Disclaimer: todo lo que reconozcáis, los personajes y demás pertenecen a Stephenie Meyer, su editorial y otros entes como Summit. Nada de esto nace con ánimo de lucro, así que no me sacará de pobre.
Muchas gracias a Faith, Lenn, Yimy y Anne-Marie-H por vuestros reviews. Eso sí, las que no estéis registradas si me dejáis un mail de contacto os contestaré, que me gusta agradeceros personalmente el que os paséis por aquí ;)
Regresando al capítulo. Aquí os traigo el segundo del fic, me costó centrar todo lo que quería relatar con él; y tampoco tengo demasiado claro si el resultado final es el mejor que podría haber logrado, pero le he dado mil vueltas, lo he retocado un millón de veces y esto es lo que conseguí.
-.-.-.-
II. VENDETTA
Habían pasado casi tres meses desde aquella tarde en la que me convertí en vampiro. Y desde entonces había vivido, prácticamente, en la clandestinidad.
Cuando saltaron las primeras noticias de mi desaparición, todos estuvimos de acuerdo en que no era prudente que nos marcháramos. No había ninguna noticia de mí, ni de mi cuerpo –si hubiese muerto-, y tampoco había ninguna pista sobre los culpables de mi extravío. Así que todos estaban esperando a que cualquiera de los lugareños diera algún paso en falso para así atraparle. Por tanto, si los Cullen hubiesen desaparecido de Rochester a los pocos días, probablemente las habladurías habrían sido desmedidas.
Por eso continuábamos allí todavía, aunque, según me decía Carlisle a todas horas, no tardaríamos mucho más en marcharnos del lugar. No me hacía bien permanecer allí. No podía estar en la misma ciudad en la que se encontraba la gente que yo alguna vez había querido y sin poder acercarme a ellos. Bueno, ni a ellos ni a nadie. Únicamente mantenía contacto con los Cullen: Carlisle, Esme y Edward.
En realidad, sólo con los dos primeros.
En el tiempo que llevaba conviviendo con ellos en su pequeña casa a las afueras, la situación permanecía exactamente igual que cuando Carlisle me llevó: él y su esposa me habían acogido con los brazos abiertos, pero el más joven de la familia no me hacía el menor caso. La verdad, todo aquello resultaba pesado. Si bien llegó un momento en el que me cansé de pensar en ello, pues tenía otras cosas por las que preocuparme. Cosas más importantes que Edward y sus tonterías.
Todavía debía controlarme a mí misma para aceptar las normas que todos nosotros estábamos obligados a cumplir. La principal era no exponernos a la luz del Sol delante de la gente, precisamente, una de las que menos me gustaba.
Siempre me había encantado caminar bajo la luz, dejar que los rayos del Sol se posaran sobre mí y me iluminaran. Sobre todo cuando era niña. Mi madre solía llevarnos a mis hermanos y a mí al campo los sábados y allí pasábamos el día entero. Ellos adoraban rodar como locos sobre la hierba, pero a mí no me gustaba demasiado; eso hacía que mis bonitos vestidos se ensuciaran. Así que, yo me dedicaba a disfrutar de la hermosa luz solar y a mirarles mientras ellos se divertían.
Aunque también hubo alguna vez en la que probé sus juegos, pero, únicamente, cuando nadie me veía.
Les echaba mucho de menos. Había momentos en los que me quedaba sentada en mi habitación, únicamente pensando en ellos. Como en ese preciso instante, en el que me encontraba recostada en una butaca de madera en la que pasó a ser mi habitación. Era de madrugada, o al menos eso parecía desde la ventana. No tenía nada que hacer, ni siquiera podía dormir; nosotros no podíamos hacer eso, ya no.
Suspiré.
Sólo habían pasado tres meses y yo ya empezaba a ser una persona totalmente distinta, sin contar los evidentes cambios. Continuaba siendo Rosalie Hale, pero no la misma que habría sido de no haber ocurrido todo aquello.
Lo había perdido todo. Todo por lo que había vivido, todos mis sueños. Absolutamente todo lo que me deparaba mi vida perfecta.
Me esperaba una vida llena de lujos con todas las cosas que hubiera podido desear, y, en cambio, ya no me quedaba nada. Empezaba a darme cuenta de ello. Ya no tenía nada que esperar de la vida, porque esa vida ya no existía. Yo podía seguir siendo hermosa, probablemente seguía siendo yo –al menos, en parte-, sería capaz de tener más fuerza, mas no era lo mismo. No era humana.
Al principio no fui demasiado consciente de ello. Los primeros días me sentía feliz pudiendo haber conservado mi belleza, pues eso parecía ser lo único que me importaba. Pero en aquellos momentos, habiendo vivido ya semanas de lo que sería mi nueva vida, las cosas empezaban a ser distintas. Yo comenzaba a percibirlas de manera diferente.
Recordaba la inquietud que me había producido en un primer momento el saber que debería ser yo quien cazara para poder alimentarme. Y todo era por los cambios, los odiaba.
No se podía decir que, precisamente, fuera una joven curtida en ese tipo de labores. Jamás tuve que hacer nada parecido durante mi vida humana, ni siquiera sabía cocinar. Se suponía que no iba a tener que aprender a hacerlo, mis padres me habían inculcado que si conseguía lo que ellos se proponían, siempre habría alguien que hiciera esas cosas por mí. Y eso me agradaba. Había llegado a un punto en el que aquello era una de mis aspiraciones, junto con poseer una enorme casa y tener unos hijos preciosos.
Todo había estado al alcance de mis manos, en realidad, yo había rozado aquello con el ápice de mis dedos. Y se me había escapado, todo había volado. Sin que yo hubiera podido hacer nada por evitarlo.
Inconscientemente, apreté los puños y golpeé la butaca fuertemente. Aquel gesto, que no recordaba haberlo hecho antes, trajo como resultado que la parte del mueble en la que golpeé, se resquebrajara y cayera al suelo. Destrozada.
Era parte de los cambios, ya que a partir del momento de mi transformación iba a tener una fuerza sobrehumana, nada comparado con lo que podía hacer antes. Yo siempre fui un poco debilucha, pero tampoco necesitaba ser lo contrario, al menos no en principio. Durante mi vida humana no necesité de mi fuerza física para nada, yo debía ser una joven delicada y bien parecida. Eso era todo. Y, con un poco de suerte, ese sería el modo de conseguir un matrimonio que mejorara mi estilo de vida y el de toda mi familia.
Para mis padres yo era el modo de escalar en la sociedad, lo que ellos siempre desearon. Y nunca fue un secreto, no al menos para todo aquel que supiera ver. El problema fue que yo no supe verlo. Además, conmigo les fue otorgado el mayor de los premios, pues veían en mi belleza una puerta hacia todo lo que siempre anhelaron y eso, en aquella época, no me parecía tan malo. No me opuse jamás a ello, porque, de algún modo, fue lo que siempre me inculcaron. Y yo también acabé por desear todas esas cosas. A pesar de que, pasado un tiempo, yo me conformaría con mucho menos.
Observé el destrozo que había causado en la confortable butaca.
Necesitaba salir de allí, no iba a aguantarlo mucho más. Me sentía atrapada. Precisaba respirar aire puro, caminar, cualquier cosa me serviría. Sólo había salido a cazar, me llevaban todas las semanas desde que me transformé, pero eso no era suficiente para mí. Ni en el sentido de salir y alejarme de aquella casa, como tampoco en el de alimentarme.
