Este capítulo lo dedico con mucho amor y cariño a mi hermosa LauRichlee por su cumpleaños.
Capítulo 2
Cybele se relajó en el súper jacuzzi de mármol blanco que había en el cuarto del rey, más asemejado a una piscina. Bueno, intentaba relajarse, no podía dejar de pensar, preguntarse por qué ahora si sentía algo por él diferente al odio, por qué él no respondió ninguna de sus muchísimas cartas, cómo era posible que la odiase y la desease tanto a la vez.
Sacudió la cabeza alejando sus interrogativas, tenía que hacer de tripas corazones, matarlo era una opción, aunque la menos viable. Por mucho que desease a Thranduil o que lo quisiese de esa extraña manera en que lo hacía, no le permitiría jamás que le pusiese un dedo encima a Thranbely, ella era su mundo, su centro y su sol, y también debería ser lo mismo para él.
Thranduil se había quedado paralizado al ver a la niña, no la abrazó, ni la saludó, no hizo nada y eso la tenía de mal humor, o quizás más intrigada que molesta, no sabía cómo interpretar el gesto de él, no sabía si la falta de reacción fue por la impresión de encontrarse a sí mismo en los ojos de ella o por el contrario, por sentir y aseverar que ella no era de él.
Cybele se hundió en el agua con los ojos abiertos. Debía pensar, ser inteligente a cada paso, era un proceso extenuante y de por sí ella estaba extenuada. Seguiría con su plan, había corrido con mejor suerte de la que esperaba, la visita del Príncipe Legolas la había ayudado muchísimo.
Salió del agua y se arregló para dormir. Esa noche se celebraría la cercanía de la Luna con un baile de máscaras, ella continuaría seduciendo y él estaría obligado a mirarla, desde siempre se manejaron así entre la Obligación y Seducción.
La noche mostró una luna gigante acompañada con centenares de estrellas que titilaban con sus memorias y sus vidas. Todo el reino estaba en el salón principal del palacio, las carnes, postres y vinos corrían por todas las mesas, las gentes de Mirkwood estaban felices, tenían a su vivaz reina, a su valiente príncipe y a la nueva y adorable princesita, ahora estaban completos y eso era motivo de gozo y alegría.
Thranduil llegó a la sala vestido de blanco de pies a cabeza, la chaqueta hermosamente bordada en perlas pequeñas y cristales de roca, la máscara también era blanca y le cubría la mitad del rosto, como la máscara del Fantasma de la Opera, ese accesorio hacía al rey más misterioso y sensual. Tomó asiento en la mesa de honor junto a su hijo que ya había llegado.
Pasada una hora la reina aún no llegaba y eso le extrañó al soberado. Una mucama le informó que la señora estaba durmiendo a la niña y que luego bajaría.
Un rato después un hombre de mephender mandó a detener la música y despejar la pista de baile, deteniéndose en medió se dirigió a todos.
— Mi rey, mi príncipe, gentes de Mirkwood. La reina y dos de sus damas desean celebrar la luna y su regreso a la ciudad, deleitándolos con un baile de su tierra —hizo una reverencia y se retiró.
Una música con ritmo y mística comenzó, llamó la atención de todos. Las tres mujeres caminaron al centro del salón cubiertas de pies a cabeza con sendos velos, Cybele de rojo, Agatha de azul como sus ojos y Adara de verde claro, al llegar al centro se retiraron los velos y quedaron vestidas con unos tops ornamentados, apretados que realzaban sus senos, el abdomen completamente descubierto, un fajón muy bajo que cubría sus caderas y faldas de seda transparente, cada una en su color, la de Cybele era más provocativa pues era abierta por ambos lados de las caderas dejando ver sus piernas.
Las tres portaban antifaces venecianos, en dorado y muy ornamentado. Alzaron los brazos con gracia y comenzaron a moverse al ritmo de la música, suaves, elegantes, sensuales danzaban sus caderas y el resto de su cuerpo. Parecían hadas del bosque en medio del salón, sus largas y lisas cabelleras se movían dando nuevas sensaciones al baile.
