DECLAIMER: Harry Potter y su mundo son propiedad de J.K. Rowling.
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CANCIÓN: Las cosas que siento por ti [Diana Ángel]
Capítulo II
Las cosas que siento por ti
El sol, le cedía el turno a la luna, que como siempre, iba acompañada de las estrellas, que allí, en el cielo sobre Hogwarts, eran más radiantes, más abundantes y de tamaños, verdaderamente, notables. Por lo tanto, la noche y su respectiva negrura comenzaban a abrazar al Gran Castillo. El cielo, de día o de noche, era mágico en todo su esplendor. Todo Hogwarts lo era, desde sus ya fallecidos Fundadores, hasta los alumnos de cada Casa.
La noche, siempre era puntual y hoy, no era la excepción. La oscuridad, por lo general es sinónimo de disfrute, ya que es apropiada para descansar, pensar y transmite tranquilidad, pero a la hora de buscar algún objeto desaparecido, la penumbra dificulta las cosas y acelera los corazones, produce miedo, porque indica, precisamente, que el día termina y aun, aun no sabían nada de aquel objeto, que en ese momento era humano, así que, respiraba… y sentía.
Hermione Granger aun no había dado señales de vida a sus desesperados amigos y compañeros de Casa.
— ¡Por Merlín, Ginny! Ya para de llorar — Gritó Ronald recorriendo por tercera vez el mismo pasillo junto a su hermana. Los sollozos de la chica lo desesperaban y lo alteraban aun más. Sus nervios estaban a flor de piel.
— ¡Temo por ella, Ron!… ¿Y si le pasó algo? ¿Y si no la volvemos a ver? — Lloriqueaba la Weasley con el rostro empapado por las lágrimas. Sus majillas estaban más sonrojados de lo habitual. Tenían horas buscando a Hermione. Su hermano la miró de reojo, tratando de ocultar el temor que sus claros ojos destilaban.
— No pasará nada de eso, Gin. Ella está bien — Aquello ultimo lo dijo más para calmarse a sí mismo, que a su propia hermana menor.
Con eso, éste dúo de pelirrojos siguió andando por el largo pasillo. Estaban cansados, hambrientos y asustados, pero no solo ellos. Habían otros tantos recorriendo el Castillo con un único y mismo fin; entre ellos, estaba Harry Potter, el cual volvía a pasearse cerca de la Biblioteca; mientras Luna Lovegood, custodiaba la entrada de la Sala Común de Gryffindor, desde afuera; Neville Longbottom, por su parte, seguía estático en la entrada al Gran Comedor, esperando poder encontrase a Hermione; mientras el resto del alumnado disfrutaba como si nada, de una cuantiosa comida.
— ¿Qué le pasa al idiota de Longbottom, por qué no entra? — Preguntó Zabini, el cual había pillado desde tiempo atrás al Gryffindor parado en la entrada. Sus compañeros giraron las cabezas hacia la puerta del lugar.
— ¿Acaso te interesa? — Inquirió con una risita Daphne — Draco ¿Por qué no has probado bocado? — Volvió a formular una pregunta, pero ésta vez dirigida a un blondo que no podía dejar de mirar a la mesa más alejada, aquella donde un grupo notable de alumnos estaban ausentados.
— ¿Acaso te interesa? — Se burló Zabini, simulando una chillona risa al final, similar a la de la rubia.
— ¡Claro que sí! — Exclamó la chica. Aquello fue el inició de una discusión entre ambos.
— ¿¡Se pueden callar de una buena vez? — Gritó Malfoy a los pocos segundos. Todos sus amigos lo miraron sorprendidos. Daphne estaba un tanto temerosa — Zabini tiene razón, ¡¿Acaso te importa? — Inquirió y la Slytherin comenzó a asentir frenéticamente — No debería — Le comentó molesto, mientras sus ojos no dejaban de fulminarla. Draco estaba de muy mal humor.
Daphne Greengrass comprendió lo que quiso decirle. Aquello fue más un, deja de armar dramas, que cualquier otra cosa. La rubia dolida bajó la cabeza. No era capaz de mirarlo.
Pansy Parkinson, sentada muy cerca del rubio, comenzó a reírse sonoramente, llamando la atención de la mayoría de los estudiantes de su Casa.
— ¿Qué te causa tanta gracia? — Averiguó esta vez Theodore. Su rostro era impasible.
— Nada — Comentó tratando de evitar reír nuevamente.
La pelinegra no veía correcto decir que la causante de sus risotadas era precisamente la expresión en el rostro de Daphne. Sin duda, no soportaba a aquella mujer, por el simple hecho de que esa tonta rubia aun no había comprendido del todo, que Draco Malfoy no era de ella y nunca lo sería como pretendía. Nunca sería solo de ella. Draco era de todas y eso la incluía personalmente a ella, a la pelinegra. Las tardes del domingo, el Príncipe de Slytherin le pertenecía; así estaba apuntado en el propio horario personalizado del blondo. A Pansy Parkinson no le molestaba ser una más para él, más bien, estaba orgullosa de poder tener a ese hombre en su cama, por lo menos unas cuantas horas a la semana.
— Será mejor que se callen. Snape está viendo hacia acá — Informó tembloroso Goyle.
Draco miró hacia la mesa que ocupaban todos los profesores a la hora de comer, y justo como había dicho su compañero, Severus Snape, el jefe de la Casa a la cual él partencia, y lamentablemente, su padrino, lo fulminaba con la mirada. Sin duda, el hombre había notado el alboroto que se había dado lugar en aquella mesa, donde los alumnos bajo su responsabilidad comían.
El rubio bufó por la expresión de su profesor y sin siquiera proponérselo miró el asiento junto a él, el cual, por lo general, Minerva McGonagall ocupaba. El blondo notó que la jefa de los Gryffindor no estaba allí. Su lugar estaba vacío. Intrigado, trató de buscarla con la mirada por todo el recinto, y rápidamente dio con ella. La mujer caminaba hacia la salida del Comedor y en eso Draco observó, que tenia sujeta en una de sus manos una especie de pergamino. Albus Dumbledore, por su parte, estaba sentado en el Gran Sitial del Director y no dejaba de mirarla fijamente. El Slytherin supuso que el viejo estaba algo preocupado. La frente fruncida de Albus lo hizo pensar aquello.
