Nada es mío, tan sólo el placer del adaptar.


CAPÍTULO 1: La noche de Maquiavelo.

Isabella Swan yacía en la gran cama y temblaba. En la habitación no había ningún fuego encendido y hacía un frío que no era normal a finales de abril. La ventana ajustaba mal, se movía dejando entrar una corriente de aire frío y húmedo; pero no era ese el motivo de sus temblores. La razón eran los ruidos que llegaban de los pisos inferiores de la casa de su hermano. Golpes, canciones a gritos y risueños chillidos femeninos hablaban de algún tipo de perversión.

Había sido lo mismo casi cada noche, durante los dos meses que llevaba viviendo en la angosta casa de Forks. Los días eran poco mejores, ya que la vivienda estaba siempre sucia y con el aire viciado de la velada anterior, y los criados eran desaliñados e insolentes.

Isabella añoraba su hogar, Phoenix en Arizona. Allí la había abandonado su hermano James, hasta que finalmente vendió la casa para hacer frente a sus deudas. La verdad es que no había sido una vida de lujos, ya que sólo tres criados habían aceptado recibir el mezquino salario que pagaba James. Les había proporcionado tan poco dinero para mantener el lugar que se habían visto obligados a comer lo que podían cultivar, y a remendar y arreglar el viejo edificio como podían.

Pero era un lugar tranquilo y era libre. Libre para leer en la biblioteca, pasear por el campo y visitar a los vecinos a los que conocía de toda la vida. Aquí, en Forks, no había ningún libro que una dama pudiera leer, ningún parque comparable al campo, y ningún amigo.

A veces estaba tentada a volver corriendo a Phoenix y vivir de la caridad de los amigos, pero no podía. Por expreso deseo de su padre, si abandonaba la "protección" de su hermano antes de cumplir los veinticinco años, perdería su herencia. Eso a él le alegraría ya que, como bien sabía ella, había malgastado la mayor parte de su propio patrimonio.

Un chillido particularmente estridente hizo que Isabella se acurrucase más y se tapara con las mantas hasta las orejas. La escasez de dinero de su hermano no parecía ser suficiente para que moderara su hospitalidad. ¿Iba a poder ella aguantar esto durante dos años más hasta que tuviera el control de sus cosas? Era poco probable que pudiera oponerse a James, quien engañaba a la gente con facilidad, incluso a sus padres, y era experto en manipular a Isabella implicándola en situaciones donde estaba en desventaja.

Tenía que admitir que si James había vendido la propiedad en el campo sólo para tenerla bajo su discutible protección, había tenido éxito.

Por delante de su puerta se oyó el sonido de unos pasos acompañados de unas tontas risitas bajas. Isabella se tranquilizó al saber que estaba a salvo del libertinaje, levantándose de la cama para comprobar que tanto la puerta que daba al pasillo como la del vestidor contiguo estaban bien cerradas. Sonrió ante sus temores. Esa puerta llevaba cerrada tanto tiempo que incluso la llave se había perdido.

Al mismo tiempo, sabía que lo más sensato era tomar todas las precauciones. Aunque estuviera segura de que había un límite a lo que era capaz de hacer su hermano para conseguir la herencia de ella, lo cierto es que cada vez estaba más desesperado. Indudablemente, sus deudas iban en aumento.

James la había arrinconado dos días antes para felicitarla por haber recibido una petición de matrimonio para ella.

—¿Quién puede haberse interesado en mí? —había preguntado con sorpresa— No conozco a nadie.

—Vamos, vamos, querida hermana —había respondido con una sonrisa de satisfacción—. De cuando en cuando te he presentado a mis invitados, cuando no te escapabas por timidez.

—No era timidez —contestó Isabella cortante—, si no las náuseas que me dominaban, hermano.

Él se rió. Esa era su respuesta a las situaciones desagradables.

—Eres demasiado especial para ser una dama a punto de quedarte para vestir santos, Bella. Tienes veintitrés años ya, lo cual significa que eres demasiado mayor, y aún así te estoy dando una oportunidad. ¿Cómo crees que vas a ser una dama?

