Step By Step.
Capitulo 2: Rumores.
Era más allá de media noche y Doumeki se mantenía aún despierto. De hecho, se encontraba sentado en el pórtico frente a su cuarto, aprovechando todo el frescor que la brisa que se colaba entre los arboles le brindaba. Su mirada gélida que, a pesar de los rastros de sueño se negaba a cerrarse, miraba la silueta de una hoja entre sus dedos que levantada hacia el cielo, parecía recortar su figura en la luna.
Sosteniendo el peso de medio cuerpo con un brazo, Shizuka se inclinó hacia atrás, permitiendo ver más cómodamente el contraste del astro nocturno, nácar como la más pura de las perlas, contra la oscurecida sombra verdosa de la hoja mientras giraba con las yemas el pequeño tallo de la planta.
Luego de que Watanuki dejase de prestarle atención después del incidente con el té, Doumeki había aprovechado que nadie lo veía para guardarla rápidamente en el bolsillo de su chaqueta. Era cursi pensar que la había colocado ahí porque era el lugar más cercano a su corazón, así que se dijo que se debía a que era el bolsillo donde había menos probabilidad de que se estropease.
Ahora mismo, un par de días después de eso, aún cargaba con el cogollo que lejos de morir, parecía a veces cada vez más verde.
Respiró profundo acercando el follaje a sus labios para besarlo dando las gracias. Su abuelo tenía razón, recordó. A veces la cosa más pequeña e insospechada te acerca a los deseos más imposibles de cumplirse.
— Gracias. –Murmuró quedamente antes de colocarla en un libro para luego irse a dormir.
· · ·
― Si caminas por ahí leyendo, te caerás y te golpearás en esa carota de idiota que tienes.
Doumeki, sin prestar en absoluto atención a esas palabras, continuó leyendo el libro que tenía en las manos. No es que fuera más interesante que ver el rostro de Watanuki haciendo muecas mientras le ignoraba, sino que ese libro tenía que devolverlo esa misma tarde a la biblioteca y debía aprovechar el tiempo.
De todas formas y contra su voluntad, sus ojos se movieron para espiar al pelinegro. Su porte delgado jamás iba a dejar de sorprenderlo; mucho menos la movilidad que le daba a sus miembros retorciéndolos en ángulos físicamente imposibles. Admiraba, incluso hasta el punto de la envidia, la vivacidad de esos grandes y pálidos ojos azules. A veces, cuando los comparaba con los propios, caía en cuenta que los suyos eran pequeños, castaños y sin chiste.
— ¿Qué es lo que miras, pedazo de bestia? — Watanuki se quejó con voz chillona. Shizuka se maravilló con su expresión ¿Era extraño que una queja malhumorada fuera para él como la risa refrescante de una ninfa? Sin duda lo era.
— ¿Qué trajiste hoy para almorzar? — con la voz más pétrea de lo normal intentó despistar a su compañero. Watanuki pareció molesto a la vez que levantaba el bento por el moño del pañuelo y lo mecía de un lado a otro frente a la cara de Doumeki, quien, sólo para seguir su juego, siguió el paquete con los ojos.
— A que huele delicioso ¿No? Gorrón desvergonzadooooooooo — canturreó con un tono insoportable. — Siéntete feliz de que tengo una porción para ti, pero no te la daré a menos de que me la pidas de rodillas. Ajá..ajajaja…ajajajajajajajajajajajajajaja.
Una risa histérica y triunfante estremeció plácidamente cada fibra de su fornido cuerpo, aún así, sin intención alguna de que su compañero lo notara, el castaño siguió su caminata, olvidando el libro que leía guardándolo en uno de los bolsillos de su chaqueta, no sin antes apartar la página en la que iba con la hoja de árbol que tenía desde aquel día.