Seducían y encantaban a los presentes, jamás los elfos habían visto algo así. No era la primera vez que la reina danzaba, pero esta vez los trajes eran mucho más atrevidos, los movimientos más provocadores.
Cybele no apartaba los ojos del rey, bailaba para él, para hechizarlo, enloquecerlo. Las otras damas se detuvieron a un lado mientras Cybele se colocaba un fajón bordado con cientos de monedas, la música se aceleró y ella movió su cuerpo con brío, parecía que no poseía huesos en ciertas zonas del cuerpo, el baile era rápido y las monedas hacían el movimiento hipnótico, audaz, sensual y sexual sin dejar de ser artístico y elegante.
Su abdomen, sus caderas, las piernas fuertes, doradas y torneadas se mostraban en cada giró. Thranduil quiso lanzarse encima de ella, encerrarla en su cuarto para que nadie más la viera y hacerle el amor hasta que sus fuerzas se resintieran, jamás había visto ser más hermoso y sensual que ella, no quería que los demás la admiraran. Sintió celos.
Syna vio el anhelo en los ojos brillantes del rey, no sólo él la miraba así, muchos hombres y elfos babeaban ante Cybele. Cualquiera de ellos haría lo que fuese por ella, morirían por ella, lo veía, lo presentía y la odiaba, la envidiaba porque no era capaz de levantar el mismo sentimiento en el rey, ni en ningún otro. Por 6 años había escuchado a los hombres del ejercito de Mephernder hablar maravillas sobre su futura reina, lo hermosa que era, lo grácil, lo elegante, lo bella y lo deseable que era, la suerte que tenía el rey de desposarse con una mujer tan impresionante y el absoluto desconcierto al pasar tantos años sin ella. Lo peor que escuchó de un hombre mortal fue "No entiendo por qué el rey se conforma con esa elfa hermosa pero fría, cuando tiene una esposa de fuego como mi señora Cybele".
La danza la hizo entender el "esposa de fuego" que uso aquel soldado, no sólo seducía a los hombres con sus caderas, sino también a las mujeres que deseaban poder ser como ella, bailar como ella.
Las tres volvieron a bailar juntas y con sus fajones de medallas complementaban la música como si fuesen un instrumento más. La danza terminó violenta, con las jóvenes alzando sus pechos con fuerza y rapidez gracias a la respiración agitada por el esfuerzo.
El salón reventó en aplausos, silbidos y alabanzas, todos se pusieron de pie, mientras las mujeres fueron hasta la mesa de honor, los comensales hacían reverencia ante ellas. Adara llegó dónde Mïnwe que aún no podía creer que su dulce esposa pudiese ser tan atrevidamente sensual. Agatha se detuvo en el puesto del conde Therm y Cybele fue hasta el rey.
Thranduil hizo una reverencia al ver que ella venía hacía él, la iba a saludar con un beso en la mejilla. Cybele tenía otro plan, le metió la mano en el platinado cabello y lo besó en toda regla, ella sabía que Syna estaba mirando y era hora de dejarle muy en claro quién mandaba.
El pueblo aplaudió más al ver el beso. El rey la cubrió con su cuerpo y la tomó de la desnuda cintura, quería más, estaba muy excitado y dio gracias de que su chaqueta fuese tan larga.
— Un baile impresionante —comentó al separarse de ella.
— Me alegra que te gustase.
Agatha hablaba con el conde cuando Legolas interrumpió.
— Aún no me presento como se debe, mi hermosa dama —las palabras del príncipe dejaron molesto al conde, se notó su coqueteo.
— Lady Agatha de Mephernder —se presentó haciendo una gran salutación.
— Príncipe Legolas de Mirkwood —le besó la mano y también le hizo una reverencia—. Sería un placer que me acompañara en la mesa.
