Hola bellezas jeje y aki sta lo que sigue
Diclamier: La historia pertenece a Nora Roberts y los personajes a Stephanie Meyer
Capitulo 2
La casa era grande, fresca y blanca. A primeras horas de la mañana una brisa entraba por las puertas de la terraza que Rosalie había dejado abiertas. Más allá del jardín, oculto de la casa principal por los árboles, había un mirador pintado de blanco, con glicinas que trepaban por sus enrejados.
En el lado este del césped había una elaborada fuente de mármol. En ese momento no funcionaba. Rara vez hacía que la activaran cuando se encontraba sola. Cerca estaba la piscina octogonal de piedra, circundada por un patio amplio y flanqueada por otra casa blanca más pequeña. Del otro lado de una arboleda había una pista de tenis, aunque hacía semanas que no había tenido tiempo ni ganas de empuñar una raqueta.
La propiedad se hallaba rodeada de una valla de piedra, el doble de alta que un hombre, que según las circunstancias le daban sensación de seguridad o de estar encerrada. No obstante, dentro de la casa, con sus techos altos y frescas paredes blancas, a menudo olvidaba la existencia de la valla, del sistema de seguridad y de la cancela electrónica; era el precio que pagaba por la fama que siempre había querido.
Los alojamientos de los criados estaban en el ala oeste, en la planta baja. En ese momento allí no se movía nadie. Acababa de amanecer y estaba sola. Había ocasiones en que Rosalie lo prefería de esa manera.
Mientras se acomodaba el pelo bajo un sombrero, no se molestó en comprobar el resultado en el enorme espejo de su vestidor. Había elegido la falda larga y los zapatos bajos por comodidad, no elegancia. La cara que había roto corazones de hombres y despertado la envidia de mujeres no lucía nada de maquillaje. Se la protegió bajando el ala del sombrero y poniéndose unas gafas de sol enormes. Mientras recogía el bolso que creía que contenía todo lo que iba a necesitar para el día, sonó el interfono que había junto a la puerta.
Miró la hora. Las cinco y media. Luego apretó el botón.
-Puntual.
-Buenos días, señorita Cullen.
-Buenos días, Robert. En seguida bajo.
Después de activar el interruptor que abría la puerta principal, bajó por la amplia escalinata que llevaba a la planta baja. La barandilla de caoba parecía satén bajo sus dedos. En lo alto colgaba una araña. El suelo de mármol brillaba como cristal. La casa era un expositor adecuado de la estrella en la que se había esforzado por convertirse. No daba nada por sentado. Era un sueno que se había ido añadiendo a otros sueños, y requería tiempo, esfuerzo y destreza mantenerlos. Pero llevaba trabajando toda su vida y se sentía con derecho a los beneficios que había empezado a recoger.
Al dirigirse hacia la puerta, el teléfono comenzó a sonar.
Como no había ningún criado levantado, cruzó hasta la biblioteca y contestó.
-Hola -automáticamente tomó una pluma y se preparó para apuntar el recado.
-Ojalá pudiera verte ahora mismo -el susurro familiar humedeció las palmas de las manos de Rosalie y la hizo soltar la pluma sobre el papel secante-. ¿Por qué cambiaste de número? No me tendrás miedo, ¿verdad? No debes temerme, Rosalie. No te haré daño. Solo quiero tocarte. Nada más que tocarte. ¿Te estás vistiendo? ¿Te...?
Colgó el auricular con un grito de desesperación. El sonido de su respiración en la casa grande y vacía sonó como un eco duro. Empezaba otra vez.
Minutos más tarde, su chófer notó que ella no le ofrecía la sonrisa fácil y seductora con la que por lo general lo saludaba antes de subir a la limusina. Una vez dentro, Rosalie echó la cabeza atrás, cerró los ojos y se obligó a serenarse. En unas pocas horas tenía que plantarse ante la cámara. Ese era su trabajo. Su vida. No podía permitir que nada interfiriera en eso, ni siquiera el miedo a un susurro por teléfono o a una carta anónima.
