Capitulo 1


"Pensé que nos habíamos olvidado. Pensé que jamás volveríamos a respirar el mismo aire. No imaginé nunca que pudiéramos volver a estar en el mismo espacio.

Sin embargo y sin darnos cuenta, de nuevo, estamos aquí."


En la actualidad. Nueva York, Estados Unidos.

Noviembre 20. Lunes.

El invierno estaba por llegar. La estación más seca del año estaba por terminar y las hojas antes amarillas se preparaban para abandonar las ramas y quedar olvidadas por las nevadas. Los primeros estragos de una temporada de crudas ventiscas de nieve y fríos arrebatadores se hacían presentes. Y aún con eso, e día no había estado mal. Refugiada bajo la cornisa de la entrada del Hospital General de Nueva York, Candy Andrey se ajustó el abrigo.

El cabello rubio que antaño había dejado largo hasta tocarle la cintura, se mostraba tan corto en esos momentos que solo rozaba sus hombros, sin embargo, los rizos permanentes que desde siempre había poseído, se habían asentado y lucían con todo su esplendor. El bolso negro que colgaba de su hombro se meneó un poco al comenzar a andar y pronto, el Hospital quedó atrás. Acababa de poner un pie en la acera principal, cuando un Porsche plateado se detuvo frente a ella. La puerta se abrió al instante y con una dulce sonrisa la chica no dudó en abordarle.

— ¿Qué hace una chica tan hermosa pasando frío a estas horas?— cuestionó el conductor con una sonrisa traviesa, dirigiendo sus ojos azules a los verdes de ella.

— Mi novio me ha plantado y he tenido que ir a casa a pie— aseguró ella, riendo. El rubio a su lado, no ocultó la carcajada que se había formado en su garganta.

— ¡Vaya inconsciente!— se lamentó el joven— Por suerte, me has encontrado a mí— aseguró guiñándole un ojo. Por respuesta Candy se acercó y depositó un dulce beso en su mejilla. El rubio sonrió y se giró para aprisionar sus labios contra los de la chica y disfrutar del frío que se había instalado en ellos. Como otras veces, los labios de la chica sabían dulces, el brillo de labios sabor fresa no hacía más que encantarle por más que cuando la besaba este se embadurnaba en su rostro. Y no podía negar que le encantaba besarla.

De su parte, Candy recibió el beso del chico, como lo había hecho desde hacía casi un año. No podía quejarse, el rubio besaba de maravilla. Sus labios —casi— siempre fríos tenían un sabor a mentol producto del dentífrico, aunque si debía ser sincera -poco después de la preparatoria como estudiante de la Universidad de Boston- ningún beso que hubiera recibido le satisfacía al cien por ciento. Siempre faltaba algo. Cierto sabor a tabaco, a picardía. Un algo que no deseaba precisar.

Reprimiendo aquellos vagos sentimientos, Candy se separó del rubio y sonrió abiertamente. Anthony Brower, le devolvió el gesto y sin pensarlo más arrancó el Porsche. Durante el tiempo que duró el camino al departamento de la rubia, el chico tomó su mano por encima de la palanca de velocidades mientras narraba su día con lujo de detalles. Respondiendo a monosílabos, con frases cortas y la atención puesta a medias en la conversación, Candy seguía nadando en sus pensamientos, como otras tantas veces en que estos la llegaban a atrapar.

Las memorias alojadas en su memoria se trasportaban a un tiempo en que viajar en auto no era de su preferencia y en que al andar por la ciudad era el viento lo que golpeaba su rostro en su totalidad sin necesidad de encender el aire acondicionado. Y pese a lo cautivador de aquellas memorias, resultaba mejor alejarlas de su mente por completo. Porque era mejor centrarse en la realidad. Aunque no pudiera.

