Segunda parte, ya la mitad de este mini fic. Muchas gracias por leer, y si es su voluntad, por comentar 3

En este mes subiré la continuación ;D

El café de la cuarta avenida.

capítulo 2: so dreadful

— Sólo si tú quieres hacerlo, no me molestaré si no lo haces.

Su mirada se deslizaba por cada rincón de la sala buscando algo que lo distrajera, alguna excusa, una ventana rota por la cual huir. Pero nada, sólo esas tontas marionetas, maniquís, algunas pinturas. Sus ojos se resignaron en posarse en las manos del chico, pequeñas, pálidas y tibias; siempre manchadas de algo, llámese acrílico, rebaba, óleo o barro.

Y es que estaban allí, lejos del pasado. Ese era el preciado sueño de ambos, la promesa que hicieron en el bachillerato: marcharse a la ciudad y tomar alguna carrera de bellas artes en la misma universidad.

Lo de rentar solo un pequeño departamento y compartir casi cada centímetro de su intimidad era un extra agridulce, después de todo, viajar diario desde su hogar natal hasta la ciudad era impensable y es más fácil mantener una hogar entre dos. Dejar todo atrás parecía idóneo cuando era un sueño, complicado cuando se materializo en un plan, cuando hubo que despedirse de sus familias y de todo lo que conocían hasta ese momento, cuando estaban en el borde de lo desconocido se volvió terrible. Cuando estuvo hecho, no hubo forma de dar vuelta atrás y el sueño se convirtió en una extraña realidad, un difícil camino que habían decidido recorrer descalzos.

Deidara no fue admitido, reprobó el examen práctico y discutir con sus aplicadores no le valió más que el veto absoluto. Las cartas estaban echadas, estudiaría en una universidad diferente, menos prestigiosa pero también tenía la carrera que quería. Era impensable proponerle que dejara su lugar y le acompañara en su fracaso, los planes habían cambiado y estarían separados gran parte del día. Mantuvo con todas sus energías un falso optimismo, no le quedaba mucho más que hacer.

«Está bien ¿no? De cualquier manera seguiremos viviendo juntos» trataba de consolarse.

Y es que el rubio tenía una extraña fijación con su compañero, desde que se conocieron discutían, sin embargo, de una forma u otra había un entendimiento implícito entre ambos. Eran dos hombres, dos artistas, dos humanos. Cada uno era muy entregado a su correspondiente arte. Y eso era lo que mantenía su relación, el arte.

Pero el otro chico era mucho más dedicado, o tal vez más distante a todo lo demás. Desapegado, como si viviera en la época de los grandes escultores renacentistas que no dejaban una obra hasta que la piel de las manos se les desprendía por el arduo trabajo.

Sí, era frío, era sarcástico, arrogante y orgulloso; pero era su amigo de hacía años. Le perdonaría que no saliera de su cuarto en días, que no se despidiera al irse ni saludara al regresar, que no comieran juntos otra vez, le perdonaba ser un imbécil con él porque también le había hecho daño. No podía exigir sin dar algo a cambio, pero no se atrevía a dar lo que quería recibir del otro.

«Te extraño, extraño como éramos antes».

Esto era más que un sentimiento de mero compañerismo, algo mucho más fuerte. Pero la diferencia era apenas visible, difuminada en tonos ocres y rojos.

— Está bien, de cualquier manera, no esperaba que lo hicieras— dio media vuelta y se marchó a su cuarto.

En cada pasillo había innumerables pinturas, algunas completas, otras a medio hacer, como una galería del caos. Se podía identificar con facilidad cuales eran de uno y cuáles del otro. Llenas de color, con trazos fuertes y manchas por doquier, un trabajo sucio pero dotado de una enorme expresividad; rojo, amarillo, azul intenso; el chico rubio sabía comunicar con la imagen, perturbaba la forma en que sus retratos miraban al espectador, a veces feroces, a veces taciturnos, a veces sensuales. Se veía a kilómetros su influencia y cariño por el impresionismo, esa corriente tan duramente criticada por su supuesta carencia de sentido y criterio social, por su aparente falta de erudición, relegándola a una bonita postal que regalar, nada más. «Patrañas» pensaba él «yo sé lo mucho que la historia del arte moderno le debe a los grandes maestros que reivindicaron el color y crearon el movimiento en la pintura ». Tal vez tendría razón, pero la fotografía se metió en el juego de los paisajes bonitos y las reglas se volvieron más injustas para artistas como él.

