Capítulo 2: Sé que no eres un «tuareg»
El sol empezaba a aparecer en el horizonte cuando la expedición se puso en marcha, formando un convoy de vehículos todoterreno perfectamente equipados, camino del desierto. Para consternación de Hermione, Viktor había insistido en que debía viajar con él a solas, en el vehículo que él conducía.
—Estarás mucho más cómoda conmigo en el vehículo de cabeza —le dijo él, riéndose cruelmente—. Los otros se tragarán nuestro polvo.
Era cierto que la velocidad a la que conducía estaba levantando una nube de fino polvo, pero Hermione hubiera deseado estar con cualquier otra persona.
—¿Por qué no te relajas y duermes un poco? —le sugirió Richard con un tono de lo más empalagoso—. Va a ser un viaje largo. Pero antes de cerrar los ojos, bebe agua. Ya conoces las reglas, debemos cuidarnos de no deshidratamos.
Obedientemente, Hermione agarró la botella de agua que él le tendía y bebió.
Quince minutos después, pensó que tal vez era una buena idea dormir un poco. Al menos si dormía no tendría que darle conversación a Viktor. Y además de pronto tenía mucho sueño, seguramente porque bahía pasado casi toda la noche pensando en el hombre de los ojos grises. Conforme se acomodaba para dormirse, sintió que el vehículo aceleraba.
El sol del atardecer la despertó al colarse por el parabrisas del coche. Al darse cuenta de la enorme cantidad de tiempo que había estado dormida, dio un brinco en el asiento y se giró hacia Viktor consternada.
—Deberías haberme despertado —le dijo—. ¿Cuánto queda para que lleguemos al wadi?
Transcurrieron algunos segundos antes de que Viktor contestara. La mirada de sus ojos hizo sentirse a Hermione repentinamente inquieta.
—No vamos al wadi —replicó él con aire de suficiencia—. Vamos a un lugar mucho más aislado y romántico… Un lugar donde te tendré para mí solo, donde podré enseñarte…
Hermione se lo quedó mirando sin poder creer lo que escuchaba, esperando haber comprendido mal, pero obviamente no era así.
—¡Viktor, no puedes hacer esto! Tenemos que ir al wadi. Los otros estarán esperándonos…
—Creen que hemos tenido que dar la vuelta —le informó él con calma—. Les dije que no te sentías muy bien. Fue una buena idea poner somníferos en el agua que te di a beber.
Hermione lo miró horrorizada.
—Viktor, esto es ridículo. Voy a llamar a los demás por teléfono y…
—Me temo que no vas a poder hacerlo —le interrumpió él, con una sonrisa de satisfacción—. Tengo tu teléfono móvil, lo saqué de tu bolso cuando me detuve a avisar a los demás de que regresábamos.
Hermione no daba crédito a lo que oía.
—¡Esto es una locura! Será mejor que volvamos junto a los demás y nos olvidemos…
—¡No! —la interrumpió él apasionadamente—. Vamos al oasis. Llevo muchos días planeando cómo tenerte. Para mí solo. Esta es la oportunidad perfecta y el oasis, el lugar perfecto. Está en una zona deshabitada del desierto, una auténtica tierra de nadie, y eso debería resultarte atractivo, Hermione, con lo que te gusta la historia de esta región. Antes se usaba como sitio de descanso para las caravanas que atravesaban el desierto.
Hermione se lo quedó mirando. Tenía la garganta seca y el corazón le latía con fuerza. No tenía miedo de él, pero estaba claro que su comportamiento demostraba, si no una obsesión por ella, al menos una preocupación excesiva e incómoda hacia ella, tal y como Bey había comentado.
—Mira, aquí está el oasis —anunció Viktor.
El todoterreno bordeó unas rocas, tras las cuales surgieron palmeras y otra vegetación junto a un lago.
Mientras Viktor detenía el vehículo, Hermione reconoció que, en otras circunstancias, se hubiera quedado fascinada con el paraje.
La vegetación del oasis era inesperadamente exuberante y espesa. Seguramente en otros tiempos un río había llegado hasta el lago, ¿qué otra cosa si no habría podido dibujar una grieta a través de las rocas del otro extremo del oasis? Tal vez incluso había habido una cascada.
El oasis debía nutrirse de un manantial o un río subterráneos. Pero, por muy hermoso que fuera, Hermione no tenía ningunas ganas de quedarse allí a solas con Viktor.
