "Destructora de Patatas".

El guerrero, a regañadientes, guardó de nuevo la gran espada en la vaina, y se cruzó de brazos.

-¿Donde tenemos que ir? -Dijo Pipa levantándose también.

-Vengan conmigo.

El Rey Pedro estaba sentado en ese momento en la sala del trono, junto a dos soldados, hablando en voz baja sin que nadie más oyera lo que dijeran. Era un hombre vigoroso, de anchos hombros y el cabello corto, vistiendo una sencilla camisa morada con volantes y luciendo una pequeña perilla con su respectivo bigote de colores caobas, y unas finas manos con largos dedos que jugueteaban con un pequeño puñal de plata.

Sin embargo, cuando se escucharon los golpes en la doble puerta de la sala, los tres se callaron de golpe. Su Majestad guardó el puñal en una pequeña funda que había en el apoyabrazos del trono, y se irguió para recibir a las personas que empezaban a entrar.

Primero entró, orgulloso, el guerrero. Lojirrian venía, como siempre, sin miedo hacia el rey o hacia cualquiera que hubiera delante suyo. Llevaba una pequeña coraza bien lustrada y de un color plateado hermoso, siendo cruzado por un cinturón grueso que portaba, por una parte, una bolsa con un sello extraño, y detrás de él, una enorme espada, de la cual se podía ver un símbolo en la empuñadura con una estrella de cinco puntas. Los pantalones que llevaba eran anchos y con forma de escamas de pez, de color blanco perlado. Se había acicalado y ahora llevaba una perilla sin bigote, y el cabello algo más limpio que la última vez que vió a un noble. En el cinturón colgaba, amenazadora, el hacha manchada de sangre seca con el mango medio roto por el uso. Llevaba una bufanda en el cuello, y debajo de la coraza plateada se veía una prenda de mangas largas de piel y pelo blancos.

La juglar venía siguiendole. La falda rojiza le llegaba hasta la rodilla y abierta en el lado derecho, dejando ver su pierna. Llevaba las botas altas muy limpias, adornadas con tiras de color rojo a juego con la falda y el fuerte corpiño, el cual, también era rojo, pero parecía hecho de escamas de algún extraño pez. Le dejaba los hombros desnudos, aunque se tapaban dichas partes con la fuerte capa que llevaba a modo de bufanda. A un lado de su cadera caía, gracil, un pequeño zurrón con el mismo símbolo que el guerrero. También se podía ver, bastante graciosa, una pandereta atada al cinturón de la chica, pero que no engañaba a nadie, pues debajo de esta había la funda de un pequeño puñal.

El alto cazador venía mirando todo con curiosidad, pues pocas veces había ido allí, por no decir casi nunca, y menos junto con su perro, ahora lavado y limpio. Llevaba un pañuelo en el cuello, de color negro, aunque en otro tiempo sería blanco, tapándole casi completamente la ahora medio afeitada barba. La camisa que llevaba era robusta y con cordones para unirse en el cuello, y era del color de las castañas. Los pantalones eran más o menos del mismo color, algo más gastados, e igual de robustos. Llevaba puesto un, ahora si, chaleco de una lana blanquecina muy limpio. En su cinturón, de color negro, llevaba una cuidada vaina de cuero negro cubriendo una fuerte espada con una empuñadura y una guarda de plata impoluta, y al lado una bolsa de la cual se podía ver varias cuerdas para arco, y a su espalda había un gran carcaj de flechas. En sus manos, llevaba puestos unos guanteletes de cuero robustos, y en la mano derecha llevaba, apoyándose como si fuera un bastón, un arco de un color azul oscuro.

Vicente, apodado el "Elfito Cabrón" por sus amigos por ir por los bosques con arcos y robar a todo el mundo, venía acto seguido. Llevaba sus largos cabellos recogidos en una coleta, y encima de su testa, llevaba un pañuelo de color verde oscuro cubriéndole hasta la frente. Llevaba puesta una camisa gruesa del mismo color que el pañuelo, de manga larga, con cuatro botones oscurecidos en la parte delantera, y otros dos en las mangas, con guanteletes que dejaban ver los dedos. Su cinturón era negro, y de él pendía una pequeña bolsa de mimbre. Sus pantalones, de un verde más oscuro, tapaban bastante bien las botas de cuero de caminar. En sus hombros y en su cuello llevaba una capa lo suficientemente larga y gruesa como para taparle en caso de necesitad, y de color negro. Cruzándole el pecho llevaba un zurrón de cuero con un cierre extraño en él. Al parecer, no llevaba armas a la vista, como Lojirrian o Luis.