— Zabini, tienes razón, ¿Qué puede estar haciendo Longbottom allá afuera? — Murmuró cuando observó a la subdirectora acercarse al Gryffindor que seguía custodiando las afueras del lugar.
— No tengo idea.
— ¡Yo, sí! — Exclamó Astoria, la hermana menor de Daphne Greengrass — Cuando venía hacia acá, escuché que unos Gryffindor hablaban de la desaparición de uno de sus compañeros… — Comentó la chica un tanto dudosa.
— ¡¿Quién? — Preguntó rápidamente Draco. Astoria pestañó varias veces por la impresión.
— No lo sé; una era una chica rubia, y el otro…
— ¡No seas idiota! — La insultó el blondo sin más. Los ojos de Astoria comenzaron a humedecerse.
— Pero, yo…
— ¡Shhh! — La mandó a callar su propia hermana, la cual estaba sentada a su lado — Draco se refería al alumno perdido, no a los que hablaban… — Le susurró al oído a su castaña hermana.
Que tonta se sentía Astoria. Una vez más se había equivocado. Esperaba que aquella fuera la oportunidad para que Draco se sintiera orgulloso de ella, pero todo le salió al contrario. La chica sollozó en el pecho de su hermana y el Príncipe de Slytherin, ni la miró. El rubio observaba molesto la puerta del Comedor, que ahora, estaba totalmente desierta.
Draco Malfoy en ese momento, más que en cualquier otro, pensaba que estaba rodeado de puros ineptos sin cerebro. Lograban sacar de sus casillas a cualquiera, y con él lo lograban a menudo. El rubio se levantó, y Daphne, le preguntó rápidamente a donde iba. Ella no era nadie para obtener aquella información. El chico ni perdió el tiempo mirándola, estaba pensando seriamente mandarla por un tubo; comenzaba a fastidiarlo. Draco Malfoy, sin despedirse de nadie y mucho menos, sin mirar atrás, para evitar observar a una posesiva y molesta Slytherin que lo llamaba preocupada, partió rumbo a su habitación; necesitaba tomar un caliente baño, y sobre todo, descansar.
Quería cerrar los ojos. Quería que aquel sentimiento de preocupación saliera de su pecho de una buena vez. No tenía ni idea porqué sentía aquello. Por muy pocas cosas se preocupaba, en realidad, solo por dos, su familia y el Campeonato de Quidditch, nada más. Decidió enviar una nota a su madre para preguntar cómo estaban todos en la Mansión, quizás aquello sea una señal, una indicación, algún presagio. En el Campeonato, Slytherin ocupaba el segundo lugar, y aun quedaban partidos por jugar, no tenía sentido inquietarse por ello.
Mientras Draco descendía hasta las mazmorras, Minerva McGonagall hacía entrada en la Enfermería del Colegio. Su rostro mostraba preocupación en grandes cantidades.
— ¡Por Merlín, Poppy! ¿Por qué no enviaste la lechuza antes? — Preguntaba alterada McGonagall mientras se acercaba a la mujer, la cual examinaba a uno de sus pacientes.
— Lo siento, Minerva, intenté hacerlo antes, pero la chica necesitaba de mi atención — Se excusó mientras se hacía a un lado. La subdirectora ocupó el lugar que antes ella ocupaba.
— ¿Qué le ocurrió? — Inquirió la mujer palpando la frente de una de sus alumnas, la cual parecía estar descansando. En la carta que le envió la Medimaga solo decía que se acercara rápidamente a aquel lugar, ya que una estudiante estaba allí. No dio mayor explicación — Tiene calentura, ¿Lo notaste?
— ¡Por supuesto! Antes estaba peor, ya estoy logrando controlar su temperatura — Habló la amable mujer.
— No me has dicho, ¿Qué ocurrió? — Volvió a preguntar Minerva, mirando el rostro sonrojado de la Gryffindor acostada en la camilla de sabanas blancas.
— No tengo idea — Respondió apenada. La subdirectora posó sus ojos en ella — La señorita Granger llegó hace poco menos de una hora, estaba ardiendo en fiebre, sus ojos y su nariz estaban rojos, y estoy segura, apostando los años en los que llevo trabajando en esto, que aquello no se debía precisamente a la fiebre — McGonagall arrugó su frente.
— ¿Supones que estuvo llorando?
— Así es, aunque, no podemos confirmar eso. Cuando llegó, le pedí que tomara asiento, en el momento que la examinaba se desvaneció en mis manos, sin más — Explicó la mujer de avanzada edad.
— ¿No se ha despertado desde entonces? — Madame Pomfrey hizo un gesto negativo con la cabeza.
McGonagall estaba muy preocupada. Desde muy temprano le habían llegado rumores de que Hermione Granger había faltado a las clases del día. La mujer estaba dispuesta a buscarla y hablar con ella personalmente, ya que aquella no eran actitudes normales de la Gryffindor, pero sus ocupaciones como profesora, subdirectora y jefa de Casa, precisamente de la antes mencionada, la habían saturado hasta tal punto, que había olvidado todo aquello. Como se arrepentía de eso; sus alumnos siempre debían ser su prioridad.
La mujer de anteojos no dejaba de escrutar el rostro de Hermione, el cual parecía triste y sin vida a pesar de las manchas sonrojadas en sus mejillas. Minerva observó que una fina capa de sudor adornaba la frente y el cuello de la Gryffindor. A Hermione Granger siempre le había tenido gran cariño, y verla en aquel estado la preocupaba más de lo normal.
De pronto, dentro de la enfermería, Hermione comenzó a mover suavemente la cabeza de un lado a otro, parecía estar a punto de despertar; en cambio, afuera de la misma se comenzó a escuchar un bullicio descomunal y varios pasos acercarse. Madame Pomfrey se dirigió rápidamente hacia la entrada del lugar, no podía permitir que nadie pasara. Aquellas no eran horas de hacer visita. Minerva sospechó quienes podían ser, y habló…
— Si Longbottom logró hacer lo que le pedí, me imagino que son los amigos de Hermione. Poppy, por favor, trata de calmarlos, desde muy temprano no saben nada de ella — Expresó volteando a ver a Hermione, la cual seguía moviéndose en la cama. Minerva volvió a observar a su amiga Medimaga — Sé muy bien, que la hora no es la apropiada para hacer visitas, Poppy, pero…
— ¡No! — Negó la mujer, anticipándose a la petición que le haría Minerva. Aquello, no lo podía permitir.