Cuando la limusina atravesó las puertas del estudio, volvía a tener el control de sí misma. Se dijo que allí estaría a salvo. Allí se entregaría al trabajo que todavía la fascinaba. Dentro de las docenas de edificios de techos abovedados, tenía lugar magia, y ella formaba parte de todo. Hasta la fealdad era solo ficticia. El asesinato, la destrucción y la pasión se podían simular. Alice, su hermana, lo había llamado Fantasilandia, y era bastante cierto. «Sin embargo, hay que dejarse la piel para hacer que la fantasía sea real», pensó con una sonrisa.
A las seis y media estaba sentada en la sala de maquillaje y a las siete le arreglaban el pelo. Se hallaban en la primera semana de rodaje y todo parecía nuevo. Leyó su diálogo mientras la peluquera le preparaba el pelo rubio plateado en la cascada que la protagonista luciría ese día.
-Es increíble la cantidad de pelo que tienes -murmuró la estilista mientras apuntaba con el secador de mano-. Conozco a mujeres que venderían sus valores bursátiles más seguros por tener un pelo como este. ¡Y el color! se inclinó para mirar el resultado de su trabajo-. Hasta a mí me cuesta creer que es natural.
-Me viene de mi abuela por parte paterna -giró la cabeza un poco para comprobar su perfil izquierdo-. Margo, se supone que en esta escena tengo Veinte años. ¿Conseguiré que se lo crean?
Riendo, la vivaz pelirroja retrocedió.
-Esa es la menor de tus preocupaciones. Es una pena que tengan que echar lluvia sobre todo esto -le ahuecó una última vez el cabello.
-Dímelo a mí -se levantó cuando la otra le quito el babero protector-. Gracias, Margo -antes de haber dado dos pasos, tuvo a su secretario aliado. Lo había contratado porque era joven, solícito y no ambicionaba ser actor-. ¿Vas a sacar el látigo, Larry?
Larry Washington se ruborizó y tartamudeó, como le sucedía siempre durante los primeros cinco minutos al lado de Rosalie. Era bajo y de buena complexión, recién salido de la universidad, con una mente que absorbía los detalles. Su mayor ambición en ese momento era comprarse un Mercedes.
-Oh, ya sabe que yo nunca haría eso, señorita Cullen.
Rosalie le dio una palmadita en el hombro, haciendo que le subiera la tensión arterial.
-Alguien debe hacerlo. Larry, te agradecería que buscaras al ayudante del director para comunicarle que estoy en mi camerino. Voy a aislarme allí hasta que estén preparados para el ensayo -el protagonista masculino apareció con un cigarrillo en la mano y lo que ella evaluó como una horrible resaca.
-¿Quiere que le traiga un café, señorita Cullen? -al preguntarlo, se movió para distanciarse. Cualquiera con algo de cerebro sabía que lo mejor era evitar a Sean Carter a la mañana siguiente a una borrachera.
-Sí, gracias -saludó con la cabeza al equipo que completaba el trabajo en el decorado de una estación de trenes, con vías, vagones y sala de espera. Allí se despediría de su amado. Solo esperaba que por entonces este hubiera controlado el dolor de cabeza que lo atenazaba.
Larry se mantuvo a su lado mientras ella cruzaba el plató bajo los focos y esquivaba las mesas.
-Quería recordarle la entrevista que tiene al mediodía. El periodista del Star Gaze llegará a las doce y media. Dean, de publicidad, dijo que si usted lo deseaba él podía acompañarla.
-No, está bien. Puedo manejar a un periodista. Fíjate si puedes conseguir fruta fresca, sándwiches y café. No, té con hielo. Haré la entrevista en mi camerino.
-Muy bien, señorita Cullen -comenzó a apuntarlo en su agenda-. ¿Quiere algo más?
-¿Cuánto tiempo llevas trabajando para mí, Larry? -se detuvo frente a la puerta de su camerino.
-Ah, poco más de tres meses, señorita Cullen.
-Creo que ya podrías empezar a tutearme y a llamarme Rosalie -sonrió, luego cerró la puerta ante su atónito placer.
