2. Los extraños
Masamune Takano era un hombre eficiente, trabajador y carismático. Su capacidad como líder y jefe de la pequeña sección de mangas románticos era admirable, y cada uno de los trabajadores de la oficina conocía su nombre y le atribuían la reputación que se merecía. Y a Onodera Ritsu le irritaba profundamente el hecho que, tan solo él, conociera la verdadera naturaleza del hombre de pelo oscuro.
Porque en realidad Takano era un mandón, un hombre sin escrúpulos ni vergüenza, y sin lugar a duda, la persona más insistente que había conocido jamás. A pesar de todo, no negaba el hecho que su anterior amante sí era eficiente, trabajador y carismático. Sin esas cualidades hubiese sido imposible el glorioso renacimiento de aquella pequeña sección ya para muchos considerada más que muerta.
¡Pero seguía siendo un plasta!
Con esas cavilaciones en su mente, el más novato de dicha sección cogió unas monedas de su bolsillo para meterlas sin pausa pero sin prisa en la rendija de la máquina de café, la justa cantidad para comprar una de las bebidas. Observó algo distraído como caía la taza de plástico, los mecanismos internos emitiendo una serie de sonidos ya monótonos para la mayoría de trabajadores, hasta que finalmente empezó a llenar lentamente el pequeño vaso de aquel líquido necesario para permanecer despierto un par de horas más. Pronto cumpliría el primer año trabajando bajo las órdenes de su tiránico jefe, aunque el ciclo seguía agotándolo hasta la saciedad. Suspiró profundamente mientras cogía el vaso, reconfortado por el olor del amargo café. Sin embargo, su pequeño momento de paz fue súbitamente interrumpido.
—Deberías estar revisando los manuscritos.—
Y adiós al café. Ritsu pegó tal salto que el vaso salió volando de sus manos, mojando tanto su jersey beige como la camisa violácea de su superior para después caer en el suelo con un suave sonido. El menor de ellos restó paralizado, intentando controlar los latidos de su corazón que prácticamente iba a saltar de su pecho por el susto.
—¡Mierda, Onodera! ¡Ten más cuidado, joder!— Protestó Masamune después de sisear a causa de la ligera quemadura que sentía en su brazo.
El moreno de repente frunció el ceño y giró sobre sus talones para fulminar con la mirada al que consideraba el único culpable de lo sucedido.
—¡A mí no me eches las culpas! ¡Has sido tú! ¡¿Qué persona en su sano juicio se acerca por detrás a otra, y más si tiene un café recién hecho en la mano?! ¡Creía que me moría del susto, maldita sea!— Vociferó Ritsu e hizo una mueca de disgusto cuándo vio la gran mancha de café en su jersey.
Takano tan solo cruzó los brazos sobre su pecho, observando a su subordinado con una ceja arqueada.
—Primero, no deberías estar aquí. Tu descanso no empieza hasta dentro de cinco minutos. Segundo, me acerqué a ti como una persona normal haría. Tú eras el que estaba distraído, y por eso no te enteraste. Tercero, me comprarás una camisa nueva.—
El de ojos verdes contemplaba al otro estupefacto, su boca abierta de par en par. No podía creer que su jefe pudiera llegar a tener tal desfachatez. Era el rey del descaro. Ritsu apretó su mandíbula mientras pensaba en un buen contraataque.
—¡N-No pienso comprarte una nueva camisa, especialmente para ti, sinvergüenza!—
Le apuntó con el dedo para enfatizar más su rabia hacia el que antes consideraba como el amor de su vida. Y sintió como su ira aumentaba por momentos cuándo en el rostro de Masamune apareció aquella sonrisa de satisfacción que tan bien conocía.
—Entonces me la lavarás. Te la traeré a tu casa, y de paso me quedo a cenar allí.—
De nuevo, el moreno lo observó con un semblante atónito. ¿Pero quién se creía que era, invitándose así como así en su propio hogar? Lo peor de todo era que no era la primera, ni seguramente la última vez que aquello ocurría. Y antes que pudiera protestar y echarle en cara su insolencia, Takano ya se había marchado de allí con la misma sonrisa divertida en sus labios.
Onodera se percató entonces que, de nuevo, su superior se las había arreglado para pasar la noche con él. Así, como si uno no quiere la cosa. Aunque aquello era completamente opuesto a la realidad.
