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—4—
Nigromancia.
POV Tim.
Un par de semanas después.
De lo que le dijeron al llegar a la fortaleza. Su amante no había abandonado en meses la sala de meditación. Advirtieron, como solían hacer, que necesitaba un tiempo en soledad. Cosas de la orden, nada que le pudiera interesar pero le atañía porque lo involucraba a él.
Cuando se encerraba ahí, R'as al Ghul no comía o bebía, se mantenía en posición de loto delante de una peculiar hoguera y un cáliz que pensó estaría lleno de vino pero no se trataba de eso, sino de sangre. El líquido vital que extraía de sus venas y utilizaba como medio para tratar con aquella presencia que prolongaba su existencia.
Desconocía la razón de su actual misiva, pero sabía se excluyó al disminuir el fuego de una vela.
La que tenía por delante de él, la más joven y bella, pensó que ardería con fuerza a la par de sus compañeras gastadas y pequeñas. Sin embargo prendían con voracidad, todas menos esa.
Casi se apagaba, su fuego danzaba, luchaba con brío pero no crecía. Los códices escritos en las paredes del rededor hablaban de la vida y la muerte, de su imperio y nombre.
De lo que concluyó en su pueril intrusión, cada vela representaba a uno de los Al Ghul.
Las muescas que aparecían a lo largo de sus cuerpos podrían no significar nada, pero a medida que las observaba comenzaba a convencerse de que hablaban de su experiencia de vida.
Las heridas fatales que pudieron cobrarse su vida, los momentos en que efectivamente llegaron a estar muertos. La vela central, la más vieja, sucia y gastada, debería representar al hombre que amaba.
Una palabra fuerte tratándose de él. Era un crío en comparación con aquel, pero hacía años que pasaron de los juegos de chiquillos. De ser el gato y el ratón, de seducirse mutuamente con inteligencia y astucia.
Admiraba su poderío, experiencia y también todas esas cosas que solamente él podía hacer.
En sus comicios consideró haber caído en un hechizo. R'as debía tener la misma magia en la mirada que usaba Talía para engatusar a sus víctimas pero como supo meses después, esa la heredó a Melisande y además, el asesino y líder de la orden, no tenía que hacer más que levantar su voz para doblegarlo a él.
Su suave barítono incitando sus más bajas pasiones, la forma en que entonaba disfrutando de cada palabra como si la besara, el movimiento de la lengua en su paladar, esa manera que tenía de hacerlo sonrojar.
Suspiró para sus adentros. Siguió contemplando las velas, deduciendo, adivinando, creyó identificar las de Talía, Dussan y Nyssa, la que moría era joven pero había otras más brillantes y nuevas.
¿A quién podía pertenecer? ¿Por qué le importaba tanto a su amado? Creyó que después de todo este tiempo, al saber de su presencia, sólo le interesaría retozar con él, pero evidentemente, se equivocó.
La vela en cuestión tenía cicatrices como ninguna otra, su cera era del mismo color que las otras sólo que un poco más oscura, como una mezcla de todas. El fuego que irradiaba volvió a parpadear y entonces fue que lo pudo notar.
Flama verde.
No azul, anaranjada, amarilla o roja. Cada vez que ese fuego regresaba era verde y pensó en Damián.
El Demonio, el corrupto, el causante de su visita. El único que a R'as le podría importar porque sin importar lo que hiciera o dijera, le iba a heredar su lugar.
¿Qué sucedía con él? ¿Se moría? ¿El hijo pródigo por fin lo hacía?
Una sonrisa de incredulidad se dibujó en su rostro. No es que le deseara la muerte, pero no le extrañaba que tocara a su puerta con tanta insistencia. Humedeció sus labios, pensando más bien en humedecer sus dedos pulgar y medio para apagar por sí mismo ese fuego tan diminuto y patético.
¿Si estaba poseso, hacer esto no le ahorraría el dolor? ¿No liberaría su alma? ¿No los salvaría a todos?
Gimió de impaciencia, ante la caricia de sus dígitos en su húmeda lengua, ya se le ocurriría algo para apaciguar la ira de su adorado. Lo conduciría a su lecho y totalmente desnudo, se abriría para él como una flor.
La Cabeza del Demonio adoraba que lo hiciera, que le demostrara su flexibilidad, resistencia y que además llenara sus huecos con todo lo que él era. No obstante, más tardó en pensarlo que en lo que las puertas del salón donde se encontraba se abrieron.
