Era un día especial para Harry Potter. Estaban a 31 de julio, por lo que Harry celebraba su decimoséptimo cumpleaños y se convertía, oficialmente, en un chico mayor de edad. Harry estaba eufórico. Nada más despertarse empezó a hacer magia, para diversión de Ron. hizo levitar sus gafas hasta él, cambió los colores de los pósters de la habitación de Ron e incluso intentó atarse los zapatos con magia (tardando más minutos de la cuenta por culpa de su poca práctica). Cuando llegó al comedor por la mañana, todos los presentes en la Madriguera gritaron con entusiasmo: "¡Feliz cumpleaños!"

Él sonrió con timidez y se dejó abrazar por toda la familia Weasley. Aunque estaba contento por ser mayor de edad, tampoco quería causar mucho alboroto para la señora Weasley, que ya tendría demasiado preparando una boda. Decidió decirle que no quería ninguna fiesta de cumpleaños ni nada por el estilo, pero como siempre la Sra. Weasley insistió y Harry aceptó finalmente que se hiciera una pequeña cena en la Madriguera.

Todos se acercaron a saludar a Harry. Incluso la familia de Fleur, que se quedaba en la Madriguera para la boda. Cuando fue el turno de Ginny en abrazar al cumpleañero, la pelirroja se recreó en ello y lo abrazó con fuerza. Por tan sólo un par de segundos, Harry se tomó la libertad de cerrar los ojos y disfrutar de la cálida y dulce aroma que desprendía la pelirroja, pero luego se acordó que toda la familia Weasley estaba presente y se separó de ella rápidamente.

Después de eso todo siguió con normalidad, y llenaron a Harry de regalos, algunos más sencillos que otros y algunos más emotivos, cómo el reloj de bolsillo que había pasado de generación en generación que le dió la Sra. Weasley y que todos los magos mayores de edad recibían de su familia por su cumpleaños.

Ginny Weasley miraba cómo Harry hablaba con su madre desde el otro lado de la habitación mientras pensaba en el regalo que tenía para él. Sabía que no era buena idea dado lo empeñado que estaba Harry en mantenerla alejada de él, pero ella ya se había cansado de tonterías. No iba a renunciar al chico que amaba sólo porque él fuera un tozudo y un cabezota. Además, su tiempo con él se empezaba a agotar y había que tomar decisiones drásticas. Ginny Weasley quería ser la única para él. Quería que aunque se fuera nunca se olvidara de ella, y ya que no podría estar allí para defender lo que era suyo si conocía a otra mujer durante el camino, por lo menos hoy le daría algo en lo que pensar. Y sería tan increíble que todo lo demás le sabría a poco. Ginny se sentía un poco culpable por querer a Harry para ella sola y preocuparse de perderlo en lugar de preocuparse por los problemas que estaba teniendo el mundo en esos momentos, pero le daba igual. Porque Harry era su mundo, y si él no lo quería ver entonces tendría que hacer ella todo el trabajo, por suerte o por desgracia.

—¡Harry! —dijo Ginny intentando llamar la atención de él. Se acercó y le susurró en voz baja— ¿Puedes venir un momento a mi habitación? Tengo un regalo que darte…

Harry la miró con sorpresa, y aunque sabía que no era muy inteligente estar a solas con ella en su habitación no se negó. Porque para variar Harry no pensaba con claridad cuando se trataba de Ginny Weasley.

Ginny se dio la vuelta y se fue a su habitación. Para cuándo Harry reaccionó y la siguió, ella ya había llegado. Y cuando Harry entró la vio en el centro de la habitación de espaldas a él. Harry miró a su alrededor, pues nunca había estado en la habitación de Ginny. Aunque también era una excusa para intentar relajarse un poco o por lo menos que su corazón fuera un poco más lento, porque desde que Ginny se había acercado a decirle que tenía un regalo para él, iba a mil por hora.

Ginny se giró, se acercó a Harry y lo miró a los ojos:

—No es gran cosa —dijo Ginny finalmente —Sólo quería darte algo, no se… especial. Para que te acuerdes de mi cuando viajes Merlín sabe dónde y te encuentres una veela por el camino —bromeó ella.

Harry soltó un bufido involuntario, incapaz de imaginarse mirando siquiera a otra chica que no fuera su pelirroja, veela o no.

—No creo que tenga mucho tiempo para ligar, la verdad —respondió con una sonrisa— Aunque confieso que tengo curiosidad por saber que es eso tan espec…

Harry no pudo acabar la frase, porque Ginny cerró la distancia entre ellos y poniéndole una mano en el cuello, lo besó. El azabache sabía la sensación que producía besar a Ginny. Era como volar en escoba, pero todavía más alto. Por encima de las nubes.

Había echado de menos aquella sensación. Hasta ahora, había estado tan ocupado con todo el asunto de los Horricrux que no se había dado cuenta de lo mucho que había extrañado a Ginny en todos los sentidos. Sintió el profundo deseo de besarla hasta perder el aliento. Y no se reprimió.