— ¡Por Merlín, Pomfrey! Esos pobres chicos necesitan ver a su amiga, aunque sea unos cinco minutos, nada más — La enfermera pensó lo que le decía la mujer unos cortos segundos, luego, suspiró resignada — Gracias — Susurró con una gran sonrisa Minerva — Mmm… ¿Puedo pedirte otro favor? — Pidió la mujer apenada. Pomfrey, nuevamente, asintió resignada — Reten a los chicos unos minutos afuera. Necesito hablar con Granger, a solas.
Madame Pomfrey asintió nuevamente y se alejó. McGonagall había acertado. Lo que hacía todo aquel escándalo era un grupo de estudiantes, que la misma enfermera reconoció uno a uno. Sin duda, eran los amigos de la chica que comenzaba a despertarse en una de las camillas de la enfermería que ella atendía.
A los pocos minutos, el silenció invadió aquel lugar; sin duda, la Medimaga los había mandado a callar. Aquel no era el lugar para ese tipo de escándalos; también, lograba calmarlos comentando el estado de la enferma, que no era muy bueno, pero sí estable. Eso visiblemente lograba tranquilizarlos.
— Granger… ¿Me escucha? — Susurró McGonagall dentro de la enfermería. Hermione aun no abría los ojos. A los pocos segundos que tardó en reconocer la voz de la mujer, lo hizo — ¿Cómo se encuentra? — Hermione comenzó a parpadear, para adaptar su vista a la penumbra de aquel lugar.
— ¿Profesora McGonagall, donde estoy? — Preguntó la chica mirando todo a su alrededor.
— En la enfermería señorita Granger.
Hermione cerró los ojos con mucha fuerza, hasta tal punto que lograba hacerse daño. Ya recordaba todo, también, el dolor en su pecho volvía. La jefa de su Casa no decía nada, solo la miraba, aunque estaba preocupada, porque la chica después de unos segundos continuaba con los ojos fuertemente cerrados.
— ¿Puedo regresar a la Torre? — Preguntó Hermione visiblemente perturbada. Al fin, había abierto los ojos, y lo que miró McGonagall en ellos, no le gustó para nada.
— Que le parece si antes, platicamos un rato — Propuso la mujer con voz suave, mientras muy sutilmente pasó su dedo pulgar por la sien de la castaña, tratando de dejar solo pequeños restos de las lágrimas que comenzaban a librarse de sus humedecidos ojos.
— Pero…
— Pero, olvide que soy su profesora — McGonagall interrumpió la futura protesta de la castaña — Hoy, Hermione, seré su amiga ¿Si? — Le propuso con cariño.
A la castaña se le escaparon unas cuantas lágrimas más por aquel gesto, que su profesora, su gran ejemplo a seguir, tenía. La chica no sabía que decir, por dónde empezar, no tenía idea si era correcto desahogarse, pero luego, pensó, que no le vendría nada mal hacer aquello ultimo, y por qué no hacerlo con aquella mujer de infinitos y sabios consejos.
McGonagall por su parte, de forma silenciosa continuaba con su labor de secar esas rebeldes gotitas saladas que salían de los ojos de Hermione, antes de que se perdieran en el enmarañado cabello castaño. La mujer notó el titubeo mental de la Gryffindor, así que decidió que lo correcto sería, que hablara en primer lugar.
— Hermione, ¿Por qué lloras? — Quiso averiguar la mujer, ya que las lágrimas no cesaban.
— Profesora, yo…
— No — Negó Minerva con los ojos cerrados — Yo no veo aquí a ninguna profesora ¿Y tú? — Comentó aquello mientras buscaba con la mirada a alguien más en el lugar, aparte de ellas dos. Y no, no había nadie más, los otros estaban esperando pacientemente afuera. Hermione sonrió con lágrimas en los ojos. Aquella mujer frente a ella, era grandiosa, de eso no quedaba duda.
Minerva logró lo que pretendía. Consiguió romper la tensión en el ambiente. Hermione estaba dispuesta a conversar, y ella a escucharla silenciosamente.
— Lloro porque me desperté, porque recordé — Susurró y cerró los ojos para permitir que las lágrimas acumuladas salieran de ellos. Minerva posó una de sus manos en la sonrojada mejilla de la chica y comenzó a acariciarla suavemente.
— ¿Quieres contarme, qué era aquello que no querías recordar?
Hermione como respuesta unió sus manos en el pecho, justo en el lugar donde su corazón bombeaba. La mujer observó aquel gesto. Ella no era una tonta, todo lo contrario, adivinó lo que le pasaba a Hermione. Eran cosas del corazón, cosas que llegaban a ser muy difíciles de entender.
McGonagall liberó la mejilla de su alumna, y con firmeza posó ahora su mano sobre las de la chica, que permanecían unidas sobre su pecho.
— ¿Qué sientes aquí? — La mujer miró un segundo su mano sobre las de Hermione y luego, volvió a clavar sus ojos en los castaños, que aun permanecían humedecidos.
— Dolor… — Sollozó.
— ¿Algo más? — Quiso saber. La Gryffindor, de forma brusca quitó sus manos del pecho, logrando que Minerva se sobresaltara un poco.
— Amor — Volvió a sollozar, pero esta vez ocultó el rostro tras sus manos.
La subdirectora respiró profundamente. Ella sabía que era bueno que su alumna se desahogara, que dijera todo lo que retenía dentro de su ser, pero muy en el fondo temía equivocarse, temía herir aun más a la chica. Minerva, a pesar de su edad, no era nada experta con eso del amor. En silencio le pidió a su querido Merlín ayuda, y éste la escuchó…
— ¡Todo era mentira! — Lloró Hermione aun ocultando su rostro. La mujer prestaba mucha atención — Él apostó con sus amigos, y ganó. ¡Fui una tonta! ¡Una ilusa! Logró besarme, y yo no lo impedí — Murmuró y en su voz había un deje de odio, odio que parecía venir más a sí misma, que cualquier otra persona.