Dudaba de que él fuera a dejarse convencer para abandonar sus planes, lo que significaba que, si quería escaparse, tendría que encontrar la forma de distraerlo el suficiente tiempo como para poder hacerse con las llaves del coche y ponerlo en marcha antes de que él pudiera detenerla.
—He traído una tienda de campaña y todo lo que podamos necesitar.
—¡Oh, qué inteligente por tu parte! —exclamó Hermione, intentando sonar impresionada—. Yo me quedaré aquí, si te parece bien, mientras tú organizas todo.
Viktor negó con la cabeza.
—Me temo que no vas a poder hacer eso, cariño. ¡No me he esforzado en organizar todo esto para que hagas algo estúpido como intentar escaparte de mí!
El no podía obligarla a moverse, se dijo Hermione para consolarse. Pero unos segundos más tarde, después de decirle que no estaba preparada para salir del vehículo, se dio cuenta de que había subestimado los límites a los que él estaba dispuesto a llegar.
—En ese caso, cariño, me temo que no me dejas otra opción que usar esto —dijo él, sacando unas esposas de un bolsillo—. Hubiera deseado no tener que utilizarlas, pero si te niegas a hacer lo que te pido, voy a tener que esposarte a la puerta del coche.
Se había equivocado al no tenerle miedo, pensó Hermione, mientras un sudor frío le cubría la piel.
—Estará bien tomar un poco de aire fresco —comentó, intentando que no le temblara la voz—. ¿Y si me siento en el oasis mientras tú organizas todo?
—Me parece bien, cariño —concedió Viktor, sonriendo—. Busquemos algún lugar cómodo para ti.
Hermione se dijo que no debía perder la esperanza.
Viktor la escoltaba hacia el oasis, más como si fuera su carcelero que como alguien que quería ser su amante.
—Esto servirá —anunció él, señalando una de las palmeras.
Hermione escuchó entonces el tintineo del metal contra el metal y supo que estaba sacando las esposas que le había mostrado antes. Sin detenerse a pensar, Hermione echó a correr como una gacela asustada. El pánico la impulsó hacia delante, hacia la estrecha grieta en las rocas, y le hizo ignorar el sonido de vehículos derrapando y gritos de guerreros a caballo. Demasiado tarde para darse cuenta de a quién correspondían esos sonidos, atravesó la grieta y se encontró delante del grupo de fugitivos.
Estaban liderados por El Khalid, pero fue uno de sus jóvenes lugartenientes quien la vio primero. Derrapó a tal velocidad con el todoterreno que conducía que casi lo hizo volcar.
Detrás de Hermione, detenido en la grieta entre las rocas, Viktor se echó hacia atrás aterrorizado, y luego se dio la vuelta y salió corriendo hacia su coche, ignorando la difícil situación de Hermione. Se subió al coche encendió el motor y se marchó en la dirección en la que había llegado, tan rápidamente como pudo.
Pero Hermione ignoraba que él la había dejado abandonada.
El aire a su alrededor era puro polvo, y los último rayos del sol levantaban destellos en el metal del vehículo que se acercaba a ella a toda velocidad. El conductor había sacado medio cuerpo por la ventanilla con un brazo extendido para agarrarla, mientras una sonrisa lasciva dominaba su rostro.
Hermione se giró para volver por donde había entrado. Tal vez las atenciones de Viktor fueran un incordio, pero podía manejarlas mucho mejor que lo que tenía delante en aquel momento. Para horror suyo, vio que su ruta de escape había sido bloqueada por un jinete y su caballo, que se le estaban echando encima.
El sonido de los cascos del caballo se mezcló con los feroces gritos de los hombres que los rodeaban. El jinete estaba tan cerca, que Hermione pudo sentir el aliento del animal sobre su piel. El corazón le latía como si fuera a explotarle. Vio que el jinete se agachaba en su montura, extendía el brazo e, increíblemente, la elevaba del suelo y la colocaba sobre el caballo, agarrada a él, como si fuera su prisionera.
Intentando recuperar el aliento, con el corazón desbocado, Hermione apretó su rostro contra la túnica del jinete, ya que no podía hacer otra cosa más que agarrarse fuertemente. Olió entonces un ligero aroma a menta y se puso rígida. Recordaba ese perfume, al igual que el aroma del propio hombre.
El golpeteo de los cascos del caballo se convirtió en el golpeteo de su propio corazón mientras intentaba verle el rostro.
Tal y como esperaba, lo único que él llevaba expuesto eran los ojos, salpicados de motas mercurio, como los de un tigre. Hermione sintió que el corazón le daba un vuelco mientras los contemplaba y veía destellos grises de ira hacia ella.
