Capítulo 2

Arendelle, cuatro años antes, reunión de primavera

Con el soplar del viento, las hojas de los frondosos árboles perennifolios se agitaron, y las flores a lo largo del jardín impregnaron con su aroma, haciendo a Elsa suspirar en alegría, disfrutando de ese único momento de libertad que tenía antes del comienzo de la primera junta, terminado el desayuno.

(La junta, como acostumbrado, se alargaría hasta la tarde.)

Se había despertado al alba, adelantándose por mucho al desperezar de las personas dormitando en las habitaciones de su hogar, con quienes le quedaban quince días de conversaciones agotadoras, aunque más tedioso sería lidiar con la insistente mirada verdosa del príncipe Hans, que debía estar llena de insidia, o, al menos, eso la tranquilizaría.

Era molesto para la reina que le hiciera objeto de sus ojos penetrantes, y que su dueño sonriera cuando la miraba como si supiera exactamente la perturbación que le provocaban. No sabía si habría sido así antes, cuando se conocieron dos años atrás, porque estaba inmersa en su propio problema emocional.

—Nada como la primavera en Arendelle, el perfume del azafrán y la belleza que encuentras en el paisaje. —La voz masculina le hizo tensarse y se giró, con la nariz en alto.

El pelirrojo, como indolente, la observaba a unos pasos de distancia, con las manos en los bolsillos de su pantalón azul, como el atavío de la parte superior. Sus ojos brillaban y la recorrieron de pies a cabeza.

La rubia no se sintió desnuda con el modo en que le observaba, pero experimentó una oleada de calor en el estómago, que le hizo agradecer que el diseño de esa ocasión, un vestido de lino color azafrán, fuera delgado. Aquella temperatura alta de su cuerpo no era a la que estaba acostumbrada.

—¿Qué desea, príncipe Hans? —preguntó, de modo servicial, adjudicado a actuar como anfitriona.

De otro modo, no habría sido amable con él, que se tomó su tiempo para responder, concentrado en mirarla al rostro.

El corazón de ella latió rápido, sin encontrar explicación alguna para las sensaciones que la recorrían dentro.

—Mi deseo, ahora, es hablar con usted, reina Elsa —contestó Hans suavemente, esbozando una sonrisa torcida al final. La elección de palabras de la regente había sido curiosa, porque pudo haberle respondido que la deseaba a ella.

Solo que él optó por lo que era más sano para su situación; dejó que su mirada le dijera lo que en verdad quería, quemándola.

—¿De qué tema en particular tiene interés en hablar? —La mano de Elsa, sin desearlo, fue a dar a la altura de su estómago, vibrante.

Desconocía que el pálpito del corazón de él denotaba sus propios nervios al acercarse, y la tensión prevaleciente entre ambos.

—Ningún tema en especial, Majestad. —El cobrizo carraspeó, al verla abrir la boca para replicar. —Si usted no considera que sus invitados merecen su atención hasta después del desayuno.

Ahí la tuvo atrapada.

—En lo absoluto, príncipe. Dígame, entonces, ¿qué de la primavera en su reino? —resolvió conversar ella, aun cuando era la última persona con la que deseaba estar a solas.

—Como presenció el año anterior, solo pasto y animales a los que soy indiferente.

Hans deseaba empuñar su mano en alto de la sensación de triunfo por no ser menospreciado en aquel momento. Más que cualquier cosa, deseaba a la reina solo para él, sin interrupciones o con otras personas interviniendo.

Entendía que no lo quisiera, pero persistiría, porque la deseaba como a nadie.

Años atrás, en su coronación, él quedó cautivado por ella y quiso tenerla; fue un agregado perfecto al título que ansiaba adquirir.

Todo se arruinó, sin embargo.

A él no le importaba, seguía deseándola, y la conseguiría. Además, tenía a favor que en ella latía la atracción de los dos.

El año pasado había intentado ser paciente, a partir de entonces iba a tomar cartas en el asunto. La reina no se le escaparía; el título le importaba menos que antes, su objetivo era obtenerla a ella. Solo la reina Elsa aplacaría su constante deseo, que no consiguió liberación en otras que buscó y que solo le asqueaban, porque no eran como la mujer que tenía enfrente.

Saboreaba el momento en que la tuviera entre sus brazos y cabalgara en su cuerpo, gimiendo extasiada, con el cuerpo sudoroso de pasión y toda la apostura abandonada a sus caricias.

El príncipe se contuvo de no excitarse en la presencia de ella, porque sería muy pronto, la escandalizaría y le huiría, y esa vez no iba a precipitarse. A esa razón, cambió la línea de sus pensamientos.

—Por supuesto que hay flores en las Islas del Sur, pero no tan bellas como las de Arendelle —comentó él, socarrón, de manera que quedó claro a ambos que no estaba hablando del aspecto floral.