Minerva abrió sus ojos por la sorpresa; ya había comprendido. Habían incluido a la castaña en un juego donde ella no conocía las reglas, ni la forma de ganar, y aun peor, un juego en el que no quería participar. Según lo que había comprendido, para ganar aquella apuesta mencionada tenían que besarla, y por lo visto, alguien lo había logrado, aunque, había ganado algo más que un roce de labios. Sea quien sea, se había ganado el corazón de la Gryffindor, que ahora estaba destrozado y totalmente inservible.
La mujer apartó las manos de Hermione de su rostro, éste sin duda, estaba todo empapado por las lágrimas y comenzó a secarlo con la propia ayuda de la chica. La subdirectora, no habló por un par de minutos, los cuales fueron suficientes para que al menos lágrimas no siguieran saliendo de los ojos de Hermione.
— Dime su nombre — Pidió la mujer de avanzada edad.
La castaña observó que los ojos de su jefa de Casa la miraban severos, pero no se asustó, no, porque aquella severidad no iba dirigida a ella, sino al hombre que jugó con ella, a…
— Draco Malfoy — La voz de Hermione sonó realmente fuerte. Hablar, sin duda la ayudó.
Minerva asintió una sola vez. La mujer no se había sorprendido porque había ideado una lista con los posibles culpables y en ella había unos pocos nombres, en su mayoría, Slytherin y sin duda, el blondo estaba entre ellos. Minerva McGonagall se ocuparía de aquel asunto.
— Me gustaría hacerte otra pregunta… — La mujer comentó y Hermione asintió rápidamente – Obviamente no has cenado, mi pregunta es ¿Almorzaste? — La castaña negó apenada.
— En realidad, no he comido nada en todo el día — La chica se sinceró y la mujer suspiró mientras con la mirada le reprochaba aquello.
— En unos minutos pediré que te traigan algo de comer — Ésta vez, asintió apenada.
— Profesora, antes de venir a la enfermería, estaba buscándola. Necesito pedirle un favor — La voz de Hermione sonó sufrida. Parecía como si le costase hablar.
— Pídame lo que quiera — Habló la mujer rápidamente sin siquiera cavilar lo dicho. La chica frente a ella la seguía preocupando.
— Por favor, le pido, que me permita ir a mi casa, estar con mis padres, lejos de Hogwarts solo por lo que queda de esta semana. Yo estaría de regreso lo antes posible, pero por favor, déjeme salir de aquí… — Los ojos de Hermione derramaron otras incontables lágrimas.
— ¿Está consciente de que perdería varias clases? — Quiso saber la mujer, y la castaña enseguida asintió.
— Si, lo sé. Eso no sería un problema para mí, las recuperaría cuando retorne al Colegio, solo necesito su permiso, por favor — Lloriqueó Hermione. La chica no quería estar ni un minuto más en aquel lugar.
— Bueno. Pensándolo bien, no sería mala idea, le vendría muy bien un descanso — La Gryffindor le agradeció con una triste sonrisa — Pero con una condición… — Objetó la mujer de avanzada edad.
— ¿Cuál? — Preguntó la castaña dudosa. Minerva suspiró.
— No suelo dar este tipo de permisos, pero usted se lo merece y lo necesita, así que debe aprovechar ese tiempo lejos del Colegio — Hablaba y Hermione asentía — Con esto quiero decir, que el lunes a primera hora la quiero de vuelta, recompuesta y con ganas de seguir adelante como siempre. No se deje vencer por un cretino, disculpe la palabra, pero eso es, un cretino sin mayor oficio — Aseguró la mujer con un deje de ira en la voz.
Hermione sentía gran afecto por Minerva, ella sabia los dotes que tenia la mujer para los consejos, y sin querer le había dicho algo que la ayudó, que la hizo pensar en un mañana menos gris, y era, que aun el juego no había acabado, ella podía vencerlo, y lo haría, superándose a sí misma. Enterrándolo a él, con todo y beso en lo más profundo de su corazón.
Hermione le agradeció a Minerva por el permiso concedido, en el cual indicaba que a primera hora de mañana miércoles debía partir de regreso a su hogar, junto a sus padre, para guardar reposo por unos cinco días, ya que el lunes debía estar de vuelta. Minerva se sintió realmente bien al saber que había ayudado a una de sus mejores alumnas, en realidad, a la mejor.
La subdirectora iba a dirigirse a la entrada de la enfermería para indicarle a Poppy que dejara entrar a los estudiantes conglomerados a las afueras.
— Señorita Granger — Hermione, acostada en su camilla, giró la vista para observar a la mujer — ¿Por qué se ocultó todo el día? — Minerva había recordado que los amigos de la chica habían mencionado no haberla visto durante aquel día.
Hermione, sintió sus mejillas enrojecer y varios recuerdos del día de hoy vinieron a su cabeza…
La chica primeramente se había refugiado en su cuarto, luego, cuando pensó que por la hora ya no era seguro estar allí, había decidido salir a los jardines y ocultarse en un grueso arbusto, donde pasó la mayor parte del tiempo llorando. A las horas, cuando ya se había cansado de estar en la misma posición, y cuando pensó que lágrimas ya no le quedaban para derramar, había decidido ir a buscar a su jefa de Casa, necesitaba pedirle su ayuda. Quería salir del Castillo, pero cuando se encaminaba al despacho de la mujer, sintió un fuerte dolor en su cabeza, el cual era verdaderamente doloroso, pero no tanto, como el que sentía en su pecho. Así que la chica decidió encaminar sus pasos a la enfermería, y sin saber más, despertó en una camilla.
— Yo… yo lo hice porque no quería preocupar a mi amigos — Habló sinceramente Hermione. Ella sabía que al mirarla descubrirían que estaba dolida, y ellos se hubiesen inquietado por aquello.
— Lamento informarle, que no logró su objetivo — Suspiró profundamente — Pomfrey, hazlos pasar — La subdirectora pidió de pronto. Y en cuestión de minutos varios estudiantes caminaban apresurado hacia la camilla de Hermione.
— ¿Cómo estás? ¿Qué tienes? ¿Qué te pasó? ¿Dónde estuviste? ¡Nos tenias preocupados! — La enfermería se había vuelto un absoluto alboroto.