Agatha sonrió halagada e impresionada, miró a Therm de reojo.
— El placer será mío. Me iré a cambiar por algo más apropiado y volveré —hizo nuevamente un saludo ante Legolas—. Conde Therm —se despidió y salió hacia sus habitaciones.
Therm la mataría aunque debía entender, no se le decía no a un príncipe.
Adara también se fue a cambiar mientras Cybele se sentó en su puesto vistiendo el atrevido atuendo.
— Tienes vestidos muy hermosos, deberías ponerte alguno —sugirió sutil el rey.
— Así me encuentro bien, además tengo calor por el baile.
Thranduil sonrió a todos, disimulando su molestia. La tomó de la mano con firmeza y se la llevó con él, sacándola del salón.
— ¿A dónde vamos? —preguntó Cybele con calma, al estar solos por uno de los corredores, sabía lo que él hacía.
— A que te cambies —contestó severo.
— Siempre tan riguroso —fue cínica—. No me voy a cambiar.
— Lo harás —dijo con fuerza.
— Siempre tan autoritario —él la metió en su habitación—. Eso no me gusta, aunque en ti se ve muy sexy —cruzó los brazos y lo miró desafiante.
— Cámbiate o te arrancaré lo que llevas puesto —se vio dominante.
— Te mueres de ganas por arrancarme lo que llevo puesto —abrió los brazos y giró mostrándose a él—. ¿Quieres que baile para ti? A mí me gustaría.
— Déjate de tonterías, nos esperan, así que cámbiate de una vez.
— Como digas.
Rauda abrió los broches del top y lo dejó caer a sus pies.
— ¿Qué color prefieres que lleve? —preguntó coqueta mientras se deshacía de la falda y quedaba sólo con una tanga y el fajón de monedas.
— Por todos los dioses y demonios —jadeó y la miró de arriba abajo—. Me vas a volver loco, mujer.
Se le echó encima y la acostó en la cama mientras la besaba como un poseído y rozaba con fuerza sus sexos. Cybele gimió ante el contacto, él la excitaba muchísimo. Se giró violenta quedando sobre él, dejándose ver con los senos desnudos, el espeso cabello bañándola como una cascada, los pezones erectos se asomaban entre los hilos color miel.
Se movió encima de él como si le hiciera el amor.
— Creo que los súbditos deberán esperan un poco más por sus majestades.
Con maestría le abrió el pantalón. Casi lloró de la emoción al ver aquel objeto filoso y enorme que alguna vez la llenó de satisfacción. Lo acarició de arriba abajo con la mano, el rey gimió abriendo los ojos, en 6 años había anhelado ese tacto, como nada en el mundo.
Cybele se acomodó mejor, se movió rozando toda su erección con su sexo, sólo la diminuta tela de la panty impedía un tacto total entre las pieles encendidas de ambos. Lo besó y la abrió todos los botones de la chaqueta, dejando la piel del definido pecho expuesta a sus manos, a su boca y a su lengua.
Se movió más rápido y más rápido, como si danzara sobre él, hasta que el orgasmo la hizo estallar en mil pedazos. Cayó jadeante sobre su pecho, Thranduil la tomó para girarla, para ponerse sobre ella y penetrarla hasta el último milímetro de su miembro. Cybele no lo dejó.
— No. En esto mando yo —susurró con sus ojos brillosos y salvajes.
Lo besó suave y profundamente. Metió la mano entre ambos y comenzó a masturbarlo con delicadeza, pasando el dedo por la punta de su falo y regando así toda la lubricación de él. Lentamente le beso el cuello, el pecho, le mordió los pezones y dibujo con su lengua las líneas que marcaban sus abdominales.
Jadeó sobre su punta, dejando que su aliento cálido lo tocase. Thranduil gimió y se alzó un poco para mirarla, eso le gusto a ella. Con lentitud consiente se lo introdujo en la boca hasta ahogarse y llegar a la base de él. Lo soportó un par de segundo y salió chupándolo hasta la punta, el rey casi se murió ante la sensación y el espectáculo visual.