Era complicado adaptarse a ese ritmo, mi cuerpo pedía mucho más. No se saciaba con alimentarse una vez por semana. Me habían explicado que era parte del proceso, que como neófita mi sed era mucho mayor de lo que podía ser para ellos puesto que ya estaban acostumbrados, aas yo no podía controlarlo. No era dueña de mi nuevo yo.
Lo que sí había tenido claro desde el primer instante en que fui consciente de en lo que Carlisle me había convertido, fue que no albergaba ningún tipo de interés por llevar la vida normal de un vampiro. Yo quería ser como los Cullen, no deseaba alimentarme de humanos. Así que, lo único que quedaba era la sangre de animales. Incluso me había acostumbrado ya a ello.
La primera vez que Carlisle me llevó a cazar, exactamente al día siguiente de transformarme, me sentía inquieta. No imaginaba cómo podíamos llegar a dar caza entre los dos a un animal, pero no tardé demasiado en saberlo.
En el instante en que vi aquel ciervo, fue como si algo dentro de mí saltara. Algo que no se parecía en nada a Rosalie.
No me retrasé demasiado, me abalancé sobre el pobre animal y él, indefenso, no tenía nada que hacer contra mí. Fue en ese momento cuando fui totalmente consciente de mi fuerza. Me alimenté ávida de más y, por mucho que bebía, mi sed no se saciaba. Necesité cazar varios más aquel día. En esos instantes no me importaba, si bien cuando regresé a la casa de los Cullen la sensación no era exactamente la misma. Era absurdo pensar del modo en que lo hice, eran animales, los humanos también hacían ese tipo de cosas para alimentarse, pero no hacían exactamente lo mismo.
Me acerqué hasta la puerta de la habitación y la abrí rápidamente.
Desde arriba pude escuchar la música de Edward sonando en el piso inferior de la casa, él tocaba el piano y a mí me apetecía salir. No había problema en eso.
Bajé las escaleras, era absurdo que no pasara cerca de él ya que, de todas formas, iba a percatarse de mi presencia. Me quedé en el quicio de la puerta y él continuó tocando.
—Hola —dijo, todavía sentado frente al piano de pared. Parecía muy concentrado.
—¿Qué tocas? —le pregunté, era una melodía bonita y frenética. Me sonaba mucho, pero no supe identificarla a pesar de haber dado clases de música durante años.
—La Fantasie Impromptu, de Chopin —me contestó. Había tocado alguna de sus piezas siendo niña, pero ahora me sonaban demasiado difusas en la memoria—. ¿Te gusta?
—No está mal —dije, restándole importancia. Desde el taburete, Edward se encogió de hombros—. Parece que te gusta mucho la música —por alguna razón, me apetecía hablar con él. Y traté por todos los medios de no pensar en lo que me apetecía hacer.
—Siempre es bueno tener alguna afición. Y más teniendo tanto tiempo libre como nosotros —me dijo amable—. Quizá deberías buscarte un hobby.
—Tengo hobbies —añadí rápidamente. En realidad, no los tenía, salvo la música. Pero yo no la dominaba tanto. Se rió—. ¡Sí que los tengo! —exclamé ofendida—. Puede que no sean de la misma clase que los tuyos, pero yo también sé hacer cosas.
—No lo pongo en duda —comentó, tratando de aligerar la conversación. Era probable que tratara de resultar amistoso conmigo, después de todo, llevaba casi tres meses ignorándome.
—Bueno, será mejor que me marche —dije yo, girándome de nuevo hacia la puerta. Con la intención de salir a la calle.
Craso error, pensé en lo que no debía.
—¿A dónde vas? —me preguntó, frunciendo el ceño.
Se había levantado del taburete y ya estaba frente a mí. Costaba acostumbrarse a la rapidez que poseíamos. Aunque podía llegar a ser divertido, quizá correr podría ser mi hobby. Vaya hobby más estúpido. Debía buscarme uno mejor.
—A donde me plazca —contesté, quizá un poco altiva.
Empecé a caminar.
—Sabes que no es buena idea —me dijo—. Espera a que nos vayamos, allí podrás salir casi cuando quieras —matizó. ¿Cómo que casi?—. Evidentemente, cuando ningún humano pueda verte. Rosalie, ¿no crees que les resultaría un poco raro el color de tus pupilas? —preguntó con tono sarcástico. Odiaba que hiciera eso.
—¿Pretendéis tenerme secuestrada hasta que esto se vaya? —pregunté, horrorizada. Señalando a la vez mis ojos.
—Esa era la idea —contestó, simple. Al menos era sincero, eso era bueno. O quizá no.
—No pensarás que voy a esperar con total tranquilidad, ¿no? —le cuestioné, alzando una ceja.
—Deberías.
—Pues no me apetece —añadí, abriendo la puerta.
Había algo en su expresión que no me gustó nada. Me ocultaba algo, existía alguna otra razón por la que yo no podía salir a la calle. No encontraba inconveniente a caminar por las solitarias calles. A esas horas no habría ningún humano por allí.
Entrecerré los ojos ante su mirada, intentaba mantenerme dentro de la casa. Pero no le hice caso, di media vuelta y comencé a salir.
—Ve con cuidado —me pidió. Una pequeña risa se me escapó. Al menos, ya no era invisible.
Estaba muy oscuro. Yo tenía razón, era de madrugada. No había nadie por las calles, así que no tendría ningún tipo de problema.
Aunque, en realidad, no me agradaba la idea de encontrarme con humanos. No todavía.
No creía estar preparada para ello, a pesar de que yo era apta para cualquier cosa. Llegaría el momento en el que tendría que volver a pasear entre ellos, como hacían Carlisle, Esme y Edward. Si bien quizá era demasiado pronto aún. Empero, no iba a admitirlo frente a los Cullen, a pesar de que Edward seguramente ya estaría al tanto de ello; su don era muy molesto, casi tanto como él. No era capaz de entender cómo habían soportado aquella situación durante tantos años. No tener secretos, ser como un libro abierto para él. No era agradable.
Me coloqué mi larga melena sobre los hombros y me la alisé un poco. No servía de nada, mis bucles eran muy rebeldes cuando querían.
Respiré hondo.
Hacía demasiado tiempo que no iba por esa calle. De hecho, hacía demasiado tiempo que no iba por ninguna de aquellas calles.
Bajo la luz de las farolas, todas esas callejuelas parecían más pequeñas de lo que eran en realidad.
No había ni un alma por allí cerca. Ese era uno de los problemas de Rochester, que, llegada una cierta hora, ya no encontrabas a nadie si salías a pasear. Procuré no pensar más en ello, pues no quería recordar ese tipo de cosas.
Mientras caminaba, traté de quitar algunas arrugas que se habían formado en mi falda. Seguramente había estado mucho tiempo sentada y por eso se había quedado así, pero es que no tenía otra cosa que hacer.
Giré a la derecha. Llegué hasta una pequeña panadería y me pareció ver algo colgado en la pared. Me picó la curiosidad y me acerqué a ver qué era. Mis ojos parecían acostumbrados a la oscuridad como si ese fuera su sitio, en momentos así me parecía estupendo.
Se trataba de un cartel, un mísero trozo de papel. No obstante, logró desatar mi caos interior.
