Capítulo 2
George caminaba con paso rápido. ¿Cómo no se le había ocurrido antes buscarlo ahí? Ese era su refugio; siempre lo había sido. Tal vez era cierto que el tiempo los había separado.
Mientras avanzaba por el bosque, recordaba uno y mil momentos que juntos habían vivido en Lakewood. Lo había visto nacer. Lo había visto crecer y lo había protegido y apoyado en todo desde que quedó solo en el mundo. Había sido su tutor, su guía, su cómplice y su amigo. Juntos habían sufrido por la pérdida de la familia Andrew y juntos habían celebrado las victorias que para esa misma familia habían conquistado. ¿En qué punto del camino se habían perdido? Era cierto. No sólo Albert había estado demasiado concentrado en los negocios. También él.
También él se había dejado llevar por los pendientes, por las reuniones, por lo urgente, no por lo importante. Cuando Albert había comenzado su noviazgo lo había visto contento, satisfecho, ilusionado. Pensó que por fin sería el inicio de tiempos buenos. La relación parecía ir tan bien… pero entonces había llegado ella, la otra Camille. Lefevre. Todo se reducía una y otra vez a Lefevre. La loca carrera de Albert, su orgullo, su rabia, sus celos, sus miedos. No podía recordar en qué momento todo había comenzado, pero sabía que el cambio había sido paulatino y que él nada pudo hacer para evitarlo.
Pero en realidad, ¿quién podría haberlo hecho? Albert era no era un niño al que pudiera disciplinar, ni tampoco un jovencito que necesitara su consejo a cada paso del camino. Tal vez estaba yendo demasiado lejos con todo esto de cuidarlo. Mal que mal, Albert no le había impedido que saliera de su vida.
George aminoró el paso.
Aun cuando lo encontrara, ¿querría Albert verlo? ¿Querría hablar con él? De hecho, ¿tenía derecho a buscarlo? ¿Quién era finalmente él para Albert?
George se detuvo.
En realidad no era nada. Nada más que un empleado mal agradecido que había renunciado. No importaba que todos le hubiesen dicho que era importante, que era "casi" como de la familia. El "casi" lo decía todo: no era parte de la familia, sino que les había ofrendado su propia vida a cambio del gesto de generosidad que muchos, muchos años atrás William Andrew había tenido para con él. Pero, ¿qué había hecho él ha cambio? Se había enamorado perdidamente de la hija mayor de su jefe y había aprendido a guardarse ese amor en el fondo del corazón, porque era imposible que aquello funcionara. La vio luchar por el amor de otro hombre y la admiró aún más. Ella luchaba con valor. Él, en cambio, había sido un cobarde que había preferido seguir sumisamente en silencio junto al padre de la joven para sólo poder verla, antes que luchar por ella. Tal vez no habría tenido ninguna oportunidad… tal vez sí. ¡Qué caso tenía pensarlo! Luego ella se fue, formó una familia y con el tiempo, el duro tiempo, esa familia se desvaneció. Nunca lloró su pena abiertamente… pero tampoco se permitió olvidar.
¿Qué era él, realmente? William Andrew lo había rescatado de una vida de miseria en Francia y le había abierto las puertas a una vida mejor. ¿Qué había hecho él con esa oportunidad? Había dedicado cada uno de sus días a pagar esa deuda y en lo profundo de su corazón, se había convencido de que eso era todo lo que tenía que hacer. Pero nunca vivió realmente. Nunca vivió su propia vida, realmente. En los meses que habían transcurrido desde que renunció, se encontró a sí mismo en un lujoso departamento y con una abultada cuenta bancaria, pero sin una vida que vivir. Es cierto, conocía a mil personas, pero para todas ellas él era simplemente "el asistente de William Andrew", jamás "un amigo". No tenía familia ni amigos… bueno… tal vez uno que otro que incluso le había ofrecido un trabajo, pero no era lo mismo.
Estaba perdido. Estaba absolutamente perdido. En las semanas tras su renuncia descubrió que descansar no le servía de nada, porque su cansancio venía de adentro, del corazón. Pero sobre todo, el dejar de trabajar lo había enfrentado con la realidad que por años y años se había negado a aceptar. Estaba solo. No había hecho nada para su propia vida más que vivir por los demás. Por Albert y su familia. ¿Quién era él realmente? Se había sentido viejo e incapaz de emprender ningún camino. Ya no era un jovencito soñador y la roca a la cual se había aferrado, o mejor dicho, tras la cual se había ocultado, de pronto ya no estaba. ¿Quién necesitaba más a quién? ¿Albert a él… o él a Albert?
