Disclaimer: Ninguno de los personajes de este fanfiction es de mi propiedad y todo eso…Excepto: (un momento que enumero) Jake, Mía, y Elensel…creo que no me olvido de nadie ¡esta cabeza…!
Christopher Halliwell dio el último sorbo a su bebida. El frescor del líquido, junto con aquel ligero sabor a lima, tuvo el don de apartar el bochorno que aún caía sobre la playa, cada vez más desierta. Nunca había probado nada igual: era una lástima que tuviera que ir tan lejos para encontrarla; no sólo por su hermano, que reprobaba duramente la ingesta de alcohol y todo alarde de "infantil irresponsabilidad" desde la muerte de su madre, sino también por lo lejos que estaba aquel puesto de su hogar. No obstante, tenía sus compensaciones: aquella era una de las mejores y más accesibles zonas costeras de la bahía de San Francisco, estupenda para tomar el sol o incluso algún baño ocasional, particularmente si se sabía disfrutar del surf…además, estaba también la clase de gente que visitaba aquel emplazamiento: era raro el día que, quién tuviera ojos en la cara, no lograra encontrar a alguna muchacha especialmente digna de admiración. Normalmente caminaba entre ellas sin detenerse demasiado, ocultos sus ojos tras las gafas de sol, disfrutando de todo lo que generosamente enseñaban, y conteniendo gruñidos de envidia hacia los objetos de su atención, generalmente apuestos portadores de una de aquellas tablas que le habría gustado saber manejar…si no fuera tan torpe. Pocas veces concedía más de una sonrisa a las que lo seguían con la mirada; pero, si estaba de buen humor, podía incluso llegar a sentarse entre ellas para exhibir algunas de sus recién adquiridas habilidades: rara vez lo hacía para evitar suspicacias; pero lo cierto era que, desde que había decidido que era una injusticia que Ryan y los demás "chulitos" acapararan tanta atención, había puesto su ingenio a funcionar para dejar boquiabierta a más de una fémina con su extraordinario "don" para los juegos de monedas, cartas, pañuelos y otros trucos de ilusionismo. Nunca hacía excesivo teatro y siempre se salía con la suya: a las chicas les encantaba. ¡Pero como la que hoy había visto…!
Suspiró, posando de nuevo el vaso sobre la barra del puesto y, haciendo una seña de despedida al camarero, echó a andar por las dunas. Debía de ser realmente tarde, pues el océano que se extendía hasta el horizonte a su derecha comenzaba a teñirse de fuego, y el cielo que había sobre él comenzaba a matizarse de añil. Las primeras estrellas se insinuaban ya por el alto firmamento como llamas argénteas…pero él no percibía su auténtica belleza de forma adecuada: el rostro suave y moreno de la chica a la que no había dejado de mirar continuaba vívidamente gravado en su mente; sus morenas facciones, sus ojos almendrados, sus cabellos de seda oscura. Un regocijo secreto, entremezclado con cierta amargura, ardía en sus entrañas: no sabía su nombre, no sabía quién era… ¿o sí? Aunque estaba seguro de que ignoraba su identidad, no le parecía una desconocida; era una sensación curiosa y extraña pues, a pesar de resultarle extremadamente familiar, como si hubiera vivido antes con ella, no podía estar más convencido de que jamás la había visto: en todo lo que guardaba en su memoria, no lograba encontrar un solo recuerdo que la incluyera y, sin embargo…
Meneó la cabeza para apartar de su campo de visión uno de sus mechones castaños y protegerse de la repentina ráfaga de viento que le arrojaba arena a la cara. Gruñó con irritación y prosiguió su camino hacia las profundidades del tétrico pinar.
A sus diecisiete años, Christopher Halliwell tenía un temperamento tranquilo y serio, aunque predispuesto a disfrutar de todo cuánto la vida ofreciera; normalmente, era optimista, no demasiado enérgico, pero sí impulsivo. Habitualmente le encantaba ser el centro de atención, aunque también disfrutaba de la intimidad y la soledad. Era un hombre de acción, poco dado a ver antes que a hacer. No estaba en su carácter ser precisamente rudo o atrevido, pero esto no le impedía ser algo cínico o mordaz de cuando en cuando -particularmente cuando estaba molesto- o, incluso, descarado y cruelmente honesto. Tenía poca fuerza de voluntad y no soportaba el aburrimiento. Podía pasarse horas jugando a la videoconsola o viendo la televisión, del mismo modo que podía hacerlo jugando al béisbol con sus amigos o chapoteando como un crío en la piscina…Pero tenía que ser algo que atrapara toda su energía. Y, actualmente, una de las pocas cosas que reunían tales características, era la brujería.
