Pasaba con prisa entre la gente, sin mirar que consecuencias le traía empujar a diestra y siniestra. Su pelo castaño se movía al ritmo del viento gélido que hacía por esas fechas, y la verdad es que sentía que estaba más calentito ejerciendo presión para pasar que si estuviera tranquilamente caminando. Logró por fin cruzar la calle, no sin unos intentos homicidas de los transportes que iban pasando por la vía, y se encontró con el edificio que le habían señalado en la hoja de papel. Abrió la ancha puerta con detalles en oro y caminó dentro del amplio recibidor, dirigiéndose a la recepción en la que atendía una señora anciana con cara simpática, lentes redondos y grandes, y una sonrisa delineada con lápiz labial rosa.
-Hola, buenas tardes. Soy…
-El señor Nott, por supuesto – dijo la mujer convencida, y dándose la vuelta, ya que antes estaba de espaldas - ¿Cómo le va? Bueno, su apartamento ya está presentable, han venido unos muchachos muy graciosos a primera hora para dejarlo en perfectas condiciones para usted. Supongo que ya sabe cuál es el número, ¿no?
-Sí, sí. Tengo la llave aquí – las sacó de su bolsillo y las agitó – Muchas gracias señora… - hizo un esfuerzo por leer la placa que tenía la mujer en su uniforme – eh… Curtis. Sí, muchas gracias. – le sonrío y, dándose media vuelta, entró en el ascensor color bronce.
Estaba expectante sobre lo que iría a encontrar cuando llegase a su destino; por lo menos lo poco que había visto del edificio por dentro se veía agradable: buenos sofás, bonita decoración, un aroma a jazmín, y unos ventanales amplios que dejaban entrar libre y maravillosamente la luz del sol.
Dentro del cubículo de metal, se miró en los espejos. Había crecido en lo últimos años; estaba incluso casi de la estatura de su amigo Draco, sus rasgos se habían endurecido, dejando ver una mandíbula fuerte, unos ojos verdosos delineados por unas gruesas cejas y una boca ni muy grande ni muy pequeña. También había cambiado su contextura; había mutado de ser ese niño delgaducho a ser un hombre fibroso y bien formado. Aunque no sacaba mucho provecho de esto último como lo hacían sus amigos, a veces tenía sus conquistas, pero no es que se caracterizase por eso. Le gustaba hacer otro tipo de "actividades".
Arreglándose la chaqueta, salió del elevador y se dirigió a la puerta número 93. Debe de tener buenas vistas, pensó. Dio vuelta la llave en la cerradura y lo que vio dentro escapaba de todo lo que había esperado antes. Sabía que su padre tenía buen gusto, pero nunca imaginó que le iba dejar de herencia tras su muerte tal belleza. Ante sus ojos se extendían con majestuosidad una alfombra italiana, las paredes estaban adornadas con cuadros renacentistas, y las lámparas, blancas como gran parte de todo el apartamento, eran de cerámica y en forma de espiral.
En el dormitorio cubrían la cama sábanas de algodón egipcio, evidente al tacto, se lucía un balcón muy al estilo inglés, adornado con flores coloridas recién regadas. Una secuencia de cuadros surrealistas adornaba el cabecero de la cama, y era el único detalle colorido, además de las flores, ya que todo lo demás, muebles, paredes y puertas, eran de color blanco.
Theodore Nott había encontrado su paraíso. La única prueba de que su padre se había interesado tanto en el arte como él. Siguió explorando la estancia, mientras se bebía un vaso de whisky, hasta que decidió que era hora de tomar aire fresco.
Se puso su chaqueta de cuero y bajó. Se despidió con un efímero Adiós señora Curtis, y siguió su camino.
Llegó a su casa, un apartamento lujoso, no tanto como el que le dejó su padre, en el centro de Londres. Pero siquiera antes de meter la llave, la puerta se abrió sola. Dio un brinco y rápidamente, con sus reflejos más que entrenados, sacó su varita.
Pero se dio cuenta que esto era innecesario porque la persona con la que se encontraría le traería de todo menos malas sorpresas.
Se dirigía a su despacho lentamente, sin ninguna prisa, con ese aire soberbio que le caracterizaba. Ondeaba su capa con elegancia y sonreía a cualquier persona del sexo femenino que se le cruzaba. Tenía mucho trabajo que hacer; hoy, el Departamento de Misterios, estaba más revuelto que nunca. Archivos, papeles, información privilegiada que ya a muchos les gustaría saber… Su trabajo consistía en "camuflar" todo esto. Y hacer esto le traía malas consecuencias, ya que siempre había uno o dos que intentaban sonsacarle información, ya fuera mediante el soborno, o por otros medios. Pero se notaba que no le conocían. Porque él no se dejaba corromper en ese sentido, su trabajo era el último recurso por el que podían acceder a él. Y le encantaba la sensación de poder que poseía ante el resto de la humilde población.