George decidió volver sobre sus pasos y dio media vuelta.
Albert no le había impedido que dejara la empresa, ni que dejara su vida. Albert no lo necesitaba. Era él, sí, era él quien necesitaba a Albert porque era la persona a la que más quería en el mundo, porque lo quería como a un hijo. Pero no era su padre…
George se detuvo de nuevo. Y entonces dio otra vez media vuelta y aceleró la marcha.
Fuera como fuera, ese muchacho era fruto de su sacrificio y al menos debía asegurarse de que estuviera bien. No era necesario que hablaran si él no quería; al menos podía cuidarlo a la distancia, como tantas veces lo había hecho antes. Eso era lo que un buen padre haría. Eso era precisamente iba a hacer.
A los pocos minutos llegó a la casita del bosque. Un hermoso caballo comía algo de pasto y le dio la señal de que el lugar no estaba deshabitado. Se acercó lentamente y miró por una de las ventanas.
¡Candy! Sin duda era la última persona que esperaba encontrar en ese lugar. Seguramente el caballo era de ella. Entonces Albert no estaba ahí. Sintió que el corazón se le apretaba en el pecho. ¿Dónde, dónde podría estar? Ya lo habían buscado por todas partes y estaba seguro de que ahí lo encontraría. Si no era ahí, ¿dónde más buscarlo? ¿Dónde? Jamás se perdonaría si algo le sucedía, porque su deber era ayudarlo. Se lo había prometido a su padre… no… se lo había prometido a sí mismo. Ya no era por William Andrew que lo hacía, no, ¡era por él mismo! Albert no era sólo una responsabilidad laboral: Albert era la persona a la que más quería en el mundo.
- George…
- ¡Señorita Candy! - en medio de sus cavilaciones, no se dio cuenta en qué momento la joven llegó a su lado – Lamento haberla molestado, pensé que…
- Nadie conoce a Albert mejor que usted, George. Desde luego él está aquí.
- ¿Aquí? – George la miró sorprendido.
- Está durmiendo. Annie me visitó hace unas horas y me contó que no podían encontrarlo. Había sólo un lugar en el que podría estar…
- En su refugio de siempre – dijo George emocionado.
- Así es. Mírelo, ahí está.
Candy señaló hacia el interior de la casita. Albert yacía en el suelo, cubierto por una manta y con un cojín por almohada. George sintió que se le partía el corazón. Su muchacho… su querido muchacho.
- ¿Quiere entrar?
- Tal vez no sea lo más adecuado - dudó George, recordando su última conversación con Albert.
- Venga conmigo, George. Nadie quiere a Albert más que usted. Sé que todos están preocupados, usted sobre todo.
- No creo que…
- ¿No cree que él quiera verlo? – le preguntó con tristeza Candy – Usted es el único que ha estado a su lado toda la vida, George.
- Pero usted sabe que ya no trabajo para la familia Andrew, señorita Candy – dijo apenado.
- Claro que lo sé… pero también sé que lo primero que Albert me dijo cuando llegué es que usted le había dicho que se había convertido en la persona que no debía ser – George la miró sorprendido – Es verdad, George. Usted sabe que no le mentiría. Albert lo adora. Por favor, dele otra oportunidad.
- Jamás le he negado nada, señorita Candy – dijo George bajando la vista.
Candy otra vez se encontró sin palabras. Ella misma sabía tan poco de padres e hijos. Los suyos la habían abandonado a su suerte en la nieve… Pero este hombre… este hombre había dedicado su vida a Albert y estaba sufriendo. No había mucho que pensar en realidad. Sólo había que hacer. Suavemente lo tomó de la mano y sin más, le pidió que la siguiera.
Una vez dentro de la pequeña casa, Candy sólo le indicó el lugar donde Albert dormía. George se acercó en silencio.
- Dios mío… - dijo en voz baja, con el corazón en la mano.
- Lleva un par de horas durmiendo. No me he atrevido a despertarlo – le explicó Candy en voz baja – No sé cuánto tiempo habrá estado aquí.
- Se fue antes de que terminara el funeral – dijo George sin sacarle los ojos de encima y acercándose lentamente a Albert. Cuando estuvo a su lado, se agachó para estar más cerca de él.
