Digimon y los personajes no me pertenecen, la historia sí.


Se había pasado la noche en vela, recordando cada palabra que su superior, ahora recién jubilado, le había dicho durante el tiempo que estuvo siendo algo así como su ayudante. Había seguido a cada uno de los pacientes del viejo doctor durante los últimos siete meses y estaba lo suficientemente cualificado para tomar su puesto. Había visto desde casos de claro autismo, depresiones, hasta puros esquizofrénicos. Ahora aquellos pacientes le pertenecían a él y tanto ellos como el propio Tai Yagami, se habían preparado para que el momento del cambio no fuera catastrófico.

Miró hacia la estantería que tenía a su derecha, repleta de libros sobre psicología, psiquiatría, enfermedades mentales… Y la mayoría escritas por aquél hombre que tanto admiraba y que ahora tenía oportunidad de superar. Aunque lo que realmente le hacía feliz era haberlo conocido, haber pasado esos últimos siete meses a su lado y haber descubierto, que aparte de uno de los mejores psiquiatras de Japón, uno de los mejores escritores que había leído en su vida, era también una persona maravillosa, la cual le había formado lo suficientemente bien para poder ocupar su puesto en uno de los mejores hospitales del país.

Y ahora tenía frente él todo el historial clínico de su primer paciente, no heredado por el famosísimo psiquiatra al que idolatraba. Su primer paciente… y su primer reto como psiquiatra de prestigio. Tenía que hacerlo bien. Con Ken no iba a seguir las pautas que el doctor le indicó para cada uno de sus ex pacientes, tenía que empezar de cero y ser el mejor.

La puerta sonó y fue él quien la abrió, dando paso a las personas que esperaban dentro de la consulta.

- Tomen asiento, por favor. – El joven doctor tiro una de las sillas hacia atrás, para que la mujer pudiera sentarse, haciendo una leve reverencia antes de volver a su silla, al otro lado de la mesa. Se sirvió un vaso de agua y ofreció a la pareja otro vaso, que negaron amablemente.

- Díganos, Doctor ¿Por qué lo hizo? – La madre seguía igual de angustiada que el día anterior y se notaba que al igual que la tarde pasada, había estado llorando durante horas. El doctor sonrió.

- Para poder responder a eso, necesito primero hacerles algunas preguntas. –Sentenció. – Ya sé que es difícil, pero ¿pueden hablarme del suceso en el que se vieron envueltos hace veinte años?

La madre de Ken echó de nuevo a llorar, y es que los recuerdos de hacía veinte años atrás rondaban en su cabeza desde entonces. Le contó lo que recordaba, que era prácticamente todo, con todos los detalles que pudo, el marido añadió algo, pero apenas habló, él había olvidado todo pues no había mejor defensa para un dolor tan intenso como el que esos recuerdos le producían que olvidar.


Una vez la familia Ichijouji se marchó, echó uno ojo a los apuntes que había tomado de aquella angustiosa entrevista, de aquellos garabatos y palabras sueltas, sacaría todo lo que le diría a Ken, todo lo que le preguntaría en aquella segunda sesión, que más bien era como la primera. Las primeras palabras que intercambiaron el día anterior no era más que una toma de contactos. Recordó que ni siquiera se presentó por los nervios que su primer paciente le producía.

Pasó algunos de esos garabatos a limpio, y se dispuso a salir de su consulta para dirigirse a la sala en la que Ken se encontraba, pero tuvo que parar en seco tan solo salir, la estridente música que llevaba como tono de llamada comenzó a sonar. ¿Quién diablos le llamaba, a esa hora? Todo el mundo sabía que a esa hora trabajaba. Miró quién era la persona que le llamaba, al ver las letras escritas sobre la pantalla, su cara cambió drásticamente, tardo menos de un segundo en responder.

- ¿Ha ocurrido algo? ¿Estás bien? – se apresuró a decir, antes de que al otro lado de la línea dijeran cualquier otra cosa, alguien habló a la otra línea. – Está bien, voy enseguida. En veinte minutos estoy allí.

Entró de nuevo en el despacho para dejar la bata, coger su chaqueta y cerrar con llave la consulta. Antes de salir, le contó a la secretaría que tenía que salir urgentemente, que retrasara todas sus citas para aquél día y sobre todo, que avisaran a su primer paciente "de verdad" que su charla pendiente, seguiría siendo pendiente un día más. Llamó a un taxi y marchó en dirección a su nuevo destino.


Ken observaba su muñeca vendada, se preguntaba cómo estaría aquella herida que él mismo se hizo dos días atrás. ¿Sería profunda? Pero no lo suficiente para matarle. Pasó un dedo por la venda y se maldijo a sí mismo. Debió haber apretado más, debió haber perdido más sangre, poner alguna silla delante de la puerta para que la persona que le rescató no hubiera podido hacerlo. ¿Qué hacía en ese maldito hospital cuando debería estar muerto? ¿Qué hacía en ese maldito hospital esperando a un estúpido loquero que no iba a poder solucionar nada? La única solución y, estaba seguro de ello, sería la muerte.

- Mierda… – susurró para sí mismo. Y es que se acababa de dar cuenta que todo sería más complicado ahora que había dejado al descubierto cómo se sentía, que ya no era el Ken fuerte que podía con todo, al que su madre siempre veía sonreír. La persona a la que nadie en su círculo podría haber imaginado que acabaría en un hospital por haberse intentado quitar la vida. Sabía que, tarde o temprano tendría que dar explicaciones a todos o por lo menos, invitar alguna excusa.


Pau, te lo dedico (?)

Y y nos vemos en el siguiente capítulo~