Giró la cabeza, demasiado conmocionada para soportar el desprecio de aquella mirada. A lo lejos, vio el todoterreno de Viktor escapando y dejándola a su suerte. Las lágrimas inundaron sus ojos, y una de ellas rodó hasta la mano del jinete que sujetaba las riendas del caballo
El frunció la boca y se sacudió la gota. Entonces murmuró algo al caballo mientras hacía un giro y regresaba hacia el grupo de hombres que los observaban.
Mientras esto sucedía, un todoterreno se colocó a toda velocidad a su lado. El conductor era el hombre que la había perseguido primero. Tenía el rostro desencajado por la ira y sacudía el puño hacia el jinete, mientras exclamaba en un dialecto que ella no logró comprender. Luego continuó su marcha, llegando junto a los observadores antes que ellos.
Hermione tenía miles de preguntas, pero antes de que pudiera hacer ninguna, el jinete detuvo su caballo delante de un hombre de estatura mediana y complexión fuerte, que le hacía gestos de que desmontara.
Hermione sintió un escalofrío al ver el rifle que llevaba colgado de un hombro y el cinturón de munición, en el que además llevaba sujeta una daga curvada, un arma tradicional de la zona.
Al lado de aquel hombre estaba el conductor del coche que la había perseguido primero. Gesticulaba enfadado mientras la señalaba y hablaba sin parar.
El jinete inclinó levemente la cabeza ante aquel hombre, lo que indicó a Hermione que el hombre del rifle debía de ser el líder de todos ellos. Pero, mientras era obvio que contaba con la obediencia de todos los demás hombres, Hermione percibió que el lenguaje corporal de su captor resaltaba sutilmente su propia independencia.
—¿Por qué has dejado que el hombre escapara? —preguntó enfadado el líder al jinete en zuranés.
Hubo una breve pausa antes de que éste respondiera.
—El Khalid, ¡estás haciéndome una pregunta que deberías plantearle a otro! Un hombre a caballo, por muy rápido que sea, no puede superar la velocidad de un todoterreno.
Sulimán podría haberlo detenido si no hubiera decidido perseguir a una presa más fácil.
—Él me ha robado mi premio y ahora intenta dejarme mal. La mujer es mía, El Khalid —protestó airadamente el conductor.
—Ya has escuchado lo que dice Sulimán, ¡Tuareg! ¿Qué le contestas?
Hermione tuvo que contenerse para no girarse hacia su captor y rogarle que no dejara que Sulimán se la llevara. El líder lo había llamado «Tuareg», empleando sólo el nombre de su tribu, mientras que al otro hombre lo había llamado por su nombre de pila, Sulimán…
¿Significaba eso que favorecería la petición del otro? Hermione se sintió enferma con sólo pensarlo.
¿Por qué su captor no decía nada? Ella podía sentir que la estaba mirando, pero no fue capaz de levantar la cabeza y devolverle la mirada. Estaba demasiado asustada de lo que podía encontrarse en sus ojos.
—Le contesto que yo tengo a la mujer y él no. Ella me proporcionará una fortuna cuando la lleve de regreso a Zurán City y su gente pague un rescate por ella.
—Nadie va a abandonar el campamento hasta que yo lo diga —fue la brusca respuesta del líder—. Os veo reunido a todos aquí para una misión especial. Si tenemos éxito, nos convertiremos en hombres muy, muy ricos. Ya que los dos reclamáis a la mujer, os enfrentaréis para conseguirla.
Hizo una seña con la cabeza y, antes de que Hermione pudiera protestar, se vio llevada a la fuerza por dos hombres armados de aspecto fiero.
Ansiosamente, se dio la vuelta justo a tiempo de ver que El Khalid sacaba la afilada daga de su cinturón y. la arrojaba a los pies del jinete.
Hermione se quedó sin aliento al ver que él recogía el arma, y él y Sulimán comenzaban a hacer círculos enfrentados el uno al otro. Sulimán tenía una daga muy parecida en la mano, y de pronto atacó salvajemente a su adversario con ella. Los otros hombres hicieron un círculo alrededor de ellos.
Entre sus dos carceleros, Hermione sólo captaba breves imágenes de los dos hombres mientras luchaban.
No era que le gustara ver a dos hombres peleándose, pero en aquella ocasión tenía una buena razón para querer saber quién era el vencedor. Los dos oponentes, así como mantenían el pañuelo de la cabeza, se habían quitado las túnicas y peleaban a pecho descubierto y descalzos.