Los otros cuadros estaban separados por un abismo conceptual inimaginable, eran de una técnica superior, con mucho detalle y una anatomía exacta envidiable, rozando en el ecorché. Carne, músculos, pelo y piel sin pudor. Ojos vacíos. Sí, eran hermosos pero cada persona, objeto y paisaje dentro de sus composiciones parecía estar perdido en el espacio, flotando hacia ningún lugar. Sus obras eran perfectas por su técnica, bellas por naturaleza, pero esa sensación de lejanía les daba un encanto especial.

Contrastando, las del rubio tenían miles de emociones que él, en un arranque frenético desbordante de destreza, desesperaba por comunicar a los demás. Se entregaba, moría y renacía mil veces en sus obras por tratar de llegar a alguien, aunque no todos apreciaran su intento. El otro era un espejo, tan frío y lejano que cualquier mensaje sería interpretado, en el que cualquier espectador podría ver reflejadas sus emociones en la belleza estática que le era concedida.

Deidara entró al estudio del otro, entre pedazos de madera, piedras y barro. Le había dicho mil veces que los trabajos de escultura tal y cómo él los hacía era mejor realizarlos fuera de la casa; dentro, el polvo y el aroma eran sofocantes. Pero no le haría caso aunque sabía que no le hacía bien estar encerrado, no cedería. Ese cuarto daba mala espina, tantos rostros de ojos ciegos, tantas figuras, tantos cuerpos, tantas imitaciones y solo dos chicos reales dentro.

—Lo haré, pero tú tendrás que ayudarme también, como modelo para mis prácticas.

El problema no era aceptar su proposición y dejarse atar al más puro estilo shibari para, según, darle ideas para almacenar colgadas sus marionetas humanas y de paso aprender nudos y pintar la forma exacta la naturaleza de la carne entre las cuerdas. Excusas para estimular su…creatividad.

— De acuerdo —. Sonrió, con esa mirada tan tranquila y hermosa de sus recuerdos de la infancia, con ese resplandor perfecto en cada uno de los mechones, a veces lacios a veces ondulados; de su cabellera escarlata, sus ojos más obscuros que los de él y su piel mucho más clara que la suya.

Venus y Adonis de Tiziano, le gustaba tanto aquel chico y temía no poder controlarse ante sugestiones tan perversas.

— ¿Sabes qué es el arte?

Los años llegaron con golpes bajos, Deidara habló lento, cansado. Esa incógnita no le había dejado dormir bien por varias semanas. Sus contemporáneos no dejaban de rechazar su obra, los críticos habían sido más duros de lo que debían ser en más ocasiones de las que cualquiera debiera soportar. Se había preguntado a sí mismo innumerables veces qué era lo que estaba haciendo mal, veía el avance de Sasori y sus pasos no hacían más que maltratar su orgullo. Cada galería que abría entre aplausos y reconocimientos eran lienzos destrozados en ira y frustración por el otro. Cada nueva beca era un recordatorio de la condición precaria en la que se sumiría, en la vergüenza de vivir a expensas del pelirrojo. Cada nueva presea en los pódiums de los primeros lugares eran lágrimas ahogadas en el sanitario del salón de eventos, momentos en los que la impotencia de no haber sido aceptado para siquiera participar le carcomían la piel. No podía negar que le envidiaba, aunque guardaba una verdad mucho más poderosa: no podía odiarlo.

¿Era la escuela a la que asistía? Sabía que repercutiría en su currículo, en la aceptación que le dieran los demás, pero no podía ser tanta la diferencia. Los dos tenían un talento innato, un estilo reconocible pero ¿por qué no tenían el mismo reconocimiento?

Tal vez el error sí era él, él y su idea del arte. Tal vez durante todos esos años se había dedicado a defender y consumirse por un concepto equivocado, por una causa perdida. Sasori sabía algo del abatimiento del otro, por eso trató de pensar con detenimiento su respuesta, sin embargo, no dejaba de mover las manos entre la tinta, trabajaba en una práctica para su proyecto final; sin duda se graduaría de la universidad con honores. Mientras que el rubio estaba a un paso de abandonarla.

— No lo sé.

No mentía ni buscaba una salida fácil a la pregunta. Era la verdad. Había pasado tanto tiempo sumido en la búsqueda de la perfección cuando no estaba seguro de si en realidad era arte o una mera obsesión suya. Comprendía la desesperación del otro, pero no encontraba palabras para expresarle su apoyo, su afecto; siempre había sido demasiado difícil comunicarse de verdad. Su íntimo amigo sufría las consecuencias.

