Dorado.
Es dorado el color que inunda el cuarto, mientras ella y él se funden en lo mismo, en un único ser. Ella lo aprieta contra sí, lo obliga a pegarse a ella; él se entrega como, se supone, ningún hombre lo ha hecho jamás.
Al borde de la cúspide, a punto de rozarla y gritar por su causa, el dorado parece transportarla a un lugar completamente diferente, un lugar que no es ese cuarto, que no es ese tiempo, que no es ese hombre.
Una lágrima se desliza, trágica, por su mejilla.
El recuerdo le desfigura, de ahí en más, la realidad.
QUÍMICA
—una cuestión de piel—
II
Llegó de Paoz a las siete de la mañana. Entró volando por la ventana, la cerró y bajó la persiana lo más posible, a fin de evitar el insoportable sol matinal. Se desvistió en la penumbra, y trayendo puesta sólo la ropa interior se metió bajo las sábanas. Se puso boca abajo e intentó dormir; nada. Un algo sin forma estaba adherido a sus emociones y no lograba, por más que lo intentara, evadirlo. Intentó pensar en la chica que había besado contra la pared en la discoteca. ¿Era rubia o castaña? Cuando logró recordar que era pelirroja y muy bonita creyó olvidar al fin. Y no, no lo hizo. Rememoró las manos de la chica, la respiración contra su cuello mientras él ponía en acción la curiosidad adolescente de sus manos. Suspiró al evocar la placentera sensación de besar a una mujer, rodeado de oscuridad, ruido, humo y juventud; al sentir la música ahogando los gemidos que provocaba en ella con sus caricias.
Ni la excitación que tal recuerdo le transmitió pudo borrar la preocupación que experimentaba.
Había dejado el celular justo encima de la mesa de luz, bien cerca de él. Buscó auriculares tanteando en el desorden de la superficie de la mesa, esquivando un sinfín de tonterías, y cuando dio con ellos, los enchufó al móvil, se los colocó y miró, en la oscuridad, la pantalla. Apretó el modo aleatorio y una estridente música punk rock lo transportó a otra realidad. Escuchó música minutos enteros, más de una hora inclusive. Cantaba sin emitir sonido, mirando la persiana que, por las rendijas, le hacía llegar líneas de sol en pleno fulgor. Siguió las líneas hasta las paredes, hasta su cuerpo tumbado en la cama, mientras sonaba la discografía completa de la banda de moda y él cantaba las canciones con la mente vacía, sin pensar, sin nada más que esforzarse sobrehumanamente en bloquear la preocupación, en no hacerle lugar, en evitarla y no evocarla nunca más.
—Videl…
Detuvo la música.
Nunca la había visto así. Temblorosa, no le sostenía la mirada. Parecía devastada, al borde del llanto, a punto de estallar por una suerte de desesperación. Parecía cualquier cosa, menos ella. Ella, que siempre era de tan marcada forma, que tenía una personalidad tan avasallante, que sabía gritar y quejarse, pero también preocuparse, emocionarse, sentir a aquello que la rodeaba.
Ella, a la que él tanto…
Levantó el celular, que hasta ese momento descansaba sobre su pecho. Cambió la lista de canciones y puso una en particular, de una lúgubre banda de rock que sólo de tanto en tanto, cuando tenía cierta clase de humor, escuchaba. A sus diecinueve años, Trunks era lo que podía denominarse un chico «normal»: tenía gustos normales, hacía cosas normales, se encaprichaba y sufría y se alegraba por cosas normales. Pero, como todos lo tenemos, él tenía un lunar que lo volvía peculiar.
Ella.
—Para qué… —cantó al ritmo de la canción. Sus dedos, encima de su estómago, marcaban el compás al golpear su propia piel—, para qué mierda fui…
Se había prometido, hacía años, ir lo menos posible a Paoz. Porque lo que le ocurría cuando iba allí no era «normal». Lejos estaba él de entender que el concepto de «normalidad», bastardeado por el mundo, no era algo que cualquier persona pudiera alcanzar. Ninguna, de hecho. Siempre hay lunares; él, en el fondo, lo sabía.
Pero aún no era lo suficientemente maduro como para entenderlo.
Pronto, sin embargo…
La canción terminó. Trunks se obligó a no pensar más. No obstante, pensó. No sólo pensó; decidió. Si no hacía lo que creía correcto, «normal», no podría sacar a Videl de su mente.
