Lo llaman eternidad.

Parte 2.

Ciel no lo hace de forma intencionada (o al menos eso desearía pensar…), sino como un movimiento involuntario.

Grell Sutcliff es la única persona viva que hubiera esperado no encontrar en ese lugar. El trabajo no es algo que se relacione demasiado bien con el Shinigami pelirrojo, pero Ciel supone que William debe ser un jefe bastante severo. Les saluda (o más bien le saluda) con especial ilusión y Ciel siente que podría arrancarle uno a uno todos los miembros de su cuerpo. Le molesta su sonrisa, su manera de hablar y su tono de voz. Le molesta incluso la forma en la que ha reconocido a Sebastian (no, a Damien) incluso si ya no mantiene su apariencia física anterior.

Obviamente, Sebastian puede ver perfectamente la manera en que la motosierra se dirige hacia su pecho, pero está demasiado ocupado intentando proteger a Sarah de todos los cadáveres que se han levantado en el suelo santo de Notre Dame; así que Ciel lo hace casi sin pensar. Se acerca a Grell con rapidez y le perfora el abdomen con su mano derecha. La herida es profunda y hay muchísima sangre, pero a Ciel le hubiese gustado que lo fuera aún más porque sabe que un Shinigami puede recuperarse fácilmente de una herida así. Ciel se aleja todo lo rápido que puede al notar el cambio de sentido en el arma del Shinigami. La motosierra va a atravesarle el pecho en unos segundos y todo porque no ha sido lo suficientemente ágil (mentira, se dice a sí mismo. Va a matarme por protegerle, y ni siquiera sé por qué lo he hecho).

—Espera un momento… —Grell detiene su movimiento de improvisto—. ¡Tú eres ese mocoso! Cómo se llamaba… ¡Ciel Phantomhive!

Grell empieza a reír, y por primera vez en casi dos vidas, Ciel nota como se le acelera el corazón.

—Vaya, vaya… cómo han cambiado las cosas… Antes era él quien te protegía a ti.

—No sé de qué me hablas —miente—. No sé quién es Ciel Phantomhive.

—Dime, ¿cómo lo hiciste? Pensé que habías muerto. Todos lo pensamos cuando Sebastian repartió esas tarjetas. —Grell se apoya en el arma y se pasa uno de los mechones de pelo rojo tras la oreja, demostrando lo poco que le importaba que más de cien cadáveres putrefactos se encontraran atacando a media ciudad—. Tuvo que ver con ese otro conde, ¿verdad? Dudo que Sebastian hubiera renunciado a tu alma así porque sí.

Ciel guarda silencio durante un segundo. Piensa en cada una de las mentiras que podría contarle, pero ninguna de ellas parece ser suficientemente buena como para que se la crea.

—Tu silencio lo dice todo. —Grell sonríe de forma sádica y se acomoda las gafas sobre la nariz—. Pobre Sebastian, debe ser una tortura para él.

Sí, debe serlo, es todo lo que piensa cuando Grell se da media vuelta. Al parecer ha perdido interés en él debido a la cercanía del otro demonio. Al apartar la mirada del Shinigami, ve los ojos de Sarah clavados en él. Es demasiado inteligente como para que no haya prestado atención a la conversación.


—¿Quién es Ciel Phantomhive? —Pregunta Sarah dos noches más tarde, mientras degusta trozos de pato a la naranja.

Nota como Sebastian se tensa a su lado. Es casi imperceptible para alguien que no tenga los sentidos de un demonio, así que Ciel duda mucho que Sarah se haya percatado de ello.

—¿Debería saberlo, mi señora? —responde Sebastian con una sonrisa.

—No te lo preguntaba a ti, Damien, sino a Marceu. —Sarah aparta su atención del plato y mira directamente a los ojos de Ciel.

Ciel se alegra de que Sarah, pese a ser inteligente, no fuese tan lista como él en su antigua vida y no hubiese ordenado previamente nunca mentirle.

—No tengo ni idea, madame.

—¿De verdad te piensas que soy tan estúpida? Te oí hablando con ese hombre.

—Me temo que debió confundirse, no conozco a ningún Ciel Phantomhive. —Ciel no especifica quién es el que se ha confundido, si Grell por pensar que era Ciel, o Sarah por creer haber escuchado aquel nombre. Miente descaradamente y siente a Sebastian sonreír a su lado debido al atrevimiento.

Sarah abre los ojos de par en par. Sebastian puede notar la indignación en cada poro de la piel de la muchacha, y por un momento siente la tentación de reír en voz alta.

—Largo de aquí —Susurra—. ¡Largo!

Ciel desaparece a través del pasillo sin decir palabra alguna.


—Ha sido afortunado de que no le haya ordenado decir la verdad —Sebastian seca con un trapo parte de la cubertería y vuelve su atención a Ciel. Su aspecto físico ha cambiado, ahora es el mismo Conde Phantomhive al que había servido años atrás. El pelo castaño y los ojos verdes han desaparecido; vuelve a ser menudo y pequeño, tal y como si no hubiese envejecido ni un solo día en los veinticinco años que han transcurrido. Es extraño verlo de esa manera, tan idéntico al antiguo Ciel pero tan diferente al mismo tiempo.