Llegó a su destino, y abrió la puerta, encontrándose dentro a su secretaria quien, con una falda bastante corta, se inclinaba sobre el escritorio del rubio. Pelirroja, de ojos azules y marcadas curvas, nunca pasaba desapercibida, y todos deseaban en secreto que fuera ella la que algún día les archivase los papeles o les avisase con su dulce voz que alguien quería verles. Pero sólo era Draco quien tenía ese privilegio. Porque él siempre obtenía lo mejor.
Se quedó de pie unos segundos para admirar "las vistas" incluso ladeando, descaradamente, la cabeza.
-Señor Malfoy – dijo ella dándose la vuelta y acomodando unos papeles entre sus manos. Le sonreía como si fuera una Barbie California.
-¿Cuántas veces te he dicho que me llames Draco, simplemente? – le comentó él, acercándose con aire seductor hacia ella. – Es más fácil, ¿no crees?
- Claro que sí, pero no es parte de mi trabajo tutearle – dijo, mientras le acariciaba el pecho. – Eso lo podemos dejar para fuera del trabajo, ¿no? – propuso guiñándole un ojo y dirigiéndose a la puerta. Cuando hubo llegado allí se dio media vuelta – En el Sparks. A las 8. No llegues tarde, Draco. – y se fue contoneando las caderas suavemente.
Qué mujer, pensaba. Eran bastante parecidos: seductores, descarados, y como no, atractivos.
No sabía que podía salir de eso.
Cuando llegaron al famoso restaurante, los situaron en una de las mejores mesas que podía haber. Y les dieron el mejor vino y caviar que pudiesen probar.
Charlaron, de cosas claramente superficiales y tópicas, ya que para los dos la cena era sólo una cortesía antes de ir directamente al asunto. No les interesaba conocerse el uno al otro, sólo querían hacer aquello que su cuerpo les estaba pidiendo.
La comida estaba riquísima, y la ambientación del lugar era encantadora. Buena iluminación y una música lenta e insinuante: jazz. Se colaba por sus oídos, les acariciaba suavemente mientras sus miradas se cruzaban.
Aunque no dudaba que estaba pasando un buen rato, siempre había un momento de la velada en que le pasaba lo mismo. Un momento en el que evocaba una imagen, un recuerdo. El rostro nítido de una persona a la que extrañaba más de lo que su orgullo le permitía decir.
Ella. Hermione.
Y si como de una premonición se tratase, apareció la mujer en la que pensaba. Como si hubiera acudido a su llamado.
Estaba perfecta. Con su pelo castaño y perfectamente ondulado, llevaba un vestido blanco de los que tanto le volvían loco a él. Se reía mientras le abrían la puerta del restaurante, venía acompañada por la hermana de la comadreja. Ginny, la niña pecosa novia de Potter.
La siguió sin pudor con la vista, la observó sentarse y acomodarse mientras pedía con su amiga que querían de beber. Se notaba que ella no le había visto.
Estuvo siguiendo cada movimiento suyo toda la noche, sin importar ya que tuviera una mujer sentada con él y haciéndole mimitos cada vez más insinuantes. Sentía una terrible urgencia por hablar con ella, saber de ella, que había sido de ella en todos estos meses.
Quería gritarle, abrazarla, tocarla, sentirla…
Y halló su momento. Ella se levantó, excusándose de que tenía que usar el baño, por lo cual el repitió su mismo movimiento, dejando a su secretaria-amante sola en la mesa. La siguió hasta un pasillo en el que a la derecha se encontraban los baños, y a la izquierda había una puerta de salida que llevaba al patio trasero del local.
Cuando ella iba a abrir la puerta, sin percatarse aún de la presencia de él, Malfoy la llamó:
-Hermione.
Se quedó literalmente de piedra, con la mano en la manilla y la boca abierta. Estaba de espaldas a Draco, así que éste no podía leer sus gestos. Cosa que sabía hacer a la perfección, y ella lo sabía. No quería ponerse en evidencia.
Se fue dando la vuelta despacio hasta quedar frente a él separados por una distancia considerable. No sabía que decir, que palabras emitir. Y lo único que atinó a hacer fue salir de allí por la puerta de emergencia. Pero él no se quedó atrás, ya que hizo exactamente lo mismo; no podía perder esta oportunidad.
Afuera estaba lloviendo a cántaros, y su vestidito blanco se iba empapando de a poco, dejando translucir gran parte de su cuerpo. Intentaba buscar una salida pero se dio cuenta que era un patio cerrado, sin posibilidad de huída. Su pelo se pegó a su rostro, oscureciéndose y afinando sus rasgos. No llevaba sujetador, y el ya se había percatado de eso.
Los zapatos Draco chapoteaban en los charcos que se habían formado mientras intentaba acercarse a ella, pero a cada paso que daba, ella retrocedía. Su chaqueta pesaba de lo mojada que estaba, y de su cabello caían gotas que terminaban en sus hombros.
Los dos ahí, parados bajo la lluvia, conteniendo las ganas de decirse de todo, de expresar lo que sentían. Se miraban fijamente, como grabando a fuego el recuerdo del reencuentro en su memoria.
¿Qué había pasado que los había distanciado? ¿Irían a decir lo que pensaban? ¿O simplemente dejarían escapar la oportunidad?