—Soy una dama —replicó ella—. Y te repito, hermano, que entre tus conocidos no hay ningún caballero.

—Querida, un conde no tiene necesidad alguna de ser un caballero. Lord Laurent Da Revin está deseando cortejarte.

¡Laurent Da Revin! Isabella se estremeció sólo con pensar en él. Era el peor de los amigos de su hermano, si es que podía llamarse así. Era la encarnación del mal. Después de todo, James solo tenía veinticinco años, era egoísta por naturaleza y malicioso, pero nada más. Había sido Laurent Da Revin, o al menos eso le parecía a Isabella, quien había llevado la depravación a su vida, en forma de borracheras, drogas provenientes de Oriente y otros vicios.

—Nunca me casaré con Lord Laurent Da Revin —había dicho absolutamente convencida. Antes prefería morir.

—¡Que arrogante! —se había burlado él, pero ella notó que estaba desconcertado. Deseaba que ese matrimonio se realizara—. Lord Laurent Da Revin siempre obtiene lo que desea, Bella, y se sentiría mucho más inclinado a ser bondadoso si accedieras de buen grado.

—No sabe lo que es la bondad. Escúchame bien, James, la respuesta es no y seguirá siendo no, hagas lo que hagas. ¡Jamás me obligarás a caer tan bajo!

Ahora se echó a temblar por el desafío que había lanzado. Había sido una temeridad, pero por miedo; miedo a Laurent Da Revin con su cuerpo cadavérico, sus labios húmedos y sus ojos de serpiente. Incluso olía como un cadáver. Se estremeció al pensar en él. Era preferible vivir bajo la dudosa protección de James.

Un golpe la sacó de sus pensamientos, asustándola.

—¿Quién es?

—Soy Vicky, Miss Isabella. Le traigo una bebida caliente, madame. No hay quien pueda dormir por aquí.

La voz llegaba tenue desde detrás de la puerta cerrada. Victoria era nueva en la casa. Era joven, bonita y puede que maliciosa, pero había tratado a Isabella con respeto y pensó que lo de la bebida caliente era una buena idea. La chica tenía razón. La posibilidad de dormir en las siguientes horas era muy remota.

Isabella caminó a través de la alfombra raída, estremeciendose a causa del frío incluso con su grueso camisón de franela, y abrió la puerta cautelosamente. Allí sólo estaba la criada, con el cabello rojo ligeramente despeinado y una taza tapada en la mano.

—Gracias, Vicky —dijo Isabella cogiendo la taza—. Muy amable por tu parte —intentó devolver el favor—. Te aconsejo que no vuelvas abajo.

La muchacha se ruborizó pero le dirigió una mirada de descaro.

—Tengo que obedecer al amo —replicó. Su acento demostraba que había vivido en el campo hasta hacía poco y que había ido a la ciudad en busca de mejores oportunidades.

Isabella asintió.

—Entonces ve. Gracias de todos modos —se compadecía de Victoria. Cuando pasara lo inevitable se vería puesta en la calle para que se buscara la vida como pudiera. Sin embargo, lo único que Isabella podía hacer era advertirla. Cerró cuidadosamente la puerta antes de apresurarse a volver bajo las mantas.

La cama estaba acogedoramente cálida después del frío ambiente, y el aroma de la leche especiada le levantó el ánimo. Se la bebió a sorbos. Le pareció que que llevaba un poco de ron, estaba demasiado dulce para su gusto, pero era tranquilizante y se la bebió toda. Volvió a acurrucarse bajo las sábanas.

La bebida la había relajado, y no tardó en dormitar, menos molesta por los sonidos del piso de abajo. No estaba segura de haberse quedado dormida, cuando un ruido penetró en su conciencia.

El sonido de una cerradura.

Alguien estaba hurgando en la cerradura.

La puerta del vestidor, que llevaba mucho tiempo sin usarse, chirrió al abrirse.