El próximo mes se iba a celebrar una boda. Para la mayoría eso no habría supuesto un problema, pero para mí sí lo era. No por nada personal, sino por el novio en particular. Qué demonios, claro que era personal.
Al parecer, Royce King II no había tardado demasiado en encontrar sustituta a su prometida extraviada. La pobre Rosalie Hale, quién sabía del destino cruel que podía haber llevado, desaparecida, quizá secuestrada, probablemente muerta.
La rabia me inundó. Sentía un deseo irrefrenable de destruir cualquier cosa.
Me dejé llevar por mis impulsos y atravesé con mi puño el cristal de la panadería. El panadero no tenía la culpa, evidentemente, pero me daba igual. No, claro que tenía la culpa. Todos tenían la culpa. Todos y cada uno de los habitantes de Rochester habían propiciado aquella situación. ¿Quién, en su sano juicio, encontraría normal aquella actitud? Por Dios, si yo todavía estaba, como quien dice, de cuerpo presente.
Fue entonces cuando me di cuenta, yo no había supuesto nada para Royce. Aunque, verdaderamente, eso no era difícil de adivinar, pues de no haber sido así no habría ocurrido nada esa horrible noche de Abril.
Arranqué el cartel de la pared y lo estrujé. Conocía a la muchacha, no era hermosa como yo, ni tan siquiera era guapa. Una risa amarga salió de mis labios.
No se parecía en nada a mí, ni siquiera en el color de ojos. Sin embargo, ella iba a tener todo lo que yo jamás podría. Todo lo que iba a ser mío y me fue arrebatado sin piedad. Estúpidos. Estúpidos lugareños y estúpida ciudad, ¿cómo no fueron capaces de darse cuenta de lo que había ocurrido? ¿Cómo podían seguir libres ese patán y todos sus amigos? ¿Es que nadie iba a hacer nada?
Apreté la mandíbula y mis dientes chirriaron.
No iba a permitir que eso ocurriera. No pensaba quedarme impasible ante aquella situación, no podían continuar con sus vidas como si nada hubiese ocurrido mientras yo me lamentaba por los rincones. Seguramente estarían convencidos de que yo había muerto, ni tan siquiera se me pasó por la cabeza que su noche de borrachera hubiera borrado de sus mentes todo aquello; me daba igual lo que pudieran haber hecho. Me daba igual en el estado en el que se encontraran.
Eran unos asesinos, ni siquiera merecían el apelativo de hombres. Me daban asco.
Una mezcla de sentimientos se agolpaba en mi interior y todos peleaban por salir a la superficie, pero no iba a dejarles.
Eché a correr, quería llegar lo antes posible a la casa de los Cullen.
Eso era lo que Edward no quería que yo viera, quería ocultarme la verdad. Una verdad que, ciertamente, resultaba muy dolorosa. Yo podía ser rencorosa, no iba a negarlo, pero tampoco iba a permitir que alguien me robara lo que era mío por derecho. Ni mucho menos iba a dejar que ese mal nacido llevara una vida feliz, eso jamás. Ni él ni ninguno de sus estúpidos amigos.
En seguida llegué a la casa, había varias luces encendidas. Probablemente, Carlisle y Esme habrían regresado. Así era, antes de abrir la puerta les escuché hablar en el salón, estaban preocupados.
Golpeé el portón con fuerza para lograr abrirlo y no me detuve ni un segundo al pasar por el lugar en el que se encontraban. Me deslicé como un rayo para poder llegar cuanto antes a mi habitación. Ellos trataron de seguirme, iban llamándome, mas yo no les hacía caso. No me interesaba nada de lo que pudieran decirme.
Al entrar en la habitación, cerré la puerta con un golpe seco. Hubo un momento en el que creí que iba a caerse, pero qué importaba.
Empecé a coger cualquier cosa que hubiera a mi alrededor, todo me servía. Y en cuanto llegaba a mis manos, lo tiraba con todas mis fuerzas contra el suelo o contra alguna de las paredes. Quería destruir, quería desfogarme de algún modo. Necesitaba expulsar la rabia que corría dentro de mí como la pólvora. Romper todo lo que tenía a mi alrededor -y que, por cierto, ni siquiera era mío-. Podría parecer algo absurdo, una estupidez que no iba a arreglar nada, pero no me importaba lo más mínimo. Yo no estaba para razonar, no me interesaba.
La cuestión se hallaba en destruir, fuera lo que fuera. Incluso una pequeña figurita que seguramente sería de Esme. Todo.
Mientras tanto, los tres se encontraban tras la puerta, tratando de hacerme entrar en razón.
—Rosalie, por favor, abre la puerta —me pedía Carlisle.
—Cariño, rompiendo las cosas no vas a solucionar nada —Esme casi parecía querer disuadirme de destrozarle el mobiliario—. No hay nada que puedas hacer.
—Vas a hacerte daño —dijo Carlisle. ¿Daño? Sí, claro, seguro. Para nosotros no existía el dolor, al menos, no el dolor físico. Otra cosa distinta era el daño moral, pero ese ya estaba hecho. No había nada que pudiera hacerse para arreglarlo.
—Así no vamos a conseguir nada —les decía Edward, con voz cansada—, no va a entrar en razón. Y en cuanto a ti, te lo advertí —me dijo. Su tono era reprobatorio.
—¡¿Te crees que me importa lo que hayas hecho o hayas dejado de hacer?! —le espeté, todavía tras la puerta. Tiré un horrible reloj contra el tocador, con eso incluso les hacía un favor; qué poco gusto, por favor—. Yo te lo diré, ¡no!
—Creo que estamos todos un poco tensos, deberíamos relajarnos. Cielo, voy a entrar —dijo Esme.
—Ni se te ocurra —amenacé yo, aunque no tenía claro el porqué.
—No le hables así —me ordenó Edward, enfurecido.
—¿No? Y ¿por qué no? —pregunté, desafiante—. ¿Vas a hacerme daño? ¿Vas a pegarme, Edward? ¿Tengo que recordarte que soy más fuerte que tú?
Lo siguiente que escuché fue a Carlisle pidiéndole a Edward que tuviera paciencia, y a Esme tratando de tranquilizarle. Y, ah sí, la puerta abriéndose al paso de Edward. Con un fuerte golpe la abrió, así de simple. Y pronto estaba frente a mí, sujetándome la muñeca para que no lanzara la última de mis adquisiciones.
Forcejeamos unos segundos, hasta que Carlisle se acercó a nosotros. Yo podría haberle dado un empujón con todas mis fuerzas, consiguiendo estamparles a los dos contra la pared, pero no lo hice.
—Ya basta —nos ordenó. Ambos seguíamos en la misma posición, mirándonos fijamente con los ojos entrecerrados y expresión furiosa. Yo todavía sostenía un pequeño pisapapeles—. He dicho que ya basta. Suéltala, Edward.
Él obedeció, me soltó la muñeca y se alejó de mí. Si bien yo todavía seguía enfadada, así que le tiré al pecho el pisapapeles. Le golpeó, pero no le hizo daño. Lástima.
Apretó la mandíbula y pude escuchar el chirriar de sus dientes. Al parecer, no le había gustado lo que había hecho. Bien, me daba igual. En el instante en el que el objeto impactó contra él, lo agarró con la mano izquierda antes de que cayera al suelo.
