Notas de Autor: El título hace alusión a una sinfonía completamente inventada; no la busquen, no existe.
Premisa: Ruido/silencio. Nyvan
La madrugada siempre había sido su hora favorita del día. El frío de la noche, la oscuridad de la casa, la respiración lenta y baja del mundo. Cuando era un niño, Yamato salía por la ventana de su habitación y subía por la escalera de emergencia a la azotea del edificio a contemplar el cielo. Desde ahí podía ver la ciudad y sus luces transitorias, la noche y sus luces eternas, el océano y su inmensidad.
Cuando comenzó a involucrarse más en la música descubrió que el silencio era su mejor amigo. Aún escapaba a la azotea y cerrando los ojos, podía imaginar la música que compondría. No pensaba en el furor del público o el desastre del estudio, sólo vaciaba su cabeza y se dedicaba a escuchar su propio palpitar, el sonido del viento, la ensordecedora calidad de una ciudad que duerme. Era como él, que existía en medio del caos total de la vida diaria, tercamente rehusándose a desaparecer.
Luego la conoció a ella, y algo fundamental en él cambió. Mimi no era serena como una noche estrellada, ni pacífica como una ciudad adormitada. Ella era el tráfico a hora pico, un centro comercial en día festivo, el año nuevo en Shibuya. Hablaba hasta por los codos, reía y su voz era alta y musical como campanillas de viento. Incluso dormida, su presencia era innegable. Ocupaba más espacio en la cama del que alguien de su tamaño podría necesitar y su corazón palpitaba fuerte, alto, como si quisiera recordarle que ahí estaba – como si él pudiese olvidarlo.
A veces, cuando la inspiración lo sacaba de la cama en medio de la madrugada, le gustaba escuchar su respiración suave acompañando el raspar de la pluma contra el papel. Pero nada era comparable con el sonido de sus labios tocando su piel, o sus ojos pidiéndole que volviera a la cama, la sonrisa que le invitaba a acompañarla en una nueva sinfonía.