Había oscurecido, y se encendieron linternas para iluminar la escena, que a Hermione le parecía algo de otro mundo.
Las dagas destellaron al ser alzadas por ambas manos, y al enloquecedor sonido del combate le acompañaban los pisotones de los pies descalzos de los demás hombres sobre la arena.
Hermione escuchó un gemido de dolor y luego al resto de los hombres rugir aprobándolo.
Por encima de sus cabezas, vio una mano sosteniendo una daga en alto, manchada de sangre. Sintió que se le revolvía el estómago. ¿Estaría herido de muerte el hombre de los ojos grises? Era algo ridículo preocuparse por él, dado lo poco que sabía de él, pero, si le hubieran dado la oportunidad, se habría precipitado a su lado.
Escuchó otro gemido y otro rugido de aprobación, pero esa vez los hombres gritaban el nombre «Tuareg».
La pelea parecía prolongarse eternamente, y Hermione estaba poniéndose enferma ante tanta violencia y crueldad. Reconoció que no estaba preparada para que la violencia física le resultara aceptable. Su ansiedad inicial por ver lo que estaba sucediendo dio paso al alivio al ser apartada de contemplar un espectáculo tan espeluznante.
Por fin, pareció terminar, y los hombres gritaron alegremente mientras ella era conducida junto a El Khalid y los dos luchadores.
Sólo uno de los tres hombres llamó la atención de Hermione, y sintió el estómago revuelto entre las náuseas y un alivio culpable, mientras oía a la multitud gritar «Tuareg», y veía en las manos del jinete las dos dagas, mientras que su oponente se desplomaba desanimado junto a él.
Entonces el jinete se volvió hacia ella, y Hermione se quedó horrorizada al ver sus heridas sangrantes. Una le había rajado la piel perfecta de su mejilla, acercándose peligrosamente a su ojo, otra estaba justo encima de su corazón, y la sangre caía de una tercera en su bíceps.
Hermione empezó a sentirse mareada, pero ignoró la sensación y apartó la mirada del pecho cubierto de sudor que tenía delante. Sulimán, por el contrario, parecía no tener ninguna herida, lo cual dejó perpleja a Hermione, ya que el tuareg era obviamente el vencedor.
—Aquí tienes tu premio —escuchó que decía El Khalid al jinete—. Tómala.
¿Era su imaginación, o la leve inclinación de cabeza que hizo su captor hacia El Khalid era más cínica que respetuosa? Si así era, nadie más parecía haberse percatado de ello.
Él aún no había ni reconocido su presencia. Se giró hacia El Khalid y le devolvió la daga lanzándola a sus pies. Luego se agachó y recogió su túnica del suelo.
Con el rabillo del ojo, Hermione vio que Sulimán hacía el ademán de envainar su daga, pero, en lugar de hacerlo, se abalanzó violentamente sobre la espalda desprotegida del tuareg, con la daga en la mano.
Hermione oyó su propio grito de advertencia, pero algo más debía de haber alertado a su captor del peligro, porque se había dado la vuelta y, con un movimiento tan rápido que los ojos de Hermione no pudieron seguirlo, golpeó la mano de Sulimán, desarmándolo.
Inmediatamente, tres hombres sujetaron a Sulimán y se lo llevaron a rastras. Como si no hubiera sucedido nada fuera de lo normal, el tuareg recogió de nuevo la túnica y se la puso, y le hizo una brusca indicación con la cabeza para que lo siguiera.
—Ven —ordenó.
Daba unos pasos tan largos que ella tuvo dificultades para seguir su ritmo, pero cuando por fin se puso a su lado, él se detuvo y la miró.
—No caminarás a mi lado, sino detrás de mí —le ordenó, fríamente.
Hermione no podía creer lo que estaba escuchando. Los traumas que había soportado quedaron olvidados en la furia de aquel ultraje.
—No lo haré —se negó ella apasionadamente—. Yo no soy una… una posesión tuya. Y además, en Zurán los hombres caminan al lado de sus compañeras.
—Esto no es Zurán, es el desierto, y tú eres mía para hacer contigo lo que quiera, cuando y como quiera.
Sin darle la oportunidad a contestar, el hombre se giró y continuó caminando rápidamente hacia las tiendas de campaña, que estaban inteligentemente escondidas de la vista por unas rocas.
