Hola!

I'm back jiji, ahora se pondrá más interesante,

MimiDeIshida: que bueno que te haya gustado: D y si se caso tres veces oO pero Tai no esta muerto, aun (6) ntc xD, aunque no se todavía si la haré mimato o michi jiji, luego veré jajajajaja xD sale gracias por tu review

Raymi: Gracias por tu review:) q bueno q se te haya hecho interesante la historia.

Dulce.mimi: qe bueno qe te este encantando aunque sea michi: D gracias por tu review

Lady-Apolion: Gracias por agregarme a tus historias favoritas!

Capitulo 2

Adela apenas asomo la cabeza por la puerta entreabierta de la habitación de la enferma.

- Niña Mimi, el seño Kazuo me dijo que me quedara con Maria pa que uste desayune algo.

Maria dormía. Mimi tenía un hambre atroz. Se lavó las manos rápidamente en la cocina y entró en el comedor. En ese momento Kazuo se levantaba de la mesa.

-¿Puedo ayudarte, tío Kazuo?- pregunto Mikami ansioso. Se puso de pie con un salto. Al ver a su madre su rostro perdió la expresión de entusiasmo. Tendría que permanecer a la mesa y usar sus mejores modales o ella se enojaría. Camino lentamente para retirarle la silla a Mimi.

- ¡Que buenos modales tienes, Mikami!- comento Akako en tono meloso-. Buenos días, Mimi. ¿No estas orgullosa de tu joven caballero?

Mimi miro con rostro inexpresivo a Akako, y después a Mikami. De pronto, se dio cuenta de que era un jovencito bien parecido. Y además muy alto para su edad; parecía tener 13, y aun no cumplía 12. Se sentó en la silla que Mikami le ofrecía.

- Gracias, Mikami.

- Mamá- pregunto Mikami con cautela-, ¿puedo ir a ayudar al tío Kazuo en los campos?

- Si, claro, ve- Mimi tomo el cuchillo y el tenedor.

- Yo también- exclamo Eiko.

- Yo también- hizo eco Sakura, la hija de Akako.

- Ustedes no están invitadas- repuso Mikami-. Los campos son asunto de hombres.

Sakura empezó a llorar.

- Mira nada más lo que haces- le señalo Akako a Mimi.

- ¿Yo? No es mi hija la que hace escándalo.

Mimi trataba siempre de evitar discusiones con Akako cuando se encontraba en Kyoto, pero las costumbres de toda una vida estaban demasiado arraigadas. Habían empezado a pelear desde que eran bebés, y jamás dejaron de hacerlo.

No voy a permitir que me arruine la primera comida con apetito no se en cuanto tiempo, se dijo Mimi. Ni siquiera alzo los ojos cuando Mikami salio por la puerta detrás de Kazuo, y los gemidos de Eiko se sumaron a los de Sakura.

- El tío Tai si me hubiera dejado ir- sollozo Eiko.

No escuchare, pensó Mimi, no haré mas que cerrar los oídos y disfrutar de mi desayuno.

- Mamá, mamá, ¿Cuándo llegara el tío Tai a Kyoto?- Mimi oyó las palabras de Eiko a pesar de si misma. ¿Qué podría responderle? Nunca. ¿Era esa la respuesta? No podía decírselo, ni ella misma lo creería. Miro con repugnancia el rostro enrojecido de su hija.

Los cabellos lacios y color rojo de Eiko eran como los de su padre, Koushiro Izumi, y le rodeaban el rostro bañado en lágrima, pues siempre huya de las apretadas trenzas que Adela le tejía. El cuerpo de Eiko parecía también de alambre, delgado y anguloso. Era mayor que Sakura; tenía casi siete años, contra los seis y medio de su prima, que era mucho más alta y podía intimidar a Eiko con impunidad. Mimi pensó que era lógico que Eiko quisiera ver a Tai. El si la quería, y ella no. Le ponía los nervios de punta, no podía amarla.

-¿Cuándo vendra el tío Tai, mamá?- pregunto Eiko otra vez.

Mimi empujo su silla para alejarla de la mesa y se puso de pie.

- Eso es asunto de personas mayores- repuso. En ese momento no soportaba pensar en Tai; ya pensaría después en todo.

&

- Solo una cucharadita mas de caldo, Maria hermosa, y me harás muy feliz.

La anciana mujer alejo el rostro de la cuchara.

