UNO

KIRKLAND

EL CARIBE, 1735

El Capitán Arthur Kirkland de la HMS Rose, un enorme buque de guerra, limpió el filo de su bayoneta en la manga de la camisa de algodón del cadáver. El hombre apodado Serge había sido relativamente atractivo para un canalla de mala vida: rubio, ojos azules. Había luchado con fiereza, pero borracho: lento, arisco y mal entrenado en el arte de la espada. Era un despiadado corsario que acababa de probar la justicia de la mano de Arthur; buscado por robo y deserción, sentenciado a muerte por múltiples asesinatos, incluida su mujer. Durante un año había vivido entre lujos, sin ser molestado por la ley, pero ya no más.

"Nadie escapa a la justicia del rey", pensó Arthur con orgullo.

Estaba a punto de irse: ya había ordenado a sus hombres que quemaran la casa y todo lo que hubiera en ella –ya no había nada de valor- cuando se fijó en la puerta del desván, que colgaba entreabierta. No sabría decir por qué se decidió a echar un vistazo; la curiosidad lo abrumó y guió sus pasos. Llegó a un espacio pequeño y cerrado con cerrojo, con un techo bajo e inclinado. Parecía que se usaba como almacén, a juzgar por las cestas vacías que anunciaban a varios mercaderes de renombre.

"Tan sólo una habitación vacía", pensó Arthur, sintiéndose como un necio y algo decepcionado.

Por fuera era respetado e inflexible, elocuente y decisivo; un capitán de la marina que vivía por su rey y por su patria. Representaba todo aquello que un inglés debía ser, llevando el imperialismo hasta los más recónditos lugares del Imperio, manteniendo el orden. Por dentro, sin embargo, tenía veintidós años y en secreto ansiaba peligros y emociones, combates con espada en tierras extranjeras. Tenía un genio muy vivo, era malhablado y nunca dudaba en defenderse a sí mismo o a su orgullo. Había leído demasiado sobre aventureros bravucones cuando niño e idolatraba a esos temerarios héroes. Pero la heroicidad no pagaba la renta y la vida pirata era corta. Un cargo en la Marina Real era la opción lógica para un inteligente joven de clase media y modesta fortuna. Así que ahí estaba, persiguiendo a los héroes de sus fantasías infantiles: ganándose una vida decente y honesta, defendiendo la ley a base de asesinar a sangre fría.

Arthur suspiró y empezó a irse. La casa se quejó cuando el fuego lamió su base y el humo empezó a alzarse. Fue entonces cuando los vio: dos niños escondidos en el armario, espiándolo.

"Maldita sea, ¿qué hacen dos niños en ese sitio? ¡No deben de tener más de cuatro años!"

Estaban pálidos y sus amplios ojos llenos de terror. Entonces se dio cuenta.

"Oh, joder."

Se parecían tanto a Serge que sólo podían ser sus hijos; mellizos.

"¿Los hijos de su mujer o de otra? Ahora huérfanos, de cualquier modo. Acabo de matar a su padre, y estoy destruyendo su casa."

Una ventana reventó en el piso de abajo, el suelo se calentaba mientras el fuego ascendía. Arthur avanzó y extendió la mano, pero los niños lo esquivaron y huyeron, agarrados de la mano.

—¡Hostia puta! —maldijo, corriendo tras ellos. Eran más rápidos de lo que parecían— ¡Hey, quietos! —gritó, los ojos aguándosele mientras bajaba las escaleras.

La habitación ondulaba entre nubes de humo. Su agachó y sujetó un pañuelo sobre su boca y nariz.

"¿Dónde cojones se han metido?"

Si no los encontraba, siempre podía dejarlos allí, nadie lo sabría. A fin de cuentas, eran hijos de un criminal: mala sangre. Nadie con dos dedos de frente querría quedárselos.