La respuesta fue terrible, insuficiente para el rubio; era idéntica a la suya.

«Si el arte deja de tener sentido, yo mismo perdería significado. Hasta ahora, todo lo que he sido y he hecho es pintura, escultura, imagen y relieve, mi ser se compone de color y de formas; si eso ya no importa ya nada lo hace. »

Dejó en la mesa la libreta llena de garabatos y rayones, había dejado de pintar en lienzos, ahora hacía cientos de bocetos que desechaba una y otra vez. La confianza en sí mismo era algo realmente difícil de recuperar.

Se marchó a la cocina y se dispuso a preparar la merienda, en algún punto de esos años había perdido el afán de discutir la repartición de las labores domésticas porque el pelirrojo no hacía reparos en cubrir todos los gastos de ambos. Así se iban los días en su agenda, toda su vida se estaba resumiendo en un devenir de la reflexión y la frustración. No quedaba más que cenar y dormir en el frío de habitaciones separadas.

—Deidara.

—Hm — ya estaba en la cocina colocándose el mandil, Sasori tendría que elevar un poco la voz para ser escuchado.

—Antes de que inicies a cocinar ¿puedes modelar con las cuerdas un poco más? Estoy a punto de terminar el undécimo cuadro.

Regresó con un cucharon metido en la bolsa del pantalón. Si bien aún era temprano para cenar, las prácticas que llevaba su compañero ocupaban horas, así que el tiempo destinado al descanso nocturno de ambos sería recortado. Suspiró «de todas maneras no iba a poder dormir bien».

Se encaminó a su cuarto, cada vez más lleno de libros de teoría y menos obras suyas, había hecho el acuerdo de modelar para Sasori pero sólo en su habitación. Comenzó a desnudarse en lo que el otro había ido a lavarse las manos y sacar las dichosas cuerdas rojas de media pulgada de algodón que le había regalado al rubio para que las usase para él.

Llegó a la habitación y le plantó un beso amistoso en el hombro.

—De verdad, gracias por hacer esto.

No podía ser más honesto, que accediera a cumplir esos favores era algo de una importancia increíble para el pelirrojo; era un desahogue de sus tareas cotidianas, de su estilo de vida. Y en cierta medida, también lo era para Deidara. Entregarse por poco tiempo, de esa manera, le parecía algo más allá de una experiencia artística, pero interpretarlo de la manera perversa en la que quería hacerlo le parecía absurdo. Aunque no le quitaba las ganas de suponer que así era, que era algo diferente a lo que siempre sucedía; total, por soñar no se paga y sus pensamientos nadie los podría ver.

¡Al demonio todo lo demás! quería imaginar que él le deseaba, que le quería de la forma en la que él lo hacía. Y no estaba tan alejado de la realidad.

Lo sentó en su cama y anudó parte por parte con la mayor de las parsimonias, con cuidado, con cariño. Ató las finas manos del rubio a su espalda e hizo de su cabello una única coleta. La deshizo, creo una trenza floja y la volvió a deshacer, dejando el cabello largo, sedoso, caer libre en su espalda. Lo tocó, más de lo que debiera. Paseó las yemas de sus dedos a lo largo y ancho de su piel, aspiró su aroma, se deleitó con los colores, las formas, las texturas. Porque oh, los artistas, los artistas como ellos veían el mundo de una manera diferente, podían llegar a un éxtasis inimaginable con la pura apreciación de la escena, la observación a profundidad, en cada detalle de la naturaleza de la realidad. Absorben el mundo entero con sus ojos, sus manos, juegan con todos sus sentidos hasta que llega una mezcolanza del todo a su corazón y, en catarsis brutal, el arte nace. Nace en todas sus formas.

Sasori lo devoraba, guardaba cada parte de él en su memoria y en sus más queridas obras. Para él, el chico era su concepto máximo de belleza. Su complexión delgada, sus músculos apenas marcados, sus llamativos ojos azules y su siempre perfecto delineado contorneándolos como el oro que enmarca el diamante de un anillo, el fino velo de su piel con irregularidades encantadoras, no era un péche claire uniforme; sus pies eran un ápice más amarillos y sus manos un poco más rosas, más cálidas; sus piernas eran muy claras, más cerca de un blanco con gotas de color que color rebajado con blanco, su espalda tenía algunas cicatrices interesantes de retratar y sus brazos surcados por las líneas rojas de las cuerdas le daba un plus a la composición. Era perfecto.

