Notas de la autora:

Ando tratando de actualizar rápidamente. No soy muy eficaz en eso, pero quiero no dejarlos por mucho tiempo sin caps.

La historia transcurrirá como se habrán dado cuenta en la actualidad y en una situación que probablemente le pueda ocurrir a cualquier humano xD y sé que les gustará. Algunas partes de esta historia se basan en algunas experiencias personales, incluso en algunas reacciones propiamente mías xD Espero que ello no sea tan aburrido para ustedes.

Sin más, agradezco el apoyo que hay a "Comienzos", que representa los objetivos trazados y que estoy viendo cumplirse a medida del tiempo.

Moondi.

CAPÌTULO II: PENSAR

España, España.

Tan lejano y tan cercano a la vez.

El viaje fue largo, y su cabeza era un revoltijo.

Pensaba en Sesshomaru. En su forma de despedirse. En su rostro impávido.

Caray, cuanto lo amaba. Cuán difícil era dejarlo a él, con el sentimiento insano que crecía cada vez que lo veía.

Al salir del hotel, ella lo miró por un segundo mientras caminaban. Sus ojos, fijos en la autopista, le hacían recordar que él pocas veces la miraba fijamente. Sus ojos la rehuían cuando lo miraba, y en general, en cada conversación que tenían.

Y cómo le gustaba ese chico verdaderamente, pensó mientras se le dibujaba una sonrisa esperanzada. Blanco como la leche, de una nariz pequeña y de unos labios delgados perfectos. Su forma de vestir, su sonrisa despreocupada, sus desplantes, sus pequeñas muestras de afecto.

Todo de él, absolutamente todo era perfecto para ella.

-¿Pasa algo, Kagome?

Ella se sonrojó. La descubrió viéndolo.

-No,…nada. Sólo…pensaba que ya no nos veríamos por mucho tiempo.

-Eso es cierto.- contestó él, evitando otra vez su mirada.- Tampoco será para toda la vida.

Y ella sonrió melancólicamente. Sí, claro que sí.

/

Había pasado más de un mes ya en ese país. Todo era nuevo: la comida, la gente, la forma de cómo relacionarse, la estancia, el idioma.

La Universidad era grande y había aprendido poco a poco algunas frases básicas del español. Agradecía al cielo que el curso era dictado en inglés, lo que hacía que no era difícil sobrellevar los estudios allí.

Había adquirido algunos amigos, aunque era difícil relacionarse mucho con ellos. Y tenía sólo una amiga japonesa, Sango, una chica muy amable que le había enseñado muchas cosas prácticas en esa nueva vida.

Con Sesshomaru casi no había hablado desde su partida. Los cambios horarios eran distintos, las actividades le estaban matando. Sólo conversaron ese primer día, y luego, no hubo nada más.

Eso le congelaba un poco el corazón. Sesshomaru se había olvidado de ella de alguna forma. No la buscaba, no deseaba saber ya como estaba. Simplemente había desaparecido.

-Ey, Kagome, te tengo algo nuevo.

Sango la miró casi con diversión. Se había olvidado que ella estaba a su lado, mientras pensaba en el demonio de sus sueños. Sonrió débilmente, como invitándola a proseguir.

-No pongas esa cara, Kag, recién conoces España y sus cosas lindas y te pones tan nostálgica.- dijo Sango, dándole un pequeño golpe con el hombrito mientras Kagome caminaba con una ligera sonrisa.- Mira que he conseguido dos invitaciones para la reunión que unos amigos japoneses estarán haciendo en su casa. Me dijo que irían muchos amigos suyos también japoneses, cosa que dejas esa cara triste y compartimos con gente de nuestro país, ¿qué dices?

Kagome no tenía muchas ganas. Verdaderamente estaba un poco deprimida por Sesshomaru, por su indiferencia, y también andaba cansada aún por el cambio horario al cual no se acostumbraba del todo. Pero, no podía dejar de ser consciente que le interesaba ir a aquella reunión porque se sentía un poco sola en un país tan lejano al suyo. Sus costumbres, las calles, el trato con las personas eran experiencias totalmente distintas a las que había ella en el país del sol naciente. Desde cómo se toma el autobús, hasta como saludar a la gente, habían sido pequeñas pruebas que había tenido que sortear con su reciente llegada. De hecho, el primer día había casi enrojecido al límite cuando su casera, al reconocerla, le había saludado con un clásico beso de mejilla. Poco a poco debía de adecuarse, pero no estaba de más rodearse de gente que pueda ayudarla con esa transición y que además por lo que decía Sango, eran de confianza.