Ninguno dijo nada al respecto.

—Prefiero el invierno —manifestó Elsa, en su lugar.

—Claro que sí; yo también —convino Hans, a quien el gusto por el verano había cambiado por un motivo muy obvio. En el frío que le gustaba, también podía haber calor.

Ella tragó saliva y asintió, con el aire tirante entre los dos. —Muy pocos encuentran el invierno agradable —dijo con la garganta todavía seca.

—No saben de lo que se pierden. Encuentro el invierno... estimulante —pronunció él con un peligroso brillo en los ojos, que la hizo preguntarse si pensaban lo mismo.

Obviamente, que el príncipe sureño no hablaba de la temporada invernal.

—Me gusta deslizarme en el hielo, Majestad. Y a usted, ¿esa actividad le agrada? ¿Patinar en el hielo?

—Me gusta patinar, sí —aseguró sin mucha confianza en cómo continuar la conversación.

La sonrisa de él le pareció insultante, pero por mucho que lo deseara no podía ser grosera en su hogar; menos afirmando que él actuaba de manera inapropiada, cuando cualquier observador externo podría decir que era inofensivo. Él mantenía una distancia prudente, y ella no podía decir la clase de cosas que se imaginaba en su cabeza.

Sería bochornoso e impropio de una dama.

Tampoco podía utilizar la excusa de que estaba cometiendo actos réprobos. El príncipe se comportaba con corrección después del pasado y ya había cumplido su pena.

Estaría mintiendo si se valía de ese argumento.

No obstante, estaba segura que el contenido de su conversación y expresión corporal indicaban otra cosa.

Igual y había una remota posibilidad que el modo en que afectaba su mente le hiciera elucubrar de forma incorrecta.

Ella cuadró la mandíbula.

Hans sabía perfectamente que no debía tentar a su suerte, pero era demasiado satisfactorio provocarla y ver el modo en el que su apetitoso cuerpo reaccionaba a él, no tanto por sus palabras, sino por la tensión sexual latiente entre los dos.

Solo debía pasar el obstáculo que suponía el pasado.

Era paciente.

Elsa notó que en él aparecía un aire sombrío, que le intrigó de sobremanera. Sus ojos verdosos y los rasgos de su rostro se endurecían, picando su curiosidad. Le parecía muy interesante y misterioso ese hombre, no solo inquietante.

Reparando en la manera que pensaba en su cabeza, elevó el mentón. —Es hora del desayuno —dijo, buscando librarse de continuar el intercambio.

Su interlocutor afirmó con la cabeza y le ofreció su brazo izquierdo, como cualquier caballero.

Elsa maldijo para sí, obligada a aceptar tocarle. Eso trajo un escalofrío en su espina dorsal, como una sonrisa no mal disimulada al rostro de él.

Aquello supuso que se pusiera como objetivo evitar un encuentro similar con el príncipe.


No obstante, Hans siempre encontró la manera de hallarse a solas con ella, y la educación le hacía acceder a hablar e intercambiar frases, donde requería todo su ingenio para responder del modo más adecuado, mientras su mente se veía afectada por esa tensión existente entre los dos, que podía palpar y respirar. Debía soportar entre tanto, con sus ojos atentos a su rostro, y ella aguardando una sonrisa brumosa, hasta que se tornara en una expresión genuina que abarcaba toda su cara, que pensaba solo ella era afortunada de ver.

Había algo que le evitaba poner fin a esos intercambios, y Elsa se maldecía por ser débil y sucumbir ante la insistencia.

El cobrizo se sentía ventajoso. Hans sabía que poco a poco iba obteniendo la guardia baja de ella, que iba cayendo ante él, esperando finalmente en convertirla suya, de un modo físico y mental. Lo ansiaba desde mucho tiempo atrás, aunque eso fue cambiando sus niveles de intensidad.

Hans sonrió, seguía cautivado por la dama de hielo, con la finura de su rostro en cuyos ojos azules había un fuego que sólo él podía leer. Y su abnegación por los demás le hacía aspirarla como el premio que merecía después de largos años sufriendo por la suerte conferida a él en su vida.

Durante un instante recordó, con sabor amargo en la boca, cuando estuvo por perderse de tan valiosa joya por gracia de sus estupideces. Estuvo a punto de asesinarla. Y entonces lo justificó con dos razones, una de lo más egoísta e imbécil de su parte.

De la primera era fácil entender, significó sacrificarla a ella para que se acabara un invierno interminable, por el que le rogó que acabara y no pudo hacerlo, y que vio ni siquiera por su hermana lo hizo. Matarla era el último recurso, atormentado de tener que ser quien acabara con la vida de la mujer que le tenía atrapado.

Habría dejado que los secuaces de Weselton le asesinaran de no creer que podría haber modo de arreglarlo.