Tenerlo así, era un pequeño fetiche, algo secreto. Las alucinaciones nocturnas que se hacía con sus muslos desnudos sobre su cama y su sexo expuesto ante él conformaban el estímulo para darse placer en sus contados ratos libres. La forma en la que deseaba a Deidara era su, ya tardío, despertar sexual. A sus veintitrés apenas se asomaban los deseos de un chico de dieciséis. El rubio era la relación más duradera que había tenido con otro ser humano, tan antiguo era su apego por él como por el arte; el tiempo y la forma en la que convivían era lo más cercano que tenía de una pareja en su sentido romántico. Y quererlo así, era un pequeño sueño, algo secreto.

Sin embargo, él siempre había sido muy recatado, al extremo de la frialdad. No solo no le comunicaba sus deseos carnales, sino que nisiquiera se dignaba a demostrarle su aprecio. Pero quería tenerlo, solo para él y por siempre. Entonces las cuerdas despertaban en él una extraña malicia, le gustaba que no pudiera moverse a voluntad y la sucia idea de que si él quisiera huir no podría hacerlo de ninguna forma, como si fuese entregado para sí. De hecho, si su voluntad menguaba más, finalmente cedería a todo, sería suyo e hilos invisibles le atarían de por vida a él. Un amor eterno, sin escape. Un cuerpo desnudo a su disposición, las ideas se arremolinaban dibujándole una maliciosa sonrisa en el rostro. Tenía el control y eso era excitante para él, en todos los sentidos.

Su miembro se endureció casi sin permiso y no pudo negarle a su mano cambiar el sitio de las atenciones que debía ocupar. Nunca antes le había fallado tanto su autocontrol, él era la definición perfecta del decoro y el pudor en sus acciones, pero es que ese chico le volvía loco.

—Voy a pintar tu espalda, no te vayas a mover, no voltees ¿está bien?

Maña, plan perfecto, usar de pretexto una práctica anatómica era ideal desde su posición. Y no le era usual mentir, cada que lo hacían todo era muy formal y profesional, pero la decencia se le estaba yendo en el deseo.

—Sí. Está bien.

Su voz, su voz dulce de hombre joven. « ¿Sí?, ¿está bien que me deje sentir esto por ti? » sonreía al imaginar las posibilidades de esa afirmación si cambiaba el contexto, en un "sí, está bien si nos desnudamos juntos", "sí, está bien si hacemos el amor".

El lento vaivén de su mano trató de ser lo más silencioso posible, conformándose con tocar con mayor atención aquellas zonas que sabía le causaban más satisfacción, sus gemidos de placer fueron cuidadosamente callados, ahogados en su garganta y su respiración la controló en la medida de lo posible, aunque lamentó la represiones. En la siguiente práctica pondría algo de música. Tal vez la próxima ocasión sería un deleite para ambos.

Su perversión y su goce se extendieron sobre el tiempo, durante varios minutos, hasta que se sentía llegar. Entonces recordó, no tenía papel o algún sitio en donde deshacerse de su semen, pero era tarde, ya estaba al borde del clímax y suficiente preocupación tenía por no ser escuchado. Tomo lo primero que estaba a su alcance, siendo la paleta de acrílicos el desdichado objeto, y allí, junto al resto de colores, un líquido blanquecino hizo el mismo sonido que haría de exprimirlo de un envase como los del resto que le hacían compañía. Inevitablemente rio, una risa sincera, libre, etérea. Un pequeño testimonio de la travesurilla que acababa de hacer.

— ¿Sucede algo?

— No es nada, solo que salió más pintura de lo que esperaba.

Un bodegón, una simple práctica conjunta para pasar el rato. En el comedor habían puesto el frutero sobre la mesa y un par de copas de vino que serían consumidas al terminar, era domingo y las tareas de ambos eran pocas en esa ocasión.

Era tiempo para estar, para estar allí, estar juntos y disfrutar. La pintura se deslizaba suave por el lienzo, como una deliciosa crema esparcida sobre piel húmeda, a cada pincelada las manos de ambos se relajaban, el óleo es una técnica lenta que permite tomar las cosas con tranquilidad.

—Voy a tomar más de tu cobalto, mañana compraré otro.

