LAS CUATRO FASES DE LA LUNA
Noches Sin Luna
Los peores temores de Archie se confirmaron sobradamente. El nuevo día no trajo nada bueno, sino más bien todo lo contrario. Aquello estaba cada vez peor, más deprimido y blandengue. Mopsy, al principio, no le dio mucha importancia, pero pasaban los días y las noches y seguían en blanco, así que empezó a pensar que a su marido le ocurría algo. Y empezó a hablar de ir al hospital de Enfermedades Mágicas.
- ¡Ni hablar! – Bramó Archie.
- Pero cariño, estas cosas tienen solución. Lo que ocurre es que hay que hablarlas con expertos.
- ¡Son mis partes privadas!
- ¡Son tus obligaciones maritales!
- ¡Nunca antes me había ocurrido!
- ¡Pues ahora si! ¡Y la que sufre las consecuencias soy yo!
- Ya... ya se me pasará...
- Y mientras tanto ¿qué pasa conmigo? ¡Estoy muy insatisfecha, Archie!
Ante la contundencia de Mopsy, rematada por unos ladridos de Witty que también sonaron a reproche, Archie accedió. Y allí estaba, ocultando la cara tras un enorme ejemplar del Daily Prophet atrasado que había encontrado por casualidad en la salita de espera. Menos mal que no había nadie más en aquella habitación. Y llegó el momento temido.
- ¿Señor Tumtums? – Un chico joven. Archie respiró aliviado. Al menos, no se trataba de una mujer.
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- ¿Puedes mirar si me he dejado el móvil? Debería estar en el segundo cajón de la mesilla, junto a las llaves del coche.
Alberto, al otro lado del teléfono, no ocultaba que estaba preocupado. Perder el móvil era un inconveniente, y Cecilia ya había observado que cuando estaba a punto de iniciarse el periodo de exámenes, su marido se contagiaba en parte del nerviosismo de los estudiantes. En el verano de 2008, cuando comenzó la crisis financiera, la empresa de la que Alberto era un alto cargo fue absorbida por una firma americana, que desembarcó con sus propios efectivos poniendo de patitas en la calle a toda la cúpula, Alberto incluido. En septiembre, una compañera de estudios que era profesora universitaria dio a luz, y Alberto fue contratado como profesor suplente. Cuatro meses después, la profesora decidió tomarse una excedencia de un año, y Alberto, que había resultado un estupendo profesor, se encontró con un contrato por un curso. Y de ahí, fueron saliendo clases y más clases, proyectos de investigación universitarios, conferencias, publicaciones, y hasta el primer borrador de la tesis doctoral.
Ni que decir tiene que ganaba menos que en sus años de alto ejecutivo. Pero era un hombre feliz con su trabajo. Y además, el dinero, siendo Cecilia lo que era, gracias a Dios no era tanto problema.
- Voy a mirar.- Cecilia se dirigió al dormitorio con el teléfono inalámbrico en la oreja. Se inclinó hacia la mesilla, abrió el segundo cajón y rebuscó entre las cosas de su marido. El teléfono estaba debajo de una bolsa de farmacia. Cuando lo cogió, el contenido de la bolsa asomó accidentalmente. Cecilia se quedó muda.
- ¿Cecilia? ¿Lo has encontrado? - La voz de Alberto salía del auricular con un toque de ansiedad mal contenida. Cecilia tardó en reaccionar.
- Si, si.
- Uf ¡Menos mal! ¡Creí que lo había perdido! Estaré en casa en una hora, cariño.
Cecilia no fue capaz de contestar nada, absolutamente nada a su marido.
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En el Hospital de Enfermedades Mágicas, la jefa del servicio, que no era otra que la tía de Cecilia, dedicaba toda su atención al sanador jovencito que tenía delante. Muy nervioso, el mago estaba explicando los síntomas.
- No... no se lo que es.- Concluyó.- pero no cabe duda de que se trata de un sortilegio y de que lo ha dejado... lo ha dejado...
- Impotente.- concluyó la tía de Cecilia.
El brujo, que como ya se ha dicho era jovencito, la miró con una expresión dolorida, como si la sola alusión al término pudiera hacer mella en su... bueno, en lo mismo que tenía Archie.
- Y ¿Qué piensas hacer? – Preguntó la tía de Cecilia.
- Le he encargado una larga lista de hechizos de diagnosis.
- Déjame el expediente.- Pidió la tía de Cecilia.
Amaia suspiró mientras el mago salía por la puerta. Si los hombres para cualquier enfermedad, mágica o no, eran mucho más melodramáticos que las mujeres, en estas cuestiones en particular eran terribles. Se ajustó las gafas y empezó a leer con atención. Alzó las cejas cuando vio que el número de historial no era nuevo, y ahogó una exclamación cuando reconoció al mago que dos veranos atrás había atendido de quemaduras en el trasero e ingesta de sustancias alucinógenas.