Resultaba increíble que ya hubiera pasado un año desde todo aquello…un año desde que había perdido a su madre, a su tía y a su madrina, desde que había descubierto sus habilidades de la mano de su difunta tía Prue, conjurada de entre los muertos por las artes de su hermano…desde que había cambiado su vida por completo.
Lo que había ocurrido aquella noche de finales de Mayo era un misterio en muchos aspectos: todo estaba tan borroso, como lo que había acontecido a partir de entonces. Recordaba al Warlock, cuya identidad humana tenía la vaga impresión de haber conocido desde siempre; recordaba a los otros dos demonios, Asmodeus y Rosier, a alguien llamado Jake que, hasta dónde sabía, había sido uno de los dos primeros inocentes del primogénito Halliwell; y, por supuesto, no había logrado olvidar los entierros…de sus agnados y del mencionado adolescente, cuya chica, aún herida, había conocido en ellos. Ambos se habían contado entre los pocos que conocían su secreto, además del resto de los miembros de su familia, un par de amigas de Wyatt y su LuzBlanca, Kyle. Aunque estaba seguro de que había sido el mayor el que había puesto fin a la maldad del perverso hechicero, no lograba rescatar demasiados detalles de las brumas de su retentiva, incluso había echado mano de su preciada herencia familiar: el Libro de las Sombras, en el que todas y cada una de las anteriores generaciones Halliwell habían inscrito sus encantamientos, pociones y toda clase de conocimientos Wicca. Pero en sus páginas no había hallado una simple mención a método alguno de remembranza…
De modo que, con resignación, había tratado de superar, en la medida de sus posibilidades, la dolorosa muerte de su madre, poniendo todo su empeño en recuperar las riendas de su nueva existencia. Wyatt, mayor de edad, se había echo cargo de la mansión y el club que hasta entonces había administrado su progenitora, con un poco de ayuda de su abuelo Víctor. Le resultaba increíble mirarse al espejo y no encontrar apenas rastro del adolescente aficionado a toda clase de videojuegos que una vez había sido; le resultaba increíble poner la vista en su hermano y encontrar, casi, a una persona diferente, mucho más madura y responsable: de hecho, se estaba convirtiendo en su madre.
Wyatt solía ser un chico alegre, divertido y vital; de hecho, esa era su naturaleza. Sin embargo, algo había ocurrido en su vida, en algún momento que él no acababa de precisar, que había transformado su carácter hasta un polo completamente opuesto. En ocasiones, llegaba a ser alarmante lo deprimido que podía llegar a estar, lo molesto o huraño que podía llegar a ponerse…Sabía que también le encantaban las fiestas, especialmente aquellas repletas de gente conocida pero, y de esto sí estaba seguro, ya no disfrutaba como antes en ninguna desde la última celebración de cumpleaños de su vecino…uno de los mejores amigos que habían tenido nunca hasta que se había vuelto adicto a las drogas –y, un par de años antes, habían descubierto que era un warlock dispuesto a matarlos para apropiarse de sus poderes-, había enviado a sus hermanas a buscarlos a casa de su abuelo mientras pasaban con él las vacaciones de verano. En aquel viejo granero dispusieron música, juegos y toda clase de viandas y bebidas. Fue la única vez en su vida que le vio bailando. Por aquel entonces, aunque jamás se lo había contado de un modo directo, salía con Beatriz: les encantaba acaparar el teléfono -dado que solo se veían los fines de semana-, bajar a pasear por la playa sin decírselo a él y quién sabe cuantas cosas más…Pero, la verdad, era que no encontraba explicación alguna a lo abatido que estuvo en días sucesivos llegando, incluso, al extremo de encontrarlo sentado en una de las viejas casas abandonadas a punto de cortarse las muñecas con la navaja de su conurbano. Aquel día, Chris tenía once años; su hermano, catorce recién cumplidos. Quizá fuera ese el motivo por el que, aún no comprendiendo en su totalidad lo que estaba a punto de presenciar, lo intuyó, y no pudo evitar reaccionar como lo hizo; y quizá fuera una suerte: sin sus lágrimas, tal vez Wyatt habría seguido adelante con lo que poco antes había estado al borde de hacer o habría vuelto a intentarlo en alguna otra ocasión.