—No es tan inteligente como crees. —El azul en sus ojos desaparece y da lugar a un rojo intenso que Sebastian duda que pudiese odiar más.

—Al contrario, mi señor, esa chica es increíblemente inteligente, mucho más de lo que usted piensa.

Tras eso es como si Sarah lo hubiese desterrado de su círculo de confianza. Le ordena no estar presente ante ella la mayoría de las horas del día. Ha aprendido lo suficiente en cinco años como para decidir que es hora de prescindir de Marceu; Sarah sabe comportarse en sociedad, sabe matemáticas, latín, inglés e incluso tocar el piano. Marceu ya no es necesario, Damien por otra parte, lo sigue siendo.

Sebastian frunce el ceño cuando siente a Sarah llamarle. Ciel se esconde tras los pasillos, tal y como si de humo se tratara, observando a Sebastian entrar en la habitación una y otra vez a cada día que pasa.

—La odio —dice un día. Ciel se encuentra acariciando uno de los muchos gatos a los que Sebastian alimenta, y debía aceptarlo, era… relajante. En otra vida hubiera estornudado, hubiese sentido como sus pulmones se cerraban y le faltaba el aire. Ahora ya no hay nada de eso, tan solo el suave pelaje del animal y el ronroneo que emite.

—Nunca esperé encontrarle así. —Ciel gira la cabeza con rapidez y ve la figura de Sebastian a pocos metros. Rara vez le pillaba desprevenido en esos días, pero siempre había excepciones.

—No tengo nada mejor que hacer. —Vuelve la mirada al gato una vez más y este maúlla cuando le acaricia detrás de las orejas—. Ella parece estar muy contenta siendo atendida por ti.

—Ciel… —Sebastian suspira y el joven demonio abre los ojos de par en par.

—¿Cuándo te ha sido permitido llamarme por mi nombre? —pregunta con indignación.

—Cuando me di cuenta de que usted y yo somos iguales —le responde sin duda alguna—, desde que ya no da órdenes.

—Podría ordenarte ahora mismo que dejaras de hacerlo.

—Pero por alguna extraña razón que desconozco, no lo hará.

Ciel le lanza una mirada llena de odio y escucha en un rincón alejado de su mente como Sarah llama a Sebastian por ese horrible nombre que no es el suyo.

—Nuestra ama te llama —dice Ciel, dejando caer al gato y abandonando el lugar con pasos rápidos.


La odia. La odia tanto que cree que es imposible odiarla incluso más al escuchar los gemidos a través de los pasillos. Desea matarla con sus propias manos, atravesar su pecho de forma lenta y apretar el corazón aún latiente en su puño, arrancarlo y dárselo de comer a los gusanos.

—Es asqueroso —susurra Ciel al observar a Sebastian cerrar la puerta de la habitación de forma cuidadosa. Ciel le espera entre las sombras, tal y como lleva haciendo meses.

—Es algo muy normal en un contratista. Se sienten vinculados al demonio con el que pactan, y las relaciones sexuales es una forma muy común de demostrarlo.

—Yo nunca lo hice y dudo que lo hubiese hecho nunca —responde Ciel con odio.

—Eso es porque usted nunca ha sido común. —Observa a Sebastian sonreír y podría jurar que le odia incluso más que a ella.

—¿Qué harías si te ordenara matarla? —Ciel se apoya en una de las columnas de piedra de la mansión y observa cuidadosamente la expresión del demonio.

—Lo haría —le confiesa sin vacilación—, rompería el contrato al asesinarla, y entonces estos siete años habrían sido en vano. ¿Eso le haría feliz?

Ciel frunce el ceño y siente como se le forma un nudo en la garganta.

—Dudo que ya nada me haga feliz, Sebastian.


Sarah muere el 4 de enero de 1920 de una neumonía, y Ciel debería sentirse la persona más miserable del planeta por sentir felicidad. Sin embargo, no lo hace.

—Se acabó —dice Ciel, permitiéndose aparecer junto a la cama de su antigua ama por primera vez en dos años.

Sebastian acerca sus labios a los de la chica e inhala profundamente. Ciel nota como el alma abandona la fría cáscara mortal y se deposita en la boca del demonio. Es etérea, completamente blanca y pura, pero huele increíblemente bien.

Ciel se acerca a Sebastian y este inclina su boca hacia la suya. No se tocan, para fortuna de Ciel, tan solo permanecen en esa postura un tiempo, hasta que el joven demonio siente el placer característico que otorga el paso de un alma pura a través de su garganta. La felicidad le embarga, sonríe y siente que todo ha valido la pena. Finalmente, se aleja de Sebastian y pone distancia entre ellos una vez más.

—Esta vez tampoco se despedirá, ¿no es así, Joven Amo?

Ciel sonríe y donde antes estaba él, ahora solo hay humo.


Aquí termina la segunda parte! Espero que os esté gustando la historia :)

¡Estoy deseando leer vuestros reviews!