Al día siguiente, nada se había movido de su lugar. Gohan le dio un beso suave en los labios, la saludó con cariño, lo hizo y se volcó a sus obligaciones. No sólo trabajaba, sino que además continuaba estudiando. Ahora iba por una nueva maestría, una de tantas. Merecía todos los buenos resultados que obtenía, pues Gohan era una persona admirable por su inmensa dedicación al estudio. Era impresionante. Videl bien sabía cuánto se esforzaba y con cuánta pasión lo hacía.
«Pasión», esa palabra que tan ajena sentía.
Pan se había ido con su abuelo paterno a entrenar, como de costumbre; el silencio empujaba a rememorar. Se dedicó a limpiar, acordándose mientras lo hacía de cuando peleaba con delincuentes para limpiar las peligrosas calles de Satán City. Pensó, entonces, en El Gran Saiyaman Nro. 1 y Nro. 2. Recordó, dejando caer la aspiradora de mano al suelo, cuando Gohan y ella practicaban aquellas ridículas coreografías y, agitados, interrumpían la práctica con besos y después con pasión. Pasión, lo que parecían haber perdido, la que tanto habían conocido en la juventud. Pasión por lo que sentían por el otro y por el altruismo, por la vida, por la paz y el amor.
Qué idealistas habían sido alguna vez.
Videl recogió la aspiradora, la vació, la guardó. Salió de la casa sin rumbo preestablecido, necesitando, ante todo, escapar. Esa casa era como un embudo que la succionaba y le quitaba toda la energía vital. ¿Por qué no sentía voluntad de nada, ni siquiera de renacer, como un fénix, de sus cenizas? Darle significancia a su vida, recuperar su esencia, pensar por lo menos un poco en sí misma. Apasionarse. Salir de la rutina en pos de hallarse. No sabía para dónde disparar: estaba a oscuras ante un muro donde no había ninguna puerta. Ninguna.
¿Qué hacer?
Frenada en medio de la nada, bajo el sol de plena tarde, resignada, se encaminó por fin a la casa de sus suegros. Si bien Chichi era una persona de gran carácter con la que de tanto en tanto era sencillo chocar, era también una mujer inmensa, admirable. Quizá, si obviaba los temas con Gohan, si disfrazaba sus sentimientos y le pedía un consejo…
—¡Videl, justo iba a llamarte! Hice café y unas galletas. ¿Por qué no vienes? Trunks vino a visitar a Goten.
Trunks, de nuevo.
Videl se dejó llevar por Chichi a la cocina sin querer ver al amigo de su joven cuñado, avergonzada por lo sucedido a la madrugada. Al verse, tanto él como ella se encogieron de hombros.
—Hola, Trunks.
—Hola, Videl.
A un lado de su mejor amigo, Goten, visiblemente dormido, tomaba de a ínfimos sorbos un café cortado. Ojeroso, denotaba la evidente resaca. Videl tomó asiento ante ellos. Luego de que Chichi le sirviera una taza, se dedicó a observar, abstraída en desordenadas elucubraciones, a los amigos. Goten simulaba sentirse bien ante su madre, pero los chistes maliciosos de Trunks, burlándose metafóricamente de su estado, atragantaban al hermano de Gohan, que nervioso intentaba silenciarlo. Trunks se reía como loco. Menos cuando, accidentalmente, la miraba a ella.
¿Por qué Trunks parecía triste al contemplarla?
Videl no emitió palabra, ni siquiera con Chichi. El ánimo de pedirle un consejo a su suegra se le fue al diablo en minutos. Trunks continuaba fastidiando a Goten y la vida parecía más básica que nunca. Qué fácil parecía reír, disfrutar, relajarse; qué difícil empresa aquella, cuando es un nudo lo que provoca dolor en nuestro pecho, por las venas enredadas por todo cuanto existe, cada problema menor, mediano o grande. Qué difícil luchar cuando no hay fuerzas. Qué fácil extirpar la mente, alma y corazón en pos de la auto-anulación.
Ella sentía, aún, el ardor de dolor en el pecho. La angustia le latía en carne viva. ¿Pero por qué Trunks, el relajado Trunks, el joven y feliz Trunks, se tildaba al cruzarle la mirada?
—¿Por qué lo hacías? —le preguntará pronto, sintiendo el resbalar de los dientes por su espalda.