—¿Os parece bien vuestra actitud? —nos preguntó Carlisle, aunque sonaba más como una reprobación. Ninguno de los dos contestamos, yo me encontraba bastante entretenida insultando a Edward desde mi mente para que sólo él lo escuchara. Era algo genial—. Estoy hablando con vosotros —no hubo respuesta—. Pensaba que estaba tratando con adultos, no con dos muchachos de colegio.
—Ha empezado él —dije yo, señalando a Edward. Aquello, verdaderamente, era como estar tratando con muchachos.
El aludido resopló. Mientras, Esme negaba con la cabeza.
—Supéralo —me gritó Edward—. Sabías que tarde o temprano algo así acabaría sucediendo. No eres tan estúpida como para no creerlo. O es que ¿acaso creías que iba a estar esperando a ver si volvías? Vamos, ¡Rosalie! Ese desgraciado no piensa en nadie más que en sí mismo —yo asistía a su discurso con una mezcla de indignación y odio—. ¡Nadie en esta maldita ciudad lo hace!
Era el colmo. No me gustaba que me hablara así, no iba a permitírselo. Dejé a un lado a Carlisle y me acerqué hasta Edward. Él me miraba fijamente, sin saber qué esperar. Cuando estuve frente a él, alargué mi mano derecha y le pegué una bofetada con la palma extendida, con todas mis fuerzas. Necesitaba hacerlo a pesar de saber que no le haría demasiado daño.
Continuó mirando hacia delante, ni se inmutó. Por su parte, Carlisle y Esme observaban desde lejos, pues no querían entrometerse. No al menos llegados a aquel punto.
Me alejé de él y me giré hacia la ventana.
Los tres comprendieron lo que quería, así que no tardaron demasiado en salir de allí. Esme cerró la puerta para que tuviera un poco de tranquilidad.
Cuando se marcharon, posé mi mirada en el desastre que había creado. Todo estaba lleno de pequeños trozos de objetos, los que había ido tirando contra cualquier parte de la habitación. Aquello parecía un caos, exactamente igual que mi interior.
Me senté lentamente en el único resquicio del suelo que quedaba todavía intacto, a la vez que me iba sujetando a la pared. Sentía que me faltaba algo y que iba a caerme en cualquier momento.
Posé las manos sobre la superficie y empecé a moverlas como si quisiera acariciar todos aquellos pedazos rotos. Fue entonces cuando me di cuenta de que tampoco podíamos llorar. Si hubiese sido humana, la situación sería muy distinta en esos momentos. Aunque yo nunca había llorado demasiado, pues mi vida era perfecta y no había tenido razones para hacerlo. Empero, ya no era así, ya no existía esa vida, y ni siquiera podía llorar por ella. Ni tampoco por mis sueños.
Fue en ese momento cuando decidí que debía hacer algo. No podía dejar que las cosas quedaran de ese modo, no iba a permitir que los que habían destruido mi vida quedaran impunes. Si yo no podía ser feliz, ellos tampoco. No me importaba que fueran los hijos de los adinerados de la ciudad, no podían quedar libres de lo que me habían hecho.
Faltaban menos de cuatro semanas para la boda del que había sido el causante de todo mi dolor y mi desgracia, pero él no llegaría ante el altar; me encargaría yo de que eso no ocurriera. Todos iban a pagarlo caro. Venganza.
Permanecí en el interior de la habitación algo más de dos días, hasta que me avisaron para ir a cazar. Esa era la idea, comenzar todo cuando yo ya estuviera alimentada. No pensaba tomar ni una sola gota de la sangre de esos monstruos.
Pasados varios días no me fue complicado desaparecer de la vista de los demás. Sabía perfectamente dónde podría encontrar a varios de los amigos de Royce, aunque no parecía haber rastro de él en Rochester. Ya me pararía a pensar en ello más adelante.
Aún recuerdo la sensación que tuve cuando entré en su despacho, de madrugada. No había nadie más en la oficina de su padre, sólo quedaba él. Forcé la cerradura de la puerta principal y me aseguré de que ningún viandante me había visto. De todas formas, aunque alguien se hubiese percatado de mi presencia, habría pensado que sería algún tipo de alucinación o ensoñación. Estaba segura de que ya todos me habían dado por muerta, ya no continuaban con mi búsqueda. Así que tampoco había demasiado problema.
Me había puesto un traje nuevo que Esme había comprado para mí hacía algunos días, pensé que sería la mejor ocasión para estrenarlo. Quizá empezaba a tomármelo demasiado en serio, pero qué importaba.
Abrí sigilosamente la puerta y vi que él se encontraba sentado detrás de su amplio escritorio. Primero me aseguré de que fuera él, pues no tenía ninguna intención de matar gente inocente; eso no era lo que yo quería. Yo no era como ellos. Estaba segura, era él.
Ni siquiera fue consciente de mi presencia hasta que le agarré por el cuello. Fue entonces cuando me miró a los ojos, a esos ojos que poseían un intenso color rojo.
Lo más probable era que si hubiera sido capaz de gritar, lo habría hecho. Pero no podía, le tenía fuertemente agarrado y ni siquiera le dejaba escapar el aire que se agolpaba en su interior. Durante un segundo trató de zafarse de mí, si bien era imposible que pudiera hacer nada en mi contra. En ese momento yo tenía la fuerza de más de diez hombres y él sólo era uno.
La expresión de mi rostro era imperturbable, aunque la ira se estaba haciendo un hueco en mis facciones. En seguida dejó de luchar, ya se había terminado todo. Fue rápido, más de lo que a mí me habría gustado. Sin embargo, ya no podía hacer nada por remediarlo, al menos no con él.
Le dejé allí, sentado en la butaca, frente a su mesa. Y salí del edificio sin mirar atrás.
Me sentía bien, ni siquiera me había afectado estar cerca de él como humano que era, no me había interesado de ese modo. Yo tenía muy claro que no deseaba caer en la tentación, no quería una mísera gota de su asquerosa sangre. Por eso, cuando decidí hacer todo aquello, al principio me costó idear una manera de lograrlo. No podía derramar su sangre, porque de nada habría servido mi autocontrol en contra de aquello.
Pero iba a hacer todo lo que estuviera en mi mano para impedir que algo así ocurriera, y yo jamás dejaba nada a medias. Siempre lograba lo que me proponía.
No tardé en regresar con los demás. Desde un par de calles antes ya había decidido lo que iba a hacer al llegar, así que me puse a tararear mentalmente una melodía musical: la misma que escuché a Edward hacía días. Sería la única manera de que él no se enterara de lo que había logrado hacer. No era el hecho de que tuviera constancia de ello lo que quería evitar, pues eso no me importaba lo más mínimo, lo que no quería era que me detuviera –él, Carlisle o Esme- antes de conseguir todos mis objetivos. No iba a dejarlo sin terminar, no cuando ya había dado el paso definitivo.
Lo difícil era el comienzo, lo demás sería relativamente sencillo.
No tenía remordimientos sobre lo que había hecho. Consideraba que estaba bien, se lo merecía.
Cuando entré a la casa, los tres me saludaron, pero Edward parecía inquieto. Probablemente le habría parecido extraño escuchar la melodía en mi mente. Probablemente ni siquiera sería capaz de creer que yo pudiera recordarla o que le hubiese prestado atención. No obstante, lo había hecho y había resultado bastante útil.
