Flores para Kise
Malos Pronósticos
Su celular volvió a sonar por octava vez. En la pantalla había nuevamente el nombre de una persona distinta. No se molestó en leer. Iba a colgar: no quería hablar con nadie.
Una mano pequeña y cálida se posó en su espalda y cuando volteó Tetsu estaba ahí, sonriéndole levemente y tendiendo su mano para recibir el teléfono que aún sonaba. Aomine se lo tendió y se llevó las manos a ambos lados de la cabeza.
—Dime. No, no, soy yo, Kuroko —escuchó que decía. ¿Quién sería?—. ¿Crees que puedas venir, Kagami? Lamento haberte dejado tirado en medio de la película, pero… Vale. Aquí nos vemos —con que era Taiga, pensó, y se reprendió mentalmente por haber olvidado que esos dos estaban juntos—. Yo también —dijo Tetsuya finalmente y colgó—. Era Kagami. Dice que viene para acá y que Midorima y Takao lo pasaron a buscar —le comunicó, pero Aomine no respondió—. Todos están preocupados por ti, no sólo por Kise.
—Fue mi culpa —alcanzó a articular. Escuchó que un suspiro pesado huía de los labios de su amigo y luego, de forma inesperada, sintió los brazos del más bajo rodeándolo fraternalmente. Respondió al abrazo, dejando que por una vez, su sentir aflorara un poco.
—No lo fue. Sabes cómo es Kise: nunca sabrás cómo reaccionará —Daiki bufó cansinamente ante lo paradojal de las palabras del otro. El celular volvió a sonar, esta vez con un mensaje—. Momoi está por salir de su casa y pregunta por si necesitas algo.
—Saber que ese idiota estará bien es todo lo que quiero —contestó. Levantó la cabeza un momento y vio a Tetsu tipear algo rápido.
—Lo estará, tranquilo.
A la primera persona a la que había recurrido, había sido a Tetsuya Kuroko, quien hubiera sido su mejor amigo y la sombra de su luz cuando jugaban por el mismo equipo en secundaria. La verdad, no se había esperado que Tetsuya dejara tirado a su novio para ir a acompañarlo a él, a quien últimamente se le había atravesado (otra vez) medio mundo.
Cuando no hubo podido evitar el accidente, Kise había volado algunos metros y luego se había estrellado contra el asfalto dándose un fuerte golpe en la cabeza. Por suerte el conductor había atinado a detenerse para correr en ayuda del rubio. Pero Aomine se quedó quieto, sin saber qué hacer. Mientras las personas a su alrededor iban hacia Kise, él se había quedado estático y lo único que hizo fue sacar el celular del bolsillo y sin dejar de mirar la escena, tipear el número de Kuroko. Le contó con palabras vagas lo sucedido y el jugador sombra le aseguró que estaría con él lo más rápido que pudiera.
Y así había sido.
Diez minutos después, Tetsu llegó corriendo al mismo tiempo que la ambulancia y la policía. Los últimos fueron derechamente hasta el auto y preguntaron por el conductor, que temblando de susto fue con ellos para que le tomaran las pruebas de alcohol y el testimonio.
—Aomine… Aomine, ven —lo llamó el de pelo celeste, pero al no tener respuesta, simplemente tiró de él hasta la ambulancia, donde un hombre de blanco los detuvo—. Somos sus amigos —dijo Kuroko con voz firme, señalando al bulto que era Kise—, tiene que dejarnos ir con él. Por favor.
Ante la determinación del muchacho, el hombre los dejó subir.
Durante el corto trayecto de seis minutos, Aomine sólo supo mirar el rostro ensangrentado de Ryota. Sus ojos cerrados, las largas pestañas que también estaban manchadas. Se agitaba débilmente, susurrando algo. Una enfermera le puso un respirador mientras lo hacía callar para que no gastara energías. Le conectó una intravenosa por donde le llegaba suero.
Aún en ese estado, a Aomine le pareció que no perdía nada de su encanto habitual.