Y hablando del cual, este venía siguiendo a Vicente. Llevaba sus cabellos y su barba limpios y aseados, recogidos en una buena coleta que impedía que el cabello le molestara. Llevaba puesto unos pantalones de cuero negros, con un cinturón también de cuero, pero de un color cobrizo. En dicho cinturón había puesta una vaina de una daga y una buena bolsa de mimbre en el otro lado. Llevaba puesto un chafán de un rojo oscuro, con un cinturón cruzándole el pecho, el cual aguantaba una espada y un escudo a su espalda, ambos, ocultos detrás de una capa gruesa de piel de oso pardo. También llevaba, a un lado de la bolsa de mimbre, otro zurrón, igual que el resto, el cual llevaba el sello que todos llevaban.

Por último, iba a la cola la mujer de cabellos negros. Los llevaba sueltos, pero con dos coletas delante de la orejas, y pequeñas. Sus ropas, oscuras y oscilantes, dejaban notar su cuerpo desnudo debajo de aquella fina gasa de color azul. Un zurrón, al lado de su pantorrilla, y con el mismo sello que el resto, tintinevaba a cada paso que daba. Llevaba unas botas negras que le llegaba hasta donde terminaba la gasa, que era hasta las rodillas. En su cinturón llevaba, atadas a él, varias bolsitas de varios colores, y en su mano un bastón con un símbolo extraño engastado a él, muy parecido al que se podía ver en la gran espada de Lojirrian.

Cuando estuvieron todos delante del Rey, se inclinaron poniendo una rodilla en el suelo y bajando un poco la vista, aunque Lojirrian tenía la mano en el mango del espadón.

-En su misiva decía que quería vernos, majestad. -Dijo Pipa como intermediaria de todos. -Y aquí estamos, respondiendo a su llamada.

-Celebro que hayan venido sanos y salvos. -Dijo Pedro IV. -Y también que hayáis venido tán pronto. Mis mensajeros marcharon hace dias, y vosotros habéis venido casi inmediatamente.

-Su majestad seguro que conoce los poderes de nuestra compañera Proserpina. -Dijo la juglar haciendo gala de una gran labia. -Ella consiguió que, con ciertos medios, pudiéramos viajar lo más pronto posible de un lugar a otro, y si es para contestar a su Majestad, lo más pronto es lo mejor.

-Gracias, señorita. Ahora, quisiera que escucharan mi petición. -Dijo el Rey levantándose de su trono y acercándose a una pared, donde lucía un gran mapa. -Acercáos, mis valientes.

Los seis se levantaron y se acercaron con largos pasos a donde estaba el Rey. Los dos soldados se colocaron detrás de ellos y pudieron ver el gran mapa del continente. Pedro IV agarró un largo bastón y con él apuntó a España.

-Estamos justo aquí. -Mientras hablaba, señalaba con la punta del palo a la extensión de tierra que tenía el nombre de "Corona de Aragón". -Y ustedes deberán ir, amigos míos, aquí.

La punta del bastón llegó hasta una gran isla al noroeste de España, la cual llevaba el nombre de "Inglaterra".

-Disculpa mi pregunta, Majestad, pero... ¿Cómo iremos hasta allí? -Dijo Lojirrian algo extrañado. -Por lo que se, las máquinas para volar no existen.

-Cierto, Barón Lojirrian. Desde aquí, iréis a Navarra -Apuntó a España de nuevo, colocándose encima de dicho reino-, y en el reino de Navarra tomaréis un barco que os llevará hasta Inglaterra.

-¿Ha dicho BARCO? -Preguntó muy pálido el guerrero.

-Si, ha dicho barco. -Dijo Vicente en susurros. -Así que tendrás que tomarte un calmante o algo.

-Pero... el barco es malo. Va por el agua. -Susurró en respuesta Lojirrian.

-Si, va sobre el agua, pero si quieres sobrevivir, no digas nada más. -Le dijo el ladrón.

-¿Porqué lo dices?

-Esto es una petición real. Si nos negamos, nuestra cabeza rodará por el suelo. -Le explicó al guerrero. -Y yo tengo a dos hijas y una esposa que mantener. ¿Recuerdas?

-Que putada... -Dijo Lojirrian algo decaído.

El Rey se giró al grupo y continuó hablando.

-Allí, en Inglaterra, tendréis que entablar contacto con uno de los caballeros del Príncipe Negro. Él los llevará hasta una audiencia con dicho príncipe.

-¿Porqué con el Príncipe Negro? -Dijo extrañado Luis. -Nosotros solo estamos al servicio de aquellos que nos piden ayuda en nuestro país. Me resulta muy extraño, Majestad, que otro reino nos pida ayuda, ya que ellos mismos tienen sus propios guerreros.

Pedro IV se acercó de nuevo al trono, y los soldados hicieron que el grupo se acercara a él. El Rey de Aragón sacó una carta y comenzó a hablar.

