Realmente nunca se había detenido a pensar a profundidad en las mujeres a su alrededor, desde que comenzó a estudiar en la academia hasta que se convirtió en un inspector, una docena y media de mujeres habían desfilado ya por su vida y cabía decir, también por su cama, pero había algo que faltaba, ese algo a lo que muchos llamaban sentido de pertenencia, la sensación de querer a alguien para sí mismo y de igual manera querer pertenecer únicamente a esa persona jamás se había hecho presente en él... hasta ese momento.
-Se lo que estás pensando- golpeó levemente la nuca de la mujer delante de él, la había estado observando atentamente y se percató del leve temblor que se producía en los hombros de la castaña mientras ella miraba con recelo y dudo a su dominator.
-Kougami-san- murmuró recuperando él equilibrio después del golpe, al comprender las palabras del más alto bajó su rostro, le era muy penoso ser casi como un libro abierto delante de ese hombre.
-por ahora concentremos nuestra atención en el caso que tenemos en frente-dijo intentando transmitirle determinación.
-si- respondió ella aún un poco pensativa, él se alejó a paso lento para adentrarse en la escena del crimen pero pudo ver de reojo que el semblante de ella decaía por breves instantes y casi automáticamente se componía y comenzaba a caminar detrás del él con la firme disposición de cumplir sus labores.
No era propio del Kougami de ese entonces preocuparse en demasía por los demás, llevaba mucho tiempo bajo el régimen de un perro de caza, los instintos dominaban a su razón la mayoría de las veces por lo que, el hecho de haber intentado animar de manera patética a la joven inspectora era desconcertante incluso para el mismo, lo cierto era que había llegado a sentirse culpable por el estado de su jefa, en aquella casería el objetivo principal había sido él en todo momento, tanto Tsunemori como Funahara no habían sido más que piezas dentro de la trampa.
- ¿Dónde está la inspectora Tsunemori?-habló con cierto grado de dificultad debido a la pérdida de sangre, jamás, hasta ese momento, había visto la muerte de manera tan cercana, por breves instantes llegó a temer por su vida, llegó a temer no poder completar su objetivo pero todo ese miedo egoísta desapareció cuando la imagen de una joven castaña llegó a su mente, entonces un miedo distinto inundó su ser... ya no estaba temiendo solo por él.
-eso quisiera saber yo, se fue corriendo, parece que perseguía a alguien- habló Masaoka intentando ocultar su propio nerviosismo -ya terminé de vendarte así que iré por la señorita- concluyó.
-y-yo también voy- hizo amago de levantarse aún con el fuerte dolor punzante de sus heridas, si la persona que se había llevado a Funahara era igual o más peligrosa que el loco de la caza al que se enfrentó entonces Tsunemori corría un gran riesgo al haber ido ella sola detrás del sospechoso.
-¡eres idiota!-replico el mayor poniéndose alerta a los movimientos del herido, le sorprendida lo imprudente que podía llegar a ser cuando algo que le generaba interés se veía involucrado.
-pero- Shinya no encontraba las palabras correctas para describir su situación, estaba desesperado, aterrado por las posibilidades de que la inspectora terminara igual que él o peor, lo último no quería ni siquiera imaginárselo.
Lo último que sintió en esa ocasión fue un terrible dolor de cabeza que lo inmovilizó por completo, no pudo escuchar las palabras del ejecutor mayor y tampoco pudo hacer nada para evitar que se fuera sin él, simplemente se quedó así, tirado en el sucio concreto, retorciéndose por el dolor y poco a poco cediendo a la inconsciencia con la imagen de la inspectora presente hasta el último momento.
Aquella noche algo se desenterró dentro de los rincones más inhóspitos de su ser, una sensación que creía haber perdido y que ahora despertaba con gran fuerza. Lo primero que llegó a su mente al despertar fue la imagen de la castaña, sus sentidos apenas estaban reaccionando cuando Ginoza le preguntó por su estado, lo primero que atino a hacer cuando acumuló las fuerzas suficientes fue preguntar por el paradero de la inspectora y aún con la negativa de Ginoza pidió ser llevado hasta ella.
-p-pude conocer a ese h-hombre- tan pronto como la mano del ejecutor hizo contacto con el inerte cuerpo de la chica el mismo pareció recobrar el sentido y como si aquel roce hubiera movido un interruptor dentro de ella las lágrimas que había estado reteniendo comenzaron a brotar.