—No hay problema, también trae más bastidores y necesito otro juego de gubias. Puedes tomar el dinero de mi cuarto.

La mirada de Deidara no supo escapar del perfil del chico, su nariz pequeña y sus ojos de muñeca de porcelana, era difícil creer que de verdad era un chico y no una musa divina. Su vista se quedó adherida a él mucho más tiempo del que debería para pasar desapercibido, apenas un poco más de lo soportable para la corta paciencia del pelirrojo, quien volteó a verlo brevemente y después de girarle los ojos en un ademan de descontento, replicó.

— ¿Vas a pintar esas uvas o me vas a pintar a mí?

—Tú me gustas más. Tal vez debiera cambiar de lienzo y pintarte a ti.

Sasori rio, ¿qué clase de broma era esa? Había convivido mucho tiempo con el chico pero nunca había considerado esa parte de él, que él también pudiera sentir y desearlo. No podía ser verdad, no había forma en la que quisiera con él más que una amistad. Continuó pintando y el rubio no apartó su mirada ni un momento, juntando todo el valor del que se creyó capaz, continuó.

—Estoy hablando en serio, Sasori. Creo que me enamoré de ti.

Su rostro se perturbó, todo su ser era un estanque, y esas sencillas palabras eran una vil gota de agua, capaz de alterar la claridad cristalina de su superficie. Sus ojos rodaron hacia los azules que le observaban y su rostro sonrojado le obligó a mostrarle una tímida sonrisa. No existía manera en la que le pudiera mentir.

— ¿Cuánto tiempo hemos ocultado este secreto?

Su mirada regresó a su obra, pero la mano que sostenía el godete dejó aquel objeto en la mesa y buscó la mano del rubio. Sosteniéndola, brindándole un poco de su calidez.

—Sasori…

Volteó y unos tersos labios se encontraron con los suyos, devorándolos. El peso de ambos venció el banco del pelirrojo y cayeron al suelo. Las manos aun sucias entraron debajo de sus ropas, rozando, acariciando salvajemente mientras los besos paseaban entre su boca, su cuello y su pecho que a tirones desnudaba.

— Tú y tu maldito carácter explosivo… — extendió sus manos hasta llegar a los cabellos dorados del chico y sostener su nuca, dirigiendo la cabeza del otro al lado de la suya —…hacen que te ame tanto.

Entonces Deidara lo entendió, vislumbraba la verdadera forma del sueño que había concebido hace tantos años. Él quería estar junto a su amigo, su compañero de estudios pictóricos, su pareja de desgracias y de felicidades.

Podía vivir así, renunciaría a un poco de su orgullo al ser mantenido por él, a cambió de crear arte por y para sí nada más, sin importarle un reverendo carajo si los demás apreciaban su obra o no. Podía vivir así, con él, para siempre, porque lo amaba, y creía que su amor era más grande que cualquier cosa en el mundo.

Sus ojos, sus cuerpos, sus almas, se conectaban. Y ya no había nada más que hacer. Ese era el sueño de ambos.

Habitación de paredes blancas, sin cuadros, ni ventanas. El maldito sonido de la lluvia golpeando el techo. Deidara, extenuado, abrió los ojos, miró sus manos, estaban limpias, hacía años que no pintaba más. También estaban solas, estrujó una contra la otra y sus dedos, ahora más delgados, buscaron entre ellos señales del anillo que él le había regalado. No estaba, o bien, nunca existió.

En esos años no había hecho otra cosa más que recordarlo, una gota se escurrió por el contorno de su rostro. Tenía una tragedia mayor que haberlo perdido.

«Ese recuerdo. Ese recuerdo es falso».

Las lágrimas rompieron la barrera de su retina y corrieron libres por sus mejillas.

«Es sólo un sueño».

Rodó y del otro lado de la cama estaba un rostro diferente, con el cabello corto y negro, con una cicatriz enorme desfigurando la mitad de su rostro. Un suspiro murió dentro de su corazón y se levantó, apenas pudiendo con el peso de su alma. Estaba solo, si Sasori ya yo estaba con él, no habría nadie más que mereciera hacerle compañía.

«Si el arte deja de tener sentido, yo mismo perdería significado. Hasta ahora, todo lo que he sido y he hecho es pintura, escultura, imagen y relieve. Todo mi ser se compone de color y de formas; si eso ya no importa ya nada lo hace».