— ¡Silencio! — Ordenó Madame Poppy y Harry Potter, Luna Lovegood, Neville Longbottom, Ginny y Ronald Weasley callaron sus bocas. Los chicos cercaban con su cuerpo la camilla que ocupaba Hermione.
— Recuerden que están en una Enfermería, donde el silencio es tan sagrado como en una Biblioteca — Minerva los regañó.
— Tienen solo 5 minutos para acompañarla — Habló esta vez la enfermera.
— ¿Regresarás con nosotros? — Murmuró Ginny a Hermione, refiriéndose a regresar a la Sala Común. La pelirrojo era la que estaba más cerca de la chica.
— No lo sé… — Susurró Hermione mirando a la enfermera, la cual junto McGonagall observaba todo aquello.
— No señorita Granger, aun tiene un poco de fiebre, debe permanecer esta noche aquí — Informó la mujer y se notaron varios gestos tristes en los rostros de los estudiantes que recién habían entrado.
— ¿Qué te pasó? — Preguntó Ronald preocupado.
— Madame Pomfrey nos dijo que te habías desmayado — Habló esta vez Harry.
— ¿Te sientes bien? — Quiso saber Luna, usando su cotidiano y sutil tono de voz.
Hermione, rápidamente pensó en que no debía mentirles, aquellos chicos junto a ella eran los mejores amigos que había tenido en su vida, eran como sus hermanos, pero no podía decir toda la verdad, así que habló a medias…
— Luna, ahora si me siento mucho mejor — Respondió a una de las preguntas con una sonrisa, en la que trataba de ocultar cualquier rastro de tristeza de su rostro. Hermione, se sentía realmente bien. El haber hablado con su jefa de Casa la había reconfortado, y aun más al saber, que podrá alejarse de aquel lugar, aunque sea por unos días — Ron, me sentí realmente mal muy temprano, sentía un dolor muy fuerte en el pecho, como si me lo aprisionaran — Contó — Luego, comenzó a dolerme la cabeza, y vine hasta aquí — A medias, todo lo que había dicho fue a medias.
— Seguro te sentías realmente mal — Murmuró Neville con gesto triste — Nunca habías faltado a una clase.
Los chicos comenzaron a asentir, dándole la razón a Longbottom. Hermione trató de no pensar en aquello, porque de lo contario, se sentiría aun más mal.
— ¿Por qué no nos dijiste que te sentías así? — Quiso saber Ginny. Hermione pensó la mejor forma de responder aquello, y la encontró.
— No quería preocuparlos — Era verdad.
— Bien, será mejor que dejen descansar a la señorita Granger — Habló la Medimaga cuando el tiempo que había permitido que los chicos estuvieran en la enfermería había espirado.
Cada uno se despidió a regañadientes de Hermione, deseándole una feliz noche y una pronta recuperación. Estaban ansiosos de tenerla con ellos mañana otra vez, aunque aquello no podía ser.
Cuando los chicos salieron, dirigidos por Madame Pomfrey, Minerva volvió a acercarse a Hermione y le susurró…
— Debió comentarles sobre su permiso — La mujer sabía que tomarían muy mal aquella noticia. Hermione negó con la cabeza.
— No, sería más difícil si se los digo hoy, mañana mismo, antes de partir, me despediré de ellos — Parecía que ya la decisión estaba tomada.
— Como mejor guste — Habló Minerva, y se alejó, no sin antes decirle, que regresaría en unos minutos con una buena bandeja de comida.
Hermione suspiró mientras acomodaba la almohada bajo su cabeza. Cerca de ella, había una ventana abierta, la cual permitía que la luz de la luna iluminara el lugar. La castaña formó una sutil sonrisa en su rostro cuando observó aquel esplendido astro.
Otro estudiante, miraba con gesto neutral el mismo satélite desde la Lechucería, en sus manos tenía una carta que recién había recibido y leído, donde le informaban que todo en su casa marchaba con normalidad. Draco desvió su vista de aquel majestuoso astro, y decidió regresar a su habitación. Comenzó a descender cada pasillo hasta las mazmorras, cuando al fin llegó, dejó la carta en una de las cómodas cercanas, y se recostó en su cama de espaldas; sin querer, posó la vista en un costado y pudo observar un objeto estático, que por la penumbra era difícil de observar, pero él sabía que era aquello. Era una escoba, la más avanzada, y él, por sus propios meritos la había ganado. No la había montado ni una sola vez, y parecía, no tener ganas de hacerlo por un largo rato. Pensó, que de haberla comprado, ya la habría estrenado.
Había algo maldito en aquel objeto, quizás sea, por la forma en la que la consiguió, aunque esto último, el rubio prefería no pensarlo; porque era ilógico, tenía su abrigo de terciopelo, el cual usaba los días más fríos, y también, se lo había ganado en una apuesta similar, además, estaba aquel collar de diamantes que su madre siempre llevaba en el cuello. Sin duda, debía desechar aquella escoba.
Draco suspiró, y unió sus brazos tras su cabeza. Aquel no había sido un día agradable para él, en realidad fue nada productivo. El rubio ya tenía información de su familia, y éstas eran estables, y agradables, pero él seguía inquieto, seguía sintiéndose preocupado, por algo que no lograba comprender. Decidió descansar, así que cerró los ojos para lograrlo.
Cuando Draco unió sus parpados, una estática imagen inundó su cabeza. Visualizaba como especie de un asiento, ubicado en un lugar y punto especifico de un salón de clases, pero no era cualquier puesto, era uno que permanecía vacio. Un tanto sobresaltado, Draco abrió los ojos rápidamente.
— Maldita Granger — Murmuró con rencor. El rubio se obligó a descansar y después de unos minutos lo había logrado.
Hermione, en la enfermería, también descansaba, después de haber comido algo de lo traído por McGonagall y por supuesto, después de haber tomado la pócima para dormir que la enfermera le había facilitado. Gracias a aquella poción, logró descansar en paz, su cerebro no tenía permitido emitir imágenes, ni recordar en sueños, y lo estaba logrando.
A altas horas de la mañana, Hermione Granger ya estaba levantada y Madame Pomfrey tras hacerle un chequeo general no dudó en darle de alta. La castaña salió de la enfermería dichosa por poder dejar aquel lugar y sin dudar, se encaminó directo a su habitación.