-Veréis, esto quedará entre nosotros, y si se esparce fuera, vuestras cabezas caerán al suelo. -El rey miró al grupo con cara seria. -Últimamente, Inglaterra ha estado en guerra con Francia. Sin embargo, me ha pedido ayuda para cierto asunto.

-Nosotros no iremos a luchar contra los franceses. -Dijo Vicente seriamente. -No somos guerreros... bueno, Lojirrian y Luis sí, pero el resto no lo somos.

-Oh, no es para luchar contra los franceses, tranquilo. -Dijo el rey y juntó sus manos. -A ver... ¿Alguno de vosotros sabe algo del "Tratado de la Luna"?

Todos se miraron, y acabaron mirando a Proserpina. Esta, algo pálida, se aclaró un poco la garganta y comenzó a hablar con un hilo de voz.

-Solo algún que otro rumor, Majestad.

-¿Cuales son esos rumores? -El Rey parecía muy sereno.

-Se dice... que varias personas de altísima cuna tienen un pacto... Pero no se más...

-¿Quienes dicen en los rumores que son esas personas de altísima cuna? -Preguntó interesado Pedro IV.

-Los... los más normales, gente del clero... los rumores más disparatados, gente cercana a la corona. -Contestó Proserpina algo extrañada.

-¿Y los más locos? -Preguntó el rey sin quitarle la vista.

-Pues... la misma corona está metida en el asunto... según dichos rumores...

El rey se quedó en silencio un momento, pensativo. Después, hizo un movimiento a los soldados y estos, lentamente, se marcharon, dejando a solas al grupo con el rey.

La puerta se cerró con un fuerte golpe, y Pedro IV los miró a todos.

-Os he de confesar que dicho tratado es auténtico. El "Tratado de la Luna" trata de lo siguiente. -Se levantó y comenzó a recitar. -Cada uno de los reyes del mundo tal y como lo conocemos debe ayudar a cualquier otro rey que le pida ayuda en ciertos asuntos. Esta petición es irrefutable y debe llevarse a cabo.

-¿De que tipo de asuntos hablamos, Majestad? -Dijo Elsubnor, cautelosamente.

-Asuntos místicos y mágicos. -Dijo este sentándose de nuevo. -Supongo que sabréis que últimamente han salido a la luz muchas religiones paganas, y también muchas brujas. ¿No es así?

Todos a una se giraron a Proserpina, la cual se puso colorada.

-Oye, yo no soy sola. ¿Eh? -Susurró al resto.

-Calla, bruja. -Susurró Pipa, y miró al rey. -¿Y por eso nos ha mandado llamar¿Porque tenemos que ir a ayudar al rey inglés con algún espíritu o algo?

-Así es, señorita. El Príncipe Negro tiene a todas sus tropas luchando contra los franceses, y por ese motivo se ve desbordado por esl asunto que nos viene entre manos. -Dijo Pedro IV. -Por eso mismo, me mandó una misiva pidiéndome ayuda. No es que seamos grandes amigos, pero debo acatar el mandato del tratado y mandarle ayuda. Y ustedes son mis mejores apuestas. Dos guerreros, un hábil cazador, un talentoso conde, una bellísima juglar y una inteligente alquimista.

Ante dicho comentario, Lojirrian tosió, ahogándose con su propia risa, y Luis le dió unos golpecitos en la espalda.

-¿Cuando partiremos? -Dijo Vicente mirando fijamente al rey.

Este los miró de nuevo muy serio, y cuando todos estaban serenos otra vez, volvió a hablar.

-Cuanto antes, mejor, señores.

-¿En qué consiste la misión? -Preguntó interesado Elsubnor.

-No conozco todos los detalles, pero deberéis ir allí a exorcizar unos espíritus metidos en una ciudad desconocida y medio derruída. -Dijo el rey agarrando el pergamino con el sello de la luna creciente. -Tendréis que ir con mucho cuidado, pues dicen que varios grupos de campesinos y soldados han desaparecido entre sus filas.

El grupo asintió lentamente.

-¿Alguna otra pregunta?

-¿Cuanto sacaremos? -Preguntó Elsubnor.

-¿Perdón?

-¿Cuanta pasta sacaremos de esto? En la misiva decía una "Gran Recompensa", así que quiero saber cuanto de verdad hay ahí. -Dijo el cazador seriamente.

-¿Osas llamarme mentiroso? -Dijo enfadado el rey.

-En absoluto, solo digo las cosas como son.

El rey lo miró fíjamente a los ojos, y sonrió. Se levantó y se acercó al grupo contento.

-Veo que he elegido bien a mis representantes. -Dijo golpeteando el hombro del cazador. -Si conseguís volver sanos y salvos, la recompensa será mucho mayor de lo que podáis imaginar. Os lo aseguro.

