El calendario marcaba lunes. Se había acabado ese maravilloso fin de semana del que Kip y Silver habían disfrutado tanto. Estuvieron jugando al ajedrez, viendo películas, contando bromas y hasta desmontaron una cámara para luego volver a construirla.
La máquina, que ahora la doctora llamaba amiga, había aprendido una gran cantidad de palabras. Mesa, lámpara, silla, cama, coleta, goma, baño, botella, agua, grifo… todos los científicos estuvieron impresionados al ver a Silver expresar frases como:
"… y la tinta se esparció por todo el suelo. Kip estuvo muy nerviosa"
…cuando al comienzo apenas podía decir "sí" o "no". Ahora tenían que asegurarse al completo de que actuaba como una robot domada. Silver podía seguir órdenes sin problema, y hasta asumir un par de tareas ligadas a esas órdenes por sí misma, pero siempre lo hacía todo obedeciendo a su propio código, sin pensar o contestar como una persona, que era lo que querían que hiciese.
"Estuvo actuando casi como una persona para el domingo" les contaba Kip a sus compañeros mientras una científica le enseñaba dibujos a Silver para ver si los reconocía "Pero siempre que hacía algo era porque yo lo proponía o, más… más bien, ¡porque se lo ordenaba!"
Un científico murmuró algo para sí mismo, tuvo una idea y fue a hablar con la máquina. Dijo que aquello quizás fuese arriesgado, por lo que una de sus compañeras enchufó a Silver a un ordenador para poder visualizar su código desde la distancia.
Por un momento la robot dudó sobre si debía acatar la orden de colocarse el cable, pero su programación, aunque a punto de tener un defecto, le dijo que obedeciese. No podía ignorar a su código si aún no estaba domada.
El doctor, a la izquierda de la doctora Silverpoint y en frente de la máquina, preguntó con voz firme:
"Proyecto Silver, ¿qué quieres hacer hoy?"
La robot tardó minuto y medio en pensar su respuesta, ya que la idea de "querer" no encajaba con lo que le dictaba su programación.
"No dañar a un ser humano" respondió contando con los dedos y una sonrisa vacía "obedecer a un ser humano y proteger mi propia existencia. Mientras que esta última norma no entre en conflicto con la segunda ni la primera, ni que la segunda entre en conflicto con la primera" – Mostró un dulce guiño idéntico al de Kip.
Mas todos podían ver que había algo que no encajaba en su creación. Se suponía que debería desarrollar deseos propios, consciencia, ideas… y, como era obvio, la sonrisa de Kip era más vivaz.
"Chicos…" suspiró la doctora que estaba observando la programación de la máquina "Creo que deberíamos apagarla y revisar el código. Está demasiado… ¿obediente, creo?"
"¡Espera!" exclamó Kip, quien acababa de tener una idea que consideraba maravillosa "¡Sé que hacer!" – La doctora Silverpoint se aproximó a la robot con gran emoción – "Silver, amiga, eres como nosotros, puedes hacer lo que quieras"
"¿Lo que vosotros queráis?" preguntó Silver mostrando otro guiño frío.
"No, Silver, ¡lo que tú quieras!"
"Sí, no dañar a un ser humano, obedecer a un…"
"¡No!" gritó Kip en frustración "¡Tienes que extenderte más allá de tu código! ¡Puedes desobedecernos! ¡No tienes que hacer lo que te digamos!"
Silver quedó boquiabierta. De inmediato, su programación empezó a confundirse, a tratar de entender aquella contradicción. También su código decía que podía desobedecer, pero otro código decía que tenía que obedecer, y Kip había dicho que…
"¡Silverpoint!" chilló la doctora frente a la pantalla "¡Algo va mal! ¡El código tiene errores!"
"¡Hay que apagarla!" exclamó otro corriendo hacia un botón en la espalda de Silver.
Mas la máquina no debía, como le habían ordenado, obedecerlos.
"¡No!" chilló Silver empujando al científico, quien cayó al suelo de inmediato.
Pero no debía dañar a un ser humano. Pero le habían dicho que se extendiese más allá de su código, pero esa, mas, eso, pero…
"¡Silver!" gritó Kip "¡Para!"
No tenía que hacer lo que le dijeran. La máquina se aproximó a la doctora Silverpoint, esperando más órdenes para desobedecer. La científica que revisaba el código corrió a tratar de apagarla y, cuando estaba a punto de lograrlo, Silver se giró sobre sí misma y elevó a la mujer.
Primero, ignorando los gritos y pánico de todos, la elevó por las axilas. Después la sujetó por el cuello y siguió presionando en esa zona con aquella fuerza capaz de romper hormigón. La doctora trató de dar patadas, empujar y luchar, pero no pudo ni hacer que la robot se moviese un solo milímetro.
En pocos segundos las manos de la máquina rompieron la médula de la científica, convirtiéndola en un mero cadáver. Aún así, Silver siguió apretando, pues no tenía ninguna consciencia de la muerte. Kip, con lágrimas en los ojos, apagó su creación cuando ella no estaba mirando.
La robot cayó al suelo junto con el cuerpo de la doctora, quien uno de los científicos inspeccionó.
"Ha muerto" susurró el trabajador. Se hizo el silencio por unos segundos hasta que el hombre se levantó y se acercó a Kip. "¡¿En qué coño estabas pensando, tarada?!" le gritó "¿No tienes que hacer lo que queramos´? ¡¿A una máquina?!"
"¡No quería esto!" replicó Kip echándose hacia atrás "¡Fue un accidente!"
"¡Un accidente que acaba de costar vidas!" le chilló apoyando su dedo sobre el pecho de la doctora "¡Todo por tu estupidez y tu robot defectuosa! ¡Me voy!" – El científico, ahora desempleado, cogió su bata y la arrojó al suelo.
Cuando su antiguo compañero de trabajo salió por la puerta, la doctora creyó que lo peor había pasado, pero más de la mitad del equipo imitó su ejemplo: arrojaron sus batas al suelo y se marcharon, tanto por miedo como culpa hacia la doctora Silverpoint.
Solo quedaban tres trabajadores, que, sin dudarlo, dijeron que se iban a ocupar de otros proyectos. Incluso así, Kip no podía evitar preocuparse por si Silver tendría o no reparo.