—¿No es obvio?
Ella no lo sabía aún, pero Trunks luchaba, al mirarla, consigo mismo. Desde hacía años que ella, para él, no era una más. Quizá, si lo analizaba en detalle, jamás lo había sido. Videl siempre había simbolizado todo lo sensual y prohibido de su persona, porque ella siempre le había gustado, porque él siempre se había sentido obnubilado por ella, porque Videl había sido, en su pre-adolescencia, la primera mujer en resaltar.
El amor platónico, eso era y sería Videl para Trunks.
La mujer del hermano de su mejor amigo; eso era, por desgracia, también.
Lo que había decidido Trunks era volver a Paoz. No era algo que hubiera hecho en una situación normal, no era alguien que se desesperara hasta el punto de no dormir por la incertidumbre de ver en un estado anormal a una persona, pero era Videl. La había visto muy mal, muy fuera de sí, muy apagada. Videl, que siempre irradiaba energía, actitud y vida. Videl, que no encajaba con aquel espectro con el que se había encontrado hacía unas horas.
No lo soportaba.
Quería indagar; no lo haría. ¿Quién era él para hacerlo sino un conocido, uno más entre todas las caras familiares que Videl tenía a su disposición?
No era nadie.
Apretando la taza, los nervios acudieron. ¡¿Para qué había ido?! Se martirizó un momento: ¿para qué, si siempre es lo mismo? Termino igual: devastado por no tener ningún derecho a nada, más que a mirarla, a mirarla y nada más, jamás. ¿Para qué vengo, si termino desesperándome por tenerla enfrente, si no resisto mirarla, si me fascina hasta el punto donde siento que perderé el control? Para qué, para qué mierda vine, carajo.
Saludó a Goten y se dispuso a irse, incómodo como cada vez que iba a Paoz, el lugar que más esquivaba en todo el planeta Tierra desde que su fascinación por Videl había rebalsado todo límite moral y ético. Videl, que no soportaba preocupar a las personas, que no quería que nadie jamás pensara que algo le ocurría, que era más débil que fuerte desde hacía tiempo, se puso de pie.
—Te acompaño afuera. Voy para aquí al lado.
Una mirada más, y él tembló, odiándose, por tener tal fijación por ella. Videl, por su parte, se empecinó en alejar toda duda de él, creyendo que era la escena de la madrugada el motivo que tenía para tildarse al contemplarla. ¡Nadie debía ver las fisuras que su alma ostentaba! Ante todo, el orgullo: nadie debía ver lo que ella tanto deseaba ocultar. Afuera, caminaron lentamente hacia la puerta de la casa de al lado. Ante la cerca, como a la madrugada, frenaron. Videl la abrió, tanto a la cerca como a su boca, mas no a la honestidad brutal de los sentires que rebalsaban su corazón:
—Siento mucho lo de anoche —dijo. Sonrió al notar que su tono no delataba nada—. No quise preocuparte. Tenía sueño, no estaba muy en mis cabales. Acababa de volver de una salida con Gohan y…
Él luchó con su propio ser. No lo digas, no lo hagas notar, no le hagas saber que si hay una mujer en el mundo que será tu eterna cuenta pendiente, esa es ella. No permitas que ella sepa que cada vez que la tienes cerca la piel se te eriza y ella se te redondea, se te embellece, se te vuelve la mujer más atractiva, atrayente. No dejes que ella lo sepa, que ahora, mientras la tienes al frente, notas cada curva de su cuerpo y te pierdes en una perpetua fantasía que, por ser ella la mujer de un amigo, jamás en la vida podrás cumplir.
No te delates, Trunks. Videl nunca lo tiene que saber.
—Está bien —susurró él, sus ojos en el piso—. Es que me pareció raro… Tú siempre estás tan…
—Bella…
—… Tan llena de energía…
Maldito clavo que te incrustas hasta el límite en mí; el susurro del dolor de Videl volcó por completo su convicción. Quería hablar, decirle que estaba marchitándose, que necesitaba pasión, gritos y locura para surgir de las cenizas de la cotidianeidad y la rutina; no lo hizo. El tono ya no saldría de su boca con normalidad. Ya no podía disimular.
—Estaba cansada, nada más.