- ¡Este señor se va a convertir en un habitual! – Exclamó para si. Y, divertida, empezó a leer el largo listado de síntomas y pruebas que había consignado el sanador.
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Cuando colgó el teléfono, Cecilia se dio cuenta de que las piernas le temblaban. Se sentó en la cama, con la caja entre las manos, desolada. Ella, tan fuerte, tan capaz, tan inteligente. Ella que hasta la fecha había capeado todos los temporales con una entereza pasmosa, que lidiaba a diario con los problemas del Ministerio y con cuatro hijos pequeños todos mágicos. Ella, ahora, se sentía completamente derrotada por la cajita de cartón que tenía entre las manos.
Era una caja azul, no muy grande, todavía con el precinto. Que no se hubiera estrenado era un pobre consuelo para Cecilia. Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras depositaba de nuevo el envase en la bolsa. Dentro aún estaba el tique. Lo sacó y observó que había sido comprada uno de los días en los que ella estaba en el hospital, y su cerebro procesó que, tal vez, aquello venía de antes y Alberto no había consumado su infidelidad precisamente por el accidente. Respiró hondo y miró el reloj. Su marido estaría en casa en unos cuarenta minutos. Podía intentar hacer como si no lo hubiera visto, montar una escena o simplemente… simplemente… simplemente no sabía qué hacer.
¡Qué ironía! Una bruja poderosa derrotada por un cartón azul en cuyo interior se suponía que había fundas de látex, y que lucía ostentosamente la palabra Durex impresa en letras amarillas.
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- ¡No puede ser!.- Murmuró Amaia para sí. Levantó la cabeza, se quitó las gafas y dejó perderse la vista por los tejados. Aquella noche había caído una nevada en Madrid y todavía estaban completamente blancos.
De repente, se acordó de House. Ella no era fan. Mas bien al contrario, odiaba a aquel sujeto impertinente y desagradable. Sus hijos y su marido, en cambio, disfrutaban muchísimo con las salidas de pata de banco de aquella eminencia médica televisiva que además carecía completamente de las mas elementales habilidades sociales. Ella pensaba que, en cuestiones de salud, mágica o no, lo primero que necesita la gente es que los tranquilicen. Todo lo contrario de lo que hacía el susodicho Doctor House. Por eso la sacaba de quicio. Por otra parte, eso del médico metido a detective tampoco le parecía bien. Y sin embargo, en este caso Amaia pensó que con este paciente tendría, en cierto modo, que hacer de House. Decidió que, en primer lugar, se informaría de las posibles consecuencias jurídicas. Tomó el teléfono y llamó a una de sus sobrinas.
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Volvió a sonar el teléfono y Cecilia dio un respingo. La pantalla le dijo que no era Alberto, sino su tía Amaia. Lo dejó sonar varias veces, nada deseosa de hablar, pero finalmente claudicó y apretó la tecla.
- ¿Si?
- ¿Cecilia? ¿Eres tú?
- Sí, tía, soy yo.
- Isabel responde al teléfono exactamente igual que tu. ¿Todo bien?
- Si, todo bien.
- Estupendo. Mira, sobrina, te llamo porque quiero saber cómo se encuentra actualmente la regulación en materia de Males de Ojo.
- ¿Males de Ojo, dices?
- Eso es, Males de Ojo.
- Pues... pues no se... déjame que piense....
Amaia percibió el tono vacilante, tan impropio en su sobrina, y se preocupó.
- ¿Estás bien? ¿Te molesta mucho el hombro?
- No. Quiero decir que no me molesta más de lo habitual... er... creo que la última normativa data de 1792...
Cecilia hacía esfuerzos casi mitológicos por concentrarse. Sabía perfectamente que en alguna neurona de su cerebro aquella información estaba debidamente registrada. Era de las mejores Letradas del Ministerio de Magia, entre otras cosas porque tenía una memoria similar a la de una manada de elefantes adultos. Pero en ese momento, bajo el shock emocional, le costaba encontrar la susodicha neurona.
- Si, tiene que ser antigua...- Dijo la voz de su tía. - ¿Sabes si está derogada?
- No. Quiero decir, no lo se...¡Espera! No está derogada. Lo que ocurre es que cayó en desuso.- Por fin, por fin conseguía acceder trabajosamente a la información.
- ¿Estás segura, Cecilia?
- Si, creo que sí. De todos modos, te lo comprobaré ahora mismo y te llamo.
- Gracias, sobrina. Espero tus noticias.