- Estoy cansada.

- Lo se- dijo Mimi-. duérmete, entonces.

Miro el tazón, casi lleno. Maria comía menos cada día.

- Niña Shizuka- susurro Maria quedamente.

- Aquí estoy- respondió Mimi. Siempre le dolía que Maria no la reconociera, que creyera que las manos que la cuidaban eran las de la madre de Mimi. No debería molestarme, se decía todas las veces. Siempre fue mamá la que cuido de los enfermos, no yo. Mamá era buena con todos; era un ángel, una dama perfecta. Debería halagarme que me confundan con ella.

- Niña Shizuka- los ojos de la anciana se entreabrieron-. Tú no eres la niña Shizuka.

- Soy Mimi, Maria, tu Mimi.

- Niña Mimi, quiero vé al señó Taichi. Tengo algo importante que decile…

Mimi se mordió con fuerza los labios. ¡Yo también lo quiero!, gritaba en su interior. Lo quiero mucho. Pero no puedo hacer nada, se ha ido, Maria.

Vio que Maria caía otra vez en la inconciencia, y se sintió muy agradecida. Cuando menos, Maria no sentía dolor. En cambio su corazón sufría, como si le hubieran encajado mil puñales. ¡Cuánto necesitaba a Tai! Si estuviera aquí conmigo, sintiendo el mismo dolor que yo siento. Porque también Tai quería a Maria, y ella a el. Tai jamás se esforzó tanto por ganarse a una persona, y nunca le importo más una opinión que la de Maria. Le dolería mucho saber que Maria se había ido, le hubiera gustado tanto despedirse de ella.

Mimi levantó la cabeza. Claro, ¡que tonta! Miró a la anciana marchita.

- Maria querida, gracias- suspiro-. Vine a ti en busca de ayuda, para que arreglaras todo, y lo harás.

&

Encontró a kazuo en la cochera, limpiando la camioneta.

- ¡Kazuo, me da tanto gusto encontrarte!- exclamo Mimi. Sus ojos cafés brillaban.- ¿Puedo usar la camioneta? Necesito ir a Pittsburg. A menos que… ¿te estas preparando para salir?

Kazuo la miro con serenidad. Entendía más a Mimi de lo que ella creía.

- ¿Te puedo ayudar en algo? Quizá vaya a Pittsburg.

- Kazuo, eres un amor. Quiero quedarme con Maria, pero debo avisarle a Tai como esta. Pregunta mucho por el- Mimi acaricio la camioneta, y luego alzo los ojos hacia Kazuo-. Esta en Cleveland, por negocios de la familia. Si le enviaras un mail… pero fírmalo tu, ¿si? Tai sabe que adoro a Maria y podría pensar que estoy exagerando sobre su gravedad- sonrió alegremente-. Cree que soy una tonta.

Kazuo sabía que esa era la mayor mentira de todas.

-Tienes razón- respondió-. Taichi debe venir lo más pronto posible. Saldré ahora mismo.

- Gracias- expreso Mimi, relajada. Estaba segura de que Tai vendría. Llegaría a Kyoto en dos días si salía de Cleveland en cuanto leyera el mail.

&

Pero Taichi no llego en dos días. Ni en tres, ni en cuatro, ni en cinco. Mimi dejo de prestar atención cada vez que oía ruidos de coche en el camino de la entrada. Lo único que la absorbía era el horrible jadeo de Maria en su esfuerzo por respirar.

Akako se unió a la vigilia de Mimi, olvidaron los celos y las pelas de toda una vida en su necesidad de atender a la anciana morena. Trajeron almohadones para enderezarla. Dejaron la cafetera encendida todo el tiempo, para vaporizar. Le vertían cucharadas de agua en los labios agrietados. Pero nada mitigaba los enormes esfuerzos de Maria.

Mimi le leía en voz alta la desgastada Biblia que había en la mesilla de noche. Leía los salmos, y su voz no delataba el dolor de su corazón. Al llegar la noche, Akako encendía la lámpara y relevaba a Mimi, leyendo hasta que Kazuo la enviaba a descansar.

- Tu también, Mimi- dijo Kazuo-. Yo me quedare con Maria. No soy muy buen lector, pero se la Biblia de memoria.

- Recítasela, entonces. Pero no dejare a Maria. No puedo.