A la mañana siguiente, la ciudad se levantó con la noticia de la muerte. Nadie era capaz de entender cómo era posible que aquel joven, aparentemente sano, hubiese muerto por asfixia. Así que habían comenzado con la investigación. Más aún teniendo en cuenta que mis manos habían dejado marcas bastante evidentes en su débil cuello. Pero no llegarían hasta nosotros, la policía de Rochester no se podía decir que fuera excesivamente eficiente y tampoco había enemigos conocidos del muchacho.
El problema era la constante vigilancia a la que me vi sometida por parte de Edward. Era imposible que creyera que yo no me daba cuenta, habría que ser idiota. Me seguía a todas las partes de la casa por las que me movía, que no eran demasiadas, pero resultaba bastante molesto. Casi le prefería más cuando hacía ver que yo no existía.
Además, él no podía hacer nada cuando yo salía a la calle. Había escuchado a Esme prohibirle que me siguiera. Evidentemente, ninguno de ellos era estúpido y eran capaces de atar cabos; tampoco era demasiado complicado. Y conociendo sus antecedentes, no se podía decir que yo fuera la peor, precisamente.
Durante los siguientes días me dediqué a perseguir a dos de los demás, los únicos que parecían permanecer todavía en la ciudad. Uno había llegado a casarse en el tiempo en el que yo había desaparecido. Qué lastima, por su mujer, aunque no demasiada. Ella no me había hecho nada, eso era cierto, pero sería una víctima colateral. Además, así la libraría de alguien como él.
Por lo que parecía, la muerte de su amigo le había cogido por sorpresa –como a todos los demás- y estaba bastante apenado. Iba a tener suerte, ese sentimiento se le iba a pasar enseguida. El único problema que encontré fue que casi nunca estaba solo, siempre iba con algún compañero.
Quizá habría tenido que pensar en algo mejor, pero sencillamente opté por lo fácil: buscarle en su casa. Mis sentimientos me impidieron que lo hiciera cuando su esposa estuviera allí, así que esperé pacientemente varios días hasta que ésta fue a visitar a su familia.
Llegué hasta la angosta calle en la que vivían, pero no fui capaz de darme cuenta de que alguien o algo me estaba siguiendo.
Subí la pequeña escalera hasta el piso superior y antes de entrar en su habitación me eché un vistazo en el espejo. Estaba perfecta, como siempre.
La luz estaba encendida. Cuando entré, me di cuenta de que él se encontraba leyendo. Hasta que alzó la mirada, extrañado, cuando escuchó el ruido de la puerta abriéndose. La expresión de su rostro no la olvidaré jamás, ya que me llenó de satisfacción al instante. Sus ojos se abrieron como platos y en ellos pude ver tanto la sorpresa como el terror. Sonreí.
Me fui acercando lentamente a él.
—¿Qué demonios… —empezó a decir, pero yo no le dejé. Le hice un gesto con el dedo índice de mi mano derecha, diciéndole que no continuara. Mientras negaba con la cabeza al mismo tiempo.
—Eso no está bien —le dije con voz dulce—. Aquí no hay ningún demonio, Peter. Bueno, en realidad —me quedé pensativa—, sí lo hay —aunque él no parecía tener demasiado claro si me refería a él o a mí. Yo si lo sabía, y no era yo ese demonio.
—Estabas muerta —dijo en voz baja.
—Ya ves, son cosas que pasan —añadí yo, encogiéndome de hombros. Continuaba acercándome.
—Pero…
—Los errores suceden —dije, cuando ya estaba frente a él. Justo en el extremo del diván en el que se encontraba—. Y este —le dije, señalándome—, es uno que jamás debisteis cometer.
—Habíamos bebido demasiado —me explicó. Como si eso fuera una excusa—. No queríamos hacerlo, al menos yo no quería. No sabes cuánto lo siento…
—No me valen las excusas —atajé enfurecida—. Yo no os había hecho nada —escuché cómo el ritmo de su corazón se aceleraba por momentos. Apreté la mandíbula, debía contenerme—. ¿Qué pensarías si le ocurriera lo mismo a tu mujer?
—No le hagas daño a Ellen —me pidió.
—¿A ella no? Y ¿por qué a mí sí?
—No lo sé. Yo no… —dudaba, no sabía qué contestarme. Estaba seguro de que le mataría si decía algo que no me gustara oír.
—Es una pena, tan joven y ya viuda —dije, fingiendo un tono lastimoso. Apreté los labios y negué con la cabeza—. Pobre.
Su rostro, que hasta hacía escasos segundos mostraba el ceño fruncido, se destensó. Sus ojos se abrieron de nuevo, igual que su boca. Por fin había captado el mensaje: no iba a salir de allí, nunca más.
Trató de alejarse de mí, pero yo me movía a la vez que él. Mucho más rápido, por supuesto, adelantándome a sus movimientos.
—Tú le mataste —dijo, y una inocente sonrisa curvó mis labios. Incluso se me escapó una pequeña risa.
Minutos después me encontraba saliendo a hurtadillas de la casa.
Comencé a bajar la calle, no había nadie por allí. Siempre era lo mismo, nunca había nadie cuando se le necesitaba. No yo, por supuesto, pero quizá el pobre Peter sí lo habría necesitado. Me encogí de hombros.
Ya ni siquiera me había importado el que pareciera algo más natural, qué va, quería que supieran lo que estaba pasando. Quería que el resto tuvieran constancia de que iba a por ellos. Así sería mucho más interesante. Muchísimo más. Así que, dejé un regalito: un trozo de tela del vestido que llevaba aquella noche.
Respiré profundamente cuando torcí una esquina, pero de pronto algo me sobresaltó. Era Edward, ¿me había seguido? Parecía que sí.
—¿Qué crees que estás haciendo? —me preguntó, con el rostro crispado. Yo me quedé donde estaba, mi semblante no mostraba ningún tipo de emoción. Le observé, tenía el ceño fruncido y me miraba con interés. Tuvo la respuesta—. Lo sabía.
—Por supuesto, eres muy inteligente —le dije, a la vez que echaba a andar de nuevo.
—Se lo dije a Carlisle, pero no me creyó. Te ve demasiado inocente para hacer esas cosas. Parece que ya tienes un hobby —añadió, irónico. Sonreí.
—Puede ser. Nunca me había dado cuenta de lo aburrida que es esta ciudad de noche, algo tenía que hacer —apostillé con sarcasmo. Él caminaba a mi lado.
—No deberías tentar a la suerte, puede ser peligroso —me explicó. Fruncí el ceño. ¿Peligroso? ¿Por qué iba a resultar peligroso? Yo era más fuerte que todos ellos juntos—. No me refiero a eso. Rosalie, tenemos normas que acatar.
—Ya lo sé —lo sabía, al día siguiente de transformarme me hablaron sobre las reglas. Al parecer, había unos vampiros muy poderosos en Italia, a los que Carlisle conocía, que se encargaban de todo aquel que les pusiera en peligro exponiendo a todos los demás.
—Pues no lo parece —me recriminó. ¿Esperaba que no continuara? Iba listo. Eso jamás. Todos iban a pagar por lo que me habían hecho, lo harían. Resopló exasperado—. Me refiero a que podías resultar un poco más sutil.
Alcé una ceja. ¿Para qué quería ser más sutil? Lo que quería era vengarme, quería matarles. No tenía por qué ser sutil. No se me ocurría ninguna forma de conseguir lo que quería mediante procedimientos menos directos.
Estábamos a dos cruces de casa. Se detuvo y me paró con su brazo.