—¿Tratando de acabar con mi único heredero, Detective? —bajó la mano conocedor de su fechoría y volvió el cuerpo para mirar a los ojos al objeto de su adoración. Había ira, además de advertencia en sus ojos verdes.
Humedeció sus labios de nuevo, de hecho se mordió un poco el inferior a la espera de un beso que no llegó.
—Hace tiempo que no me llamabas así.
—Hace tiempo que no te colabas por mis habitaciones y como un fantasma, atraído por sus misterios te tentabas a corromperlos.
—Sólo quería averiguar si se trataba de Damián.
—¿Y no me lo podías preguntar?
—A eso vine, pero tus hombres dijeron que no te molestara mientras meditabas en esa cámara. —R'as lo miró con sentencia y lujuria. Se acercó a su cuerpo todo lo arrogante e imponente que era y tiró de sus ropas, reclamando su boca. Un beso íntimo, profundo y quizás hasta cruel porque lo hizo gemir de hambre sólo para apartarlo de él.
—Veo que te acostumbras rápido al cómo se hacen las cosas en mi familia, Timothy Drake.
—¿Qué está pasando con Damián? ¿Talía ha vuelto a jugar con su alma?
—¿Por qué lo preguntas con esas palabras?—la mirada de lujuria se transformó en otra cosa. Después de todo, hablaban del recipiente, el instrumento, su mano derecha.
Narró con lujo de detalles lo que había contemplado y resumió en pocas palabras lo que Jay había dicho sobre el Año de Guerra.
Su señor de la tortura eterna lo condujo a su habitación privada mientras continuaba hablando y una vez ahí, lejos de desnudarlo sirvió un par de tragos en gruesos y cortos vasos de vidrio cortado.
—Creí haberle dicho a mi hija que se deshiciera de esa maldita cosa. Veo que me equivoqué, el amor de padre pocas veces me ciega, pero Talía es especial.
—¿Sus ojos también funcionan contigo?—inquirió juguetón terminando su trago, dejando el vaso en una encimera y comenzando a desprenderse de su túnica ceremonial.
No acudió a su encuentro como Timothy Drake o Red Robin, sino como el Consorte de la Cabeza del Demonio.
Su padre y hermanos, aún no sabían de esto ultimo. Los rumores a voces decían que dormían juntos, que las peleas entre ellos dos llegaron a un punto en que las armas salían sobrando y sólo quedaban los gemidos y las penetraciones. Ciertamente comenzaron así, pero como aclaró previamente, se enamoró de él.
La Cabeza del Demonio, de la pequeña ave. El petirrojo que como Ícaro, voló demasiado cerca del sol y se quemó.
R'as disfrutó con la vista de su cuerpo desnudo. Después de todo, no había ido hasta allá, únicamente para saber de la maldición de Damián. Su amante lo sabía pero aún así no se resistió a comentar.
—La máscara es peligrosa, Detective.
—Llámame como lo haces cuando estamos a solas y ven hacia acá. Lo que sea que tengas que decir, puedes pronunciarlo mientras te hundes en mi.
R'as aceptó la invitación, habían pasado meses de la ultima vez que se vieron. Pese a desposarlo, seguían cada cual por su lado. Diferencia de intereses, suponía que su relación era similar a la de Clark Kent y Lex Luthor.
"No puedes destruirme, no puedes dejarme, no puedes apartarte o dejar de pensarme, entonces ríndete, entrégate a mi, Timothy Drake"
Aquellas fueron sus palabras de amor, durante un enfrentamiento que acabó con él a los pies de su señor. Las ropas de héroe devastadas, las alas rotas, sus armas también. R'as estaba erguido delante de él, con heridas propias pero furioso, decidido y letal. El filo de su espada lo enterró justo delante de su entrepierna, él siseó de horror, después jadeó de satisfacción. El hombre que debería matarlo se dejó caer por encima de él y lo besó, como nadie jamás lo había besado, ni siquiera Conn.
"Todo lo que soy, todo lo que poseo, te lo entrego a ti, mi amor"
No dijo nada sobre la orden de los asesinos, eso estaba más allá de sus caprichos. El gremio debía heredarse a alguien de su sangre. Su nieto, el pobre diablo que justo ahora debía estar agonizando.
Escuchó más historias sobre el Año de Guerra, el levantamiento de su imperio a manos de un niño de nueve años poseído por un ser demoníaco. La máscara ejercía una transformación sobre él. Lo hacía ver más grande de lo que es, más fuerte, resulto e insaciable.
Si estaba de regreso, temía por todos ellos.
—Jason no dejará que nada que no sea él toque su cuerpo.