Sea como fuere, su creencia en la actualidad era que, aún con una forma de ser completamente distinta, el primogénito se comportaba usualmente de una manera que sólo había encajado en él con el paso del tiempo: no era raro, ya desde antes de descubrir sus poderes, encontrarlo triste o melancólico aunque se esforzara en ocultarlo; y tampoco era difícil, para quién lo conociera lo suficiente, ver en sus más torpes acciones los efectos de algún debate interno que interfería en su vida diaria. Claro que, para su hermano pequeño, que además estaba a su cargo, que se pasara media vida tan distraído como para ignorar más de la mitad de las cosas que acontecían a su alrededor, solía ofrecer agradables ventajas sobre las que no se podía quejar…
Y, en lo que respectaba a lo que había cambiado en él…bueno, no era un adolescente, por mucho que Víctor y Wyatt se empeñaran en negarlo; pero tampoco era un "hombre"…le encantaba la juerga: las noches, el alcohol y las mujeres, particularmente desde que había descubierto lo que podía hacer y ya no se sentía indefenso, inútil y poco atractivo; había veces en las que le asustaba momentáneamente ver en qué se había convertido…pero eso sólo duraba hasta que se encontraba entre sus compañeros de siempre y algún líquido se deslizaba por su garganta mientras alguna bonita joven se le insinuaba tratando de lograr que desplegara sus bien conocidas dotes ilusionistas que, por descontado, no eran más que una burda adaptación de magia real "disfrazada"…
Y es que siempre se había sentido mal saliendo después del anochecer quizás, debido a que su madre nunca le había dejado hacer tal cosa, arraigando en él y en su hermano un profundo sentido de…¿precaución¿ aprensión?...al respecto. Si bien, eso había cambiado en el momento en que había aprendido a dominar sus sobrenaturales dones…aunque tenía la curiosa sensación de que había algo más: estaba casi seguro de que se había iniciado en semejantes prácticas huyendo de su cuarto un poco antes de descubrir que era un brujo pero, entonces… ¿a qué se debía?
Una nueva ráfaga de viento agitó su cabellera castaña, consiguiendo que se estremeciera en las insondables tinieblas que lo rodearon al internarse bajo las ramas de los pinos. Con una ligera mueca, y una pequeña sonrisa dedicada al aroma del aire veraniego, ensombrecido por el recuerdo de la leve fragancia que había percibido emanando de la joven dama de las dunas cuándo poco antes había pasado a su lado, trajo a su mente las emociones de pánico que había experimentado la primera vez que había empleado sus poderes. Algo tiró de su ombligo, se sintió liviano y todo lo que lo rodeaba se difuminó entre chispas azuladas al rielar con un resplandor garzo que pronto lo envolvió todo, transformándolo en un universo nebuloso y similar, a través del que comenzó a desplazarse deprisa, sin mover un solo músculo.
La mansión familiar tenía el mismo aspecto de siempre, victoriano y misterioso, en cierto sentido. Ahora la veía de una manera distinta, le gustara o no. Había sido todo una locura…
El linaje de los Halliwell se remontaba varios siglos atrás hasta una mujer, una bruja llamada Melinda Warren. Desde el momento de su nacimiento, todos habían esperado un gran destino de ella, y lo demostró: practicando sus poderes; en concreto, tres: mover cosas con la mente, detener el tiempo, y ver el futuro…hasta que fue traicionada, y condenada a morir en la hoguera por la plebe; si bien, con su último aliento predijo que su estirpe viviría: que, a lo largo de las generaciones, las brujas Warren se harían cada vez más y más poderosas hasta culminar con la llegada de las tres hermanas mágicas más poderosas que el mundo hubiera conocido jamás…
Y su profecía se cumplió: en aquel mismo lugar habían convivido juntas, hasta hacía unos quince años, Piper, Phoebe, y Paige Halliwell. Su madre, su madrina y su tía, respectivamente, aunque ésta última nunca había ostentado otro apellido diferente a Matthews dadas las circunstancias de su origen: fruto de un amor prohibido que había posibilitado su propio nacimiento y el de Wyatt.