—No puedes ir por ahí asfixiando gente —me dijo—. Y menos con el numerito que has montado hace un rato. Vamos, pero si has dejado todo destrozado. Y ¿a qué venía lo del vestido?
—Me interesa que sepan quién va detrás de ellos —contesté, encogiéndome de hombros—. Si no, no tiene gracia —dije alegremente.
—Entiendo a lo que te refieres, pero hay mejores formas de lograr lo mismo.
—Ah, sí, olvidaba que tú tienes experiencia en el tema, ¿no? —bromeé.
Me estaba refiriendo, evidentemente, a la etapa en la que Edward había vivido alejado de Carlisle y Esme. Sólo hacía dos años que había regresado y, durante el tiempo que estuvo fuera, se había dedicado a matar delincuentes como los que estaba haciendo desaparecer yo. Personas que no merecían siquiera ese apelativo, que suponían una vergüenza para todos, sin las cuales el mundo estaba mucho mejor.
Quizá debería prestarle atención, él sabía del tema. Podría resultarme útil. Aunque, por eso mismo, esperaba que no se comportara de forma hipócrita y no tratara de detenerme por hacer algo que él también había hecho.
Se le escapó una pequeña carcajada.
—Curiosa visión de lo que hice, pero sí —añadió él, regresando a su tono serio—. Y me arriesgué demasiado, no sé cómo no indagaron en lo que estaba ocurriendo. O quizá sí, supongo que tampoco ellos querían a ese tipo de personas paseando por las calles. Me gusta pensar que fue así.
—¿Entonces? ¿Qué me estás diciendo? —le pregunté, muy confusa. Si no estaba en contra de lo que estaba haciendo, en ese caso, no sabía qué era lo que quería. Suspiró.
—Durante todo este tiempo no sólo me he dedicado a tocar el piano y matar desalmados —alcé las cejas—. Me he planteado pasar por la Universidad, para sacarme la carrera de Medicina —en ese punto mi incredulidad ya era enorme. Puso una mueca—, así que he leído algunos de los libros de Carlisle. Por eso sé que hay formas menos brutales de hacer todo esto. Rochester no es muy grande, acabará cundiendo el pánico y se echarán la culpa los unos a los otros —Y ¿a mí qué me importaba eso? Ya no me importaba nadie de Rochester, ninguno había tratado de rescatarme y habían dejado libres a esos desgraciados; no se merecían nada—. No es justo que destroces a toda una ciudad para cobrar tu venganza, Rosalie. Eso sería demasiado egoísta, incluso para ti.
Qué bien. Encima tenía el morro de llamarme egoísta, tan tranquilo. Resultaba muy desagradable. No me gustaba cuando se ponía en ese plan, aunque me irritaba de todas las formas posibles. Cuando lo hacía apropósito y cuando no.
Intenté continuar caminando, pero me detuvo de nuevo.
—No quiero que ellos lo sepan —me dijo. Se refería a Carlisle y a Esme.
—Ya lo saben —añadí yo—. No son idiotas. Y no me importa, no pretendo escondérselo.
—Ya sé que no son idiotas, por eso no quiero que estén al corriente de todo. Carlisle está en contra de que nos tomemos la justicia por nuestra mano. Tiene la absurda creencia de que todo el mundo es bueno. Yo, evidentemente, no, pero no quiero que se disguste y mucho menos que lo haga Esme —explicó, todavía deteniendo mi paso—. Bastante sufrieron cuando me marché, no quiero que les vuelva a ocurrir lo mismo.
—No pretendo marcharme —le aseguré. Era así, no tenía intención de dejarles. No cuando había comenzado a ser parte de su familia. Además, no tenía otro sitio al que ir. No tenía a nadie más.
—Sabes lo que quiero decir —atajó. Sí que lo sabía, por lo que había averiguado en el tiempo que llevaba con ellos sabía perfectamente que no se tomarían excesivamente bien mi comportamiento. Aunque en parte lo entendieran, Carlisle no aprobaba ese tipo de actos—. Así que, si quieres, puedo explicarte alguna cosa.
—¿Vas a ayudarme? —le pregunté, entusiasmada y sorprendida.
—No exactamente. Tú lo has dicho, hice esas cosas. En pasado. Que quiera ayudarte a no pasarte de la raya no implica que vaya a hacerlo yo —entonces, ¿qué pretendía hacer? ¿Cómo pensaba ayudarme?—. Si eres capaz de esperar un par de días, te daré algo que hará que no tengas que montar ningún numerito extraño. Y te servirá para lo mismo, logrará lo que buscas. Pero necesito tiempo, no lo encontraré a la vuelta de la esquina.
—Está bien, confiaré en ti —le dije, y volvimos a retomar el paso hacia casa.
Pasado el tiempo que Edward me prometió, pude continuar con mi pequeña vendetta.
Era sencillo, pero no se me había ocurrido nada así cuando me planteé las diversas maneras que podría usar: cianuro. En el fondo, aunque no me gustara darle la razón, la idea era buena. Y no tardé en llevarla a la práctica.
Sin que se diera cuenta, el tercero de los amigos de Royce se tomó una dosis bastante importante de la sustancia que Edward me consiguió. Pero eso habría sido demasiado sencillo e impersonal, quería que supiera porque ocurría aquello, así le hice una pequeña visita instantes antes de que el cianuro lograra detener la circulación de oxígeno a todo su organismo. Un paro cardíaco hizo todo mi trabajo. Fue curioso contarle lo que iba a pasarle, justo antes de que empezara a notarlo.
Iban tres y faltaban dos.
Muchos lo habrían visto como un juego, pero no lo era. Y a mí, seguramente, me habrían visto como si fuese un monstruo, no obstante tampoco era tal cosa. Bueno, técnicamente sí, pero no en la parte práctica. Si el no ser humano se consideraba ser un monstruo, entonces, nosotros cuatro lo éramos. Mas todo aquello tenía que ver únicamente con el deseo de venganza; ellos me habían condenado a esa vida, así que yo les condenaba a no tener la suya tampoco. Sin más. Ojo por ojo.
Si bien todavía no había terminado, faltaba la parte más importante: Royce y aquel amigo llegado de Atlanta, John.
Durante mucho tiempo no hubo rastro de ellos en Rochester. Lo extraño era que el hijo de los King no apareciera por ningún lado, ya que se suponía que estaba a punto de convertirse en el heredero de la mayor parte de los negocios prósperos de la ciudad, lo menos que se podía esperar de él era que permaneciera allí.
Tenía que averiguar dónde se había metido y la única pista que tenía de él era la llegada de un nuevo visitante a la ciudad, llamado Ian.
Evidentemente, el primer paso era ver al visitante, para saber si tenía algún tipo de relación con King. No tardé en reconocer su cabello negro, era John, pero con nombre nuevo. No se dejó ver demasiado por la ciudad y prácticamente no salía a la calle, si bien las habladurías sobre un visitante llegado de Atlanta eran demasiado evidentes. Al menos lo eran para mí.
En el momento en que le vi creí que no sería capaz de resistirlo, pensé que mi autocontrol no iba a servir de nada. Era él, junto con Royce, quien más despertaba la ira en mí. Había sido por él por quien había comenzado todo, por lo menos eso fue lo que me pareció siempre. Todos habían sido culpables, pero desde que me vio él me había tratado como si fuera mercancía.
No iba a esperar para ir a por él. Además, perseveraba en la idea de que él tuviera la respuesta a dónde se encontraba Royce.