Entonces él, necesitado de mirarla porque algo no le cuadraba, le fijó los ojos. Contra el azul, el celeste se tornó más pálido. Se convirtió en el blanco de la nieve. Videl algo ocultaba y él pudo notarlo. Encaprichado, porque él siempre había sido, ante todo, un muchacho caprichoso, dijo justo lo que sintió:
—Algo te pasa. —Ante la impresión de ella, él tomó más valor. Ella siempre inspiraría convicción y vigor en él—. Te veías muy angustiada. Y sigues viéndote así. —Después, escondió su mirada, incapaz de sostener por más tiempo a semejante mujer. Cerrados sus ojos, suspiró; la culpa por ser tan endemoniadamente entrometido lo tapó—. Perdón, me pasé. Sólo espero que, si es algo malo, se solucione pronto.
Videl contuvo las lágrimas. ¿Cómo era posible que ese muchacho notara tanto con tan poco? ¿Por qué era Trunks y no Gohan quien notaba su angustia latente?
¿Por qué no era su marido quien se mostraba tan preocupado por ella?
Al verlo tan aniñado ante ella, tan distinto al Trunks que fastidiaba a Goten en la mesa, Videl recordó que ese muchacho era aquel niño de hacía diez años, el niño que, cuando el héroe Tapion había salido de la caja de música, se había hecho cargo de él personalmente. Comida, apoyo, conversación, después incluso asilo, amistad, hermandad. Trunks era un ser con empatía. Era un ser capacitado para recibir lo que ella necesitaba, mas no se permitía, expulsar de su alma.
Sollozó. Trunks levantó el rostro hacia ella.
—¡No! No llores. —La sujetó de los hombros, desesperado—. Videl, lo siento… No quise…
—Me siento mal y me odio por sentirme mal —dijo ella, envuelta en un llanto trabado, contenido, involuntario—. Soy una adulta pero me angustio por tonterías y me odio por ello… ¡No soporto ser tan idiota! Yo no soy así…
—Videl…
Decidido, sujetó una mano de ella. Se miraron al mismo tiempo que sus pieles se unieron, quizá por primera vez. ¿Se habían tocado así en alguna oportunidad? Les pareció que no por el fenómeno que, al tocarse, se produjo en los dos: el mundo pareció revolucionárseles. Un calor excesivo los domó, una atracción natural al otro cuerpo les nació. Trunks sintió que su cuerpo entero se encendía, que su piel era más suave y sensible por el simple hecho de estar en contacto con la de ella. Videl, aunque no lo comprendió en ese momento sino mucho después, sintió exactamente lo mismo. La piel de Trunks y la de ella, pegadas, produjeron maravillosas, aunque peligrosas, chispas.
Videl intentó zafarse; Trunks no lo permitió.
—Confía en mí. No diré nada, soy una tumba. ¡Confía en mí, en serio! No me gusta verte… así.
En un suave ademán, ella se soltó.
—Eres muy buen muchacho, Trunks. Gracias…
Las frases, al ser proferidas, denotaron la falta de aliento en los dos. Una falta calcada. El tacto les había significado la misma clase de revolución. Íntimamente, más por sentirlo que por pensarlo en total racionalidad, desearon tocarse, de nuevo.
¿Por qué?
—Si quieres hablar puedes confiar en mí —insistió Trunks, testarudo como él solo.
—No es necesario que te preocupes por mí.
Estaba dicho. Videl acababa de rechazar su ayuda. Y estaba bien. Trunks no tenía derecho alguno con ella, se recordó, porque ella no era nadie más que la cuñada de su mejor amigo. Sólo eso. Era hora de aceptar los hechos como lo que eran: la realidad. Videl era la mujer de otro y ese otro era Gohan. Todo sentir que le dedicaba desde muchachito no era más que eso, un sentir, unos cuantos sentires; un montón de tendencias injustificadas que lo empujaban obscenamente, así como amorosamente, hacia ella. ¡Basta! Era hora de olvidarlo. Si ella no quería su ayuda, si ella no quería aceptar lo que él le ofrecía por todo cuanto sentía por ella, entonces no iba a molestarla más. ¡Basta, basta, basta! Pensó en un segundo una verdadera sobredosis de contradicciones, lo atacaron una absurda cantidad de deseos. Era un animal y era un corazón, cubierto por llamas, por las llamas que ella bien sabía prender en él sin esfuerzo alguno. Suspiró pasado el lapso de anhelos y confusión.