Pero habían fallecido…casi un año atrás, cuándo un poderoso Warlock puso en marcha el plan que llevaba gestando durante toda su larga historia y, valiéndose del primogénito, al que usó como alimento, capturó y mató a dos de ellas, reteniendo a la tercera como rehén a fin de obtener los poderes de la siguiente generación…pero no tuvo cuidado de guardarse de la ira de Wyatt Matthew Halliwell. Todo lo ocurrido permanecía borrosa y dolorosamente gravado en su memoria: lo raro que su hermano se había vuelto poco antes, el brutal ataque de Asmodeus, y Prue, conjurada de entre los muertos por las artes del heredero…Todo había sido como una pesadilla que se hubiera esforzado en olvidar, aunque ahora lo lamentaba puesto que no lograba rellenar las lagunas que aquellos sucesos guardaban. Las palabras se habían evaporado, los rostros se sucedían confusamente entre fugaces escenas inconexas…su retentiva únicamente veía las cosas claras desde los últimos acontecimientos: el entierro de las hermanas y del que, según sabía, había sido un joven empático: uno de los dos primeros inocentes del mayor.
Desde entonces, tenía muy claros los siguientes eventos sucedidos, como capítulos de alguna extraña serie de televisión: el abatimiento, la tristeza, el consuelo de Víctor…bueno, "consuelo"…al menos para él: resultaba un poco más fácil sobrellevar la perdida de toda una familia cuando se puede ocupar la mente con el aprendizaje de lo sobrenatural y la ayuda de un padrino tan guay; no obstante, era más o menos obvio que, para Wyatt, había sido bastante más duro: no sólo había tenido que afrontar la pérdida de sus progenitores, sino que se había tenido que hacer cargo de la mansión, el club de su madre, su hermano pequeño y su futuro profesional. Aunque tuviera la ayuda de su abuelo para salir adelante, no parecía que se sintiera mejor: su pena parecía haberse hecho crónica, las responsabilidades le llevaban a estados que realmente llegaban a preocupar al menor y su vida parecía reducirse a la casa, la tienda de magia en la que trabajaba, el teléfono y el Libro de las Sombras…
-¡Wyatt, estoy en casa!- tal exclamación resonó por toda la morada en cuánto cruzó el umbral de la entrada principal. Sabía que era mejor dar un saludo similar antes que permitir que se sobresaltara…o peor: que pensara que había intentado ocultarle su hora de llegada.
-¿Chris?- la voz del mayor le indicó que se encontraba en la cocina. Se encaminó hacia allí, dejando sus llaves sobre la mesilla de ébano de la derecha, bajo el espejo y se quedó inmóvil de pura sorpresa al ver el espectáculo que presentaba la cocina: su hermano estaba sentado en una silla frente al horno, al que miraba con una mueca de concentración y los brazos y las piernas cruzados. La luz que llenaba la estancia era dorada y tenue, y provenía de la nueva campana extractora; se derramaba con suavidad sobre…todo un banquete: había una enorme fuente de frutas y dulces, entre los que abundaban el chocolate y las fresas, una espesa sopa de marisco con un aspecto y un aroma insuperables, y una bandeja de aperitivos tan variados como nunca había vuelto a ver desde que Piper había dejado de abandonarse a su hobby favorito con la usual frecuencia…aunque, sin duda, la estrella de tan magnífica visión era la pieza de pavo relleno que terminaba de dorarse bajo la atenta vigilancia del indudable responsable.
