Su alarma sonó por varios minutos, podía escucharla como un eco, haciendo ese molesto ruido que siempre lo obligaba a levantarse de inmediato, pero no obedeció. Por ese día se le antojaba no hacer lo que le ordenaba su alarma, cerrar los ojos y volver a hundirse en la suavidad de su cama como si hubiera dejado de importarle un carajo lo que pasara afuera. Pero no era tan despreocupado.

La culpa lo hizo sentir incómodo retorciéndose en distintas posturas hasta que unos duros golpes que sonaron en la pared lo forzaron a hacerle caso a su instinto y empezar el día.

Bakugou odiaba el ruido de su despertador. Lo apagó, devolvió los golpes como un saludo y como siempre, no obtuvo ninguna respuesta; el rubio nunca tenía tiempo para jugar con él. Su rutina era mucho más estricta que la suya, incluso se levantaba antes que él y para cuando bajaba a tomar el desayuno, el muchacho ya había terminado sus tareas domésticas. Admiraba esas cualidades porque él era alguien desorganizado, le costaba levantarse, no tenía horarios para la tarea o el entrenamiento y solía perderse con facilidad en las obligaciones del día a día.

A veces, quería ser más como Bakugou y menos como él.

En días como ese, cuando era tan difícil salir de la cama y ponerse en marcha, realmente le gustaría poder prestar un poco de su seguridad. La imagen que le mostraba el espejo era lamentable. Pequeño, temeroso e inseguro.

Tenía la costumbre de desvestirse y pararse delante del espejo todas las mañanas. Había empezado cuando entró a UA y se había desarrollado más su musculatura, pero su trabajo actualmente se estaba lleno al caño. Ya no iba al gimnasio ni entrenaba tan a menudo como antes. Por lo que su ritual diario se había vuelto algo bastante deprimente.

Lo que ahora podía ver, eran unas profundas ojeras, piel pálida y un rostro deprimido muy difícil de disimular. Había intentado ocultarlo con maquillaje y practicando videos de meditación, incluso había leído un libro de autoayuda, pero nada había conseguido mejorar su estado de ánimo y cada mañana, lucía un poco más acabado. Ya ni siquiera el rojo de su cabello brillaba tanto como antes. Estaba seco y descuidado. Las raíces negras empezaban a notarse y le daban una apariencia desaliñada muy cercana a la de su tono natural.

Pasó sus dedos sobre los mechones y repasó con mirada crítica el estado del tinte. Necesitaba arreglarlo. Era una cosa más en la larga lista de problemas por solucionar.

Sus músculos, su peso, su piel… tenía toda una gama de imperfecciones que resaltaban demasiado. Era como si de pronto todos sus defectos salieran a relucir y notaba que sus abdominales no estaban tan marcados, que su cintura tenía gramos extra de grasa, que los músculos de sus piernas no estaban los suficientemente definidos, que su figura era escueta, que su cabello era demasiado laceo, que la cicatriz de su ojo era ridícula.

Suspiró con cansancio dejando caer los brazos. Era tan horrendo que ni siquiera sentía ganas de empezar. Casi parecía inútil preocuparse y no era como si a alguien le molestara. Podría llevar la camisa al revés y un sombrero de copa y a nadie le iba a importar. Todo lo que los demás veían era la parte inferior de su cuerpo y eso lo asustaba.

Las miradas normalmente eran una señal de alerta. Significaban que podía recibir un toqueteo, un roce, un frotamiento o ser acorralado en cualquier momento. Se había vuelto un temor constante que terminó por materializarse aquella noche que fue atacado en la concina. Habían pasado varios días desde eso, pero la sensación de persecución seguía allí y lo estaba destruyendo. Había llegado a sentirse tan paranoico que tuvo que protegerse para lograr salir de su habitación y continuar con su vida sin que el miedo fuera un impedimento.

Había empezado usando un protector bajo el uniforme, como el que portaban los deportistas en la entrepierna. Era pequeño y ajustado, bien podría pasar por un accesorio de moda si lo usaba en los cambiadores de deportes, realmente creyó que no se veía mal y podría ayudarlo a cuidarse de los ataques. Pero tubo el efecto contrario.

No solo se burlaron de él, el hostigamiento fue tan pesado que terminó en la banca por el resto de la clase con un terrible dolor en la entrepierna.

Algún idiota había querido "probar la resistencia del artefacto" y le había arrojado una patada en las bolas. El idiota era Denki.