Pero cuando Arthur oyó un chillido, lo siguió sin pararse a pensar en su propia seguridad, y encontró a los mellizos en el salón, tosiendo y doblados sobre sus rodillas. El capitán inglés tomó rápidamente una decisión y, ignorando las protestas, los cogió en brazos. Pesaban muy poco y parecían muy frágiles: malnutridos. Los sujetó fuerte contra su pecho y cubrió sus cabezas con su pesado abrigo; luego corrió fuera de la casa.

No fue hasta más tarde que se paró a pensar en las consecuencias. Y entonces suspiró.

"Oh, maldita sea. ¿Qué hago ahora?"

Arthur escondió a los niños bajo su abrigo mientras se acercaba a su tripulación, dándoles la espalda, fingiendo que llevaba sacos de provisiones.

"Por favor, quedaos callados", pensó ansioso.

Sujetó a los niños en su regazo mientras la lancha los llevaba a The Rose. Esquivó la mirada curiosa de su segundo de abordo; no podía dejar que la tripulación supiera que estaba llevando dos huérfanos a un navío de la marina, iba contra el protocolo.

"Debería haberlos dejado en el pueblo."

Pero al mirar al pueblo costero, lleno de hoteles, burdeles y tabernas, una asquerosa cloaca de las colonias, no se arrepintió de su decisión de llevárselos. Su conciencia le impedía abandonar a dos niños indefensos. Si los dejaba allí, lo más probable era que fueran vendidos, enfermaran o murieran de inanición.

"Los llevaré de vuelta a Inglaterra", decidió, planificando mentalmente.

Podría dejarlos en un orfanato, o encontrar una casa de acogida apropiada para ellos si mentía sobre su linaje. Ser de mala sangre era a menudo razón suficiente para ser colgado, o para vivir aislado de la sociedad, sin importar la edad.

"No debería sentirme responsable por ellos, pero lo hago."

Había matado a su padre, quemado su casa. Obviamente habían sufrido suficiente. Si tan sólo pararan de revolverse…

—Auch —se quejó y apretó los dientes cuando uno de los chicos le dio un rodillazo en la ingle.

Uno de los niños se revolvía, gemía y tosía; el otro estaba tan peligrosamente callado que Arthur temió que se hubiera asfixiado por el humo. Los subió al buque (trepar fue extremadamente difícil con los niños a cuestas) y después los llevó a su camarote privado. Era pulcro y espacioso, aunque habría sido más grande si la pared de babor no hubiera sido convertida en una celda. Cuando entró, Arthur fue cuidadoso e intentó no despertar al hombre que dormía dentro, acostado en un catre. Era un prisionero notable que estaba siendo llevado de las colonias a Inglaterra para ser juzgado. Arthur cerró la cortina que cubría la celda: quería mantener al prisionero bien vigilado, ¡no dejar al comerranas verlo dormir! Acostó a los niños en su cama y después cogió dos copas de agua.

—Toma, bebe —dijo mientras el de ojos azules, adormilado, lo cogía.

El niño lo agarró con sus manitas regordetas y bebió con avidez. Arthur cogió un pañuelo y le limpió la cara, ennegrecida por el humo, y descubrió una gran contusión. Mientras frotaba, Arthur se preguntó cuánto tiempo había pasado desde la última vez que se habían bañado; asumió que muchas semanas.

"Es una lástima. Es una cosita muy mona."

El pequeño era innegablemente atractivo y fuerte, pero mostraba síntomas de malnutrición. Sus grandes ojos azules, repletos de miedo, estudiaban el camarote. De repente se revolvió, golpeó la mano de Arthur y derramó el contenido de su copa.

—¡Maldita sea, chico...! —empezó Arthur, pero se detuvo bruscamente cuando los ojos azules se llenaron de lágrimas, de miedo al castigo— No pasa nada, ha sido un accidente —dijo, rellenando la copa.

Mientras el de ojos azules bebía, Arthur se centró en el otro:

El pálido niño parecía enfermo. Incluso a través de la mugre, su piel mostraba evidencias de abuso físico. Estaba más delgado que su hermano mellizo y tenía tantas heridas y moretones que casi parecía más morado que blanco.