Cuando se empezó a ver por las ventanas el primer resplandor del día, cada respiración se hizo mas ruidosa, y con largos silencios entre una y otra. Mimi se puso de pie bruscamente. Kazuo se levanto de la silla.

- Iré por Akako- dijo.

Mimi ocupo el lugar de Akako junto a la cama. La frente de Maria se arrugaba por el esfuerzo.

- quería… esperar al… señó Taichi. Pero estoy… muy cansa-

Mimi tragó saliva.

- Ya no te esfuerces, Maria. Descansa. No pudo llegar- oyó pasos apresurados en la cocina-. Akako viene pa jaca. Y el señor Kazuo. Estaremos todos aquí contigo, linda. Todos te queremos.

Se vio una sombra sobre la cama, y Maria sonrió.

- Ella me quiere a mí- exclamó Taichi. Mimi alzó la vista hacia el, incrédula-. Permíteme- pidió Tai con suavidad-. Deja que me acerque a Maria.

Mimi se puso de pie y al sentir la cercanía de Taichi, su estatura, su fuerza, su masculinidad, las rodillas, le flaquearon.

Tai se arrodillo al lado de Maria y Mimi junto a el; tocando con su hombro el brazo de Taichi, se sentía feliz en medio de su dolor. Tai estaba ahí. Había sido una tonta al perder la esperanza. Todo saldrá bien.

- Quiero que uste haga algo po mi- la voz de Maria sonaba firme, como si hubiera guardado fuerzas para ese momento.

- Lo que sea, Maria- ofreció Tai-. Haré lo que usted me diga.

- Haga que me entierren con ese vestido de seda roja que usté me regaló. Se que Leonor le tiene echado el ojo.

Tai soltó la carcajada. Mimi se sintió aturdida. ¡Risas en un lecho de muerte! Entonces se dio cuenta de que Maria también se reía.

Tai puso la mano sobre el corazón.

- Leonor ni siquiera lo vera, Maria. Yo me encargare de que el vestido se vaya al cielo con usted.

Maria le tendió la mano para indicar que le acercara el oído.

- Cuide de la niña Mimi- pidió-. Necesita que la cuiden, y yo no pueo má.

Mimi contuvo el aliento.

- Lo haré, Maria- respondió Tai.

- Júrelo- la orden era un susurro, pero terminante.

- Lo juro- repuso Tai.

Maria suspiró tranquilamente.

Mimi dejo escapar el aliento con un sollozo.

- Maria querida, gracias- gimió-. Maria…

- Ya no te oye, Mimi- la mano de Tai se movió con suavidad por el rostro de Mimi y le cerró los ojos-. Termina todo un mundo, se acaba una era- declaro en voz baja-. ¡Descanse en paz!

- Amén- concluyó Kazuo desde la puerta.

Taichi se incorporó y dio media vuelta.

- Hola Kazuo, Akako.

- Su último pensamiento fue para ti, Mimi- gimió Akako-. Siempre fuiste su favorita.

Rompió a llorar con fuertes sollozos. Kazuo la tomó en sus brazos.

Mimi corrió hacia Tai y alzo los brazos para estrecharlo.

- Tai, te extraño tanto.

Tai la tomo de las muñecas y le bajó los brazos.

- No, Mimi- le advirtió con voz tranquila-. Absolutamente nada ha cambiado.

- ¿Qué quieres decir?- pregunto Mimi.

- Sabes muy bien lo que quiero decir.

- Tai, no puedes dejarme, no puede ser. ¿Por qué no me abrazas y me consuelas? Se lo prometiste a Maria.

Tai movió la cabeza, con una leve sonrisa en los labios.

- Me has conocido por años, Mimi; sin embargo, cuando quieres, olvidas todo lo que has aprendido. Era mentira. Mentí para hacerle felices los últimos momentos a una anciana adorable. Recuerda, pequeña, soy un bribón, no un caballero.

Se dirigió a la puerta.

- Tai, no te vayas, por favor- sollozo Mimi. Se tapó la boca con ambas manos para detenerse. Jamás se respetaría si le rogaba una vez mas. Volvió la cabeza bruscamente, incapaz de soportar la imagen de Tai al marcharse. Vio triunfo en los ojos de Akako y compasión en los de Kazuo.

- Volverá- aseguro-. Siempre regresa. Siempre- dio un hondo suspiro-. ¿Dónde esta el vestido de Maria, Akako? Me encargaré de que la entierren con ella.