No podía negar que lo había odiado mientras esperaba bajo el sol y aguantaba las lágrimas. Tal vez eran por el dolor o por la traición, no lo sabía, pero realmente quería llorar. Se sentía decepcionado y herido, pero pudo asentir con sinceridad cuando el rubio se acercó y con una incómoda disculpa que incluía una seca palmada en la espalda, le pidió que lo olvidaran y volvieran a ser amigos.

No creía que eso fuera a aliviar el daño, pero al menos tendría con quien hablar el resto del día. Denki y Sero eran tristemente, las únicas personas que aún no se mostraban incómodas con él. Eran un par de idiotas con un negro sentido de humor que a veces en serio lo hacían contener su impulso de golpearlos, pero los soportaba, solo porque creía que detrás de las bromas subidas de tono, los chistes hirientes y el trato brusco, había dos amigos de verdad. Necesitaba que así fuera.

Alguien debía estar allí para respaldarlo y hacer el tiempo pasar más rápido o no conseguiría sobrevivir a la academia en esas condiciones. Al entrar al salón cada día, esperaba que ellos lo recibieran y se rieran de los chistes malos que circulaban sobre él, lo palmearan en la espalda, señalaran a quién lo había contado y dijeran que no pasaba nada, porque así era más fácil respirar y seguir con su día.

Quería que todo continuara de esa forma. Así que debía esforzarse por lucir presentable, entregar sus tareas y pasar el tiempo con sus amigos como antes. Podía hacerlo, se repetía contantemente para hacerlo sonar creíble.

Se arregló el cabello y se puso el uniforme, cuidando que se ajustara en los sitios correctos y estuviera intacto. Desde que volvió un día con un agujero en la parte trasera, tenía la costumbre de revisarlo y poner en su mochila alguna mudada extra.

El acoso se había vuelto tan habitual que incluso había adquirido algunas costumbres, como evitar ser el último en salir de clase, quedarse cerca de los maestros y no andar por la academia solo.

Podía sonar exagerado para un aprendiz de héroe con licencia provisional, pero el ataque de aquella noche realmente había cambiado muchas cosas. Lo había hecho dudar de su fuerza y de su capacidad de protegerse a sí mismo. El miedo, la incertidumbre, la parálisis y el asco eran cosas que seguían muy presentes en su mente y podían trastornar todo lo demás. Lo hacían dudar de las cosas que siempre había dado por sentado. Tal vez no era tan masculino, tal vez parecía un blanco fácil, tal vez no podría defenderse si volvía a pasar. Esa idea lo aterraba. Tenía miedo de congelarse, de no poder pelear y de lo que dirían los demás.

Era un chico, se supone que tenía que poder protegerse, de eso dependía su hombría, pero cada vez que alguien lo tocaba o decía cosas obscenas sobre él, se sentía vulnerable y desprotegido. No sabía como defenderse sin parecer un cobarde o afeminado, así que solo quedaba resistir y esperar que algún día se cansaran y lo dejaran en paz.

Salió de su habitación viendo hacia ambos lados para asegurarse de que el camino estaba libre. No quería tener ninguna conversación incómoda tan temprano en la mañana, así que también evitó la sala común y fue directo a clases. Prefería llegar temprano y plantarse en su asiento antes de conseguir problemas. Era mejor ser un buen chico y no llamar demasiado la atención.

El campus estaba relativamente vacío a esa hora. Había cielos despejados, un clima agradable y un melodioso sonido mañanero compuesto por aves, voces lejanas y la podadora del jardín que hoy le tocaba empujar a Tokoyami. El chico oscuro lo vio y le dio un saludo. Él lo correspondió con una sonrisa. El chico cuervo realmente le agradaba. Parecía vivir en un mundo distinto al suyo, pero nunca lo molestaba y su gesto mejoró su animo considerablemente.

Por un momento tuvo la sensación de que sería un buen día. Creía que, si mantenía una actitud buena, las cosas mejorarían más pronto, así que aspiró profundamente y continuó el camino más tranquilo, con la inmensa esperanza de que todo estaría bien.

Su positividad era tan grande, que se dio el lujo de detenerse en una máquina expendedora. No había desayunado y no creía que saltarse comidas le ayudara a mejorar su figura. Eligió una lata de café y un bollo, se recostó en la pared junto al aparato y se dedicó a ver pasar a los alumnos del otro lado del jardín. Aún no había muchos, pero entre los pocos que le dirigieron la mirada correctamente, se apareció una chica que conocía. Era una estudiante de la clase de estudios generales. Cabello rosa, ojos grandes y amarillos; se había enfrentado con Iida en el festival deportivo.

