Todo se repetía tal cual. Ahí estaban, Alois y Ciel, ambos empuñando sus espadas, blandiéndolas como si de un baile se tratase. En un momento el rubio tuvo el control, y logro dejar al pelinegro a sus pies, sin embargo, al siguiente minuto era él quien estaba doblegado a la voluntad del más bajo. Una herida profunda, hasta el dolor se sentía en el sueño. Apareció Claude unos momentos más tarde.
Claude Faustus, un ser indiferente, severo, apático, egoísta, que veía solo por sí mismo, y los demás para el eran un juguete.
Al principio era así, y Alois hubo aprendido a aceptarlo. Sin embargo, la actitud de su mayordomo dio un giro de 360 grados al momento de probar la sangre de Ciel Phantonhive. Paso de ser frío y calculador a irracional y obsesivo hacia Ciel, convirtiéndolo en su mayor objetivo.
El rubio recordaba aquella pelea con un hondo dolor, fue ahí donde dejo de vivir, y se aventuró a morir.
Aún no olvidaba aquella mirada que puso al probar la sangre del chico. Era una que jamás vio, que nunca le dirigió a él. Por primera vez sus doradas orbes cobraron vida, quedando sumido en Ciel, haciendo caso omiso a su amo Alois, quien estaba tirado en el suelo, retorciéndose de dolor.
Y ya estaba acostumbrado a ser ignorado por el hombre de azabaches cabellos, nunca mostraba ninguna clase de apego a él, solo lo veía como un contratista más, una simple Alma a la que devorar. Nunca tenía ningún interés en las acciones del conde Trancy, no lo ayudaba a tomar decisiones correctas, y reprochaba los sentimientos del rubio.
Alois lo sabía. Su alma resultaba asquerosa para aquel demonio, y estaba preparado para que en el momento menos esperado el hombre lo asesinara.
Alois despertó alterado, cubierto en sudor y con un fuerte dolor en donde el pelinegro le había hecho la herida. Se sentó en su mullida cama, masajeándose las sienes con ambas manos. Paseo su aturdida vista por su alcoba hasta chocar con la ventana abierta. Cierto, la dejo así en la noche, cuando se detuvo a observar la luna en su más alto punto. Unos segundos después escucho pasos acercándose. Seguramente era Claude, que venía a despertarlo como todas las mañanas. Por inercia se acostó en la cama, haciéndose el dormido.
El chirrido de la puerta, anunciándole la llegada del hombre le erizo la piel. Los pasos, firmes, se dirigieron a la ventana, de donde un gélido viento se colaba, era un día nublado. Escucho los ventanales cerrarse; después solo silencio. Pasaron unos minutos así, el rubio estaba a punto de levantar la vista para ver a que se debía cuando escucho un suspiro, ¿desde cuándo Claude suspiraba?
-Es hora de levantarse.- la voz del mayor sonaba distante, ida.
-Quiero dormir un poco más, Claude.- se quejó Alois, enfundándose en las finas sabanas, fingiendo cansancio.
-Hoy tiene un día ocupado.- respondió cansino el mayordomo.
-Como sea.- se levantó casi de un salto. Estaba seguro que si no lo hacía Claude lo dejaría seguir durmiendo. Se sentó en el borde del lecho y cerró los ojos dejándose llevar por la sensación de las manos del de orbes color oro. Cuando sintió que ya estaba desnudo abrió los ojos y fijo la vista en las hábiles manos del demonio abrochando los botones de su camisa. Adoraba esas manos.- ¿Qué hay para hoy, Claude?
-Tiene que asistir al concurso de patinaje, eso le llevara por lo menos toda la mañana.- anuncio el mayordomo, mientras le colocaba las botas a su amo. Acto seguido se levantó, estaba hincado.
-Pero que evento más aburrido y vulgar.- se quejó Alois, mirando con desprecio sus botines cafés.
-Su presencia es necesaria. Acaba de mostrarse como el conde Trancy, muchas personas aún no lo conocen, y se rumorea que la reina estará presente.- menciono, mientras acomodaba sus lentes.
-Eso significa que también estará presente el Perro Guardián de la Reina- escupió Alois con burla, mirando desafiante a su mayordomo, con una sonrisa macabra. Los ojos amarillos tomaron brillo.- Y también el magnífico mayordomo Sebastián Michaelis.- se burló cruzando una pierna sobre la otra, y recargándose hacia atrás.