Varios fuegos ardían en un claro delante de las tiendas, y mujeres vestidas de negro removían cazuelas con comida humeante. El aroma de la comida hizo a Hermione darse cuenta de que hacía mucho tiempo que no comía, y su estómago rugió hambriento.
La tienda de su captor estaba separada de las demás.
Un vehículo bastante abollado estaba aparcado junto a ella, y detrás de él estaba atado su caballo, masticando felizmente algo de paja, mientras un niño lo vigilaba. Pero Hermione no tuvo tiempo de estudiar el entorno, ya que una mano en su espalda la impulsó al interior de la tienda.
Ella había visto tiendas parecidas en Zurán City, como parte de programas educativos, ¡pero nunca habría imaginado que estaría dentro de una de verdad! Varias lámparas de aceite iluminaban tenuemente el espacio principal de la tienda, una especie de salón, con alfombras ricamente confeccionadas y un tradicional diván. Había varios almohadones en el suelo y una mesita baja de madera con una cafetera.
De pronto, todos los acontecimientos del día la superaron y sus ojos se llenaron de lágrimas de agotamiento.
—¿Por qué lloras? ¿Es por tu amante? Dudo que él esté gastando ni una lágrima en ti, a juzgar por la velocidad con la que te ha abandonado.
Hermione se lo quedó mirando.
—¡Viktor no es mi amante! Es un hombre casado…
—Si no es tu amante, ¿por qué iba a traerte a un lugar tan remoto? —replicó él, con una sonrisa cínica.
—No se lo permití. Él… él me obligó…
—¡Por supuesto que lo hizo! —exclamó él burlonamente.
Hermione elevó la cabeza y lo miró desafiante.
—¿Por qué finges ser un tuareg, cuando es obvio que no lo eres?
—¡Cállate! —le ordenó él furioso.
—No. No voy a callarme. Te recuerdo del callejón en Zurén City, aunque tú no me recuerdes.
Hermione ahogó un grito cuando él le tapó la boca con la mano. En sus ojos había un destello amenazador conforme se inclinó sobre ella y le dijo suavemente:
—Vas a estarte callada.
¡Hermione ya había tenido suficiente! Había sido secuestrada, acosada, amenazada, ¡y luego esto! Furiosa, mordió con fuerza la mano que le tapaba la boca.
—¡Mujer, eres una fiera! —rugió él, mientras observaba la sangre manando junto a su dedo pulgar—. ¡Pero no voy a consentirte que me contamines con tu veneno! Límpialo.
Hermione lo miró incrédula y sintió arder sus mejillas. Estaba conmocionada por lo que acababa de hacer. La furia y la indignación hicieron que todo su cuerpo se tensara. Y lo más sorprendente era que, en el fondo, era peligrosamente consciente de la sensualidad de sus pensamientos. ¿Unos pensamientos que eran reflejo de sus deseos secretos?, se preguntó, ¿deseos que ansiaba en secreto que se convirtieran en realidad?
¡Por supuesto que no! Sintiendo el aliento de él contra su oreja, tomó la prenda que él le tendía, la sumergió en el cuenco con agua que había a su lado y lavó la herida.
Bruscamente, él la soltó y se apartó de ella.
—¡No! ¿Por qué iba a darte la oportunidad de causarme aún más daño? —comentó él con voz ronca y distorsionada.
—¿Por qué te comportas así? —preguntó ella, temblando—. ¿Quién eres? En el zoco parecías europeo.
—No sigas diciendo esas cosas. ¡No sabes nada de mí!
Hermione percibió el salvaje rechazo y la hostilidad de aquella voz.
—Sé que no eres un tuareg —insistió.
—Y silo fuera, lo sabrías, claro —le provocó él, burlón.
—Sí, lo sabría —le aseguró ella con firmeza—. He estudiado la historia y la cultura de Zurán, y ningún tuareg auténtico se descubriría el rostro en público de la manera en que tú lo hiciste el otro día en el callejón…
Hubo un silencio de lo más revelador antes de que él hablara en un tono tranquilo pero amenazador.
—Si yo fuera tú, me olvidaría de Zurán City y de sus callejones.
Hermione inspiró profundamente y dejó salir el aire poco a poco.
—¿Y bien? ¿Vas a decirme quién eres?
Durante unos segundos, creyó que él no iba a responder. Y entonces él se encogió de hombros.
—Quién soy no importa. Pero lo que soy sí que importa. Aquéllos que hemos jurado lealtad a El Khalid tenemos razones muy poderosas para haberlo hecho. Vivimos fuera de la ley, y harías bien en recordarlo.