No le tomó mucho recordar su nombre; Mei, la inventora entusiasta. Su excentricidad era difícil de olvidar, pero era fácil congeniar con ella. De hecho, cuando no estaba tan acelerada y no había ningún artilugio en sus manos, era bastante agradable. Pensó, después de intercambiar algunos enunciados. Probablemente era la conversación más larga que había tenido en semanas con una chica.

La plática había iniciado con una invitación para probar su última herramienta y luego se desvió hacia el clima, un programa de televisión y al consumo de proteínas. Fue fácil seguirle el ritmo y seguir intercambiando oraciones yendo de un tema a otro hasta que la conversación tomó un rumbo que no le agradó. Ella había mencionado su Quirk y los usos que podría darle si usara sus artefactos. Era un tema incómodo, pero logró llevarlo sin demostrar su nerviosismo y justo cuando pensó que lo había esquivado y podían girar a un tema distinto, ella puso el dedo en la llaga.

—Por cierto, escuché el rumor sobre tu particularidad —el vértigo sacudió su estómago haciéndolo cerrar la boca de golpe— ¿es cierto que puedes hacer que tu pene se endurezca?

El color se le subió al rostro azotado por la naturalidad con la que la chica lo describió. No había sido grosera, ni siquiera había insinuado una burla, pero seguía siendo algo de lo que quería evitar hablar a toda costa.

—No lo creo… —respondió de forma nerviosa, buscando una salida para abandonar la conversación—

—¿Eso significa que no lo has intentado? —Reveló con una sonrisa curiosa y su mano extendida hacia él—

Retrocedió de golpe y chocó con la pared esquivándola de manera exagerada. No sabía si su intensión había sido mala, pero de momento solo quería mantener seguro su espacio personal.

— Creo que es mejor que vayamos a clase —sugirió tratando de terminar el asunto por las buenas con una risa nerviosa—

Trató de rodearla con un aire amistoso, simplemente iba a irse como lo hacía siempre; no era difícil, no tenía por qué estar tenso. Trató de mantener su sonrisa natural, un paso tranquilo y los hombros relajado, pero era evidente que estaba tratando de escapar de ella.

Mei no se pensó demasiado las cosas. Tenía curiosidad y un par de ideas en desarrollo que precisaban que metiera las manos debajo de los pantalones del pelirrojo y descifrara que rayos pasaba con su quirk, así que no se preguntó si le mostraría que tocara sus partes bajas, solo se abalanzó sobre él en nombre de la ciencia y dejó que sus manos hicieran el resto.

El ataque lo tomó por sorpresa. Su primer instinto fue esquivar y cubrirse la entrepierna. No quería empezar una pelea seria, simplemente escapar y no parecer un completo cretino por desacerse de ella. Y eso estaba siendo terriblemente difícil. La chica no solo era insistente y algo tosca, también era bastante escurridiza. La había sentido rosar sus genitales y empujarlo muy rudamente pese a que estaba riendo en voz alta como si solo se tratara de una broma.

No la entendía, pero le causaba sensaciones desagradables y contradictorias. En su mente estaba esa voz maternal y algo cruel que le decía que ella era una dama y como un buen caballero no debía defenderse. Pero prácticamente estaban forcejeando, ya no podía mantenerla lejos solo con una mano y había empezado a recibir golpes. No quería seguir siendo gentil y tolerante. Ella se estaba acercando demasiado, no lo escuchaba, lo lastimaba, lo asustaba, quería que se detuviera.

La empujó con todas sus fuerzas y la chica chochó contra la pared. Había actuado a merced del pánico sin medir la violencia de su reacción y hubo un susto inicial al notar que había arrojado a la chica realmente fuerte, pero el verdadero shock llegó cuando la sangre empezó a caer por su cuello.

Instintivamente llevó la vista a sus manos y descubrió que su quirk estaba activado. Eso lo llenó de terror, por lo que se abalanzó hacia la chica buscando la herida. Ladeó su rostro de un lado a otro buscando la fuente de la sangre. Por suerte solo había sido su bravilla y la herida no era profunda; nunca se lo habría perdonado si le hubiera hecho una cicatriz en el rostro.

Estuvo a punto de soltar un suspiro de alivio. La cosa no había sido tan mala. No aún. No se fijó en qué momento otra chica se acercó y se llevó una sorpresa cuando golpeó su mano.