De las memorias que la asechaban habían pasado ya seis largos años que habían llevado a su vida tanto como lo que le habían quitado. La universidad había sido agradable, las amistades sólidas y gracias a los dioses nunca perdió a la chica a la había llamado hermana sin tener lazos de sangre, Annie Britter. Cuatro años más tarde de tanto estudiar, de tanto salir con chicos insulsos y algo más que aburridos, la rubia había viajado a Nueva York donde el destino le sonrió tanto profesional como amorosamente. El Hospital General la había aceptado como médico pediatra, porque si algo le gustaba era trabajar con niños. Y poco después, el rubio más guapo del restaurante que más frecuentaba se había fijado en ella y en su modo tan peculiar de fruncir la nariz.

No podía quejarse, le gustaba aquella relación. Le gustaba Anthony.

Porque con él, las cosas eran tranquilas, serenas, cotidianas. Congeniaban en muchas cosas y eran pocas las que los hacían discutir. Candy adoraba las charlas con el rubio. Y Anthony se enternecía con las risas y bromas de la chica. Ambos adoraban la música y el arte. Añoraban sus ciudades de nacimientos, ella Chicago y el, el pequeño pueblito de Lakewood tan sereno y pacífico. Y sin embargo, faltaba algo. Un indescifrable vacío que parecía nunca desaparecer.

Siempre que Candy creía que lo había encontrado esas memorias volvían a ella, esos recuerdos de un pasado adolescente que ya había quedado atrás. Esas sensaciones que siempre supo serían irrepetibles. E irremplazables.

— Candy… Candy… ¿Hey, estás ahí? Tierra a Candy…— la voz de Anthony llamándole la sacó de sus cavilaciones. Habían llegado a su destino y el rubio ya se había sacado el cinturón de seguridad, mientras la miraba visiblemente confundido. Sus ojos azules resultaban tan parecidos a los de ese pasado que se esforzaba por olvidar, al tiempo que eran tan distintos, como ese presente que se empeñaba en vivir.

— Perdona. Fue un día muy pesado, estoy muerta…— se disculpó. Anthony sonrió por respuesta y la tomó del mentón, obligándola a mirarle, haciéndole notar que había bajado la mirada.

— Deberías subir y dormir. Iba a proponer ayudar con la cena, pero en verdad te miras cansada…— susurró él— De todas formas, mañana no escaparás— sonrió.

— ¿Por qué?— preguntó ella, arqueando una ceja.

— Hemos logrado la asociación, o estamos muy cerca— comenzó el chico— Las acciones que fusionaremos representan no solo una buena inversión sino también una oportunidad para despegar los negocios en Europa. Mañana cenaré con el presidente para conversar respecto al proyecto. Tom deseaba acompañarme, pero yo preferiría, que fueras tú. ¿Qué dices?—

— Vaya… suena realmente aburrido— se lamentó ella, fingiendo una soberana aburrición ante la invitación, con una sonrisa traviesa danzando en sus labios— De acuerdo, si insistes, iré. Ya sé yo que no puedes negociar sin mí— bromeó. Anthony la besó por respuesta y tras desearle las buenas noches la dejó marchar. Solo cuando ella hubo entrado en su edificio el Porsche desapareció.

Recogiendo la correspondencia del buzón en la planta baja y subiendo las escaleras al tiempo que hojeaba los sobres en sus manos, la rubia llegó al tercer piso dónde su apartamento de encontraba. Apenas entró, dejó las cartas en la mesa junto a la puerta y se abandonó al descanso tumbándose en el sofá de la sala. No había mentido, el día había sido duro. Demasiadas citas y dos chiquillos con varicela, una pequeña con una muñeca fracturada y un chico de ocho años que había tragado una moneda.

Cansada y sintiendo los ojos cerrándose de poco en poco, Candy se acomodó en el sofá, con una nueva memoria en puerta. Una cena con Anthony y un empresario seguramente aburrido, viejo y medio sordo. Una cena de negocios. Un escenario que solo una vez atrás había vivido y que como esa ocasión, había accedido a pasar por acompañar a un chico.