&

Mimi mantuvo el control hasta que Kazuo trajo el ataúd. En ese momento, empezó a temblar. Necesito aire. Necesito salir de esta casa. Recogió su bolsa y echo a correr.

Afuera soplaba un fresco aire matinal. Caminó tropezando con la hierba crecida en la pradera y bajó la colina hasta el bosque que bordeaba el rió. Los altísimos pinos despedían un aroma muy dulce; le daban sombra a su espeso colchón de agujas marchitas, derramadas allí por cientos de años. Mimi se desplomó fatigada en ese suelo esponjoso y luego se sentó con la espalda apoyada en ese tronco. Tenía que encontrar la manera de rescatar su vida del desastre. Pero la abrumaba el agotamiento y la confusión.

Se había sentido cansada antes, mucho más que en ese momento. Como cuando tuvo que irse de New York a Kyoto rodeada de narcotraficantes y no dejó que el cansancio la venciera. Cuando anduvo por los campos buscando comida, cuando tuvo que cosechar algodón y recoger ella misma la cosecha, sin rendirse a la fatiga. Siempre encontró fuerza para seguir adelante pese a todo. No se daría por vencida esta vez. No era de las que se rendían.

Alzo la frente ante sus fantasmas: la muerte de Yolei… la muerte de Maria… la partida de Tai, diciéndole que su matrimonio estaba terminado. Eso era lo peor. Que Taichi la hubiera abandonado.

Tenia que encontrar el modo de recuperarlo. Jamás hubo un hombre que se le resistiera y Tai era un hombre cualquiera, ¿o no?

No, no era cualquier hombre, y por eso quería que volviera. Se estremeció de pronto, presa del miedo. Siempre había logrado lo que anhelaba. Hasta hoy.

Tenia que pensar, recordar las palabras de tai. No las que dijera cuando Maria murió. ¿Qué fue lo que dijo en casa la noche que abandono New York?

FLASH BACK

Tai no dejaba de hablar, dando explicaciones. Estaba tan sereno, con una paciencia irritante, como la que se le tiene a las personas que ni siquiera nos interesan lo suficiente como para enojarnos con ellas.

- Mimi, quiero el divorcio.

- No, de mi nunca obtendrás eso. Crees que me rebajare al divorcio. ¡Ja! Primero muerta- grito Mimi con una gran furia.

- Lo que digas, Mimi. Vendré con frecuencia para que callar los rumores.

FIN DEL FLASH BACK

Mimi sonrió. Todavía no triunfaba, pero existía una posibilidad. Esa posibilidad bastaba para seguir adelante se puso de pie.

El rió, amarillento y sin viveza, fluía lentamente y a gran profundidad por el recodo que albergaba el bosque de pinos. Mimi miro hacia la corriente.

- Sigue adelante- musitó-. Como yo. No mires hacia atrás; lo hecho, hecho esta. Sigue adelante.

El brillo del cielo le hacia entrecerrar los ojos, donde cruzaban las hileras de nubes blancas y deslumbrantes. Se veían llenas y se desplazaban con rapidez por el viento. Mimi se dio cuenta de que iba a hacer frío. Necesitaba algo mas abrigado para el funeral de esa tarde. Dio media vuelta y se dirigió a casa.

&

El cementerio de Kyoto no era muy grande. La tumba de Maria se veía enorme, mucho más grande que la de Yolei, pensó Mimi.

Soplaba un viento helado y, por lo mismo, el sol brillaba y el cielo se veía de un azul intenso. Las hojas marchitas se arremolinaban por todo el camposanto. Se acercaba el otoño. A Mimi le gustaba el otoño pues solía pasear a caballo por el bosque pues allí el aire tenia sabor a sidra; pero había pasado tanto tiempo. No se había vuelto a ver un buen caballo para montar en Kyoto desde que su padre había muerto.

Miró las lapidas. Su padre, Takuma Tachikawa, nacido en Odaiba, Japón. Su madre, Shizuka Tachikawa, originaria de Filadelfia, Estados Unidos. Cuando menos Maria quedaría aquí, junto a la señora Shizuka, y no en el lote de los sirvientes.