Mientras la Gryffindor recorría los pasillos del Colegio notó que estos estaban desiertos y aquello era normal debido a la hora. Al llegar a su cuarto compartido trató de no hacer mucho ruido al abrir la puerta y lo logró. Observó que su cama estaba arreglada, al parecer alguien lo había hecho, también, notó que sus amigas dormían, sin tener idea de que ella estaba allí a punto de empacar parte de su ropa para irse unos días a su casa, a su dulce y tranquilo hogar.
A los poco minutos, ya había empacado lo necesario, pero antes de partir se sentó rápidamente en su cama y apoyándose en la mesada cerca comenzó a escribir en un pergamino, que dobló perfectamente y dejó en la mesita de noche que estaba junto a la cama de su pelirroja amiga, Ginny. Cuando entró a la habitación, se obligó a hacer el menor ruido, ahora trataba por todos los medios hacer lo mismo. Aun no quería que se despertara ninguna de sus compañeras de cuarto, mucho menos su amiga, la cual sin duda la bombardearía de preguntas que ella no estaba dispuesta a responder. No aun.
Con maleta en mano Hermione caminó hacia la puerta, pero antes si quiera de dar un par de pasos notó que una mancha rojiza adornaba el suelo que pisaba. Se acercó un poco y con nostalgia observó que aquello eran los restos de una rosa, de aquella que había atesorado hasta ayer, hasta el día en que se enteró de la verdad. Lamentablemente, el pecho de Hermione volvió a cobrar vida. El dolor volvía más punzante que de lo normal y unido a esto, sus ojos chispeaban por las lágrimas que frenéticas se acumulaban. Con un profundo superó continuó su camino, tratando de dejar de lado todo aquello. Al mover su pie, de forma intencional hizo que este cayera con fuerza, sin importarle siquiera el ruido que pudiese producir, justo en el lugar donde se encontraba la ya muy maltratada flor.
A cada paso que Hermione daba, agradecía internamente la ausencia de alumnos en los pasillos. Agradecía que todos continuaran durmiendo. Con pasos firmes se encaminó hacia el despacho de Minerva McGonagall, la cual muy temprano la había visitado en la enfermería y le había pedido precisamente que hiciera aquello. Antes de tocar la puerta de aquel lugar, volvió a pasar las manos por su rostro, para así asegurarse de que no quedaran rastros de lágrimas y se obligó a dibujar una sonrisa en sus labios. Una sonrisa que no era pronunciada, pero al menos, le daba vida a su cara. Respiró profundamente y llamó a la puerta, Minerva rápidamente abrió. La mujer ya la estaba esperando.
— Buenos días, profesora.
— ¿Cómo sigue? — Preguntó con una sonrisa, mientras le hacía señas a la Gryffindor para que entrara.
— Mejor — Comentó Hermione.
Minerva no dejaba de examinar el rostro de la castaña, buscando cualquier atisbo de malestar debido al subidón de temperatura de la noche anterior o alguna pizca de humedad en sus ojos y un tanto contenta notó que en el rostro de la chica no había nada aquello, más que pura ansiedad por partir.
— ¿Ésta segura de lo que quiere hacer? — Debía hacer aquella pregunta aunque la respuesta era más que obvia, no solo por la expresión de Hermione, sino por las maletas a su lado.
— Así es — Respondió mientras asentía frente a la mujer.
— Bien — Suspiró McGonagall tomando asiento tras su escritorio — Su tren partirá dentro de media hora — Anunció.
Aquel Expreso era propiedad del Castillo. Era el mismo Expreso de Hogwarts que cada primer día del noveno mes del año partía rumbo al Castillo con todos los alumnos que felices y nerviosos en partes iguales, iniciarían un nuevo curso. Esta vez, solo habría un pasajero en aquel viaje de retorno, solo regresaría Hermione Granger.
— Muchísimas gracias profesora. Gracias por tomarse tiempo para habla conmigo y por el permiso concedido — Agradeció la chica con los ojos chispeantes de emoción. Minerva se levantó de su asiento y se acercó a ella.
— No me agradezca con palabras Granger. Necesito que venga recompuesta — Sonrió y Hermione hizo lo mismo.
Sin más, la chica se alejó de aquella oficina, rumbo a la salida del Colegio. Cuando Hermione atravesó la Gran Puerta observó la neblina acumulada a su alrededor. El frio hizo que tiritara notoriamente. Subió la cremallera de su chaqueta por completo con manos temblorosas y continuó con su andar. Las navidades estaban a la vuelta de la esquina y el frio comenzaba a ser tempestuoso.
La Gryffindor agradeció que Hagrid, el guardabosque, estuviese esperándola en los terrenos. El gigante la ayudó con las maletas y caminó con ella hasta la estación en Hogsmeade. Ir acompañada hasta aquel lugar la ayudaría a mantenerse distraída. Mientras andaban, Hermione miró de reojo a su acompañante y pudo observar ciertas arrugas en la fuerte del gigante, sin duda, algo le preocupaba.
— ¿Te pasa algo, Hagrid?
— Mmm… No, no — Tartamudeó y Hermione le reprochó aquella mentira con una mirada fugaz — ¡Bien! — Suspiró después de unos segundos — McGonagall me dijo que estuviste en la enfermería y eso me tenía muy preocupado — Se sinceró — ¿Cómo te sientes? — Preguntó el hombre y la castaña sonrió para tranquilizarlo.
— Muy bien Hagrid. No te preocupes.
A partir de ese momento, el resto del recorrido fue tranquilo. Una vez en la estación, con una enorme sonrisa Hermione observó frente a ella un largo tren rojo que no dejaba de humear. El Gran Expreso de Hogwarts estaba frente a ella con sus puertas abiertas de par en par, puertas que ella ya quería atravesar.
— ¿Te despediste de los chicos? — Preguntó de pronto el gigante sobresaltando a Hermione. La castaña, con remordimiento, tan solo asintió — Vuelve pronto — La abrazó Hagrid con una sonrisa cuando ya las maletas de la castaña estaban en el Expreso y tan solo faltaba que ella lo ocupara para que este partiera.
