La justicia para el ajusticiador

Shisui Uchiha siempre pensaba en sí mismo como un modelo de juventud, experiencia y talento perfecto. La modestia no era una cualidad suya, mucho menos del clan en general, nunca había mostrado sencillez cuando le alababan y no tenía pensado empezar en esos momentos, menos aún frente a un grupo de bestias sobre las cuales él tenía poder para terminar sus miserables vidas.

Pacientemente había escuchado cada palabra, cada oración vulgar en construcción gramatical que pretendía adularlo para lograr algo de misericordia, pero no funcionaría con él por mucho que se empeñara. Así como tampoco la estrategia para ganar tiempo hasta que la luna llena se alzara en el cielo. Simplemente era inconcebible que esos monstruos pensaran que era tan ingenuo como para caer en ese juego de distracción.

La manada era pequeña, por eso había ido solo, pero lo que le causó mucha extrañeza era el número y edad de machos, era excesivo y todos jóvenes en edad fértil. En el grupo de ocho, solo había dos hembras, una demasiado vieja y la otra era una niña: ahí había algo extraño y esperaba descubrirlo en los inmediatos diez o quince minutos cuando mucho, pues tampoco era un suicida que dejaría que la noche llegara con tanto espécimen masculino que duplicaba su tamaño añadiendo fauces y garras.

Entrecerró los ojos, respiró profundo, acarició muy suavemente la culata de su pistola ahí frente a todos. Se generó un silencio irrompible como el acero mismo que daba forma a la estructura que servía de refugio para aquellas bestias, ni siquiera debían de recurrir a su intelecto humano para saber lo que eso significaba, la niña se agazapó entre los brazos de la vieja.

Mientras Shisui contaba el tiempo transcurrido, el último rayo escarlata del sol se filtraba por entre los cristales rotos de las ventanas de la abandonada bodega.

El joven sonrió con un gesto tétrico volviendo a abrir los ojos, reflejando su creciente necesidad de sangre, tenía un gusto morboso por disparar justo cuando la transformación iniciaba, cuando el crujido de los huesos empezaba su desquiciada sinfonía y los alaridos de las bestias emergían de gargantas mutadas, entremezclando ecos, gruñidos, las ropas rasgadas, los golpes contundentes contra todo o que se interpusiera en el camino.

Daban lástima.

Cientos de años de caminar sobre la tierra y sus transformaciones seguían siendo grotescas, y más repulsión le causaba que no importaba cuán viejos fueran, cuántas veces hubieran pasado por el cambio, nunca serían más que animales asesinos a los que había que frenar de una forma u otra.

Levantó el arma, disparó una vez acertando en el hombro derecho de quién había estado hablando con él, y el tiro en ese lugar nada tenía que ver con mala puntería, más bien era porque no quería matarle rápido, eran seis machos jóvenes, un cachorro y una vieja ciega, él podía darse el lujo de solo usar ocho balas para acabar con aquello, pero no era así como hacía las cosas, él iba a usar un cartucho completo por cada uno. Su confiable y casi arquetípica desert eagle con expansor de tiro vibraba en su mano con cada disparo siempre en el mismo orden: hombro derecho, rodilla izquierda, hígado, pie derecho, pulmón izquierdo, muslo derecho y cabeza, justamente entrando por el ojo, cualquiera de los dos.

Los alaridos se intensificaron maldiciendo su nombre en ecos cavernosos poco humanos, la mano que no disparaba tenía listo el siguiente cartucho para reemplazar apenas se hubiera terminado el primero que caería al suelo al mismo tiempo que el pesado cuerpo a medio transformar.

Realmente amaba su trabajo.

Estruendos, rugidos, gruñidos, el eco de las vigas a punto de caer…

Empezó a moverse fuera del alcance de la estructura en caso de que se cayera, incluso le dio el gusto a uno de ellos de hacerle creer que lo había tomado por sorpresa obligándolo a rodar por el suelo para alejarse. Después le dio el disparo correspondiente en el pulmón.

Cambió de cartucho.

Las garras grotescas, aún no definidas completamente, pasaron cerca de su rostro pero ni siquiera pudieron dejarle sentir en la nariz el tacto áspero. Disparó en el ojo.

En algún momento solo quedaba la joven cría, la vieja a su lado se retorcía por la alergia mortal que le causaba la plata contaminando su sangre.

El metal siguió crujiendo.

—Siete balas para ti es un desperdicio, ahora que lo pienso.

La pequeña se retorcía más brutalmente que los adultos, su falta de peso no podía competir con la fuerza empleada durante el cambio, sus delgados brazos saltaban de un lado a otro sin poder afianzarse a nada, la cabeza iba atrás y adelante, chillaba más que gruñir y sus costillas expandiéndose asemejaban todo su torso a un gran corazón que palpitaba.

Shisui rió, la escena le pareció demasiado cómica, pensó incluso en dejarla acabar, nunca había visto un cachorro, principalmente porque ninguno que era mordido a esa edad sobrevivía la primera luna, los mataba su propia transformación. Bajó la pistola, miraba embelesado el vello cubrir su piel poco a poco, un pelaje suave color chocolate. Se golpeaba con todo, azotando su espalda contra el muro para luego irse de frente al suelo sin poner las manos que se retorcían en ángulos imposibles. Sangraba de la boca, los dientes de leche habían caído de sus encías dando paso a los colmillos, pequeños y muy blancos, pero demasiados para una boca tan pequeña que no terminaba de adaptar la forma del hocico, y se amontonaban dos filas, un pedazo de su lengua también salió despedido cayendo a los pies del asesino.