Lo alejó como si fuera un leproso y se puso delante de Mei para revisar su herida.

— No es grave, pero hay que llevarla a la enfermería —propuso él con una voz baja, tratando de no ser descortés— Voy a ayudarte a…

— ¡No te acerques o voy a golpearte, maldito acosador!

Se quedó pasmado. Ella no podía estar sugiriendo "eso".

—¡¿Qué?! Yo no…

— ¡Te vi! No trates de negarlo. Estabas molestándola y luego la golpeaste.

Su rostro palideció. Eso no era verdad, pero, aunque intentó decirlo, las palabras no salieron de su garganta.

Había murmullos a su alrededor, la gente se había empezado a amontonar. Todos lo estaban observando, señalándolo y haciendo muecas desagradables. Entonces vio con esperanza a Mei, que empezaba a levantarse con ayuda de la buena samaritana. Necesitaba que ella aclarara la situación, que dijera que la había lastimado, pero fuera lo único por lo que se lo acusara. El no era un abusador.

La pelirosa vio a su alrededor, sostuvo la palma contra su herida y al encontrase con su rostro angustiado, le sonrió.

— Está bien, el no me hiso nada… —aclaró para su alivio—

— No tienes que defenderlo —reprochó su salvadora cortándola de tajo— Claramente te hizo daño. Si el está acosándote es mejor que lo acuses cuanto antes. Podría ser peor la próxima vez.

La inventora torció su sonrisa algo apenada. No sabía en qué momento se había reunido tanta gente, pero la situación se estaba haciendo realmente incómoda.

— De hecho, fue todo lo contrario —dijo en un tono más alto para que todos pudiera escucharla— Nada malo pasa entre nosotros, solo fue un malentendido.

Las miradas del público divagaron de manera dudosa cuestionando la veracidad de su versión. Un chico grande y una chica pequeña habían tenido un forcejeo, contacto físico muy sospechoso y ella estaba herida; las cartas estaban echadas. A simple vista la escena era clara y la opinión colectiva era imbatible.

El murmullo se abrió nuevamente de forma más agresiva. Kirishima estaba paralizado. Vio a varios de sus compañeros de clase acercarse llamándolo sin entender que estaba pasando y no se atrevió a mirarlos, estaba asustado y avergonzado. Había herido al alguien y era señalado por un crimen horrendo. Sintió la mano de Mina sujetando su brazo y tratando de atraerlo fuera de la multitud, pero no pudo ir con ella. Un chico lo empujó de regreso dejándolo en medio del circulo dónde estaba a merced del ojo de todos.

Sus piernas empezaban a temblar, sus manos estaban frías. El tiempo transcurría en cámara lenta. La voz de Mei tratando de explicar que estaban equivocados, los murmullos acusadores, las palabras ofensivas y finalmente una voz más gruesa cuestionándolo. Era Aizawa.

Levantó el rostro y sus ojos se llenaron de lágrimas cuando vio la mirada de su profesor. Era aguda y severa. Había hecho sonar imponente su voz mientras dejaba caer aquella pregunta: ¿Lo hiciste?

No puedo pronunciar nada atorado con el nudo que había en su garganta. Así que solo negó. Una y otra vez con un rostro contrito y asustado, rogando por que el hombre le creyera. Pero ese rostro no dejaba ver nada. No le dio ni una sola pista, mientras lo escoltaba a la sala de maestros. El mundo a su alrededor había empezado a moverse muy lento, como si estuviera flotando en una pesadilla que no terminó sino después de media hora, cuando Aizawa se fue y volvió con Mei.

Ella se acercó con un paso decoroso y bajo la mirada inquisitiva de Aizawa le pidió disculpas. Su gesto no lo alegró, pero al menos detuvo el vértigo que había estado bailando en su estómago desde que entró al salón.

— Mei me explicó lo que ocurrió. Pero, me gustaría que corroboraras su historia —tomó la palabra el profesor

Hizo pasar saliva por su garganta para responder, preguntándose si estaba bien acusar a la muchacha. Lo que hizo había estado mal, pero no quería que la suspendieran por eso.

— No fue nada, solo bromeamos y la empujé muy fuerte —mintió tratando de ser caballeroso y evitar la incómoda verdad—

— ¡Eso no fue lo que…

— Está bien —la detuvo Aizawa—Hablaremos luego de tu castigo, Mei. Ahora me gustaría hablar a solas con Kirishima.