— Lo haré — Aseguró Hermione mientras correspondía el abrazo. Con un gesto con la mano se despidió y al fin subió.
Una vez en el Expreso entró en uno de los compartimientos que estaban más cercanos a ella. Era la única pasajera, así que estaría tranquila en cualquiera. En silencio, se sentó en el puesto junto a la ventana y dejó que sus ojos se perdieran fijos hacia la nada. A los pocos minutos, pudo sentir el tren moverse hacia su destino, hacia la estación 9 3/4. Hermione suspiró profundamente comenzando a sentir cierta nostalgia al dejar su segundo hogar, al dejar a sus amigos. Se obligó a no pensar en aquello, tan solo continuó observando el verdor que pasaba rápidamente frente a ella, mientras el tren andaba por los carriles que lo guiarían hacía aquella estación que ella deseaba pisar de una vez. Aquel verdor, sin duda era el hermoso paisaje que adornaba ese mundo mágico que ella estaba dejando atrás.
Con todas sus fuerzas se aferraba a su deseo de no pensar, de no recordar, pero aquello era tan imposible como volver a vivir su pasado sin el Giratiempos. Aun cuando sacó uno de sus libros para distraerse, no lo conseguía. Las páginas de aquel ejemplar pasaban e imagines allí su cabeza proyectaba. Con un estruendoso golpe lo cerró y lo lazó hacia los asientos frente a ella.
Con un suspiro volvió a mirar por la ventana. Se le dificultaba observar lo que estaba allá afuera debido al empañamiento excesivo que tenia aquel vidrio. El frio no solo la hacía tiritar de vez en cuando, sino que hacía estragos con cualquier cosa que estuviese interponiéndose en su camino. Con la manga de su chaqueta limpió solo una pequeña parte de aquella vidriera para así lograr mirar atreves de ella. Volvió a suspirar cuando una imagen de la enfermería llegó a su cabeza. Pasó las manos con brusquedad por su cara tratando de olvidar, de dejar de lado lo que proyectaba su mente, pero aquello era imposible sin usar una pizca de magia. Suspiró nuevamente y ahora recordó, sin siquiera proponérselo, a una persona que la había hecho muy feliz, y al mismo tiempo, la había dañado. Imágenes de Draco Malfoy inundaron su cabeza. Aquellos, no eran cualquier recuerdo, era algo… hermoso. Su cabeza se lo pintó así. Estaban imágenes que guardaban el recuerdo de aquellos momentos en la Biblioteca; aquel en el que le pedía ayudada; aquel en el que se había detenido por primera vez a ver sus ojos, sus fracciones, sus labios. Él la había hipnotizado.
Sus ojos se humedecieron instantáneamente y no le molestó aquello. Comenzaba a acostumbrarse a aquel ardor. Simplemente, era tan difícil no recordar y aun peor era tratar de dejar de lado el dolor en su pecho. Aquel que la consumía en silencio. Sus manos estaban posadas justo allí, en su corazón, donde aquel órgano descomunal, sin permiso había abierto sus puertas a un hombre que no las merecía. A un hombre que lo había herido, en vez de valorado. Su corazón fue tan ingenuo como su propia dueña. Ambos fueron ciegos.
Había momentos, como ese, en el que sentía que el dolor en su pecho se expandía, tocando otros órganos, otras partes de su ser. Dañándola aun más. Aquel dolor, que más que un simple malestar era una presión unida a un ardor que, verdaderamente, quemaba como lo hace un dedo a fuego directo. Aquel dolor, que tenía como epicentro su pecho, la picaba a la mitad como si un filoso cuchillo la atravesara. Antes, unos pocos días atrás, aquello en su pecho, era hermoso, era… sentimiento del más sincero, del más puro atrapado en su alma.
Hoy, no dejaba de preguntarse, cómo rayos pudo enamorarse de aquel hombre, cómo aquel blondo logró abrir las puertas de su corazón, pero sobre todo, no dejaba de pensar, que el dolor de amar a alguien sin ser correspondido era verdaderamente… espantoso. Aquello dolía como nada de lo que antes había experimentado.
Con todas sus fuerzas trataba de tragarse lo que sentía por aquel rubio, trataba de olvidarlo, de dejar de lado aquel beso que había estremecido cada parte de su cuerpo, que había erizado los vellos en su piel, que se había vuelto el primero. Como le había gustado aquel roce de labios, claro… hasta que supo la verdad. Hasta que supo que en ese beso no había sentimientos, no sentimientos puros y sinceros. Intentó, nuevamente, tragarse todo aquello. Se obligó mentalmente a olvidarlo, a olvidar al Slytherin y a su nefasto beso, pero parecía ser peor aquello. Su mente jugaba con ella y se divertía haciéndole pasar malos ratos, haciéndola ver malos recuerdos. A su mente llegaba una imagen tras otra. Cada una mejor que la anterior. Estaba aquel recuerdo que mostraba sus grises ojos; en otras, sus labios; su cabello; aquel diminuto lunar en su nariz, que por la cercanía que una vez compartieron ella pudo observarle. Bendita cercanía aquella que una vez existió.
De pronto, el vagón en el que se encontraba comenzó a expedir un olor muy dulce. Era como aquel peculiar dulzor de la vainilla y unido a éste estaba el imponente olor a menta, aquel que probó en unos labios y la dejó hipnotizada. Ambos, vainilla y menta, eran la representación de ese beso que una vez existió. Sin poder evitarlo, aquello la derrumbó justo allí, en ese solitario Expreso, en ese frio vagón. Hermione se obligó a para sus sollozos, pero no podía seguir reteniéndolos en su pecho, el cual ardía sin consideración alguna. Su cabeza, su estúpida cabeza seguía burlándose de ella. Creaba jugada tras jugada dolorosa, que sin duda alguna, destrozaban aun más a su corazón ya muy herido.
— ¿Por qué? — Murmuró mirando a través de la venta — ¿Por qué a mí? — Gimoteó desde el fondo de su alma.