Como agregado, acabaría con su sufrimiento, mientras que a él le quedaría el consuelo que al morir ella, se quedaría con el poder y podría hacer el bien en Arendelle, cumpliendo el deber de la reina. Se consoló con que ella solo podía morir en sus manos, de forma indolora y rápida.

La segunda razón fue puramente mezquina. En ese entonces, la veía como una obsesión, un objeto de simple posesión, no como la mujer que amaba en la actualidad.

Al tener la espada a sus espaldas, Hans había sonreído de victoria, cegado con el pensamiento de que, si él no podía tenerla, ningún otro lo haría. Si no era suya, no sería de nadie.

Tiempo después cayó en la cuenta que, aun teniéndola a su lado, tampoco sería por completo suya, porque era alguien hecha para pertenecerse a sí misma. Y si llegaba a conseguirla, no sería su posesión, incluso siendo un hombre que quería retener lo suyo a toda costa, luego de ver por largo tiempo que no podía tenerlo debido a su gran número de hermanos.

Con Elsa, sin embargo, con tanto tiempo queriéndola, se conformaba con tenerla con él. Que aceptara eso que crecía cada vez que estaban juntos, que no formaba parte de su imaginación.

El quid de la cuestión era que su preciada reina bajara por completo la guardia y les diera la oportunidad a los dos. Si tan solo supiera que él sacrificaría ese deseo de destacar, de ser rey, solo por ella. Pero había una barrera puesta frente a Elsa, muy difícil de penetrar, más que aquellas que él se ponía a su alrededor para aminorar la fuerza los golpes que le daban los infortunios en su vida.

No obstante, él permanecía firme en su propósito—aunque se le hacía difícil contenerse—, hasta poder obtener la aceptación de Elsa a una relación entre los dos. Poco a poco había ido trabajando, como lo más importante que era en su vida, solo para alcanzar tenerla. En nada había puesto tanto de sí.

La quería como su esposa, no podía aceptar menos que eso. Deseaba que no solo sintiera atracción, sino que le quisiera y deseara pasar la vida a su lado, alimentando la pasión que existía entre los dos hasta que ambos estuvieran colmados y sus vidas fueran dichosas como no lo habían sido en sus infancias. Se pertenecían el uno al otro, no le cabía duda, se complementaban de un modo que le era patético explicar.

Se parecían y a la vez eran diferentes, pero no era contraproducente, sino estimulante. Con el choque entre sus personas se imaginaba las discusiones que podían tener y el modo en que podían reconciliarse, disfrutando del otro como si no hubiera mañana.

Tenía la esperanza de hacerle dar el sí en esos días, porque no sabía si soportaría más meses apartado de esa mujer.

Había tenido paciencia, un lustro de ella, y no daba pie a la desesperación, porque sabía las consecuencias que acarreaba, pero también sabía que no podía soportar más tiempo alejado, su cuerpo ardía por yacer con el de Elsa y robarle los suspiros, por perder la razón con ella entre sus brazos y vivir la plenitud junto a la única persona que podía dársela.

No sería fácil una vez que estuvieran juntos; la cara de pocos amigos de Anna sería un constante en el inicio, era inevitable. El tiempo haría lo suyo, junto a las pruebas de su afecto hacia Elsa.

El escenario de felices comiendo perdices no existía, de todos modos; día a día pasaban cosas y en la medida que ambos lucharan por sobreponerse a ellas y que los dos prevalecieran al final, les daría lo que necesitarían para vivir contentos.

Quien conociera sus pensamientos sentimentalistas se burlaría de él, pensó Hans con un escalofrío. En especial si sabían lo que estaba ocurriendo en ese momento.

Era poco ortodoxo haber declarado sus intenciones con ella sin cortejarla debidamente, pero iba a remediarlo. Justo entonces ella debía estar recibiendo el arreglo de lirios rosados que adquirió, las flores favoritas de Elsa, que en sí mismas expresaban sus intenciones de amor*.

No podía ser más claro, porque reflejaba su interés por ella, tanto por el significado de esa flor y por prestar atención a lo que abandonaba de sus delgados labios.

Lamentablemente para él, no podía ser quien le llevara personalmente las flores, pues la reina prefería la discreción, ante todo, y aun si era a sus aposentos donde fueron dirigidas, no oirían fin a los comentarios tocantes al príncipe Hans entregando un arreglo floral a la reina de Arendelle. Era diferente si ella las recibía y callaba la firma en la tarjeta oculta.

El cobrizo habría gritado que nadie más podía poner sus ojos en Elsa, pero respetaba sus deseos de reserva; y, en el fondo, no deseaba hacer más público el asunto de los dos. Quería que cuando los demás lo supieran, fuese porque ella tuviera un anillo adornando su dedo y su enlace estuviera próximo.