Mirándolo fijamente lo devoró haciendo que desapareciera por completo varias veces. No era una proeza fácil, él era enorme y grueso, siempre debía ayudarse con las manos para el máximo placer de él. No le importaba si le daban arcadas o se ahogaba, le haría la mejor felación de la historia y lo dejaría más deseoso de ella.
Cybele lamió, chupó y mordisqueó con gusto a toda su majestad. Atormentó sus testículos mientras lo masturbaba con ahínco. Lo dejó al borde del orgasmo unas 5 veces para luego retenerlo en ese nirvana sin hacerlo llegar. Miró aquel punto que lo volvería aún más loco pero no quería asustarlo, aquello era muy osado para un primer encuentro.
Lo provocó nuevamente sin detenerse. Thranduil terminó casi sentado ante el monumental orgasmo, el morbo lo invadió mucho más cuando ella se tragó su esencia por completo.
Cayó en la cama jadeante, caliente, sudando por todos lados y con el cuerpo a flor de piel. Jamás le habían hecho algo semejante y fue una experiencia casi religiosa. Era una verdad absoluta cuando Cybele decía que la habían preparado e instruido para el sexo, era fantástica en eso, lo había dejado abatido. Lo mantuvo tanto tiempo al borde del orgasmo que todos los músculos del cuerpo le dolían de tanta tensión, las piernas casi ni las sentía y le temblaban.
¡¿Qué había sido todo eso?! Cuando reaccionó un poco, comprendió que habían pasado casi 40 minutos haciéndole el sexo oral, aquello no le entraba en la cabeza pero se lo agradecía con el corazón.
— Es hora de volver a fiesta —dijo Cybele. Sin más y se levantó dejándole ver su casi total desnudes—. Iré a vestirme.
Antes de irse, se sacó las bragas y se las colocó encima de la cara. Thranduil aspiró con fuerza y se puso duro otra vez, su olor era afrodisiaco. No podía siquiera levantarse de la cama, estaba estaxis, en cambio ella tan calmada caminó hacia el pasadizo que unía sus habitaciones y desapareció de su vista.
Cinco minutos después se levantó a tomar una ducha fría, necesitaba que su racionalidad volviese a él. Ella no lo volvería loco, jamás se imaginó que Cybele regresaría y de pensarlo, sería como la ira de Dios por parte de él, la llenaría de despreció, sufrimiento, humillaciones, muy por el contrario la reina no llevaba 24 horas en Mirkwood y ya lo había seducido dos veces.
Era un imbécil, un simple hombre dominado por sus instintos, era todo aquello que ella había divulgado: un fornicador, un adicto al sexo, un… no, él no era eso, jamás lo había sido, ni con su esposa, ni en los mil años de viudez, ni siquiera con Syna, apenas había yacido con ella un par de veces por año, pero con Cybele, con ella todo se ponía al revés, la deseaba todo el tiempo, la deseaba hace 6 años y la deseaba aún más ahora.
Quería con todas sus fuerzas a la mujer que más lo había traicionado, manipulado y humillado. Eran un par de enfermos masoquistas, eso eran.
Cybele engalanada con un vestido color magenta salió de su habitación, encontrándose con Faris, el capitán de la guardia de Mephender.
— Capitán —saludó con cortesía.
— Mi reina, es un gran placer poder verla —le besó la mano como un caballero.
— Lo mismo digo, capitán.
— ¿La puedo acompañar?
— Será un placer —le sonrió y tomándolo del brazo caminó con él.
Faris se veía más apuesto y maduro, gallardo con el uniforme azul marino, el cabello oscuro igual que los ojos y la barba corta en forma de perilla que siempre usaba.
Hablaban de Mephender, de sus gentes y conocidos en común. El camino hasta el salón de banquetes era largo, en realidad todo era muy grande allí. Antes de llegar se consiguió con alguien que no esperaba ver tan pronto.