Para su horror, Isabella vio que parecía tener paralizados los miembros y el cerebro embotado. Tenía la visión turbia aunque parpadeara para aclararla. Y lo que era todavía peor, sólo podía concentrarse en un punto a la vez y eso con un gran esfuerzo. Luchó por incorporarse un poco y vio a la criada, Victoria, acercándose a ella.

—Lo que le pasa es que no está cómoda con esa trenza, Miss —murmuró Victoria con una sonrisa de satisfacción mientras sus dedos empezaban a trabajar.

A Isabella le hubiera gustado oponerse, pero era demasiado esfuerzo. Si se dormía con el pelo suelto, a la mañana siguiente estaría muy enredado. La doncella sólo intentaba ser amable pero, ¿qué demonios estaba haciendo con los botones del camisón?

Victoria la obligó a tumbarse de nuevo, con cuidado.

—Eso es, Miss. Así está mejor.

Isabella permitió, agradecida, que el sueño la reclamara otra vez.


Mientras tanto, en el bullicioso salón de abajo, a un hombre ajeno a los juegos de James Swan, la noche también le parecía una pesadilla.

Anthony Masen, Lord Cullen, tan sólo había pretendido pasar una velada tranquila en Forks, pero cuando estaba a punto de salir, se topó con —era la única forma de expresarlo— con Swan y algunos de sus camaradas que estaban celebrando el final de Napoleón y la vuelta del Bourbon. No había encontrado forma de librarse de ellos sin usar la violencia. No era un hombre violento, y después de todo, Swan y él habían estudiado en Darmouth, aunque nunca le cayó bien.

Aunque permitió que le arrastraran hasta la casa de Swan, una ojeada a los reunidos allí, decidió largarse cuanto antes. Sin embargo, para su sorpresa, se encontró con un espíritu afín, un francés tan interesado en la porcelana china y en el arte como él mismo. El tiempo fue pasando mientras hablaban del tema y bebían una gran cantidad de vino.

Estudiaron los artículos que Monsieur Webber había traído para que los viera Sir James. Sólo más tarde se le ocurrió a lord Cullen preguntarse el motivo por el cual un ignorante cargado de deudas, como era el caso de Swan, estaba interesado en valiosas obras de arte.

Sir James se reunió con ambos. Cogió un elegante caballo de jade.

—Precioso, ¿no le parece, Cullen?

—Exquisito —a lord Cullen le pareció que el adjetivo no le había salido con la fuerza deseada. Temió estar ligeramente mareado; cosa de lo más insólita, ya que no bebía en exceso.

—Tanto como un ágil muchacho, ¿no De Cullen? —la pregunta la hizo lord Laurent Da Revin, un ser repugnante. Un escalofrío de temor recorrió a lord Cullen. Levantó la vista para encontrarse con que era el foco de un montón de miradas malévolas. Incluso monsieur Webber sonreía con cinismo.

Se encontró con que su cerebro parecía incapaz de pensar con su rapidez habitual. Encontrar una respuesta ingeniosa estaba lejos de su alcance.

—No —contestó refugiándose en ser conciso.

—Puede que tenga usted razón —dijo amablemente lord Laurent Da Revin —. Algunos de esos encantadores jóvenes son de una belleza incomparable, ¿verdad? —Se inclinó hacia delante de manera confidencial—. Como los que hay en cierta casa de Denali Street.

Lord Cullen luchó para impedir que el pánico saliera a flote. Lo que estaban sugiriendo era la mayor de las ofensas, y aunque su rango le protegiera, jamás podría soportar el escándalo.

Al parecer no podía pensar adecuadamente… y lo más alarmante era la sensación de que un extraño había invadido su mente y le decía que nada de eso tenía importancia. ¡Seguro que no sólo estaba notando los efectos del vino!

Se levantó decididamente con intención de marcharse y se confirmaron sus sospechas. Todavía tenía un control razonablemente de sus músculos; era su cerebro lo que funcionaba mal. Cuando Swan le rodeó los hombros con un brazo, se encontró a si mismo acompañándole sin oponer resistencia.

—No sea usted tímido, querido amigo. Mire, tenemos a alguien especial para usted.