-¿Palabra de Rey? -Dijo en broma Elsubnor.

-Palabra de Rey. -Dijo este mientras se sentaba de nuevo. -Vuestras monturas estarán frescas y recuperadas en un par de horas, y os podéis llevar todas las provisiones que necesitéis. Solo os pido que no me dejéis en mal lugar.

El grupo se puso serio y asintió.

-No le defraudaremos, señor. -Dijo Lojirrian.

-Eso. Ya me has motivao con la recompensa. Podré follarme a todas las tías que me encuentre. -Dijo Elsubnor con una sonrisa en la cara.

-Joder, tío, solo piensas en mojar el churro. -Dijo Luis mientras se giraba al cazador.

-Claro, porque yo solo tengo uno, tu tienes quince en tu colección, cabrón. -Dijo este mientras se ponía las manos en la cintura. -Ya podrías compartir. ¿No?

-Dejad de decir tacos, joder, que estamos delante del Rey. -Dijo Proserpina.

-Si, eso, que hablando bien quedas de puta madre ante cualquier persona, ostia. -Dijo Pipa girándose a los demás.

-Esto... chicos... -Dijo Vicente mirándolos.

-¿Qué? -Todos se giraron y recordaron que estaban aún delante del rey, el cual lo miraba todo divertido.

-¿Que os parece si seguimos la conversación fuera? -Ante el comentario del ladrón, el resto asintió bastante colorado.

-Si... creo que aciertas, Elfito... -Dijo Lojirrian y pasó un brazo por encima del hombro de Vicente. -Vamos a tomarnos unas birras y nos vamos.

-¿Vas a emborracharte y a llevar a tu caballo? -Dijo sorprendido el ladrón mientras ambos se dirigían hacia la puerta.

-Ey, que yo aguanto mucho el alcohol.

El rey miraba divertido como ambos hombres se marchaban, y miró al resto.

-Mi señorita juglar, tenga esto, le servirá para ir de mi parte. -Pedro IV se urgó en los dedos y se sacó un anillo, y se lo tendió a Pipa. -Cuando lleguen a Inglaterra, solo tendrán que enseñar esto al contacto.

-Así lo haremos, Majestad. -Mientras la juglar agarraba el anillo y lo guardaba en su zurrón, miró a Luis. -Oye, vas a tener que despedirte de esa tal Irene. ¿No crées?

-Ostia, es verdad. -Los cuatro que quedaban hicieron una reverencia al rey y comenzaron a caminar. -Le diré que tengo que marcharme un tiempo, pero que después podremos volver a divertinos juntos.

-Tú estás muy seguro de eso. -Dijo Proserpina algo extrañada. -¿Cómo sabes que no morirás en la misión?

-Realmente, no puede ser peor que la vez que fuimos a buscar aquel miserere. ¿No es así? -Dijo sonriente el espadachín.

-O cuando fuimos a salvar a Sandra, la niña esa medio sirena que vive ahora en casa de Vicentito. -Comentó Elsubnor.

-O cuando hicimos el camino de Santiago con Carlos de Mayoral y que nos encontramos con la Santa Compaña. -Puntualizó Pipa mientras abría la puerta y los cuatro salían.

-Espero que tengas razón, Pipa. -Dijo Proserpina mientras cerraba la puerta y dejaba al rey solo en la sala del trono.

Este se dirigió hacia el trono y se sentó, abriendo y releyendo el pergamino que el Príncipe Negro le había mandado.

"Estimado compañero.

Necesito tu ayuda. Se han visto varios espíritus en mis tierras, y muchos campesinos y soldados han desaparecido. La cifra actual es de más de un millar de hombres y mujeres desaparecidos. Mis alquimistas han llegado a la conclusión de que es obra del Maligno, y dichos espíritus no dejan de atormentar a mi población. Hay indicios de que una vez fueron hombres de Dios, y con más razón quiero acabar con el asunto. Sin embargo, mis guerreros especializados en espíritus y monstruos están todos en Francia, y no tengo más que simples escuderos que se mean en los pantalones en cuanto le dicen que hay un fantasma.

Además, parece que hay algo más oculto entre las ventanas. Parece que hay algún tipo de conspiración contra mí, y debo estar preparado. El Palacio Inglés no es seguro para mí. ¿Tienes alguna persona de confianza que pudiera ayudarme a saber quien maquina todo esto?

Y, como es natural, espero que esto quede en el total secreto que caracteriza al Tratado de la Luna.

Gracias, y que Dios esté contigo.

Eduardo "El príncipe Negro""

-Yo solo espero que estas personas no mueran en el intento... -Diciendo esto, guardó de nuevo el pergamino entre sus ropas y se dejó caer en el respaldo.

Continuará...