—Bueno, me voy. Hasta luego.
Trunks se fue corriendo y después volando, un calco de la madrugada. Videl ni siquiera llegó a devolverle el saludo. Petrificada en la puerta de su hogar, observó enfáticamente el cielo: ¿era impresión suya, o Trunks se había ido denotando cierto atisbo de molestia? ¿Acaso por rechazarlo lo había ofendido?
¿Qué había sido ese chispazo al tocarlo?
Videl ni lo pensó: cuando quiso darse cuenta, observaba sin comprensión su mano. Rio ante el absurdo. ¿Mirar su mano, chispazos? Tonterías. Se sintió una loca, y sintiéndose así por toda la angustia que estaba experimentando por los problemas con Gohan no le dio a Trunks la importancia que le daría en el futuro.
Aún no era tiempo de arrepentimientos.
—Todavía no había caído. ¡Estaba a tiempo de no cometer este maldito error…! ¡PORQUE TODO ESTO HA SIDO UN ERROR, TRUNKS! —le dirá al borde del final.
Pasó la semana. Gohan era tan tierno como siempre, tan atento, tan adorable. Pero insuficiente. Continuaba habiendo, entre un cuerpo y el otro, la misma separación. Era una brecha, un algo intangible que oponía resistencia entre uno y otro. Los gestos eran dulces mas la esencia se había disuelto.
Ya no funcionaba. No había más química entre los dos.
Videl se ocupó de sus obligaciones como cada día, algunas sin sentirlas, otras sintiéndolas en total intensidad. Pan, su pequeña, fue la única en lograr sacarle una sonrisa. Lo demás, como el té por la tarde junto a su suegra, la cena en familia, la limpieza, los quehaceres; no sintió nada más que a Pan, que a la niña con carita de ángel que todo lo iluminaba con su mera existencia. Por lo restante, estaba harta, tanto que se creía capaz de explotar en cualquier momento. ¡Era por demás desesperante! Estaba al borde del colapso, más aún por la noche, cuando llegaba la hora de dormir y Gohan y ella yacían en la cama. Gohan le daba un casto beso en la frente, una caricia en la mejilla y se dormía. Y ella lloraba sin emitir sonido por interminables minutos.
¿Por qué Gohan no se daba cuenta? ¡¿Por qué no estaba tan destruido como ella?! Jamás se había sentido tan devastadoramente sola.
Durante la semana, casi no pensó en Trunks. El chispazo era cosa del pasado, un algo absurdo que olvidó bien rápido. Sin embargo, él se mantuvo cerca. Ella nunca se enteró, pero Trunks había ido cada día a visitar a Goten. Había rondado por su casa, se había paralizado delante de su puerta, con el brazo levantado, listo para golpear, la cerca abierta detrás de él. Pero no. Trunks la había espiado desde la ventana de Goten, la había visto en la terraza colgando la ropa, en el jardín arreglando las flores, en medio del verde atisbando el cielo con ese gesto tan impropio en ella. Y las lágrimas de Videl seguían húmedas en sus recuerdos. Sentía que debía ayudarla, que ella necesitaba de alguien y que, por algún motivo, nadie estaba a su lado. ¿Por qué?
¿Dónde estaba Gohan en un momento así?
Un día, Trunks no pudo soportarlo más.
El viernes por la tarde, el velo de monotonía que envolvía la vida de Videl cayó. Alguien golpeó la puerta de su hogar. Ella, sola en la casa por el trabajo de Gohan y el entrenamiento de Pan, atendió.
—¡Vi-Videl! Siento mucho molestarte. ¿De casualidad has visto a Goten? No hay nadie aquí junto. Golpeé mil veces la puerta y nada.
Trunks, que ya no soportaba atisbarla a la distancia y quedarse cruzado de brazos ante la angustia, pronunció esas palabras de pie ante ella, derechito, con una mano en la nuca y las mejillas sonrojadas. Sin contacto visual. Videl recordó lo que Chichi le había dicho hacía una hora. Lo dijo con una voz inexpresiva:
—Fueron al pueblo del sur, de compras. Goten fue con su mamá.