-¿Qué es todo esto?- farfulló el chico moreno sin acabar de creérselo: hacía siglos que no veía nada parecido; ni siquiera lograba alcanzar a imaginar los sabores debido a que llevaba demasiado tiempo alimentándose de barras energéticas y comida deshidratada. El adolescente rubio le fulminó con la mirada al ver que iba directo a por un de sus hojaldres de jamón y queso:
-¡Párate!- gruñó- Si tocas algo, te saco los ojos…- una vez comprobado que la amenaza había tenido el efecto esperado, volvió una vez más su atención al horno, para no decir una palabra más. Intrigado, Chris repasó su aspecto con la mirada y frunció el ceño en un gesto casi permanente en lo que restaba de conversación: llevaba unos vaqueros oscuros que jamás había visto antes, una sencilla camisa blanca y una elegante chaqueta de terciopelo azabache que le daba un aspecto… enigmático y, al mismo tiempo –estaba seguro-, extremadamente atractivo. Sus rasgos y su constitución infantiles contrastaban netamente con el aire de madurez que le proporcionaba tal atuendo.
-¿A qué viene este festín?- indagó, perplejo. Una leve sospecha emergió de algún lugar profundo en su mente y añadió -¿Has quedado…?- no pudo reprimir un leve tono esperanzado en estas últimas palabras: aunque no podía quejarse de estar a cargo de un consanguíneo semejante, estaba seguro de que todo sería mucho mejor si aprendiera a disfrutar de la vida de una vez. Como solía mantener, hablando mal y acabando pronto, "su querido hermano necesitaba un buen polvo". Wyatt lo ignoró murmurando incomprensiblemente para sí antes de lanzarse contra la puerta del horno. Cogió las manoplas y tiró de la puerta: hundiendo sus ansiosas manos en la nube de vapor que emanó de él, extrajo el manjar, perfectamente cubierto con aromática salsa de arándanos sobre un lecho de patatas fritas cortadas en finas láminas; tan pulcramente colocadas que casi clamaban las horas de trabajo que habían consumido en su preparación.
Boquiabierto, Chris observó cómo su hermano depositaba la bandeja sobre la mesa y traspasaba la magnífica vianda a una mejor presentación. No era su especialidad preparar platos complicados con frecuencia dado que carecía de la necesaria paciencia, si bien no tenía ningún inconveniente en demostrar una habilidad asombrosa cuando se daban las adecuadas circunstancias, pero… ¿qué ocurría actualmente que resultara tan especial?
Finalmente, el chico güero se dignó a mirarle:
-Piérdete- gruñó, poniendo más jugo sobre la tierna carne del ave- ¡No me mires así: no es asunto tuyo…!
-¡Oh, vamos…!- el adolescente moreno no quiso darse por vencido- Creí que tú querías tener una cuñada¿por qué yo no puedo hacer lo mismo…?- el joven rubio puso los ojos en blanco, tomó la sopera y se encaminó hacia el comedor sin decir una palabra. Su interlocutor lo siguió, insistiendo, con la firme intención de averiguar algo más: no se sentía culpable, al fin y al cabo, el aludido tenía también costumbres similares. Pero no logró nada más que incrementar su perplejidad al entrar en el comedor: la mesa estaba dispuesta para dos personas, con dos centros de flores idénticos en cada extremo y los candelabros de plata de la bisabuela en el centro de los dos platos y juegos de cubiertos…
-Ya te lo he dicho: lárgate. Esta noche no quiero preocuparme de nada más…- su voz sonaba jadeante aunque no supo distinguir si se debía a agotamiento o a angustia… ¿o a ambas cosas? Perplejo, parpadeó y movió la cabeza tratando de sonreír:
-Está bien, sólo dame una pista… ¡una sola!- añadió en ton defensivo al ver la peligrosa mirada de respuesta. Al ver que no se amilanaba, éste puso los ojos en blanco y se dispuso a regresar a la cocina a por el resto de la cena.
-¿La conozco?- una vez más, Wyatt hizo oídos sordos. Continuó recogiendo las bandejas de la cena y llevándolas a la mesa. Su expresión parecía imperturbable, proseguía con sus quehaceres como si fuera sordo…
-Oye…- trató de acercarse pero él se apartó con brusquedad temiendo, quizá, que metiera las manos en alguna de las pitanzas de aspecto suculento- ¿por qué eres así¡deberíamos celebrarlo!- vislumbró a duras penas su gesto de exasperación antes de decidir continuar- ¡En serio¿cuándo fue la última vez que tuviste una cita¡Ya iba siendo hora de que olvidaras a Beatriz…!- se silenció de inmediato: por un segundo temió haber ido demasiado lejos. Wyatt se detuvo en seco, tragó saliva y bajó los párpados, volviéndose lentamente, luego de colocar los entrantes y los postres en el amplio espacio sobrante sobre la superficie de madera.