Esas palabras las había repetido hasta el hartazgo cuando vivía con él, luego consideró anexar al chico a la lista. Ahora, nisiquiera eso tenía sentido. Nada de lo que había sido lo tenía, su propio pasado era una mezcla de recuerdos reales y falsos, el periodo de duelo había sido demasiado difícil para él. En parte por su enorme sensibilidad, en parte por la terrible falsa seguridad de que él estaría allí, para siempre.

«Todo es tan estúpidamente efímero».

No se tomó la molestia de darse una ducha caliente, con sentir el agua escurriendo por su cuerpo y el jabón limpiando las huellas invisibles del tacto que ese otro hombre le había dejado esparcidas sin gracia sobre su piel, le era suficiente. Vistió las prendas de siempre y su cabello fue anudado sin mucho cuidado.

Tomó un paraguas ordinario y salió a la cuarta avenida, a buscar en el lugar de siempre a una persona con la que ya no se atrevía a intercambiar palabras. Tal vez era porque lo conoció en su peor estado y en la segunda ocasión su ira se hizo presente, además, no tenía muchas excusas para volver a hablar. Había pagado el favor de la primera noche, no le debía nada. Sin embargo, algo le impulsaba a buscarlo, esa maldita necesidad.

Esa necesidad de llenar el enorme hueco que le había dejado aquel sueño destrozado.

Vislumbró la cafetería y dentro de ella, en la mesa en que lo había visto ya más de una decena de veces, estaba él. Lo había acechado en el transcurrir de las semanas, a medida que los recuerdos de su pasado amenazaban con hundirlo, él buscaba consuelo en esos ojos negros. Y lo mismo podría decirse del otro. Muchas de las veces en las que ambos habían coincidido sin hablarse era porque se buscaban, aun sin encontrarse del todo.

Esa eterno divagar bien podría ser una reminiscencia de alguna otra vida pasada, en la que fueron y se tuvieron, en la que su búsqueda dio frutos y nació un amor puro y sincero, uno en el que él rubio sería los ojos de aquel azabache casi ciego, enseñándose el uno al otro el lado bueno del mundo. Pero era eso, apenas un recuerdo de algo vivido en otro tiempo.

Hoy, Deidara tenía el valor para encontrarlo. Dejó su suéter y su paraguas en el sitio correspondiente y se sentó en la mesa de Itachi. Se saludaron como si fuese lo más normal del mundo, como si después de verse dos veces ya eran viejos amigos. Aunque, en realidad, ya podrían considerar a la suya una amistad especial. Lo sabían, incluso podría ser más profunda que algunas mucho más longevas.

Pasados los saludos, tardaron bastante más en comenzar a conversar, después de todo ¿qué podían decirse? Al final, el rubio se las ingenió para hablar otra vez del clima, tal vez por rezago natural del ser humano que tiene aun una parte primitiva, que por más que cree controlarlo todo, no puede dejar de preocuparse por el tiempo que hará durante el día.

De ahí, la conversación se dejó fluir con naturalidad, un repaso entre "¿qué tal está tu amigo del cubre bocas azul? No recuerdo bien su nombre ¿cuál era?, ¿dónde se conocieron?" y "entonces vivías con ese compañero tuyo en un poblado al sur ¿verdad? Debió de ser difícil acostumbrarse a la ciudad"

Todo habría ido de la forma cómoda y simple de aquella primera ocasión, sin embargo, el rubio alcanzó a mirar moretones que se asomaban debajo de las mangas largas del azabache, a la altura de sus muñecas. Creyó que era un efecto de la sombra, pero prestó atención y se veía uno similar cerca de donde nacía su cuello y uno más, un poco más tenue, tal vez maquillado, en su quijada. No lo pensó demasiado y ese fue su error, dejó que las palabras salieran sin su permiso.

—Creí que dijiste que él no era violento.

La mirada del azabache se volvió hostil, el ceño fruncido denotaba que eso era un tema del que no debían de hablar. Decir "él cambió" era demasiado vergonzoso y no tendría el valor de admitirlo.

No tendría el valor de admitir que se cuidó tanto de no volverse como su padre que sin darse cuenta se estaba convirtiendo en su madre.

—Tengo mis propios asuntos.

El silencio se dejó caer, era mejor no meterse en campo minado. Sin embargo, el demonio que iba de parte del apellido Uchiha reclamaba devolver el golpe recibido.

— Y bien, me dijiste que estabas saliendo un chico… ¿Sasori? Creo que así se llama. ¿Cómo está?