Trunks bien sabía que Goten había ido con su madre; su mejor amigo le había avisado por mensaje de texto que se atrasaría, que iría más tarde para la Capital, listo para romper la noche con juventud y desenfado. ¡Espérame allá, Trunks! Acá en casa me aburro, Internet anda mal. ¡Mejor nos vemos allá y jugamos a los videojuegos en tu plasma! Pero la excusa era imposible de soltar: necesitaba ver a Videl de nuevo. ¡Ya no podía contenerse! Se sentía más encaprichado que nunca con aquella que jamás podría tener; estaba obsesionado con la anormalidad. Sobre todo, estaba prendido fuego. El chispazo era algo que él no podía dejar atrás: la necesitaba. Y necesitaba, también, ayudarla, verla sonreír, verla brillar como toda la vida. Quería ver la esencia de Videl tan prendida como él se sentía.
Aunque no fuera por su existencia.
—Ah… Bueno, entonces me voy, supongo…
Por un instante, él se remordió la conciencia. ¿Para qué iba, para qué se preocupaba, para qué se volvía loco por una mujer mayor e inalcanzable? ¿Por qué no podía dejar de pensar en ella y mirar hacia otras partes? ¿Por qué se empeñaba en bajar del altar al amor platónico, si era eso, platónico, así y no posible, tangible? Al segundo, sin embargo, se llenó de vital convicción: si está triste y sola, si nadie la está acompañando, entonces yo estaré aquí para ella. Qué adolescente era, cuánto se reprocharía a sí mismo algún día, pero para aprender lecciones de vida hay que vivir. Si él no vivía lo que pronto sucedería no podría madurar como era debido. Tenía que ser tozudo y plantarse allí, ante Videl, y cuidarla justo como ella lo merecía. Eso era lo que el sentir que sólo a ella le dedicaba le exigía: cuídala. Cuídala y hazle saber que estás aquí, que no está sola, que no tiene por qué mirar el cielo en soledad.
Videl, mientras él se volvía loco con afirmaciones y negaciones, lo vio de repente cabizbajo, endemoniadamente aniñado. ¿El simple hecho de no encontrar a Goten había trazado en torno a él tan notoria aura de tristeza? Videl no vio en ese muchacho al Trunks que conocía. El pinchazo de las manos entrelazadas se cruzó apenas por su mente; más bien, se sintió. Por supuesto, y ahora era bien consciente de ello, era mentira aquello de que lo había olvidado. Su piel se erizó a la vez que su empatía sentía necesidad de preocuparse por él.
En algunas cosas, eran tal para cual.
—¿Quieres… pasar? Haré café. Puedes esperar a Goten aquí si quieres, Trunks.
Se miraron. Trunks se sonrojó. Videl, al notarlo, no pudo evitar impresionarse. No: ya no era normal lo que sucedía: él no reaccionaba así por cualquier cosa. Trunks sacudió la cabeza. Le sonrió.
—Gracias.
Llenos de dudas, de convicción, de miedo, de confusión, entraron en la casa. Aún no lo sabían. Ni ella, que sólo tenía corazón para sentir la angustia del marchitar de su matrimonio; ni él, que ansiaba lo que jamás podría tener desde hacía demasiado tiempo. No lo sabían, pero desde ese punto en adelante ya no habría marcha atrás.
~Continuará
Nota final II
¡Gracias, gracias, gracias por leer! ¡El fic tuvo muchas visitas! ¡Tuvo muchos más comentarios de lo que pensaba! ¡Estoy gratamente sorprendida y muy feliz! Mil gracias por leer, gente. Quiero agradecerle especialmente a Kawaii Destruction por sus enriquecedoras observaciones. ¡Me vienen más que bien, muchísimas gracias por hacerlas! Haré todo por mejorar. Mil gracias, emperatriz. n.n También gracias a il mio amore Kattie por aguantarme cuando me pongo densa con Trunks y Videl, así como a Michiru por siempre incentivarme a mejorar. ¡Tan lindas!
Muchísimas gracias por sus reviews a Dev, CarXx, Loregar, NebilimK, KawaiiDestruction, CcYBriefs, Dalara, MBriefs, Akadiane, TourquoiseMoon, Kikky y Mikamitta666. ¡GRACIAS POR DARSE UN MOMENTO PARA COMENTAR! Y Skipper1, MIL MILLONES DE GRACIAS, me halagó muchísimo tu comentario, ¡te lo agradezco con el alma!
Sin más, me despido. ¡Hasta la próxima! Nos leemos. =)
Dragon Ball © Akira Toriyama
