Disclaimer: Los personajes de Shingeki no Kyojin pertenecen a Hajime Isayama. Este Fanfiction es escrito sin fines lucrativos.

Notas del capítulo: Mención a Lutero y a su traducción de la biblia (en una época en la que estaba prohibido traducirla). Una parte de esta historia se desarrolla en Stohess, la ciudad más enloquecida por la religión, con una fuerza equivalente al Vaticano.

Sin más, el fic.


- 2 -

Después de esa confesión, pasaron días, incluso semanas sin hablarse. Eran de diferente grado académico, tomaban diferentes clases y tenían maneras distintas de ver la vida: Mientras Eren se acercaba a la gente e intentaba ayudar, Levi se alejaba de todos y se sentía molesto ante el mínimo contacto. Simplemente, era feliz estando solo. No estaba enfermo ni loco, sólo disfrutaba del silencio y la soledad.

Casi todo había sido pacífico en la vida de Levi. Básicamente, había trazado su vida de la siguiente manera: Estudiar siete años en el seminario, irse un año al diaconato, ordenarse sacerdote, escribir cosas que nadie jamás leería —como los grandes escritores fantasmas que acababan muriendo de hambre por oponerse a venderse a las modas— dar misas, escuchar miles de confesiones que no le importaban y morirse. No era que le encantara la idea, pero tampoco la odiaba tanto y, para ser honestos, ése era el plan de vida más realista que tenía. ¿Enamorarse? No lo haría ni aunque lo tuviera permitido.

—Señor Ackerman, ¿me permite un minuto? —Lo llamó un seminarista mandado por algún párroco, interrumpiendo la clase para sacarlo y hablar con él. Levi lo miró con desinterés.

"No, no tengo un minuto. Pero igual me vas a hacer ir" fue lo que pensó, mientras se ponía de pie y lo seguía con frialdad. A veces sentía tanto odio que creía que se quemaría con él.


La situación era ésta: Levi tenía que impartir una clase como suplente.

A los mocosos del seminario menor.

Y el moreno no cabía en su explosión interna de felicidad.

Resultó que el profesor de latín había renunciado y, tras su renuncia —y en palabras de Levi— había pasado esto: "El cerdo renunció y se fue al diablo dejándome toda la responsabilidad. Voy a orar para que le dé una maldita diarrea por un mes y no se pueda separar de la bacinilla, con un demonio".

Y así fue cómo terminó frente a un grupo de mocosos que no dejaban de verlo, mientras Levi recitaba algunos pasajes de la biblia en latín y hacía algunas anotaciones gramaticales en un largo pedazo de pergamino fijo sobre el muro. En cuanto la hora de salida llegó, despidió la clase con un cortante "es todo por hoy". Cielos, moría por encerrarse a leer en su cuarto toda la noche, lejos de ese salón y de las personas.

Ése era el fantástico plan que Levi tenía, antes de notar la figura del castaño a algunos metros de él, observándolo en silencio como para vigilar cuándo se iba a desocupar. Al mirar a Eren, Levi pudo decirle "¿tienes alguna pregunta?"; era obvio que la tenía, pero francamente no le interesaba. Así, siguió acomodando sus libros en el morral y haciéndose el desentendido, notando que los ojos verdes dudaban entre el azabache y la puerta para salir, como si no estuviera seguro de si hablarle a Levi fuera una buena idea.

"Es el mocoso de la confesión" recordó, en cuanto vio a Eren. Rayos, ahora el chiquillo querría acercarse a él por lo que le contó de su pasado. Ahora querría saludarlo, volverse amigo de Levi…

—Eh, ¿señor? —Preguntó Eren, suavemente.

Demonios. ¿Y si hacía como que no lo oía?

—¿Señor Ackerman?

Imposible fingir ignorarlo en ese momento. Su llamado se escuchó claramente por el aula.

Entonces, Levi lo observó con marcado desinterés, sin decir una palabra. Y cuando Eren notó los ojos tan fríos sobre él, bajó la mirada, casi arrepintiéndose de haber abierto la boca en primer lugar.

"Cielos, ¿por qué a veces tengo que ser tan terco? Se nota a kilómetros que no quiere que le digan nada" pensó el menor.

—¿Qué quieres? —Le preguntó el moreno. Ésa era la voz del hielo, de la lejanía y de las sombras. Y su mirada, un cristal gris de bordes afilados que no dudarían en cortar a quienquiera que se acercara— Diablos, habla rápido. Si tienes dudas sobre la clase, lee el libro o pregúntale a otro mocoso.

—No es sobre la clase —reconoció Eren.

—Tampoco contestaré ninguna pregunta personal. Si quieres preguntar sobre mi vida, mejor lárgate. Ya te conté una cosa y será la última. —Señaló, velozmente.

