El precio del amor
Queenie Z
Capítulo 2
Una vez restaurada la Trifuerza, la primera prioridad de la reina Hilda fue reconstruir el pueblo al oeste del castillo de Lorule por completo. Aunque parte de sus planes iniciales incluían bautizarlo oficialmente como Pueblo de Nuevo Lorule, después de que su nombre original se perdiese entre las páginas de la historia, seguía conociéndose popularmente como el Pueblo de los Bandidos, y no sin motivo. La tasa de crimen había descendido de forma notable en los últimos cinco años, pero vivir ahí seguía sin ser seguro: los horribles bandidos que se escondían durante el día resurgían de noche, aprovechándose de las personas normales que solo querían reconstruir sus vidas rotas, y un mercado negro subterráneo, especializado en bienes de dudosa procedencia, surgió en los restos de la Cueva de los Bandidos. Se necesitarían años, tal vez décadas, de vigilancia y trabajo por parte de la reina y de su gente para que el pueblo se convirtiera en un lugar seguro donde llevar una vida honrada.
Aunque Ravio, como siervo de la corona, había apoyado los trabajos de reconstrucción desde el principio, esa meta final no tenía nada que ver con la misión que Shirio y él tenían ahora entre manos. Ravio se arropó nervioso su capa mientras caminaba por las calles de piedra medio restauradas. Sabía que tendría más posibilidades de conservar su dinero y la cabeza si pasaba todo lo desapercibido que pudiese, lo cual era una misión en un principio imposible, dadas las largas orejas de conejo de su capucha. No obstante, por irónico que resultase, su insignia personal le ayudaba a mezclarse entre los sectarios locales, a quienes el miedo todavía los empujaba a disfrazarse de animales, pese a que no hubiese monstruos en la zona. Le bastaba con susurrar algún sinsentido de vez en cuando para convencer a buena parte del pueblo para que lo dejaran en paz.
La entrada del mercado subterráneo siempre estaba relativamente poco vigilada y, en un primer vistazo, no tenía nada fuera de lo común, con mercaderes noveles vendiendo objetos hechos a mano a precios competitivos, pero conforme Ravio se adentraba más y más en la vieja mazmorra, se encontró entre una multitud bastante menos honrada, que comerciaba con productos que él hasta dudaba que fuesen legales. Además, unos guardaespaldas grandes y fornidos, que casi hacían dos de él, se encontraban en los pasillos del mercado, en señal de advertencia a cualquiera al que se le pasase por la cabeza robar o dar el soplo en su turno. A Ravio se le aceleró el pulso a causa de la atmósfera desagradable, y tragó saliva al apretar más fuerte su saco.
—V… venga, Ravio —susurró—, tú puedes. Tranquilo, cálmate, ni los mires…
Un pio suave salió de debajo de su bufanda y Shirio asomó la cabeza, preocupado por el bienestar de su amo. En respuesta, Ravio se relajó un poco y le dirigió una sonrisilla tímida a su amigo.
—No te preocupes, colega —dijo—. ¡Todo irá bien! Con tal de que piense qué haría Link en una situación así… —Una vez más, pasó la mirada por toda la habitación, con nerviosismo—. C… claro que Link sabe usar una espada… y defenderse si las cosas se ponen feas… y… y meterse en la pared para que un hatajo de matones no lo…
De pronto, se tropezó con algo grande y grueso y Shirio y él gritaron del susto. Luchando por mantener el equilibrio, Ravio alzó la mirada. Se le cortó la respiración cuando se vio cara a cara con dos matones con pinta peligrosa. Uno tenía la piel pálida y la cara llena de pecas y cicatrices; el otro, una piel más oscura y pelo que podría describirse como una línea finísima de pelusilla. No obstante, ambos daban la impresión de poder partir al joven en dos con una sola mano.
—Oye, conejillo —dijo el segundo con voz ronca—, mira por dónde vas.
—¡P… p… perdón! —respondió tenso y apartándose del camino de los guardias—. ¡Os juro que la próxima tendré más cuidado!
El hombre de las pecas alzo una ceja y cruzó los brazos:
—No pareces el tipo de persona que se pasaría muy a menudo por aquí —dijo en tono sospechoso— ¿Buscas algo en particular, canijo?
—Ah… bueno… —Ravio respiró profundamente y puso la cara más valiente que pudo (que, a decir verdad, no parecía tan valiente, pero lo que cuenta es la intención, ¿no?) —… Busco al jefe Waga. Tengo… bueno… unos asuntos con él.
Los dos hombres se quedaron mirándose durante un rato. Entonces el de la pelusilla soltó una carcajada burlona.
—El jefe Waga solo recibe a clientes con buenos bolsillos, entiendes. —Se colocó las manos en la cintura—. Y aquí estás tú, con un saco de papas. A no ser que pretendas negociar con unas pedazo de tortillas, más vale que te largues, conejillo.
—¡Pero se equivocan, caballeros! —dijo Ravio con fingida seguridad mientras soltaba el saco, rebuscaba en su interior y sacaba una rupia plateada, que le ofreció al hombre de la pelusilla—. ¡Les aseguro que tengo muy buenos bolsillos!
