A/N: De aquí en adelante ya no pertenece a ningún concurso. Sin embargo, también es un songfic.

Se recomienda buscar Falling Away With You de MUSE -escritor Matt Bellamy-, pues tendrá mucho más sentido con la letra. Además de que es una gran canción. Enjoy!


Nigel despertó con una jaqueca terrible. Abrió sus ojos y su mirada nublada no le ayudaba en lo más mínimo.

Se encontró solo en un apartamento en el que parecía que se había librado una batalla épica, en la que sólo había sobrevivido un estudiante de universidad con ropas harapientas. Las paredes se encontraban casi deshechas con agujeros pequeños, quizá de balas. Pero no habían casquillos en ninguna parte. Los pocos muebles ya estaban inutilizables, las pocas posesiones habían sido destruidas. Y el colchón solitario que se encontraba bajo la única ventana, le gritaba que ahí había vivido alguien más.

Al bajar las escaleras de su edificio, no recordaba en qué ciudad estaba, o en qué país se encontraba perdido. Giró la cabeza sobre su hombro un par de veces para recordar la fachada del edificio por si tendría que regresar.

Al notar una pequeña alarma en su reloj de pulso, la calló al asumir que se debía dirigir hacia el campus, en donde quizá todo se aclararía. Siguió su instinto al pisar los pasos de un número grande de jóvenes adultos con quien compartía la cuadra, esperando ver algo familiar en algún lugar. Sólo sabía que hacía frío y se congelaría si no entraba en algún edificio pronto.

El campus ciertamente era enorme, y a nadie parecía importarle que el siquiera estuviera parado en la nieve sin abrigo. Caminó sin rumbo entre las aulas de los edificios, desesperándose cada vez un poco más acerca de lo que pasaba. Con desprecio, azotó la puerta del baño de hombres para refrescarse el rostro con agua helada. Furioso se clavó los ojos en su reflejo y debatió consigo mismo.

Soy Nigel Uno. Soy de Inglaterra. Vivo en Cleveland. Esto no es Cleveland. Vivo con mis padres. ¿Dónde están mis padres? ¿Tengo amigos? ¿Vivo en ese apartamento? El número de mis padres. ¿Qué pasó en ese departamento? ¿Herí a alguien? ¿Maté a alguien? Nada.

Sus brazos comenzaron a temblar de miedo. ¿Qué haría? ¿Por dónde comenzaría? Se sentía vacío.

Al notar a su alrededor, podía descifrar que estaba solo, pues nadie entendía el idioma que él hablaba. Tomó asiento en las gradas del campo de fútbol en medio de la nieve sin sentir el helado clima pellizcando su piel.

Qué resaca más grande.

Así pasaron un par de horas bajo el nublado clima, viendo a la gente pasar, maldiciendo a cada uno de ellos por recordar quiénes eran y qué hacían ahí. Las personas pasaban de prisa; nadie quería coger un resfriado. Excepto una chica de piel morena que se notaba triste e insegura, tomando su vientre entre sus manos, protegiéndolo de algo. Madre soltera irresponsable, seguramente.

Sus miradas se cruzaron un momento, haciéndoles sentir incómodos a ambos, pero con un extraño instinto en querer hablarse.


Había caído la noche cuando Nigel aún vagaba por los corredores, figurando la manera de volver a casa. Todas las salidas le parecían exactamente lo mismo, y siendo sinceros, ya todo le daba igual. Se había dado por vencido.

Pasando frente a la biblioteca, volvió a toparse con aquella chica, que se había conseguido una sopa instantánea para comer. Seguro tendría los meses difíciles con una criatura qué cuidar.

—Hola

La chica se limitó a comer al hacer un gesto con la cabeza. Se veía agotada y desarreglada. Ah, la maternidad.

—¿Estás bien? —¿De dónde había venido esa pregunta? ¿A él qué le importaba? ¿Qué podía hacer por ella? ¿Por qué se molestaba si nadie le entendía?

—Bien. Sólo tuve un día difícil.

¿Por qué estaba tan seguro que ella le entendería? ¿Por qué sabía que le contestaría y se abriría con él? Bajó la mirada sin saber qué decir. Él también había tenido un día difícil y no le apetecía comparar historias.