Le había comentado eso antes de bailar, cuando estaban en el antro. Pese a su estado de ebriedad, recordaba vagamente que el rubio habló un poco de ese chico, de que era un artista como él y que había querido tener una relación formal, pero no especifico si su romance se concretó o no. Le recordaba explicar que dejaron de vivir juntos, quería escucharlo decir eso de nuevo.

—Sí, era Sasori.

El tono apagado, la tristeza disfrazada de desdén le dieron una mala señal a Itachi, él también eligió mal sus palabras. Sus intenciones tenían malicia, más no maldad.

— Él murió hace tres años.

Hizo otra pausa, no sabía si era buena idea continuar. El solo pronunciar su nombre le hacía daño, revelar su situación actual le era devastador.

Se había ido cuando más lo amaba, cuando más lo necesitaba. Se fue cuando había prometido con acciones estar allí por siempre. Desapareció aquella silueta de su retina y se llevó consigo todo el arte y la alegría del mundo.

— Antes de eso me dejó una nota, en la que me cedía los derechos de todas sus pinturas. Su representante me está ayudando con todos los asuntos legales, se llama Obito, Obito Uchiha — hizo una pequeña pausa, siempre era desagradable admitir lo que conllevaba ese nombre saliendo de sus labios, oscurecía cada rincón de su alma.

— Estamos comprometidos, me cambié a esta ciudad por nuestra nueva casa. Probablemente nos casemos a finales de este año.

Obito Uchiha era un hombre que por desgracia le era muy familiar, y no porque compartían el mismo prestigioso apellido, sino porque había sido pareja de su mejor amigo. Le conocía más por lo que éste le contaba que por lo que podría decir la familia, de la que hacía tantos años se había separado. Después de que aquél sufriera una lamentable tragedia, Kakashi no soportó mucho tiempo su nuevo carácter y lo dejó. Pasado el tiempo supo de él por Kisame, tenían varios compañeros en común y era lo suficientemente imponente como para no dejarse intimidar por el otro.

El último recuerdo que tenía de él era en un bar, en el que estaba junto a su esposo, en una reunión de amigos más suyos que del azabache; allí oyó de él palabras que, con asco en el alma, habría deseado jamás haber escuchado y, ahora, reinterpretado. En su mente se acumuló con rapidez una caterva de frases, rostros, voces, memorias; convirtiéndose en un cúmulo de juicios que trataba de desenredar.

Si mencionaba una nota quiere decir que el chico no hizo un testamento, en otras palabras, él no tenía planeado morir. ¿Una repentina depresión? ¿Homicidio doloso? Dios quiera que no. Por lo general, el costo de una obra se eleva mucho si el autor ha muerto, porque no producirá más. Si su muerte es mediática o interesante el precio se va hasta el cielo.

Los porqué estaban quedándose relegados, el razonamiento se le escapó de la cabeza al corazón y oprimió fuerte en su pecho. Lo entendió, de pronto todo cobró sentido para Itachi. Tal vez sus suposiciones fueran erradas. Puede que su ser, acostumbrado a las desgracias, se inclinara de forma inevitable a la peor opción posible. También sabía eso, sin embargo no podía evitar que entre más lo pensara, más pena sentía por el chico frente a él. Su mano se deslizó hasta encontrarse con la del otro y la sujetó firmemente, con franca solidaridad.

—Lo lamento.

Sí, lamentaba aquella impotencia. Sin que le hubiera hablado de todo su pasado podía suponer lo mucho que había sufrido, lo difícil que debió haber sido perder a alguien con quien se ha convivido tantos años, a quien se ha querido tanto.

La plática ya no pudo continuar con completa normalidad, era difícil retomar temas comunes después de hallarse desnudos el uno frente al otro. Terminaron sus alimentos, la cuenta fue pagada y en la salida se disponían a despedirse. Se miraron por momentos eternos. Los ojos rojos, irritados, sin ganas de permanecer abiertos; con las marcas de quienes han llorado por mucho tiempo. Ambos eran parecidos, sin embargo, el rubio era más joven, cuando se es así de inocente las caídas duelen más y es más difícil vislumbrar el camino correcto.

Entonces Itachi entendió porque era que comprendía tan bien a Deidara. Porque él mismo se veía reflejado en ese chico, en los años en los que perdió a Shisui. El estómago se le hizo un nudo «sé lo mucho que duele ».