-Iré por su té- respondió tajante, después de un momento de silencio. Ese niño lo sacaba de sus cabales, era sádico y cruel. Hizo una ligera reverencia y salió de la habitación, escuchando la aturdidora risa de Alois.
Bajo con completo sosiego las escaleras, y busco con la vista a alguno de esos trillizos demonios, encontrándolos con éxito en un rincón, acomodando flores carmesí en un jarrón.
-Eh, ustedes.- llamo Claude, provocando que los tres chicos de idénticas facciones, cabellos morados y ojos rojos, voltearan.-Preparen té, cuando hayan terminado búsquenme para llevarlo a los aposentos del amo.- dijo, con su perturbadora voz. Los tres muchachos asintieron, y se corrieron a la cocina, cuando ese hombre daba una orden, esta debía ser acatada al instante, o sufrirían la furia del conde Trancy.
Hacia relativamente poco tiempo, Claude se encargaba de preparar el té, esforzándose, siempre quedaba exquisito. Pero ahora no tenía mente para eso. Ya no se molestaba por hacer esas tareas para alguien que ya no le resultaba interesante.
Retorno su camino, subiendo las escaleras y caminando por un pasillo, adentrándose en las profundidades de la casa, para llegar a su alcoba. Abrió la puerta, a pesar de ser un mayordomo, su cuarto, aunque sencillo, parecía elegante. Todo pulcramente ordenado, sin un rastro de polvo, igual que en toda la mansión. Cerro la puerta tras de sí.
Las telas de araña daban un ambiente tétrico, estando en todas las esquinas. El hombre se acercó a una mesa que se encontraba al lado de una ventana, con una rosa blanca en medio de ella. Los ojos del demonio se encendieron en rojo, y la rosa se tornó de un bello color azul.
-Ah, la profundidad del color es tan pura como el alma del joven amo.- susurro con una voz llena de emociones, cerrando los ojos y oliendo la flor.
Claro que se refería a Ciel.
Tocaron a la puerta, sacando de su felicidad al mayordomo, quien chasqueo la lengua y acomodo la flor en su traje, abrió la puerta. Eran esos tres chicos, ya tenían listo el té. Alois. Lo había olvidado por completo. Tomo el carrito, cerró la puerta y dejo atrás a los demonios Timber, Thompson y Canterbury, que se quedaron cuchicheando entre ellos.
Toco a la puerta del despacho del rubio, este le contesto con un "adelante" y se abrió paso en la habitación.
-Para hoy tenemos un té de…- diablos, olvido preguntarles a los chicos de que era el té. Sirvió una taza, con destreza innata. -Disfrútelo. – hablo de nuevo, ofreciéndole a su amo el té en una taza de porcelana, bellamente decorada por flores doradas.
Alois se limitó a esbozar una sonrisa y probar el té. Era té blanco. Desde hace un tiempo siempre le servían la comida con un gusto distinto, más no malo. Y Alois ya sabía que era porque su mayordomo no lo preparaba. Sin embargo, siempre se simulaba no inmutarse.
-Delicioso.-dijo sonriendo, el hombre pareció satisfecho.
-El concurso se llevara a cabo en una hora, ¿desea que prepare el carruaje?- hablo Claude, ansiando poder salir y ver al joven Phantomhive.
-Claro.- dijo el rubio levantándose. Clavo su vista en el pecho del demonio, quien le siguió la mirada. La flor.- Oh, no me parece tener de estas en el jardín.- anuncio el chico de azules orbes, con curiosidad. Luego reflejo en el rostro picardía.- Me recuerda a los ojos de cierto chico.- acaricio la flor, luego se enfureció. - ¿Qué esperas?, ¡prepara el carruaje!- grito molesto. Claude salió ipso facto.
El conde Trancy camino decidido por el pasillo, listo para partir al concurso. No quería ir. Bajo las escaleras, Hannah estaba ahí, se inclinó ante su amo. La irá que estaba reteniendo encontró con quien desquitarla.
-¡Apártate, mujerzuela!- le grito a la albina, golpeándola en la espalda provocando que se callera. Aún estaba furioso. La pateo en la cara, en el abdomen, en la nuca. Más ella no se quejó, se confino a quedarse ahí. Siguió y siguió, pensando en el conde Ciel, en todo el mundo, todos los malditos que lo insultaron. Pensó en Claude, la golpeo con más fuerza.
De un momento a otro apareció el de orbes doradas, anunciando que debían partir.
-Limpien la sangre, o dejara un aroma putrefacto.-dijo Alois, ordenándoles a los trillizos, que miraban desde la entrada. Corrieron a socorrer a Hannah.