Vio que a su lado Tetsuya mandaba un mensaje rápido y sin muchos detalles a Akashi, seguramente para poner sobre aviso a los demás.
Una vez en el hospital, los dejaron acompañar al herido sólo hasta la entrada de urgencias, que por suerte estaba conectada a la sala de esperas. Ahí, Kuroko buscó un par de asientos libres y obligó a su amigo a sentarse. El enfermero que los había dejado subir fue para tomar los datos del herido y luego se había marchado presurosamente hacia el pasillo donde iban a internar a Kise.
—Iré a traerte algo de comer —le dijo Kuroko pillándolo por sorpresa. El moreno frunció el ceño.
—No necesito nada —contestó Aomine de mala leche.
—Pues qué mal, porque comerás algo te guste o no si quieres quedarte a esperar a Kise —espetó el más bajo con un tono autoritario muy poco habitual en él y se levantó del duro asiento a la vez que contaba los yenes que tenía y preguntaba en informaciones por alguna máquina expendedora. Al rato después, había vuelto con un brownie y un café grande muy caliente y cargado tanto de azúcar como de cafeína—. Te hará bien, ten —le dijo y Aomine sin ganas de pelear, sólo se sometió. Kuroko, después de todo, sólo se estaba preocupando por él y por ser amable.
El celular había sonado un montón de veces hasta que llegó el mensaje de Momoi. A partir de ahí, comenzó a aparecer la gente.
Primero habían sido Kagami, Midorima y Takao, el último con rostro angustiado y la mano del tirador estrella muy apretada entre las suyas. Taiga fue el primero en acercarse, tendió una mano a Daiki y él se la estrechó sin ganas.
—Vaya lío —dijo.
—Justamente —contestó el moreno sin inmutarse.
—¿Han sabido algo? —Preguntó Shintaro cuando llegó junto a ellos. Miró a Kuroko y él le negó con la cabeza sin soltar las manos de su amigo. En eso llegó Satsuki, que empujó a medio mundo para llegar con él y darle un abrazo muy apretado.
—El capitán de Kaijo no podrá venir —dijo la mánager. Unos pasos pesados obligaron a todos a voltearse para ver a Atsushi cargando una gran bolsa de dulces en una mano y arrastrando a Himuro con la otra. Benditas las vacaciones de verano por tenerlos a todos en la misma ciudad.
—Lamentamos la tardanza, pero queríamos traerle algo a Kisechin —dijo el recién llegado y su voz infantil sonaba angustiada. Dentro del abrazo de Satsuki, Aomine no se molestó en mover la cabeza, pero no le negó a Murasakibara la barra de chocolate que le puso en la mano—. Murochin dice que te animará comerlo.
—Kuroko ya me ha obligado a comer. Los problemas no se solucionan comiendo —respondió, agrio y evidentemente molesto. Momoi se apartó de él y frunció el entrecejo.
—Pues muy bien hecho, pero tienes cara de perro mojado y esto te hará sentir mejor.
—¡Momochi me da la razón! —Celebró Murasakibara dando un par de saltitos. Aomine contuvo una risa y se fijó en que Kuroko hacía lo mismo.
Se sintió un poco menos abrumado.
Se imaginó que de haber estado en un estado más o menos normal, no habría estado ahí. Viéndose obligado a aceptar el apoyo de los demás. Lo más probable es que habría vuelto a su casa, absolutamente rabioso por la actitud de Kise, culpándolo de su propia mala suerte y de que tuviera que haber ido a buscarlo sólo para ver cómo lo atropellaba un auto.
Pero sólo había entrado en shock.
El aire a su alrededor se tensó, obligándolo a prestar atención. Por el largo pasillo y a grandes zancadas iba llegando la pequeña e imponente figura del capitán de Rakuzan, Seijuuro Akashi. La estancia se congeló por unos momentos cuando notaron que no había rastro de la habitual parsimonia en el rostro del pelirrojo y en cambio parecía que sus facciones configuraban un gesto mezcla de preocupación y enojo. Nada más acercarse lo suficiente echó una mirada rápida a Kuroko dándole la muda orden de explicar lo sucedido. Himuro y Takao, que no estaban acostumbrados a su presencia, parecieron intimidados.