—¿Eres un criminal? —supuso ella—. ¿Un fugitivo?
—Haces demasiadas preguntas y, te lo aseguro, no te gustaría saber quién ni qué soy en realidad.
A Hermione le costó trabajo no sentir escalofríos ante aquellas palabras amenazadoras.
—Bueno, pues al menos dime cómo quieres que llame. No puedes querer en serio que te llamen «Tuareg». ¡Yo desde luego no querría que me llamaran «Inglesa»!
Para su asombro, él rió.
—Muy bien. Puedes llamarme…
Draco se detuvo. No podía darle su auténtico nombre, Alec, era demasiado reconocible. En el campamento rebelde, donde la identidad legítima de cada hombre se respetaba como un asunto privado de cada cual, él era conocido sólo por «Tuareg», y se había puesto el apellido común de Bin Sadeen. Pero «Tuareg» no era el nombre que quería escuchar de labios de aquella mujer, aunque no quería analizar por qué.
—Puedes llamarme Draco —se oyó a sí mismo decirle a ella.
Draco era su nombre.
—Sólo la usaban los más cercanos a él, su medio hermano y su cuñada, así que nadie más lo reconocería.
—¿Draco? —preguntó ella, frunciendo el ceño—. Es raro. No lo había oído nunca.
—Lo eligió mi madre —explicó él secamente—. ¿Y cómo quieres que te llame yo?
—Me llamó Hermione Granger —le informó, y dudó antes de encontrar el coraje para continuar—. ¿Cuándo… cuándo podré regresar a Zurán City?
—No lo sé. El Khalid ha dado orden de que nadie abandone el campamento sin su permiso.
Por un instante, Hermione se sintió tentada de preguntarle qué les había llevado a instalarse en el oasis, pero por precaución decidió no hacerlo.
—Muy sabio por tu parte —le dijo él fríamente, como si hubiera adivinado lo que ella estaba pensando, y a continuación le ordenó—: Quédate aquí. No salgas de la tienda.
—¿Adónde vas? —inquirió Hermione como loca, conforme él comenzó a alejarse de ella.
Él se dio la vuelta y habló suavemente.
—Voy a mi dormitorio, a quitarme esta ropa sucia.
Ella sintió que se ruborizaba.
—¡Oh, tus cortes! —recordó, sintiéndose culpable—. ¿No deberías curártelos?
Él se encogió de hombros sin darle importancia.
—Sólo son unos rasguños, y se curarán rápidamente.
Hermione recordó algo de pronto.
—¿Por qué Sulimán ha perdido la pelea, cuando has sido tú el que ha resultado herido? —le preguntó, curiosa.
—No se trata de cortar en rodajas al oponente, sino de desarmarlo —respondió él sin ningún apasionamiento.
Se giró, y ella miró hacia la salida.
—Hay trescientos kilómetros de desierto entre este lugar y Zurán City.
Esas palabras tan objetivas hicieron que un estremecimiento de hostilidad y desesperación le recorriera el cuerpo. El desierto era una cárcel muy especial, un guarda diseñado por la Naturaleza para evitar que ella se escapara, y él lo sabía.
¿Sabría también lo asustada que se había sentido cuando Sulimán la había reclamado como su trofeo? ¿O su alivio cuando él había aparecido? ¿Sabría lo complejas y perturbadoras que eran sus emociones? Frunció los labios. ¡Esperaba que no! Él estaba haciendo que se sintiera muy vulnerable emocionalmente. Se giró hacia él y le hizo frente.
—No te saldrás con la tuya. Viktor telefoneará a las autoridades, y…
—Estamos en una zona deshabitada del desierto, más allá del alcance tanto de tu amante como de las autoridades —replicó él gélidamente.
—Viktor es mi jefe, no mi amante —repitió ella, sintiendo que las mejillas le ardían ante la forma como él la miraba.
—¿Y por qué otra razón ibais a presentaros en el oasis, juntos y sin nadie más? Aunque no me sorprende que quieras negar tu relación con él después de la forma en que te ha abandonado. Aquí en el desierto guiamos nuestro comportamiento por nuestra relación con las mujeres, sobre todo si están unidas a algún hombre, comprometidas emocionalmente con él. Pero tu cultura no considera que eso sea algo importante ¿verdad? Yo preferiría rajarme el corazón antes que abandonar a la mujer que lo poseyera, por mucha situación de peligro que se diera.