"¡¿Su padre le ha hecho esto?!"

Arthur conocía bien el sentimiento de las palizas, tanto disciplinarias como por diversión, y se compadeció de ambos niños.

—Venga, muchacho, despierta —dijo al niño semiinconsciente, cuyos párpados se agitaron inquietos; levantó el mustio cuerpecito con un brazo y acarició su espalda—. Venga, chaval…

—Mattie —dijo su hermano—. Se llama Mattie. Yo soy Alfwed.

Arthur miró a Alfred: la mirada baja y haciendo pucheros, escondido detrás de la copa. La voz del chico lo había cogido por sorpresa. No había esperado que hablara con tanta coherencia, dejando a un lado la pronunciación, aunque cuatro años eran más que suficientes para formar frases.

"¿Qué le respondo?", pensó Arthur. "¿Cómo le hablo a un crío tan pequeño, impresionable y asustado?"

No era que no le gustaran los niños –de hecho, le gustaban bastante los bien educados-, pero habiendo pasado siete años en la academia y dos desde entonces en el mar, nunca había estado con niños. A pesar de lo intimidante que era cuidar en silencio a dos huérfanos, lo prefería a tener que hablar con ellos. Sin embargo, lo intentó:

—¿Alfred y Mathew? —repitió.

Alfred asintió y luego miró a su hermano con lágrimas en los ojos. Arthur rezó por que no empezara a llorar.

—¿Está Mattie muerto? —susurró.

—No —se apresuró a responder Arthur. "Todavía."

Ansioso, apretó a Mathew, intentando despertarlo. Afortunadamente, el niño resolló, con el corazón palpitando como el de un pajarito. Arthur fue cuidadoso: sabía que los pájaros podían literalmente morirse de miedo. Colocó una copa con agua contra los labios del pequeño y levantó su barbilla, obligándolo a tragar. Segundos después fue recompensado cuando Mathew levantó sus largas pestañas y lo miró con unos preciosos ojos violetas.

Mathew parpadeó, confundido. Estudió la desconocida cara de Arthur; después vio a Alfred y entró en pánico.

—No pasa nada —los calmó Arthur, permitiendo que se cogieran de la mano—. Estáis bien, chicos. No tengáis miedo. Soy el Capitán Arthur Kirkland de la Marina Real, no voy a haceros daño. Aquí estáis a salvo, lo prometo.

Mathew se desmayó poco después y Alfred se durmió minutos más tarde, exhausto. Arthur los cogió a ambos torpemente y los metió en su cama. Se sentía irritado y culpable por su presencia, incómodo, pero afectuoso. Suavemente estudió a los niños, en busca de síntomas de fiebre, sin estar convencido de que no fueran a morir por la noche.

"Son tan pequeños y frágiles… Espero que sobrevivan."

El mar abierto era peligroso y un barco de la marina no era lugar para niños pequeños.

"¿Cómo voy a esconderlos durante seis semanas?", se preguntó.

Pensativo se sentó en la silla frente al escritorio, que estaba lleno de libros, mapas, botellas vacías y colillas, y cerró los puños sobre su pelo color trigo, frustrado.

Mon Dieu, son adorables. ¿Son tus hijos?

Arthur se sobresaltó y respondió por reflejo:

—No, claro que no.

El francés había corrido la cortina lo suficiente como para mirar fuera de la celda y observaba con ternura a los niños, con la cabeza ladeada.

Je adore les enfants! Y esos dos son muy dulces, muy monos… —sonrió y miró a Arthur— Debería de haber sabido que no son tuyos. Pero un buque de guerra no es lugar para niños, es très peligroso.

—Es más seguro que el lugar del que vienen, te lo aseguro —replicó Arthur, irritado—. Vuelve a dormirte, comerranas.

—Francis —dijo el francés, picado—. Ya hemos pasado por esto, Anglaterre. Me llamo Francis Bonnefoi.

—Eres un maldito pirata francés, te llamaré como me dé la gana.