-Déjalo ya- advirtió con voz ahogada. Y, acto seguido, regresó a la cocina. Chris, que no acababa de entender su postura, permaneció unos segundos para esbozar una mueca y soltar un bufido antes de ir tras él.
-¡Eh¡No tienes de qué avergonzarte!- prosiguió, sin darse por vencido: no estaba seguro de que fuera eso lo que le ocurría, pero tenía la esperanza de picarlo tan sólo lo necesario como para que perdiera los nervios y que se le escapara alguna pista. Se sentó junto a la mesa y, antes de que pudiera ser detenido, robó una patata de la fuente del pavo. El muchacho güero hizo ademán de detenerlo pero reaccionó demasiado tarde: le fulminó con la mirada con expresión dura mientras él ponía el gesto de satisfacción más irritante que le permitieran sus músculos faciales. Le sostuvo la vista con una sonrisa de complacencia antes de recostarse en el respaldo de la silla y susurrar divertido:
-¿Estás preocupado? Pregunta lo que quieras: podría montar un consultorio, como madrina- comentó, más para sí que para su oyente, esbozando el deleite que le producía su pequeña broma- "pregúntale a Christopher"…
-¿Sabes? Siempre creí que, algo así, tendría que decírtelo yo a ti…- se mofó su hermano. El aludido se encogió de hombros:
-La vida da muchas vueltas hermanito- aseguró, inclinándose a por una mandarina. Wyatt suspiró, apoyando los codos en la mesa y entrelazando las manos ante él, con sus pupilas garzas fijas en los ojos castaños de su pariente:
-Te enterarás cuando sea necesario- le tranquilizó- pero, hoy, no. Y…deberías considerar que sepa más que tú: después de todo, soy el mayor...- alzó las cejas en un gesto exasperante; harto de que contraatacara con aquel viejo argumento, su interlocutor apretó los dientes con irritación, puso los ojos en blanco y no hizo ademán de seguirlo pero exclamó:
-¡Me enteraré de todas maneras!- tras lo cuál comenzó a arrancarle la piel a la fruta imaginándose que era uno de los preciados peluches de su hermano.
-¡No lo creo!- la respuesta del primogénito llegó teñida de alegría desde el comedor, aunque no le preocupó en exceso dado que no le dio crédito alguno. Pero esto cambió en cuanto la cabeza de su hermano volvió a asomarse por la puerta de la cocina con una sonrisa de oreja a oreja:
-Haré un encantamiento de privacidad: si valoras tu pellejo harás caso de la sensación de que tienes cosas más importantes que hacer que acercarte al comedor esta noche…- y desapareció. Chris parpadeó, incrédulo, pero pronto comprendió y se levantó, yendo tras su interlocutor una vez más:
-¡Eso es trampa¡No puedes usar la magia en beneficio personal!
-¿Quieres apostar?- se burló el aludido. Acababa de disponer sobre la mesa un magnífico banquete para dos personas y le daba la espalda, mirando a su hermano fijamente con los brazos en jarras.
-Vamos: desaparece…tendré que arreglarme otra vez- se lamentó, mirándose los pantalones- si no se me hubiera quemado la otra bullabesa…
La ocasión era demasiado buena para desperdiciarla: le encantaba discutir lúdicamente con él y, por ello, le resultó imposible no soltar "¡Pero si estás muy guapo…!", con una enorme sonrisa maliciosa. Wyatt levantó sus ojos claros hacía él con fastidio:
-Imbécil…- escupió, antes de gesticular empujándole para que saliera de la estancia, en respuesta a la carcajada de sorna que el menor había lanzado.
-¡Vale, vale¡Ya me voy!- se colocó bien la camiseta por la que le había agarrado y puso los ojos en blanco con obvio resentimiento mientras la puerta se cerraba tras él. "Pijo…" rezongó al subir las escaleras arrastrando los pies.
-¡Te he oído!- desde la lejanía, tal respuesta logró arrancarle una fugaz sonrisa y acelerar sus piernas en su camino hacia la seguridad de su cuarto.