—Tampoco es sobre usted, señor.

—Entonces, ¿qué quieres? —Lo presionó el azabache, veloz e impaciente.

Sin duda, a los ojos de Levi, Eren no era más que un chiquillo tonto sin nada que aportar, pero…

—Señor, ya que usted es de un grado superior, quisiera preguntarle su opinión sobre algo —dijo el menor, sin mucho volumen. El azabache lo miró con fastidio. Podía simplemente irse y dejarlo hablando solo. O podía fingir escucharlo y pensar en otra cosa. Podía callarlo. Podía insultarlo…

Sin embargo, Levi eligió la opción menos pensada de todas:

—Dilo rápido, mocoso.

Eren asintió y, con los labios casi temblando, expresó: —Es algo que no entiendo sobre las misas…

—Ya escúpelo.

El chico aspiró profundo, para luego preguntar algo que lo había confundido por años:

—Mi pregunta es… si nadie habla latín, ¿por qué se da la misa en latín? —Quiso saber, en voz muy baja, y es que esas preguntas eran imperdonables— ¿No tiene más sentido darla en la lengua de la gente? Si la gente no entiende al sacerdote, ¿cómo podrá acercarse a Dios? El sacerdote debería ser… algo así como un puente entre Dios y el pueblo. ¿Cómo podrán seguirlo si ni siquiera saben lo que dice? —Siguió hablando, su voz volviéndose cada vez más potente y convencida— Usted lo sabe, señor: Casi nadie estudia latín, la educación es un privilegio reservado a unos cuantos…

Tras esas palabras, el aula se inundó de silencio.

Eso era la mitad de lo que Eren quería decir. Sin embargo, la expresión de Levi era tan amarga que inevitablemente se había callado. Era extremadamente duro hablar con ese hombre… Eren casi apostaría que él había sido el primero en aceptar el desafío, y ahora estaba viendo el resultado patético de su intento. El moreno simplemente no lo quería oír.

Y enseguida, las palabras severas y congeladas de Levi se lo confirmaron:

—Eres un maldito mocoso insolente.

… Eso dolió.

Aunque debió saber que el azabache le diría eso…

Cuando hablaron en el confesionario por primera vez —y oyó las respuestas de Levi— Eren sintió que el azabache era un hombre crítico, con una mentalidad distinta al resto… pero no era así. Era obvio que él, al estar en un grado superior, apoyaría a la iglesia y sus costumbres de manera absoluta…

Qué imbécil había sido al pensar que Levi lo entendería.

No lo había hecho. Para nada.

—Perdón, señor. Sólo ignore lo que acabo de decir. —Respondió Eren, su voz tan brillante ensombreciéndose de repente, dispuesto a irse de ahí para finalmente dejar a Levi feliz con sus libros y su propia sombra. Era lo que quería, ¿no? Acercarse a Levi había sido una estupidez. "Una de tantas…" se reprochó Eren, molesto.

—… Eres un maldito mocoso insolente, un cínico, un desvergonzado —continuó el moreno, la mirada de Eren empequeñeciéndose más y más con cada calificativo escupido con más desprecio que el anterior—… y tienes razón.

El menor tardó un rato en asimilar las últimas palabras. Se quedó helado en su lugar, mirando a Levi con ojos bien abiertos e incrédulos.

¿Qué fue lo que dijo?

—… A mí también me jode la idea. —Sentenció Levi, su voz volviéndose más baja y discreta, apoyando la espalda en uno de los extremos de la mesa del maestro— Lo que la iglesia hace es un jodido chiste. Los ricos se apropian de una religión que enfatiza la idea de ayudar al pobre, al que en realidad explotan. ¿Qué tan estúpido suena eso? Hacen de Dios su negocio, y se ocultan tras él para que parezca que lo que hacen está bien. —Criticó, sus ojos filosos fijos en los verdes y asombrados de Eren— Los ricos tienen el control porque tienen el dinero, pero… lo que puedes hacer, es explicarle al pueblo en su lengua, como se hace en las misiones y como lo hacen los alemanes. No creo que la gente venga a misa a entender nada. Sólo vienen a misa porque creen que, si no lo hacen, se irán al infierno.

Aquella brutalidad había aumentado el asombro en Eren, pero Levi siguió hablando fríamente:

—… La gente no busca entender ni un carajo, no pueden hacerlo. Sólo memorizan un par de respuestas a rezos y cantos, los cuales aprenden y repiten como un montón de sonidos sin sentido. —Aclaró— Pero eso tiene sentido para los ricos, porque… si el pueblo entendiera la palabra de Dios y pudiera leer la ciencia que se escribe en latín, serían capaces de criticar la realidad y ver que los ricos que los dominan son una maldita basura. Y todo el sistema se torcería.

Eren tragó saliva y se quedó mudo casi por un minuto, asimilando lentamente cada palabra.