Albert dormía con sueño intranquilo y en sus mejillas había rastros de incontables lágrimas. Sus ojos se veían hinchados y tenía negras ojeras. Estaba mucho más delgado que la última vez que se habían visto. O tal vez ya estaba delgado antes, pero no lo había notado. Le pasó la mano por la frente y apenas pudo contener las ganas de llorar. Era Albert. No era el señor Andrew, como él lo había llamado para molestarlo. Sólo era Albert, su muchacho, el mismo que le había suplicado que lo dejara ser libre y que siempre volvía a él cuando se encontraba perdido en su libertad. El mismo que se había refugiado en su abrazo cuando lloró la muerte de su hermana y la pérdida de su sobrino. Era su muchacho. ¿Qué padre dejaría solo a su hijo cuando más lo necesitara? Aunque él no quisiera, siempre lo protegería. No podía dejarlo, porque era parte de su vida y aunque Albert no lo recordara, él, George Johnson, era parte de su vida también. Bastaba con que Albert fuera orgulloso. No lo sería él también.
- George, Albert no quiere volver a su casa.
- ¿Cómo? – dijo George secando una indiscreta lágrima que luchaba por recorrer su rostro.
- Dice que no se siente capaz, que les falló a todos…
- Todos cometemos errores…
- Créame que yo lo tengo más que claro – dijo Candy, bajando la vista apenada – Yo misma he cometido tantos y usted bien lo sabe.
- No creo que sea el momento para recriminaciones, señorita Candy – le contestó conciliador George.
- Lo sé. Pero usted sabe cómo es él…
- Sí, lo sé – dijo en tono cansado George – Siempre que le ocurren estas cosas se esconde. Supongo que jamás va a cambiar.
- Pero no podemos dejarlo aquí solo, George.
- No, no podemos.
- Le dije que si quería podía irse a mi casa, pero no sé si querrá hacerlo – Candy bajó aún más la voz – Tal vez él tampoco quiera… la última vez que conversamos en la fiesta de Annie… bueno…
- Nunca supe qué sucedió en esa fiesta, Candy – se apresuró a tranquilizarla George; en realidad no era necesario que se lo explicara – ¿Qué podemos hacer entonces?
- Por ahora creo que sólo podemos dejarlo dormir. Se nota que está agotado.
- Sí… - dijo George mirando de nuevo a Albert – Se ve tan acabado. ¿Cómo pudo suceder todo esto?
- Creo que ninguno de nosotros tiene una respuesta para eso, George. Le propongo algo. Por favor, avísele a los demás que Albert está bien, pero que por ahora no volverá a la mansión. Debería haberlo hecho yo, pero como Albert se quedó dormido, no pude ir.
- Comprendo.
- Trataré de convencerlo de que vaya a mi casa. Si no lo logro, imagino que se quedará aquí. Yo me encargaré de avisarles qué sucede. No vamos a perderle la pista porque los dos sabemos muy bien que…
- … es capaz de desaparecer sin dejar rastros por meses – completó George.
- Así es.
George dio un pesado suspiro y se agachó nuevamente para cubrir un poco mejor a Albert con la manta.
- Por favor, Candy, no lo dejé solo.
- No lo haré, George – le prometió Candy.
- Nadie lo conoce mejor que usted.
- Se equivoca George: es usted quien lo conoce mejor que nadie. Él lo necesita. Ahora más que nunca lo necesita.
- Eso es algo que veremos cuándo él despierte – respondió George en tono triste – Creo que será mejor que vaya a avisar a los demás. Están todos muy preocupados. Por favor, no deje de avisarme qué sucede. Si no tengo noticias de ustedes mañana por la mañana, volveré.
- Descuide, de alguna forma los mantendré al tanto de todo. Por favor, dígale a Archie que tenga paciencia.
- No se preocupe, Archie entenderá – George dio una última mirada a Albert – Supongo que en el fondo todos entendemos a este cabeza dura.
Candy le sonrío y George se fue en silencio. Antes de salir, la joven le pidió que se llevara el caballo y lo devolviera a Tom, que tampoco sabía qué había sucedido. George decidió cabalgar hasta la mansión. El viento que azotaba su rostro mientras avanzaba a toda velocidad le ayudaba a despejar su mente. Pero sobre todo, se llevaba las lágrimas que, sin poder evitarlo, rodaban por su rostro. Su muchacho lo necesitaba y aunque él no lo quisiera a su lado, jamás lo dejaría.
CONTINUARÁ...
Ok... creo que con tres capítulos por hoy (1 de Pupilas I y dos de Pupilas II) es más que suficiente. Espero que me acompañen en el resto de la historia.
¡Hasta la próxima entrega!
PCR