El cementerio tiene un aspecto horrible, pensó Mimi. La maleza invade todo, ¡que pobre se ve! El funeral mismo resulta lamentable. Maria lo hubiera sentido. Ese rabino negro habla y habla, y ni siquiera la conoció. Además, Maria era católica, como todos los que habitan en Filadelfia, menos el abuelo. Debimos conseguir un sacerdote, pero el mas cercano esta en New York y habría tardado días. ¡Pobre Maria!

Mimi volvió a mirar el cementerio abandonado. Pensó que a su madre se le hubiera roto el corazón verlo así. Mimi recordó, por un instante, la figura alta y graciosa de su madre, Shizuka Tachikawa. Siempre arreglada de manera impecable, siempre de voz suave, siempre ocupada en el continuo trabajo de mantener el orden perfecto que fue la vida en Kyoto a su cuidado. ¿Cómo lo hacia? Mimi lloro en silencio. ¿Cómo creó su madre ese mundo tan maravilloso? ¡Todos eran tan felices! ¡Como le gustaría tenerla ahí todavía!

No, no. No quería que ella estuviera allí. Se sentía tan triste al darse cuenta de lo que había sucedido con Kyoto y con ella. Se decepcionaría y Mimi no podría soportarlo.

Mimi miro a los dolientes, Akako, kazuo y ella; los niños y la servidumbre. Cuando menos todos querían a Maria. Pedro tenía los ojos hinchados de llanto y el pobre viejo Pablo no dejaba tampoco de llorar. ¡Que extraño se veía con el cabello casi todo blanco! Mimi nunca imagino que pudiera envejecer. Delia parecía tan joven; no había cambiado nada desde que llego a Kyoto…

La mente de Mimi fatigada en sus divagaciones se ilumino de momento cuando se dio cuenta de lo que significaba que Pablo y Delia estuvieran allí. Hacia muchos años que no trabajaban en Kyoto. Pablo se hizo mayordomo oficial de Tai y Delia, su esposa, se fue a casa de Yolei, en New York, a trabajar como nana de Hiroshi. La única forma de que supieran de la muerte de Maria era que tai les hubiera avisado.

Mimi miró sobre su hombro. ¿Habría regresado Tai? No se veía por ningún lado.

En cuanto terminó el funeral, fue directamente hacia Pablo.

- Es un día triste, niña Mimi- dijo el hombre, todavía con los ojos llenos de lágrimas.

- Si, Pablo- reconoció Mimi. Caminó lentamente al lado del anciano sirviente negro, oyendo sus evocaciones de los viejos tiempos en Kyoto. Había llegado con el padre de Mimi cuando no había más que un antiguo y derruido edificio y campos cubiertos de maleza.

Poco a poco, Mimi obtuvo la información que quería. Taichi había regresado a vivir a Cleveland. Pablo guardo toda la ropa de su amo y la mando a la estación para hacérsela llegar. Fue su última obligación como mayordomo personal de Tai. Ahora estaba retirado, con una gratificación suficiente como para tener casa propia.

- Hasta puedo ayudar a mi familia- declaro Pablo orgulloso. Delia no necesitara volver a trabajar, y su hija Adela tendría algo que ofrecerle a cualquier hombre que quisiera casarse con ella.

Mimi sonrió y coincidió con Pablo en que el señó Taichi era un caballero. Por dentro, ardía de indignación. La generosidad de ese caballero estaba complicándole las cosas a ella. ¿Quién cuidaría de Eiko y Mikami cuando Adela se fuera? ¿Y donde podría encontrar una buena nana para Hiroshi? El niño acababa de perder a su madre, y su padre estaba medio loco de dolor, y ahora Delia, la única de esa casa con algo de sentido con algo de sentido común, se iba también. Vine a Kyoto para descansar un poco, a poner en orden en mi vida, y lo que encuentro son mas problemas. ¿Nunca tendré un poco de paz?

Kazuo, sereno y con firmeza, le brindó a Mimi ese respiro. La mandó a la cama. Mimi durmió casi dieciocho horas, y se despertó con un plan definido. Sabía por donde empezar.

&

-Espero que hayas dormido bien- contestó Akako cuando Mimi bajó al comedor para desayunar. La voz sonaba engañosamente melosa-. Debes haber estado exhausta después de todo lo que has pasado.

Maria había muerto, la tregua terminaba.

Cuando Mimi contestó, lo hizo con palabras que fueron igualmente dulces.

- Apenas puse la cabeza en la almohada y me quede dormida. ¡El aire de campo es tan refrescante!