Francis frunció el ceño, ofendido; Arthur apretó los puños. Una semana antes había tenido la suerte de capturar a la infame Fleur-de-Lis y a su capitán, Francis Bonnefoi. La corona lo buscaba por varios crímenes, el menor de los cuales era robo. Era un rico aristócrata que jugaba a ser pirata. Si los rumores eran ciertos, Francis había huido de su hogar adoptivo a una edad temprana, y llevaba esquivando a la Marina Real dos años ya. No había sido capturado hasta que la Fleur-de-Lis se había topado con la HMS Rose durante una endiablada tormenta. Había sido un desafortunado error de navegación por parte de Francis y un golpe de suerte para Arthur. Éste había salvado a Francis del naufragio y lo había escuchado quejarse mientras su barco se hundía.

—¡Deberías haber dejado que me ahogara! —había escupido, furioso, sintiéndose culpable por haber sobrevivido.

Pero Francis era más valioso vivo que muerto. Si el joven de veintidós años entregaba a tan infame criminal para que fuera juzgado, se ganaría un nombre; tal vez incluso un ascenso. De modo que en vez de tirar al francés por la borda, para lo que precisó no poco autocontrol, Arthur había encerrado a Francis en la celda de su camarote para mantenerlo vigilado: su trofeo. No era que no confiara en su tripulación, no exactamente, pero aún no se había hecho de valer ante ellos. No quería arriesgar aquella oportunidad de oro y temía que el francés pudiera intentar suicidarse antes de llegar a su destino.

"Claro que puede que acabe por matarlo yo", pensó, mirando al descarado francés.

Sólo llevaban una semana, pero su paciencia ya estaba agotándose. A Francis le encantaba provocar a Arthur, poner a prueba su temperamento, e iba a seguir haciéndolo mientras fuera más valioso vivo que muerto.

"Aunque podría ser peor", consideró.

Era fácil ver que Francis era de alta cuna. Era educado, elocuente, sofisticado. Incluso medio ahogado se había mostrado chocantemente atractivo, joven y sano. Tenía una naturaleza juguetona y coqueta que molestaba al -secretamente- tímido inglés; se sentía incómodo frente a las descaradas muestras de afecto. No era, estrictamente hablando, muy entendido en el arte del flirteo.

"Pero no importa. Estoy muy ocupado para eso. Soy un capitán de la marina, ¿qué haría con una esposa?"

No. Arthur Kirkland estaba bien satisfecho con su modo de vida actual. Aunque la mueca burlona de Francis, de alguna forma, hacía tambalearse su determinación.

"Deberías haberte quedado en tu lujoso château, maldito comerranas, y desperdiciar tu consentida vida en perseguir mujeres y beber hasta enfermar. Eso es para lo que naciste."

Por qué Francis había abandonado su vida privilegiada para convertirse en pirata era algo que Arthur no alcanzaba a comprender. Si él tuviera en algún lugar una familia a la que volver, se volvería a plantear su profesión.

"Pero no la tengo. No tengo a nadie."

Sin darse cuenta miró a los niños, que dormían pacíficamente.

—Esos pobrecitos bébés… Parecen enfermos —comentó Francis—. Si no son tuyos, ¿son huérfanos, pues?

—Sí, pero…

TOC. TOC.

—¿Capitán? —llamó el segundo de abordo— Estamos listos para levar ancla.

Arthur dio un respingo.

—Ah, sí… ¡Un minuto! —respondió, corriendo junto a la cama y preguntándose si alguien lo notaría si cubría a los niños con una manta— ¡Joder!

Servicial, Francis sacó las manos por entre los barrotes.

—Dame a los enfants, yo los esconderé. ¡Rápido, Capitaine!

—Acabo de rescatarlos, no voy a darlos a un jodido pirata —replicó Arthur bruscamente, aún buscando un lugar para esconderlos.

Vio un baúl grande, pero lo descartó enseguida; estaba ya lleno hasta los topes. Francis bufó, impaciente.