—Sé breve y conciso —ordenó. Kuroko se aclaró un poco la garganta.
—Se pelearon. Kise se fue de la casa y cuando Aomine trató de darle alcance, Kise resultó atropellado. El conductor dijo no haber sido lo suficientemente rápido, pero Kise estaba distraído —Aomine contuvo el aliento y apretó los dientes, esperando que Akashi le dijera algo crudo, pero el capitán se puso una mano en la frente y se masajeó las sienes; soltó un suspiro pesado. Kuroko le apretó más la mano a Daiki y añadió: —No fue su culpa…
—No pongas parches antes de la herida. Sé que no fue su culpa —contestó con voz firme. Entonces, Akashi se dio la vuelta para fijarse directamente en Aomine un par de segundos. El moreno se sintió incómodo ante la mirada analítica del otro. Lo estaba leyendo pero, por supuesto, Seijuuro no soltaría ni una palabra de lo que había visto. Y Daiki estuvo a punto de levantarse y echarse a correr de puro nervio cuando el más bajo le sonrió de forma suave e imperceptible para los demás.
¿Qué habría visto?
Un peso en la hilera de sillas le indicó que alguien más se había sentado con él y Tetsu. No se sorprendió al ver que el muchacho de pelo celeste tomaba firmemente la mano de su novio. Estaba tratando de hacer pasar desapercibido su propio miedo para darle fuerza y Aomine lo agradeció internamente.
Una enfermera cargada de papeles miró con disgusto la escena al ver que tantas personas se habían reunido en la ya de por sí pequeña sala de espera de emergencias para ver a una sola persona. Antes de que la mujer pudiera escabullirse, Akashi se había acercado a decirle que pidiera al médico encargado que se diera una vuelta para informarlos del estado de su amigo. Ella, temblando un poco, negó, reclamando que el doctor se encontraba muy, muy ocupado y que era imposible que los atendiera.
—Dile que vas de parte de Seijuuro Akashi.
Ella espabiló, nerviosa, apuró el paso y se adentró en el angosto pasillo. El resto miró al pelirrojo.
—Mi familia invierte en la clínica —explicó.
Dos minutos después, por uno de los recodos, Aomine vio llegar a un hombre de rostro grave ataviado de una bata blanca. Tenía un par de ojos castaños muy pequeños escondidos tras unos anteojos cuadrados sin marco. Se temió lo peor. Antes de decir cualquier cosa, se acercó a Akashi y le hizo una reverencia leve.
—TEC cerrado grave —anunció el doctor—. Al chocar, por lo que pone en los informes de la policía, el paciente voló unos metros y golpeó el suelo con la cabeza. Pues bien, existe la posibilidad de que… no… no…
—¿Podría hacer el favor de aclararse, doctor? —Exigió Akashi con autoridad.
El hombre se acomodó los lentes.
—Podría no reaccionar favorablemente.
—Qué quiere decir —preguntó Aomine en voz alta, levantándose al vuelo, comenzando a perder los estribos. El médico se quitó los anteojos, y se masajeó el puente de la nariz, como pensando su respuesta detenidamente—. ¡pero hombre, qué le sucede a Kise! —Gritó el moreno, ganándose miradas del resto y un suspiro de parte de Tetsu, que no había soltado ni su mano ni la de Kagami. Sintió la intensa mirada de Akashi en la nuca y esta era abrumadora y le exigía comportarse. Ahora bien, si Seijuuro le exigía mantener la compostura, podía significar un par de cosas.
Kise podía estar medianamente bien. O Kise podía estar terriblemente mal.
—Entró en estado de coma —dijo por fin el médico—. Estará en observación por un tiempo.
Daiki sintió algo en su interior quebrarse, y vio cómo su mundo y su orgullo se despedazaban un poco al caerle encima una gran piedra que tenía escrito "culpa" en letras rojas.