Necesitaba mantenerse en buenos términos con su hermana si quería llevar a cabo su plan. Le sonrió a Akako.

- ¿De que te ríes, Mimi? ¿Acaso me manche?

La voz de Akako irrito a Mimi, pero ella conservo su sonrisa.

- Discúlpame, Aka. Solo recordaba cuando éramos pequeñas. Yo era una niña terrible. No se como tu y Himarawi pudieron soportarme.

Empezó a ponerle mantequilla a un pan como si no tuviera mayor preocupación en la vida.

Akako adoptó un aire suspicaz.

- Vaya que nos atormentabas, Mimi.

- Lo se. Y también cuando crecimos. A Himarawi y a ti las traté como mulas cuando tuvimos que cosechar el algodón después de que nos robaron todo.

- Casi nos matas. Estábamos medio muertas de fiebre, y tú nos sacaste de la cama para ponernos a trabajar al rayo del sol…

Mimi asintió con la cabeza, haciendo ruiditos de arrepentimiento. Como le gustaba a Akako quejarse, pensó. No habló hasta que Akako empezó a quedarse sin aliento.

- Me siento tan malvada, y no se que puedo hacer para compensar todo los malos ratos que les di. Kazuo hace muy mal en no dejar que les de un poco de dinero, si en realidad es para Kyoto.

- Se lo he dicho cientos de veces- coincido Akako.

No dudo que lo hayas hecho, pensó Mimi.

- Los hombres son tan necios- prosiguió. Y en seguida agregó-: Akako, se me acaba de ocurrir algo. Por favor, acéptalo. Kazuo no podrá oponerse. ¿Qué tal si dejara a Eiko y a Mikami aquí, y te mandara dinero para mantenerlos? Están demacrados de vivir en la ciudad, y el aire de campo les haría mucho bien.

- No se, Mimi. Vamos a estar muy amontonados cuando nazca el bebé.

La expresión de Akako era ambiciosa pero precauciosa.

- Lo se- canturreo Mimi compasiva-. Además, Mikami come como si no hubiera comido nunca. Creo que serían casi mil dólares al mes para alimentar a los niños y comprarles zapatos.

Dudaba que Kazuo ganare mil dólares en efectivo al año trabajando como burro en Kyoto. Observo satisfecha a Akako que quedaba muda. Estaba segura que su hermana recuperaría la voz para aceptar de inmediato. Le extenderé un cheque con una buena cantidad después del desayuno, pensó.

- Estos son los mejores panecillos que he probado- comentó Mimi-. ¿Puedo tomar otro?

Ya con sus hijos en buenas manos empezó a sentirse mucho mejor. Tenía que regresar a New York; todavía tenía que encargarse de Hiroshi y también de Matt; se lo había prometido a Yolei. Pero había venido a Kyoto en busca de paz y la tranquilidad del campo, y estaba decidida a disfrutarlo antes de partir.

Después del desayuno, Akako se dirigió a la cocina. Así Mimi pudo quedarse a solas y tranquila.

Se sirvió otra tasa de café y lo tomo sin importarle que estuviera casi frío. Después salio al comedor.

La sala mostraba las huellas de la pobreza y el paso constante de una familia llena de niños. A Mimi le costo trabajo reconocer el sillón tapizado de terciopelo donde ella solía sentarse graciosamente a recibir las propuestas de sus pretendientes. Además, Akako había cambiado toda la distribución. Así ya no parecía el verdadero Kyoto.

Se sintió cada vez mas desalentada al pasar de una habitación a otra. Nada era igual. Cada vez que regresaba a casa había más cambios, mas deterioro. Los muebles necesitaban tapizarse, las cortinas estaban hechas jirones, y la madera del suelo se veía por agujeres de los agujerados tapetes. ¿Por qué tenia que ser tan terco Kazuo? Ella podría comprar cosas nuevas para Kyoto si se lo permitiera.

¡Debería ser mío! Yo lo cuidaría mejor. Papá siempre me dijo que me dejaría Kyoto. Pero nunca hizo testamento. Así era papá, jamás pensaba en el mañana. Mimi frunció el entrecejo, pero en realidad no podía enojarse con su padre. Jamás existió una pegona que durara enojada con Takuma Tachikawa; el era como un niño travieso y encantador.