Sin que él mismo lo esperara, se acercó para abrazarlo y hundió su cabeza en el hombro del otro "todo saldrá bien" o "yo estaré aquí" eran frases que él más que nadie sabía que no tenían ningún peso, no servirían de nada. Se conformó con abrazarlo, con toda la fuerza de sus débiles brazos, con toda su alma desgraciada. Después, giró la cabeza hasta que sus labios rozaban el pómulo izquierdo del menor. Se aventuró a besarlo en la comisura del labio y seguido de eso, otro prolongado abrazo. Si bien antes no encontraba palabras para darle, ahora no encontraba acciones para que su tragedia fuese menor.

Deidara ya no se iba a ilusionar, desde la última vez ya no esperaba algo serio con el azabache, o al menos eso es lo que se había hecho creer, porque dentro de él había algo que le pedía a gritos una oportunidad para huir del compromiso en el que se había metido, que le obligaba a buscar a alguien que le ayudara a escapar del infinito sinsentido en el que se había convertido su vida.

Sacó de su bolsillo un papel que tenía anotado su número telefónico, lo había preparado por si se atrevía a dárselo y pedirle que no lo abandonara, que no dejaran de verse. Se lo entregó a Itachi y le devolvió el beso, esta vez en la boca, completando lo que no le fue permitido en aquella noche, profundo, casi desesperado, lo besó como hubiera querido besar a Sasori y el otro no tenía forma de negarse.

Cada quien retomó su camino y el azabache no podía con la culpa de sus acciones, no soportada el hecho de que lo disfrutó, de que disfrutó su lengua recorriendo aquellas cavidades, el sabor de su saliva, el aroma que desprendía. Fue un momento suspendido en el tiempo que de ser el mundo más grande repetiría una y otra vez, hasta saciarse, hasta borrar el desprecio que sentía por lo tortuoso de su existencia. Atrapado por siempre, allí, con él. Y ese deseo era lo que le hacía sentir tan sucio.

Aunque tratara de ocultarlo, sus ojos clavados en el piso y el seco saludo que le ofreció a su esposo hicieron que él se diera cuenta de todo en un segundo. La furia le llenó cada poro, pero su pesar era mayor. Itachi ya se predisponía a una nueva discusión, esperaba que los gritos comenzaran en cualquier momento, por lo que fue tan grande su sorpresa al escuchar una voz tenue, un pensamiento apenas materializado en aquella voz tan conocida.

— Te cansaste de nuestra relación.

No era una pregunta, no había forma de responder a eso. Del mismo modo en el que él podría describirle un "vaya, te mojaste mucho" al verlo regresar después de dejar el paraguas sobre la mesa, le anunciaba que veía como todo se terminaba.

Así como podría predecir, al ver como ese objeto había sido olvidado, que él no tardaría en volver empapado, podía seguir el curso de las acciones de ambos hasta ese punto final. El azabache sentía aquellas conclusiones caer sobre sí, los dos eran expertos entendiéndose en silencio, se conocían demasiado bien.

—No salgas con eso otra vez.

Itachi trató de defenderse usando la carta de la indiferencia, fingir demencia y aparentar que nada estaba sucediendo, no era una jugada muy inteligente, sin embargo, era lo único que podía hacer. No tenía ánimo para discutir. Y dada la situación, llevaba las de perder.

— ¿No te doy lo suficiente? —Kisame comenzaba a dejar entrever su furia, su frustración — ¿Qué te ha hecho falta en estos diecisiete años?

—No lo entiendes.

Evadir, evadir hasta llegar a la habitación más cercana y encerrarse, esa era la estrategia y las desviaciones en sus palabras tenían el propósito de darle tiempo hasta atravesar y salir ileso, intentando proteger a su corazón que estaba siendo lastimado por quien amaba y a quien estaba destrozando.

—No, Itachi – san, nunca lo he entendido. Explícame por favor.

Llegó a la puerta de la recamara y entró, poniendo el seguro tras de sí, desplomándose de espaldas a la pared. Lloró, amargamente. Él no quería hacer eso, no quería estar con Deidara; quería quedarse con él, quien había amado durante tanto tiempo y por quien había sido amado era aquel hombre, aquel que se malvivía por los vicios que estaba adquiriendo su irremplazable azabache, no podía sumar una nueva infidelidad a la lista. Entonces ¿por qué?, ¿por qué estaba haciendo todo eso? Se llevó ambas manos a la cara, cubriendo su vergüenza y dejando escurrir sus lágrimas.

«Yo tampoco lo entiendo».