Y tenía sus esperanzas en que ocurriese pronto, ya que había sabandijas que la miraban como si aspiraran a su mano, cuando no se acercaban ni a un palmo de distancia de ella, ni eran merecedores que ella mirara en sus direcciones. No era secreto para nadie que, tarde o temprano, Elsa necesitaría casarse, para dar un heredero o heredera directo a la corona. Y entre más grande—y deseable—se volviera, aumentaba la presión hacia desposarse.

Así como los candidatos que tanteaban la posibilidad de convertirse en su cónyuge.

Excepto que ellos eran débiles y patéticos, seres miedosos de la grandeza de la reina, que no era una mujer necesitada de ser rescatada o protegida por un hombre, aún en su fragilidad interna, muy conocida y entendida por él.

No, nadie era la mejor opción para ella, pero él se acercaba mucho, porque la escuchaba y la comprendía, la adoraba y la anhelaba, y porque nadie había luchado y luchaba con sus propios demonios ni todas las barreras impuestas para aspirar por ella. Aguantó la humillación, como el desprecio de ella, y pasó por el odio a sí mismo por culpa de sus errores. Todo eso no lo hizo otro más que él.

La rubia lo sabía, o, al menos, lo intuía.

Sin embargo, no podía caer ni ceder a Hans; tenía demasiadas implicaciones el seguir a su corazón, el dejarse llevar por alguien que ya le había hecho daño personal en el pasado y podía seguir haciéndoselo en el futuro, igual que lo hacía en el presente.

¿Qué ocurriría una vez que exploraran ese territorio desconocido, pero por el cual sus ansias clamaban? ¿Qué pasaría cuando quedara expreso que lo único que Hans sentía era un agotable deseo?

¿Y qué de todo lo demás?

Ella, como reina, no solo podía considerar sus propios deseos y anhelos, sino debía tomar en cuenta todo lo demás.

Aunque sabía que al final se resumía en el nombre de una persona: Anna.

Sus súbditos y conocidos dirían que, si ella podía estar bien con un hombre que cometió delitos contra su familia, pues acataban su opinión y lo dejaban ir… pero la falta hacia ella no había sido tan grande como la hecha a su hermana. No podía fallarle de nuevo; durante trece años lo hizo, y admitir en su vida a Hans sin duda lo haría, serían muchos más años, con una grieta más ancha que en el pasado.

La relación con su hermana se enturbiaría mientras que la suya con él creciera. Y, de cualquier forma, eventualmente, transmitiría su desazón hacia Hans y todo se convertiría en miseria.

Ya antes para las dos había quedado claro que primero estaba su amor fraternal.

Eso le sacó un ronco suspiro a Elsa, mientras acariciaba con lentitud los pétalos suaves de una de las bellas flores en el arreglo. Efectivamente, Hans había acertado con la elección de obsequio, pues le había llegado al alma que le diera su flor favorita en su tonalidad preferida, comentario que alguna vez se le había escapado en los intercambios con él, donde no solo danzaba la atracción entre los dos, sino el interés genuino de conocer y compartir tiempo con el otro.

Pero lo suyo no podía ser, reflexionó la reina de nuevo, apartando su mano del arreglo en su mesa, con la mirada cerúlea puesta en la segunda nota escrita por él, citándola esa noche a la fuente en medio del laberinto del patio, para hablar.

La cogió con cuidado, delineando las curvas finas de la caligrafía de él, antes de congelar el papel, que terminó rompiendo en mil pedazos, desvaneciéndolo.

Justo igual fue el quebramiento de su corazón en su pecho.

Sollozando sin derramar lágrimas, supo que no podía continuar así. Debía ponerse un límite que supiera no iba a rebasar.

Nuevamente, acudió a su cabeza lo que pensó en verano, luego de la partida de él de Arendelle. Esa idea de casarse en el periodo de receso hasta la próxima reunión, que ocurriría durante la primavera, en su hogar. Si estaba casada cuatro meses después, para entonces sería imposible que Hans se acercara.

Era egoísta si lo pensaba por el hombre con que se casara, pero ella estaba sacrificando un amor romántico por el bienestar de su hermana, como Anna lo hizo, y debía contar. Asimismo, el casarse con una persona que no quisiera era una realidad en su posición; y tal vez tuviera la suerte de sus padres de enamorarse más adelante.

Hipó e ignoró la vocecilla en su cabeza que le decía que cometía un error.

Siendo la reina, las pasiones no debían encabezar su lista.


*En el lenguaje de las flores, el lirio significa amor, aunque el rosa tiene una connotación diferente. Y, en el siglo XIX se acostumbraba que los hombres entregaran lirios como muestra de su amor.

No soy experta en flores, pero adjudiqué que las flores en el vestido de Elsa, en Frozen Fever, son lirios, por su parecido.


Guest: Está padrísimo, me encanta. Gracias por comentar y espero que este también te agrade, me haría muy feliz.