Con la que sigo enojada es con Himarawi. Hermana menor o no, hizo muy mal, y nunca la perdonare, nunca. Decidió tomar los hábitos y yo lo acepte. Pero nunca me dijo que usaría su tercera parte de Kyoto para ingresar en el convento.

¡Debió decírmelo! Yo hubiera visto como conseguir el dinero y seria dueña de dos terceras partes. No de la propiedad completa, como debería de ser, pero cuando menos tendría el control. Soy yo quien salvo Kyoto de los ladrones y de los narcotraficantes. Es mío, a pesar de lo que diga la ley, y será de Mikami algún día. De eso me encargare cueste lo que cueste.

Mimi apoyo la cabeza en el cuero agrietado del viejo sofá del saloncito desde donde Shizuka Tachikawa había gobernado con tranquilidad la plantación. A pesar de los años parecía quedar un tenue olor del agua de colonia con aroma de cedrón que usaba su madre. Esa era la paz que había venido a buscar. A pesar de los cambios y del deterioro, Kyoto seguía siendo Kyoto, su hogar. Y el corazón de Kyoto estaba ahí, en el cuarto de Shizuka.

El único sonido que escucho fue el lento tictac del reloj del vestíbulo, tras la puerta cerrada. Pero de pronto, esa paz que tanto había añorado la estaba enloqueciendo. Se puso de pie rápidamente. Será preferible que haga ese cheque para Akako, pensó.

La firma del cheque, característica de Mimi, era clara y sin adornos. La miró un momento. Escribió la fecha: 11 de octubre de 2017. Habían pasado más de tres semanas de la muerte de Yolei. Hacia 22 días del arribo de Mimi a Kyoto; gran parte de este tiempo se lo había dedicado a cuidar de Maria.

La fecha adquiría otros significados. Hacia mas de 6 meses que Al había muerto. Mimi podía dejar el asfixiante negro del luto riguroso. Podía aceptar invitaciones sociales. Podía reincorporarse al mundo.

Quiero volver a New York, se dijo. Quiero un poco de alegría. He tenido demasiado dolor, demasiadas muertes. Necesito un poco de vida.

Dobló el cheque para Akako. También extraño la tienda.

Y Tai ira a New York "para acallar los chismes". Debo estar ahí.

Haré mis maletas y le daré a Akako el cheque. Tomaré el tren hoy después de la cena. Kazuo puede llevarme a la estación y regresar a tiempo para ordeñar sus viejas y horribles vacas.

Iré a casa, a New York. Kyoto ya no es mi hogar, por más que lo ame. Es hora de partir.

&

A la mitad del camino al aeropuerto, Mimi dejo escapar lo que la estaba agobiando.

- Kazuo, respecto a Tai… lo rápido que se marchó… espero que Akako no irá a decirlo a los cuatro vientos.

Kazuo fijó en ella sus ojos azul claro.

- Mimi, la ropa sucia se lava en casa. Te prometo que Akako jamás le contará tus problemas a nadie. Ella, igual que tu, no quiere que la gente murmure de los Tachikawa.

Mimi se relajó un poco. Confiaba a ciegas en Kazuo. Y el era inteligente. Nunca se equivocaba.

- Tú crees que volverá, ¿verdad, Kazuo?

Kazuo masticó silencioso una paja y luego la dejó en la comisura de la boca, hasta que al fin respondió:

- No puedo asegurarlo, Mimi, pero quién soy yo para saber.

Mimi sintió como si la hubieran golpeado. De inmediato la ira sustituyo el dolor.

-¡No entiendes nada de nada, Kazuo! Tai está molesto, pero ya se le pasará. Seria incapaz de cometer la bajeza de abandonar a su esposa.

Kazuo asintió con la cabeza. Mimi podía pensar que estaba de acuerdo con ella, si eso quería. Pero el recordó la forma en que Tai se había descrito a si mismo. Era un bribón. Siempre lo fue y tal vez siempre lo sería.

Mimi fijó la mirada en el familiar camino de tierra rojiza. Tenia los dientes apretados y su mente trabajaba de prisa. Estaba segura de que Tai volvería. Tendría que volver porque ella quería y siempre había logrado lo que deseaba. Lo único que necesitaba era decidirse a conseguirlo.

Por fin, se termino este capitulo, trate de actualizar pronto, pero tuve varios problemas, gracias por sus reviews! :D

si alguien sabe como se llaman los papás de Mimi diganme TT please