Lord Cullen se encontró cara a cara con el atractivo joven que había conocido recientemente en la mencionada casa de Denali Street.

El muchacho tenía unos ojos negros notablemente grandes enmarcados con largas pestañas y todavía conservaba la capacidad de ruborizarse. El joven Eleazar sonrió con un placer aparentemente genuino, el mismo que atrajo al conde al principio, pero, haciendo un esfuerzo, lord Cullen consiguió no responder. El terror le heló el corazón.

—Me temo que se equivoca, Swan —anunció, agradeciendo el haber podido controlar un poco su errática mente—. A mi me gustan las mujeres. Ya sabe que he estado casado.

—Le pido disculpas, Cullen —Sir James parecía bastante contrito mientras ambos se apartaban del desconcertado joven—. ¡Me han informado mal! Tan sólo deseaba hacerle un favor ya que usted ha tenido a bien disfrutar de mi hospitalidad. Debo compensarle —barbotó—. ¡Ya sé! Tengo a una dama encantadora subiendo las escaleras, una virgen nada menos, esperando nerviosa para proporcionarme placer. Se la cedo —miró a su alrededor para anunciar su generosidad a la atestada habitación. Recibió una estentórea aclamación.

Lord Cullen sintió que estaba en el infierno, rodeado de sonrisas; las parpadeantes luces proporcionaban una expresión macabra a los burlones rostros rodeados por el humo del fuego y las velas.

Su cerebro estaba recobrando de nuevo el control. Lo único que deseaba era irse.

—Es usted demasiado amable. No es necesario. Estoy seguro…

—Nada de eso, querido amigo. Me sentiré estafado si no lo hace —Sir James le estaba dirigiendo hacia la puerta—. Después de todo, estos caballeros podrían tomarse a mal lo que he dicho antes. Si le sirve bien a la mujer, ¿qué van a poder decir? Venga, por favor.

—¡Eso es! —exclamó una voz—. Muestre lo que tiene. No me gustaría creer que he estado bebiendo con un jugador de backgammon.

—Ya lo ve —dijo Sir James afligido—. Y todo por mi culpa. Demuéstreles que están equivocados, querido Cullen y le obsequiaré este hermoso caballo que es el causante de todo el problema —cogió el caballo y lo mantuvo en alto tentadoramente—. Tan exquisito como una ágil mujer, ¿cierto?

—Sí. Sí, desde luego —sólo pretendía estar de acuerdo con la definición pero se encontró siendo conducido por el salón sin oponer resistencia. Parecía ser lo más fácil. Podía hacerlo. Su breve matrimonio había servido al menos para demostrárselo. El jade era magnífico. Se merecía estar en una casa mejor que esa…

Isabella recobró el conocimiento cuando otro ruido penetró en su entorpecido cerebro. Trató de enfocar la vista. Moviéndose bajo la luz de una sola vela goteante, estaban mirándola su hermano y un extraño. Este último era alto, pálido y delgado. Tanto él como su hermano parecían estar en el otro extremo de un tunel muy largo. Era raro, ya que sabía que su dormitorio era bastante pequeño. Vio con horror que lord Laurent Da Revin también aparecía en escena.

Oyó sus voces como si vinieran de lejos. Intentó hablar pero le fue imposible.

—Ahí la tiene —dijo la voz de su hermano, articulando mal a causa de la bebida—. Una dulce virgen. Estoy seguro de que estará usted impaciente por demostrarle al Capitán Vulturi que es usted un hombre de verdad. Y además está el caballo. Demuéstreselo con la mujerzuela y ganará el jade ¿eh? ¡Eso ha estado bien! ¡Ganar el jade! ¡Ja! —le entró una risa de borracho—. Si falla… bueno, esa no es la cuestión ¿verdad?

Su hermano se tambaleó hacia delante, o quizá fue que a Isabella le pareció inclinarse sobre las columnas de la cama. Tenía la corbata floja y el cuello de la camisa completamente torcido. Cuando asomó la cabeza, su rostro liso y redondo, pareció de repente grotescamente grande y deformado. Vio la expresión malévola de triunfo en sus ojos y gimió ligeramente.