— Oye, tú ¡Idiota! No me dejes hablando solo cuando te humillo…. ¡oh! ¡Ya sé! Te sentías avergonzado porque te estaba ganando, pequeña sabandija de cara acartonada. Ya puedo ver que como cobarde que eres, tenías que escabullirte de alguna forma de mi grandiosa presencia. Pues déjame decirte que eso no podrá ser, porque te seguiré para humillarte hasta que te hayas doblegado a mí…
Con los ademanes propios de un mal actor Kabuki -Doumeki lamentó que el Kabuki fuera el único teatro al que, desde chico, sus padres y abuelo habían querido llevarlo –, Watanuki comenzó con la rutina diaria, haciéndose preguntar a su oyente si el chico de lentes era capaz de hacer de las más peligrosas acrobacias. Dejando que su mente volara mirando si ver los retortijones y retuerces que el cuerpo de su acompañante mostraba. La gente había comenzado a verlos murmurando cosas que no parecieron llegar jamás a oídos del empleado de Yuuko pues, fuera de parar, comenzó a moverse más. Finalmente, en determinado tramo de la calle, la presencia siempre ruidosa de Watanuki desapareció. Doumeki no volteó, sino que continuó andado más despacio dándole tiempo a Kimihiro para levantarse del piso.
― Si caminas por ahí contorsionándote y retorciéndote como un imbécil, te caerás y te golpearás en esa carota de idiota que tienes.
Watanuki, más que nadie en ese mundo, odiaba cuando Doumeki se quedaba con la última palabra.
· · ·
Desesperado.
Aún si su rostro no lo expresaba, aún si su cuerpo actuaba de forma normal, aún si sus manos no temblaban y sus piernas anduvieran a un paso tranquilo, lo estaba. Desesperado. Terriblemente desesperado.
Se recriminó a sí mismo por su descuido. De todas formas, era algo que no podía preverse ¿Quién imaginaría algo así? Watanuki jamás alzaba un dedo para ayudarlo por iniciativa propia y sin reclamos, salvo en raras ocasiones. En casi todas tenía que haber una pelea para que se dignase a hacer algo por él.
Llevar el libro a la biblioteca en lo que él se dirigía a una junta urgente del club de arco. Si ya era de por sí difícil que el de gafas le pasara los palillos a un lado de su bento…
Bufó hacia adentro y su ceño se frunció en lo que bien podría ser una mueca molesta.
La hoja, la maldita –bendita realmente- hoja no había sido sacada del libro.
· · ·
Doumeki no solía maldecir su suerte, puesto que esta, normalmente, parecía estar bien –eso y el hecho de que él era ferviente a la creencia de tal cosa no existía, siendo el caso de Kunogi una situación especial.-
Ahora, mientras arrebataba el libro a una chica que fuera de la molestia, se dedicó a mirarle con cierta devoción, se dijo que ese no era su día.
— Toma, lo siento. — con la amabilidad que no demostró al arrancarle el libro de las manos sin aviso previo, Doumeki le devolvió el tomo a la chica que no había dejado de mirarle, antes de darse la vuelta y seguir con su búsqueda.
Veintidós ejemplares en biblioteca, se dijo con molestia. Y justo ahora, antes del almuerzo, habían sido prestados dieciséis a razón de un análisis de comprensión programado en un grupo vecino para la próxima semana.
Luego de haber revisado disimuladamente como poseso los seis títulos disponibles en las estanterías y notar que la hoja no estaba en ninguno de ellos, se dedicó a la fastidiosa cacería de ejemplares rentados.
Hasta ahora, con ese último, llevaba doce revisados, tres golpes, cinco cachetadas y cuatro muy atrevidas ofertas para ayudarlo a encontrar u olvidar lo que buscaba. Se consoló mentalmente diciéndose que sólo quedaban cuatro más.
Trece.
A un par de metros de donde se encontraba, una solitaria muchachita leía bajo un árbol lo que él reconoció como otro de los tomos prestados. Suplicó al las almas de sus ancestros porque la hoja estuviera ahí.
— Mmph.