La chica no consiguió negociarlo. Solo pudo dedicarle una mirada afligida al pelirrojo antes de irse. La puerta se cerró justo detrás de ella y lo siguiente que escuchó fue el rodar de una silla que Aizawa plantó delante de él y ocupó con una postura algo encorvada. No era una imagen imponente, pero lo hiso sentir nervioso. Temía que pudiera ver a través de él y descubrir la verdad. Y evidentemente no lo estaba sobreestimando.

—Comprendo si estás avergonzado. Muchas personas tienen la extraña idea de que un hombre no puede recibir acoso o no debería recibirlo… —reveló con total naturalidad, dando totalmente en el clavo— esa es una falacia. Todos, incluso los héroes, pueden convertirse en víctimas de acoso sexual. No es algo vergonzoso, no le resta valor a tu hombría ni te hace menos capaz. No debes callar por vergüenza.

El pelirrojo no se atrevió a desviar la mirada, pero se mantuvo en silencio. El profesor estaba equivocado, era algo que realmente lo afectaba como hombre, algo que lo estaba desarmando a pedazos.

—Necesito que respondas a mis preguntas —pidió con un tono paciente y algo más comprencibo de lo normal— ¿Empujaste a Mei porque estaba acosándote sexualmente?

La pregunta le pareció tremendamente dura. No era algo que quisiera oír de la boca de su profesor, no quería pensar si quiera en eso, pero se vio obligado a asentir. Sabía que no iba a dejarlo ir si no cooperaba.

— ¿Puedes decirme dónde te tocó?

El negó. Ya no podía mantener el rostro derecho. Había empezado a apretar sus manos juntas sobre sus piernas y moverse de manera inquieta.

— Kirishima, quiero ayudarte, pero si no hablas conmigo tendré que remitirte con el psicólogo de la academia.

Eso lo escandalizó. No quería que lo obligaran a hablar delante de un desconocido. Solo quería que todo acabara. Así que tragó de forma gruesa sintiendo el sudor humedecer su frente. Apretó los ojos y tomó una buena bocanada de aire antes de hablar. Iba a hacer eso rápido y olvidarse del asunto. Todo iba a estar bien si volvía a su cuarto.

— En la entrepierna… —su voz salió fluctuante y algo desafinada— ella quería tocarme, pero solo me rosó un par de veces.

— ¿Lo había hecho antes?

Negó secamente.

— ¿Alguien más lo ha hecho?

Sintió el peso de la mentira, pero volvió a negar.

Aizawa le agradeció por la información, hiso su informe y lo acompañó de regreso a los dormitorios una hora más tarde. El viaje fue silencioso y tenso. Tenía la sensación de que el hombre iba a volver a interrogarlo en cualquier momento, pero no lo hiso. No faltó al final la línea en la que se ofrecía a ayudarlo si tenía más problemas o si quería hablar, pero le bastó con asentir y dar una breve sonrisa para echarlo.

Fue directo a su cama y se dejó caer con descuido. Ni quiera se sacó el uniforme. Solo se quedó allí y observó el techo preguntándose que haría de ahora en adelante. ¿Cómo se presentaría en la academia después de eso?

Podía escuchar las notificaciones entrando una tras otra a su teléfono. Podrían ser sus compañeros preocupados o sus amigos tratando de contactarlo. Pensó optimistamente. El tenía gente que lo respaldaba, la cosa no podía ser tan mala. Todos se había resuelto, después de todo. Solo estaba siendo exagerado y preocupándose demás, nada malo tenía por qué pasar.

Tomó el aparato y lo desbloqueó con una sonrisa fluctuante que se borró de inmediato. Solo pudo arrojarlo lejos y meterse en sus sábanas tratando de borrar la imagen mental que tenía ahora. Debía ser una broma. Aizawa dijo que nada malo iba a pasarle, Mei iba a ser castigada y las cosas no iban a llegar a más. Él le había creído; era tan estúpido.

Notas de la autora:

Dejé la historia descuidada por bastante tiempo tratando de continuar OMEGA. Me alegra haber superado el bloqueo y las responsabilidades que me quitaban tanto tiempo para retomar esto. Ahora estoy organizada y tengo un ritmo claro para esta historia.

Los siguientes capítulos serán cada vez más largos y duros para Kirishima, pero espero que estés por aquí para apoyarlo. Realmente necesitará una mano amiga.

Saludos y hasta pronto.