Las copas danzaban por un lado y por otro, mientras los meseros movían sus charolas a la espera de que alguien tomara una bebida. Por aquí y por allá, los trajes aburridos y los vestidos sobrios se hacían presentes, por todos lados, risas monótonas, charlas sobre la bolsa de valores, las nuevas ofertas y las acciones más frescas se escuchaban. Una aburrida cena, con invitados aburridos y charlas aburridas se estaba llevando a cabo, pero debajo de aquella mesa, resguardados por la escultura de hielo mandada a hacer por alardear de presupuesto y charolas repletas de bocadillos deliciosos, dos adolescentes reían por bajo, tumbados en el suelo con golosinas delante.

No puedo creer que hagas esto. Actúas como si tuviéramos 14 años…— se alarmó la chica, sin borrar la sonrisa de sus labios.

14, 17, ¿qué más da? Años más, años menos y así tuviera 50, seguiría prefiriendo estar aquí que ahí afuera— aseguró el chico a su lado.

Esto está mal… está muy mal…— siguió murmurando ella.

¿Sabes que si está mal? Que estemos aquí, ocultos bajo una mesa, solos y tú no me estés besando. ¡Desconsiderada!— bromeó él. Y ella ni siquiera pudo reír. Apenas volvió el rostro hacía él, sus labios aprisionaron los suyos y la magia del beso era algo a lo que no podía renunciar…


Abrió los ojos de golpe, negándose a dejarse envolver por aquella mágica visión. «El pasado, pisado, Candy. Es hora de olvidarlo» se riñó a sí misma, al tiempo que se ponía de pie y fijaba rumbo a su habitación. Mientras se desnudaba y dejaba que el día finalmente terminara, la certeza de que seguir pensando en un hombre que hacía demasiado no veía y que no valía la pena recordar, se tornaba firme. Había pasado demasiado pensando en él, y no podía seguir haciéndolo. Porque el presente era otro. El presente era Anthony. Así debía ser.

Resuelta a olvidar, a dejar de una vez las memorias perderse, la rubia se acostó y cerró los ojos sopesando ideas sobre cómo arreglarse para la cena con el rubio.

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Noviembre 21. Martes.

La mañana había ido tranquila. Tan solo exámenes médicos y la consulta mensual del jovencito de 8 años que se recuperaba de una fuerte viruela. El almuerzo había sido mejor, porque Annie –quién vivía en Brooklyn— había viajado para verle y le había puesto al tanto de su embarazo de apenas dos meses. El afortunado marido (y padre del bebé) no era otro más que Archivald Cornwall, amigo incondicional de ambas mujeres desde las épocas del colegio elemental.

La tarde, sin embargo, había sido maravillosa.

Dejando en manos de las enfermeras el trabajo y aprovechando de su horario del martes que solo abarcaba el medio día, la rubia había pasado por el salón. Las encargadas le quitaron las puntas del cabello abiertas, le hicieron la manicura y le obsequiaron un tratamiento facial. Al volver a casa, Candy había dedicado las horas a una ducha bien merecida y a alisar su rizado cabello. Se había puesto unas sombras tenues brillantes y pasado tanto el delineador como el rímel por sus preciosos ojos. Había elegido un vestido que nunca había sacado del armario a falta de ocasiones.

La prenda, completamente negra, cubría hasta sus muslos y se ceñía a su figura realzando sus curvas y acentuando sus atributos. El hombro izquierdo quedaba al descubierto, mientras que la manga derecha cubría hasta su muñeca terminando en campana. Los tacones abiertos que había elegido no hacían sino darle figura y había dejado como accesorios un sencillo collar terminado en plumas y una pulsera de piedras de obsidiana. Para cuando el reloj marcó las siete, la chica estaba completamente alistada y momentos después, el timbre sonó.

— Vaya…— suspiró Anthony al verla, con los ojos como platos y una sonrisa que más recordaba a un adolescente embobado que a un hombre de 25 ya cumplidos.

— ¿Te gusta?— preguntó Candy con una sonrisa, satisfecha con el trabajo que había realizado en ella.