Ambos se besaron con pasión, pero también con dulzura y con amor. Harry puso una mano entre la larga melena pelirroja de Ginny y la acarició mientras sus labios jugaban con las lenguas del otro. Se pasarían así una eternidad. Ninguno de los dos era bueno hablando de sus propios sentimientos. Besándose se estaban diciendo, sin una sola palabra, que se amaban.

Pero los dos sabían que todo lo bueno duraba poco. Demasiado bien lo sabían. Justo en aquel instante, Ron entró en la habitación y descubrió aquella situación que había pasado de ser romántica a ser incómoda.

—¡Ay! —Es lo único que dijo el pelirrojo, totalmente descolocado— Perdón.

—¡Ron! —exclamó Hermione, justo detrás de él. Se produjo un extraño e incómodo silencio por parte de los cuatro, sólo interrumpido por la respiración algo agitada de Ginny y Harry— Pues eso, Harry. Feliz cumpleaños.

El azabache tuvo ganas de cerrarles la puerta en las narices y seguir con aquel maravilloso plan que habría sido perfecto si no fuera por la interrupción. Pero no estaría bien. Tenía que recordarse que mantenerse alejado de Ginny era lo mejor. Aunque, después de ese beso, dudaba que pudiera mantenerse muy lejos de esa belleza pelirroja.

Se giró para mirarla, pero ella ya le había dado la espalda. Harry notó que el pecho se le oprimía al pensar que, por una vez, Ginny había sucumbido a las lágrimas, pero no quería llorar delante de su hermano. Quería consolarla. Quería decirle que la quería por encima de todo, y que si no fuera porque la vida de muchas personas dependían de él, se quedaría con ella y jamás la dejaría. Pero no podía hacerlo, porque eso sólo complicaría las cosas y daría a la cabezonería de Ginny otra razón más para que los acompañara en aquel peligroso viaje.

—Esto... Hasta ahora —murmuró Harry finalmente, prácticamente obligando a Ron y a Hermione salir de allí.

Ginny, una vez cerraron la puerta, notó cómo los ojos le escocían y se puso a llorar. Ella no lloraba nunca. No había llorado por la muerte de Dumbledore. Tampoco cuando un hombre lobo atacó a su hermano Bill. Ni cuando su hermano George había perdido la oreja. Y sin embargo, lloraba por un chico. Pero no era un chico cualquiera. Él no sólo era Harry Potter, el Elegido, sino también Harry, el chico del que Ginny estaba enamorada.

Y no lloraba por pena de no tenerle o porque lo echaría de menos. Lloraba de rabia e impotencia por no poder acompañarle a ese peligroso viaje y saber que en cualquier momento, podría morir.

Sin embargo, Ginny Weasley era una chica fuerte. Afrontaría ese dolor como siempre lo había hecho. Con la cabeza bien alta y caminando hacia delante. Lo había intentado todo con Harry, pero él seguía sin ceder. Bien. Pues ahora ella seguiría adelante. Con o sin Harry Potter agarrándole la mano y diciéndole que todo iba a salir bien.

—¿Qué diablos haces, Harry? ¿La dejaste y ahora vuelves a liarte con ella? —exigió Ron con las orejas rojas de enfado.

—Ron... —intentó suavizarle Hermione, pero Ron le levantó la mano para que callase.

—Cuando le dijiste que todo había terminado, ella quedó hecha polvo. ¿Acaso lo has olvidado?

—¡No, claro que no! Pero para mí tampoco fue fácil, ¿sabes? —se quejó Harry— Sabes de sobra por qué lo hice, no fue porque tuviese ganas de cortar, precisamente...

Y tanto que no lo fue. Para Harry fue uno de los momentos más duros que tuvo que afrontar. Ya estaba acostumbrado a hacer las cosas a desgana y por obligación. Pero cortar con Ginny fue una tortura.

—Lo sé, pero si sigues liándola de esta forma va a tener falsas esperanzas contigo...

—Ginny no es estúpida. Sabe de sobra que esto no puede ser —aseguró Harry— No puede esperar que terminemos, yo que sé, casándonos o...

Harry dejó de hablar, porque en su mente se había formado la imagen de una hermosa Ginny Weasley dentro de unos años con un precioso vestido blanco largo hasta los pies y un ramo de flores entre sus dos suaves manos, subida en el altar y pronunciando con su voz dulce el "sí quiero". Odió que aquel pensamiento lo enamorara más de lo que ya estaba.

—Harry, ¿me estás escuchando? —insistió Ron— Si aprovechas a la primera oportunidad...

—No volverá a pasar —aclaró Harry en tono seco. Tragó saliva para quitarse ese horrible nudo en la garganta y asintió con la cabeza para mirar a Ron— ¿Satisfecho?

Ron se limitó a asentir con la cabeza, y se fue de la habitación dejando solos a Harry y Hermione. Esta la miró con esa típica expresión que ponía de regañina cuando Harry había hecho algo malo. Él ya sabía de sobra que lo que había hecho no estaba bien. Pero no había podido evitarlo. Ginny Weasley era su perdición. Y a pesar de que le había prometido a su hermano mayor que no volvería a besarla, sabía que si volvía a quedarse a solas con la joven Weasley la tentación sería todavía más fuerte que hoy. Porque para él Ginny era un regalo, el más importante del mundo.