El camerino acababa de ser redecorado a su gusto y comodidad. Con el guión todavía en la mano, Rosalie cruzó el salón y entró en el pequeño espacio que hacía de vestidor. Como sabía que su tiempo era limitado, no lo perdió. Después de quitarse la ropa, se puso los vaqueros y el jersey que usaría para la primera escena.
Su personaje tenía veinte años y era una estudiante de arte que sufría su primer desengaño amoroso. Volvió a contemplar el guión. Era bueno y sólido. Su parte le iba a proporcionar la oportunidad de expresar un amplio abanico de emociones que aprovecharían al máximo su talento creativo. Representaba un desafío, y lo único que tenía que hacer ella era aprovecharlo. Y lo haría. Se prometió que así sería.
Cuando leyó Desconocidos se había metido en la piel de Halley, la joven artista traicionada por un hombre y obsesionada por otro; una mujer que en última instancia encuentra el éxito y pierde el amor. Rosalie entendía a Halley y también sabía lo que era la traición. Volvió a contemplar el pequeño y elegante camerino y pensó que también entendía el éxito y el precio que había que pagar por él.
Aunque se sabía sus líneas de memoria, no dejó el guión mientras regresaba al salón. Con algo de suerte, dispondría de tiempo para tomar una rápida taza de café antes de repasar la escena. Cuando trabajaba en una película, le resultaba fácil vivir de café, un almuerzo ligero y más café. El papel la alimentaba. Rara vez tenía tiempo para ir de compras, nadar o recibir un masaje en el club hasta no acabar la película.
Fue a sentarse, pero un jarrón con rosas rojas llamó su atención. Al ir a recoger la tarjeta, pensó que serían de uno de los jefes del estudio. Cuando la abrió, el guión se le cayó al suelo. «Te estoy mirando siempre. Siempre».
Cuando llamaron a la puerta se sobresaltó y se golpeó contra una mesa. Con una mano al cuello, observó la puerta con el primer temor real que jamás había experimentado.
-Señorita Cullen... Rosalie, soy Larry. Tengo su café.
Con un sollozo entrecortado, atravesó la estancia y abrió de golpe.
-Larry...
-Solo, como le gusta... ¿qué sucede?
-Yo... Yo... -calló. «Control», pensó con desesperación. «Pierdes todo si pierdes el control»-. Larry, ¿sabes algo sobre estas flores? -señaló sin poder mirarlas.
-Las rosas. Las encontró una de las chicas mientras preparaba la mesa para el desayuno. Como llevaban su nombre escrito, se las traje aquí. Sé lo mucho que le gustan las rosas.
-Deshazte de ellas.
-Pero...
-Por favor -salió del camerino. Quería tener a mucha gente alrededor-. Simplemente deshazte de ellas, Larry.
-Claro -miró su espalda mientras ella se dirigía al plató-. Ahora mismo.
Cuatro aspirinas y tres tazas de café le habían devuelto la vida a Sean Carter. Era hora de trabajar y no se podía permitir que nada interfiriera con eso... ni una resaca ni unas palabras aterradoras escritas en una tarjeta. Rosalie se había esforzado en proyectar una imagen de glamour y estilo. Se había esforzado con igual ahínco en no ganar fama de ser una actriz temperamental. Estaba lista cuando la llamaban y siempre se sabía sus líneas. Si una escena requería diez horas para grabarse, allí estaba ella. Se recordó todo eso mientras se acercaba a Sean y a la directora.
-¿Cómo es que siempre das la impresión de acabar de salir de una revista de moda? -gruñó Sean.
Pero ella observó que el maquillaje le había ocultado las ojeras. Tenía la piel bronceada y estaba bien afeitado. Su pelo tupido y de color caoba aparecía peinado como al descuido, cayéndole un poco sobre la frente. Parecía joven, sano y atractivo, el amante soñado para una chica idealista.
Rosalie alzó una mano y la apoyó en la mejilla de él.
-Porque es así, cariño.
-Qué mujer -como la aspirina había vuelto a hacerlo sentir humano, echó a Rosalie hacia atrás con gesto dramático-. Deja que te pregunte una cosa, Rothschild -dijo, llamando a la directora mientras los labios flotaban a unos centímetros de los de ella-. ¿Cómo un hombre en su sano juicio puede dejar a una mujer así?
