Taiga abrió los ojos, parpadeando varias veces para acostumbrarse a la luz. Intentó incorporarse, pero los músculos de su abdomen le enviaron unas punzadas tan dolorosas que lo volvieron a tumbar con un gruñido.

—Cuidado...

Kagami se sobresaltó. A su lado estaba el joven de la noche anterior —cabello claro, piel clara, ojos claros—. No había notado su presencia hasta que le habló. Ni siquiera había captado su olor. El joven le acercó a los labios un cuenco de algo que parecía sopa que Taiga lo bebió de un trago, con avidez.

—¿Quién o qué eres? —jadeó.

El joven no respondió inmediatamente, sino que rebuscó en una bolsita que colgaba de su cinto y sacó varios tipos de hierbas, todas con un olor penetrante. Las molió en un cuenco y les añadió agua, creando una masa verde espesa. Taiga notó entonces que varias zonas de su cuerpo estaban cubiertas por esa misma pasta, pero ya seca y rígida. El joven retiró con cuidado las costras verdosas y aplicó la pasta recién hecha en sus heridas ya casi sanadas.

—Me llamo Tetsuya Kuroko, pero suelen llamarme Sombra.

El somnífero de la sopa empezó a actuar sobre Kagami, al que se le fueron cerrando los ojos de nuevo. Sombra pasó un paño por su frente para retirar el sudor de la fiebre.

—¿Sombra...? ¿El... cazador de... demonios...?

En pocos segundos cayó en un profundo sueño.

·x·

Cuando Taiga volvió a despertar, lo hizo al olor del conejo a la brasa. Sombra —Tetsuya— manejaba el espetón sobre las llamas de una hoguera, con su gigantesco perro junto a ñel. Tetsuya observó a Taiga incorporarse poco a poco.

—¿Te duele algo?

—No, ya no, pero estoy muerto de hambre.

Tetsuya ofreció a Taiga un conejo de los dos del espetón. Mientras comían, Tetsuya lanzó otros dos conejos sin despellejar al perro. Después de comprobar que todas sus heridas habían sanado, Tetsuya ayudó a Kagami a llegar hasta un estanque cerca de donde estaban. El agua fría hizo gritar a sus músculos, pero Taiga lavó su cuerpo bajo la impasible mirada de Kuroko. Cuando salió del agua, Tetsuya le tendió ropa seca de más o menos su talla y lo accompañó de nuevo junto a la hoguera. Recuperado de la fiebre, Kagami pudo apreciar con claridad su refugio.

Era una cavidad natural semioculta por el follaje, orientada hacia el sur. La hojarasca del suelo estaba seca, pero las paredes de piedra eran frías y húmedas como el hielo. El perro de Kuroko levantó la cabeza cuando les vio venir.

—¿Tiene nombre?

—Sí. —respondió Tetsuya acariciando el gigantesco cuello del perro. —Nigou.

Segundo.

—Yo soy Taiga Kagami, pero de alguna manera ya lo sabes, ¿no?

Kuroko recogió los huesos de conejo y los guardó, sin responder a la pregunta de Taiga.

—Sabes lo que soy.

—Así es.

—¿Y por qué me ayudas? Eres Sombra, el cazador de demonios, ¿por qué no me matas y ya está?

Kagami había alzado la voz, y Nigou emitió un gruñido sordo desde el fondo de su garganta como avdertencia. Tetsuya le palmeó el cuello para calmarlo.

—Porque no eres ni un monstruo ni una simple bestia. Anoche vi mucho más que tu nombre: vi tu naturaleza. Eres un guerrero valiente y un hombre de honor, y tienes dentro de ti un potencial que creo que ni tú mismo sospechas.

—¿Y por qué te interesa a ti eso?

Kuroko mostró la sombra de una sonrisa.

—Porque yo soy una sombra, y tú tienes dentro luz. Cuanto más potente sea la luz, más densa será la sombra. —Tetsuya lo miró directamente a los ojos, al alma. —Yo seré la sombra que tu luz proyecte, Kagami, y por eso quiero que seas la luz más brillante que este país haya visto jamás.