Me colé en el hogar en el que se hospedaba, era un pequeño hostal en el centro, muy cerca del río Genesee. Su gesto altanero al verme parecía como si mi presencia no le sorprendiera en exceso. Resultaba irritante y bastante desconcertante.
—Vaya, ese idiota tenía razón —dijo, todavía colocado como si la cosa no fuera con él—. O quizá sea cosa de este lugar, la inteligencia no abunda por aquí —yo no decía nada, ni me había acercado a él. Estaba más preocupada por controlar mis instintos—. Y ¿bien?
—¿Dónde está? —pregunté por fin. Parecía yo más inquieta que él, eso me molestó. Aunque en ese momento creí que se hubiera quedado sin voz—. ¡Te he preguntado algo! —le grité en el oído. Me había acercado a él antes de que pudiera darse cuenta, eso sí le sorprendió.
—No lo sé. Por cierto, ¿cómo has hecho eso? —me cuestionó, curioso. Yo empezaba a envararme, ya me daba igual saber dónde se encontraba Royce, quería quitarle a ese desgraciado la sonrisa de la cara—. Parece que la muerte te sentó bastante bien.
—Sí, eso parece. Pero te equivocas un poco, no estoy muerta —le expliqué—. Aunque no se podrá decir lo mismo de ti en unos momentos —abrió los ojos, por primera vez con horror. Eso me provocó una enorme sonrisa.
Se puso en posición defensiva, pero antes de que pudiera girar la cabeza yo había envuelto su cuello con el cordón de las cortinas. En menos de un segundo lo arranqué de su sitio y le agarré con él. Seguramente trató de forcejear conmigo, pero yo ni me daba cuenta. Mi fuerza era infinitamente superior a la suya y cualquier cosa que pudiera hacer él, para mí no suponía absolutamente nada.
—Te lo diré, te diré dónde está —jadeó casi sin poder respirar. Yo no estaba usando toda mi fuerza, únicamente le agarraba con el cordón, pero eso ya era bastante para él.
—Te escucho —exclamé. Bien. Eso era lo que yo quería, pero evidentemente no iba a perdonarle porque me dijera lo que pedía. Hiciera lo que hiciera no iba a salir de Rochester—. No tengo todo el día.
De repente él no decía nada, no me puse a pensar que probablemente no podía hablar por la presión que ejercía sobre su garganta.
—Podemos jugar a algo —le empecé a decir—. Cada segundo que pase sin que hables, puedo alejarme más. Eso sí, llevando conmigo el extremo del cordón. Ya verás, es muy divertido —dije entusiasmada. Mis ojos brillaban de la emoción.
No parecía reaccionar ante mi propuesta. Fruncí el ceño, no me gustaba que no me prestaran atención.
Eché a andar y me coloqué frente a él,f Fue entonces cuando me di cuenta de que me había estado haciendo una serie de gestos.
—¡Huy! —exclamé, seguido de una pequeña risita. No podía hablar, por eso no me había contestado.
Destensé un poco la cuerda, lo suficiente para que pudiera decirme que Royce King II se encontraba en Syracuse, una ciudad relativamente cercana a Rochester. Perfecto. Lo había conseguido, sabía el lugar concreto al que se había trasladado. John pensaba que iba a soltarle, que una vez me hubiera dicho lo que le había pedido yo le dejaría marchar, pero eso no iba a ocurrir. No. Iluso.
El cordón resultó muy útil aquella noche.
Pocos días después, logré que los Cullen me dejaran marchar. No fue fácil, pues sabían perfectamente lo que quería hacer y no les agradaba demasiado, si bien gracias a mi persistencia conseguí que no se opusieran a ello. No lo apoyaban, pero no pensaban retenerme para que no me fuera. Les prometí que regresaría, que no iba a dejarles y aquello pareció tranquilizarles.
No quería abandonarles, mi intención era otra y no tenía porque interferir en mi relación con ellos.
Una vez que todo hubiera pasado no habría ningún problema para que viviéramos tranquilamente, en otro lugar.
Evidentemente, no elegí el transporte habitual, me marché corriendo. Yo no tardaría mucho tiempo en llegar.
Una vez estuve dentro de la ciudad, me planteé un par de cosas: la primera, referente al dolor que iba a infligirle a ese hombre; esperaba haber sido bastante contundente con las muertes de sus amigos como para ponerle sobre aviso de lo que le esperaba. Que se diera cuenta de que él era el siguiente. Así el miedo jugaría a mi favor, junto a mí. Todo sería mucho mejor que hasta ahora, trataría de que fuera lo más doloroso posible. Igual que había sido para mí, pero, por el contrario, al final él no continuaría viviendo.
Llegué al centro de la ciudad.
Idiota. Que fuera idiota era la única explicación plausible que encontraba a que se hubiera ido a esconder en el centro de una de las ciudades más próximas a Rochester.
Pasé frente a una pequeña tienda de ropa. Al principio no me fijé demasiado en el escaparate, a pesar de tener tiempo de sobras, pero regresé atrás. Algo llamó mi atención de manera fugaz: un vestido de novia.
Esbocé una sonrisa. Se me había ocurrido algo.
Aproveché que hacía varias horas del cierre y que no había nadie cerca, para colarme en la tienda sin armar escándalo. Me acerqué al maniquí sobre el que habían colocado el traje que atrajo mi atención y, sin más, lo cogí. Yo no solía hacer ese tipo de cosas, no me dedicaba a ir por ahí robando vestidos de novia, pero tampoco me dedicaba a ir matando gente, y en aquellos días era lo que había estado haciendo.
Sería estupendo. Iba a ir a buscarle llevando puesto aquel vestido. No era, ni de lejos, tan bonito como el que iba a llevar en nuestra boda, pero no importaba.
Me lo probé y me acerqué a uno de los espejos de pared que tenían allí. Me quedaba perfecto. El vestido podía no ser hermoso, pero yo sí lo era y eso lo compensaba. Probablemente aquel hecho fue de lo más infantil, si bien creí que tendría gracia. Quizá mis intensos ojos de color rojo desentonaban un poco, si bien así le sorprendería. Más aún.
Arreglé como pude mi melena y me coloqué bien el vestido. Tomé mi ropa y la metí en un pequeño bolso. Instantes después salí de la tienda y continué con mi camino.
Según me había dicho John, sin demasiado inconveniente en confesar el paradero de su supuesto amigo, Royce King II había decidido esconderse en un almacén en el centro de la ciudad. Durante un viaje de negocios en el que suplió a su padre, le llegaron las primeras noticias de las muertes de sus amigos y todo aquello comenzó a inquietarle, más aún viendo que uno tras otro todos habían ido muriendo sin que hubiera noticias de qué había ocurrido. Al final, decidió esconderse. Sabía que iba a por ellos, luego mi idea había funcionado a la perfección.
Era casi medianoche cuando llegué a la puerta del almacén. Hice mucho ruido al entrar, quería que supiera que había llegado. Me hacía ilusión.
El sitio estaba más arreglado de lo que parecía por fuera, incluso tenía algunos espacios habitables. Comencé a buscar por todas las estancias que encontraba, pero no parecía haber nadie.
Estaba empezando a impacientarme, no me gustaba nada todo aquello. Y ¿si me había mentido aquel mal nacido? Quizá había sido demasiado confiada pensando que un hombre a punto de morir, sabedor de que existe una ínfima posibilidad de que no le ocurra nada malo si confiesa un pequeño detalle, sería capaz de decir la verdad.