—Señor… usted entiende perfectamente. —Dijo, al final, con poco volumen.

En ese momento, el azabache se dio la vuelta y empezó a hurgar entre sus cosas, con prisa, ante la mirada atenta de Eren en su espalda. Parecía estar buscando algo que ocultaba celosamente, pues se había tardado en sacarlo. Y cuando lo hizo, le pasó a Eren algo envuelto entre algunos retazos de tela.

—Yo espero… que con el tiempo la gente sea capaz de rebelarse, como los alemanes.

Era un libro, y el corazón del castaño casi se paró al leer el título.

—… Espero que esto algún día se extienda.

Los ojos de Eren estaban fijos y pasmados en la portada.

—Esto… —comenzó, dudoso— ¿es una traducción de la biblia? Creí que estaba prohibido-

—Prohibido por los cerdos que se han apropiado del concepto de Dios, que no quieren perder su maldito pedestal y se vea la realidad tan sucia y torcida como la han dejado.

Eren casi temblaba, incluso pasar saliva le era difícil. Había escuchado que los alemanes impartían las misas en su lengua y no en latín… pero de eso, a publicar una traducción…

El autor podría ser excomulgado, incluso condenado a muerte por eso…

Sin embargo, bajando la cabeza, el menor preguntó casi susurrando:

—… ¿Puedo leer?

Levi asintió.

—Sólo hazlo discretamente, mejor de noche. En la mañana es demasiado arriesgado, al menos aquí en Stohess.

El castaño se apresuró a cubrir el libro entre los pedazos de tela y guardarlo en su propio morral, sus manos ansiosas como sus ojos por empezar a leer.

—Le agradezco. En realidad, hay muchas cosas que no entiendo de la Palabra en latín. ¿Es confiable esta traducción? —Preguntó.

—Muy confiable. Lutero es un puto genio.

—Le creeré, señor.

Entonces, Levi declaró, seriamente:

—Pero es importante que avances en latín o no llegarás a ningún lado, mocoso.

El menor bajó la cabeza, apenado.

—Comprendo.

El mayor suspiró y agregó:

—… En la mañana la biblioteca está vacía y se puede leer con calma. Normalmente en la noche estoy escribiendo…

Los ojos verdes se abrieron con sorpresa. ¿Le estaba diciendo que podía buscarlo si tuviera dudas? Casi no lo podía creer.

—Señor —comenzó, y la mirada impasible se posó sobre él—… Usted no duerme mucho, ¿verdad?

La mirada grisácea se empequeñeció de repente, llena de reproche, como si Levi hubiera pensado "qué insolente eres", viéndolo como un chiquillo descarado por preguntar eso.

—… Prefiero leer. —Fue lo único que contestó, sin expresión.

Eren sonrió levemente, sin saber hacia dónde apuntar los ojos. Le era muy difícil mirar a Levi, había algo tan oscuro y helado en sus ojos grises que sentía que se le clavaban en la sangre, leyéndole los pensamientos y criticándolos por ser tan inmaduros y ridículos. Levi era un sujeto tan complejo, pero por alguna razón parecía ser el único que lo entendía…

Entonces, vio al mayor echarse su morral al hombro y soltar fríamente:

—Ya me voy.

Eren asintió.

—Gracias por la traducción. Pasaré a dejársela la próxima semana… y gracias también por escuchar.

Levi no respondió.


Después de esa conversación, pasaron varios días. Cuando Eren buscó al mayor para devolverle el libro en la biblioteca, Levi simplemente lo guardó en un morral algo gastado, cerró el tomo que leía en ese momento y, sin decir nada, se retiró. El castaño sólo lo vio partir, seguido por su reserva y su silencio, unidos a su espalda como una sombra inseparable de él.

Tal vez a Levi simplemente no le gustaba hablar con nadie.

… O, tal vez, simplemente no le agradaba Eren.

Una pena, pensó el menor. Porque Levi era el único que comprendía sus opiniones. Pero no podía forzarlo a convivir cuando el mayor no quería…

Suspiró. Bueno, al menos había sido feliz de que le prestara aquella traducción, que había hojeado como la joya más exótica e interesante del mundo. Después de todo, estaban en Stohess, la ciudad más puramente enloquecida por la religión que no dudaría en mandarlos a la ejecución pública si descubrían que habían leído la biblia traducida del latín. ¿Cómo podía alguien atreverse a traducirla, a llevarla a una lengua que los hombres ni siquiera sabían hablar bien, aunque lo hicieran toda su vida?

¿Y cómo reaccionarían al saber que Eren y Levi apoyaban al gusano que la tradujo?

Eren no lo quería ni pensar…


Trascurrieron cinco meses; y, en ese tiempo, Eren descubrió algo.

