PROLOGO

Elizabeth Chase siempre vivió su vida a mil, le gustaba todo tipo de retos y hacía todo tipo de deportes extremos que le subían la adrenalina, desde esquiar hasta escalar, todo era desafíos y aventuras, hasta que supo que estaba embarazada y todo cambio, para mal. En su sexto mes de embarazo detectaron que el bebé estaba muerto, así mismo su esposo que también amaba la aventura tuvo un accidente en la moto donde iba, muriendo en el acto al estrellarse contra un tráiler, hasta el momento no sabe cómo si él era muy precavido, era más cuidadoso, para colmo de males, su casa se incendió el mismo año que murieron su hijo y su esposo, y de no ser por su hermana menor, por 5 años, Rosaline, ella de repente hubiera cometido suicidio, sus padres habían fallecido cuando ella tenía 10 y su hermana 5, Rosie era todo lo que la mantenía cuerda, al contrario de ella, su hermana era reservada y perspectiva, siempre que Elizabeth tenía algún pensamiento negativo y la depresión la empezaba a rondar, ella llegaba o llamaba en el momento exacto, con esa voz chillona y llena de vida, siempre trataba de contagiarle su optimismo, el mismo que ella tenía hasta que la calamidad de la nada apareció en su vida llevándose no solo al amor de su vida, Iván, también al hijo que nunca llegó a conocer. Sin embargo, que interesante es el destino, a veces, te juega limpio o a veces muy sucio, nunca se sabe. Pero su vida da un giro de 360° cuando conozca al hijo del diablo, y no solo porque sea uno, sino que se trata del mismo hijo de Lucifer. Se verá atrapada en una lucha de la cual nunca jamás esperó enfrentar, atrapada en un mundo que bien la estabilizará o la enloquecerá más, si es que es más posible.

Thorn siempre tenía todo bajo control, todo lo que lo rodeaba, todo aquello que manipulaba, todo, excepto a él mismo, siempre sabía cómo reaccionar y que esperar de sus subordinados cuando metía puyas o acertijos para deleite propio, pero nunca imaginó que los milenios encima no lo habían preparado para un torbellino de mujer que pensaba una cosa, pero hacía otra, era así de cambiante, que se preguntaba si no se trataba de un demonio bien disfrazado o él estaba muy fuera de práctica para tratar a las féminas, aunque él nunca tuvo ningún problema, siempre que necesitaba de algún placer carnal él sabía exactamente qué hacer y cómo conseguirlo, hasta Elizabeth, él pensaba que era una bruja, porque lo había hechizado con ese cabello negro, oscuro como las fosas de sus dominios, que caía lacio hasta la media espalda, y esos ojos oscuros y sin vida que él conocía más que nadie, pero lo más resaltante y que lo hacía ponerse al límite, era que los ojos de ella cuando era tocada por los rayos del sol, cambiaban a un tono rojizo que le era tan familiar, rojo sangre, que hacía que el señor de las tinieblas no solo haría rodar cabezas si alguien se atrevía tan siquiera rozarla, pagarían y con mucho solo si atreviesen a hacer que llorara su ángel endemoniado.