—¿Qué…estás…?—tuvieron que hacer una pausa para descargarse y disfrutar de la eyaculación y el orgasmo. No creía que fuera un acto consciente pero había visto la forma en que el resurrecto miró al jovencito cuando lo tranquilizó y lo llamó por su segundo nombre.
No era la primera vez que pasaba, cuando Damián regresó de la muerte, Red Hood le obsequió un teléfono celular.
Según él, jamás hablaban de nada pero Damián solía marcar a horas demasiado extrañas y Todd escuchaba su respiración agitada al otro lado de la línea y no colgaba hasta asegurarse de que estaba profundamente dormido. Velaba por su bienestar aún si no lo visitaba y mimaba como Dick.
Resopló, estremeciendo de placer a medida que su ávido amante besaba, chupaba y mordía una de sus tetillas. La devoción que le dedicaba el hijo no querido al perdido, debía significar algo más que un simple contrato por el Pozo de Lázaro.
Lo expresó.
—Si existe tal máscara, Todd no dejará que se la ponga.
—¿Sugieres que mi heredero es así de estúpido? —sonrió, porque claro que creía a Damián así de estúpido. Todo prepotencia y arrogancia. Si veía el objeto maldito seguramente lo colocaría en su rostro convencido de que era más poderoso que cualquier conjuro o maldición.
No lo era.
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—5—
Negligencia.
POV Bruce
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Los perfumes y las telas preciosas eran algo a lo que ya se debió desacostumbrar y sin embargo, no lo hacía. Cada inspiración traía a su memoria recuerdos del momento en que la conoció y amó.
Sabía que era hechicera, que sus ojos estaban malditos, así como sus labios benditos y su cuerpo estrecho y bien esculpido. Desechó todas esas ideas a la vez que ultimaba la copa de vino que le ofreció y la veía sentarse en un amplio sillón por delante de él.
Su rostro impoluto, aún de cortesana y cínica. Ajena a toda la perversión y dolor que causaba, a la destrucción y depravación que cernía a su paso. Los cuerpos diseminados por doquier y la sangre.
La sangre que heredó al hijo de ambos. Talía llevaba un vestido sencillo en telas de colores verdes y dorados, los ojos delineados y el cabello recogido, cruzó una pierna por encima de la otra permitiéndole una vista completa de su piel morena, él presionó los dedos y tensó sus músculos.
No debía olvidar el motivo de su visita.
—De haber sabido que vendrías querido, me habría puesto algo más lindo.
—No es una visita social.
—Tampoco carnal, supongo. —sonrió coqueta y bebió de su copa. Él se preguntó si intuiría algo de lo que estaba pasando o simple y sencillamente disfrutaba con torturarlo.
—Estoy aquí por Damián.
—Eso pensé, pero no lo veo a tu lado. ¿Qué hizo esta vez?
—Más bien, ¿Qué le hiciste tú esta vez? Habló de una máscara y algo llamado el Año de Guerra. —la asesina tensó los músculos y se levantó de inmediato, pidió que le explicara exactamente de lo que estaba hablando y lo hizo. El desmayo, la pérdida de memoria y por último la pérdida de identidad.
—¿Probó la sangre?—él le dijo que sí. Las delicadas facciones de la mujer palidecieron un poco, se cruzo de brazos y al querer beber de su copa, erró el movimiento y la terminó rompiendo en el interior de sus dedos.
—¿Entonces es cierto? ¡Lo convertiste en un animal! ¿Una bestia?
—Era un obsequio para enseñarle humildad y prepararle el camino por el que indudablemente habría de andar. La máscara de Anubis, el Dios de la muerte…
—El perro de R'as al Ghul. —terminó la oración por ella y toda la sangre al interior de sus venas hirvió. Talía carraspeó y le dio la razón él continuó. —No era un obsequio, sino un castigo. Siempre has estado amedrentándolo por ser lo que es. El heredero a la orden, el título que deseabas y que por tu condición de mujer, no has podido obtener.
—No sabía que estaba maldita.
—¿De dónde la obtuviste?
—Profané una tumba.
—¿Y dónde está ahora?
—No lo sé…—los ojos de Talía brillaron con notable furia. Habló de un robo reciente en la cámara de sus tesoros. Los que hurtó Damián durante el Año de Sangre.
Esa máscara reposaba ahí, debió destruirla cinco años atrás pero no lo hizo por alguna desconocida razón.
—Sabes perfectamente cual es esa razón Talía. Deseabas gobernarlo, corromperlo, destruirlo.
