Vale: reconozco que la escena me impactó. Ver cómo una chica a quién apenas conoces de pronto coge y besa a tu mejor amiga es bastante inolvidable. Por alguna razón, contemplar aquella escena, incluso desde mi memoria, produce en mí curiosos sentimientos que no sabría describir. Por un lado, una vaga sensación de aversión cuya procedencia no sabría concretar; por otro, una, todavía más leve, emoción…Presumo que los sueños humanos de algunos de mis amigos y antiguos compañeros se encontraran a estas alturas plagados de escenas parecidas; pero lo cierto es que resultaba…alarmante o excitante la idea de haber descubierto algo por el estilo en la realidad.
Sin embargo, logré no perder la perspectiva; en gran medida, gracias a que al ratonero que hay en mí le traía sin cuidado lo que ocurriera con ambas jóvenes…
A pesar de todo, intenté hablar con mi amiga o, al menos, esa fue la decisión que tomé. Pero no parecía que ella estuviera realmente dispuesta al diálogo, y menos con un águila ratonera de cola roja: la ventana de su habitación, siempre abierta para que alguna rapaz alada atravesara el dintel hasta posarse sobre el perchero muy bien disimulado en su tocador, estaba cerrada a cal y canto. Las persianas estaban corridas, aunque llegaba luz desde el interior; no obstante, mis agudos ojos de águila no podían descubrir ni siquiera la silueta de mi amiga debido a la penumbra de la noche circundante…
No la había visto regresar a casa. No la había visto en su casa…
La preocupación comenzó a hacer mella en mí, aunque en aquella ocasión perdió la batalla y proseguí mi vuelo vespertino hacia el árbol del que hice mi hogar hace ya mucho tiempo.
Sin embargo, ésa noche, no pude conciliar el sueño. No es que los halcones ratoneros duerman: al menos, no como los humanos entienden que es dormir, pero sí entran en una estado muy similar…pero no aquella noche. Pese a que mi espíritu de ave dormitaba tranquilo y satisfecho tras una suntuosa caza, mi mente humana estaba más despierta que nunca: mi memoria, mucho más desarrollada que la de mi otro yo, volvía una y otra vez a las mismas escenas.
¿Quién era Melissa Chapman¿Cómo había conocido a Rachel¿Quién era Rachel¿Cuándo había conocido yo a Rachel? Más aún¿Qué sabía de ella¿Acaso podía decir que la conocía?
Un torbellino de dudas consumía mis pensamientos cuándo escuché el lejano rumor de los cascos en el prado próximo a la granja de Cassie: gracias al oído de mi nueva forma, sabía quién, mejor dicho, qué era lo que se acercaba…pero ello no me impidió continuar mis tribulaciones: por más que lo pensaba, no hacía más que darme cuenta de lo poco que conocía a mi compañera de guerra. ¿Acaso podía imaginar, sin lugar a dudas, cómo estaría en aquel instante¿Acaso podía ponerme en su lugar para tratar de sentir lo que ella debía estar sintiendo, sola, en aquellos mismos instantes?
No: no podía. Melissa era su mejor amiga, desde la infancia; al menos, es lo que tengo entendido. Sabía perfectamente cuánto debía apreciarla, aunque yo nunca tuve a alguien ni remotamente parecido, pero…entonces…¿cuál de los sentimientos que pugnaban por florecer con aquellas ideas estaba consumiendo a mi querida Rachel en aquellos minutos¿Era acaso rabia, por sentirse traicionada¿Simplemente asco¿Tristeza, por descubrir algo que nunca habría querido saber¿O sentiría miedo…?
¿Quizá estaba atenazada por el pánico, sin saber muy bien por qué¿O, al contrario, siendo plenamente consciente de lo mucho que cambiarían las cosas entre ellas dos?
--Buenas noches, Tobías-- la voz telepática llegó a mi cerebro sin previo aviso. El ratonero que coexiste conmigo se crispó, irritado y a la defensiva, al verse súbitamente despojado de su descanso. Abajo, sobre la hojarasca, los ojos de Ax me sonrieron No estabas durmiendo, de modo que no puedes molestarte conmigo
--¿Cómo sabes que no estaba durmiendo?-- no puede evitar que mi interrogación semejara un gruñido de exasperación, ni cambiar el peso de una pata a otra, con cansancio. Por toda respuesta, el andalita acentuó su típico gesto de hilaridad:
--¿Te preocupa algo?-- indagó.