… No era que a Levi no le agradara él.

En realidad, a Levi no le agradaba nadie. Absolutamente nadie.

Lo único que se lo veía hacer —y que parecía que le gustaba— era clavar sus ojos grises en las hojas de los libros, paseándose entre las letras, para luego acariciar los bordes y hojearlos al terminar cada página. Podía hacerlo por horas, por días, por semanas. Cada libro ahí había pasado por los ojos analíticos de Levi y descompuestos por su mente misteriosa.

Era casi de miedo: Una vez que el moreno terminaba de leer el encargo mensual de manuscritos en unos cuantos días, se lo veía escribiendo casi obsesivamente… Nadie, jamás, se atrevió a molestarlo. Ni siquiera los mismos maestros. El cuerpo de Levi sabía en automático a qué hora debía abandonar la biblioteca para continuar el hábito en su habitación, entre las velas, y desde qué momento de la mañana podía entrar sin fijarse en la hora. Levi era el único seminarista que, en una semana, se acababa las velas que a otro podían durarle un mes, sólo por escribir y leer.

Eren había dado el caso por perdido. Levi simplemente estaba perdido entre las letras, la inmensidad de sus pensamientos y en sí mismo. Así había sido por años y así seguiría.

Entonces, no le quedaba más que rendirse y seguir con su vida. Era lo mejor.

No eran compañeros, ni amigos… no eran nada.

Absolutamente nada.


Eso cambió una mañana de septiembre.

Cuando Eren entró a su clase, se quedó paralizado al notar que, en lugar de la espalda deforme y torcida por los años de su nuevo profesor de latín, estaba la figura recta pero bajita de Levi, con su pelo de noche absoluta; manteniendo el aula en silencio incluso estando de espaldas, escribiendo algunos pasajes bíblicos en latín.

Por alguna razón, esa clase fue una bendición para Eren.

El menor no supo cómo lo hacía, pero Levi había resuelto en un par de horas todas las dudas de gramática que había arrastrado por cuatro años. Sí, una vergüenza…

Y mientras Eren tomaba notas tan rápido como podía, vio que sus compañeros salían y que el aula se vaciaba paulatinamente, hasta tener la sensación de quedarse solo. Estaba bien, aún le faltaba anotar un par de cosas más. Lo malo de Levi era que sus explicaciones eran demasiado buenas pero también demasiado rápidas; que él hacía pocas o ninguna pausa, y que Eren no sabía tomar apuntes concisos ni resumir. Era de los que anotaban todo aunque se tardaran años…

—Espero que haya quedado claro, mocoso.

Eren levantó la mirada, casi asustado. No sabía que había alguien, no oyó nada por varios minutos… y miró a Levi frente a él, sin expresión, apoyado contra una mesa cercana a su asiento.

—Señor… —Lo llamó, lentamente— ¿Cómo sabía que tenía todas esas dudas?

Levi se tomó su tiempo para responder, con un aire casi fastidiado.

—La respuesta es larga.

—Me gustaría oírla.

El mayor suspiró.

—… Su nuevo maestro no les dará clases ya, vendrá un tercero en dos meses. Pero, para suplirlo, me pidieron que leyera las traducciones de todos ustedes, todos los textos que han escrito para valorar su comprensión del latín.

—Ya veo —fue la respuesta del menor.

—Y todos son una vergüenza. —Continuó, con voz dura— Si sus ensayos tuvieran ojos, llorarían de lo mal escritos que están.

Bueno, al menos el problema no era sólo de Eren…

—Especialmente los tuyos, mocoso.

… Diablos.

—No sabes latín. Pero ni una mierda. Tus maestros anteriores te han pasado por pena.

Al escucharlo, Eren no supo ni en dónde meterse. Ciertamente latín era la materia más complicada para él… pero es que nadie lo hablaba. Realmente no entendía su utilidad saliéndose de lo escrito. Si Eren no lo usaba con nadie ni le explicaban claramente, no veía cómo aprenderlo.

—Al menos, cópiale al nuevo. —Le dijo Levi, de pronto— Maldición, ¿acaso no sabes ni copiar?

Eren enarcó una ceja.

—¿Al nuevo? ¿Se refiere a Armin?

—Sí. Pues para que pases, idiota, porque no entiendes ni un carajo. —Expresó, cortantemente— Tienes que estudiar, mocoso. Hasta que sudes sangre.

—No soy mocoso, me llamo Eren —le informó, seriamente—. Y creo que usted debe saberlo si dice que revisó mis trabajos.

El mayor lo ignoró.

—Como sea, si no estudias, te echarán de aquí empezando el primer año.

Eren bajó la cabeza, entre molesto y apenado.

—Te decía que revisé tus trabajos y los de los demás. Tomé tus errores como base para construir la lección —admitió, con seriedad—. El latín es un dolor en el culo y nadie lo habla, pero es necesario. ¿Te quedaron dudas? —Preguntó, secamente.