El sonido gutural de su garganta algo raspada fue lo único que alertó a la estudiante antes de que una mano grande y curtida le arrebatara el libro casi a la fuerza. Sus ojos asustados lagrimearon y su pequeña y dulce boca emitió un grito que a Doumeki le recordó el gorgojeo aterrado de un ruiseñor.
— ¡Cabra idiota!
El titulo que acaba de arrebatar cayó sobre las piernas de la chica al tiempo que el lomo de un libro golpeaba la cabeza de Shizuka con fuerza; su equilibrio, lamentablemente, cedió ante la sorpresa y en un instante se halló a sí mismo de rodillas, con una mano apoyando su fuerza en el árbol, la otra a un costado de la delgada cintura de la estudiante y su nariz estampada en la portada del libro que se interponía entre su cara y la de la chica.
Un lugar comprometedor, una situación comprometedora y una pose incriminante.
¿Estaría cerca Kunogi rodeándole con su aura?
— ¿Pero qué haces? ¡Levántate pedazo de puerco! — unas manos de delgados dedos le halaron del cuello de su uniforme, obligándole a pararse. La chica, recargada contra el tronco del árbol, se levantó inmediatamente después de Doumeki, aun sosteniendo el libro contra su rostro enrojecido. — ¡Discúlpate, So-Idiota! ¿No ves que dejaste a la pobre chica aterrada? Y no la culpo, mira que tener a un palmo de la cara tu horroroso rostro.
— Lo siento.
— ¿Pero cómo? ¿Así? Vaya que eres inepto. — El regaño paró. Watanuki guardó silencio mientras sacaba de una bolsa de papel otra más pequeña, ofreciéndosela a la asustada y tímida damisela. — Disculpa a éste baboso. Es un torpe con cara de cerdo y ojos pequeños, pero realmente nunca le hace daño a nadie, es sólo que nació con
cara de malo y Dios no lo favoreció con el Don de los modales. Anda, acepta estos pastelillos en forma de disculpa.
— Gra…gracias… — con una voz aterciopelada y bella, aceptó el paquete. Inclinó medio cuerpo con una profunda reverencia y corrió sin mirar atrás.
Watanuki suspiró, poniendo los brazos en jarras viendo como la chica se marchaba, Doumeki también la miraba correr, lamentándose el no haber podido revisar el libro.
— Vaya que tú eres más bruto cada día. Se supone que se trata de mejorar, no de volverte más idiota cada vez.
Sus pequeños y castaños ojos le miraron intensamente, aunque de manera disgustada. No por las palabras en sí, sino por la molestia de haber perdido la oportunidad de buscar en ese libro y el nada enérgico insulto.
— Idiota.
— ¿Y me lo dices a mí? Habrase visto peores intentos de interacción humana que los tuyos. — Voz calma y suave de aquella que sólo parecía dar alaridos — Anda, vamos a almorzar. Himawari no vendrá hoy, tiene junta de consejo estudiantil. Y que sepas que los pastelillos que le di esa chica, eran los tuyos.
— Me comeré los de Kunogi.
— ¿QUÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉ? ¡Ni pienses que te dejaré comerlos, cerdo glotón! ¡Los protegeré con ahincó de tus fauces de cabra!
— Las cabras no tienen fauces, sino hocico. Idiota.
Los reclamos comenzaron a llover, como dictaba la costumbre. Shizuka se tapaba los oídos con un dedo mientras caminaba a un lugar tranquilo donde poder disfrutar con calma de su ruidosa compañía, haciendo caso omiso de los golpes que Watanuki le prodigaba con el lomo del Maganyan que había estado leyendo antes de todo el problema de la jovencita.
· · ·
Para el término de la semana, Doumeki había dado ya por perdido su objeto más preciado, y aunque le molestaba lo suficiente como para mantener el ceño fruncido, la razón de que estuviera en ese instante de tan mal humor no era ese.
Estúpido Watanuki y estúpido su delicioso don de cocina. Estúpida su amabilidad y estúpida la chica a la que había intentado quitar el libro. Estúpido el mundo en general.
