I
Aquél fue un día de calor insoportable. Treinta y seis grados centígrados a la sombra en un sábado al final de un verano terrible. Remy habría preferido no salir. No era raro que los niños desobedecieran las órdenes de Fagan*, líder y hermano mayor del grupo de huérfanos, resguardándose en los días de intenso calor o frío dentro del inmueble. Pero sí era extraño que un chico como Remy prefiriera quedarse dentro del tétrico edificio al que osaban llamar vivienda, en lugar de salir a merodear por las calles de Nueva Orleans.
No obstante, Remy no rehuyó el mandato de Fagan una vez más. Su lista, le dijo el mayor, estaba llena de desacatos de su parte. El chico se rindió con un resoplido de fastidio, tomó de mala gana la lista de cosas que debía conseguir y desapareció por el pasillo que llevaba a la entrada principal. En la ropa más ligera que poseía, abrió la pesada puerta de madera, se colocó las gafas oscuras y emergió a la ardiente tarde de agosto.
Jamás cumplía con sus tareas cerca de casa. Caminó un par de manzanas, hacia el oeste donde el vecindario era más activo. En el camino, hurtó la billetera de un hombre, como de costumbre. Una billetera en un hombre bien vestido no afectaba a nadie; tomó el dinero y se deshizo del resto en un bote de basura. Al llegar a la parada de autobús, y protegiéndose del sol debajo de la amplia copa de un árbol, Remy tuvo la idea de que era extraño robar esas billeteras para poder ir a robar otras cosas.
—Es gracioso si se lo piensa —masculló.
—¿El qué?
Una vocecita llamó su atención desde atrás. Remy giró un poco la cabeza para advertir a la niña que aguardaba sentada sobre la banca metálica de la parada. La contempló extrañado, mirando entorno para asegurarse de que le hablaba a él.
Le hablaba a él.
—¿Qué es gracioso? —Reformuló, inclinando la cabeza hacia el lado izquierdo. Pestañeó como si tratara de enfocarlo. El sol le lastimaba los ojos.
—Nada —replicó Remy con suavidad, ganándose una mirada aún más intrigada por parte de ella. Intentaba sonreír.
—Debe ser una "nada" muy extraña.
Al chico se le ocurrió que había cosas más extrañas. Sintió una fuerte curiosidad mientras echaba un vistazo a la avenida. No había señal del autobús. Se debatió un segundo entre alejarse definitivamente de la niña desconocida que le hablaba, o quedarse y matar el tiempo charlando con ella.
Finalmente, Remy se acercó para sentarse a un costado. De cualquier forma, el autobús no aparecía.
—Ah, no tienes una idea —exclamó de manera dramática.
—En absoluto —completó ella, sin apartar sus ojos de Remy, inspeccionándolo con atención—. Pero yo también tengo una "nada" que es extraña y graciosa.
—Un poco estresante, ¿eh? —Remy se encontró preguntando.
—A veces. Pero también me gusta. ¿A ti no?
—Sí —admitió. No obstante, volvió a pensarlo—. Es lo único que conozco, así que no importa. —Alzó los hombros con naturalidad.
La chica dejó que el asomo de una sonrisa curvara ligeramente la comisura izquierda de su boca. Remy notó entonces que tenía la boca amoratada. Entre otras cosas, como el labio partido y el largo cabello oscuro fuertemente atado en una coleta.
—Es una nada solitaria —dijo antes de apartar la vista de él.
—Es mejor así.
—Creo que sí. ¿Cuál autobús esperas?
—Midtown —Remy respondió—. ¿Tú?
—Ninguno. Vengo aquí todos los días a esperar a mi padre.
Remy había dado por hecho que se trataba de una forastera. No una turista, naturalmente, no tenía el aspecto. Se sorprendió al escuchar que de hecho iba a aquél lugar a diario.
—No pareces local —apuntó él.
—No lo era, ahora lo soy.