Llegaron al evento, donde solo estaban personas de sociedad. La pista de hielo estaba vigilada por Scotland Yard. Si había tanta vigilancia, seguro vendría la reina.
El rubio busco con insistencia al joven Ciel desde que llego, encontrándolo después de algunos minutos sentado en una grada, acompañado por supuesto de su galante mayordomo Sebastián. Corrió con alegría hacia el chico, más fue turbado por la presencia de una chica rubia, que lo abrazo cuando él ya estaba cerca.
-¡Oh, Ciel! ¡Te vez tan lindo con ese abrigo de piel!- grito emocionada la pequeña, Alois la reconoció al instante. No era nada más y nada menos que la prometida de Ciel, Elizabeth. La alegría pura y honesta se encontraba en esa niña, que juntaba su mejilla contra la nívea piel del chico, haciendo círculos.
-Basta, Elizabeth.- se quejó el conde, apartando a la chica, aturdido.
-¡Te he dicho que me llames Lizzy!- lloro la chica de verdes ojos.
-Señorita.- llamo una joven, de cabello y ojos marrones.- sus padres la estás buscando, pues está a punto de comenzar el evento.
-¡Jo!- la chica se cruzó de brazos e hizo un puchero infantil.- ¡Nos vemos, Ciel!- sonrió, corrió rumbo a sus padres, su vestido rosa le favorecía enormemente. Ella si tenía una familia a la que regresar.
-Quizá podría ser un poco más delicado con ella, recuerde que contraerán nupcias, joven amo.- le recomendó Sebastián, mirando divertido a su amo irritado por la presencia de su prima.
-Lo tengo presente. Pero es la rubia más molesta del mundo.- clamó. Poco después sintió unos brazos que lo apresaban con la misma, o más efusividad que Lizzy.
-Cuanto tiempo, Ciel.- esa voz, la reconocio al instante, Alois.
-¿Sabes que Sebastián?- hablo el conde mientras apartaba al chico rubio.- Me retracto.
-¿De qué, Ciel?- sonrió Alois. La mirada fascinada de Claude le borro la felicidad fingida, estaba a punto de llorar.
-Nada.- se cruzó de brazos.
-Oh, vamos. Eres un amargado. –el rubio hizo un puchero inconforme, que a Ciel le recordó a su prometida.- ¡Sonríeee!- rio Alois, jalando las mejillas del Perro Guardián de la Reina.
-No soy amargado.- bufo Ciel cerrando los ojos.
-Testarudo.- se rio Alois.
-Ah, eres tan pesado, Alois.- se cruzó de brazos y miro a otra parte.- Como sea, ¿Cómo seguiste del abdomen?- pregunto cómo quien no quiere la cosa. ¿Acaso estaba preocupado? El rubio se sorprendió poniendo los ojos como platos. Los mayores miraron encantados al chico de cabello negro azulino. Así que eso era. Ya les había oído decir a muchos de la bondad que Ciel intentaba ocultar, mas sin embargo, nunca la había visto, hasta ahora. Intentaba mostrarse frío y sin misericordia. Un alma que no podía ser salvada. Más en el fondo era pura.
-Muy bien… gracias.- logro articular.
No hubo más charla. La presentación de patinaje se llevó sin contratiempos. La reina Victoria no apareció, y en el fondo, Ciel y Alois agradecieron por eso.
Hubo una fiesta después de eso, por lo que todo se prolongó hasta altas horas de la noche.
En la carroza, que se dirigía de regreso a la mansión Phantomhive, Ciel se preguntaba que le ocurría a Alois. Su alegría desapareció cuando le pregunto sobre su herida, y toda la noche le rehuyó, no quiso sostener una charla muy larga con el de nuevo.
Y esa cara que puso, ¿por qué era? No pudo descubrirlo, pero planeaba hacerlo.
-Joven amo, llegamos.- la melodiosa voz de Sebastián lo saco de sus pensamientos.
-Oh, por supuesto.- murmuro bajando, miro la luna llena.
-"Claude, jamás podrás quitármelo. Su alma es mía"- pensó Sebastián mirando al pequeño conde.
-Tengo hambre.- bufo Ciel cuando se encontraron en la puerta de la mansión.- Prepara algo dulce.
El mayordomo no le permitía comer demasiados dulces, y menos en las noches. Esta vez lo dejaría pasar.
-Yes, my Lord.- contesto el demonio.