Eren no quiso responder.

Ya lo oía burlarse de él. Tal vez por eso Levi se lo preguntaba… para continuar tratándolo de imbécil.

—… El que no admite sus errores, nunca aprende, mocoso.

Pasaron unos segundos de silencio. Eren dudando entre decirle o no, y Levi mirándolo con frialdad.

De pronto, admitió suavemente:

—En las declinaciones…

Levi alzó una ceja. Ya lo había supuesto.

—¿Tienes otra clase después de ésta?

—No…

—Tampoco yo, te explicaré rápido. Hay otra clase en esta aula, así que debe ser en otro lado. La biblioteca está cerrada.

Entonces, Eren propuso el comedor, pero Levi refutó diciendo que era muy ruidoso a esa hora porque "estaba lleno de mocosos". Ciertamente, era la hora de comer de los jóvenes del seminario menor; así que Eren, al sentir una brisa colarse por la ventana de rejas negras y ver algo brillar al exterior, se le ocurrió preguntar lentamente:

—… ¿Y si vamos al lago?

Levi sólo parpadeó, algo sorprendido por la opción; pero, sin ver al menor, contestó:

—Por qué no.

Ése fue el principio.


El primer mes fue algo así como una recuperación exhaustiva de latín, una que empezó con una sesión semanal; luego, de dos veces por semana; más tarde fueron tres… y cuatro… y después, por alguna razón, empezaron a coincidir en los demás días. Era un buen lugar para concentrarse y descansar, entre el lago y el árbol más viejo del seminario, rodeado de muchos otros que formaban un tapete colorido de otoño, el edificio de la diócesis a varios metros de ellos. Se estaba bien ahí.

Normalmente hablaban cerca del lago, a eso de las seis de la tarde cuando los seminaristas ya estaban cansados y el sol empezaba a ocultarse, viéndose como una gran lámpara de luz débil. Conversaban con sus caras coloreadas de un naranja tirando a café, que a cada minuto se oscurecía más hasta que, al final, sólo quedaban sus voces con un rostro difuso y sumergido en sombras.

Ya le habían preguntado antes: ¿Por qué Eren hablaba con un seminarista mayor? Regularmente eso no ocurría. Y, específicamente, ¿por qué con Levi? En raras ocasiones se lo veía hablar, incluso el sólo estar entre la multitud. Se lo encontraba aislado, con el cabello ligeramente acumulado sobre sus ojos, la mirada paseándose velozmente entre las líneas de los libros o en los pergaminos en los que trazaba sus ideas. Eso era en sus ratos libres, cuando no tenía clases ni servicio… mientras que Eren hablaba con Marco, Armin o Connie después de clases, aunque cada vez menos. En realidad, pasaba más tiempo en el lago y había empezado a leer un poco más, al lado del azabache que no parecía tener palabras para nadie, a excepción de Eren. A veces se sentaban y leían, o él hacía sus deberes y Levi escribía, en un silencio apenas interrumpido por la brisa refrescante y el oleaje plácido y tímido del agua. Hasta que un día, Eren comenzó a preguntarle de sus deberes, Levi a contestarle… y, poco a poco, el tiempo de lectura fue cambiando a tiempo de conversación, aunque muy lentamente. Ya en el quinto mes, se llevaban algún libro o deber académico por costumbre, porque en esos días lo que más hacían era hablar… Conversaban en un tono bajo, casi inaudible para los demás, desde una distancia que al principio había sido de tres metros… y que cada día parecía disminuir un centímetro más.


Y llegó el sexto mes.

En todo ese tiempo, habían acordado sin hablar una rutina compartida frente al lago. Nadie se acercó a ellos jamás.

Los temas de latín se habían agotado en el cuarto mes. Entonces, cuando no quedó mucho que explicar, Eren llegaba a ese lugar a estudiar o hacer deberes solo; más tarde se unía Levi, muchas veces sentándose sin saludar sobre una tela que —según había oído Eren— el moreno lavaba todos los días porque se oponía a sentarse al ras del suelo, sobre el césped y la tierra. Tras sentarse sobre la manta, Eren le pasaba algunos ensayos en latín y Levi los corregía sin olvidar su clásica frase: "Eso ya te lo enseñé, mocoso tonto. Si tan solo hicieras un espacio en tu cabeza para grabártelo, en lugar de tus idioteces de mocoso…" que, al oírlo, hacía que Eren lo mirara con una mezcla entre molestia y vergüenza, para luego contestar: "Ya, a la próxima lo haré mejor…"

Aunque el moreno no lo admitiera —y si lo hacía, era en un tono tan bajo como si su voz imitara a la brisa del lago— la verdad era que Eren siempre mejoraba. Ahora sólo cometía errores de nivel intermedio-alto, después de cinco meses de asesorías casi diarias. ¿O sería también que el castaño estaba estudiando? Por ahí, Levi había oído que el menor estaba mejorando sus notas… no tanto para sobrepasar a Armin o a Bertholdt, pero estaba entre los diez primeros.