Antes de que acabara el día, luego del incidente bajo el árbol, los rumores se esparcieron como reguero de pólvora. Eran muchas las habladurías que circulaban por la escuela y cada una más disparatada que la anterior; aun así, una, entre todas, se convirtió en la versión oficial que nadie se molestó en desmentir o en tomar atención cuando el ojiazul intentó decir la verdad.
Cierto era que él mismo se moría de ganas por desmentir tal hecho, pero eso no estaba dentro de los estándares de su limitado poder de vocabulario. Después de todo, la gente veía a Doumeki como Doumeki. Serio. Callado. Inalterable.
Según decían las malas lenguas –ponzoñosas, libidinosas lenguas- , que el mejor elemento del club de arco había intentado besar a la tímida chica que iba todos los días a verlo entrenar. Se rumoreaba por ahí que diario, día tras día, lloviera, granizara o hubiera sol, ella jamás faltaba a los entrenamientos del club, y eso había conmovido el inconmovible y gélido corazón del arquero de mirada distante. Estaba completamente enamorado. Tanto así, que peregrinó por la escuela buscando un libro que ella había perdido. Una vez que se lo entregó, le declaró su amor e intentó besarla. Lo que no sabían, era que ese otro chico que siempre se retorcía como demente, gritaba a la nada y que padecía de esquizofrenia (además, el mejor amigo del arquero) había caído enamorado entre las manos de aquella a la que siempre admiró cuando, como todo buen amigo, iba a animar al Gallardo joven de puntería divina; y molesto había detenido el beso, declarando su amor también a la tímida señorita que apenada se retiró del lugar sin aceptar el amor de nadie, pero llevándose la ofrenda de la devoción de ambos jóvenes como muestra de agradecimiento: El libro perdido y los postres hechos a mano.
Estaba claro que había escuchado cuentos de hadas más realistas que eso, tales como Rapuncel dejando que un hombre de alrededor de ochenta kilos escalara con su cabello por lo alto de una torre de sesenta metros sin romperle el cuello. También eso de sacar a una anciana entera del estómago de un lobo que mide menos que ella. O que un títere sin hilos ande por media Francia del siglo XVII sin que lo hayan exorcizado y quemado con su leña al titiritero por herejía.
La historia de ese romance se llevaba las palmas.
— Kimihiro-kun… ¿Tienes otro pastelillo?
— Kimihiro-Kun… ¿Cómo haces las tartaletas?
— Kimihiro-Chan…
Estúpido Watanuki y estúpido su delicioso don de cocina. Estúpida su amabilidad y estúpida la chica a la que había intentado quitar el libro. Estúpido el mundo en general.
Para su desgracia, la mocosa había compartido con sus amigas la porción de pastelillos que Watanuki le regaló, y ahora la siempre agradable hora del almuerzo no era más que una fiesta de adulación a la buena mano que tenía su compañero para los placeres culinarios, tocándole a todos porciones más pequeñas. Incluso Himawari, aunque sonriente, se veía molesta.
— Hmnp.
Con un movimiento súbito se levantó, intentando no parecer molesto. Sin decir más emprendió la retirada.
— Hey, cerdo ¿A dónde crees que vas?
Doumeki continuó su camino, rumbo al gimnasio.
— Déjalo, Kimihiro-Kun. Mejor, más para nosotros, él come demasiado.
Himawari torció el gesto en una muestra de molestia. Watanuki ni siquiera escuchó esas palabras, bastante era el hecho de ver, por primera vez en su vida, a Doumeki negarse a obedecer una petición suya de quedarse, mucho menos sin haber probado bocado alguno.
· · ·
Afuera llovía a horrores y ellos dos no tenían más remedio que permanecer adentro.
— Uff…que molesto es estar aquí dentro, contigo.
El comentario no le dolió en absoluto, sino todo lo contrario, después de todo estaba acostumbrado.
— ¿Himawari-Chan habrá llegado bien a casa? No sería bueno que se enferme por mojarse.