— Ahora no sé si quiero fusionar acciones o volver a tu recámara— aseguró el chico, solo una fracción de segundo antes de besarla. Candy sonreía cuando recibió a Anthony y aunque tuvo cuidado de no correr el labial en sus labios no pudo negarse a devolver el beso. Mucho más centrada y decidida que el día anterior, aquel beso supo diferente. A algo nuevo, a una nueva oportunidad. Un sabor a algo mejor.

— Vamos tigre, quizás después podamos seguir con esto— le dijo ella al cabo de un momento, Anthony sonrió divertido y la instó a salir.

Cuando cruzaban la entrada, el vecino del cuarto piso entraba al edificio luego de una larga jornada en el trabajo, el rubio que sujetaba la mano de Candy no pudo evitar sonreír orgulloso cuando la mirada del vecino se detuvo en su novia. Lejos de los celos, Anthony se sentía dichoso de llevar a Candy de la mano. «Ella es mía…» decía su sonrisa. Y nadie evitaba pensar «Vaya, suertudo»

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Grill Room

El restaurante era elegante, de eso no había dudas. El ventanal principal abarcaba toda la parte del fondo y ofrecía una vista sublime de la ciudad de Nueva York, a la que no hacía mucho —escasas tres semanas— había terminado de acostumbrarse. Las mesas, cubiertas por blancos e impecables manteles se miraban pulcras y al centro, bordeado de cuatro macetas enormes para cuatro árboles tipo orientales una fuente de aguas claras y luminosas por las luces que la adornaban adornaba el lugar.

Elegante, sin duda alguna. Aquel que hubiera decidido dar la cena en ese lugar, no podía negarse que tenía buenos gustos. No dudaba que el motivo de tal lujo se debiera al querer impresionarle. Y lo había logrado. «Excéntrico» pensó divertido. Porque aunque la elegancia era palpable y halagadora, él no era en realidad, alguien con gustos tan disparatados. Un restaurante más hogareño y natural le habría fascinado por completo.

— ¿Tiene reservación?— preguntó el capitán cuando llegó a recepción.

— Mesa para tres. A nombre de Anthony Brower— respondió. El capitán revisó la lista y abrió grandes los ojos; por el modo en que le condujo a su mesa, intuyó que el encargado de reservar había dejado claro de quién se trataba. «Más fantasías…» bromeó para sí. «¿Tan frívolo parezco?» se preguntó, cuando hubo tomado asiento.

Según el reloj, faltaban cinco minutos para la hora de la cita, como otras muchas veces se había adelantado. Lamentable para él, puesto que si algo no deseaba era una cita de negocios. Sin embargo, al menos demostraba que se tomaba en serio la puntualidad.

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Cuando Candy y Anthony descendieron del Porsche el valet parking retiraba un lujoso BMW R8, blanco, bastante llamativo. Y aunque en Nueva York, solían verse desde simples Sedán hasta lujosos Lamborghini, aquel auto, jamás habría pasado inadvertido.

Prensada del brazo del rubio, Candy ingresó en el restaurante con una sonrisa, debido a la pequeña broma que Anthony le estaba contando. Apenas escuchó al capitán dirigirles a su mesa. Y ni quiera se inmutó demasiado cuando percibió que el caballero al que iban a esperar ya se encontraba ahí. La vista del restaurante le había impresionado. Elegante y de ensueño. «Pero algo excéntrico»pensó. Por un momento se preguntó si el lugar lo habría escogido su novio.

— Lamento la demora— se disculpó Anthony

— No se apure, yo he llegado temprano— aseguró el caballero.

— Bueno, henos aquí. Un placer, mi nombre es Anthony Brower, como ya debe saber— se presentó el rubio con una sonrisa extendiendo la mano para estrecharla con el joven frente a él.

— Sí, eso me han dicho. Un placer— el caballero estrechó su mano y miró a la acompañante del rubio que miraba hacia la fuente.