Ver llorar a Tsunemori había sido un golpe muy duro para él, incluso más doloroso que sus heridas recién tratadas, Tsunemori era una mujer ejemplar, comprendía instintivamente de que se trataba el ser un detective, era un tipo de luz en medio de tanta obscuridad y aquella luz se vio opacada por el sufrimiento y sobraba decir que Kougami no pudo hacer más que sentirse miserable al saberse causante indirecto de las penas de la menor, fue en ese momento que se volvió consciente de que tal vez esa no sería la última ocasión en la que le causaría problemas.
-mierda- maldijo levantándose de su lugar, el cuarto que él ocupaba dentro de aquellas ruinas era uno de los más alejados de la entrada principal, si bien su habitación no estaba llena de lujos le resultaba confortable para descansar. Meneo la cabeza tratando de deshacerse de los recuerdos recientes, esa había sido solo la primera de las muchas veces que le causaba preocupaciones a la inspectora.
-vete ahora y no vuelvas a aparecer frente a nosotros de nuevo- le exigió Ginoza entregándole el arma que recogiera después de la pelea, el fugitivo lo miro sorprendido, una vez más lo ayudaba a escapar -no incrementes la carga sobre los hombros de la inspectora Tsunemori - agregó mirándolo con resentimiento y cierto grado de desdén cuando el agarró el arma. Conocía a Ginoza, lo conocía tan perfectamente que le molestaba, aun cuando había trabajado bajo el mando de el por años jamás había visto una expresión cómo la que acababa de poner.
-¿Estás bien con eso?- ambos sabían que Kougami no se refería al hecho de dejarlo ir sino más bien a las consecuencias de hacerlo, no era secreto entre ellos el gran vínculo entre la inspectora y su ex subordinado, Ginoza era de sobra consciente de lo que la ausencia del pelinegro causaba en la menor pero no consideraba sana la relación entre ellos, de alguna manera siempre era Tsunemori quien terminaba llorando y estaba harto de verla intentando ser fuerte cuando en realidad se estaba consumiendo por dentro.
-he aprendido a comprometerme- sonrío al recordar algo fuera del entendimiento de fugitivo, la promesa con su inspectora. Shinya experimento un escalofrío que le recorrió de pies a cabeza al contemplar la nueva expresión en el rostro de su amigo, por el mismo cielo que odiaba conocerlo bien en esos momentos. Todo pensamiento se vio interrumpido al sentir el puño de Nobuchika chocar contra su maltratado rostro y sin las fuerzas suficientes para soportar el golpe su cuerpo salió disparado hacía algún lugar del suelo. -ahora estamos a mano- dijo marchándose del lugar.
Suspiro con el ánimo derrotado, tal pareciera que su vida consistía en perder siempre aquello que consideraba importante, pero esa vez todo había rebasado la línea. Sus planes no habían salido según lo previsto, el dictador Han estaba por ser reelecto y probablemente los integrantes de la guerrilla y el perderían sus vidas si no se movilizaban a tiempo pero se encontraba ahí, recordando a la inspectora y lamentándose por haberla abandonado nuevamente. Ginoza era buen hombre a pesar de lo que pudiera llegar a aparentar, sin embargo no concebía la idea de que ocupara su lugar en la vida de la castaña, realmente no quería que nadie más lo hiciera.
Hace mucho tiempo que no se detenía a pensar en el paso de las mujeres por su vida, hasta que la conoció, aquella mujer castaña cuyo rostro era la más clara respuesta de una plegaria al cielo, fuerte, audaz, sincera, tierna, gentil, humilde, inteligente y un millón más de cualidades que la describían, no supo en que momento paso a formar parte de sus prioridades, desde que instante la seguridad de ella se había vuelto prioritaria y solo pudo notarlo cuando creyó que la perdería, cuando de manera tan imprudente se aferró al camión en movimiento que conducía Shougo, fue consciente de que, hasta antes de que el albino amenazara la vida de la chica, había aceptado la posibilidad de no matar a aquel hombre y colaborar plenamente con su jefa.
-Akane…- murmuro a la soledad de su habitación, tan solo unos días antes aquel mismo lugar se le había hecho pequeño al tener que compartirlo con Tsunemori, y ahora que ella no estaba se le hacía un espacio muy amplio y frio, ella ya no estaba para llenar los vacíos de su vida.
Por qué después de tanto tiempo lo entendía, había vivido en carne propia la necesidad ardiente de pertenecer a Tsunemori, de protegerla, cuidarla y mantenerla alejada de todo aquel pudiera provocarle algún daño, el tan aclamado sentido de pertenencia se había instalado en él y lo había hecho llegar a una conclusión inamovible, no importaba que no estuvieran cerca, el solo seria de ella, pasara lo que pasara, su mente, alma y primer amor siempre pertenecerían a Tsunemori Akane, aun si cuando volvieran a verse ella no le correspondiera.