Su ceño seguía fruncido durante todo el camino entre la oficina y el supermercado. Porque no solo debía soportar la presencia de Masamune y lavar su camisa, sino que también debía preparar la cena y además comprar los ingredientes. Ritsu no era tan desconsiderado como para aparecer con un bol de arroz y una sardina seca. Aunque aquello era ya más de lo que cenaba normalmente. Además, si su jefe se percatara de que sus hábitos alimenticios no habían mejorado en absoluto, la tortura de tener que comer al menos una vez al día con él se volvería aún más insufrible. Cogió de mala gana una de las cestas de plástico y empezó a deambular por los pasillos, sin tener muy claro qué escoger. No podía permitirse una cena de lujo con su sueldo, pero tampoco tenía que ser tacaño. Notó sus mejillas colorearse ante las estúpidas ganas de querer impresionar a Takano. Jamás había destacado por sus dotes culinarias, pero aún así era capaz de preparar platos comestibles y no desagradables para el paladar. En ese momento pensó en qué le gustaría a su superior para cenar. Fijó sus ojos en la sección de congelados, rascándose la barbilla pensativo. Puede que un salteado de verduras sea de su agrado. Decidido, abrió la puerta del congelador y cogió la bolsa, depositándola en la cesta. Una vez hecho aquello, cogió también un paquete de cervezas algo vacilante. La última ocasión en la que bebieron juntos no acabó nada bien. Aunque Ritsu no era capaz de recordar nada de nada antes de despertar en la cama del mayor completamente desnudo y sospechosas marcas en su cuello. Además de un dolor punzante en sus caderas. Él sacudió su cabeza, nervioso, y puso las bebidas en la cesta. Se hizo a prometer a sí mismo que esa noche no bebería. De repente se acordó de una de las pocas cosas que sabía de Masamune. Se aproximó a la sección de carnicería y estuvo como mínimo diez minutos observando detenidamente todos los tipos de carne que le ofrecían. Él, tan concentrado como estaba, no era capaz de ver como algunas personas le miraban extrañados, algunos ya apodándolo como "El loco de la carne". Aunque en realidad el editor sí se estaba volviendo loco para elegir una de ellas. Su ex amante jamás le había especificado en qué clase de carne tenía puesta su predilección, y vaya si había tipos. Finalmente se decidió con la ternera, ya que era la que más probabilidades tenía de estar a la altura de los gustos de su jefe. Pensó en si comprar algo de postre. Pero sabía que a Masamune los dulces no le entusiasmaban. Más que nada porque jamás le había visto comer uno. Cogió un par de manzanas por si se quedaban con hambre, y fue hacia la caja. Observó como la dependienta pasaba cada producto por el código de barras, e inconscientemente las comisuras de sus labios se elevaron, formando una pequeña sonrisa. Espero que le guste.
Cuándo aquel pensamiento cruzó su mente, la expresión tranquila de Ritsu se contrajo en una nerviosa y avergonzada, su rostro completamente rojo. No debería pensar aquello. ¡Le importaba un comino que le gustase o no! Sí, tan solo compraba todo ello porque a él le apetecía comer eso. Nada más. Ofreció el dinero a la cajera y rápidamente puso todos los productos en una bolsa de plástico para después salir corriendo del lugar. Los trabajadores del supermercado se cuestionaron, realmente preocupados, la cordura del pobre loco de la carne.