En las últimas dos semanas que Levi estuvo en el seminario, prácticamente sólo se oían el uno al otro.

Levi le extendió su ensayo de esa ocasión, extrañado, puesto que los últimos días Eren había dejado de pedirle que le corrigiera cosas, pero esa duda no lo había dejado continuar. De hecho, era algo tan complejo que Levi lo había aprendido hacía poco. En verdad que Eren estaba avanzando…

—Si tienes dudas el próximo año, deberías preguntarle a tu profesor de latín. —Le comentó el mayor.

—Ese tipo me da sueño…

—Carajo, Eren. Pon atención. —Le riñó.

Pero Eren sólo se recostó vagamente en el tronco del árbol viejo e inmenso, estirándose como un gato.

—No… Tiene una voz que fastidia, y no me gusta cómo explica.

Levi lo miró con reprobación.

—No puedes ignorar a alguien sólo porque no te gusta su metodología. Así nunca vas a aprender. —Le dijo, seriamente.

Eren sonrió, algo apenado.

—Sí, lo sé. Pero sólo me pasa en latín. Si no entiendo, me distraigo y mejor te pregunto a ti…

Incluso, Eren lo había comenzado a tutear desde hacía pocos días. Impensable hacía un año atrás.

Pero Levi sólo contestó:

—Debería empezar a cobrarte.

Eren se asustó.

—¡¿Qué?! Pero ¡¿por qué?! ¿Qué hay sobre la caridad?

El moreno suspiró.

—¿Cinco meses de clases gratis te parecen poca caridad?

Eren estaba tan nervioso que apenas pudo hilar lo siguiente:

—Pero, pero- ¡¿qué hay de malo en un sexto mes?! ¡Hasta que termine el periodo!

El azabache enarcó una ceja, sorprendido por tanto descaro.

—… Eres un pesado. Estás abusando, mocoso.

—Ya, pues. ¿A cuánto la clase? —Preguntó, algo apenado— Es cierto lo que dices: Eres muy bueno y he abusado todo este tiempo. —Reconoció y, más bajito, agregó: —Eres tan bueno que lograste que aprendiera latín… yo ya me había rendido.

Ante esto, Levi murmuró:

—Fueron cinco meses de dolor…

—¡Oye!

—Mucho, mucho dolor.

—¡Ah, qué malvado! —Soltó, ofendido— ¡Yo también puse de mi parte!

Aquello era muy cierto. Ahora los errores de Eren eran casi mínimos.

—… No soy tan bueno como dices. —Opinó Levi— A tus compañeros mocosos les asustaban mis clases.

Eren viró los ojos, meditando.

—Bueno, es que pareces un militar.

—¿Un militar?

El menor asintió: —Tu voz, tu porte, tu pelo… creo que, en otra vida, serías un excelente jefe de ejército al que llevarías al triunfo de la humanidad.

Levi sólo chasqueó la lengua.

—… Mierda. Si pasaras más tiempo estudiando y menos pensando estupideces, tal vez podrías llegar a algo, mocoso.

Ofendido, el menor le soltó:

—¡Rayos, si te estoy haciendo un cumplido!

—… Un cumplido de un chiquillo inmaduro, no cuenta como cumplido.

—Ah, ¡qué cruel! —Exclamó, algo molesto y tal vez lastimado— Yo lo dije sinceramente…

—Lo sé.

Entonces, el castaño sonrió y vio que, aunque Levi no correspondía a su sonrisa, su mirada grisácea ya no lo atravesaba como al principio, cubierta de hielo y filo… sino que casi le daba la impresión de que Levi tenía un aire de paz, de una tranquilidad que Eren también sentía.

Últimamente estar con Levi era como estar con un amigo; o, más bien, como el mejor de ellos…

No sabía qué nombre ponerle, pero… en realidad, la mejor parte del día era cuando estaba con Levi…


Eren se sintió bastante solo cuando el moreno se fue.

Había ido a su cuarto para ayudarle a empacar, más bien como una excusa para hablar con él.

Aunque Levi era un hombre que acumulaba poco —a excepción de libros— había aceptado la ayuda de Eren por la misma razón: Para hablar. Como único equipaje, además de la ropa y poco dinero, había tomado las obras de filosofía alemana que leía hasta desgastarles los tomos, empacó unos escritos de psicología y las obras de Lutero incluida la traducción, que ocultó enredándola entre varias mudas de ropa y un par de sotanas.