—¿Vives cerca?
—A cuatro cuadras en esa dirección. —Señaló hacia delante, una calle amplia adentrándose en el barrio Marigny.
Guardaron silencio. Ella balanceaba sus pies que no alcanzaban el suelo. Remy miró en busca de su autobús.
—¿No vas a preguntar si yo vivo cerca? —Inquirió distraídamente, pensando que debía conseguirse un reloj para sí mismo cuando miró su muñeca sin uno. Se estaba haciendo tarde y su lista era larga.
—No creo —dijo ella, observando sus zapatos de un opaco azul.
—¿Por qué?
—No me dirías la verdad.
—¿Tú me dijiste la verdad?
—Yo siempre digo la verdad —replicó, frunciendo momentáneamente el ceño, sin quitar la vista de sus pies.
—Te habría dicho la verdad —confesó Remy de manera más afable.
—¿Por qué?
—¿Por qué no?... ¿Porque sí? No sé.
—Nadie dice la verdad porque sí —zanjó la niña, alzándose de hombros—. Menos a extraños.
—Excepto tú —se mofó Remy, alzando una ceja más divertido que irónico.
—Excepto yo —reiteró con un ademán cansino, como si intentara explicarle a un niño de cinco años.
Vinieron otros segundos de silencio. Un autobús se detuvo frente a ellos. La niña examinó a los pasajeros que bajaron. No era el que Remy esperaba. Pero quizá debía tomarlo. Después de todo, cualquier lugar sería bueno siempre y cuando no fuera su propio vecindario.
Esperó, no obstante. Sus ojos regresaron a ella.
—¿No te gusta el sol? —Inquirió de repente. Remy parpadeó, tomado por sorpresa en medio de sus pensamientos.
—¿Por qué lo preguntas? —Quiso saber.
—Porque usas gafas oscuras. Creo que a la gente que no le gusta el sol las usa.
—A mis ojos no les gusta el sol —evadió, suprimiendo apenas una mueca. Si bien aquello era cierto, tampoco se trataba de toda la verdad. «Nadie dice la verdad porque sí»—. Menos uno tan fuerte —se quejó. El calor seguía siendo intenso—. ¿Por qué tienes esa herida en la cara? No deberías dejar que nadie te golpee.
La niña se llevó la mano al labio y rozó la piel lastimada con la punta de sus dedos. Su ceño volvió a fruncirse al igual que sus labios.
—Fue un accidente.
—Puede ser que me equivoque —comenzó con cierto matiz cansino—. Pero eso lo ha hecho un revés con el puño, niña que no miente.
—Fue un revés con el puño accidental —insistió ella, su voz se elevó un poco.
—Es estúpido.
—Sí. —Fue su escueta respuesta.
Otro autobús frenó y abrió sus puertas. Varias personas descendieron. La niña repitió la acción de observar atenta a quienes bajaban.
—Aquí viene.
—¿Tu padre?
La chica asintió antes de ponerse de pie con un salto. Se detuvo.
—¿Cómo te llamas?
—Remy —contestó antes de dedicarle un gesto divertido—, y te estoy diciendo la verdad —aclaró—. ¿La niña tiene algún nombre? —Preguntó a su vez, más amablemente.
—Charlotte.
No dijo adiós o nada más. Dio media vuelta y se encaminó hacia un hombre castaño, de aspecto triste, tenía el cabello revuelto y parecía alto a pesar de caminar encorvado. Charlotte le pasó un brazo por la cintura y esperaron la luz roja para cruzar la avenida.
N/A: No planeo que ninguno de los capítulos sea realmente largo, así que prepárense para episodios pequeños con saltos de tiempo considerables entre ellos.
*Fagan: No me lo inventé yo (seguro lo saben, pero mejor aclararlo por si acaso). Es el líder del grupo de huérfanos callejeros al que perteneció Remy antes de ser adoptado por Jean-Luc.