El editor ató el nudo del delantal en su espalda y arremangó su camisa para después lavarse las manos con jabón minuciosamente. Cogió la sartén y vertió algo de aceite para dejar que se calentase durante unos minutos. Procedió entonces a preparar algo de arroz para ambos en la máquina que hacía siglos que no usaba, a juzgar por el polvo acumulado en la tapa. Una vez descongeladas las verduras y calentado el aceite, las vertió en la sartén para saltearlas con algo de gracia. Una vez hechas, las colocó en un plato y cogió la carne para cocinarla también. Siseó cuándo le salpicó algo de aceite en sus brazos, pero no le prestó demasiada importancia. Sonrió satisfecho cuándo el tono rosáceo de la carne se volvió en uno marrón, proporcionándole una apariencia jugosa y deliciosa. El olor que desprendía tan solo indicaba una buena señal. Después de cortarla y poner aproximadamente la misma cantidad de trozos en los dos platos, la máquina de arroz pitó y Ritsu se apresuró a depositarlo en dos tazones. En cuestión de minutos, en la mesa de la cocina estaba la comida ya hecha con los palillos, los vasos y una cerveza para cada uno. El moreno rompió su promesa y decidió beber, aunque tan solo una lata. Miró al reloj de pared algo ansioso. Masamune tenía de nuevo otra reunión que daba para rato, aunque le aseguró que estaría allí a las diez con la camisa sucia. Y eran las diez menos tres. El corazón del menor latía con fuerza y rapidez ante la expectación de ver el rostro de su jefe al llegar y encontrarse con la cena hecha. Se regañó a sí mismo por pensar de esta manera, por estar tan emocionado y por no poder parar de sonreír. No debía sentir eso. Definitivamente, no debía mostrarse así ante Takano. Sino, descubriría que en realidad él le—
El timbre sonó inesperadamente, provocando el segundo salto del día de Ritsu Onodera. Se apresuró a sacarse el delantal y lanzarlo fuera de la cocina sin cuidado para después encaminarse hacia el recibidor. Borró aquella boba sonrisa de sus labios para fruncir el ceño ligeramente, aunque las mejillas seguían algo rosadas. Abrió la puerta con cautela, y no pudo evitar que su corazón empezara a latir rápidamente de nuevo al ver el rostro de Masamune. Él le devolvió la mirada, e hizo una pequeña sonrisa.
—Ya he vuelto.—
El menor se sonrojó aún más al escuchar aquella frase típica de un ambiente familiar y hogareño; de un matrimonio. Ritsu frunció el ceño aún más y le dio la espalda a su superior para dirigirse hacia la cocina. Ni en sueños le respondería de la misma manera.
—Puedo ver eso.—
Sintió como algo ligero caía encima de su cabeza, y con un gruñido se lo apartó para descubrir que era la camisa manchada.
—No olvides que me la tienes que lavar.— Dijo el editor mientras se sacaba sus zapatos y su abrigo, para después seguir a su subordinado.
—¡Ya lo sé!— Le dirigió una mirada asesina y sintió como sus nervios y su emoción se incrementaban a cada paso que daban hacia la cocina.
Una vez llegaron Ritsu intentó actuar con normalidad y tranquilidad, aunque su rostro colorado y su expresión cohibida lo delataban al completo. Notó como Masamune había detenido su andar, y simplemente se quedó quieto en el umbral de la puerta, pasmado.
—N-No es nada del otro mundo. Pero, como ves, sé cocinar y como bien.— El moreno evitó mirar a los ojos castaños de su ex amante, y se sintió aún más inquieto al no haber respuesta alguna por su parte. —V-Voy a ir a poner esto a la lavadora, antes de que te vuelvas a quejar. — Se apresuró a salir de allí para calmar sus nervios, pero unos brazos lo retuvieron.
Notó como su corazón se detenía por completo cuándo su jefe rodeó su cintura por detrás, abrazándolo con gentileza.
—Gracias, Ritsu.—
Aquel susurro cerca de su oreja hizo que sus piernas flaquearan ligeramente. Si Masamune no le estuviera abrazando, estaba prácticamente seguro que hubiese caído al suelo de manera patética. Al recuperar de nuevo el aliento, el editor se apartó bruscamente con las mejillas y las orejas rojas.
—¡T-Te he dicho que no es nada!—
El de pelo oscuro rió entre dientes, observando a su subordinado con ojos entretenidos.
—Ahora sí que me siento amado.—
Ritsu tartamudeó una serie de incoherencias para después desaparecer de la cocina y correr a la pequeña habitación donde estaban la lavadora y la secadora. Mientras tanto, Masamune seguía riendo, aunque su corazón latía a mil por hora, y una sonrisa feliz apareció en sus labios. En su mente apareció una imagen de su subordinado comprando todos los productos en el supermercado (sabía a ciencia cierta que Ritsu no tenía todo aquello en su casa), escogiendo todos y cada uno de ellos después de pensárselo más de tres veces, para después cocinar con aquella concentración y aquel empeño que usaba en cada una de las cosas que hacía. Y el editor no podía sentirse más afortunado ni más enamorado.