Durante una milésima de segundo, estuve tentado de relatarle todo cuánto había visto en la exhibición; pero, entonces, pensé que no lo entendería: si por algún motivo se le escapaba comentárselo a cualquiera de los otros, en especial a su "príncipe Jake", la intimidad de mi joven protegida se iría al cuerno…
Sin embargo, también necesitaba respuestas o, al menos, que alguien me ayudara con mis caóticos pensamientos y emociones, de modo que opté por relatar algo similar sólo que con otros personajes y, por fortuna, fui lo suficientemente sutil como para que no recelara ni sospechara sus verdaderas identidades. Mi recién descubierto tío, se agachó al pie del tronco de mi árbol y escuchó cada palabra que llegaba a su mente en absoluto silencio: cuándo finalicé, permaneció en su mutismo un par de minutos más.
Eso es todo concluí, temiendo que aguardara alguna clase de continuación de mi relato o alguna otra aclaración. Pero él se limitó a levantar la cabeza para contemplar mi hermoso territorio de caza:
--Y…¿cuál es el problema?-- preguntó, como si realmente no hubiera comprendido una palabra del pequeño dilema que yo tenía entre manos. Como comprenderéis, no pude dar crédito a mis oídos, y me eché a reír:
--¿Hablas en serio¿Es que en vuestro planeta no ocurren cosas así?-- todavía no había salido de mi estupefacción, cuándo tuve una nueva prueba para contener las carcajadas:
--¿No es típico en las especies poco evolucionadas mantener rituales de apareamiento como ése?-- preguntó él, como si fuera una obviedad. Entonces me di cuenta de lo que debía estar ocurriendo:
--Ax…en tu planeta…¿hay machos y hembras?-- solté, vacilante. Sabía muy bien lo susceptible que se ponía cada vez que alguien le interrogaba acerca de cuestiones relativas a su mundo de origen.
--Por supuesto que sí: es la naturaleza de la reproducción-- afirmó, como si continuara explicando que dos y dos son cuatro --Es la única forma de que el material genético varía lo suficiente como para que…--
--Ax-- le corté --No me has entendido: lo que quería decir era…¿no está mal visto en tu planeta que dos andalitas del mismo sexo…ya sabes, intenten…?-- sólo con pensar en lo que estaba diciendo, me entraron unas ganas locas de reír: era tan sumamente absurdo, que apenas podía prestar atención a la respuesta que me brindaba, una vez más, como si fuera un profesor de parvulario.
--Cuándo un andalita forma una pareja, lo hace para toda la vida aunque sólo puedan tener dos vástagos: cada uno de los miembros de la pareja fertiliza al otro y ambos mantienen la gestación de un nuevo ser…tengo entendido que en los humanos el proceso funciona de una manera diferente, aunque aún no he terminado de comprenderlo del todo--
Mientras procesaba aquella impactante información, me di cuenta de algo más: Jake nos mencionó una vez que, cuándo entró en la nave de Elfangor, mi padre, para recoger el cubo mórfico, vio una fotografía que mostraba una familia andalita…de cuatro miembros: sin duda, corroboraba la explicación de Ax, si es que era cierta. Decidí continuar con mis preguntas:
--Entonces¿cómo es que hay andalitas macho y andalitas hembra?-- mi perplejidad me impidió, en aquel instante, ser consciente de lo patética que resultaba la conversación, no obstante, mi compañero alienígena tan sólo vaciló unos segundos antes de dar su respuesta:
--Es cuestión de elección: así como decidimos nuestro primer nombre al crecer, también decidimos qué características deseamos tener realzadas…es algo que nos ha dado la evolución: absolutamente todas las criaturas de nuestro planeta, y gran parte de las que pueblan el universo, incluyendo a los seres humanos, comienzan siendo hembras inmediatamente después de la fecundación…sólo algunas de ellas han desarrollado la habilidad de retrasar el momento de la diferenciación el tiempo suficiente como para que ésta pueda hacerse de forma libre y voluntaria reveló los andalitas estamos entre esas especies salvo que, en nuestro caso, lo deseemos o no, conservamos los órganos reproductores de ambos géneros…-- su voz se fue apagando, como un susurro, cubierta por un leve tono de vergüenza. Pero pronto se recuperó y, al incorporarse, escarbó con las pezuñas entre las raíces del suelo --creo que en la Tierra se llama hermafroditismo…aunque no es que tenga importancia--
