LOS NEGROS FUEGOS
A Shirayuki se le llenó el pecho de puro pánico y un gemido se le atascó en la garganta.
Zen no… Por los dioses, Zen no…
Pero no, tranquila… Tranquilízate… —se obligó a sí misma a calmarse mientras se lo llevaban a las salas anejas que habían preparado para atender para los reyes, Izana y Haki. Se obligó a decirse mentiras incompletas para seguir en pie…—. Dos de cada cinco personas sobreviven. Zen es fuerte. Zen sobrevivirá…
Sé fuerte, mi amor…
Te pondrás bien…
Quizás si lo repetía lo suficiente, se hiciera verdad…
La mañana antes, Izana, al sentir los primeros síntomas, había otorgado a su hermano y a su cuñada plenos poderes de actuación. Ante lo que quedaba de la corte, delegó en ellos toda la potestad real. Sus órdenes serían las suyas.
Y ahora, con Zen también enfermo, todo el palacio se volvió a Shirayuki. De la familia real, solo ella seguía en pie. No le quedó más remedio… Hizo lo que se esperaba de ella… Se tragó su miedo, escondió su pánico y empezó a impartir órdenes. Tenía mil cosas qué hacer.
Completó y ejecutó las órdenes previas de Izana y añadió las suyas. Centralizó los servicios al castillo. Lo convirtió en centro de mando y coordinó la asistencia médica con los hospitales de la ciudad. Mandó formar brigadas que recorrían las calles, yendo casa por casa, recogiendo a los enfermos para llevarlos a la ciudadela. La idea era mantener a los sanos separados de los contagiados. No estaban seguros de cómo se transmitía la enfermedad, aunque parecía ser que era por el aire… Se estableció la profilaxis pertinente: uso de guantes, mascarillas o pañuelos… Todo se lavaba tres veces a temperaturas altísimas, o se pasaba por el fuego… Se hervían todos los utensilios, no se mezclaban platos ni vasos… Ni las prendas de vestir ni la ropa de cama, que en los casos más graves iban directamente al fuego.
Las cuadrillas tenían órdenes de entrar en las casas, y a veces encontraban niños solos, llorando a unos padres que apenas respiraban, o a algún anciano al que la muerte se lo había llevado en soledad. Las escuelas se convirtieron en improvisados hospicios con criaturas de todas las edades, cuyos familiares yacían enfermos o ya no volverían.
Los animales y los huertos debían seguir siendo atendidos. De nada sirve cuidar a una población si la dejas morir de hambre después. Se organizó un punto de abastecimiento en los mercados para proporcionar víveres. Pero lo peor, y tristemente alguien debía hacerlo, era el carro de los muertos… Pasaba por las casas que tenían dibujada una gran cruz blanca de tiza, que habían marcado previamente los voluntarios que buscaban a gente enferma. Si una casa tenía la funesta marca quería decir que allí solo había muertos. Que ya no quedaba nadie… Recogían al fallecido, y con una brocha empapada en agua, borraban la marca. Anotaban cuidadosamente el nombre (que algún vecino les proporcionaba, desde la seguridad de sus postigos) y la dirección del difunto, y luego seguían su camino. Al caer la tarde, se encaminaban al nuevo camposanto, que antes de que empezara toda esta pesadilla había sido parte de los grandiosos jardines reales. Y allí se incineraban los cadáveres… Negros fuegos que se llevaban el alma de la gente de Wistal.
Dos de cada cinco…
Shirayuki vivía con esa esperanza…
Corría, corría… El trabajo nunca cesaba… Se movía rápida por las salas de los enfermos, eficiente, amable con quien aún conservaba sus sentidos… Apenas dormía, por supuesto. Se reunía con capataces, médicos, farmacéuticos, generales, lavanderas, cocineras, grupos de voluntarios, madres asustadas… Todos esperando que ella obrara el milagro. Que con una palabra suya, dejaran todo atrás… Sabían que Shirayuki no podía hacer eso. Pero ella los guiaba, les encargaba algo que debía hacerse, les daba un objetivo para no volverse locos o ceder a la tristeza. Siempre hacían falta manos para cualquier cosa… La veían en pie, ella el rostro visible de los Wistalia, manteniéndolos cuerdos a través de este infierno… Y aun así… Aun así quedaban entre los nobles algunos con las narices alzadas en abierto menosprecio, que la seguían considerando una advenediza sin derecho a darles órdenes. Lord Haruka (sí, el mismo…) los mandó a trabajar en las lavanderías de palacio, entre fuegos y marmitones de ropa sucia.
Descubrieron por las malas que aquellos que conseguían que su fiebre no alcanzara más de cuarenta y un grados tenían una oportunidad para sobrevivir una noche más… Prácticamente todos los sauces de la ciudad fueron despojados y sus cortezas arrancadas para preparar infusiones antipiréticas. Otras hierbas, como la ulmaria, la cariofilada, el cardo santo o la centaurea, quedaron casi extinguidas con el mismo fin. Jardines y huertos de palacio, públicos y particulares, todos combatían la fiebre como podían.
Todos los grupos de edad eran susceptibles a la infección, pero los más numerosos eran los adultos y los ancianos. También enfermaban niños, pero misteriosamente, eran los menos.
Si tenías suerte, al noveno día, la fiebre bajaba. El cuerpo estaba debilitado en extremo, y consumido el peso y las fuerzas. Se le llevaba entonces a una sala aparte, lejos de los pacientes críticos y de los trasiegos de palacio, y les atendía personal diferente. Pero le llevaría al enfermo entre tres y cuatro semanas de convalecencia, antes de poder abandonar el lecho.
Pero si no tenías suerte…
Zen seguía inconsciente, mientras que Izana entraba y salía de delirios febriles. Sus cuerpos, llenándose de los puntos rojos, los ojos hundidos y tintos en sangre… Pero aún respiraban…
No tuvo la misma suerte la reina Haki. Exhaló su último suspiro con las primeras luces del alba.
Shirayuki apretó sus manos contra su regazo hasta que los nudillos se le volvieron blancos.
Un día antes. Un día de diferencia. Unas horas… Solo unas horas… Haki enfermó un día antes que Zen…
La respiración de Shirayuki se acelera, intentando frenar la desbocada carrera del miedo por sus venas.
Dos de cada cinco…
Dos de cada cinco sobreviven…
Y se lo repetía una y otra vez… Recitándolo como si fuera una plegaria al cielo.
Aguanta, mi amor…
Con un paño húmedo y frío refresca el ardiente rostro de su esposo. Ya no parece el hombre que fue… La enfermedad lo consume y deforma las facciones amadas. Ella le reza a los dioses para que miren por él, para que lo protejan.
No te me vayas…
Pero un hilo de sangre espesa, casi negra, se deslizó lentamente desde su oído hasta la almohada…
Shirayuki gritó.