-No ha quedado establecido que tú... o Brad -corrigió Mary Rothschild, refiriéndose al personaje-, esté en su sano juicio.
-Y eres tan sinvergüenza -le recordó Rosalie a Sean.
Complacido de que se lo recordara, la volvió a erguir.
-No he interpretado a un sinvergüenza en unos cinco años. Creo que aún no le he dado las gracias al guionista.
-Puedes hacerlo luego -le dijo Rothschild-. Está allí.
Rosalie miró en dirección al hombre alto y delgado que se hallaba de pie en un extremo del plató fumando sin parar. Lo había visto unas cuantas veces en reuniones y durante la fase de preproducción. Casi todo lo que había hablado tenía que ver con su libro o los personajes. Le envió una sonrisa vagamente amistosa antes de volver a centrarse en la directora.
Mientras Rothschild perfilaba la escena, yació su mente de todo. Lo único que quedaría en su interior sería un corazón roto. Mecánicamente, con las mentes puestas en los ángulos y la continuidad, Sean y ella realizaron la breve pero intensa escena de amor.
-Creo que debería tocarte la cara así -Rosalie alzó la mano para apoyar la palma en su mejilla y mirarlo con expresión de súplica.
-Entonces yo te tomaré de la muñeca -cerró los dedos en torno a la muñeca de Rosalie y le giró la palma hacia los labios.
-Te esperaré y todo eso -se saltó las líneas cuando alguien del equipo colocó una puerta con estrépito. Suspiró y pegó la mejilla a la de Sean-. Entonces empezaré a subir los brazos.
-Probemos esto -Sean la tomó de los hombros y la sostuvo un instante mientras se miraban, luego besó los dos costados de su boca.
-Oh, Brad, por favor, no te vayas... Luego te beso hasta que te castañeteen los dientes.
-Lo estoy esperando -Sean sonrió.
-Repasémoslo -Rothschild levantó una mano. Las directoras aún eran una excepción a la regla. No podía permitirse el lujo de ceder un centímetro, ni ante sí misma ni ante los demás-. Quiero mucha pasión cuando lleguéis al beso les dijo a ambos-. No dejes de llorar, Rosalie. Recuerda, en lo más hondo de tu corazón sabes que él no va a regresar.
-Soy realmente un sinvergüenza -comentó Sean con tono jocoso.
-A sus sitios -los extras se dirigieron a sus marcas. Unos pocos miembros del equipo de dirección dejaron de hacer preparativos para una partida de póquer-. Silencio -Rothschild se movió hasta tener el mejor ángulo para la entrada de Rosalie-. Acción.
Rosalie salió corriendo a la plataforma y miró alrededor con gesto frenético mientras la gente iba y venía. En su cara se veía la desesperación, los últimos vestigios de esperanza, el sueño que no estaba dispuesto a morir. Gracias al equipo de efectos especiales, se avecinaba una tormenta. Con relámpagos y rayos. Entonces avistó a Brad. Lo llamó por su nombre, abriéndose paso entre la multitud hasta que pudo llegar a su lado.
Ensayaron la escena tres veces antes de que Rothschild quedara satisfecha para empezar a rodar. Retocaron el maquillaje y el pelo de Rosalie. Cuando se hizo sonar la claqueta, estaba preparada.
Perfeccionaron la primera parte de la escena durante toda la mañana, la búsqueda de su personaje, la impaciencia de la multitud, su encuentro con Brad. Toma tras toma repitió los mismos movimientos, las mismas palabras, en ocasiones con la cámara a treinta centímetros de ella.
A la sexta toma, Rothschild al fin dio la señal para que se incorporara la lluvia. Los irrigadores lanzaron una cortina de agua que la baño al plantarse ante Brad. Sus ojos se llenaron de lágrimas y la voz le tembló cuando le suplicó que no la dejara. Mojada y helada, continuaron repasando lo que en la pantalla serían cinco minutos de película hasta el descanso de la comida.
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