Recorrí el resto de las habitaciones más deprisa, me estaba poniendo demasiado nerviosa.
Comencé a tirar las cosas que iba encontrando a mi paso, incluso pensé que sería una imagen bastante pintoresca: una mujer como yo, vestida de novia, en un almacén, destruyendo todo a su paso. De repente me di cuenta de que había olvidado revisar un pasillo, estaba bastante oscuro y de lo rápido que pasé no le presté atención.
No había sólo una persona allí aquella noche, en cuanto entré en aquel pasillo pude notarlo.
Pronto me di cuenta de que estaba en lo cierto, ya que había dos guardias frente a lo que parecía una puerta bastante grande. Tan pronto como me vieron acercarme empezaron a sacar sus armas, pero antes de que lo lograran yo ya les había matado. No me llevó demasiado hacerlo, les partí el cuello en menos de un segundo.
Eso no estaba previsto, mas era lo único que podía hacer, ya que me habrían llegado a entorpecer en mi misión.
Con los guardias tirados a mis pies, observé la puerta: era bastante grande y por lo que parecía también tenía un grosor considerable. Me encogí de hombros y pegué un golpe seco con mis dos manos. Al segundo siguiente, la enorme puerta estaba a mis pies, como todos los demás.
En cuanto se dejó de escuchar el sonido del golpe, otro llegó a mis oídos: un grito. Pero no un grito cualquiera, sino uno de Royce. Estaba allí, no me habían engañado. Lo había conseguido y estaba a punto de terminar con mi venganza.
Eché un vistazo rápido a la estancia. No era demasiado amplia y ni siquiera tenía ventanas. Evidentemente, mis mensajes habían llegado a su destinatario a tiempo y él se había dado por enterado de lo que estaba ocurriendo. Aunque, seguramente, esperaba equivocarse. Se había pegado contra la pared.
—Vaya, siento lo de la puerta, querido —le dije con fingido tono triste. Fui acercándome lentamente a él, a paso humano. Él no se movía, su rostro estaba totalmente pálido y había comenzado a sudar. Su corazón latía muy deprisa—. ¿No vas a saludarme? —le pregunté dulcemente. Mientras ladeaba la cabeza hacia un lado y le sonreía.
Me costó mucho portarme así, únicamente con mirarle ya me daban ganas de vomitar. Sin embargo, todo aquello entraba dentro de mi pequeño teatro.
Royce cerró los ojos, para abrirlos al segundo siguiente. Repitió aquel proceso varias veces y supuse que quería comprobar si estaba despierto o si seguía dormido, como hasta hacía pocos minutos. Cuando los mantuvo abiertos, se echó a llorar. Se llevó las manos a la cara, tapándose los ojos.
—¿Por qué estás triste? —le volví a preguntar, tratando de crear algún tipo de respuesta por su parte—. ¿No te gusta mi vestido? —le pregunté, haciendo pucheros como si fuera una niña tonta. Sostuve un poco el borde de la falda con las manos y comencé a dar vueltas sobre mi propio eje. Trataba de atraer su atención, pero él seguía llorando—. No es exactamente igual que el que tenía preparado para nuestra boda. No es tan bonito, pero es lo único que pude encontrar a estas horas. Ya ves.
—No… no… —decía él. ¿No, qué? Primero no me hablaba, luego me ignoraba, y ahora ni siquiera articulaba palabra. Fruncí el ceño—. No eres real —dijo al fin.
—Créeme, Royce, soy muy real —le aseguré. Ya me encontraba frente a él—. ¿No me ves? Soy yo, tu Rose —giró la cara—. Mírame. ¡Te he dicho que me mires! —le ordené a gritos.
Estaba temblando, pues el miedo se había apoderado de él de una manera que jamás creí fuera posible.
Eso me encantó, quería que me temiera. Quería que tuviera claro quién poseía el control. Y deseaba que sufriera, que le doliera mucho. Después de haber sido capaz de mantener mi autocontrol con sus cuatro amigos, no me sería difícil permanecer mucho más tiempo con él que con los demás; ya había puesto a prueba mis aptitudes y lo había logrado con nota.
Él seguía sin parar de llorar y gimotear, tratando de taparse el rostro con las manos.
Ya me había cansado del teatro. Le di un golpe en el estómago y cayó al suelo. Chilló, como lo haría mucho aquella noche. Eso no iba a ser bonito. En realidad, para mí sí iba a serlo, mas no para él. Como yo había deseado, todo duró mucho, mucho tiempo.
Y cuando por fin terminé, pensé que había una cosa más que podía hacer.
Quedaba unas dos horas para el amanecer, así que le cogí en mis brazos y le saqué de allí. Eché a correr otra vez, hasta llegar a orillas del lago Oneida. Una vez allí, le lancé a sus aguas. Si nadie iba a saber nunca qué había ocurrido en realidad conmigo, tampoco lo sabrían con él. Estábamos empatados.
Desde allí, con el vestido de novia puesto, observé cómo su cadáver se hundía lentamente. Quizá algún día le encontrarían, no lo sabía y tampoco me interesaba.
Emprendí el camino de vuelta a Rochester, a reencontrarme con mi nueva familia.
-.-.-.-
N/A: Ya vamos viendo cómo se sentía Rosalie pasado algún tiempo desde su transformación. Al principio, como explica ella en su capítulo, no piensa demasiado en las consecuencias de todo aquello, sólo le importa su belleza desmedida. Pero la cosa ya no es así, se ha dado cuenta de todo lo que ha perdido y todos los sacrificios que va a tener que llevar a cabo.
Bueno, me he permitido poner a Edward al piano porque lo adoro (tanto a Edward como al piano, y en combinación más todavía xD) y porque me pareció interesante para la historia. Para los que no sepáis todavía cómo suena la magnífica Fantasie Improptu de Chopin, podéis escucharla aquí: http: / / www. youtube .com /watch?vqa0Z6g1XJkU (sin espacios). Es una de mis piezas favoritas del polaco.
Está bien claro que Rosalie llevó a cabo su venganza, pero no sabemos ni cuándo ni cómo, así que puede que mi versión no coincida con lo que Meyer ideó en su cabecita; pero es lo que la mía creó a partir de lo que ella cuenta. Por eso quise que hubiera algo por lo que Rose decidiera hacer todo aquello, que hubiera algo que encendiera la mecha de su ira; y pensé que la nueva boda de Royce sería lo que mejor funcionaría. Algo como eso sería suficiente para que Rosalie bajara a la tierra y se diera cuenta de las cosas, de la maldad de las personas y de que, en realidad, ella no supuso nada para Royce. Yo pienso que al principio Rosalie era algo ingenua con respecto a todo lo que pasó y por qué, si bien la ira hacia ellos estuvo desde siempre.
Llegados a este punto ya vemos que a Rosalie no le importa nadie de Rochester, ni su familia. Ella asume que todos dejaron que ocurriera aquello y que nadie hizo nada por remediarlo. Además de haberse dado cuenta de que, en su mayor parte, todo ocurrió por el afán arribista de su familia. Ya no le importa si el pueblo cae en la desgracia o si acaban linchándose los unos a los otros.
Espero que el capi os haya gustado y ya sabéis… a darle al "Go", que os estoy esperando con una enorme sonrisa.