El teléfono móvil del Shisui empezó a sonar rompiendo el momento de fascinación que lo había embargado. Al tomar la llamada, decidió que era momento de disparar a la niña para que le dejara escuchar.

—¿Qué sucede?

¿Ya terminaste en la madriguera?

—Sí, de hecho acabo de darle al último.

Ya rastrearon al lobo que atacó el barrio Hyūga. Está como a medio kilómetro de donde estás.

—¿Medio kilómetro hacia dónde?

—Sur. Itachi va para allá, si no exageraron no es una bestia normal, estaba transformado a las nueve de la mañana.

—Para allá voy.

Dejó aquella bodega, la plata quemaría sus cuerpos hasta desaparecerlos por completo, así que no tenía que tomar medidas adicionales para encubrir los cadáveres, solo subió a su motocicleta y emprendió la marcha.

Fue sobre el muelle pasando por otras bodegas desiertas en ese embarcadero abandonado que los pescadores ya no frecuentaban porque era el desagüe de las fábricas. Tenía curiosidad sobre el motivo por el que no habían demolido completamente el lugar para evitar que se convirtiera en el nido de plagas o refugio de indeseables.

Había muchos lugares para esconderse, pero era imposible no ver una enorme criatura peluda, color negro de ojos rojos. Estaba oscuro, la bestia ya lo había visto pero no hacía ademán de quererlo atacar, solo jadeaba, enseñaba sus dientes y gruñía amenazadoramente.

—No es bueno— dijo Shisui comprendiendo que si no lo había atacado era porque estaba haciendo algo imposible para los de su tipo: estaba pensando.

Despacio acercó la mano al faro de la motocicleta para levantarlo e iluminar. La bestia se irguió sobre sus patas traseras recibiendo la luz sobre su cuerpo del que colgaban pedazos de piel, dejando entrever carne putrefacta junto con algunos vendajes mugrientos.

—Eso no es un hombre lobo.

Debió saltar para evitar que le cayera encima y rodó otro tramo para tomar una prudencial distancia, no obstante, la criatura ya se había girado lanzando las garras para rebanarle, las evadió por poco y ya estaba disparando, sabiendo que era inútil la carga de plata porque no era un lobo ordinario, era algo imposible porque rompía todas las reglas conocidas sobre lo sobrenatural, eso era un cadáver reanimado que no reaccionaba ni al dolor ni a la alergia de plata.

Había que quemarlo, y sus cenizas mezclarlas con sal.

Pero no tenía con qué incendiarlo y menos sal a la mano, lo que era enteramente su culpa ya que era obligatorio llevarla como "equipo básico".

Sabiendo que necesitaba esperar a Itachi, que siempre mantenía su equipo en regla, decidió hacer tiempo corriendo, si se mantenía en espacios pequeños no habría problema por la enorme diferencia de velocidades en las que él sin duda perdería en carrera a campo abierto.

Justo estaba por entrar al primer callejón formado por dos bodegas cuando la enorme criatura cayó al frente suyo abriendo su hocico a un tamaño descomunal.

Itachi frenó la motocicleta cuando descubrió la de Shisui en el piso con las luces encendidas. Bajó sacando una garrafa de la mochila del equipaje y su pistola en la otra, escuchó el poderoso rugido y corrió al lugar de donde provenía.

Shisui estaba en el suelo, sangrando profusamente desde la cabeza. La bestia dejó de poner atención a su presa, miró al recién llegado y saltó sobre él, pero Itachi arrojó la garrafa y disparó haciendo que el líquido salpicara el enorme cuerpo, el impacto causó un poco de confusión, al menos la suficiente como para que pudiera arrojarle una cerilla, las llamas se abrazaron lo que quedaba de su pelaje con rapidez. Mientras que la bestia se incendiaba, Itachi pasó de largo hasta donde su primo yacía agonizante con la mitad de su cara desgarrada.

—Shisui…

—¿Eché todo a perder?

—Sí.

—Lo sabía, algo no me olía bien…— dijo con dificultad, luchando con el dolor.

—Ahora sabes por qué el equipo básico es básico.

—¿Qué importa ya? Anda Itachi, acaba con esto, hoy hay luna roja, es cuestión de tiempo antes de que cambie…

Itachi asintió, levantó su pistola y disparó en la cabeza a su primo, después lo arrastró hasta su motocicleta, usaría la gasolina para quemarlo, no había sido mordido por un lobo ordinario así que debía combinar métodos.

Se detuvo en lo que hacía, cayendo en cuenta de que no había ruido, que en donde debiera estar la hoguera con el asesino de su primo, no había nada, ni siquiera un cadáver.


Comentarios y aclaraciones:

Pues muchas gracias por la acogida, de verdad que me alegra que no hayan olvidado esta historia que de verdad tiene mucho potencial.

¡Gracias por leer!