Semejante cantidad de datos nuevos me sorprendió, pero no lo suficiente como para apartar mi mente de la preocupación por Rachel, de modo que intenté reencauzar la conversación, antes de que le diera por huir corriendo pradera adelante. Sin embargo, de nuevo parecía que no me comprendía:
--No entiendo vuestras costumbres, Tobías, lo sabes bien: la ropa, los modales de la mesa…esas cosas que vosotros llamáis cultura no me son familiares…creo que, si los humanos reaccionan de esa forma ante una parte tan importante de sí mismos…-- aunque no meditó las siguientes palabras en un canal audible para mi cerebro, supe con toda claridad lo que pensaba y comprendí que se lo guardara: yo, a diferencia de Marco, siempre traté de no ser grosero…y él, por respeto a mi especie de origen, hacía lo mismo --no entiendo muy bien cuál es la preocupación de tu viejo amigo pero, si de verdad cree que es su pareja perfecta, entonces no debería resistirse…-- entonces sí: desperté por completo. Allí había más cosas en juego de las que decía: sus cuatro ojos, dos en su rostro azul y dos en lo alto de sendas antenas, estaban fijos en las estrellas que brillaban sobre mi pradera. La expresión de su rostro extraterrestre, bañada por la luz de la luna, era inequívoca: en el interior de aquel cuerpo extraño y exótico, un corazón roto se lamentaba por la lejanía de su otra mitad.
Vagamente recordé cierta mención que había puesto como excusa cuándo intentaba justificar por qué no había atendido a clase y, consecuentemente, carecía de los conocimientos que habríamos necesitado para cierta misión…no pude evitar alegrarme y apenarme, simultáneamente, por él, por lo que le concedí un par de momentos más de embeleso y volví a la plática, exponiendo mis interrogantes acerca de la finalidad de la formación de una pareja. Pero, para mi sorpresa, se mostró escandalizado:
--¡Desde luego que no¡Ninguna criatura inteligente es una máquina de reproducción!-- sus ojos se fijaron en mí, aunque los de las antenas volvieron a escudriñar los alrededores, como si tuvieran vida propia --No nacemos con el único propósito de continuar la especie: no es algo habitual pero, de hecho, existen criaturas sociales y bastante inteligentes entre cuyos miembros hay algunos que dedican sus vidas a proteger a las nuevas generaciones y al resto de los progenitores, sin tener nunca descendencia propia…¡mira a los hork-bajir!--
Entonces recordé con cariño el pequeño valle en el que se ocultaban mis otros protegidos: una amplia familia de otra especie alienígena, tiempo atrás esclavizada en su totalidad por los yeerks…al principio, habían sido sólo dos: un macho y una hembra…pero luego habían llegado pequeños retoños y algún que otro hork-bajir rescatado de algún estanque yeerk y, en aquella hondonada escondida, pronto había proliferado toda una comunidad que yo mismo suelo frecuentar: me encargo de visitarlos, asegurarme de que están bien, vigilar los alrededores para salvaguardar sus dominios y ayudarlos en todo lo que pueda, pues conservo la esperanza de que, algún día, puedan ayudarnos en la lucha final contra nuestro común enemigo. Y, en aquellos momentos en los que me puse a pensar…si: definitivamente Ax tenía razón. Había visto crecer aquella población extraordinaria desde sus inicios y, a veces, incluso escondido entre las nubes, puedo observar algunas de sus costumbres, cuándo no se ocultan en cuevas. Y era cierto que había algunos de ellos que, pese a formar parejas como cualquier otra, nunca tendrían descendencia: al preguntarle a Toby acerca de aquel curioso fenómeno, se había limitado a señalar que no estaba apenada en absoluto…
--Sí-- concedí, cada vez más calmado --Puede que tengas razón--
Él me sonrió una vez más con todos sus ojos y volvió su atención al campo iluminado por las estrellas que constituía mi dominio. Comprendí de inmediato su impaciencia:
--Que te aproveche la cena-- deseé, liberándolo así de tan extraño coloquio. Y él hizo un último gesto con una de sus manos llenas de dedos y salió corriendo a galope tendido sobre la hierba cubierta de rocío bajo la gélida luz de la luna otoñal.