—Si tus hombres encuentran a los chicos, insistirán en que los dejes en el primer puerto (¿cuál es, Tortuga?) y ¿qué harás entonces, Capitaine? Una ciudad mercante es un lugar peligroso, apenas es adecuada para ratas, no hablemos ya de niños. Si se quedan ahí, enfermarán, morirán de hambre, o peor…

—¡Ya lo sé! —gruñó Arthur, y cuando el segundo de abordo llamó otra vez, gritó:— ¡Un minuto!

Alfred se movió en sueños, con el ceño fruncido. Arthur lo tomó en brazos con delicadeza y miró a Francis, que asintió.

—Puede que sea un mentiroso y un ladrón, pero jamás haría daño a un niño —prometió.

Arthur sopesó sus opciones, su mirada yendo de la puerta al sincero rostro de Francis.

—Está bien —masculló.

Pescó sus llaves, abrió la celda y depositó a Alfred en los brazos de Francis. Después se apresuró a volver a por Mathew, cuyos ojos violetas se abrieron de golpe por la sorpresa.

—No, no, no, está bien —susurró mientras acariciaba el pelo rubio del chico—. No llores, por favor, quédate callado.

Oh, petite chéri —murmuró Francis mientras recogía a Mathew de los brazos de Arthur y lo acunaba contra su pecho—. Calma, calma… Tu hermano y tú estáis a salvo. Alfred está justo aquí, ¿ves?

Tímidamente, Mathew alzó sus ojos llorosos. Arthur temía que empezara a llorar o gritar, pero sólo asintió.

—Dulce bébé —dijo Francis mientras se sentaba en su catre con los dos niños; luego miró a Arthur y sonrió.

Impresionado, Arthur se sintió tentado de preguntarle cómo exactamente había conseguido calmarlos tan fácilmente ("ha hecho exactamente lo mismo que yo, ¿verdad?"), pero un tercer golpe en la puerta reclamó su atención.

—No hagas ni un sonido —advirtió mientras cerraba la cortina con agresividad.

Bonne chance, Capitaine.

Era pasada la medianoche cuando Arthur volvió al camarote, agotado. Se había olvidado por completo de los niños hasta que oyó suaves ronquidos. Apartó la cortina y miró el interior de la celda: Francis dormía sobre su espalda, la cabeza caída sobre un lado, con un niño rubio hecho un ovillo bajo cada brazo. Alfred roncaba con la boca abierta y Mathew dormía abrazado a Francis. Era una escena tan doméstica que cogió a Arthur desprevenido.

"Parecen un padre y sus hijos", pensó.

Una sonrisa poco corriente asomó a sus labios, pero se desvaneció en el momento en que Francis abrió los ojos.

—Ya decía yo que de repente tenía frío —bromeó con una pesada sonrisilla—. ¿Me estás mirando dormir, Capitaine?

—No —replicó Arthur, impasible, mientras comenzaba a abrir la celda—. Voy a coger a los niños…

Non! —interrumpió Francis con rapidez, abrazándolos— Están dormidos. No querrás arriesgarte a despertarlos, ¿verdad? Están agotados, y este petite bébé —sonrió mirando a Alfred— tiene un buen par de pulmones. Déjalos aquí, no molestan. Me parecen muy dulces.

—Oh, ¿te lo parecen? Bueno, odiaría incomodarte, rana —se burló Arthur con sarcasmo.

Pero estaba demasiado cansado para discutir. Bostezó profundamente.

—Está bien, juega a ser padre por la noche. Mientras los mantengas callados, me da igual —mintió, sintiéndose extrañamente excluido.

Dicho eso, dejó caer la cortina y se desvistió, dejando sus prendas en el respaldo de la silla, y luego volteó las sábanas. Eran las mismas entre las que habían dormido los chicos y su cama estaba asquerosa, llena de mugre y barro. Parecía húmeda y pegajosa.

—Me cago en la puta —suspiró Arthur y estrelló su cara contra una almohada.