— Ella es mi novia, Candy Andrey— le respondió Anthony notando hacía donde miraba. Ante su frase, Candy se giró. No había deseado parecer grosera, así que al notarse descubierta un rubor cubrió sus mejillas. Cuando sus ojos se encontraron con los del invitado, fue más grande la sorpresa de verle que el darse cuenta que no se trataba de un viejo apático y aburrido como ella suponía— Cariño, él es Terry Grandchester— presentó Anthony.

Frente a ella, Terry estaba en shock. Cuando advirtió que la compañera de su futuro socio era una joven rubia y bastante guapa, no había esperado que al encararle se tratara de Candy. Su Candy… más precisamente. Sus ojos azules como los zafiros viajaron rápidamente dónde Candy se colgaba del brazo de rubio y aquel gesto le hizo recordar de golpe que ya no era suya.

Hacía seis años que no la veía y sin embargo, aún mantenía esos pensamientos egoístas. ¿Pero cómo no iba hacerlo? Desde aquel día en que hubieran terminado del todo por una estúpida discusión que entre más recordaba más absurda le parecía, no había dejado de pensar en ella. Había escapado incluso a Inglaterra –su país de origen- para olvidarle y ni siquiera ahí lo había logrado. Luego de forjar una carrera tanto próspera en Europa como en América, había vuelto a Chicago una vez más para reavivar esas memorias que lo habían perseguido por años y pensando en dejarlo atrás, había terminado por asentarse en Nueva York, esperando que la metrópoli de los negocios su vida tomara un nuevo curso. Uno que le permitiera resignarse a haber perdido a la rubia.

¡Ironías de la vida! Porque una vez más, la tenía frente a él. Y aunque estaba tan cerca, la epigrama del momento le recordaba estoica e irrevocablemente que en realidad, Candy ya no le pertenecía. La había perdido desde hacía años.

— Y-yo…— murmuró Candy, presa del pánico de encontrarse con él hombre que había decidido olvidar por completo tan solo una noche atrás.

— Un gusto conocerle, señorita Andrey— dijo Terry por única respuesta, evitando mirarle más de lo necesario. Anthony los invitó a tomar asiento y al cabo de un momento el mesero a cargo hizo su aparición. Cenaron mariscos y bebieron vino tinto, charlaron poco, entre bocado y bocado. Anthony y Terry congeniaban en muchas ideas, aunque en la mitad de ellas, el castaño tenía que obligarse mentalmente a no mirar en dirección de la rubia. Sus ojos azules pedían a gritos mirarla y no dejar escapar ni un solo detalle de su apariencia.

Había cambiado. ¡Claro que lo había hecho! Llevaba el cabello corto y alaciado, privándole de la visión de sus rizos perfectos, pero seguía tan pecosa como la recordaba y sus ojos verdes brillaban igual de refulgentes que las estrellas mismas. Su cuerpo se había convertido en el de la mujer que siempre supo que sería y le sorprendió darse cuenta que aún recordaba la transición que sufrió de los 14 a los 17 años.

Candy pasó el rato, concentrada en la comida, como si de repente los camarones en su plato fueran a dirigirle la palabra. Evitaba mirarlo a toda costa y sus mejillas seguían coloradas. Terry había cambiado. Había madurado, sus facciones varoniles se habían definido, su cuerpo había alcanzado el atlético de un modelo y sus cabellos igual de largos hasta rozarle los hombros se miraban sedosos y suaves. Sus ojos sin embargo –esos que tanto había deseado olvidar y que tanto se asemejaban a los de Anthony— brillaban con más fuerza. Y aunque ella no lo supiera, lo hacían porque la habían vuelto a encontrar.

Cuando la cena terminó, el postre fue servido. Y justo en el momento en que la tarta de moras era colocada frente a ellos, sus ojos se volvieron a encontrar. Verde y azul. Fuego contra fuego. Porque después de tanto, esa conexión, ese mágico enlace que los conectaba había despertado. Evitarse había mantenido –por unos momentos- que la mecha se encendiera, pero volverse a ver solo había reavivado la flama que baja pero no extinta, habían reservado celosamente durante seis años.


Continuará…


JulietaG.28