Al hombre se le pusieron los ojos como platos ante esa oferta tan inesperada. Entonces, el otro le arrebató la rupia con una sonrisa, mientras el primero se limitó a hacer una mueca y gruñirle a su compañero.
—¡No, tranquilo, amigo! ¡Todavía hay muchas más! —Ravio sacó otra rupia plateada y se la dio al hombre de las pecas—. Espero que esta señal de buena voluntad me permita ver al jefe…
El hombre de las pecas sonrió de oreja a oreja al tomar su parte del soborno:
—… Creo que podemos llegar a algo.
Ambos se giraron y le indicaron a Ravio que los siguiera.
Con un suspiro de alivio, Ravio le dirigió una sonrisa triunfal a Shirio; entonces, tras volver a cargar con el saco de rupias en el hombro, siguió a los dos hombres hacia las profundidades de la vieja mazmorra.
El jefe Waga dirigía su negocio desde las profundidades de la vieja guarida, donde una vez encerraban a prisioneros de manera ilegal por la más mínima ofensa hacia los ladrones que antaño gobernaron la aldea. Ahora servía como una especie de cámara de tesoros: piedras preciosas, artefactos antiguos, pinturas de valor incalculable de una época más tranquila de la historia de Lorule, vinos añejos y, por supuesto, toda clase de joyas. Ravio pensó que difícil sería no encontrar algo, cualquier cosa digna de Hilda, entre todo aquel montón de riquezas.
Los dos guardias lo llevaron hacia una gran mesa, donde un hombre con manos gordas y ojos entrecerrados, que parecía estar siempre riéndose de todo aquel al que mirase, estaba sentado frente a una pila de rupias sin contar. Cuando llegaron, le dieron un empujón a Ravio, haciéndole tropezar bajo el peso de su saco.
—El conejillo quiere hacer negocios, jefe —dijo el hombre de la pelusilla.
Waga levantó una ceja al ver a su nuevo cliente y luego les ordenó a los guardias que se fueran con un movimiento de mano. Una vez que volvieron a su puesto cerca de la entrada de la habitación, Waga apoyó los codos sobre la mesa, tamborileando sus enormes dedos llenos de joyas con una pequeña sonrisa en el rostro.
—Vaya, vaya —dijo en tono fanfarrón—, no vemos a muchos como tú. —Miró las orejas que coronaban la capucha de Ravio—. Por desgracia, mis ojos ya no son lo que eran y no puedo verte la cara muy bien… te agradecería mucho que me hicieras el favor de quitarte esa capucha tan ridícula, chaval.
Ravio se puso un poco tenso y miró a Shirio durante unos segundos. Luego se quitó la capucha, dubitativo, y Waga se le acercó para verlo más de cerca. De pronto, una expresión de cierta sorpresa adornó su cara y dejó de tamborilear los dedos.
—… Quién me lo iba a decir —susurró con risa cortante—. ¡Pero si es el perrito faldero que la reina Hilda se lleva a todas partes!
Ravio se encogió al oír las palabras «perrito faldero»: no era como si no estuviese acostumbrado a ese tipo de acusaciones e insultos por parte de a quienes no les agradaba demasiado la familia real de Lorule, pero seguía siendo un golpe a su orgullo.
—¿Y qué hace un siervo de la corona como tú en un tugurio como este? —le preguntó Waga—. ¿Te interesa dejar la vida de sirviente y meterte en un negocio más rentable?
—Antes me corto la mano —dijo Ravio, su rostro ligeramente retorcido de enfado—. Y mis asuntos aquí no tienen nada que ver con el castillo: son completamente personales.
—Y con «personales», te refieres a….
Ravio sacó pecho en un intento de aunar valor:
—Necesito un anillo de compromiso —dijo—. El mejor que tengas.
La sonrisa volvió al rostro de Waga, quien rompió en carcajadas:
—¡Ja, ja, ja! ¡No pierdes el tiempo, muchacho! ¡Me gusta! —Se levantó, cogió un joyero de una estantería cercana y lo puso encima de la mesa—. Claro está, si pides lo mejor, imagino que ese saco de patatas tuyo tendrá suficiente dinero para pagar en efectivo. Verás, no acepto plazos: ¡son demasiado peligrosos en estos tiempos que corren!
—Claro. —Ravio tragó saliva y asintió.
—Veamos entonces… —Waga abrió el cajoncillo principal del joyero, sacando todos los anillos y examinándolos de cerca para asegurarse de que era el que necesitaba. Cuando al fin lo encontró, soltó un alegre «¡Ajá!» y se lo enseñó a su cliente.
—Mira esta preciosidad —dijo—: este pedrusco es todo un señor diamante. Y el motivo de hojas no está nada mal, ¿no te parece?