-Bueno, pero ¿A qué hora es? No quisiera que por mis actividades te veas perjudicada llegando tarde.

-Es a las 9, me dijo Noriko. Y no te preocupes, te iré a buscar a tu departamento para ir juntas.

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Cuando tocaron la puerta, un fuerte vientecillo hizo que Kagome se escarapelara. Había decidido ir con un vestido sencillo color rosa y una delgada chompa que, no cumplía nada bien con su rol asignado.

Cuando se abrió la puerta, un par de ojos dorados hicieron su escrutinio en ambas personas.

Kagome casi pierde el conocimiento en ese momento. Esos ojos dorados sólo lo había visto en una sola persona desde que tenía recuerdo…

-Oye, InuYasha, deja que las chicas pasen. Sango, que gusto verte y que alegría que traigas a tu amiga contigo!

Cuando se escuchó la voz amable de Noriko, el joven de la mirada dorada retrocedió de donde se encontraba, para dejarle la recibir a sus invitados como deseara. Finalmente, era su fiesta.

Kagome aún no sabía cómo seguía en pie. Ni tampoco supo como saludó a la dueña de casa, ni mucho menos como llegó al sillón en donde se encontraba. Definitivamente, la miraba de ese extraño, que registró mentalmente como InuYasha, le había caído como un cubo de agua helada sobre la cabeza. Ni si quiera le había afectado tanto su cabello plateado largo, que le recordaba más indubitablemente a Sesshomaru. Nunca lo iba a superar, estaba claro. Veía y se paralizaba ante hombres que se parecieran, así sea mínimamente, a él.

Noriko se llevó a Sango de su lado y ella se quedó petrificada en su asiento como si hubiera sido esculpida en ese lugar. No se movió demasiado, pero lo hizo para identificar que en la casa, además de Noriko, Sango, el joven identificado como InuYasha y ella, habrían unas 4 personas más.

Cuando Sango volvió, ella hizo las presentaciones del caso. Las otras personas que se encontraban allí, la saludaron con estima, a excepción de InuYasha, que parecía algo molesto con su presencia. No quiso ahondar tanto en su presencia, finalmente ella había venido para relajarse y conocer personas nuevas, incluso cuando algunas no sean tan agradables como esperaba.

Para la cena, ya se había hecho amiga de una de las amigas de Noriko, Rin, y de su hermano pequeño, Shippo. Miroku, un amigo cercano a InuYasha que recientemente había llegado a España, fue bastante amable en muchos momentos, y compartieron experiencias de recién llegados. Finalmente, Kohaku, el hermano que no conocía de Sango, no había dejado de hablar con InuYasha, quien furtivamente le lanzaba miradas, que ella ignoraba campantemente.

Cuando terminó la cena, ella ayudó a lavar los trastes y luego de secarse las manos, tomó su ligera chompa y su pequeño bolso. Sango, que hablaba animadamente con Noriko, entendió el mensaje implícito de Kagome, y le sonrió pidiendo un poco más de tiempo.

Si bien no había querido molestar a su amiga, quedarse significaba dormir mucho menos para su clase del día siguiente en la mañana, en la que la asistencia significaba el 40% de su calificación.

Se despidió rápidamente de Noriko y le agradeció su amabilidad, esperando frecuentarla más en una siguiente oportunidad. Se disculpó con los demás por retirarse tan temprano, y miró casi fugazmente al peli plateado que la observaba fijamente.

-Igual es mejor que me retire, Noriko. Gracias por todo.

Kagome se quedó petrificada en el piso cuando escuchó la voz grave que provenía de la esquina donde anteriormente había visto a InuYasha.

-Oye, InuYasha, ¿Tu no vivías por Moncloa?

El asintió a la pregunta de Noriko, mientras tomaba su propia chompa y decidía abandonar el recinto.

-Kagome vive por allí, ¿Qué tal si la acompañas?

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