La cena transcurrió tranquila y sin muchos acontecimientos. Como siempre, la conversación entre ambos moría en cuestión de minutos. Empezaron hablando del trabajo, sobre la gran cantidad de manuscritos que aún debía corregir Ritsu, sobre la pasividad que demostraba con sus autores y otros muchos aspectos que criticaban la forma de trabajar del moreno. El editor estaba a punto de echar de casa a su jefe, lleno de ira, hasta que él acabó alabándolo por el esfuerzo que hacía día tras día. Aquello provocó que él se sonrojara ligeramente, y ninguno volvió a abrir la boca durante unos largos cinco minutos.
—Debo admitir que estoy impresionado. No me imaginaba que fueras a ser capaz de cocinar todo esto por mí.— Comentó para después beber un trago de la cerveza en lata.
—¡Que no lo he hecho por ti! S-Simplemente tenía que cenar yo también, y como te autoinvitaste descaradamente a cenar entonces…— Ritsu no sabía como terminar aquella frase, así que optó por callar y comer rápidamente la carne bajo la atenta y entretenida mirada de su superior.
Después de comer y lavar los platos, el moreno fue a mirar como iba el lavado de la camisa. Sonrió aliviado al ver que ya había terminado. Pronto podría meterse en la cama, y además solo.
—Takano-san, la camisa ya está lavada.— Informó al de pelo oscuro, que se acercó hasta la pequeña habitación.
—Entonces ponla en la secadora.—
La sonrisa del joven editor se borró de inmediato ante las palabras de Masamune.
—No dijiste nada acerca de secarla.—
Él le miró con una ceja arqueada, sin acabar de creerse lo que acababa de escuchar. Seguidamente, dio un largo suspiro, provocando un pequeño tic de molestia en la ceja del menor.
—¿Eres idiota? Uno debe presuponer esas cosas, Onodera. ¿O es que acaso tú lavas tu ropa y la dejas secar en el balcón? En verano aún sería entendible, pero en pleno invierno es algo estúpido.—
Ritsu sabía que su jefe en el fondo se estaba partiendo de risa en su cara. Sabía que le gustaba tomarle el pelo y burlarse de él. Apretó y relajó sus puños para después abrir la tapa de la secadora furioso, lanzando la camisa dentro.
—¡Ya lo sé, maldita sea!— Con el ceño fruncido apretó varios botones y en cuestión de segundos la máquina estaba en marcha.
Y Masamune sonreía victorioso.
—Para no aburrirnos de mientras he traído una película.— Dijo mientras se encaminaba hacia la sala de estar.
Onodera lo siguió, frunciendo como de costumbre.
—¿Cómo que has traído una película? ¡La secadora no va a tardar más de veinte minutos!—
Su superior ignoró por completo sus protestas, algo a lo que se había vuelto un auténtico profesional, y encendió el lector de discos, colocando la película.
—¡Takano-san! ¡Por favor, vete!— Dijo aún más irritado al ver al otro actuar tan tranquilo, como si Ritsu fuera invisible.
—Me importa un comino la camisa, idiota. Tan solo quiero pasar más rato contigo.—
Esta vez sus penetrantes e intimidantes ojos se clavaron en el rostro de su subordinado, provocando que el menor se sonrojara y desviara su propia mirada. Masamune se sentó en el sofá y palpó el sitio a su lado distraídamente mientras encendía la televisión. El moreno vaciló durante unos segundos, pero sabía que en ese momento ya era más que imposible echar a su ex amante. Se sentó a su lado, siendo cauteloso de dejar una considerable distancia entre ellos y pudo ver por el rabillo de su ojo como el mayor fruncía el ceño en un instante. De repente se levantó para apagar las luces de la sala, quedando todo el apartamento a oscuras y la televisión como la única fuente de iluminación.
—Veo que también has recogido toda la pocilga.—
Ritsu quiso propinarle una colleja a su jefe por llamar con ese nombre tan ofensivo el lugar en el que vivía, aunque sabía que en cierta manera tenía razón. Ha estado casi tres horas limpiando para que el apartamento quedara impecable, y se sorprendió en varias ocasiones por la cantidad de basura que llegaba a encontrar.