—No parece… muy dispuesta —dijo con dificultad el segundo hombre, acercándose. Después de todo no era tan alto, y tenía unas manos estrechas y cara de santo, ¿o se trataba de nuevo de su visión? Era un sueño de lo más extraño.

—Son los nervios. Es virgen. Ya se lo he dicho. No tema, está muy dispuesta. Vamos, chica —ordenó James—. ¡Si has cambiado de idea, levántate de ahí y no vuelvas!

Isabella, enferma de terror, estiró cada uno de sus músculos para levantarse de la cama. Si era necesario saldría lentamente de ese dormitorio y de esa casa. Se dio cuenta de que el único efecto que obtuvo fue el de adelantar su delgado cuerpo en una parodia de la invitación de una ramera, con el pelo largo castaño, enredado a su alrededor y el camisón aflojado dejando vislumbrar seductoramente su pecho.

Lord Laurent Da Revin avanzó y rió por lo bajo mientras le bajaba más el camisón con los ojos brillantes.

—¡Eso es preciosa mía! No defraudes al elegante caballero, pero no te preocupes; si él no te sirve bien, hay un montón abajo que lo harán. Te pagarán por la mañana —tanto él como su hermano se rieron ruidosamente y desaparecieron de su vista.

Los brazos de Isabella cedieron. Se desplomó sobre la cama mientras su violador le aflojaba la ropa.

Surgió encima de ella, con aspecto huraño a la débil luz de la vela. Intentó hablar pero la lengua parecía haberse vuelto enorme.

—¡Por favor! —dijo debilmente.

—De acuerdo, de acuerdo —murmuró él echando hacia atrás la ropa de la cama. El aire helado la golpeó convenciéndola de que la pesadilla era realidad. El horror se apoderó de ella, aclarando su mente. Volvió a intentar moverse.

Él miró muy serio su camisón.

—¿Esta es la nueva moda entre las putas? ¡Dios Todopoderoso! —empezó a hurgar en los botones y ella levantó una mano para detenerle.

Él se la apartó.

—Lo haré yo —entonces rasgó la ropa raída de arriba abajo.

Isabella sintió que se hundía en un profundo agujero de oscuridad y le dio la bienvenida.

—¡Pareces una maldita muñeca de trapo, mujerzuela! Vamos, gánate la paga. ¡Complace a los hombres! —unos punzantes golpes en sus mejillas la sacaron de la oscuridad, pero era incapaz de moverse. Le separaron las piernas y la oscuridad que se cernía sobre su mente volvió a apoderarse de ella. Un peso se asentó sobre ella. Oyó que alguien murmuraba una maldición y luego escapó al olvido.

Un terrible dolor le devolvió parcialmente la consciencia. Oyó un grito sordo y comprendió que provenía de ella misma. Abrió los ojos e intentó implorar compasión. Durante un terrible momento vio la cara jadeante de quien iba a atormentar sus pesadillas durante los meses siguientes. Luego regresó la oscuridad y lo hizo para quedarse…

Isabella no fue consciente del buen humor que demostró su hermano cuando entregó la valiosa talla de jade acompañada de serias disculpas. Tampoco oyó la conversación que se desarrolló entre lord Laurent Da Revin y él cuando lord Cullen se hubo marchado.

—Es una lástima que no admitiera sus verdaderas inclinaciones —murmuró sir James—. Hubiera sido un reclutamiento útil.

—Encontraremos otros —dijo lord Da Revin serenamente.

—Me sorprende que le permitieras ese placer —Sir James señaló la cama—. Cualquier puta hubiera servido.

Lord Da Revin se adelantó y oprimió un pezón desnudo entre sus cadavéricos y lascivos dedos. El cuerpo tumbado sobre la cama permaneció inerte.