Las intensas e íntimas imágenes que sus palabras estaban conjurando en la mente de Hermione le recordaban sus sueños más privados y secretos. ¿Acaso ella no había ansiado siempre un hombre y un amor como aquéllos, aunque se decía a sí misma que quería algo que no existía? ¿Acaso no había tenido que obligarse sí misma a dejar de lado esa estupidez y concentrarse en la realidad de la vida?
Tragó saliva con fuerza para intentar disolver la bola que tenía en la garganta y se dio la vuelta.
—Vete si quieres —escuchó que decía él, sin darle importancia—. Si Sulimán no te atrapa, el desierto seguro que lo hará.
Hermione no respondió, porque reconoció que él decía la verdad.
Aunque estaba de espaldas a él, supo exactamente cuándo se había metido en la zona del dormitorio.
La ola de adrenalina que le había dado el valor de hablar de forma tan desafiante con él se había esfumado, y se sentía débil y temblorosa. Reconoció que la tienda y su propietario no sólo eran su prisión y su carcelero, sino también su lugar seguro y su protector.
¡Pero no debía olvidarse de quién era él! Era su captor, y no podía permitirse depender emocionalmente de él.
Paseó nerviosa por la suave alfombra de la zona común, sintiéndose cada vez más enferma, tensándose ante cada sonido extraño, y le pillé desprevenida cuando se giró y vio a Draco de pie observándola.
Llevaba una túnica blanca impoluta que aún se estaba atando, y estaba descalzo y con la cabeza al descubierto. A la luz de las lámparas, Hermione percibió el brillo de la piel su pecho.
Un sentimiento incontrolable exploté en su interior, causándole un deseo tan íntimo y potente que tuvo que tomar aire para no desmayarse.
Él tenía el pelo mojado y olía a piel limpia y al sutil aroma de la colonia que empezaba a asociar con él.
Estaba logrando que se sintiera incómoda y muy consciente de la diferencia entre su aspecto limpio y fresco y su propia sensación de estar pegajosa. Pero no sólo se sentía incómoda por eso. Intentó apartar desesperadamente su traicionera mirada de las manos que ataban la túnica.
En un intento por ocultar lo que sentía, preguntó bruscamente:
—¿Cuánto tiempo planeas tenerme aquí?
—¡Todo lo que sea necesario! —respondió él con arrogancia.
—¿Y… y qué vas a hacer? —insistió ella, intentando que no se notara su nerviosismo—. ¿Cómo vas a hacer que la expedición sepa…?
—¡Haces demasiadas preguntas! Yo en tu caso me preocuparía más por preguntarme si tus amigos estarán dispuestos a pagar por tu libertad y a qué precio.
Hermione se sintió invadida por el pánico, pero se negó a rendirse ante él. La muerte de sus padres la había obligado a confiar en sí misma desde muy joven, cuando le tocaba afrontar las realidades desagradables.
Y en aquel momento había una pregunta muy desagradable que necesitaba contestación.
Se humedeció los labios y preguntó con voz ronca:
—¿Y si… y si no pueden pagar el rescate?
—Entonces llevaré mi mercancía a un mercado más amplio. Mucha gente pagaría mucho dinero por una mujer joven y hermosa.
Hermione lo miró perpleja. No podía estar hablando en serio, ¿verdad?
Sin decir nada más, él se enrolló el pañuelo al modo tuareg, se calzó unas sandalias y, apartando la pesada cortina, salió de la tienda.
¡Se había quedado sola! Pero no tenía más opción que esperar a que él regresara e hiciera con ella lo que quisiera.
¿Y si él la encontraba deseable? El corazón se le aceleró y le inundó una peligrosa sensación de excitación.
Las actividades deshonestas de él debían de dejarle buenos beneficios, pensó ella con cinismo. Al menos, eso indicaba el interior de la tienda y sus adornos. Las alfombras que había por el suelo y las «paredes» estaban finamente confeccionadas y eran de una calidad muy superior a la que ella había visto en las tiendas. Tocó una tímidamente, y era tan suave y cálida como si fuera algo vivo. Si cerraba los ojos, casi podía imaginar.
Sonrojándose, retiró bruscamente la mano de la alfombra, como si le quemara. El diván estaba tapizado con una tela oscura y suave, y estaba repleto de cojines. Las lámparas de aceite provocaban misteriosas sombras que aumentaban la sensualidad de los tejidos y materiales. Un instrumento parecido a un laúd estaba en el suelo junto al diván, y detrás de él vio una pila de libros encuadernados en cuero.