—¿Qué película es?— Preguntó el de ojos verdes algo curioso, aunque estaba prácticamente seguro que sería otra romanticona.
—Ya lo verás.—
Si no fuera por la oscuridad que los rodeaba, Ritsu podría haber distinguido fácilmente un malicioso brillo en los ojos castaños de su superior.
Cerró los ojos con fuerza. No podía ver eso. No podía. La música aumentaba de volumen, y se tapó una de sus orejas con la mano libre. La otra la mantenía firmemente agarrada a la camiseta de Masamune, arrugándola completamente.
—Mierda. ¿Pero por qué entra? ¡¿Por qué?!— Protestó el moreno, aún con los ojos cerrados.
—Para contactar a la policía o algo así. Calma Onodera, es solo una película.—
—¡Pero al principio decía que estaba basada en hechos reales!—
El mayor suspiró por la décima vez en esa hora. La idea de ver una película de terror con el amor de su vida le pareció una genialidad. Sabía que Ritsu era asustadizo, y que no tardaría en pegarse a él. Protestaría primero, alegando que no tenía miedo y apartándose, pero pronto sucumbiría. Y él acabaría apagando la televisión, lo llevaría al dormitorio y no saldrían de allí hasta la mañana.
Sin embargo, no sabía que Ritsu era tan miedoso. Con el primer susto ya saltó y se aferró a la manga de su jefe cuál niño. Le pareció algo gracioso al principio, y se burló un poco de su adorable subordinado. Pero empezó a desesperarse cuándo las uñas se clavaron en su brazo, prácticamente arrancándole la piel. El moreno gritaba, insultaba a los protagonistas por sus acciones e idiotez y maldecía continuamente. Masamune incluso intentó apartarlo, pero fue inútil. Le resultó un tanto irónico.
—¿La quito?— Preguntó, deseoso de escuchar una afirmación.
Pero no fue así.
—¡No! ¡Ahora que la he visto hasta este punto quiero saber como termina!—
De nuevo, otro suspiro. Notó como el menor daba otro salto y soltaba un chillido cuándo apareció el hombre con la cabeza cubierta con un saco de patatas.
—Realmente me pregunto como pretendes verla hasta el final con los ojos cubiertos.— Murmuró, aunque Ritsu no le hizo ni caso e insultó a la protagonista por no correr lo suficientemente rápido.
Después de otra hora soportando la faceta más asustadiza de su amante, Takano jamás se sintió tan feliz de ver los créditos de una película. Sin duda, aquella iba a ser la última vez que veía un film de terror con Ritsu.
—Si es que no debería haberle abierto la puerta. Mira que era tonta la chica, aunque el otro no se queda corto.—
Aunque Masamune debía admitir que era divertido ver al moreno, que siempre se mostraba reservado y educado, gritar con todas sus fuerzas e insultar cada quince segundos. Pero toda paz se vio interrumpida cuándo ambos escucharon el timbre de la puerta. Y Onodera volvió a chillar.
—¡Es exactamente como en la película! ¡Dios mío, Takano-san! ¡¿Qué hacemos?! ¡Vamos a morir!—
Está bien, a lo mejor no era tan divertido como parecía.
—Sí, Ritsu, vamos a morir. Ya abro yo la puerta.— Y dicho esto se levantó con calma, aunque fue detenido por su subordinado.
Masamune parpadeó sorprendido al notar como el editor cogía su mano con fuerza.
—N-No vayas solo.—
Aunque no había ninguna luz encendida, el mayor pudo distinguir el notorio sonrojo en las mejillas de Ritsu, quién miraba hacia otro lado cohibido. Él le devolvió un reconfortante apretón, y ambos se acercaron a la puerta principal. Sin perder más el tiempo, Takano abrió la puerta y ante las narices de ambos estaba la simpática vecina, aquella que seguía pensando que sus trabajos consistían en cortejar a las mujeres en un restaurante disfrazados de mayordomos. El moreno se apresuró a apartar su mano bruscamente.
—¡Vaya, así que estáis los dos juntos de nuevo! ¡Si que sois grandes amigos! Estaba algo preocupada porqué escuché unos horribles gritos aquí, y me preguntaba si algo malo había ocurrido.— Explicó la amable mujer, sonriendo a ambos afablemente.