La tía de Cecilia colgó el teléfono extrañada mientras su sobrina consideraba que aquella tregua emocional era una victoria pírrica. Había capeado a su tía, que tenía una intuición clínica tremenda. No quería que acabara descubriendo el pastel y poniendo los hechos en conocimiento de sus padres. Respiró hondo, se fue al botiquín y se zampó cuatro pastillas de valeriana con pasiflora, volvió a respirar hondo y fue a consultar un libro.
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Amaia, ya plenamente convencida de que no le quedaba otra que hacer de House, se levantó, cogió el abrigo y se encaminó al exterior, a la zona habilitada para la desaparición. Con un ligero Crac la tía de Cecilia se apareció a la entrada del pueblo aquel, donde constaba la última residencia hispana de Archie.
Estaba al fondo de un valle estrecho surcado por un río encajonado que ahora permanecía helado, casi permanentemente cubierto por nubes bajas, ya fuera invierno o verano. Un lugar bastante hostil como hábitat humano. Precisamente por eso, muy conveniente para la enseñanza de la magia. Hacía muchos años que Amaia no iba por allí. Seguramente, desde que sus hijos dejaron de ir a campamentos mágicos. Resuelta, encaminó sus pasos entre la nieve hacia el manojo de casas de piedra que constituía el pueblo.
Solamente se cruzó con una persona, un brujo bajo vestido con pantalones de pana y gorra bien calada, que la saludó con un gruñido malhumorado y que vagamente creyó identificar como el marido de la dueña del hostal, establecimiento al que se dirigía.
Encontró a doña Lutgarda tras el mostrador del pequeño bar de la Fonda del Cepillo. La bruja, extrañada de que alguien se aviniera a llegarse hasta allí en pleno enero, se aprestó a atenderla con la mejor de sus sonrisas.
- ¿Qué desea?
- Un café con leche.- Pidió Amaia mientras se despojaba de guantes, gorro, abrigo y bufanda.
- Hace mucho que no la veía por aquí, y menos en esta época del año.- dijo la dueña mientras colocaba un impecable plato con una cucharilla reluciente y un sobrecito de azúcar. Amaia alzó las cejas, sorprendida de que se acordara de ella.
- ¿Cómo está su padre? Yo sentí muchísimo lo de su madre. Era una gran hechicera.- dijo doña Lutgarda mientras hurgaba de espaldas en la cafetera.
- Gracias. Está bien.- Amaia sonrió con desgana. La orfandad era descarnada, aunque te tocara de mujer adulta y con hijos ya mayores.
- Y sus hijos, también los recuerdo. Mellizos. Chico y chica ¿Se le ha casado alguno? – Ahora la dueña colocaba la taza con el café humeante. Amaia percibió que olía estupendamente bien, e internamente lo agradeció.
- De momento, no.
- Bueno, ahora la juventud se toma las cosas con mas calma. Pero espero que se le casen pronto y verla por aquí en verano, con los nietos.- Y doña Lutgarda se la quedó mirando, esperando que le contara qué motivos la traían por aquel paraje en aquella época del año. Era el proceder de los brujos rurales. Si Amaia persistía en su silencio, la bruja no aguantaría las ganas de saber y preguntaría directamente. Pero lo consideraría mala educación, por parte de Amaia, claro está.
- Tengo entendido que tiene unos huéspedes ingleses.
- El señor y la señora Tumtums, sí. Y Witty, un perro blanco, pequeño y de malas pulgas. ¿Está enfermo alguno de ellos? Sería terrible, es su luna de miel.
¿Luna de miel? Amaia contuvo la sorpresa y se concentró en sopesar la contestación. Debía investigar y, simultáneamente, no traicionar la privacidad del paciente.
- ¿Sabe si en el pueblo alguien sabe de aojos?
La señora Lutgarda abrió mucho los ojos. Y comprendió.
- ¡Oh, no!
Amaia bebió café sin hacer ni un solo gesto. Había tenido una gran suerte. La señora iba a cantar rápido.
- Vera... a usted se lo puedo decir porque es sanadora.
Amaia alzó la vista y no le sorprendió del todos que los ojos azules de doña Lutgarda estuvieran bañados por las lágrimas.
- ... y le ha dicho el médico muggle que tiene el hígado hecho unos zorros, y que si no deja de beber, se morirá. Mi Orestes solamente ha tenido dos obsesiones en esta vida, la bebida y, bueno, los placeres conyugales. Pero no me entienda mal, siempre me ha sido fiel.
Cinco minutos de hablar sin parar. Amaia asintió con la cabeza pensando que aquella mujer obviamente necesitaba desahogarse. Y en el fondo comprendiendo los motivos de su proceder.
- Así que... así que... – la bruja tartamudeó.- Después de pensar mucho cómo podría convencerle de que lo dejara, tomé la decisión. Y no crea, que me costó muchísimo.
- Supongo que es una fórmula de familia...
La bruja asintió con la cabeza.