—¡Ya lo maté una vez y me arrepentí!
—Si y sin embargo, disfrutas lastimándolo.
—Son los únicos momentos que me permite a su lado. —la hechicera se rodeó con los brazos, haciendo el amago de tener un niño en su regazo. Debía reconocer que había verdadera nostalgia y dolor en su gesto. Quizás, sí lo amaba y extrañaba pero Damián decidió cortar todo lazo con su pasado.
¿Cómo culparlo? ¿Cómo perdonarla? ¿Cómo encontrar una salida en la que nadie saliera dañado?
—¿Tienes alguna idea de quién la pueda tener?
—Ninguna, pero sé de objetos malditos que se prendan de su portador. Tal vez, en lugar de guardar reposo todos estos años, concentró fortaleza. Si es capaz de sentir a Damián como para enviarle visiones y dominar su cuerpo sin que la esté usando...¡es sólo cuestión de tiempo antes de que…! —su voz se volvió histérica y de sus ojos manaron lágrimas que inmediatamente borró.
Él no sabía si era real o parte de un acto.
De lo que sabía, R'as ya había acabado con todos los enemigos de su familia, actualmente se destruían entre ellos, luchando por poseer el legado. La inmortalidad, los ejércitos y la basta fortuna.
Damián no quería nada de eso, solía decir que él era toda la familia que necesitaba y quería. Sus hermanos y amigos también, ahora tenía muchos y aunque su carácter seguía siendo imposible, se esforzaba por reconocer sus errores y trabajar al respecto.
No por nada, le atormentaba la idea de llegar a matarlos.
—¿Cómo le quitaste esa máscara la ultima vez?—preguntó, pues necesitaba prepararse para el peor de los escenarios.
—No quieres saber. —Talía se sirvió un nuevo trago y al terminarlo volvió a adoptar la postura altiva y cínica que heredó a su padre. Eso lo enfureció, ya estaba harto de sus juegos y de sentir incertidumbre por el destino de Damián.
—¿¡Qué le hiciste, mujer!?—gritó acorralándola contra la pared, colocando una mano sobre su cuello y levantándola del piso algunos centímetros. Talía sonrió con lascivia, por supuesto, su arrebato la excitó.
No tenía tiempo o interés en esto, presionó un poco más el frágil cuello de la dama y con un hilo de voz respondió.
—Según los códices que encontré existen dos formas de cesar el contrato. La primera es matarlo. Detener su corazón, así el objeto no tendrá cuerpo u alma a la cual asirse.
La segunda y que no ocupé, es ofrecer tu cuerpo a cambio.
Quien se la quite deberá estar dispuesto a cambiar de lugar con él. ¿Estás seguro de amarlo tanto?
—¿A caso no viajé al inframundo por recuperarlo una vez?
—Pero esto será distinto. Si te pones la máscara tú serás el Dios, el creador de la muerte. Todo por lo que has luchado, todo tu legado se irá al carajo. —los labios de Talía soplaban muy cerca de su rostro. Cuando comenzó a hablar la devolvió al nivel del piso pero no la liberó. Permanecía atrapada entre la pared y su cuerpo. Seguía siendo hermosa, temeraria, maldita y prohibida.
No se resistió de probar sus labios, presionar su cuello con una mano y meter la otra en su entrepierna. La encontró cálida, húmeda y dilatada. Jadearon al compás de sus emociones. Ella totalmente entregada, él dispuesto a dejarla como estaba. Abandonada y necesitada.
Gritó su nombre a medida que se apartaba, le recriminó que había asesinado a su hijo más de una vez. Talía se aferró a la primera, pues en la segunda ocasión trató de detener a Hereje, pero no obedeció.
Nada de eso importaba ahora, llamaría a John Constantine. Si había alguien que supiera de objetos malditos y como mandarlos al olvido, ese era él.
—¡Espera! —lo alcanzó y tiró de su brazo antes de que saliera de su habitación. —¡No debe probar más sangre!
—¡¿Qué…?!
—Era lo que más le gustaba, la sangre y la carne fresca. Cuando supe que se declaró vegetariano, honestamente pensé que había sido lo mejor. —la miró de arriba a abajo, el vestido tan transparente que no ocultaba una mierda de su desnudez, la mirada dura, sin un atisbo de arrepentimiento.
—¿Cómo puedes dormir por las noches, Talía? ¿Cómo puedes estar tan tranquila, sabiendo que hay un objeto que se posesionó de tu hijo, perdido?