Hermione quería que alguien le respondiera… ¿Por qué había sido dañada ella? ¿Por qué tuvo que enamorarla, precisamente, a ella? Pero, lo que más deseaba saber, era… ¿Por qué su cabeza se había vuelto en su contra? ¡¿Por qué demonios una parte de ella la lastimaba tanto? ¿Por qué la obligaba a recordar? Miles de por qué a los cuales no encontraba repuesta, pero había otra interrogante que no la dejaba en paz… ¿Por qué su cabeza la hacía ver cosas donde no las habían? Como esa perfecta materialización del blondo frente ella ¡¿Por qué? Obviamente, el Slytherin no estaba allí, ¡No estaba en aquel vagón! Mucho menos pidiéndole perdón de rodillas, mientras sus grises ojos, aquellos en los que tiempo atrás la castaña amaba perderse, se humedecían con cada palabra. Eso era falso ¡Todo lo era! Su cabeza jugaba y ganaba proyectándole aquello. Le proyectaba mentiras que eran muy dolorosas. Mentiras que en su silencioso interior, Hermione Granger deseaba que fueran su verdad. La única verdad para ella.
— ¡¿Por qué? — Gritó y numerosas lágrimas siguieron empapando su ya humedecido rostro.
Hermione respiró profundamente varias veces, al mismo tiempo que pasaba las manos por su rostro y cabellos. Sabía que tenía la batalla perdida. Sabía, aunque le doliese reconocerlo, que su cabeza era la indiscutible ganadora; así que no pudo, ni quiso, seguir poniendo resistencia… de nada valía hacerlo. Con las manos, volvió a secar sus lágrimas y con un suspiro se reacomodó en el asiento. La castaña, a los pocos segundos, cerró los ojos y dejó que su cabeza, como indiscutible vencedora, disfrutara de aquello. Hermione Granger, ya estaba preparada para la función que su propia mente estaba a punto de propinar.
Otro suspiró salió de los labios de la chica, y las imágenes volvieron. Regresaron los recuerdos de aquel roce de labios que le supo a vainilla, unido al peculiar y refrescante olor de la menta. Perfecto, simplemente perfecto, fue aquel beso que le supo a gloria. Esta vez, Hermione Granger se permitió recordar. Era de sabios hacerlo, ya que había perdido. ¿Qué más podía hacer? Pero, lo que no esperaba y ni siquiera sospechaba era que su corazón, aquel órgano que lo creía muerto, se hubiese aleado con su cabeza. Ahora, ambos trabajaban de forma armonizada. La destruían con mayor velocidad.
— Que ingenua… — Murmuró con los ojos cerrado. Cuando recordó que ella misma se había vendido la idea de que, quizás algo de ella le había gustado al Príncipe de Slytherin.
Mientras su cabeza continuaba proyectando recuerdos e imágenes; su corazón, seguía dándole cuerda a lo que sentía. Seguía dándole alas a aquel sentimiento oprimido en su pecho. Su corazón seguía produciendo amor sin sentido hacía Draco Malfoy. En ese preciso momento recordó algo, recordó el dolor… el dolor ya no estaba, había desaparecido de su interior. Recordarlo, rememorar las cosas buenas habían disminuido el ardor y la opresión.
— Prefiero soñar… con las cosas que siento por ti — Murmuró, cuando comprendió que aquello la estaba ayudando.
La Gryffindor había vuelto a engañarse. Incontables veces había prometido olvidar, pero no lo logró, no lo lograba, ni lo haría. A Hermione Granger se le hacía imposible fingir. Ya no podía parar lo que sentía, no tenía fuerzas suficiente para siquiera ocultarlo. La castaña, se dejaba llevar por las cosas que sentía por Draco Malfoy. Ella lo amaba y eso quedó claro cuando su cabeza hurgó en sus recuerdos y seleccionó solo los más hermosos, aquellos que ella misma había atesorado. Esos recuerdos eran las huellas del blondo, los rastros que él había dejado por ahí.
Hermione se obligaba a permanece con los ojos cerrados, para de esta forma poder detener las lágrimas que pugnaban por salir, sin duda, lloraba por dentro. Los mantenía así, también, porque la realidad era cruda y la sentía en carne viva como nunca antes. No quería enfrentarla, no aun.
Varias horas después, la castaña agradeció el hecho de poder tener los pies en tierra. Agradeció poder pisar el pavimento de la estación 9 3/4. Los señores Granger, sus padres, la esperaban preocupados y entusiasmados en partes iguales, pero al verla, la inquietud que sentían se desvaneció.
Antes de bajar del Expreso había secado sus lágrimas. Se obligó a dejar de lado la tristeza y lo había logrado; supo esto, al poder dibujar una sonrisa sincera en su rostro. Aunque, el recuerdo del rubio permanecía dentro de ella, pero no era cualquiera, aquel recuerdo estaba editado. Era perfecto, tanto, que ni una pizca de tristeza sentía al verlo en su cabeza.
Ella, había seleccionado las mejores escenas y las había mantenido en su corazón, sin embargo, las que le producían dolor, las envió por un tubo de vuelta a Hogwarts. Precisamente en aquel Colegio, sus amigos estaban reunidos en el Comedor, mientras estos intentaban comer, Ginny Weasley con voz turbada les leía un pergamino; y por si fuera poco, a una cuantas mesas de ellos, estaba un peculiar Slytherin, que los miraba detenidamente con gesto perturbado. Parecía, que durante aquel día, Draco Malfoy, tampoco se iba a topar con Hermione Granger.
CONTINUARÁ…
¿Qué le preocupa a Draco Malfoy? ¿Qué hará Hermione para distraerse estando en casa? ¿Qué hará McGonagall sabiendo el nombre de aquel que se había ganado más que un roce de labios? ¿Qué harán los amigos de la castaña al leer su nota de despedida?
Interrogantes que tendrán respuestas en el siguiente capítulo de Juegos del Destino.
¡Hola chicos! Gracias por todo el apoyo *-*
El segundo capítulo se llamó Las cosas que siento por ti al igual que la canción de Diana Ángel. Los invito a escucharla, es muy nostálgica y hermosa en partes equitativas.
Nuevamente, GRACIAS, espero que este capítulo les haya gustado.
Hoy, 12 de septiembre, es mi cumpleaños *-* ya muchos de mis amigos de FanFiction me felicitaron, pero qué mejor regalo que un Reviews ¿Verdad?:$
Me gustaría saber que opinan de esta historia que recién comienza. El próximo capítulo trataré de subirlo el fin de semana.
Besos.