—¿Qué diversión puede haber en esto? Antes de esta noche mi única opción era poseerla drogada como está ahora o con violencia, y soy demasiado viejo para esos juegos. Pero me da la sensación de que mañana vas a encontrarla más dispuesta a considerar mi oferta de matrimonio. Cuando sea mi esposa y sea dueña de su mente, entonces será cuando obtendré placer. Disfrutaré mas de su odio cuanto más obligada se vea a ocultarlo. Y todavía podemos sacar alguna ventaja de lo que ha sucedido esta noche. Nuestro líder siempre encuentra algo útil en las situaciones más inesperadas —tapó a Isabella con una sábana—. Cuida bien de mi prometida, Swan —dijo con una sonrisa helada—. Vendré mañana con el anillo.


Esa misma noche, en París, Edward Masen, hermano de lord Cullen, se arrodillaba al lado del cuerpo de un inglés al que conocía. Se dio cuenta al instante de que no se podía hacer nada por él. Había visto a muchos hombres morir y sabía que la áspera respiración de Erick Yorkie y los irregulares latidos de su corazón, indicaban que no iba a durar mucho. También había perdido demasiada sangre.

Edward viajaba de regreso a su casa en Ingleterra procedente de la India, y había aprovechado la excusa de la abdicación de Napoleón para visitar París, ciudad que durante toda su vida había estado prohibida para los ingleses. Se había quedado varias semanas por distintas razones, una de ellas la idea de que, esta vez, cuando llegara a casa lo haría para quedarse. Le pareció normal tomarse un descanso antes de tomar una decisión tan trascendental, y teniendo en cuenta la emoción de los tiempos que se vivían en la capital francesa no creía que sus "allegados" fueran a molestarse.

No estaba muy seguro de cómo había conseguido a sus tres acompañantes: Riley Biers se había unido a él en Poona; a Michael Newton —apodado Mike— le habían recogido en Cape; y Ben Cheney, un viejo compañero de viaje, se reunió con ellos en Italia. Ben llevaba tiempo con él, pero Edward sabía que para los otros dos, él era su pasaporte a casa. Riley estaba debilitado por las fiebres contraídas en la India y Mike era un marinero que había perdido el brazo derecho. Ambos se habían convertido en leales criados. Edward esperaba que lo fueran un poco menos una vez en su tierra, ya que le resultaba embarazoso.

Se había topado con Erick Yorkie tres días antes. Conocía ligeramente al joven y se había alegrado de disfrutar un par de tardes en su compañía. Erick era uno de los nuevos diplomáticos que habían sido enviados a Paris, y a Edward le daba la sensación de que no estaba tan preocupado por las negociaciones de paz como por seguir la pista de los simpatizantes de Bonaparte. Parecía algo sin importancia ahora que el emperador había abdicado y enviado a Elba, pero los gobiernos eran famosos por su suspicacia.

Lo que Edward desde luego no se esperaba era darse de lleno con la violencia en compañía del regordete y plácido joven. Había acudido a las habitaciones de Erick para jugar unas manos al piquet y se lo había encontrado así.

Pobre Erick. Extendió una mano y echó hacia atrás el pelo del moribundo.

Erick abrió los ojos, pero Edward estaba seguro de que apenas veía.

—Erick, soy Edward. No te muevas. Iré a buscar ayuda —iba a ser inútil, pero tenía que decirlo. Los ojos se cerraron otra vez, pero los labios se movieron.

—Tres. Fué Tres… Diles…

—Se lo diré —prometió Edward, y lanzó una conjetura—. ¿La embajada?

Erick sonrió ligeramente, jadeó, y murió.

Edward sintió la pena y la rabia que se apoderaban de él. La muerte era demasiado definitiva. Donde un momento antes se encontraba un hombre ahora sólo había un cadáver. En realidad, Erick Yorkie había sido un desconocido, pero era un joven agradable con toda la vida por delante. Edward lamentaba no saber quién se la había arrebatado, quién le había disparado, sin piedad alguna, dos tiros en el pecho. Y por qué.

Lo menos que podía hacer era llevar el mensaje a la embajada.

Tres.

¿Estaba Erick hablando en francés?

En ese idioma tres significaba Muy.

¿O acaso se trataba de un nombre?

Puede que alguien lo supiera y pudiera hacer algo para dar con el asesino de Erick Yorkie.