—Porque aún tengo la otra pieza. —levantó el cuello haciendo énfasis en una elaborada gargantilla que llevaba sobre el pecho. La gema era de color rojo intenso, algo poco usual en ella, ya que solía tener predilección por el verde. —Esta gema controla al portador de la máscara.
Si hace contacto físico con Damián, lo sabré de inmediato y por unos minutos, puede que hasta segundos, lograré controlarlo.
—¿Así que planeas matarlo?
—Pensé que te complacería. Una sola vida a cambio de muchas.
—Si quieres complacerme, no te acerques a él.
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—6—
Nicotina
POV Damián.
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Percibía el aroma de la nicotina alterando sus nervios, contaminando su sistema y aunque se moría de ganas por abrir la boca y comenzar a gritar, no lo hacía porque sabía que se trataba de Jay.
Le confortaba tenerlo a su lado. Necesitaba como nunca su mano dura y sus burdos cuidados. Él no lo trataba cual niño como hacía Dick, tampoco lo creía idiota como hacía Tim.
No, él lo dejaba ir a su ritmo, hacer lo que quisiera siempre y cuando no resultara herido. Cuando le obsequió el celular, dijo que era por si en algún momento quería hablar sobre estar muerto.
Nunca lo hacía, jamás bajaba sus barreras porque le enseñaron que hablar de sus sentimientos era sinónimo de debilidad. —¿Llorar?— era mejor si te atravesaban el corazón con un puñal. Aunque reconocía, que había noches en que sucumbió a tal necesidad.
Todd lo sabía, no terminaba la llamada hasta que él, dejaba de lloriquear o por fin se podía serenar.
Una vez le dio las gracias por estar a su lado, no hubo más que silencio al otro lado.
Esa era otra cosa que le agradaba de él. No se metía en los asuntos de nadie si no era invitado.
No había dobles intenciones, ni fachada que mantener ante él.
—¿Te molesta el humo?—preguntó su hermano y él abrió los ojos y le dijo que no. Jason sonrió y apagó su cigarro en el cenicero. Trató de acomodarse un poco mejor en el respaldo, encontrando su brazo esposado al barandal de la cama. Le sorprendió y alarmó.
—¿Qué hice? ¿¡A quién…!? —Todd se levantó de su asiento y sacó las llaves para liberarlo. Él le dijo que no. No recordaba nada pero estaba seguro de que hizo algo malo.
—No eres malo, Babybird…—le acarició los cabellos y él reconoció ese gesto de Dick. ¿Dónde estaba él? La ultima vez que lo vio, era quien velaba su sueño. ¿A caso él…? ¿Él…?—se llevó las manos al rostro y no reprimió por más tiempo las lágrimas que le estaban quemando.
Todo lo que poblaba su mente eran escenas bélicas y de matanza, no quería pertenecer a eso. No después de todo su esfuerzo, pensó que había dejado atrás todo aquello.
—Claro que lo hiciste, —consoló Jay. —el playboy de la familia se encuentra bien, está durmiendo el sueño de Adán en sus aposentos.
—Pero pasó algo. No por nada me atarías a la cama. —levantó el brazo diestro había marcas leves, señal inequívoca de que intentó liberarse.
—Qué tal si quería divertirme contigo mientras estabas dormido. Mi primera vez fue a los quince, ¿Cuántos tienes tú?
—¡Catorce y no hagas esa clase de bromas degenerado! —lo empujó un poco y el bastardo rompió a carcajadas, regresó a su asiento, hasta entonces se percató de la cantidad de libros y comida chatarra dispuestos alrededor.
Llevaba unas seis u ocho horas velando su sueño.
—¿Por qué…?—preguntó mirándolo como nunca había hecho con él. Tenía la sensación de que ocurrió algo importante y una vez más, fue Todd quien logró serenarlo.
—Porque no tengo nada mejor que hacer y no encontré nada divertido en la T.V
—Gracias.
—No tienes por qué dármelas. Ya te dije que no estamos haciendo nada…—antes de que pudiera agregar algo más bajó Alfred, quería revisar sus signos vitales.
Si tenía hambre había verduras hervidas, sopa caliente y un poco de pescado perfectamente asado. No tenía apetito pero el guardián insistió en que debía reponer fuerzas. Tan pronto tocó la sopa con la punta de su lengua, volvió a pensar en un cáliz lleno de sangre, su cuerpo tembló, se dobló por la mitad y vomitó.
Siguió vomitando hasta perder el sentido, hasta que alguien lo levantó y él se arropó en su regazo, olía a nicotina y poco de pólvora.
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Continuará...