Y, de pronto, oyó al castaño preguntar:

—¿Adónde te van a mandar?

Eso fue lo primero que Eren soltó después de casi veinte minutos sin hablar, simplemente viéndolo empacar o acercándole alguna cosa. Pero, al oír la pregunta, Levi se quedó quieto; para después sentarse en el colchón relleno de paja más o menos suave, como los demás de la época. Eren estaba de pie al lado de la ventana, dirigiéndole una mirada seria, esperando la respuesta.

Y Levi contestó, secamente:

—… A Trost.

El castaño bajó la cabeza. Eso estaba bastante lejos, tal vez medio día a caballo o más. Suspirando, se apoyó al lado del ventanal, sobre un muro. El sol preparándose para dormir y su luz muriendo a cada minuto.

Levi se levantó silenciosamente, algo intrigado por esa reacción de Eren, callada y extraña para alguien que hablaba tanto. Sin pensarlo, colocó su mano suavemente sobre el hombro del menor. Cuando éste sintió el contacto, se tensó y Levi se encontró atrapado en unos ojos brillantes y sorprendidos, viendo sin tapujos hacia los grises de Levi. Era la primera vez que el castaño lo observaba tan fijamente, como incrustado en él, y Levi contempló aquella mirada tan nueva: ¿Dolor? ¿Preocupación? No podía explicar exactamente qué era, pero aquella emoción atrapada en los ojos de Eren le confundía, haciéndole preguntarse qué era…

Pero, a pesar de eso, Levi sostuvo en voz baja:

—… No podré escribirte.

Aunque lo dijo directamente, Eren notó que su voz no había sonado tan fría como se dejaba oír comúnmente. Sonaba seria pero laxa, como si el moreno pidiera silenciosamente una pizca de comprensión.

—No podré mandarte ninguna carta, podría despertar alguna sospecha.

—… Entiendo —expresó el castaño, sonriendo levemente, su mirada en el suelo—. No te preocupes. Comprendo la situación.

—Quiero contarte algo más.

La mirada de Eren en él fue atenta, sus sentidos fijos en la voz impasible de Levi, regularmente congelada para con los demás, y sólo fría con Eren…

—Me han ofrecido impartir una materia aquí, de manera temporal. No todos los días, pero…

Los ojos de Eren aumentaron de tamaño.

—… Si es una clase, sería semanal. —Recordó el menor.

—Así es.

—¿Qué clase es?

Levi desvió la mirada antes de responder:

—Psicología, es terminal. No tienes esa clase.

Sin embargo, el optimismo no desapareció del rostro de Eren. Y, casi tímido, preguntó:

—¿Crees que… tengas tiempo de hablar… antes o al final de la clase?

El moreno respondió con lentitud:

—Si no tienes cursos, supongo que no habría problema.

Eren sonrió ligeramente. La primera sonrisa en aquel día. Levi lo miró en silencio preguntándose el porqué…

—Dime tu horario cuando lo tengas. Digo, si puedes. —Le propuso el menor.

—Tú igual, Eren.

Cuando el castaño sonrió más ampliamente, algo dentro de él se volvió menos pesado. Ver aquella preocupación en el castaño no le había gustado, había sentido la necesidad de prometerle algo o asegurarle algo… pero ya que veía la tranquilidad en sus ojos verdes, él también se calmó. Aunque no quería admitirlo, ese mocoso tonto había sido una de las mejores cosas que le habían pasado en el seminario… sin saber que el menor pensaba lo mismo sobre el azabache. Y que el edificio de la diócesis se volvería muy frío, como si el calor de la escuela también hubiera empacado para seguir a Levi. Pero era inevitable. Tal vez se volverían a ver más adelante.

Al menos, Eren confiaba en que sí se encontrarían y se sentía más ligero ahora.

—… Iré a tu ceremonia mañana. Buena suerte. No te pongas nervioso. —Sonrió.

—Sólo los mocosos idiotas como tú se ponen nerviosos, yo no necesito esas mierdas. —Contestó, secamente.

—Ah, ¡serás cruel! —Lanzó, molesto— Bueno, ya. Buena suerte aunque no la necesites.

Levi sólo asintió, pensando un "gracias" débil, pero sin pronunciarlo.


El último día de Levi en el seminario, Eren y él se encontraron en la ceremonia terminal. La celebración ocurrió en una sala solemne pero oscurecida, entre la luz mortecina de las antorchas y las paredes de bloques negros y enormes. A pesar de la baja estatura de Levi, Eren reconoció su figura inmediatamente. Tenía una presencia tan seria y misteriosa que destacaba por su silencio e imponía disciplina adonde fuera.

Y después de la celebración, Eren se había acercado a él para felicitarlo, lleno de admiración. Mientras soltaba un parloteo de que el diaconato era increíble y que Levi debía sentirse orgulloso… el moreno le extendió algo cubierto entre varios retazos de tela. Eren lo tomó, algo extrañado y, cuando leyó el título, casi empalideció.