— Lady Syna —saludó fríamente.
La elfa estaba en una de las galerías buscando a Thranduil. No pasó desapercibido que los reyes habían desaparecido hacía una hora o quizás un poco más. Los celos la estaban consumiendo y lo que menos esperó fue encontrarse con la esposa de su amante.
— ¡Cybele! —susurró sorprendida de encontrársela. Le temía a ese encuentro.
— Reina Cybele —corrigió en el acto el Capitán Faris. Todos los mepherdianos en Mirkwood la odiaban por haberse metido con el marido de su soberana. —. Mi señora Cybele, su Majestad Real, su ma…
— No te preocupes Faris, hay personas que simplemente no saben cuál es su lugar, y Syna al parecer es una. —aseveró Cybele con superioridad en sus ojos.
Agatha quien había sido invitada por el príncipe a recorrer el palacio con él, convergió en el mismo punto que su reina. Apenas vio a la elfa no pudo refrenarse y se fue hacia ella.
— Asquerosa, arrastrada, mosquita muerte —le escupió en la cara dejando a todos en shock—. Eres la peor calaña de mujer, traicionera, zorra. Sólo te acuestas con el rey por obtener su favor, te vendes a él.
Legolas quedo aún más en shock al escuchar aquello, eso no era posible.
— Tengo entendido que los mepherdianos tienen en alta estima a las zorras —dijo Thranduil con su tronante voz, parecía haber salido de la nada y con su cuerpo protegió el de Syna—. También es sabido que las mujeres en mephender, no se acuestan con alguien sin algo a cambio —desfiguró por completo el concepto que tenían en verdad en Mephender, pues las mujeres sólo pedían placer a cambió del que daban—. Eso se podría tener como venderse ¿también deberíamos llamarlas zorras? —preguntó con una sonrisa cínica y de autosatisfacción.
Agatha quería abofetearlo, Faris debió reunir todo su autocontrol para no clavarle la espada en el pecho, no podía ofender a su reina, a una dama y a todas las mujeres de Mephender ante su presencia.
Cybele respiró profundo y se vistió con la máscara de ironía.
— Basándonos en ese todos somos unas zorras, mi señor —le sonrió a Thranduil—. Todos intercambiamos sexo a cambio de algo, algunas zorras cuestan más que otras, algunas cobran todo un ejército, armas, municiones, oro y sangre ¿No le parece esposo mío?
Sonrió como una gran villana lo haría. Dio un par de pasos y miró a Syna de arriba abajo.
— Y otras zorras se venden a cambio de nada, porque nada le dan, ni amor, ni respecto y quién sabe, a lo mejor ni siquiera placer.
Continuó su camino con la frente en alto, seguida por Faris y Agatha. Syna se fue llorando a su cuerto por la humillación y Legolas miraba a su padre con decepción en los ojos.
— No te atrevas a juzgarme —le dijo Thranduil con rabia—. No te haces una idea de cómo han estado las cosas aquí.
— Padre —estaba boquiabierto.
— No Legolas, mejor guarda silencio y no intervengas en mi vida privada. No, después que me abandonaste a mí y a nuestro pueblo.
Mostró su rostro frio y volvió al banquete para sentarse al lado de su reina y aparentar ante los demás, que su mujer no le había dicho en su cara y en la cara de su hijo, que él era una zorra, tan arrastrada y cualquiera como la mujer de más baja categoría de la Tierra Media.
El príncipe elfo sintió un dolor profundo en el pecho, su padre no tenía derecho de hablarle así aunque lo que decía era verdad, él había abandonado a todos por su propio dolor.
Muchísimas gracias a todas las personas que han leído, votado y comentado este nuevo proyecto, espero contar con su apoyo hasta el final de esta historia.
Besos.
Stef.-
Capítulo 3: Jueves 25/02/16.