— Kunogi estará bien, se fue a buen tiempo antes de que comenzara a llover.
Watanuki miró un rato a Doumeki quien ni le miró, su rostro ladeado observaba la lluvia a través de la rendija que dejaba la puerta semiabierta. Desde donde él estaba, sentado en el piso de la bodega, a unos pasos de párroco, Shizuka se veía imponente.
Una de sus largas piernas envolviendo la otra hasta casi juntar su tobillo, con la espalda recargada en la pared del cobertizo y sus brazos cruzados sobre su pecho. El rostro ladeado y la mirada distante hacia afuera, como si rememorara el partido de futbol que habían tenido en la clase de deportes o la pequeña discusión que tuvieron cuando, como encargados de turno, guardaban los balones.
Watanuki abrazó las piernas contra su pecho. Doumeki, con todo lo mal encarado, glotón, aprovechado e indeseable que era, tenía el porte estoico e inquebrantable que él quería. Claro, nunca lo terminaría de reconocer, mucho menos delante de tremendo espécimen de sarcásticas burlas.
— ¿Qué?
Kimihiro saltó hacia atrás, quejándose por lo bajo por seguir sentado y aterrizar sobre su trasero, sorprendido de que su compañero abriera la boca para preguntar en forma recriminatoria.
— ¿Qué de qué?
— Me mirabas. — Sentenció sin tono de voz, viendo hacia fuera. Sus facciones pétreas y muertas.
— No hacía tal cosa, ¿Para que lo haría? — Negó lo obvio con voz a cuello. Primero muerto que admitirlo. El cambio de tema parecía ahora una buena alternativa. — Hoy…hoy a la hora del almuerzo te fuiste sin más ¿Por qué?
— Idiota.
— Si te molesta algo, dilo y ya ¿Por qué te fuiste?
— ¿Qué no es obvio? Esas chicas son tontas y molestas.
— Son nuestras amigas.
Doumeki levantó una ceja ¿Amigas? ¿Suyas? Otro párrafo que agregar al risible cuento de hadas.
— Ni siquiera estoy seguro de que sean tus amigas.
El rostro iracundo del ojiazul le devolvió la mirada ¿Qué sabía ese idiota sobre eso? La gente se acercaba a él porque quería, ¿no? Tal vez no era tan popular o codiciado como el arquero, pero seguro que había gente a la que le caía bien. Estaba Kohane y Himawari. Yuuko, Maru, Moro y Mokona… ¿Verdad?...Verdad.
Iba a gritarle, en serio que iba a hacerlo, pero no pudo. No cuando Doumeki volteó a verle, no ahora que lo miraba con tal intensidad, no ahora que el ruido de la lluvia golpeando sin piedad el laminado techo de la bodega y la humedad lamiendo las paredes.
— Me gustas.
Jamás en su vida le escuchó hablar de manera tan profunda. Aunque tampoco se quedó a escuchar más. Para cuando se hubo dado cuenta, ya se encontraba corriendo bajo el diluvio, murmurando algo sobre llegar tarde a la tienda.
Shizuka no dijo nada, le miró alejarse y luego de eso al sendero por el que se fue. Estuvo ahí toda la tarde hasta que dejó de llover.
En cierta forma, a Doumeki le gustaba la lluvia.
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Espero les haya gustado, aunque realmente a quien espero que le guste es a la cumpleañera, Fatima Winner, mi pequeña hermana mayor.
Muchas gracias a mi beta, que siempre le me ayuda a pesar de que le pido todo a ultimo minuto. FalseMoon, un beso de bebas de caballo.
No tengo mucho que decir, más que tengo que agradecer a quien esté leyendo esto. Si se puede, háganmelo saber con un comentario, que siempre son bienvenidos.
Debo aclarar que no está quedando como esperé. Hay cosas que se me vinieron a la mente y retorcieron un poco esto, aun así, espero que el final sea como realmente esperaba.
Gracias por leer.