Era su traducción.

—Pero, Levi… Yo no puedo tener esto, es tan difícil de encontrar-

—Tenlo. Si lo necesito, puedo encontrar otro allá afuera.

Eren tragó duro, con el libro entre sus manos.

—… No lo leas imprudentemente por ahí. —Le advirtió el mayor.

—No. —Respondió Eren, para luego preguntar suavemente—… ¿En qué iglesia estarás?

Levi resopló. —En la catedral.

Los ojos de Eren se llenaron de júbilo.

—¡Cielos! ¡Te has ido a lo alto!

—Debe ser coincidencia…

—¡Imposible! Seguramente notaron tus capacidades. Hubiera sido un error no mandarte a la catedral, eres el más capaz.

Rayos. Ahí estaba Eren diciéndole esas cosas tan amables y tan confusas…

—… Estarás con el obispo Smith. —Continuó el menor— Él da misas impresionantes, es muy inspirador y sabe muchísimo. Es muy amable también. —Le contó a un Levi desinteresado en el tema, pero escuchándolo de todos modos— En una ocasión, dio una misa donde yo vivía y nunca nos habló en latín…

—… Erwin es diferente a los otros cerdos.

—El "obispo Smith", Levi —lo intentó corregir.

—El cejón del mal, mierda.

Eren sonrió, algo entretenido.

—Cuídate mucho. Harás un gran trabajo. —Le dijo al final.

Levi sólo contestó, bajando la voz:

—Tú igual. Estudia.

Y se formó un silencio. Uno frente al otro. Viéndose sin saber qué hacer.

No era tan extraño que los hombres se abrazaran en la época. De hecho, era mucho más común entre seminaristas, con ese concepto flexible de hermandad… Había seminaristas que lo hacían todo el tiempo. Pero ellos dos jamás lo habían hecho.

"Qué tal si a Levi no le agrada"

"Eren es menor, puedo quedar como un pedófilo"

"… Tal vez no le guste ser tocado, no debería hacerlo sentir incómodo. Aunque es una despedida y se podría entender como eso… pero él no se acerca. Tal vez no quiera que lo haga"

"No sería apropiado. Alguien podría ver. Eren podría tener problemas, y yo también…"

Entonces, lo único que se atrevieron a hacer fue intercambiar un apretón de manos.

El primer toque, y el más extraño y cálido para ambos.

El menor nunca imaginó que la piel de Levi se sentiría así. Le agradó el tacto de aquella mano blanca y delgada… y la de Eren era enérgica, con un agarre decidido pero amable, y tan infinitamente tibio. Aquello se había sentido tan bien como abrazarse, sin haber expuesto al otro a una situación incómoda… Ambos se habían sentido satisfechos con eso.

Fue el primer contacto de sus manos, y el primer intercambio de sonrisas. La de Eren radiante y segura, y la de Levi bastante difícil de ver, suave, ligera y casi imperceptible, como el trazo tímido de un artista sobre un lienzo…

Pero Eren jamás había visto una sonrisa tan real y a la vez frágil como aquélla. Esa sonrisa había sido el mejor regalo que Levi le pudo haber dado…

Y, sin más, se despidieron.

Eren esperaría. Sabía que Levi volvería y, hasta entonces, se esforzaría cada día en el seminario, el moreno en la catedral.

Hasta volverse a ver.


Fin del capítulo 2.

Notas: Hola. Siento mucho la tardanza y gracias por sus comentarios en el capítulo pasado, de verdad. Ya los he contestado por PM y contesto los guest por aquí:

Gonza: ¡Hola! :D ¡Muchas gracias por leer este fic y por tu comentario! Yo también he leído pocos fics de sacerdocio, espero no decepcionarte con éste (;-;) Me alegra que te pareciera interesante la actitud de Levi… aunque no sé qué sientas después de este capítulo, ya que tras conocer a Eren parece un poco más… tibio (?) no estoy segura (-/-). Muchas gracias por haber leído el capítulo anterior y comentar (n.n)! ¡Me encantó leerte! (*-*) ¡Un abrazo enorme!

Fernanda Choi: ¡Fernanda! Me siento muy feliz porque pude volver a leerte, te recuerdo con mucho cariño por "Historia de un engaño". Me alegra mucho que leyeras este fic y te agradara el capítulo anterior. Muchas gracias por el ánimo, ¡de verdad gracias y besos para ti!

Por último, les mando un abrazo fuerte y cualquier crítica o comentario es bienvenido. Una disculpa si encuentran varias inconsistencias de tiempo. Intento investigar y eso, pero perdón si se me escapan cosas (que creo que sí).

Un beso.