El de pelo oscuro hizo una pequeña sonrisa entretenida al escuchar la amistosa relación que la vecina creía que mantenían, mientras que el más joven se sonrojó hasta las orejas e hizo una reverencia como disculpa.
—Lo siento mucho, de veras, no volverá a…—
—Ha sido culpa de este histérico. Le daba miedo la película.—
Si antes estaba ruborizado, el rostro de Ritsu era ahora la viva imagen de un semáforo en rojo. Frunció el ceño y dirigió una mirada cargada de odio a su superior, mientras la mujer reía completamente divertida.
—¡Así que era eso! No os preocupéis. Además, seguro que necesitáis desconectar de vuestro trabajo. ¡A ver si un día de estos me dais la dirección!—
Después de una corta conversación entre Masamune y la vecina, provocando que el moreno se sonrojara aún más, finalmente cerraron la puerta y ambos volvían a estar solos en el recibidor.
—Acabo de sentirme como una madre que tiene que hacer callar a su hijo por la noche.—
Ritsu frunció el ceño y encendió la luz del pasillo, y de paso todas las del apartamento. Fue a la secadora y sacó la camisa, ya seca, y con una expresión aún enfadada y ruborizada se la devolvió a su propietario.
—Lavada y secada. Ya puedes irte.—
Takano arqueó una ceja y aceptó la prenda, aunque no se movió ni un ápice.
—¿Estás seguro que quieres que me vaya? ¿No tendrás miedo?—
El moreno sintió como sus mejillas ardían, y fijó su mirada en la madera que cubría el suelo.
—¡N-No lo tendré! ¡Tú mismo has dicho que es solo una película!—
—Basada en hechos reales.—
Ritsu sentía que iba a explotar de rabia. Su jefe siempre se las arreglaba para contraatacar, para conseguir que él quedara en ridículo y saliera victorioso. Era cierto, pero, que en ese momento al editor no le apetecía nada dormir solo. Nunca había sido demasiado tolerante con las películas de terror. Incluso llegaba a creerse muchas de las historias. Masamune lo observaba con un rostro impasible, aunque era consciente que había ganado. Así que decidió cogerle de la muñeca y arrastrarlo hasta el dormitorio, apagando las luces en cuánto se encontraba con un interruptor. Se tumbaron en la cama y en cuánto la habitación quedó a oscuras, Ritsu rodeó el torso de su superior y escondió su rostro en el pecho de éste. El editor jefe parpadeó sorprendido ante la inesperada acción, y no supo descifrar si su subordinado realmente tenía miedo, o simplemente lo usaba como una excusa para convencerse a sí mismo.
Pero a Masamune no le importó. Porque ahora podía abrazar a su amante, apretarlo contra él y besar su pelo castaño. No era el plan en el que había pensado, pero no lo cambiaría por nada.
Primero de todo, lo siento muchísimo por el retraso. La universidad me está volviendo loca.
Y segundo, debo disculparme con Cadiie Mustang, ya que le prometí basar el próximo capítulo en la película "El lado Oscuro del Corazón". Vi la primera y me gustó mucho, pero no me vino la inspiración para escribir el capítulo. Me siento mal, de veras ;-; Aún así, gracias por tu precioso review.
¡Muchísimas gracias también a Eruka Frog, zryvanierkic y a Lara por sus reviews! Y por supuesto también a aquellos quien le han otorgado un fav o un follow a la historia C:
Sobre este one-shot... Realmente me divertí escribiéndolo. He tardado unas... 4 horas. La inspiración me llegó de repente. Fue algo así como una iluminación, con el cantar de los ángeles y todo. "Los extraños" es una de las pocas películas de miedo que he visto (no las soporto), y tuve pesadillas durante un mes. Puede que Ritsu esté algo OoC, aunque yo sinceramente creo que al ser tan inocentón es muy probable que sea también asustadizo. El final no me convence mucho, pero es que me cansé un poco de escribir. Iba a poner el típico beso calentorro y pasional que tan solo Takano sabe hacer, pero pensé que sería demasiado brusco. Y me gustaría tener una vecina así de simpática (Tengo el headcanon de que la tía es en realidad yaoísta)
Me pregunto si algún día debería escribir una escena subidita de tono. ¿Debería? No sé xD
En fin, ¡nos vemos en el próximo capítulo!