Automáticamente se acercó a ellos y tomó uno entre sus manos. El título estaba escrito con pan de oro:
El Rubaiyat de Omar Khayyam… Un libro de poesía. Parecía fuera de lugar. Hermione dejó el libro en su sitio y se sentó en uno de los cojines. Aún le dolía la cabeza, y estaba agotada tanto física como emocionalmente. Cerró los ojos.
Draco regresó a su tienda meditabundo, deteniéndose antes de entrar junto a su yegua, que acercó su hocico cariñosamente al brazo de él.
El desafío de Hermione acerca de que él no era un tuareg le había dejado alterado. Su madre había sido amada y respetada por toda la familia de él, excepto Nazir y su padre.
Y, según su medio hermano el Soberano, su madre había aceptado feliz la forma de vida de su marido. Amaba el desierto y a sus gentes, pero no era hija del desierto, como él tampoco lo era. Su padre había decidido educarlo en Europa para que experimentara su herencia cultural y para cumplir la promesa hecha a su madre en su lecho de muerte.
Pera Draco nunca olvidaría una conversación que había escuchado por casualidad, entre su padre y un diplomático británico:
—El asunto es que el muchacho no es ni una cosa ni otra… —había comentado éste.
El diplomático tenía razón, reconoció él en aquel momento. Mientras que la mayor parte de él siempre pertenecería al desierto, había otra parte de él que se activaba cuando estaba inmerso en las labores diplomáticas en Washington, Londres y París, promocionando Zurán. No se sentía europeo, pero tampoco completamente zuraní.
Por eso, junto con la pérdida de su madre, le pesaba en su interior un sentimiento de soledad.
De alguna forma, Hermione había agrietado sus defensas y había tocado algo oculto en lo más profundo de su alma. ¡Y por eso quería que ella saliera de su vida!
De pequeño, había vivido su herencia con confusión y ansiedad, pero como adulto había aprendido que la mezcla era positiva y que podía usarla para beneficiar a Otros.
Con el apoyo de su medio hermano, trabajaba sin descanso para mejorar las relaciones entre su país y el resto del mundo, y su labor había sido reconocida al ser nombrado enviado especial de Zurán.
En aquel momento, se sentía más alterado que tranquilo, ¡y todo se debía a Hermione Granger! De todo lo que había previsto que podía complicar sus planes cuidadosamente pensados, la inesperada e indeseada presencia de aquella mujer era lo último que hubiera esperado, ¡y lo último para lo que estaba preparado! Ella era un peligro, tanto para sí misma como para él. Lo normal hubiera sido que estuviera aterrada ante la inusual situación, no que lo bombardeara con preguntas. Y desde luego, no que hiciera públicos sus comentarios y opiniones acerca de él. ¡Podía arruinarlo todo, su misión secreta tan cuidadosamente planeada! Si El Khalid no hubiera ordenado que nadie abandonara el campamento, la habría devuelto a su gente y hubiera regresado a hacer lo que había ido a hacer allí…
Debería haberla entregado a su suerte y a Sulimán, decidió amargamente. Desde luego, ella tenía valor. Y una boca que olía a rosas y sabía a almendras con miel. Y su cuerpo era como el de una gacela, y sus ojos…
Recuperó el control de sus pensamientos. Su cuñada le había presentado innumerables jóvenes que podían convertirse en sus esposas, pero ninguna le había interesado. Eran demasiado dulces, demasiado dóciles, les faltaba brío. Él quería la orgullosa independencia, lo salvaje del halcón hembra, que sólo se dejaba domesticar por un solo hombre, y sólo bajo sus propias condiciones…
Una mujer que se derretiría en sus brazos con una pasión salvaje y dulce a la vez, que se entregaría a él en cuerpo y alma y le exigiría a él lo mismo. Una mujer que correría a su lado por la arena del desierto y, con la cabeza apoyada en su regazo, le escucharía tocar música y leerle los más bellos poemas de amor.
Él había decidido hacía tiempo que esa mujer no existía fuera de su imaginación. Hermione Granger no era esa mujer, se dijo ferozmente.
¿Por que estaba malgastando su tiempo y su energía, pensando en ella, cuando debería centrarse en asunto mucho más importantes? Estaba seguro de que el personaje importante al que se refería El Khalid tenía que ser Nazir, aunque no había querido insistir en sus preguntas para no levantar sospechas.
El olor de la comida recién cocinada le recordó que no había comido nada. Se acercó al fuego comunitario y se sirvió un plato de cordero.
Continuará...