A Ravio se le pusieron los ojos como platos al ver el anillo, que sí que tenía todo un señor diamante pegado a un anillo de plata con un elaborado motivo de hojas. Recordaba a una flor como las que Hilda admiraba como símbolos del renacimiento de su reino… Sí, sabía desde el principio que este era el anillo con el que le pediría matrimonio, el más indicado para la hermosa y delicada mano de su reina.
—Me lo quedo —dijo y se sentó en la mesa con el saco de dinero sobre sus piernas—. ¿Cuánto pides?
A Waga se le agrandó aún más la sonrisa cuando volvió a su asiento:
—En ocasiones normales te lo diría, pero… —Giró el anillo entre sus dedos—. Para serte sincero, no estoy muy seguro de qué se le pasa por la mente a un hombre que está comprando algo para su amada y tengo curiosidad por saberlo. Quiero que me digas cuánto crees tú que vale el anillo y yo decidiré si la oferta merece la pena. ¿Está claro?
A Ravio se le cayó el alma al suelo: debería haberse imaginado que aquella rata intentaría jugar con él. Sin embargo, logró recuperar la compostura rápidamente y metió la mano en el saco.
—Muy bien —dijo, contando tres rupias doradas y poniéndolas encima de la mesa—. Empezaremos con novecientas.
Con un sonoro bufido, Waga rompió de nuevo en carcajadas.
—Muchacho, ¡esto lo uso de palillo! —Jugueteó con el anillo para enfatizar sus palabras—. Vas a tener que hacerlo muchísimo mejor.
—Bien —dijo Ravio, sacando otras dos rupias doradas—. Mil quinientas, entonces.
Waga chasqueó la lengua.
—¡Ofreces muy poco, amigo! Te aseguro que el anillo vale muchísimo más.
Cada vez más inquieto, Ravio puso bruscamente un par de rupias doradas y plateadas en la mesa.
—Dos mil —dijo entre dientes.
—¡Muy poco!
—¡Dos mil quinientas!
—¡Más, chaval, más!
—¡Tres mil!...
Waga rompió en su tercera ronda de carcajadas.
—¡Ja, ja, ja! ¡Menudo personaje estás hecho! —Se acercó al joven y le hizo una mueca—. ¡Que es el amor de tu vida! ¿Pero qué clase de hombre eres, que te piensas que puedes ser así de cutre con ella?
El rostro de Ravio se volvió completamente rojo con esas palabras y empezó a gruñirle al avaro de sonrisa cruel que tenía delante:
—… Sé exactamente la clase de hombre que soy —dijo levantándose y poniendo todos sus ahorros en la mesa—. ¡Soy un hombre enamorado con una muy, muy buena cartera y no pienso irme de aquí sin ese anillo!
Waga parpadeó al ver el saco; sin embargo, antes de que pudiera hablar, Ravio siguió con su discurso.
—¡Hay más de siete mil rupias en el saco! ¡Más de cinco años de trabajo duro y ahorros, y estoy dispuesto a deshacerme de todo si con ello consigo casarme con la mujer a la que he amado durante toda mi vida! —Golpeó la mesa con ambas manos—. ¡Trato o no!
Waga abrió él mismo el saco, quedándose de piedra ante la gran cantidad de rupias que todavía había dentro. Entonces cerró los ojos y frunció el ceño, pensante, lo que hizo que Ravio se arrepintiese inmediatamente de su arrebato y empezara a prepararse para algo desagradable.
—… Je, je, je… —se rio Waga, cerrando la bolsa y centrando de nuevo su atención en Ravio—. ¡Muy bien, chaval, tú ganas! Me quedaré con estas siete mil rupias tuyas. —Colocó el anillo en una elegante cajita que luego le dio a su cliente—. Hasta un hijo de perra tan ratero como yo puede darse cuenta de que vas a hacer a cierta persona muy, muy feliz.
A Ravio se le quedó la boca abierta de la sorpresa por el repentino cambio de humor.
—¿En… en serio? —preguntó— ¿Te las llevas?
—¿Acaso no he sido claro, chaval? —Soltó el anillo encima de la mesa y Ravio tropezó para atraparlo—. Asegúrate de que el anillo le llega a tu amorcito de una pieza. Ni devoluciones ni reparaciones, ¿me oyes? ¡Ahora lárgate de aquí!
—¡C… como ordene! —dijo Ravio tragando saliva nervioso y se volvió a poner la capucha—- ¡U… un placer hacer negocios con usted!
—¡Deja de hacerme la pelota y largo de mi tienda! —dijo Waga, quien se dirigió hacia Ravio y lo cogió de los hombros antes de empujarlo hacia la puerta—. ¡Que tengo a más clientes aparte de ti! ¡Venga, fuera!
Aunque su voz parecía más divertida que enfadada, Ravio decidió que no iba a arriesgarse a pasar ahí más tiempo del necesario.
—Vale, vale, ya me voy —dijo, guardándose el anillo en el bolsillo y corriendo por delante de los enormes guardias y de los puestos del turbio mercado negro, no sin antes dirigirle una mirada triste y llena de añoranza a la bolsa de rupias que había sacrificado en nombre del amor verdadero.