—¿Cuántos meses tiene? —preguntó con cautela. La chica no sólo era gorda, ¿verdad?

—Uhm… —perfecto. Sí era gorda— N-no lo sé.

—¿Qué?

—Sonará extraño pero… no recuerdo haber estado embarazada. Yo… desperté esta mañana así… —quería callarse, pero debía contarle a alguien si situación. Rió— ¿Te ha pasado?

—Una vez —miró al techo asumiendo que la chica también había bebido la noche anterior. Irresponsable—. ¿Eres de aquí?

—No. Soy de… un lugar lejano, no lo conocerías.

—Oh, está bien. ¿Vas en primer año?

—Si —mintió escondiendo sus labios tras la cuchara—. También tú.

—¿Es tan obvio?

—Tu ropa —al señalarla, el chico se sonrojó. Se había olvidado por completo de su sucia imagen—. Adivino, ¿novatada?

Eso debió ser. Los mayores le hicieron una novatada y le emborracharon la noche anterior.

—Ya sabes cómo es esto —se encogió de hombros.

Sin saberlo, ambos mantenían elocuentemente la plática para saber en dónde estaban y qué hacían allí, pero ambos evadían las respuestas que en realidad le interesaba al otro. Sin quererlo, ya se estaban conociendo de nuevo.

—Ya es tarde —señaló la chica al ver de reojo el reloj de Nigel.

—Te acompaño a tu dormitorio —se ofreció extendiéndole una mano para ponerse de pie. Pero ella no marcó una ruta, sino que se quedó estática, pensando en formular su siguiente frase.

—No tengo un dormitorio.

—¿Cómo dices?

—La fraternidad en la que estaba no tolera que las chicas… —señaló su vientre— y me echaron el día de hoy.

Mentira poco convincente para los escasos minutos que pensó su coartada.

—Lo siento.

—Estaban empezando a ser odiosas —se encogió de brazos.

—¿Y tus cosas?

—No tenía mucho de todas formas.

Nigel encontraba encantadora la sonrisa sutil, casi invencible con la que la chica se tomaba las cosas a la ligera, sus ojos serenos color miel y ese cabello, aunque enredado, curvo e incitador.

Un impulso casi instantáneo le hizo tomarla de la mano al tiempo que le ofrecía quedarse en el apartamento, si alguna vez lo encontraban.

Les llevó toda la noche entre risas sin sentido y tensiones liberadas, pero al fin pudieron encontrar ese pequeño edificio color salmón de seis pisos y apartamentos de menos de setenta metros cada uno. Al introducir la llave y abrir la puerta, ambos tuvieron una serie de déjà vus que les atacaba el corazón.

Instintivamente se acercaron uno al otro e inspeccionaron el lugar con cautela.

—¿Fiesta salvaje? —ella trató de fingir su miedo entre risas.

—Si —murmuró Nigel con una sonrisa fingida al ver los trozos de vidrio, pocas fotos reducidas a cenizas y un armario con su contenido deshecho.

La chica se acercó a unos particulares lentes de sol, que aunque fueron pisados, un pequeño empujón en la pata derecha los hizo volver a la normalidad. Orgullosa de su trabajo, los colocó sobre su cabello enmarañado preguntándole a Nigel su opinión.

Un recuerdo quería venir a él, pero fue en vano la lucha. Aprovechando su sonrisa ya dibujada, enmarcó el rostro de su nueva compañera con una caricia, halagando su belleza.

Siguiendo con el juego, ella se abalanzó sobre una vieja gorra roja que encontró cerca de lo que quería seguir siendo una mesa y la colocó sobre la cabeza del chico.

—Así ocultarás la calvicie —rió.

Esa risa le provocaba en Nigel un escalofrío familiar. Era la primera noche que la escuchaba, pero ya la amaba.

—¿Te avergüenzo? —siguió con su juego.

—Sucio, pobre y calvo. ¿Sabes lo que hará eso a mi estatus social? —le rodeó el cuello con sus brazos casi por instinto.

—Despídete de tu vida social —le atacó con un beso efusivo que le hizo sentirse completo de nuevo.